miércoles, 19 de mayo de 2021

Raymond Reddington


Vaya por delante que Raymond Reddington no es un perdedor, y que por tanto su fotografía no aparece en ese Salón de la Derrota que son las paredes del Loser. Le conmovería repasar la Galería, eso sí. Miraría los retratos con la cabeza ladeada, asentiría ante cada uno de los personajes, tal vez contaría alguna anécdota referida a muchos de ellos... En cierta ocasión -en cierto capítulo de la quinta temporada de The Blacklist-, la agente Elizabeth Keen se encontró con él en un cine donde “Red” Reddington era el único espectador. Proyectaban Gilda, la escena en que Rita Hayworth canta Put the Blame On Mame. Red le dedica unas palabras de elogio a la legendaria actriz, y Keen le pregunta: “¿Qué se siente siendo un anacronismo andante?”. “Autoridad moral”, responde él. Y aquí está, claro. En este blog&bar donde todo anacronismo tiene su asiento.

El planteamiento inicial de la serie The Blacklist, en cuyo complejo laberinto de intrigas he quedado fatalmente atrapado, es el siguiente: uno de los diez fugitivos más buscados por el FBI durante más de dos décadas, el carismático y escurridizo maestro del crimen Raymond Reddington, se entrega por sorpresa a la Agencia Federal en Washington y se ofrece como informante. A cambio de un acuerdo de inmunidad, R. R. iría desvelándoles la identidad de grandes malhechores que están en la sombra, y cuyos actos delictivos ni siquiera son conocidos porque no pasan por tales. Eso sí, lo hará con una condición irrenunciable: el hilo del que tirar para cada uno de los nombres de esta “lista negra” sólo se lo ofrecerá a la agente Elizabeth Keen.

 


Ocurre que nadie en La Oficina de Correos -las instalaciones federales reservadas adonde lo han traslado para mayor seguridad- conoce a Elizabeth Keen. De hecho, es su primer día de trabajo y aún no se ha presentado. Es una perfiladora del FBI, procedente de Nueva York, y finalmente se encuentra frente a un Raymond Reddington a quien no conoce y que emerge sonriente del bunker de cristal donde lo tienen encerrado. Su primer encuentro con Reddington es un homenaje al primer encuentro entre Hannibal Lecter y Clarice Starling. Pero la relación entre estos otros dos personajes… Bueno, digamos que es otro nivel de complejidad, como se irá viendo a medida que vayan pasando las temporadas.

Saber quién es Elizabeth Keen fue fácil -aparentemente-; vendrán otras preguntas más complicadas de responder: Qué vínculo tiene con Reddington, y, sobre todo: ¿Quién es realmente el hombre que se hace llamar Raymond Reddington? 

 

James Spader, en la plenitud de su madurez interpretativa, ha logrado componer un personaje absolutamente memorable. No soy el primero que cae bajo su hechizo. Desde luego, es un criminal, aunque no a la manera patológica de Lecter (todo parecido entre ambos finaliza en ese primer encuentro con Keen). Reddington es un profesional, es El Conserje del Crimen, alguien con una asombrosa red de contactos por todo el mundo, pequeños y grandes delincuantes. Un anarquista, le dicen en una ocasión, aunque él, sin negarlo del todo, prefiere definirse como “oportunista”. Y es un anacronismo, sí: vive desconectado, de modo que aun siendo un fugitivo se mueve con aparente libertad porque es imposible su geolocalización. No duerme dos noches seguidas en el mismo lugar. Lee a Baudelaire y a Allan Poe, en su avión privado tiene la filmografía completa de François Truffaut, viste como si acabara de salir de una película policíaca de finales de los sesenta o principios de los setenta: sombrero Fedora, traje con chaleco, impecables zapatos italianos, gafas con cristales ámbar, corbatas vistosas, en invierno parkas con capucha. Es un tío con clase, que cuida su aspecto, pero sin la afectación de un dandi. Es todo un epicúreo en el comer y el beber y el contemplar una puesta de sol. Tiene un inacabable repertorio de anécdotas, fruto de las muchas experiencias vividas en todos los rincones del planeta a lo largo de años y años de carrera delictiva, y nunca, nunca, perdona una traición. Bueno, hay una salvedad: Liz Keen. Si R. R. fuera un cínico tal vez hablaría del asesinato como lo hace Thomas de Quincey: como si se tratara de un arte, es decir, desde un punto de vista estético y no desde el lado moral, su lado malo, señala de Quincey. No, el innegable buen gusto de Raymond Reddington no alcanza a los pormenores de una muerte violenta. Red no es ningún cínico, pero sí un tipo maravillosamente irónico, y la ironía, escribió Francisco Umbral, es “la ternura de la inteligencia”. Jamás se recrea en el acto de quitar una vida: la quita, sin más. Fríamente. Es implacable, temible, pero, según dice él mismo, nunca ha matado a nadie que no lo mereciera.

