lunes, 9 de enero de 2012

La venda antes que el desahogo

“La fuerza de la imaginación de mis desgracias es tan intensa y puede tanto en mi perdición, que, sin que yo pueda ser parte a estorbarlo, vengo a quedar como piedra, falto de todo buen sentido y conocimiento; y vengo a caer en la cuenta desta verdad cuando algunos me dicen y muestran señales de las cosas que he hecho en tanto que aquel terrible accidente me señorea, y no sé más que dolerme en vano y maldecir sin provecho mi ventura, y dar por disculpa de mis locuras el decir la causa dellas a cuantos oírla quieren; porque viendo los cuerdos cuál es la causa no se maravillarán de los efetos, y si no me dieren remedio, a lo menos no me darán culpa, convirtiéndoseles el enojo de mi desenvoltura en lástima de mis desgracias."

(Del capítulo XXVII de El Quijote)


Y como éste que empieza no parece que vaya a ser un buen año, es más que probable que a esas horas muertas de la jornada aumente el número de solitarios que entran en el Loser a tomar una copa y desahogarse. Las heridas, dicen, curan mejor al aire.

martes, 3 de enero de 2012

"El guardián del fin de los desiertos"

Con el hermoso título El guardián del fin de los desiertos, llega a mis manos uno de los libros que más he deseado desde hace un año, justo desde que en el otoño de 2010 finalizase en Almería un memorable ciclo de conferencias dedicado a José Ángel Valente. Desde la ciudad celeste, coordinado brillantemente por José Andújar Almansa y Antonio Lafarque (que ahora han sido los responsables de la edición de este volúmen publicado por Pre-textos), se celebró entre abril y noviembre de ese año en que se conmemoraba el décimo aniversario de su muerte, y ofreció tantas, tan diversas y tan enriquecedoras perspectivas del poeta que la reunión de aquellas intervenciones en un libro era ya, desde su propio anuncio, un acontecimiento literario de primer orden. 

El título del libro proviene de "Palais de Justicie", un texto aún parcialmente inédito por expresa voluntad de su autor, y hace referencia a algunos de los motivos en los que Valente insiste en su obra. “En el fin de los desiertos”, nos indican Andújar Almansa y Lafarque en el prólogo, “aguarda la trasparencia definitiva del lenguaje, los espejismos de la subjetividad igual que la identidad cambiante de sus arenas, los estallidos nocturnos de la materia, la naturaleza del silencio como señal o signo. Pero también la memoria de la luz, imagen que condensa la última etapa vital del poeta trascurrida en las tierras del sur”.

Recorreré estas páginas lenta y minuciosamente, y entontes daré más amplia cuenta aquí de todo ello. He leído ya el texto del poeta leonés Antonio Gamoneda, con cuyas palabras sobre Valente ansiaba reencontrarme. Pues desde un punto de vista estrictamente personal, el haber conocido y tratado a Gamoneda durante los tres días que pasó en la ciudad con motivo de su participación en este ciclo de conferencias, resultó ser una de las experiencias más gratas de mi vida (y quien me conoce lo sabe). Primero con el descubrimiento de la persona, un hombre entrañablemente cercano, ajeno por completo a toda esa pompa en que uno, en su ingenuidad, podría imaginarse envuelto a todo un premio Cervantes, trabajador infatigable a sus setenta y nueve años de entonces, que apenas dejábamos a la puerta de su hotel subía no a descansar sino a seguir puliendo la conferencia que sólo unos días después dictaría en Santiago de Compostela, exactamente en la otra punta de la península. 

