viernes, 10 de febrero de 2017

Un par de segundos antes, un par de segundos después: la vida en el aleteo de una mariposa

Ocho de enero, poco después de las ocho de la mañana. Un tipo conduce un coche que no es suyo a toda velocidad por una de las principales avenidas de la ciudad en que vivo. A cien kilómetros por hora, según los indicios, y saltándose los semáforos en rojo. Es domingo, y a esa hora casi no hay tráfico. Al llegar a un cruce, embiste lateramente un vehículo en el que viaja una familia: un padre y una madre en la treintena y un bebé de apenas un año, su hijo. El choque es brutal, los vecinos se asoman a las ventanas asustados, muchos estaban aún en la cama. La mujer ha salido despedida del coche y está tendida en la calzada, sin vida. Su marido habrá de ser ingresado gravemente herido en el hospital. No he vuelto a saber de su estado. El conductor que ha provocado el accidente huye a pie, y solo por la tarde será localizado y detenido. Ya no se le puede hacer la prueba de alcoholemia.

No puedo quitarme de la cabeza este suceso, en parte porque paso cada día por ese cruce, andando, camino del colegio de mi hija y luego de vuelta del trabajo; en parte, también, porque siempre me ha perturbado esa inesperada irrupción de la catástrofe que puede arrasar unas vidas y depende tanto de pequeños intervalos de tiempo. Un par de segundos antes o un par de segundos después y la existencia de esa familia no se habría visto alterada: haber salido antes o después de casa, haber tardado un poco más o un poco menos en ajustar los cinturones de la sillita del bebé, o en colocar el equipaje en el maletero (creo que regresaban a su ciudad después de las vacaciones de Navidad). La vida es así de frágil: puede depender de un par de segundos nada más (y del hecho, claro, de que mezclados con nosotros viven también seres humanos malvados o cruelmente temerarios).

Una novela de Stephen King, 22/11/63, planeta la siguiente situación: un rincón de la despensa de un diner ubicado en una localidad de Maine actúa como una especie de «madriguera de conejo», conduciendo a quien se aventura a palpar con los pies unos invisibles escalones a un día concreto de 1958, siempre el 9 de septiembre, siempre las doce menos dos minutos de la mañana, y siempre, naturalmente, el mismo lugar en el que está emplazado el diner, aunque cincuenta y tres años atrás. El crononauta puede permanecer en el pasado tanto tiempo como quiera, unos minutos o unos años, pero al regresar por la misma «madriguera» siempre habrán transcurrido tan solo dos minutos. Al tratarse del mismo instante de 1958, todo sucede igual cuando se llega al otro lado (al otro tiempo), al menos al principio, pues basta con hacer algo distinto en cada ocasión para que todo cuanto va desarrollándose después sea diferente con respecto a los «viajes» anteriores, tal vez solo un poco diferente, pero lo bastante para que el protagonista tome conciencia de lo fácil que resultaría cambiar el futuro de ese pasado, el pasado de su propio presente, la historia entera. Teoría del caos, efecto mariposa. Intervenir en una escena del pasado durante un par de segundos equivaldría tal vez a conservar una vida, por ejemplo: podría significar que un niño o una niña de apenas un año no perdiera a su madre y creciera amparada por su cariño.

En ningún sitio he visto esto tan bien explicado como en esta secuencia de la película El curioso caso de Benjamin Button, secuencia que por cierto, no se debe a la pluma del autor del relato en que se basa, Francis Scott Fitzgerald.

miércoles, 1 de febrero de 2017

Frank Chambers


Cuando Frank Chambers arrojó a la hoguera el cartel que decía "Se necesita un hombre" (Man wanted), sabía que el anuncio no significaba lo mismo para el dueño de la estación de servicio que lo había colgado bien visible cerca de la carretera que para su joven esposa. El emplazamiento del decaído negocio estaba lleno de resonancias celestiales: un lugar perdido a las afueras de Los Ángeles, entre San Francisco, de donde venía, y San Diego, hacia donde se dirigía. Y sin embargo, apenas puso los ojos en Cora, las señales empezaron a remitir más bien al fuego del infierno en el que acabaría abrasándose: el olor de una hamburguesa que se quema en la plancha, las llamas que devoran el cartel, el ardiente viento del desierto haciendo revolotear los pensamientos por la noche. Se necesita un hombre. Ella lo llevaba tatuado en la mirada, en cada centímetro de piel que el pequeño conjunto blanco que vestía dejaba al descubierto, en la boca que encendió aún más con el pintalabios que un instante antes había rodado hasta los pies de Chambers.

El Frank Chambers del que hablo tiene el rostro de John Garfield, su fotografía está en el Salón de la Derrota que adorna las paredes del Loser, y mientras desafía en silencio a Lana Turner invitándola a acercarse a él para tomar de su mano la barra de labios, no puede imaginar que la tormentosa relación que mantendrá con ella se cerrará también con una barra de labios, tal vez esa misma, cuando el cartero del destino llame por segunda vez. Cómo diablos es posible que una mujer como ella aparezca en un lugar como aquél: vestida de blanco inmaculado, es el puro resplandor del plenilunio en medio de la noche. Y Frank es un trotamundos que viaja haciendo autoestop, alguien a quien aún no le preocupa el futuro porque es demasiado pronto para ello, según le ha dicho al tipo que le ha traído en coche, el fiscal del distrito, nada menos: no será la última vez que le vea. Aceptará un trabajo eventual en el Twin Oaks -gasolina, mecánica del automóvil y hamburguesas-, ganará unos dólares y sus pies inquietos volverán a llevarlo a la carretera. Ésa era la idea. Y entonces apareció Cora, sí.


