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miércoles, 17 de mayo de 2017

Teoría y práctica de la portada

Me refiero a la portada de un libro, claro. Y no la de cualquier libro, sino la de este libro en particular, que no lo será en su estricto sentido hasta dentro de unas semanas, pero que ya ha empezado a asomar su rostro, tanto tiempo reservado a los más íntimos.


Confieso que me gustó su diseño minimalista ya antes de que mi nombre y el título del libro, Las flores suicidas, estuvieran integrados en él, pues la editorial Talentura viene utilizándolo desde 2015 en todos sus libros de relatos, concediéndole a cada uno la identidad de un color distinto. Me intriga esa sencillez conceptual donde la palabra y el signo tienen todo el protagonismo, ese guiño ladeado (al lector) en que se ha convertido el punto y coma según moderna simbología, todo ello blanco y negro sobre fondo que en heráldica sería un esperanzador campo de sinople. Frente a la tiranía de la imagen (puro abigarramiento en anaqueles de librería), pienso que si se pudiera extender la filosofía Feng-Shui a las cubiertas de los libros, el Chi o energía vital circularía a sus anchas en esta, lo que en definitiva constituye la mejor invitación a abrir la puerta y adentrarse en las cinco historias que contiene el libro.

Por lo demás, las cosas del otro lado, que como pulso herido rondaba García Lorca –y luego también, según confesión propia, Julio Cortázar-, han empezado ya a dejarse notar en esta publicación. Hace un par de semanas descubrí casualmente que existe un movimiento social internacional llamado ‘Proyecto Punto y Coma’ (‘Project Semicolon’) que propone el tatuaje de este signo ortográfico como muestra de apoyo a la lucha contra el suicidio y a favor de su prevención. Dicen sus promotores que el punto y coma equivale a una negativa a terminar una frase, siendo esa frase la propia vida. Lo cierto es que en 2015 Talentura, al adoptar este signo en el diseño de sus portadas, no podía imaginar que dos años después enmarcaría un título como el mío, de la misma manera que cuando yo anoté hace veinte años este título para un libro futuro no tenía la menor idea de que alguna vez ese libro sería publicado por Talentura, ni de que llegaría a existir un movimiento llamado ‘Proyecto Punto y Coma’, ni de que la editorial que lo publicaría iba a adoptar este signo como elemento característico de sus portadas sin conocer tampoco, a su vez, la existencia ni del ‘Proyecto Punto y Coma’ ni de mi libro… En fin. A estas cosas le llaman frecuentemente coincidencia, casualidad, azar.

En cualquier caso, para finalizar esta teoría y práctica de la portada dejo un segundo ejemplo de otro feliz minimalismo conceptual: el bookcover diseñado por Adronauts para 1984, de George Orwell (por cierto, que una cita orwelliana juega un importante papel en el último relato de mi libro, el que le da título, precisamente).


viernes, 5 de mayo de 2017

Proximidad de las flores (suicidas)

A Raúl Ariza, que tendió puentes

Este año mayo será el mes de las flores suicidas, casi noto su olor a libro recién impreso, a papel intocado por el polvo. Talentura, la editorial, ¿qué es ya sino una tura añadida a las turas referidas por Julio Cortázar en Rayuela, capítulo 73?: «Nuestra verdad posible tiene que ser invención, es decir escritura, literatura, pintura, escultura, agricultura, piscicultura, todas las turas de este mundo. Los valores, turas, la santidad, una tura, la sociedad, una tura, el amor, pura tura, la belleza, tura de turas»; de este modo queda constancia también de la madre de todas las turas: la aven(talen)tura de editar buenos libros en la España actual.

Vendrá la muerte y tendrá tus pétalos, podría haber escrito Cesare Pavese, caso de tener noticia de las flores suicidas. Por ejemplo, de la flor virginiawoolf, que sin el plomo en los bolsillos se ahoga despacio y a la deriva, como recostada en mullido, húmedo y fresco espejo de la superficie...


... de la flor ofelia, oh «¡Desdichada Ofelia!, demasiada agua tienes ya; por eso quisiera reprimir la de mis ojos…», Hamlet, acto cuarto, escena XXIV, que privada de la razón floral se deja caer al arroyo y abre ondas cristalinas en el cielo reflejado en él, también sin hundirse, melancolía de la levedad sostenida por la trasparencia sin testigos...



