viernes, 27 de julio de 2012

Lecturas (mágicas) de verano


Es cosa sabida que el verano invita a la lectura de novelas digamos espaciosas, ese tipo de novela extensa que contiene entre sus cuantiosas páginas una porción asombrosamente grande del mundo y un número no desdeñable de los seres de ficción que lo pueblan, una de esas novelas casi inabordables en otro momento del año, y en cuya lectura se va avanzando no a ratos perdidos, sino a lo largo de periodos de varias horas, de los que uno sale aturdido y con cierta dificultad para situarse con precisión en su entorno real. El tipo de novela al que uno se traslada durante semanas, y que dejan al final la sensación de haber vivido una vida completa al margen de la que se tiene por única.

Desde hace años yo aprovecho el verano para ir saldando cuentas pendientes con las más grandes novelas de la historia de la literatura, ésas que por una razón u otra no leí cuando al parecer debí hacerlo pero que hacen bueno el dicho de que nunca es tarde si la historia es buena y está bien contada. Recuerdo el verano que me vi complicado en los conflictos familiares de los Karamazov (fue un verano realmente fresquito), y aquél en que me enrolé en el Pequod, un ballenero del que era capitán un tipo muy muy pirado llamado Achab, el diablo le confunda; y recuerdo muy vivamente mi verano pasado, en que atisbe entre páginas la vida de Emma Bovary, que a su vez atisbó entre páginas las vidas que hubiera deseado llevar y en las cuales quiso convertir la suya.

De más está decir que en cuestión de libros prefiero los que se abren antes que los que se encienden: eso de encender un libro me trae a la cabeza aquellos cuatrocientos cincuenta y un grados Fahrenheit. No, no me gusta encender un libro: me gustan los que tienen pliegos cosidos, no batería. Y este verano me he mudado a La montaña mágica, de Thomas Mann. Vivo desde hace trescientas treinta y dos páginas en el sanatorio Berghof, en los Alpes suizos, al que llegué después de haber barajado seriamente la posibilidad de trasladarme a un castillo en los Montes Cárpatos (el viaje a la Transilvania de Bram Stoker me lo reservo para el invierno). Estoy experimentando el placer de comprobar por mí mismo que una de esas novelas que ocupan un lugar preeminente en la literatura universal, de la que has oído hablar toda tu vida, es tan condenadamente buena como han dicho varias generaciones de lectores. Con el impagable añadido de haber descubierto, además, que La montaña mágica encierra, antes que ninguna otra cosa, un estudio del tiempo, de su trascurrir o no, de su fugacidad, de cómo aparentemente huye o se estanca, de la “naturaleza del hastío”… Me entrego a las obligadas sesiones de reposo, me tumbo en la confortable chaise longe de madera y me envuelvo cada vez con mayor pericia –y figuradamente, claro está- en mis mantas, con o sin el termómetro en la boca; escucho a los personajes desde dentro del libro, los observo…

La última frase que he leído acaso encierre el sentido de toda la novela: “Hans Castorp nunca hubiese rebasado el plazo que se había fijado originariamente para su permanencia en el sanatorio si su alma sencilla no hubiese encontrado en las profundidades del tiempo una respuesta, de algún modo satisfactoria, respecto al sentido y fin de la vida”.

Sigo leyendo...

     Foto: JFH           

jueves, 26 de julio de 2012

Un funambulista y un poema


 
Franco Bianco en la cuerda floja. Foto: JFH

                           

                            ECO

            Enloqueció al comprobar
            que el espacio era él.
            Enmudeció, se enamoró,
            se encolerizó con el futuro.
            Él era las superficies,
            él era los astros y hasta la luna,
            y él era todo su tiempo: el tiempo.


                                        José Luis Campos Duaso 
                              (De Estelas de un funambulista imaginario)

martes, 17 de julio de 2012

Estelas de un funambulista imaginario, de José Luis Campos Duaso













"cómo saber de qué color era tu sueño
a la temprana edad de todos
los espejos".
                               José Luis Campos Duaso




Hoy Estación Suipachaademás de ser una auténtica estación ferroviaria cuya existencia no conocíamos entonces, la estación del municipio del mismo nombre, en la provincia de Buenos Aires, hoy, repito, es una bitácora en la red que en cierto sentido pretende recuperar aquel espíritu reflexivo del programa de radio, un espacio tranquilo y discreto y como fuera del tiempo, casi un refugio de montaña donde imaginariamente bailotea el fuego de la chimenea y en cuya ventana, empañada, permanecen las gotas de una lluvia reciente. Su responsable, José Luis Campos Duaso, el camarada poeta, publica estos días un libro que es un viaje en el tiempo y que, completando lo que hemos dado en llamar «la trilogía Suipacha», es, más aún que mis Pasadizos o que Almería 66, de Francisco Ortiz, memoria viva de aquellos días de vino y tertulias, pues no en vano los poemas que contiene fueron escritos precisamente entonces.