En los años cuarenta y cincuenta, la censura no hubiera permitido mostrar en una película escenas explícitas de sexo. Seguramente, la mayoría de los espectadores tampoco lo hubieran aceptado, aunque no por ello renunciaban a que la consumación sexual fuera debidamente sugerida. El cine americano recurría subliminalmente a los fuegos artificiales, como en Atrapa a un ladrón, de Hitchcock, o más frecuentemente a la imagen del mar rompiendo espumeante contra la arena de una playa, con un hombre y una mujer despojándose de la mayor parte de su ropa y zambulléndose entre las olas como si la vida les fuera en ello. Inevitablemente, la memoria remite a De aquí a la eternidad. En El cartero siempre llama dos veces (1946) hay tres escenas de mar entre Garfield y Turner, tres inmersiones en el menos pacífico de los océanos que uno pueda imaginar: una primera vez, de noche y con el consentimiento del estúpido marido; toda una semana loca, de intensas sesiones natatorias, mientras el señor Smith está en el hospital después del primer y malogrado intento de matarle; y una última y agónica vez, donde el orgasmo oceánico tiene mucho de pequeña muerte buscada y no encontrada lejos de la orilla.

El de Chambers no es el mismo caso que el del agente de seguros Walter Neff (Fred MacMurray en Double Indemnity), ni el del abogado Ned Racine (William Hurt en Body Heat), ni siquiera el del conductor de ambulancias Frank Jessup (Robert Mitchum en Angel Face). A Frank Chambers, que no parece tener oficio ni beneficio, no le engatusa una mujer fatal para que mate a su marido -o a su madrastra, en el caso de Jessup-. Cora –paradigma, por otro lado, de la mujer fatal- le ama realmente, y pensar en librarse de Nick Smith es la única salida que les deja su pasión desesperada. De hecho, sería más justo que en la pared del Loser estuviera colgado el retrato de ambos. Ella no le mete en la cabeza la idea de librarse del esposo: la idea surge de pronto, tal vez de las propias llamas en que se queman, porque por primera vez en sus vidas los dos sienten que merecen más de lo que se habían resignado a tener: Frank una existencia de vagabundeo, Cora la tediosa tranquilidad de no verse obligada a seguir apartando de sí a los hombres. Y lo hacen. Cometen el crimen. De noche, en una estrecha carretera de montaña, dentro del coche: esta película contiene uno de los asesinatos más turbadores de la historia del cine, porque cuando Frank, desde el asiento trasero, se dispone a golpear a Nick en la cabeza, éste, bebido, ridículo como un niño grande, aúlla por la ventanilla para provocar el eco, y su voz se mantiene un par de segundos resonando en las montañas después de que él haya muerto. No hemos visto el golpe, ni veremos el cadáver: solo el pie de Frank, y luego el rostro de Cora, al volante. A partir de ese momento ambos se convierten en juguetes en manos del fiscal y de un abogado tramposo, que echarán a su costa un pulso de astucia jurídica. Y llegan el miedo, la duda, la desconfianza, el rencor, el odio, el matrimonio forzado, el engaño, la reconciliación y la muerte.


John Garfield fue un actor prodigioso que llevaba en sí la semilla de un perdedor: enfermo del corazón, no pudo intervenir en la Segunda Guerra Mundial, tal y como deseaba; perdió a una hija de seis años unos meses antes de comenzar el rodaje de The postman always rings twice; de ideas liberales, su carrera en Hollywood fue triturada por el Comité de Actividades Antiamericanas, cuyo acoso acabó provocándole la muerte en 1952, a los 39 años. Nacido y criado en Nueva York, aprendió boxeo e interpretación de forma más o menos simultánea, abandonando la práctica deportiva a causa de su dolencia cardíaca. Se formó en el método Stanislavski antes de que Kazan y Strasberg, miembros como él del Group Theatre, fundaran y dirigieran, respectivamente, el Actors Studio. Su muerte prematura, el hecho de que una parte significativa de las más de treinta películas que rodó en apenas doce años no esté a la altura de su talento y la dificultad hoy para poder ver la mayoría de ellas han acabado por dejarlo a ese otro lado de la línea a partir de la cual actores que hasta hace tan solo una generación eran admirados por cualquier amante del cine, hoy, para los más jóvenes, son perfectos desconocidos.

Su composición de Frank Chambers es absolutamente portentosa, al punto de lograr arrastrar consigo al terreno de lo sublime la actuación de una estrella prefabricada como era Lana Turner, carente de la más mínima formación actoral. Cuando uno ve una segunda vez consecutiva la película, prescindiendo ya de la evolución del argumento y centrándose tan solo en la interpretación de Garfield, toda una asombrosa riqueza de matices parecen emerger de donde antes simplemente habíamos visto naturalidad y magnetismo. No concibo otro actor capaz de encarnar de manera más convincente a este personaje, rudo y vulnerable a la vez, seguro de sí mismo y perdido en la confusión, libre y encadenado a una mujer: ese boxeador de suburbios capaz también de tocar el violín como los ángeles. La manera de mirar, de tomar aire, de traslucir un torbellino de malos pensamientos a través de la piel de la frente, de dejar caer los brazos con la pesada ligereza de un púgil vestido de calle, de mantener en suspenso una cerilla encendida, de incorporar al personaje cualquier objeto mediante una manera aparentemente distraída de tocarlo, son actitudes que anticipan ese algo nuevo, radicalmente distinto y profundamente renovador que unos años más tarde iban a traer a la pantalla Montgomery Clift, Marlon Brando o James Dean, de los que Garfield fue precursor.