… de la flor de acantilado, que se asoma al vacío y en un arrebato decimonónico acaso ceda a la tentación de hundirse esta vez sí, sin remedio, en el aire, de despeñarse, como en aquella sátira al óleo que vimos el pasado verano en el Museo del Romanticismo, en Madrid: inclinar en el borde su delgadez de artista cubierta por blanca camisa, los ojos vueltos, el brazo estirado en el gesto de querer asegurar con el puñal el trabajo que la caída desde lo alto pudiera dejar a medias, ¿no es la corola de la amapola un anticipo de herida?...  


…de la flor que crece entre los carriles de la vía del tren, la flor de la que surge el título del libro, al fin y al cabo, la flor registrada en gregería por Ramón Gómez de la Serna, flor tolstoiana donde las haya…


Volvamos a Pavese: «gente como nosotros, enamorada de la vida, de lo imprevisto, del placer de “contarla”, sólo puede llegar al suicidio por imprudencia».

Qué es el agua, el barranco, las vías del tren, sino la metáfora de una larga imprudencia… Gente como nosotros, todos nosotros, cada uno de nosotros.


FOTOS: JFH

sábado, 7 de enero de 2017

Apuntes para un regreso

Todo el mundo sabe quién fue Eddie Felson, creo, o quién es, mejor dicho, pues la vida de los personajes de ficción jamás se conjuga en pasado: un grandioso jugador de billar que muy a comienzos de los años sesenta iba de una ciudad a otra timando a incautos y soñando con destronar al campeón. Quiso cambiar su suerte asociándose a un tipo de oscuras intenciones llamado Bert Gordon, que parasitaba el talento de los demás con la única finalidad de hacer dinero, y que resultó ser lo bastante poderoso como para hacer que Fast Eddie, o Relámpago, o Eddie El Rápido, tuviera que abandonar la práctica del billar durante veinticinco años. No sabemos qué hizo Felson durante buena parte de ese cuarto de siglo, pero lo cierto es que en 1986 se dedicaba a la distribución de bourbon, y posiblemente a otras actividades más o menos lícitas. Se había convertido en un maduro y seductor embaucador, y tal vez como recuerdo de los viejos tiempos, o tal vez de una forma más seria, ponía algunos dólares para que ahora fuera otro billarista buscavidas el que tratara de sacarle el dinero a los primos. Hasta que se cruzó en su vida un joven insoportablemente fatuo e inmaduro, pero que manejaba el taco con una explosiva precisión, y el veneno del billar volvió a correr por sus venas. Primero se convirtió en una especie de mánager de aquel muchacho, y después, entre unas cosas y otras, ese veneno le despertó el ansia de regresar a la competición, de acariciar el fieltro verde con el dorso de los dedos, de dominar cada una de las mesas sobre las que inclinara el cuerpo anticipando con la mirada el trazado exacto de las bolas, de engatusar al rival con la conversación y luego vencerlo sin paliativos. Porque estaba hecho para el billar. No se trataba del dinero: ni de su color ni de cuánto tuviera que hablar para ganarlo. Se trataba de la excitación del juego, de cómo le hacía sentir. La última imagen que tenemos de él es la de alguien realmente feliz, que gozosamente, con una sonrisa, proclama: ¡He vuelto!, justo antes de golpear con el taco.

Es ese «Hey, I’m back» que yo he usado más de una vez, la última hace bien poco y por la misma razón que ahora lo traigo aquí. No, no se trata de que vaya a volver a jugar al billar; hace tiempo que no lo hago y temo que sea una habilidad que se pierde por falta de dedicación. En cualquier caso, no estoy hecho para el billar. Digamos que, en mi caso, esa excitación del juego me la ha proporcionado desde niño la invención de una historia y la elección, no siempre sencilla, de las palabras con las que habrá de ser contada por escrito. Estoy plenamente de acuerdo con Julio Cortázar cuando dice que "no se trata de escribir para los demás, sino para uno mismo, pero uno mismo tiene que ser también los demás". Esa excitación que produce inventar y contar una historia no existiría si al otro lado no hubiera quien la escuchase o la leyese. Mi particular He vuelto es un regreso al libro impreso; un reencuentro, pues, con el lector. Cinco relatos bajo el título Las flores suicidas, que la editorial Talentura publicará en el primer semestre de este año; cinco historias que son cinco juegos literarios distintos, pero más ceñidos que nunca a una sensación que sólo con la edad uno empieza a comprender del todo: que los seres humanos somos demasiado frágiles frente a una realidad tramposa y a veces muy dura, y que esa fragilidad está hecha de miedo y de valor a partes iguales, de un inquebrantable amor por los nuestros, de soledades y fantasías, y de anhelos que se escapan de la yema de los dedos apenas, ay, parece que se roza su cumplimiento, y también de una desasosegante sospecha de estar siendo engañados permanentemente.