Hay un pasaje en la novela La náusea, de Juan Paul Sartre, en que el principal personaje femenino le explica al protagonista qué es eso que ella considera «situaciones privilegiadas»: se trata de la idea que se hizo siendo niña de determinados acontecimientos, sucesos o escenas que aparecían en cualquiera de las escasas ilustraciones incluidas en la Historia de Francia, de Jules Michelet, cuyos volúmenes ella se llevaba al desván para hojearlos largamente y a placer. Aquellas «situaciones privilegiadas», que a la fuerza debían de tener un significado especial, pues habían sido elegidas como motivo de esas ilustraciones, se quedaron grabadas en su mente y pasaron a ser, a lo largo de toda su vida, materia prima de lo que llamaba «momentos perfectos». Yo leí esto cuando estaba en tercero de bachillerato, y me sentí muy identificado con la teoría, aunque bien es cierto que interpretándola a mi manera: para empezar, no se trataría ya de grabados en un libro de Historia, sino de secuencias, peripecias, planteamientos o simplemente gestos con los que se fortalece el desarrollo de una película o de una obra literaria: esas ocasiones serían las «situaciones privilegiadas», y cuando aparecen en la vida de uno se convierten en «momentos perfectos». La vida y el arte andan desde siempre imitándose mutuamente, sin que sea posible saber a ciencia cierta quién toma más de quién. Pero no cabe duda de que en el arte existe una voluntad de perfección consciente, elaborada, intelectual, por eso nos emociona tanto descubrir esa misma perfección representada en la vida real, en nuestra vida.


Pues bien, todo cuanto ha rodeado a la publicación de Estelas de un funambulista imaginario ha tenido para mí la inequívoca y gozosa cualidad de un «momentos perfecto». Se trata de una historia incorporada en varios actos a este argumento sin estructura que es mi vida, como todas las vidas, esta suma de tramas y subtramas improvisadas, de entre las cuales sólo una, la que tiene un nombre de mujer, le da verdadero sentido a todo lo demás; pero eso ya es otra historia. La de este libro de poemas, estas Estelas, comienza hace más o menos un cuarto de siglo, con tres jóvenes de veintipocos años, apasionados de la literatura, cuyos caminos se unen por azar en una ciudad del sur. Es una historia que tiene su arranque, pues, a finales de los ochenta del pasado siglo, con una tertulia literaria tantas veces mencionada aquí, y prosigue de manera inmediata con aquel programa de radio, Estación Suipacha; es una historia que se enriquece con otras presencias que van integrándose en la tertulia en igualdad de condiciones, dándole cuerpo y solidez: Miguel Ángel, Antonia, Juan, Carlos, Ana, Isabel, Jacinto... La mayoría de nosotros- pues es de un nosotros de quien estoy hablando-, se inclinaba por la narrativa; José Luis Campos, uno de los tres primeros tertulianos, se avenía gustosamente a escribir algún que otro relato de aquellos que pactábamos entre todos, pero era, esencialmente, el «camarada poeta», era el compositor de versos increíbles entre los que fluía ya una madurez literaria y una sabiduría que no dejábamos de admirar, era el que más moderadamente se planteaba aquello de la vocación, pues antes aún que la de escritor le movía la de maestro.

                                                                                                 Foto: JFH

Pero de la misma forma que el azar quiso unirnos, un buen día quiso igualmente alejar de nuestro lado al camarada poeta. El amor, como en toda buena historia, jugó sus bazas, y José Luis Campos no dudó en declararle vencedor y en volcar en él todo proyecto de vida, y más adelante, cuando fue necesario, en tomarlo de la mano y poner tierra de por medio; y no dudó tampoco, según supe mucho tiempo después, en guardar todos sus escritos dentro de un baúl y en olvidarse de aquella parte de su vida que estuvo ligada a la literatura.