Frank Chambers le dijo al conductor que le dejó en Twin Oaks (robles gemelos), antes de saber que era el fiscal del distrito: gracias por escuchar mis teorías. Tenía teorías. ¿Sobre qué? Sobre una forma determinada de vivir, seguramente. Sin ataduras. Él y Cora empezaron mal, confesó tiempo después, y no supieron regresar al buen camino.


miércoles, 25 de enero de 2017

Episodios Nacionales, primera serie (y IV): miss Athenais Fly

Muchos son los personajes que han desfilado por las páginas de los Episodios hasta este punto: miles de soldados de distintas graduaciones y ejércitos, príncipes y primeros ministros, manolas, chisperos, taberneros, comerciantes avarientos, frailes de toda condición y de diversas órdenes, curas sedientos de sangre, masones afrancesados, héroes populares, mancebos de tienda, aristócratas, criados, actores y actrices de teatro, jóvenes mayorazgos, diputados, guerrilleros, labradores adinerados, lores de la Inglaterra, preceptores, damas alcurniadas, mendigos… Pero es en la última de las novelas donde aparece quien a este lector, joven de nuevo, le ha robado el corazón; quien, por su sola existencia, domina la última de las novelas, La batalla de los Arapiles, e incluso, de manera retrospectiva, global, toda la serie: miss Athenais Fly, hermosa hija de lord Fly, conde de Chichester, que llegó a España con su hermano, oficial del ejército inglés, y que permaneció en el país tras la muerte de éste en batalla, cautivada por “la historia, las  tradiciones,  las  costumbres,  la  literatura,  las artes,  las  ruinas,  la  música  popular,  los  bailes, los  trajes de esta nación tan grande en otro tiempo”.

No es solo que Gabriel Araceli nos insista una y otra vez en su belleza, es que de alguna manera –misterios de la lectura- podemos constatarla nosotros mismos, como constatamos su intrepidez, su valor sereno y a veces insensato, templada incluso en los momentos de mayor peligro, como corresponde a una mujer de orgullo flemático, a un tiempo altiva y romántica, esquiva y ardiente, impetuosa y reservada, y bella, una y otra vez bella, como una aparición, montada a caballo o del brazo de un coronel francés, y enamorada, sí, de Gabriel, que se siente esclavo de ella y la llama miss Pajarita, o Mariposa, o Mosquita, y sin embargo, ay, prefiere a ese otro amor de juventud, espejo de todas las virtudes cristianas…

No seré yo quien hable mal de esa Inés del alma suya, de esa criatura angelical, si acaso para apuntar que su femineidad podría parecer algo empalagosa. Pero lo cierto es que Gabriel ya no es el mismo que la visitaba en su humilde casa de Madrid, ni tampoco el que, convertida ella en hija legitimada de una aristócrata, aceptaba ante su madre verdadera que no la merecía, que era muy poco para esta encumbrada Inés. Gabriel Araceli ha vivido en unos pocos años varias vidas, se ha curtido en la bravura y la muerte, y es difícil creer que elija mantenerse fiel a una mujer que, dicho con todos los respetos, se ha dejado llevar y traer de un lugar a otro durante diez novelas, de un cuarto de costura a la residencia en Aranjuez de su tío fraile, y de ahí a un ignominioso encierro en la casa de unos usureros, y de aquí a Andalucía, y a un convento, y a las habitaciones del Pardo…; que la prefiera, en fin, antes que a esa otra joven indómita, “que no conocía freno alguno a su libertad”. Celosa sin parecerlo, miss Fly le dice a Gabriel que su dama “carece de imaginación y de… de arranque. No ve más que lo que tiene delante”. Es, dice, un ave doméstica. “No pidáis a la gallina que vuele como el águila”. Y Gabriel, en lugar de negar tal dictamen, defiende a su amada así: “Una gallina, señorita Athenais, es un animal útil, cariñoso, amable, sensible, que ha nacido y vive para el sacrificio (…); mientras que un águila…”. Gabriel, Gabriel, Gabriel…

Tan idealizado está el personaje por el narrador, que éste se defiende, ya en la vejez, de quienes a lo largo de toda su vida han sostenido que miss Fly nunca existió, que la inventó. Quién sabe. A lo mejor ni siquiera la inventó Pérez Galdós, o la inventaron los dos. Parece, en cualquier caso, que Galdós eligió el juego simbólico para su creación: al nombre Atenea, diosa griega de la Guerra (y de la Sabiduría, y de las Artes) le acompaña, como no podía ser de otro modo en este caso, un apellido inglés: Fly, volar. La capacidad de volar, asociada a Atenea, nos remite a Niké, diosa alada de la Victoria, representada habitualmente como una pequeña escultura en la mano de otro dios más importante. Niké se identificó con la diosa Atenea, en efecto, a la que se asemejaba en aspecto, aunque con alas y palma o corona. ¿Coqueteó Gabriel Araceli con una victoriosa divinidad griega?

