lunes, 31 de octubre de 2016

Pilar Quirosa, nuevo libro

(Foto: JFH. 2013)
Infatigable creadora, la escritora Pilar Quirosa-Cheyrouze presenta esta semana un nuevo libro, Memorial Shadow, “confesiones, recortes, casi collages, páginas de diario, aforísticas reflexiones, filosofía, medicina, arte, música, poéticas varias…”, según cuenta la editorial Nazarí, que es quien lo publica. 

La vida cultural de toda capital de provincias, pequeña o grande, eso es igual, está tejida por una serie de figuras reconocibles y a veces aparentemente ubicuas sin las cuales no se entendería la celebración de la convivencia alrededor de las artes y las letras. Pilar Quirosa es una de esas figuras esenciales de la cultura en la ciudad en que vivo, Almería, y tengo la suerte de que me honre con su amistad. Nos conocimos pasada ya nuestra primera juventud, y sin embargo nos une la sensación de haber compartido juegos en la infancia, o al menos alguna que otra de esas aficiones que de niños creemos reservadas a nosotros solos. Por ejemplo, la de descubrir en el frontal de los automóviles la identidad de un gesto, de un temperamento, de una personalidad. Yo lo hacía con pocos años: analizar ese rostro aparente que nos ofrecen los coches, la expresión enfurecida o asombrada o maliciosa o bobalicona de los faros en su combinación con la forma del radiador, del guardabarros, de la matricula. Recuerdo bien la sonrisa de Pilar el día que me dijo que se había sentido felizmente aludida en ese preciso pasaje de un libro mío, y durante un tiempo referirnos a ello fue una especie de santo y seña cada vez que nos encontrábamos, hasta que ambos lo incorporamos al bagaje de las experiencias compartidas y ahí quedó, en la base de nuestra amistad.   

Dicho de otro modo: nos unió la pareidolia, ese fenómeno psicológico que estimula en nuestra mente la capacidad para reconocer rostros u otras formas familiares en los lugares más insospechados: en la apariencia de las nubes, en el milenario perfil de una montaña, en los troncos de los árboles, en las fachadas de algunas casas, en las manchas de humedad de una pared, en la melancólica superficie de la Luna.

Escribió Ana María Matute que tal vez la infancia sea más larga que la vida, y el poeta inglés William Wordsworth que el niño es el padre del hombre; yo creo que aquel juego de la imaginación que Pilar y yo mantuvimos por separado, y bajo cuya superficie no es difícil escuchar la corriente viva de nuestra pasión común por inventar y contar historias, nos devolvió a un tiempo en el que no nos conocíamos para trenzar allí ese tipo de complicidad duradera que sólo se fragua en las edades más tempranas. 

Todo esto me hace recordar unos versos de Pilar Quirosa que hablan de “reencontrarnos de nuevo / en cada estación del tiempo”, y estos versos me llevan a otro poema suyo, titulado “Catarsis”, en el que se pregunta: 

Cómo barajar el efímero tiempo,
el reloj derrotado por el paso de las horas,
el dolor que crece y se retuerce
en meandros, cómo escribir un poema.

Barajamos el tiempo, nos reencontramos, escribimos. Y Pilar va más allá, porque la efervescencia cultural que la anima desborda en ella el acto puramente creativo, la narrativa para niños, jóvenes y adultos, los artículos en prensa, la crítica literaria; lo desborda para hacerse activismo, militancia cívica, y entonces surgen también las labores de Ateneo, las Aulas de Literatura, los Encuentros con las Artes, las Letras o el Lenguaje Cinematográfico, los Departamentos de Publicaciones, los Colectivos sociales y reivindicativos, los recitales, las rondas de libros… Incansable ese ir y venir suyo para mantener vivo el fuego iluminador de la cultura cuando es tanta la arena con la que algunos pretenden apagarlo. 

Leí uno de sus últimos libros, El viaje de Edgar, mano a mano con mi hija. A través de él  regresaba –si es que alguna vez se ausentó- la Pilar más sideral, más celeste. Y he aquí otra cosa que compartimos: la fascinación por la astronomía. No podía ser de otro modo: tal vez pertenezcamos ambos a la vieja estirpe de aquellos que un día remoto, mirando el firmamento, dieron en unir, con una línea figurada, esa estrella de ahí con esa otra y con esa y con esa de allá, pareidolia cósmica  de la que nace un aguador, un arquero con su cinturón bien ceñido, un centauro, un delfín, la nave de los argonautas. Y siempre el viaje, por las Islas provisionales o A orillas del Zambeze o más allá de cualquiera de esas fascinantes nebulosas interestelares que sólo son visibles con telescopios: viajes de la imaginación, tal vez: pero es que es de esa materia de la que estamos hechos.


miércoles, 26 de octubre de 2016

Cisne Negro



Cuando ya sea imposible seguir manteniendo oculto lo que realmente está sucediendo lo llamarán el impacto de lo altamente improbable, ese Cisne Negro de Nassim Nicholas Taleb

Recordad a Mark Twain: "es más fácil engañar a la gente que convencerlos de que han sido engañados". 

Y tengamos siempre presente que en un mundo globalizado lo que pasa en un país -pongamos el nuestro- es una parte de lo que pasa en todos los países. Una pieza. Una jugada.

Al final, además, descubriremos que no hay un Cisne Negro, que solo "hay un lago inmenso lleno de fango, lleno de fango", como decía la canción.

Wake up Neo...



(Foto: Palencia 2008. JFH)

sábado, 22 de octubre de 2016

Todo es uno

Ariel Bension (1880-1932), doctor en filosofía e historiador de ascendencia sefardita, considerado el último de los grandes sufíes judíos, escribió en El Zohar en la España musulmana y cristiana (1931), explicando cierto pasaje de este libro esencial de la corriente cabalística, que: 

"La vida humana –dice el Zohar en alguna parte- se amplía por medio de la vida universal. El objeto del Universo se teje a través de la vida del ser humano. Por consiguiente, el hombre es prevenido de vivir de tal manera que a la puesta de sol sienta en sí que su día no ha sido malgastado sin acción. Pues el hombre, malgastando su propio día, ha malgastado también el día del Universo entero”. 

El hecho que se esconde tras esta afirmación -a saber: que todo cuanto existe, en el mundo físico y en cualquiera de los otros mundos que escapan a nuestros sentidos, está unido; que Todo es Uno- arroja sobre nuestros pobres hombros la responsabilidad de tener que ser permanentemente acción, entendiendo por tal aquélla que es útil, que es provechosa, y no ya cada día, como señala Bension, sino en la suma completa de nuestros días, pues si malgastando uno solo de ellos malgastamos el día del Universo, malgastando nuestra vida entera estaremos, de algún modo que escapa a nuestra conciencia, malgastando también la vida de todo el Universo. 

Según relata Plinio el Viejo, los tracios echaban en una urna una piedra blanca o una negra al finalizar el día, según si éste había sido favorable o infausto, y bastaba con que al morir se contaran unas y otras para saber si habían sido felices o no durante sus vidas. Cuánto bien nos haríamos a nosotros mismos –y al Universo, incluso al Multiverso que propone la teoría de cuerdas- si actuáramos como si realmente pudiéramos intervenir de forma positiva en cada una de nuestras acciones, sin permitir que las cosas ocurran sin más, fatídicamente, como dejándose arrastrar hacia la piedrita blanca o la negra por sí solas.

 NASA; ESA; G. Illingworth, D. Magee, and P. Oesch, University of California,
Santa Cruz; R. Bouwens, Leiden University; and the HUDF09 Team