Debía de andar por entonces José Luis apartado ya de la Tertulia y ocupado en cuestiones de la vida real mucho más prácticas, porque no recuerdo cuándo se marchó a Barcelona, no recuerdo ese momento ni que mediara una despedida formal. Sé que llegué a conocer fugazmente a su hijo de pocos meses antes de su partida, y que de pronto dejó de estar, se hizo definitiva ausencia, le añadió a la historia un viaje. La Tertulia continuó sin él durante buena parte de la década de los noventa, brindándonos grandes experiencias personales, y finalmente acabó deshaciéndose digamos que en el aire. Cada uno de nosotros lo recordará a su manera y también a su manera podría explicarlo. Pero cierto es que, sin dejar de tenernos afecto, tomamos caminos diferentes, y que hasta ahora los hemos venido recorriendo siendo todo lo fieles a nuestros sueños que las dificultades del vivir nos permiten. Tuvimos hijos, publicamos libros, cambiamos de viviendas, entramos y salimos de varios trabajos, nos enfrentamos a la enfermedad y nos desengañamos de muchas cosas, y durante todos estos años, dieciocho años desde que se fue, nada menos, José Luis Campos fue para mí el más ausente de todos, un recuerdo cada vez más lejano, una voz cada vez más perdida en el laberinto de la memoria. Sencillamente: alguien del pasado.

Pero he aquí cómo una «situación privilegiada» empieza a tomar verdadera forma un día de marzo del año 2010, cuando, contra todo lo esperable, recibí en mi correo electrónico un mensaje del camarada poeta, dieciocho años después de su marcha, repito. Uno identifica con la literatura o el cine esos giros imprevistos del argumento, ese volver a un lejano punto de partida para cerrar un círculo y quizá empezar a trazar uno nuevo, ese espontáneo reencuentro de los caminos de la vida tras muchas vueltas y revueltas por separado, esa manera tan perfecta, en definitiva, de traer al presente un pasado lejano. "La mejor manera de recuperar el tiempo invertido es invertir el tiempo y decantar en él algo de literatura", me decía, entre otras cosas, en aquel mensaje. Como la cosa más natural de este mundo, me adjuntaba (nos adjuntaba a Francisco Ortiz y a mí, destinatarios del correo) un par de poemas, los dos últimos que había escrito tras un silencio poético de doce años, con los que quería recapitular y explicarse, precisamente, ese silencio. Nos anunciaba además, una visita a Granada y Almería, y expresaba su confianza en poder "reeditar nuestros encuentros". No volvimos a vernos, sin embargo, hasta el mes de julio, y ya para entonces, gracias al correo y al teléfono, nuestra amistad había recobrado buena parte de su complicidad: hubo intercambio de largos mensajes, de viejas fotografías, de textos desempolvados, de músicas propuestas; hubo incluso un relato a ocho manos, las nuestras más las del joven Edgar Campos, savia renovada y brillante transfundida a la Tertulia, una tertulia que así como si tal cosa echó de nuevo a andar, un poco a tientas, es cierto, pues lo hacía en la oscuridad de la distancia: no en vano ahora somos los vértices de un gran triángulo geográfico.

 José Luis Campos en su ocasional retiro pirenáico
(Foto: Pilar Barrachina)

En algún momento, José Luis se animó a recuperar sus dos viejos poemarios nunca publicados. Le imagino allá, en su casa de Canet, abriendo aquel baúl o aquellas cajas, lo que sea que había guardado hasta entonces su vida de poeta; abriendo carpetas, releyendo, rencontrándose con sus propios versos; imagino un otoño de papeles mecanografiados despertando en sus manos, imagino los poemas martillados letra a letra por una Olivetti. Para poder compartirlos nuevamente con nosotros, los pasó a ordenador. Se trataba de recordar aquella época, aquel esplendor en la hierba de nuestras expectativas literarias.