“Palas Atenea”, Rembrandt. Museu Calouste Gulbenkian 

Aturdido como lector por el fragor y la violencia extrema de la gran batalla, y también por la confesión última junto al lecho del herido, y por su despedida, cruzo las últimas páginas distraído (como lector, insisto, que es al fin y al cabo el personaje en que Galdós me ha convertido), menos interesado en el porvenir de Gabriel, Inés y su madre que en esa figura que se aleja, e imaginariamente permanezco en el dintel del párrafo por el que Athenais se ha ido de la novela, y desearía, oh, sí, que fuera verdad que existen pasadizos secretos que comunican todos los libros de ficción, como inventé para un relato, galerías a través de las cuales los personajes se mueven de una historia a otra sin que nadie lo advierta más que por accidente, y que un día, por sorpresa, pudiera reencontrarme con miss Fly, no importa en qué otro libro, tal vez en el de Italo Calvino que ya he empezado a leer…

sábado, 21 de enero de 2017

Episodios Nacionales, primera serie (III): las ciudades sitiadas

Episodio de la defensa de Zaragoza frente a los franceses
(El Pilar no se rinde)
, de Federico Jiménez Nicanor

Las anotaciones surgidas de mi lectura de los Episodios son tantas que apenas sé cómo darle a esto que escribo sobre la gran obra de Pérez Galdós la forma de una reseña más o menos breve, que motive a quien lo lea a acercarse a ella, si no lo ha hecho ya, naturalmente: hablo tal vez con esa tonta excitación de los descubridores tardíos, que habiendo sido deslumbrados por las excelencias de lo que conoce ya casi todo el mundo pretende ser quien las comunique más ardorosamente. Si tan siquiera fuese capaz de elegir un momento significativo, una sola escena, de cada una de las novelas…

En Bailén sería, por ejemplo, el de los preparativos de la batalla, el canto de los gallos sorprendiendo a las tropas dispuestas ordenadamente para el combate, las tinieblas atenuándose en la progresiva claridad del amanecer, el sonido de las primeras detonaciones aisladas que anuncian lo que será, la visión creciente de las filas de soldados, de los rastrojos, de las bayonetas. En Napoleón en Chamartín, la forma en que nos es presentado Bonaparte, el causante de todo aquello que sacude la península y el continente entero; es un puro recurso cinematográfico anticipado: hay una atracción fatal por el temible emperador, por su aura de invencibilidad, por su dimensión histórica, al punto de que Araceli describe tan solo su sombra tras una cortina, recortada en una ventana al otro lado de un patio: un cuerpo rechoncho y de cabeza redonda, unos movimientos inconfundibles de sus brazos...

En Zaragoza se detalla la más brutal contienda que haya existido jamás: se guerrea no barrio a barrio, ni siquiera calle por calle o casa por casa de la capital aragonesa, sino de una habitación a otra, día tras día, semana tras semana: suena la piqueta en una pared, se abre un hueco y el ejército francés y los vecinos de Zaragoza se arrojan unos contra los otros encarnizadamente en el mínimo espacio de un comedor o un dormitorio, a tiros, a la bayoneta, con puñales. “Trabajillo ha costado echarles de la alcoba”, dice una heroína, “y ahora están disputándose la mitad de la sala, porque la otra mitad está ya ganada. No nos quitarán tampoco la cocina ni la escalera. Todo el suelo está lleno de muertos”. En Gerona –único episodio no vivido ni narrado por Gabriel Araceli-, el sitio a la ciudad catalana es de otra naturaleza: por hambre; y las consecuencias son aún más terribles, al extremo de que quienes las padecen desearían el cuerpo a cuerpo de los asedios a sangre y fuego: en la locura de los estómagos vacíos no cabe el heroísmo, y nada podría ilustrar mejor esta angustiosa situación que la pelea por atrapar, para comérselo, al gordo «Napoleón» de un ejército de ratones.

Juramento de la Cortes de Cádiz en 1810, de José Casado de Alisal
Cádiz es la octava novela de la serie: bajo las bombas que tiran los faraones en su cerco a la ciudad, nacen las Cortes gaditanas, y una jovencita de familia principal burla el encierro al que su tiránica madre tiene sometidas a sus dos hijas para asistir a una de sus primeras sesiones, sin entender nada pero excitada por el espectáculo político, que le “gusta tanto como los toros”. En Juan Martín el Empecinado, la novena, no menos divertida es la escena en la que el más importante guerrillero de la península intenta, en su condición de general, dictar un parte sobre la última y victoriosa escaramuza de su ejército sin que se note en su redacción que es un hombre de campo, sin estudios, y las palabras populares le brotan de forma natural, y las corrige irritado.

De La batalla de los Arapiles podría destacar la desmesura sangrienta del combate, y sobre todo esa feroz pugna entre Gabriel Araceli y un soldado francés por hacerse con una insignia imperial, un águila dorada en el extremo de un asta; pero por lo que a mí respecta, la última novela es sobre todo un personaje, al que de dedicaré la siguiente y definitiva entrega.

miércoles, 18 de enero de 2017

Episodios Nacionales, primera serie (II): de la derrota de Trafalgar a la victoria en Bailén