Más tarde, aún con el eco de su voz pausada en mis oídos, me deslumbró su obra, primero la prosa (me viene por defecto), esas memorias de infancia tituladas Un armario lleno de sombra: un placer absoluto, redondo, emotivo; allí encontré, además, no pocas de las cosas que él mismo nos había ido contando acerca de su vida. Después su poesía, en un volumen que está en mi mesa de trabajo desde hace un año y tal vez lo esté por siempre, Esta luz, en Galaxia Gutenberg, que reúne la totalidad de su obra poética hasta el 2004, un libro infinito, de lectura y relectura inacabable, unos versos que me administro regularmente como otros se administran diferentes sustancias en busca de una felicidad químicamente impura (allá cada cual). A través de esos versos, el poeta supo lo que no sabía que sabía (ese “no saber sabiendo” que es virtud de la poesía, según afirmación de San Juan de la Cruz a la que Gamoneda acude con frecuencia: “yo no sé lo que sé hasta el punto en que me lo dicen mis palabras ya escritas”). Para recordar una conmoción equiparable a la que me produjo su obra Descripción de la mentira, de 1977, tendría que remontarme al año 1984 y a mi primer encuentro con Rayuela, de Cortázar. Y sin embargo, poco puedo decir acerca de sus largos versículos, más allá de transmitir torpemente mi admiración por ellos. “La poesía no es materia de explicación”, dice Antonio Gamoneda, “la poesía es”.

No obstante mi condición de ávido lector de narrativa, Valente y Gamoneda han supuesto para mí dos apasionantes rutas al corazón de la palabra.

 Antonio Gamoneda y José Ángel Valente


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P.D. Un pasadizo de última hora comunica este local con otro espacio tan joven como el año por el que ya navegamos: Palpitatio Lauri es su nombre, una página dedicada a las artes y las letras, en español y francés, y cuya declaración de intenciones resulta sumamente atractiva ("…un espacio que quiere ser interrogativo, un espacio para la seducción donde las ideas puedan coquetear y los labios besar el fuego…"). Son responsables Edgar Campos (alguien a quien aprecio y admiro y al que me ha gustado siempre considerar como una segunda generación de Suipacheros) y Arturo Sánchez. Mis mejores deseos para tan atractiva empresa.

 

viernes, 30 de diciembre de 2011

Sobre Pasadizos

Para acabar el año de mis Pasadizos, traigo aquí tres reseñas del libro que se me quedaron en el tintero:

La escritora Pilar Quirosa-Cheyrouze, allá por el verano, en la revista Foco Sur:





Del poeta José Antonio Santano, en Diario de Almería


Más recientemente, en Culturama, firmada por Carlos F. Romero.


Qué lejos queda ya aquel 24 de marzo en que presenté públicamente el libro, por la mañana en compañía de Justo Navarro, por la tarde mano a mano con Francisco Ortiz y en presencia de Miguel Naveros. Y cuánto me alegra que los relatos hayan gustado a quienes se han acercado a ellos. El tiempo vuela, la gratitud permanece. 



Miguel Naveros, Justo Navarro y JFH

viernes, 23 de diciembre de 2011

jueves, 15 de diciembre de 2011

De verdades y mentiras (una ficción literaria)


Mi primer contacto con la llamada blogsfera fue indirecto y ajeno a mi voluntad. Ocurrió en el verano del 2008. Participé en un Curso de Verano de la Universidad de Almería llamado Poesía e Internet, que incluía como actividad práctica la elaboración de un blog donde fueron publicándose, al tiempo que cobraba forma, algunas de las intervenciones. Mi participación en aquel Curso fue fruto del azar: meses antes, el poeta Juan José Ceba y yo conversábamos en el trascurso de una cena acerca de los graves inconvenientes que conlleva la desaparición del correo postal, sustituido por el electrónico, cuando el escritor Miguel Naveros nos propuso convertir nuestras opiniones en un juego literario. Naveros conocía bien mi admiración por Julio Cortázar y también la de Ceba por Fermín Estrella, poeta almeriense emigrado con nueve años a la Argentina, donde ocupó todos los puestos posibles en Educación, desde maestro a Viceministro, y donde llegó a ser elegido miembro de la Academia de Letras. El juego consistiría en lo siguiente: puesto que existen indicios de que Estrella tal vez pudo ser en algún momento maestro de Cortázar, Ceba y yo deberíamos meternos respectivamente en la piel de ellos dos e intercambiar una serie de cartas ficticias donde el uno y el otro dieran cuenta de su preocupación por el futuro del género epistolar.