Confieso que nada podía haberme preparado para mi propio reencuentro con estas Estelas de un fumabulista imaginario, cuyo título ya venía cargado de resonancias de un ayer tan rico en aprendizajes, en ilusiones, en creatividad, un ayer mismo que era de nuevo mis veintipocos años, de golpe. Imprimí los poemas en papel anaranjado y los releí una y otra vez. Mentiría si dijera que recordaba un solo poema completo: recordaba entre brumas el sentido de todos ellos, y sobre todo me estremecía la certeza de haberlos leído mucho tiempo atrás; recordaba los títulos de cada una de las partes en que está dividido el libro, particularmente ese «Brumario del ochenta y siete», que me sacudió por dentro; recordaba el efecto que entonces causaron en mí muchos de aquellos versos y también, emocionado, versos en su exacta literalidad, fijados en mi subconsciente de lector junto con frases completas de tantos otros escritores a quienes he admirado desde muy joven y que me ayudaron a forjar un estilo propio. Versos que revivieron en mí apenas leídos y que me trasladaron al pasado exactamente como lo hace un olor, una melodía, un paisaje inmodificado.

Lo que más me fascinó, sin embargo, fue comprobar que aquellos poemas eran todavía mejores de lo que yo recordaba; que las sensaciones que estimularon en mí uno a uno, a medida que José Luis los escribía y nos los iba dejando, se acrecentaban ahora con una mejor capacidad para leer y apreciar poesía. Entre una lectura y otra cabe nada menos que mi encuentro con la obra de José Ángel Valente y con la de Antonio Gamoneda, y del primero un ensayo muy breve titulado Cómo se pinta un dragón, donde se nos dice que el poema ha de retener de su naturaleza, antes que todos sus sentidos posibles, lo que le constituye en rigor: "la fascinación del enigma".

Una cosa percibí de inmediato en esa nueva y apasionada lectura de los poemas: la música que late en ellos, que sonaba probablemente en su lejana concepción y que pervive entre las palabras como un eco interior, esa música de la que José Luis ha sido siempre fervoroso degustador, Glass, Mertens, Nyman, Ciani, Roedelius, Cidrón, Hilario Camacho, Serrat siempre y en todo lugar (qué más hubiera querido el camarada poeta que dejarse alcahuetear por las sábanas de Irene, y columpiarse en sus alambres, y jugar a sus adivinanzas y rompecabezas...). Que lo sepa quien se acerque a este libro: sus poemas están habitados por la música, “dulce droga de armonías”, de la misma forma que se abren hacia "un mosaico de lunas", hacia un "crepúsculo astrosófico" y unos "sueños cósmicos" y un "universo de dudas" y un "afán de idealidad" y una "ilusión de infinitos".

¿Sobre qué altura se trazan las estelas de su funambulismo? Tras varias lecturas, uno ha de concluir que sobre la del presente, cualquier presente en que los poemas pudieran ser leídos, pero particularmente sobre el presente en que fueron escritos. El entonces joven y ya plenamente logrado poeta transita hacia un futuro que menciona reiteradamente en sus versos: "un porvenir sin vencimiento", "futuros de incertidumbre", “provisión de porvenir”, “hablamos del futuro / como de un mundo a la deriva", castillos en el aire que amenazan con desplomarse sobre “mi firme expectativa de futuro”, futuro contenido en una luminosa bóveda invertida, un futuro con el que encolerizarse, un “adiós para empezar a creer en el futuro”, “una mañana de futuro despejado”, un febrero “enfermo de futuro”, “un vendaval de futuro” que “arranca nebulosas del camino”, “un futuro / de hojas ingrávidas”... Nos dice, además, que "...suelen quedar recuerdos / mezclados con una ilusión de futuro", y esa mezcla de memoria y expectativas es constante en el libro: no en vano, aunque el funambulista mira hacia adelante mientras recorre el vacío sobre el alambre imaginario, es consciente de lo que deja atrás: “una infancia de cajas enigmáticas”, dice, “luces pretéritas”, caminos que han de llegar “al origen de los cauces”, “un motín de recuerdos”, “relojes que navegan / un tiempo crudo y pasado”, una nostalgia que miente sin medida sobre el pasado. Y sobre todo, con el poeta, “mapas de sueños”, un “cielo de vela ungida de esperanza”, incertidumbres también, sombras, “eternidades falsas”, “aroma de infinito”, el secreto de la eterna juventud, y, particularmente en «Noviembre boreal», la cuarta parte del libro, el amor, las edades y los espejos: una “edad maldita de rabia”, una edad que distorsiona febrilmente los rostros que navegan “en un ardiente mar de espejos”, un futuro en el que mirarse antes de que fuera ya tarde...


Los libros”, dijo Jean Améry, “no sólo tienen un destino propio, también pueden ser destino”. Es el caso de estas Estelas de un funambulista imaginario.