Le «Redoutable» à Trafalgar, Louis-Philippe Crépin. Musée national de la Marine

En la última novela de la primera serie de los Episodios, La batalla de los Arapiles (1875), Gabriel Araceli, un joven oficial de 21 años, se presenta voluntario para una misión de espionaje en Salamanca, estratégico enclave tomado por los franceses. Para hacer valer sus méritos ante el general Wellesley, futuro duque de Wellington, quien está al mando del ejército anglo-hispano-portugués, enumera alguna de las peripecias bélicas por las que ha atravesado hasta entonces: asistió, con tan solo 14 años, a la batalla de Trafalgar, a bordo del Trinidad; en Madrid participó más tarde en el levantamiento del 2 de mayo y fue fusilado en Moncloa, combatió en Bailén, estuvo en las barricadas que pretendieron impedir la toma de la capital de España por parte de las tropas imperiales bajo el mando del mismo Napoleón, en diciembre de 1808 luchó en el segundo sitio de Zaragoza, y luego en la defensa de Cádiz, y formó parte, igualmente, de la partida de guerrilleros acaudillada por el Empecinado. Se trata, en cierto modo, de una síntesis de los prolegómenos históricos de la Guerra de la Independencia y de su desarrollo hasta ese momento, julio de 1812, tal y como el propio Araceli, protagonista de esta serie y narrador de nueve de las diez novelas que la componen, la ha vivido. Falta en la relación el que es hilo conductor de toda la historia, su sostén romántico, el amor de Gabriel Araceli por Inés, a quien conocemos primero como pobre costurera en Madrid y luego como hija secreta de una condesa, y cuyos atribulados pasos habrá de seguir de un lado a otro de España nuestro protagonista durante más de dos mil páginas.

Ya la lectura de Trafalgar (1873) supuso para mí el reencuentro con la novela de aventuras marítimas y el inevitable recuerdo de La isla del tesoro (1883), de R. L. Stevenson, novela fundacional de mi pasión por los libros. Algo hay en Gabriel Araceli, y así se ha escrito más de una vez, de aquel grumetillo llamado de Jim Hawkins. Aquí nos encontramos en 1805 con un picaruelo de Cádiz que al quedar huérfano entra como criado en la casa de un capitán de la Armada retirado. Ante los preparativos de la que luego será batalla de Trafalgar, el capitán decide enrolarse y llevar consigo a Gabriel, y es así como asiste desde el buque insignia a la gran derrota naval. Es la primera de una innumerable cantidad de aventuras y desventuras que le harán curtirse como hombre y evolucionar como personaje literario.

La corte de Carlos IV (1873) es una novela de intrigas palaciegas, de conjuras entre poderosos, en las que Gabriel se ve envuelto no sin cierta repugnancia, pero también con una inicial y muy nuestra voluntad de medrar, de “adquirir honores y destinos. En esto he reconocido después la sangre española. Siempre hemos sido los mismos”. Entre una muchedumbre de personajes, históricos e inventados, aparece por primera vez no solo Inés, sino también la condesa de X, fundamental en esta turbulenta historia, viuda, de unos treinta años, cuya identidad real esconde el narrador bajo el nombre de Amaranta, y a quien describe de este modo memorable: “Amaranta era  no  una  mujer  traviesa  e  intrigante,  sino  la intriga  misma,  era  el  demonio  de  los  palacios, ese temible espíritu por quien la sencilla y honrada historia parece a veces maestra de enredos y  doctora  de  chismes;  ese  temible  espíritu  que ha confundido a las generaciones, enemistado a los pueblos,  envileciendo  lo  mismo  los  gobiernos despóticos que los libres; era la personificación de aquella máquina interior, para el vulgo desconocida,  que  se  extendía  desde  la  puerta de palacio, hasta la cámara del Rey, y de cuyos resortes,  por  tantas  manos  tocados,  pendían honras, haciendas, vidas, la sangre generosa de los ejércitos y la dignidad de las naciones…”.

El 3 de mayo en Madrid o "Los fusilamientos", Francisco de Goya. Museo del Prado

En El 19 de marzo y el 2 de mayo (1873), Gabriel presencia el Motín de Aranjuez, que supuso la caída del primer ministro Godoy, y a través de su experiencia Galdós hace una crítica feroz de las acciones violentas llevadas a cabo por la turba, que cree seguir los dictados de su voluntad y no obstante está siempre hábilmente manejada desde mucho más arriba. El pueblo se convierte en populacho y asalta el palacio del llamado Príncipe de la Paz. Araceli pasa sin saber cómo de testigo a actor involuntario, y entre el resplandor de las llamas y el ruido de los destrozos, casi arrastrado por un amigo, abriéndose paso entre energúmenos, entra en el palacio y sube a las habitaciones. En plena orgía de destrucción, toma en brazos un reloj para lanzarlo por la ventana, como hacen todos con todo, temiendo que noten en él una “falta de entusiasmo” en la devastación tumultuosa: “cogí un reloj de bronce y al llevarlo sobre mí sentía el palpitar de su máquina. El pobrecillo andaba, vivía…”. “Ya habrá visto el rey si se puede o no se puede”, dice, ufano, uno de los revoltosos cuando todo ha pasado.

Frente a este amotinamiento del vulgo, “primera página de nuestros trastornos contemporáneos”, el levantamiento del pueblo de Madrid contra los franceses el 2 de mayo es espontáneo. Galdós lo narra de forma vivísima, con una admirable capacidad tolstoyana de mover multitudes, de hacerlas actuar con heroísmo, rabia, horror, miedo agotamiento físico…

A los muchos personajes que ya han desfilado por las tres primeras novelas, a las muchas tramas, también, con las que Galdós va tejiendo su obra, se irán sumando en los siguientes libros muchos más, y a los episodios bélicos les suceden otros momentos de cierta comedia, como para dejar que el lector respire cada tanto un aire menos impuro que el de la guerra. Bailén (1873, también) contiene el más explícito homenaje a Cervantes, cuando los personajes principales cruzan La Mancha camino de Andalucía. Ante la destrucción provocada por el ejército francés en tantos pueblos y ciudades, Araceli dirá: “Parece increíble que los hombres tengan en sus manos instrumentos capaces de destruir en pocas horas las obras de la paciencia, de la laboriosidad, del interés, acumuladas por el brazo trabajador de los años y los siglos”. Pegando el oído a esta prosa, se diría que la influencia de don Benito Pérez Galdós en los escritores españoles actuales cabe en otro cajón de aquella mesa desde la que hablaba Antonio Muñoz Molina: sus propias obras más o menos completas.