Me divertí enormemente elaborando los textos. Al fin y al cabo, se trataba de disfrazarme de Julio Cortázar, un disfraz literario, claro está. Si se hubiera tratado de caracterizarme físicamente a la manera de un actor, me habría puesto una poblada barba oscura, me habría elevado unos dos centímetros –Cortázar medía 1,92- y me habría puesto unas lentillas de un “inconfundible verde lacustre de legítimo cronopio”, como los describió Ana María Matute. También habría tratado de imitar en la exposición su voz, su suave acento argentino, pronunciando la erre a la manera francesa, que él pronunciaba así no por su larga estancia en París o por haber nacido accidentalmente en Bruselas, sino simplemente porque tenía frenillo. Como era un disfraz literario, tomé su estilo y sobre todo utilicé literalmente muchos párrafos de varias de sus obras, que al pasar a aquel blog, o revista poética (Gone with the wind, se llamó), no fueron transcritos en cursiva, de modo que no es posible detectarlos fielmente. En cualquier caso, su procedencia viene indicada a pie de página.

Nuestra llamémosle ponencia (palabra excesivamente seria para tratarse de un juego) fue programada bajo el nombre de De verdades y mentiras (una ficción literaria) y tuvo lugar en la tarde del 15 de julio de 2008. El blog no prolongó su vida más allá de la clausura del Curso, y su contenido se perdió en la inmensidad de la red de redes como una gota en el océano. Hoy abro dos largos pasadizos hasta aquellos textos:



                                                    



jueves, 8 de diciembre de 2011

Paisajes de película

Desierto de Tabernas (Almería)


Toda película encierra en sí misma al menos dos películas: Una tiene un guionista que aparecerá en los créditos, la otra se escribe sola y es la historia del rodaje, de sus avatares, de los tediosos pormenores con que se fueron hilando los recursos técnicos, los trucos interpretativos y la simulación de los escenarios; la primera es una enorme mentira y el espectador ha de jugar a creérsela para poder seguir la trama hasta el final. La segunda es cierta y absolutamente privada, a pesar de la desordenada multitud que la protagoniza: en esta segunda película, la que no verá nadie, los enamorados son dos actores que apenas se hablan entre escena y escena, las más heroicas heridas surgen del habilidoso pincel de un maquillador, los pueblos son un entramado de fachadas apuntaladas y los paisajes rara vez se corresponden con los lugares que nombran los personajes: dentro de esa gran y hemosísima mentira que es el cine pudo ser posible, por ejemplo, que para trasladarse de una ficticia estación de ferrocarril en La Calahorra (Granada) al hoy llamado Rancho Leone, en Tabernas (Almería), fuera necesario atravesar Monument Valley (Arizona). La película se título en España Hasta que llegó su hora; trabajaban Henry Fonda, Claudia Cardinale, Charles Bronson y Jason Robards: no recuerdo sus nombres falsos ni tampoco cómo llamaban a los lugares donde se desarrollaba la acción; Tucson o Sonora o El Paso, vete a saber.

Fonda, Cardinale, Leone, Bronson y Robards
 
Así como los actores han de meterse en la piel de distintos personajes a lo largo de su carrera, las ciudades o provincias señaladas por la industria cinematográfica como referente de exteriores pueden transformar su entorno para adaptarse a las exigencias ambientales de una película. No es el desierto o una playa o una placita de toros la que cambia su aspecto, claro, sino el director de fotografía o quien quiera que diseñe la puesta en escena, pero eso no impide que el paisaje sea algo vital, expresivo, sorprendente incluso a pesar de su condición inmutable. Sólo quienes vivimos en Almería, somos capaces de identificar al instante una rambla de Tabernas o La Peineta de Mónsul, podemos reconocer nuestro entorno aunque la película sea una de vaqueros o bélica o de romanos, aunque sea modesta o suntuosa, de la misma forma que sólo la familia y los amigos de un actor conocen su verdadera personalidad y pueden disociarla con justicia de la urdimbre de imposturas que ha ido tejiendo a lo largo de tantos argumentos dispares.