Yo vi al funámbulo
como instantánea luz,
solo en la línea única.

Cruzó el abismo
(sobre la vertical feroz del miedo,
sobre el rencor oscuro de lo ínfimo)

                       José Ángel Valente

viernes, 6 de julio de 2012

Instrucciones para recordar una Escalera (Mecánica)


  Juan Manuel Cidrón (Foto: JFH)

Hubo un tiempo en que la ciudad donde vivo, Almería, se permitió a sí misma el preciso ambiente de activismo cultural como para que llegara a existir una fantasía radiofónica llamada La Escalera Mecánica. Tal vez dentro de la pequeña historia de quien esto escribe, o en la de cualquier otro que tuviera la oportunidad de colaborar en alguna de las múltiples cajas chinas que fue el mítico programa de Juan Manuel Cidrón, este recuerdo tenga mucho de felicidad arqueológica, pero para una ciudad veinte años son un instante. Hablo de veinte años porque yo sólo conozco, a ciencia cierta, la fecha en que me incorporé a la tribu de los escaleristas y la que señaló el silencio definitivo de sus micrófonos, y ambas pertenecen al ochenta y ocho del pasado siglo. La Escalera Mecánica estaba compuesta por un mosaico de pequeños espacios, o escalones deslizantes, digámoslo así, y quienes interveníamos en uno no sabíamos demasiado de aquellos que lo hacían en los otros. No sé cuánto tiempo llevaba el programa en antena cuando yo llegué, de lo que estoy seguro es de que asistí a su abrupta desaparición y de que a ésta lo habían antecedido los seis meses más enriquecedores de mi juventud.

En aquel tiempo, y a eso voy, muy oculta debía de resultar tu creatividad, si la tenías, para que a Juanma Cidrón –músico ante todo- le pasara por alto y no te reclutara; muy secreta tu causticidad o tu desvergüenza o tu ingenio como para quedar fuera de aquella hertziana república de repúblicas. En mi caso, el farolillo en la puerta fue una tertulia literaria, aún balbuceante por entonces, que habíamos creado un trío de veinteañeros atrapados en la telaraña de la literatura. Como ya conté aquí en una ocasión, a aquella fructífera reunión semanal le habíamos dado el cortazariano nombre de Calle Suipacha, y como Estación Suipacha acabó subiéndose a La Escalera Mecánica. Nuestra cita era los lunes, pero puedo jurar que el contenido del siguiente programa nos obsesionaba desde que abandonábamos la emisora hasta que volvíamos a ella siete días después. Y Juanma Cidrón, por su parte, ponía en marcha el mecanismo de su escalera radiofónica, al menos durante algunos meses, con unos párrafos de Historia de Cronopios y de famas, digamos éste, por ejemplo: "Nadie habrá dejado de observar que con frecuencia el suelo se pliega de manera tal que una parte sube en ángulo recto con el plano del suelo y luego la parte siguiente se coloca paralela a este plano, para dar paso a una nueva perpendicular, conducta que se repite en espiral o en línea quebrada hasta alturas sumamente variables”.

Desde que aquella mágica experiencia terminó, he coincidido en repetidas ocasiones con personas que me comentaban de pronto haber sido tripulantes de alguno de los programas incluidos en esa gran nave nodriza que fue La Escalera Mecánica, y siempre se produce el mismo entusiasmo repentino entre desconocidos, como de compatriotas en el exilio, la misma melancolía mal disimulada. Suele ser una mención –y un entusiasmo- fugaz: al fin y al cabo no nos recordamos. Después, raramente hablamos de ello. Sabemos que fuimos privilegiados con una experiencia irrepetible, y también que apenas fuimos desposeídos de tal oportunidad se inició en nuestra ciudad un proceso de achatamiento cultural que tal vez nada tenía que ver con la desaparición del programa, pero que en cualquier caso se valió de su inexistencia para privarle a la generación almeriense que vino después de un canal rabiosamente creativo y libérrimo.

Y es que a veces me da por pensar que la radio la inventó en realidad Lewis Carroll. No hay medio de comunicación que tenga una naturaleza tan vinculada a un posible país de las maravillas, ni nada puede haber al otro lado de un espejo que excite tanto la imaginación como ese espacio que media entre la voz de un locutor cómplice, o una canción amada, y la oscuridad de tu dormitorio. 