Sí. I’m back. En este 2017 cuya llama va derritiendo ya la cera de sus primeros días.


sábado, 1 de noviembre de 2014

Parece que cicatriza, de Miguel Sanfeliu

«En cada uno de nosotros camina, llevando el paso con el que somos, el que quisiéramos ser», dice un personaje de Juan Marsé. Todos creemos que esta verdad nos afecta sólo a nosotros, y sin embargo es compartida al menos por esa inmensa mayoría de personas que no llegan a cumplir sus sueños de juventud pero tampoco dejan de seguir alimentándolos casi en secreto como una manera de permanecer amarrados en el puerto seguro de la realidad que conocen desde siempre. Es la gente que viene al Loser y se acoda en la barra y le cuenta o no algún episodio de su vida al barman. Entre ellos podría haber estado alguna vez Roberto Ponce, el protagonista de Parece que cicatriza, la primera novela de Miguel Sanfeliu, quien después de practicar la distancia corta en tres notables libros de relatos (Anónimos, Los pequeños placeres y Gente que nunca existió) se aventura ahora en el medio fondo narrativo con una historia intimista donde el anhelo de llegar a merecer una vida excitante ligada a la literatura es casi ahogado completamente por una insoslayable madurez rutinaria, y donde los hilos del humor se entretejen con los de la melancolía, la nostalgia, la tragedia o la contemplación siempre asombrada, generación tras generación, del cómo se pasa la vida.

Parece que cicatriza posee una sutil configuración de simetrías, en virtud de la cual ciertos personajes o circunstancias argumentales aparecen y reaparecen, más o menos modificados por el paso del tiempo, en distintas partes del libro (un concierto en una plaza de toros, un cuadro de una mujer solitaria, un desconocido dibujante sin nombre). Está estructurada en dos partes, con un breve inicio y un breve epílogo. La primera de esas partes, escrita acertadamente en primera persona, alcanza pleno sentido a medida que avanza la segunda, escrita, no menos acertadamente, en tercera: el barrio vagamente bohemio en el que un joven Roberto Ponce de diecinueve años se propone escribir y publicar, en el plazo de un año, una novela de éxito; la cofradía de náufragos del arte y de las letras a los que se vincula (un pintor loco encadenado infructuosamente a su vocación, un mal poeta inédito que acaba abriendo una taberna llamada «El Cubo de la Basura», un modesto cantautor callejero que no duda en traicionarse a sí mismo para medrar en la música); la desigual relación que mantiene con una prostituta, él tan ingenuo y enamoradizo, ella tan cara; el whisky barato y la cerveza para el desayuno y el mazo de folios casi sin usar, los tiempos muertos que le dedica a devanarse los sesos tratando de encontrar una idea sobre la que escribir, o a pasear, que son más prolongados que los que dedica a devanarse los sesos pero no tanto como los que le ocupan en maldecirse por su causa (este Roberto hace pensar en aquel escritor de páginas en blanco del que habla Don DeLillo, que escogía las palabras del mismo color del papel en que las escribía): esa parte, en fin, que se refiere a un periodo esperanzador de su pasado, establece los recuerdos a los que volverá años después, convertido ya en un hombre casado, en un oficinista más o menos atrapado en esa vida anodina que tan decididamente quería evitar, una vida llena de ese tiempo sin relieve del que escribió Luis Landero en Hoy Júpiter: tiempo «que no interesa ni al pensamiento ni a la acción, tiempo no vivido con singularidad, tiempo gris, donde la costumbre hace por adelantado el trabajo que es propio del olvido».

No es por casualidad que mencione aquí a Landero, pues las fantasías del protagonista de la novela de Sanfeliu le emparentan con muchos grandes personajes del escritor extremeño. Son fantasías que Roberto Ponce conserva algo atemperadas veinticinco años después de su breve aventura bohemia, pero que no han desaparecido. «La vida», le había dicho uno de aquellos atribulados artistas sin suerte de los que nada sabe desde entonces, «no es más que una ilusión muy larga que nunca llega a cumplirse». En el retrato de este cuarentón hipocondríaco en el que se ha convertido Ponce es donde Parece que cicatriza alcanza su mayor altura literaria: el atasco de tráfico camino de la oficina, el limpiacristales de semáforo, la dificultad para aparcar, el trato rutinariamente amistoso con los compañeros de trabajo, la mesa con papeles hasta arriba, la monotonía conyugal, su obstinada dedicación a la literatura en sus ratos libres, porque, aunque aún no haya dado con ese gran argumento, escribir es su vida, no un hobby, es una herida abierta, que parece, sí, que cicatriza, pero se trata solo una ilusión: «quien está herido de literatura nunca llega a curarse».