Y luego está la actriz Megan Boone, la bellísima y expresiva Megan Boone, que sabe resolver magníficamente la responsabilidad de dar vida al personaje que experimenta una mayor evolución a lo largo de la serie, de perfiladora del FBI a número uno de la lista negra. Elizabeth Keen bordea las zonas oscuras de su alma desde que Raymond Reddington apareció en su vida, probablemente desde mucho antes pero siempre en relación con él, con Reddington, y con su madre -una agente rusa- y con el entramado de secretos, violencia y devoción hacia ella en que parece envuelta desde niña, desde aquel incendio que apenas recuerda, desde aquel disparo entre las llamas. El productor y los guionistas le concedieron a Megan Boone el regalo de un capítulo centrado en su personaje, Ruina (Ruin), que comienza con la voz de Leonard Cohen y su Famous Blue Raincoat mientras Liz corre por el bosque: se ha aislado en una cabaña, se hace llamar Grace cuando baja al pueblo a comprar, el dolor está forjando el acero de su carácter, es buena en lo suyo, muy buena, es una instintiva cazadora de villanos, implacable también. Quiso apartarse de la violencia, pero la violencia vino a buscarla. Reddington la ha adiestrado bien en las primeras cuatro temporadas. Es mi capítulo favorito.

Para los agentes del FBI que acabarán formando el grupo especial (Harold Cooper, Donald Ressler,Aram Mojtabai, Samar Navavi, Alina Park, la propia Elizabeth Keen) trabajar con Raymond Reddington pondrá su integridad a prueba. Como dice la propia Keen en cierta ocasión, Red es un hombre malo capaz de hacer cosas muy buenas. Y en el fondo, se trata elegir entre permitir que un delincuente pueda seguir ampliando su imperio libremente, aprovechándose incluso del FBI, a cambio de detener o abatir gracias a él a cientos de terribles malhechores, o detenerle a él y dejar libres a todos los demás, permitiendo que cientos, miles de vidas inocentes se pierdan.

Nada sería tan excitante, tan adictivo, en The Blacklist de no ser por los brillantes guiones que la sostienen. Dos ejemplos del tono casi shakesperiano -pasado por Coppola- que a veces pueden alcanzar los monólogos de Reddington.

Uno: Dembe es una de las principales figuras de la serie. Mucho más que un guardaespaldas, Dembe, salvado siendo niño por Red de las garras del tráfico de seres humanos, le acompaña para protegerle, pero sobre todo le acompaña con la esperanza de salvar su alma. No hay nadie en quien Red confíe más, y cuando Dembe le oculta un secreto de Elizabeth Keen, Raymond se siente confuso, herido. Se aleja de él para pensar sobre ello, y al volver le habla de este modo:

 “Nuestra amistad surgió del sufrimiento y la desesperación. De la confianza y la compasión. Creció en la crisis y el caos. Maduró con la curiosidad y el estudio. Nuestra vida juntos ha sido la pacífica sencillez. Nuestra vida juntos desafiaba a la muerte. No sé si la palabra correcta es amistad. O amor. Sólo sé que vivirá en mí tanto como yo viva. Y con suerte más. Me fui para pensar en ti y en mí, y solo podía pensar en que te echo de menos. A nosotros. Elizabeth Keen me ha mentido y engañado más veces de las que puedo contar, y siempre la he perdonado. Pero me doy cuenta de que tú no necesitas mi perdón. Jamás. Porque en lo que se refiere a esto (y hace un gesto de ‘tú y yo’) no puedes equivocarte”.