Bailén 1808, el precio de la Victoria. Augusto Ferrer-Dalmau 

viernes, 13 de enero de 2017

Episodios Nacionales, primera serie (I)

Benito Pérez Galdós (1843-1920)
A finales de los ochenta le oí decir a Antonio Muñoz Molina, lamentando la indiferencia hacia Miguel de Cervantes mostrada por los nuevos escritores, que la influencia del autor de El Quijote en la literatura anglosajona no cabría en el salón de actos en el que hablaba, en tanto que su influencia en la literatura española cabría, dijo, en el cajón de esta mesa: los Episodios Nacionales de don Benito Pérez Galdós. Aquella afirmación se me quedó grabada, pero no produjo efecto destacable sobre mí, pues yo estaba por entonces bajo la influencia, entre otros, de Julio Cortázar, y Cortázar había escrito un capítulo en Rayuela donde establecía una clara distancia estilística entre Galdós y él, distancia que el argentino invitaba a medir alternando tipográficamente una línea de Galdós y otra suya, dando como resultado un famoso texto que tiene mucho de galimatías. Tiempo después, pero hace muchos años, en cualquier caso, hice una mala lectura de Fortunata y Jacinta, que no logró entusiasmarme tanto como La Regenta, de Clarín, modelo ideal, para el joven que yo era entonces, de novela española del XIX. Y así quedaron las cosas hasta el pasado mes de septiembre.

Durante buena parte del 2016 no quise leer ni novelas ni cuentos. Me sentía hastiado de narrativa de ficción, así que me dediqué sobre todo a ensayos y biografías: de la física cuántica al tantra, del universo holográfico al mítico viaje del explorador Ernest Shackleton a la Antártida, de la Cábala a la disquisición de Harold Bloom sobre los nombres divinos Jesús y Yahvé. La abstinencia literaria resultó demasiado rigurosa, y al final del verano me vi atacado por una desmedida apetencia de novelas. Decidido a darme el mayor atracón posible de ellas, recorrí los primeros capítulos de algunas obras de Hawthorne, de Pereda y de Dickens, un poco tanteando pero convencido, eso sí, de que la cura que necesitaba pasaba por la narrativa del XIX. En algún momento debí de pensar que si se trataba de una grande bouffe literaria nada más apropiado que imponerme el mayor reto: las cinco series de los Episodios Nacionales, cuarenta y seis novelas, una detrás de otra. Como añadidura, ampliaría, además, mis conocimientos sobre la historia de España. Trafalgar, la primera novela, serviría en principio como prueba de fuego. Pero más que prueba, el libro resultó ser un regalo para el lector maduro y desengañado que ahora soy, devolviéndome el placer absoluto por la lectura, como el que se experimenta de niño y de muchacho, cuando las horas pasan volando mientras uno anda perdido entre las páginas, embebido en las aventuras de los personajes, participando realmente de ellas.

Me compré, sin dudarlo, todas las novelas de la primera serie -dedicada a la Guerra de la Independencia- que tenían en la librería de lance a la que acudo con frecuencia: ocho libros, no de una misma colección, sino en ediciones descabaladas, unos usados, otros aún con su precinto de plástico. Los dos otros dos, préstamos bibliotecarios sin opción a anotaciones con lápiz. Ahora sé cuánta verdad había en aquella afirmación de Muñoz Molina, pues no hay otro escritor español más cervantino que Pérez Galdós, y sé también qué equivocado estaba mi adorado Cortázar al juzgar tan burlonamente al escritor canario: cómo me hubiera gustado haber leído estos libros en mi juventud. Y sin embargo, qué joven me han hecho sentir ahora. Terminada esta primera serie, no quiero ya atracón, sino reservarme el goce seguro que esconden las otras cuatro para futuros periodos de hastío: serán medicina, no voluntad de hartazgo.

Qué increíble galería de personajes, innumerables, unos ficticios, otros reales, saltando de una novela a otra o existiendo solamente en una; qué asombrosa capacidad para describir sus atributos morales y físicos hasta lograr que cobren vida ante tus ojos; qué emociones tan distintas y tan vivísimas esconden las escenas íntimas y las de aquellas otras que describen desde dentro multitudinarias batallas, tantas y tan diferentes entre sí, también, qué horror sin límites el de los desastres de la guerra cuando los narra alguien dotado con el don de la elocuencia natural, sin forzamiento, con una sensibilidad tan acentuada, con una capacidad inigualable para la composición de tramas y subtramas. Esta primera serie es a un tiempo una sola novela en diez partes y diez novelas que se suceden y complementan sin dejar de conservar cada una de ellas una identidad propia. Es folletín amoroso, novela histórica, relato de aventuras y estudio psicológico de todos los caracteres humanos. Y yo pretendía escribir sobre esta obra –una quinta parte del total de los Episodios- en una única entrada de bitácora: bien se ve que, burla burlando, va la primera delante sin que haya dicho gran cosa aún. Tratemos de ser más precisos en la siguiente…