En esta segunda parte se acumulan los aciertos: en la descripción de cómo las aguas de la rutina laboral vuelven a aquietarse al poco tiempo de que la marcha de una de las personas que forman parte de ella las altere, en ese torpe flirteo de oficina, en la constatación de la fugacidad de la vida («Un día meto en la cama a mi hija de pocos meses, piensa Roberto, la dejo dormida y me voy a mi cuarto y, de pronto, escucho el ruido de unos tacones en su habitación y resulta que han pasado, de golpe, dieciséis años»), y sobre todo en la complicidad que establece con un cuadro rescatado del ahora sórdido local «El Cubo de la Basura», La Madeleine, de Ramón Casas: es ésta una escena que al lector le resulta particularmente emotiva, porque este cuadro actúa de algún modo como catalizador del mejor escritor en el que podría llegar a convertirse Roberto Ponce, y éste ni siquiera parece darse cuenta; es un momento casi fugaz, mágico, muy íntimo, con un brillante juego de reflejos y miradas y soledades.

Escribe Enrique Vila-Matas en Aire de Dylan que «pocas cosas parecen tan íntimamente vinculadas como fracaso y literatura». En cierto modo, el caso de Roberto Ponce (o el de quien esto escribe, sin ir más lejos) podría formar parte de ese Archivo General del Fracaso en el que trabaja el protagonista de esa novela de Vila-Matas, o del Museo de los Esfuerzos Inútiles que inventó Cristina Peri Rossi para un cuento (junto con el de aquel hombre que durante diez años intentó hacer hablar a su perro, o el de aquellos otros que emprendieron largos viajes en busca de lugares inexistentes, o el de Lewis Carroll, que se pasó la vida, dice Peri Rossi, huyendo de las corrientes de aire y acabó muriendo de un resfriado). Pero cómo dejar de escribir sin arriesgarse a perder la vida, cómo despedirnos para siempre del que somos realmente. Cómo renunciar a un sueño, cualquier sueño, sabiendo que con ello despertaremos convertidos en un desconocido. De eso trata Parece que cicatriza.

La Madeleine. Ramón Casas
"Sola en un local lleno de gente, mientras él, solo en una habitación 
llena de libros, la observa a través de una ventana en el tiempo". 
Miguel Sanfeliu. Parece que cicatriza. Editorial Talentura

lunes, 7 de mayo de 2012

La suave piel de la anaconda, de Raúl Ariza










 "Así que ha tenido que volver a casa de unos padres viejos y amables. Una casa en penumbra en la que parece que siempre anochece. Una casa de la que Rubén ya había olvidado sus escondites preferidos y ese olor a rancio que lo impregna todo. Una casa llena de relojes detenidos, de figurillas de porcelana con mirada sin brillo y de medicamentos de viejos por las mesillas de noche". 

Raúl Ariza, "Desmemoria"





Dice el fantasma de Fernando Pessoa en una novela de José Saramago que “la soledad no es vivir solo, la soledad es no ser capaz de hacer compañía a alguien o a algo que está en nosotros, la soledad no es un árbol en medio de una llanura donde sólo esta él, es la distancia entre la savia profunda y la corteza, entre la hoja y la raíz”; y añade: “solitario es estar donde ni nosotros mismos estamos”. De este mal están aquejados muchos de los imaginarios clientes de este imaginario local que es el Loser; entre ellos, entre quienes un día entran sin saber por qué y se sientan a la barra y piden una copa y beben en silencio o se desahogan con el barman, muy bien podrían estar los personajes que pueblan el segundo libro de relatos de Raúl Ariza, La suavepiel de la anaconda: Rosario, por ejemplo, que perdió para siempre a la mujer que amaba a manos de su marido, o Eva, con su belleza fresca de joven que debiera ser feliz pero que tiene un moratón bajo sus ojos claros, o Fernando y Juanma, o Jesús, que cometió una locura cuando supo que su mujer estaba enferma, o Ángel y Julia y Rosa, sobre todo ella. Y no es que se nos hable explícitamente de su soledad: de todos los estados del alma, éste es quizá el que menos se nombra en el libro y el que más intensamente, aunque de manera oblicua, percibe el lector. Digamos que, como en la vida misma, también en las páginas de La suave piel de la anaconda la soledad serpentea silenciosa.

