Ocho de enero, poco después de las ocho de la mañana. Un
tipo conduce un coche que no es suyo a toda velocidad por una de las
principales avenidas de la ciudad en que vivo. A cien kilómetros por hora,
según los indicios, y saltándose los semáforos en rojo. Es domingo, y a esa
hora casi no hay tráfico. Al llegar a un cruce, embiste lateramente un vehículo
en el que viaja una familia: un padre y una madre en la treintena y un bebé de
apenas un año, su hijo. El choque es brutal, los vecinos se asoman a las
ventanas asustados, muchos estaban aún en la cama. La mujer ha salido despedida
del coche y está tendida en la calzada, sin vida. Su marido habrá de ser
ingresado gravemente herido en el hospital. No he vuelto a saber de su estado.
El conductor que ha provocado el accidente huye a pie, y solo por la tarde será
localizado y detenido. Ya no se le puede hacer la prueba de alcoholemia.
No puedo quitarme de la cabeza este suceso, en parte porque
paso cada día por ese cruce, andando, camino del colegio de mi hija y luego de
vuelta del trabajo; en parte, también, porque siempre me ha perturbado esa
inesperada irrupción de la catástrofe que puede arrasar unas vidas y depende
tanto de pequeños intervalos de tiempo. Un par de segundos antes o un par de
segundos después y la existencia de esa familia no se habría visto alterada: haber
salido antes o después de casa, haber tardado un poco más o un poco menos en ajustar
los cinturones de la sillita del bebé, o en colocar el equipaje en el maletero
(creo que regresaban a su ciudad después de las vacaciones de Navidad). La vida
es así de frágil: puede depender de un par de segundos nada más (y del hecho,
claro, de que mezclados con nosotros viven también seres humanos malvados o
cruelmente temerarios).
Una novela de Stephen King, 22/11/63, planeta la siguiente situación: un rincón de la despensa
de un diner ubicado en una localidad
de Maine actúa como una especie de «madriguera de
conejo», conduciendo a quien se aventura a palpar con los pies unos
invisibles escalones a un día concreto de 1958, siempre el 9 de septiembre,
siempre las doce menos dos minutos de la mañana, y siempre, naturalmente, el
mismo lugar en el que está emplazado el diner,
aunque cincuenta y tres años atrás. El crononauta puede
permanecer en el pasado tanto tiempo como quiera, unos minutos o unos años,
pero al regresar por la misma «madriguera» siempre habrán
transcurrido tan solo dos minutos. Al tratarse del mismo instante de 1958, todo
sucede igual cuando se llega al otro lado (al otro tiempo), al menos al
principio, pues basta con hacer algo distinto en cada ocasión para que todo
cuanto va desarrollándose después sea diferente con respecto a los «viajes»
anteriores, tal vez solo un poco diferente, pero lo bastante para que el
protagonista tome conciencia de lo fácil que resultaría cambiar el futuro de
ese pasado, el pasado de su propio presente, la historia entera. Teoría del
caos, efecto mariposa. Intervenir en una escena del pasado durante un par de
segundos equivaldría tal vez a conservar una vida, por ejemplo: podría
significar que un niño o una niña de apenas un año no perdiera a su madre y
creciera amparada por su cariño.
En ningún sitio he
visto esto tan bien explicado como en esta secuencia de la película El curioso caso de Benjamin Button,
secuencia que por cierto, no se debe a la pluma del autor del relato en que se
basa, Francis Scott Fitzgerald.