Madrid, 1919. Parque del Retiro. Inauguración de la escultura 
dedicada a Pérez Galdós, realizada por el escultor palentino Victorio Macho 
(fuente: MadridLaCiudad)

sábado, 7 de enero de 2017

Apuntes para un regreso

Todo el mundo sabe quién fue Eddie Felson, creo, o quién es, mejor dicho, pues la vida de los personajes de ficción jamás se conjuga en pasado: un grandioso jugador de billar que muy a comienzos de los años sesenta iba de una ciudad a otra timando a incautos y soñando con destronar al campeón. Quiso cambiar su suerte asociándose a un tipo de oscuras intenciones llamado Bert Gordon, que parasitaba el talento de los demás con la única finalidad de hacer dinero, y que resultó ser lo bastante poderoso como para hacer que Fast Eddie, o Relámpago, o Eddie El Rápido, tuviera que abandonar la práctica del billar durante veinticinco años. No sabemos qué hizo Felson durante buena parte de ese cuarto de siglo, pero lo cierto es que en 1986 se dedicaba a la distribución de bourbon, y posiblemente a otras actividades más o menos lícitas. Se había convertido en un maduro y seductor embaucador, y tal vez como recuerdo de los viejos tiempos, o tal vez de una forma más seria, ponía algunos dólares para que ahora fuera otro billarista buscavidas el que tratara de sacarle el dinero a los primos. Hasta que se cruzó en su vida un joven insoportablemente fatuo e inmaduro, pero que manejaba el taco con una explosiva precisión, y el veneno del billar volvió a correr por sus venas. Primero se convirtió en una especie de mánager de aquel muchacho, y después, entre unas cosas y otras, ese veneno le despertó el ansia de regresar a la competición, de acariciar el fieltro verde con el dorso de los dedos, de dominar cada una de las mesas sobre las que inclinara el cuerpo anticipando con la mirada el trazado exacto de las bolas, de engatusar al rival con la conversación y luego vencerlo sin paliativos. Porque estaba hecho para el billar. No se trataba del dinero: ni de su color ni de cuánto tuviera que hablar para ganarlo. Se trataba de la excitación del juego, de cómo le hacía sentir. La última imagen que tenemos de él es la de alguien realmente feliz, que gozosamente, con una sonrisa, proclama: ¡He vuelto!, justo antes de golpear con el taco.

Es ese «Hey, I’m back» que yo he usado más de una vez, la última hace bien poco y por la misma razón que ahora lo traigo aquí. No, no se trata de que vaya a volver a jugar al billar; hace tiempo que no lo hago y temo que sea una habilidad que se pierde por falta de dedicación. En cualquier caso, no estoy hecho para el billar. Digamos que, en mi caso, esa excitación del juego me la ha proporcionado desde niño la invención de una historia y la elección, no siempre sencilla, de las palabras con las que habrá de ser contada por escrito. Estoy plenamente de acuerdo con Julio Cortázar cuando dice que "no se trata de escribir para los demás, sino para uno mismo, pero uno mismo tiene que ser también los demás". Esa excitación que produce inventar y contar una historia no existiría si al otro lado no hubiera quien la escuchase o la leyese. Mi particular He vuelto es un regreso al libro impreso; un reencuentro, pues, con el lector. Cinco relatos bajo el título Las flores suicidas, que la editorial Talentura publicará en el primer semestre de este año; cinco historias que son cinco juegos literarios distintos, pero más ceñidos que nunca a una sensación que sólo con la edad uno empieza a comprender del todo: que los seres humanos somos demasiado frágiles frente a una realidad tramposa y a veces muy dura, y que esa fragilidad está hecha de miedo y de valor a partes iguales, de un inquebrantable amor por los nuestros, de soledades y fantasías, y de anhelos que se escapan de la yema de los dedos apenas, ay, parece que se roza su cumplimiento, y también de una desasosegante sospecha de estar siendo engañados permanentemente.

Sí. I’m back. En este 2017 cuya llama va derritiendo ya la cera de sus primeros días.


viernes, 23 de diciembre de 2016

El Mesías de Händel, la Palabra se hizo música


La Orquesta Ciudad de Almería, dirigida por el gran Michael Thomas, había interpretado ya en otras ocasiones El Mesías de Händel como concierto de Navidad, acompañado siempre no solo por el Coro de la OCAL sino por una pluralidad de coros de la provincia, pero hasta este año la suerte me había sido esquiva y no había podido asistir. Mi primer Mesías ha llegado, en cualquier caso, en el momento más oportuno, bajo circunstancias personales que cargaban la ocasión de una emotividad irrepetible, pues este 22 de diciembre de 2016 alguien muy próximo a mí, a quien quiero mucho, ha visto cumplido un sueño largamente acariciado: participar en la inmortal obra de Händel, ser una más de las voces que desde un coro, y junto con los instrumentistas de una orquesta, obran el prodigio de armonizarse para convertir en música sublime las palabras que para ella tanto significan; ser una voz más en esa voz de “una gran multitud” que el autor del Libro de las Revelaciones, o El Apocalipsis, dijo haber oído “como estruendo de muchas aguas, y como la voz de grandes truenos, que decía: ¡Aleluya, porque el Señor nuestro Dios Todopoderoso reina!” (Ap. 19:6). Enhorabuena, Eva.

