El Príncipe. Foto: JFH
En medio de no pocas tribulaciones, y casi con la esperanza de poder apartar su mente de ellas, quien esto escribe se complace estos días en la emoción de ir adentrándose poco a poco, siquiera vicariamente, en la fascinante experiencia del aprendizaje musical.
En realidad, es ella quien lo hace en primera persona, y yo la acompaño en la medida de mis limitadas posibilidades: son sus pequeños dedos de ocho años, tan amados, los que se adiestran sobre las cuerdas y en el extremo inferior del arco, son su delicado mentón y su hombro izquierdo los que aprenden a sostener el violín con la firmeza debida y en el ángulo correcto; yo, a través de ellos, recupero una parte de aquel inconfesado sueño de poder interpretar música. Mi tiempo ha pasado, claro, pero la fascinación que ejerce en mí la belleza de todo instrumento musical permanece intacta.
Leí en un libro que el violín es el príncipe de los instrumentos (es al primer violín de una orquesta, o concertino, a quien el director estrecha su mano antes y después del concierto, quien tomará la batuta si éste sufre una indisposición, quien supervisa previamente la afinación de toda la orquesta), y a partir de esa definición ella y yo hemos establecido un juego de vínculos afectivos con ese cuarto habitante de la casa que principescamente llegó a nuestras vidas hace poco más de dos meses. Es, en cualquier caso, un príncipe en el exilio, que conserva las delicadas maneras aprendidas en la corte de los milagros musicales pero se aviene con naturalidad al trato con nosotros, acaso porque ha advertido ya que somos exiliados también, pero de ese reino quimérico de lo que pudo haber sido y no fue.
Después de los primeros descubrimientos (el violín es extrañamente liviano, el puente es una pieza suelta, sujeta a la tapa tan solo por las presión de las propias cuerdas, la cinta del arco no es tal, sino una multitud apretada y tensa de crines de caballo que, además, hay que frotar regularmente con una pequeña pastilla de resina, a través de las efes de la tapa puede olerse la madera...), buscamos conocer más acerca de su historia, de su fabricación, de las leyendas en que están envueltos los más famosos luthiers de la historia. Aprovecho para releer El trino del diablo, la novela corta de Daniel Moyano, y para disfrutar otra vez de esa estupenda película que es El violín rojo. Y buscando buscando, nos encontramos con una joven virtuosa que nos tiene hechizados, Hilary Hahn....
Hágase el silencio, pues de esta asombrosa manera interpreta una pieza de Bach:











