Albert Camus (1913-1960)
"CALÍGULA: Piensas que estoy loco, ¿no?
HELICÓN: Sabes muy bien que no pienso. Soy demasiado inteligente para hacerlo.
CALÍGULA: Ya. Bueno. El caso es que no estoy loco, y hasta te diré que nunca he estado tan cuerdo. Sencillamente, he sentido un anhelo imposible. (Una pausa) No me gusta cómo son las cosas.
HELICÓN: Es una opinión bastante extendida.
CALÍGULA: Cierto. Pero hasta ahora no lo sabía. Ahora lo sé. (Con la misma naturalidad.) No soporto este mundo. No me gusta tal como es. Por lo tanto, necesito la luna, o la felicidad, o la inmortalidad, algo que, por demencial que parezca, no sea de este mundo.
HELICÓN: El razonamiento tiene coherencia. Pero, en términos generales, no puede llevarse hasta sus últimas consecuencias.
CALÍGULA: (Levantándose, pero con la misma naturalidad.) Qué sabrás tú. Precisamente por no llevarlo hasta sus últimas consecuencias nunca se logra nada. Pero quizá baste con que sea lógico hasta el final. (Mira a HELICÓN.) También ahora sé lo que piensas. ¡Cuánto lío por la muerte de una mujer! No, no tiene nada que ver con ella. Creo recordar, es cierto, que hace unos días murió una mujer a la que yo amaba. Pero ¿qué es el amor? Poca cosa. Esta muerte no supone nada para mí, te lo juro; simplemente me indica una verdad, una verdad que me lleva desear la luna. Es una verdad sumamente clara y sencilla, y aunque sea un poco tonta, cuesta descubrirla y también sobrellevarla.
HELICÓN: ¿Cuál es esa verdad, Cayo?
CALÍGULA: (Mirando hacia otro lado, en tono neutro.) Los hombres mueren y no son felices".
ALBERT CAMUS. CALÍGULA.
(Traducción de Javier Albiñana, en Alianza Editorial)
Es una de las obras de teatro que más amo, y eso sin haberla visto nunca representada en un escenario: me bastó ver la versión que Jaime Azpilicueta dirigió para Televisión Española en 1971, emitida el 25 de octubre, hace pues cuarenta años, con un José María Rodero más allá de todo elogio. Este extraordinario drama (“tragedia de la inteligencia”, en palabras de su autor), una de las piezas fundamentales del teatro francés del siglo XX, fue estrenado en 1945 en el teatro Hébertot de París, siendo su primer protagonista Gerad Philipp. En España, José María Rodero (1922-1991), que ya la había representado unos años antes y por lo tanto había ido indagando en su personaje y había pulido cada uno de los casi infinitos matices de su actuación, hizo para televisión una de las más extraordinarias interpretaciones que yo recuerdo haberle visto a actor alguno. Volvió a interpretarla en 1982, en el teatro romano de Mérida, en ocasión también grabada y emitida por televisión.
No es ésta la primera ocasión en que declaro mi absoluta admiración por este actor, tan pobremente aprovechado en el cine, pero a quien he visto en soberbios papeles de teatro, cuando el teatro existía en televisión y, por lo tanto, según aquella máxima cruel, existía, sin más.
RTVE está recuperando en su página web algunos de aquellos maravillosos Estudio 1 que a muchos nos metió en las venas el veneno del teatro cuando éramos niños. Una de las obras que allí puede encontrarse es, precisamente, este Calígula de 1971. Vaya desde aquí mi más encendida invitación a buscar un hueco para verla.
José María Rodero y Estanís González, Calígula, 1971
Retrato de Albert Camus: Escolástico Fernández