Dos: A Elizabeth Keen le hace Raymond Reddington, en la sexta temporada, el mejor resumen de cuáles son los principios por los que se rige:

 “- Vivo y trabajo según un estricto código basado en la lealtad, la justicia y la confianza. Sobrevivo porque elimino a aquellos que lo traicionan. Hasta ahora no he perdonado a nadie. Ni siquiera a mis socios más cercanos. Ni siquiera a Kate Kaplan.

- ¿De ahí tus sentimientos encontrados? – le pregunta Liz. - ¿No sabes si matarme porque he traicionado un código?

-Te burlas porque vives en un mundo de códigos institucionalizados, en el que ha sido impuesto el orden de los poderosos y ajenos a ti, en el que hay leyes y normas para todo. Yo vivo en un mundo sin ley ni normas, y desde luego sin orden. Así que debo imponerme uno propio. Mis sentimientos encontrados no son porque dude si matarte. Son porque no puedo hacerlo. Porque no puedo matarte, ni confiar en ti, ni perdonarte”.

 

 

Fotos: NBC

lunes, 3 de agosto de 2020

Perpetuum Mobile, de José Luis Campos Duaso




Es conocida la cita de George Orwell (yo mismo la he usado en un relato): «En una época de universal engaño, decir la verdad constituye un acto revolucionario». Son malos tiempos para disentir de las verdades oficiales, de manera que me tomo la libertad de reelaborar completamente la frase: En una época de universal distanciamiento social, reabrir por una vez un blog&bar como éste supone un acto de acercamiento poético. Se trata, en cualquier caso, de cumplir con la obligación autoimpuesta de no dejar un solo año, a pesar de todo, sin publicar una entrada en el Loser, sin subir la persiana de este espacio para tratar de evitar en la medida de lo posible que se lo coman del todo las telarañas del silencio. Y qué mejor motivo hoy que la suma de poesía, amistad y reconocimiento que me sugiere el poemario Perpetuum Mobile, de José Luis Campos Duaso.

A lo largo de los años (y los años, y los años…), han pasado muchos libros por mis manos, digamos un sinnúmero de libros, digamos casi una infinita biblioteca borgeana. He disfrutado muchos de ellos como una concreta forma de placer, y he de decir que algunos ayudaron a moldear mi carácter, algunos me abrieron caminos, algunos, también, me cambiaron la vida. Pero, eso sí, recuerdo cada una de las veces que tuve por primera vez en las manos el libro de un amigo. Fue mágico cuando no sabía nada de él, del libro, quiero decir, o muy poco; cuando no lo había leído y me sumergía en su lectura abierto a todas las sorpresas. Pero cuando he asistido a su composición, cuando fui leyendo los poemas según iban siendo escritos a lo largo del tiempo, el momento de verlos impresos, recogidos al fin en un libro, es sumamente emocionante.

Dejemos que sea ahora el propio libro el que, desde su contraportada, con su voz, nos diga qué es, a la manera en que en algunas obras de teatro un narrador nos sitúa previamente en la acción ante el telón cerrado. Ha comenzado ya a decir que Perpetuum Mobile es una obra con dos etapas bien diferenciadas; escuchémosle, está en el escenario:


“La primera parte (1990-1993), que finaliza en el poema “Las edades del otoño”, respira un aire de continuidad, por su técnica y su temática, con respecto a un libro anterior de su autor: Estelas de un funambulista imaginario. Es un universo de estrofas inspiradas por la sensibilidad del momento: el poeta decanta su conocimiento en el poema. La segunda, de una extensión cronológica dilatadísima, recoge composiciones desde 1993 hasta el presente. Aquí la relación entre el autor y su obra se invierte, de manera que algunos de los poemas, desde su mismo proceso de creación, han influido de manera notable de la trayectoria viral del autor. El poema decanta su conocimiento en el poeta”.

Puedo asegurar que Perpetuum Mobile no está aquí, hablándonos, ofreciéndonos sus versos, porque sea el libro de un camarada, sino porque es un extraordinario libro de poesía, que circulará más o menos entre los lectores, que llegará más lejos o más cerca, nunca se sabe, pero que debería ser un libro que tuviera la oportunidad de moldear caracteres, abrir caminos, cambiar vidas. Méritos le sobran.
 