*La segunda fotografía corresponde al cartel de un concierto de
 Rock & Roll organizado en 1987 por La Escalera Mecánica.

domingo, 1 de julio de 2012

Doce hombres sin piedad



La noche del viernes 16 de marzo de 1973 se emitía por Televisión Española -la única que había- un programa que estaba destinado a alcanzar la categoría de "mítico": la grabación para “Estudio 1” de la obra Doce hombres sin piedad, escrita por Reginald Rose. Ese adjetivo, "mítico", le ha sido de nuevo aplicado estos días, cuando los medios de comunicación han dado cuenta, en forma de obituario, de la trayectoria profesional de ese gran hombre de teatro que ha sido Gustavo Pérez Puig, su director. En realidad, mítico es en sí mismo aquel “Estudio 1”, al que le debo mi amor por el teatro, como mítico es el hecho de que en un tiempo menos plural que el presente la televisión pusiera el listón de su calidad tan alto como para tener una programación fija, durante tantos años, de los más importantes dramas y comedias de la literatura universal interpretados por una serie de actores absolutamente irrepetibles. Las reflexiones acerca de la condición humana a las que este hecho conduce son demasiado inquietantes como para tomar ahora ese camino.
 
Yo tenía seis años aquel día de 1973, de modo que no es probable que viera la obra entonces. O sí, quién sabe: nunca les agradeceré bastante a mis padres el que me permitieran desde siempre ver aquellas obras de teatro, aun cuando el resto de la televisión nos estuviera vedada a los niños de la casa más allá de las nueve de la noche. Aquella maravillosa excepción es responsable de que en una capa muy profunda de mi memoria esté sedimentado el recuerdo de las voces de aquellos actores sublimes, el recuerdo de la continuidad en la interpretación no ya de una escena, sino de todo un acto, esa continuidad que permite disfrutar plenamente de la evolución de un estado de ánimo en unos personajes; el recuerdo de los decorados, muchas veces de un sobrio esquematismo, y el de ese sombrío y castigado blanco y negro -o el del color, más tarde-; el recuerdo del ritmo de la puesta escena teatral, necesariamente pausado, un ritmo al que inadvertidamente la intensidad de las emociones se va enroscando como hiedra hasta llegar a un punto en que toda pasión se desata o todo enredo se resuelve; y el de los monólogos en primer plano, el de todos aquellos rostros que acabaron siéndome tan familiares, que aún hoy lo son, cuando muchos de aquellos actores y actrices, me temo, ha muerto ya.


Lo cierto es que hubo un día en el que vi Doce hombres sin piedad con plena conciencia de estar viendo algo que arrastraba la aureola de legendario: crecí oyéndoles decir a mis mayores que aquel “Estudio 1” era mejor que la película americana, la de Henry Fonda, la primera que dirigió Sidney Lumet, en 1957. Cuál no sería el impacto que aquella noche provocó en los espectadores españoles que aún hoy se sigue hablando de un antes y un después de la televisión en España. Gracias a Internet, esa obra que durante muchos años estuvo fuera de la circulación puede ser vista ahora en su totalidad, en cualquier momento. Lamentablemente, esto se puede decir tan sólo de una parte muy pequeña de los cientos de dramáticos, como los llamaban, que se grabaron durante aquellos veinte años, de tal manera que hay verdaderos tesoros de interpretación no accesibles para nadie. Es triste, pero el teatro también es eso: tan sólo el recuerdo de una representación; su magia radica en la inmediatez, imposible en la televisión, pero también en su fugacidad.

Bajo los acordes de The House of the Rising Sun, de The Animals, van entrando uno a uno los actores, y con ellos, apenas esbozados en esa brevísima presentación, los caracteres que serán expuestos y minuciosamente diseccionados a lo largo de la obra: Jesús Puente, Pedro Osinaga, José Bódalo, Luis Prendes, Manuel Alexandre, Antonio Casal, Sancho Gracia, José María Rodero, Carlos Lemos, Ismael Merlo, Fernando Delgado, Rafael Alonso... Nunca ha habido un reparto semejante. Por eso creo que sí, que nuestros doce hombres sin piedad son mejores que aquellos otros twelve angry men de Lumet.

He aquí un pasadizo hacia la obra…  ESTUDIO 1 - Doce hombres sin piedad



Vayan estas líneas en recuerdo de Gustavo Pérez Puig