La cartografía de nuestros sueños está trazada a través de un buen puñado de paisajes cinematográficos, y algunos nos son próximos física y sentimentalmente, incluso aunque no los hayamos pisado: nos reconocemos en ellos, en la ondulante sucesión de colinas sedientas, en los plomizos meandros de una torrentera, en la abigarrada tramoya de un poblado que desconcierta al viajero por su aire de anacrónica y fantasmal urbanización en medio de la nada, en un cortijo extendido sobre un breve llano de cuyo aljibe tal vez bebió alguna vez Peter O’Toole o George C. Scott o Yul Brynner, en una duna, en el mar adormecido, en una torre, en un acantilado familiar, y en la luz, la luz siempre, rotunda, dilatada, abrasiva, espejeante.

 Mónsul

martes, 29 de noviembre de 2011

Dixon Steele: En un lugar solitario


Más allá de las muchas fotografías de actores y escritores que cuelgan de la paredes del Loser, nadie encarna mejor el espíritu de este local que Humphrey Bogart. Su escultura a tamaño natural, apoyada en un viejo piano fuera de uso con el que forma un todo imponente, fue desde el comienzo una traducción al granito del nombre que figura en la entrada, y aunque parece evidente que representa a Rick Blaine, no son pocos los habituales que han visto en ella los rasgos más perturbadores de Dixon Steele, aquel acerado guionista que escondía la posibilidad de una repentina y enloquecida violencia en el lugar más solitario de todos los imaginables: dentro de sí mismo.

El destino juega con cartas marcadas: Bogart llevaba en su nombre completo (Humphrey DeForest Bogart) una parte del título que cambiaría su carrera, El bosque petrificado (y, por qué no decirlo, ese “petrificado” parece querer anticipar el rostro como tallado en piedra que acabaría convirtiéndose en el mayor incono de la historia del cine: ¡The Petrified Forest era él!). En 1935, darle el papel de gángster en la obra teatral de Robert E. Sherwood era un acto de audacia, pues no podía estar más a contra estilo de casi todo cuanto había hecho hasta ese momento en los escenarios (y, ocasionalmente, también en el cine): jóvenes sanos y deportivos de la alta sociedad, con blancas sonrisas y blanquísimos jerséis a juego con la raqueta de tenis. De modo que más o menos se estrenó en el matonismo de ficción encarnado a Duke Mantee, siendo Leslie Howard el héroe de la historia. Cuando la obra se llevó a la pantalla un año después, la estrella británica supeditó categóricamente su participación en la película a la de Bogart, y a partir de entonces éste fue el duro entre los duros, frecuentemente armado y durante varios años a la sombra de un gángster más rutilante, un Edward G. Robinson, un James Cagney, un George Raft. Éste último no quiso a comienzos de los cuarenta morir en El último refugio ni tampoco ponerse a las órdenes de un novato John Houston en El halcón maltés. Bogey no se anduvo con tantos remilgos, y el mito comenzó a forjarse.


Hagamos una elipsis sobre esa gloriosa década de los cuarenta (que es tanto como decir sobrevolemos el cartel del Rick’s, un barco en aguas de la Martinica, el ala del sombrero de Marlowe, una nube de polvo de oro dispersándose en el viento junto a unas ruinas mejicanas, los Cayos de Florida en plena tormenta...). Estamos en un Hollywood dentro de Hollywood, en 1950. Aquél no fue un buen año para los guionistas de ficción: al Joe Gillis de William Holden lo encontraron flotando en la piscina de una fantasmal mansión de Sunset Boulevard, con varios tiros en la espalda. Dixon Steel, por su parte, el más complejo personaje que interpretara Bogart, se vio envuelto en el asesinato de una chica a la que había llevado a su casa la noche de su muerte y, bueno, y perdió a la mujer de su vida por culpa de ese Míster Hyde que llevaba dentro. Fue en In a Lonely Place, tal vez la mejor película de Nicholas Ray.