Con José Luis Campos hace unos pocos años, en un lugar que podría ser el Loser

Poco podría añadir yo que fuera más preciso que el texto de presentación. El destacado en negrita es mío: bien se ve en esas palabras la evolución de la juventud a la madurez. Baste decir que el primer poema remite “egónicamente” a un yo «de dentro a fuera», y el último al testigo, figura esencial en Campos Duaso: ese otro yo que eres tú mismo, pero con otro punto de vista, con otra perspectiva. Hay quien lo llama tomar distancia. Es pasar de lo ego-céntrico a lo ego-excéntrico, entendido en su sentido geométrico, no como raro y extravagante; aunque también podría ser, por qué no. Julio Cortázar escribió que «un problema es siempre una solución vuelta de espaldas». El testigo te permite ver lo que, vuelto hacia ti mismo, te es esquivo: la solución de frente.

Los poemas de esa primera época rondan el tiempo de la Tertulia de la Calle Suipacha, auténtico “Conversatorio” que a finales de los ochenta y principios de los noventa fue vital para que un puñado de jóvenes, primero tres, luego, poco a poco, más, compartieran su pasión por la lectura y su secreta dedicación a la escritura. Mantienen, es cierto, una identidad común con los poemas de Estelas de un funambulista imaginario (2012), pero llevados un paso más allá: el poeta se enfrenta a otras responsabilidades mayores, la vida adulta reclama toda su atención, el futuro nace «a manos de un niño», se insinúa ya, aunque de lejos, el otoño, y con él la nostalgia de la infancia, que será frecuente en los poemas de la segunda etapa: «En la cuna de tu muerte se mece mi infancia» (pg. 30); «Nació con tu infancia, / edificándote desde un pequeño cuerpo / primigenio» (pg. 45); «… que cayó en la trampa / de la seducción, de la retracción a la infancia» (pg. 56); «Puedo aflorar la voz de todas mis infancias” (pg. 58); “ebrio de infancias perdidas en el jardín / de una vieja aldea en ruinas» (pg. 66). 

Podría detenerme en cada uno de los poemas, dedicarles su espacio, pero este texto se haría muy largo y yo me quedaría muy corto. Detenerme en un “Dejadme camaradas” que tiene tanto de «amar infinitamente los recuerdos». Detenerme en ese excelente poema que el autor escribió para el acto de presentación de su anterior poemario, y que va desovillando un sugerente condicional: «Si fuera mujer / el tiempo que nos queda…». Detenerme en ese “Tratado de aeromaquia” que tuve el honor de leer en el acto de presentación de la campana que los hermanos Campos Duaso, José Luis y Javier, donaron a la iglesia de Almócita en ocasión que me permitió cumplir un viejo sueño: participar algún día en una pieza musical en directo del genial Juan Manuel Cidrón. Podría detenerme largo y tendido y con un nudo en la garganta en el poema a la madre, en esa dolora sucesión de «nunca más» que está entre lo más hermoso que he leído nunca. Podría detenerme páginas y páginas en “El testigo” final, que sabiamente enlaza con el segundo poema del libro, moto perpetuo
 
«Yo
hemos muerto muchas veces»

No es ya el poeta quien decanta su conocimiento en el poema, sino al revés. El poeta ofrece sus recursos expresivos al poema que quiere ser ya, que quiere nacer, crecer en versos, multiplicarse en sentidos (sabiendo que «el poema es superior a todos sus sentidos posibles», tal y como escribió José Ángel Valente). Y será el poema quien acabe decantando su conocimiento en el poeta. 

Pero, ¿quién es el poeta? Es el testigo o el observado.

No quiero acabar sin resaltar que la presentación de Perpetuum Mobile fue, al mismo tiempo, puesta de largo de la Editorial Dos Aguas (https://www.editorialdosaguas.com/), de la que es primer título. Digamos que el amor por la cultura en tiempos del coronavirus parece regirse en ciertos casos como por algún manual de resistencia contra el mal tiempo, al que hay que poner, como es sabido, buena cara, aunque sea enmascarada.

Con J. L. Campos en Instición (Almería) durante la presentación de Perpetuum Mobile. 25/07/2020




Y en Almócita, el 2 de agosto de 2019, el "Tratado de aeromaquia"