Desde luego, no hace falta ser creyente ni saber inglés para emocionarse con este oratorio, pero a través de ella, de Eva, sé que si al amor por la música clásica se le suman esas otras dos condiciones el resultado es una experiencia que trasciende lo corpóreo, que le añade nuevos sentidos a los sentidos conocidos y permite el acceso a dimensiones de espiritualidad que los demás, al menos por ahora, únicamente podemos tratar de imaginar y a veces, en breves destellos de intuición, rozar con la consciencia. Escribe el musicólogo Martín LLade que en la introducción a la primera edición de Messiah, posterior a la muerte de Georg Friedrich Händel, “se señala lo que puede ser el propósito del oratorio, recrear que «En Dios está todo el tesoro del conocimiento y la sabiduría». De modo que la fe en Cristo concede a quien escucha El Mesías la facultad de fundirse con la voluntad del compositor, quien en tan solo tres semanas de arrebatado, extenuante e inspiradísimo trabajo convirtió en música el libreto de Charles Jennens, una selección de textos del Antiguo y del Nuevo Testamento con un hilo argumental: el anuncio profético de la venida del Mesías, la Pasión, Muerte y Resurrección de Cristo, el Juicio Final y la victoria sobre la Muerte y el Pecado.

Stefan Zweig incluyó la composición de El Mesías entre los Momentos estelares de la humanidad, esas pocas ocasiones, dice el escritor vienés en el prólogo de su libro, en que la Historia ve alterado el curso de trivialidades con que se desarrolla y concentra en un instante el equivalente a muchos acontecimientos, de la misma forma que la naturaleza concentra en la punta del pararrayos “la electricidad de toda la atmósfera”. Como una nación necesita engendrar millones de hombres y de mujeres para que nazca un genio, así “han de transcurrir millones de horas inútiles antes de que se produzca un momento estelar de la humanidad”; pero cuando aparecen -el genio y el momento estelar-, perduran en el tiempo y marcan un rumbo durante siglos.

Zweig lo explica así: en agosto de 1741, con 56 años, Georg Friedrich Händel se siente derrotado. Para asombro de los médicos, ha logrado recuperarse milagrosamente de una apoplejía que cuatro años antes le había dejado paralizada la mitad de su enorme cuerpo. Ha sido el anhelo de volver a componer lo que le ha dado energía a su voluntad de curarse. Una vez restablecido, había escrito tres óperas y dos oratorios, pero una serie de circunstancias ajenas a las obras mantuvieron los teatros vacíos. Es, pues, un hombre vencido y endeudado, y cae en un profundo desánimo creativo. El día 21 de ese mes de agosto recibe el libreto para otra obra, firmado por el autor de sus dos últimos oratorios. Händel lo toma como una afrenta, y ni siquiera lo abre. Se acuesta, pero no puede dormir. Al fin sale de la cama y acerca el candelabro a las hojas que ha recibido. El Mesías. Otro oratorio. Y lee las primeras palabras: Comfort ye my people, Consolad a mi pueblo. Y algo despierta en él, como en respuesta a una llamada; y en seguida va surgiendo la música en su mente, acompañando a las palabras que sigue leyendo conmovido y que anuncian al que ha de venir, según proclamaron los profetas: un fuego purificador, la luz que llega para iluminar a quienes habitaban en las sombras de la muerte. Y en el desprecio que sufre el Cordero de Dios por parte de los hombres está también el desprecio del que él mismo es objeto; y la Resurrección, ¿no es, de algún modo, su propia resurrección? “The Lord gave the Word”: el Señor le había concedido la palabra a Jennens, y a él le instaba a elevarla con su música, a extenderla por toda la Tierra, a eternizarla a través de la belleza…

Aquella misma noche empieza a trascribir la música en los pentagramas, y sigue haciéndolo a la mañana siguiente, y por la tarde, y en la mañana y la tarde de los días sucesivos, sin interrupción, ajeno a los acreedores que llaman a su puerta, a las solicitudes de cantantes, a las reales invitaciones, hasta que el 14 de septiembre da la obra por terminada. Acaba de ganar la inmortalidad. Un momento estelar ha brillado “sobre la noche de lo efímero”. El Mesías se estrena el 13 de abril del año siguiente, en Dublín, y el éxito es absoluto. Otro 13 de abril, el de 1737, Händel había sufrido el ataque de apoplejía, y el maestro querrá también morir un 13 de abril, en 1759, cuando, enfermo y ciego, después de dirigir por última vez su Messiah en Londres, como había hecho cada año por Pascua, y cada año destinando los ingresos a fines benéficos –no quiso ganar dinero con aquella obra-, se siente indispuesto y es conducido a su casa. Vivirá, sin embargo, hasta las primeras horas del día 14.

El eco de aquel lejano momento estelar en que nació una de las obras cumbres de la música volvió a resplandecer, solemne, excelso, enaltecedor, la noche del pasado día 22, en el Auditorio Maestro Padilla de Almería, bajo la dirección de Michael Thomas.

Y Eva cumplió su sueño de cantar El Mesías de Georg Friedrich Händel.


Más allá del “Hallelujah”: "For unto us a Child is born" (Parte I). King's College, Cambridge Choir. Porque un niño nos ha nacido, un hijo se nos ha dado. Lleva sobre Él el poder de gobernar, y su nombre es: Maravilloso, Consejero, Dios Todopoderoso, Padre Eterno, Príncipe de la Paz (Isaías, 9:6)


FELIZ NAVIDAD