Hoy en día resulta difícil hablar de Dixon Steele, porque uno se siente obligado a reprobarlo por completo en su condición de hombre ocasionalmente agresivo. Desde luego, el lado más oscuro de su carácter no merece un ápice de nuestra condescendencia. Sabemos que no ha cometido el crimen del que es sospechoso, pero sin duda pierde el control de sí mismo con demasiada frecuencia: cuando provoca que un amigo, como hechizado por sus ojos y su persuasiva voz, casi estrangule a su mujer mientras le escucha describir los hipotéticos pormenores de un crimen, algo dentro de nosotros se remueve; cuando golpea brutalmente a un joven por una simple discusión de tráfico nos sumamos al grito de Gloria Graham, que asiste sobrecogida a la escena; cuando abofetea a su agente, un buen hombre al que él aprecia, nuestro desagrado no tiene matices, y nos sentimos tan incómodos como si estuviéramos allí mismo. Todo eso es repudiable, pero Dixon no es solamente todo eso (nadie es solamente lo peor de sí mismo), y, en cualquier caso, acaba pagando el alto precio que merecen sus actos, sobre todo el último al que asistimos: es entonces como si despertase de golpe y descubriera que ese otro yo que lo domina le ha acabado derrotando. Cuando se aleja por aquel sendero de losas en un The end desolador no sentimos ninguna compasión por él, ninguna en absoluto, pero entendemos las lágrimas de Laurel-Gloria. 

   
Porque Dixon Steele, ese guionista que nunca ve las películas que escribe, es un tipo desengañado en el que aún quedan muchos restos de una vieja integridad. Desde que regresó de la guerra, su oficio y el lugar donde lo lleva a cabo le producen hastío. Quienes levantaron la industria del cine con su esfuerzo y talento han sido sustituidos por sus estúpidos hijos; los grandes actores que daban prestigio a las películas han sido relegados a un menesteroso alcoholismo y son objeto de escarnio (él mismo parece ser el único que aún respeta y ayuda a uno de ellos). Hace tiempo que no tiene un éxito, y poco parece importarle: ha vuelto allí porque, bueno, qué otra cosa iba a hacer: es escritor de cine. Le proponen que adapte un folletín de varios cientos de páginas, pero no está dispuesto a leerlo; le basta escuchar el resumen que le hace la chica que más tarde será asesinada para saber que el libro es basura. La suya es una melancolía cínica al más puro estilo Bogart; en su mirada se ha endurecido el desencanto y de su barbilla podría haber sacado Miguel Ángel una pequeña réplica de su Piedad. Quienes le conocen de antes, lo admiran y están dispuestos a confiar en él. Incluso logra enamorar a una mujer que está de vuelta de todo y que consigue que él recupere la felicidad y la ilusión (fascinante Gloria Graham). Pero Dixon Steele ya no es libre para elegir qué clase de persona desea ser: el monstruo que habita los sótanos de su soledad ruge cada tanto, le reclama para sí, y él nada puede hacer para someterlo. ¿Qué creó ese monstruo interior? Poco importa ya: el mejor Dixon Steele nació cuando ella le besó y vivió unas semanas mientras lo amó. El peor, merecidamente, lo pierde todo.


miércoles, 23 de noviembre de 2011

Exposiciones temporales


Ese artista llamado Amanecer expone cada día una obra nueva en el museo de mi ventana. Y esa obra cambia minuto a minuto, y es de un formato tan extenso que el fotógrafo no puede sino captar un fragmento de cada instante…


11 de noviembre de 2011



 13 de septiembre de 2009



17 de noviembre de 2011 



 23 de noviembre de 2011



 20 de septiembre de 2010



 1 de octubre de 2010



14 de septiembre de 2009



Fotografías: JFH