Raúl Ariza ha ido perfeccionando a lo largo de estos últimos años una manera propia y reconocible de contar una historia en apenas uno o dos folios. Es posible que en un principio esta brevedad fuera  la más adecuada para el medio en que empezó a publicar los relatos, su blog El alma difusa, pero no cabe duda de que ha logrado dominar de tal modo su técnica narrativa –sutil hasta la invisibilidad, por lo demás- que no se trata ya de que en sus cuentos no haya una palabra de más ni una palabra de menos, es que las palabras que utiliza, cada una de ellas, insinúan caminos en las vidas de los personajes que extienden la historia mucho más allá de los límites meramentes literarios. Escribió Antonio Muñoz Molina que la verdadera originalidad nunca es un propósito, sino un resultado. Estoy convencido de que Raúl Ariza no se impuso como principal objetivo el de renovar un género o cosa parecida, sino el de escribir un cuento corto de una manera eficaz, de modo tal que el lector se implicara plenamente en la trama a pesar de la brevedad, se conmoviese sin tener que enfatizarle los aspectos emotivos y se sorprendiera al final sin someterlo a una pirueta tramposa en las últimas líneas; la originalidad de sus cuentos, el hecho de que sus historias sean a la vez cotidianas y únicas, que los personajes nos parezcan tan reales, que haya tanto que asimilar en tan limitado espacio, y que a la vez sea tan admirablemente sencillo de asimilar si se hace una lectura atenta, es, precisamente, el resultado de haber puesto toda su voluntad y su talento en contarnos una historia de la mejor manera posible (… y Bego, y Aisha, y Santi, y Loren, que sueña en verde, y Carmen, que es soñada, y Arturo, que ha empezado a hacer deporte y se masturba metódicamente todos los días, muchas veces sin ganas, y Victoria, que duerme en la arena de su isla griega sin más toalla que su piel y admira su cuerpo en el espejo…).

Se ha dicho que la prosa de Ariza es transparente, que está exenta, según palabras que le dedicó el escritor Francisco Ortiz a su primer libro, Elefantiasis, de retórica y figurines, de florilegios tramposos (o eso que llamó Juan Marsé prosa-sonajero), y es completa y gozosamente cierto; no rehúye tampoco la prosa poética, pero con el mismo sentido de eficacia narrativa: decir más de lo que se está diciendo, pero sin oscurecer la narración, sin pretender solemnizar un estilo por encima de la historia (… y Belén, que se duchará la tristeza y se peinará las ganas de contarle a su marido que ya no le quiere…). Sus cuentos, en cualquier caso, rechazan la lectura apresurada y superficial, porque cualquier palabra puede ser un indicio anticipado del desenlace o establecer las razones de un gesto, de una renuncia, de un acto de violencia, de un desengaño o de una nueva ilusión. Que la mayoría de los cuentos se desarrollen en presente o antepresente de indicativo determina, además, que narrador, personaje y lector se citen en el mismo instante y el mismo lugar, que unos y otros convivan en la inmediatez de la historia, que contar y leer sea tanto como observar desde la más absoluta complicidad (… y Susana, y Anne, y Félix, y Patricia, y Teresa, que se marchó con los niños, y Rubén, que ha tenido que abandonar su casa y pasó la última Nochevieja en casa de sus padres, durmiendo en la pequeña cama que fue suya de crío, y también Fanny, que ha conocido a un alma gemela...).

En los magníficos relatos de Raúl Ariza cabe la descripción física –nunca gratuita-, cabe la rutina y lo excepcional, caben todas las horas del día, todas las estaciones del año, el sexo sin prisas pero sin emociones, las consecuencias de la agresividad, caben los triángulos sentimentales (… y Rafa, Adela y Cris, y Enrique, Raúl y Bárbara, y Víctor, Daniel y Belén…), cabe la pérdida y el encuentro, el anciano que agoniza y el adolescente que oye llorar a su madre todas las noches, todo ello con una mezcla de sensibilidad y dureza, como hábilmente se anticipa en la cita de Raymond Chandler que abre el libro, pero sobre todo con la penetración en el alma humana –tan difusa ella, a veces- de quien sabe mirar a su alrededor y reconocerse entre iguales, pues casi todos coincidimos, antes o después, en algo que señaló acertadamente Pessoa (no el ficticio de la novela de Saramago, sino el real, el autor del Libro del desasosiego): “Al final de este día queda lo que quedó de ayer y quedará de mañana: el ansia insaciable e inúmera de ser siempre el mismo y otro”.

Y así suena en el Loser uno de sus cuentos:




La suave piel de la anaconda está publicado por la editorial Talentura

Foto: JFH