En el Loser basta recorrer unos pocos metros y sortear algunas mesas para acceder a lo que parecen ser diferentes coordenadas espacio-temporales: puede tratarse de una partida de dardos, o de billar americano, o incluso de cartas, nunca por dinero –al menos no de una manera evidente-, y nunca, tampoco, sin que sea necesario interrumpir una buena mano o dejar en suspenso una carambola para salir a la calle y fumarse un cigarrillo: en el Loser no rigen más leyes que las razonables. La música (pongamos Coltrane, por ejemplo, o Ray Charles, la que sea que suene en ese momento en el local), se suma al juego con la íntima precisión de una banda sonora, como si uno se la llevara consigo.
Entre los carteles de cine que adornan las paredes del Loser hay dos que aluden, en cierta forma, a estas distracciones que ofrece el establecimiento, pero también, por qué no decirlo, a ese aroma a perdedores que es nuestra seña de identidad: los de El buscavidas y El rey del juego, mucho más conocida ésta última por su título original, The Cincinnati Kid. En muchos sentidos, Cincinnati Kid es al póquer lo que El buscavidas al billar, sin que ello signifique que ocupen un mismo lugar en la historia del cine: The Cincinnati Kid (Norman Jewison, 1965) es una buena película, El buscavidas (The hustler, dirigida por Robert Rossen en 1961) es una absoluta obra maestra del arte.


Ambas parecen sostenerse sobre la misma parábola budista, la del joven y arrogante arquero que tras ganar a cuantos oponentes le salían al paso quiso vencer también a un maestro Zen reconocido por su destreza en el manejo del arco. Éste aceptó su desafío, y el joven comenzó acertándole, primero, al ojo de un animal que estaba a considerable distancia, e inmediatamente después, con otro disparo, a esa primera flecha, que debió de quedar dividida en dos finísimas tablillas. Ufano, le retó al viejo maestro Zen a que mejorase el tiro, y éste, impasible, le pidió al joven que lo siguiera, le llevó a lo alto de un desfiladero, cruzó hasta la mitad un tronco que a manera de puente comunicaba ambos bordes del abismo y allí desenfundó su arco, tensó la cuerda sin titubear un instante y clavó la flecha en el árbol que había elegido. El joven, atemorizado, ni siquiera se atrevió a intentarlo. “Eres hábil con el arco”, le dijo el viejo maestro, “pero no lo eres con la mente”.

Paul Newman y Steve McQueen son ese joven arrogante. Interpretan a Eddie Felson, (“Fast” Eddie, o “Relámpago”, en la versión doblada) y a Eric “The Kid” Stoner, invencibles, respectivamente, en el billar y en el póquer. Ambos se ven obligados a jugar partidas con tipos que no son rivales para ellos, y, perseguidos por su reputación, a jugar a veces en tugurios donde no les conozcan: en uno le rompen a Felson los pulgares, en otro Kid ha de defenderse con una cuchilla de afeitar y escapar por la ventana de un retrete. No necesitan hacer trampas, aunque “Fast” Eddie recurre al truco de fingir que su destreza con el taco es inferior a la que en realidad posee y así engañar a algún incauto (eso es un “hustler”). A ninguno de los dos se le ocurriría tratar de vender su alma al diablo para ser el mejor: están convencidos de ser los mejores. Lo que desean ardientemente es desafiar al diablo y vencerle.
Jackie Gleason y Edward G. Robinson son el maestro Zen, y algo de mefistofélico hay en ellos. Gleason es el Gordo de Minnesota (Minnesota Fats), un jugador de billar que lleva quince años sin perder una partida, y que a pesar de su corpulencia juega, dice Eddie Felson, como si tocara el violín. E. G. Robinson es Lancey Howard, “El Rey” (“The Man”, en el original), un maduro y elegante tahúr que no sólo ha vencido siempre a sus oponentes, sino que destruye su carácter en partidas de póquer que pueden durar días. El Gordo de Minnesota hace su primera aparición en la película ascendiendo unas escaleras, como emergiendo de las profundidades; viste de una manera igualmente atildada, esboza una corta sonrisa que no se corresponde del todo con la expresión de sus ojos, fijos, astutos, penetrantes. Su apodo, “Fats”, parece un anagrama del de Eddie Felson, “Fast”, como si la sinuosa serpiente de esa ese siseara en sitios distintos. Edward G. Robinson, por su parte, rara vez sonríe, y su mirada también es fija, penetrante; luce una blanca barba de chivo, tiene gustos refinados en el vestir, el comer y el fumar; en cierto momento, antes de comenzar la partida de póquer descubierto, se le ve aislado del resto de personas que hay en la habitación, pues casi todos ellos fueron ya derrotados por él en una ocasión anterior, y aunque a lo largo de las muchas horas que dura aquella partida hay momentos en que sus fuerzas parecen flaquear (la edad no perdona), en la última jugada es la viva imagen de la invulnerabilidad, y su rostro una máscara endurecida que se ilumina con la llama de una cerrilla.
Los dos principales personajes femeninos en El rey del juego son meramente arquetípicos (la inocente novia de Kid frente a una voluptuosa Ann-Margret), pero en El buscavidas nos encontramos con uno de los seres más conmovedores que jamás se hayan visto en una película, una Sarah Packard (interpretada por Piper Laurie) solitaria, alcohólica, culta y en extremo sensible, mucho más lisiada del alma que del pie que arrastra, que acude a la universidad martes y jueves y el resto de los días bebe, que se enamora y se ilusiona y al poco tiempo se da cuenta de que la relación que mantiene con Eddie-Newman se resume en “un contrato de depravación, sólo tenemos que bajar las persianas”.

Pero es otro personaje de El buscavidas quien pronuncia las palabras que cualquier cliente del Loser puede leer si se acerca lo bastante al cuadrito que hay junto a la caja registradora, y ése es Bert Gordon (memorable George C. Scott), un tipo que es “dueño de todos los mañanas porque los compra baratos hoy”, codicioso, sin escrúpulos:
-Eddie - le dice a Paul Newman-, eres un perdedor nato. Sabes encontrar la mejor escusa para perder. No hay problema en perder con una buena escusa. Pero ganar, ésa también puede ser una gran carga. Con una escusa te puedes librar de ella. Sólo hay que saber compadecerse. Es uno de los mejores deportes de interior: la compasión, a todos les gusta. En especial a los perdedores natos.
Para sentenciar más adelante: “No basta con tener talento, también hay que tener carácter” (equivalente a aquel “Eres hábil con el arco, pero no lo eres con la mente”), frase que, bueno, algun día tal vez quien esto escribe se haga bordar en todas sus camisas.