Para quienes todavía no son viejos, ser viejo significa que has
sido. Pero ser viejo también significa que, a pesar de haber sido, además de haber
sido y aunque hayas sido en exceso, sigues siendo.
PHILIP ROTH
El animal moribundo
Philip Roth vaticinó
hace cuatro años la victoria de las pantallas sobre la página impresa, la
desaparición del lector, el fin de un hábito que exige concentración, soledad,
paciencia, imaginación. No se tratará de una desaparición absoluta, claro: leer
será poco menos que una excentricidad minoritaria. Bien, yo seré uno de esos
excéntricos; de hecho, me he sentido así buena parte de mi vida, pues al
parecer en los estertores del libro yo he venido empeñándome en no leer los
libros que lee todo el mundo, precisamente, las costuras, los códigos, las
sombras, las catedrales, los hombres que no amaban a las mujeres... Y en mi
ermitaña excentricidad, volveré una y otra vez a las novelas de Philip Roth.
Me
cuento entre quienes lo consideran el mejor escritor vivo. No todas sus novelas
brillan a la misma altura, está de más decirlo, pero consideradas todas ellas
en su conjunto no cabe duda de que estamos ante una de las más extraordinarias
obras literarias concebidas a partir de mediados del XX. La abrumadora emoción
que me produjo Pastoral
americana, que a su vez multiplicaba la que me había causado ya La mancha humana y era rotundo anticipo de la que me
causaría inmediatamente después Patrimonio,
hizo que lo considerase ya uno de mis escritores predilectos, un maestro entre
mis maestros. Después han venido muchas otras novelas suyas, entre ellas toda
la saga de Nathan Zuckerman, del primer fantasma al último (del Ghost writer al Exit
Ghost, la despedida de su alter ego literario): miles de páginas, un
riquísimo entramado de personajes, de situaciones, de rabia, de sexo, de
tragedia, de burla, de muerte, de enfermedad, de vejez, de éxito, de fracaso,
de incorrección, de judaísmo y, sobre todas las cosas, de pequeños y minuciosos
detalles. «La multitud de los detalles es lo que da la sensación de realidad en
la literatura», le dijo a Antonio Muñoz Molina en el 2005.
Escapa
a mi capacidad crítica, tan limitada, por otra parte, el poder esbozar un breve
apunte que dé una idea de su trayectoria literaria, ni siquiera de la
apreciación que yo tengo de ella. Dice un personaje de Roberto Bolaño que la
vida de un hombre solamente alcanza para disfrutar a conciencia de la obra de
otro hombre, y tengo para mí que esto es muy cierto cuando hablamos de hombres
–y mujeres- de una capacidad creativa tan elevada. ¿Podemos decir,
honestamente, que hemos extraído todo lo que un libro contiene en mucho menos
tiempo del que su autor tardó en escribirlo, si se trata de un grande de la
literatura? ¿Podría yo explicar en folio y medio la obra de Philip Roth,
insinuar una valoración, siquiera?
En
la vastedad de esta obra, que el escritor de Newark, Nueva Jersey, ha llevado a
cabo con la aplicación de un juramentado de la literatura, caben una infinidad
de ideas fundamentales que explican todo un universo mental. Por ejemplo, que
«todos somos invenciones recíprocas, todos somos imágenes evocadas por la magia
de todos los demás. Todos somos autores recíprocos» (La contravida). Por
ejemplo, que «en las clases de historia del colegio aprendimos que todo lo que
era “inesperado” en su época está registrado en la página como inevitable. El
terror de lo imprevisto es lo que oculta la ciencia de la historia» (La
conjura contra América). Por ejemplo, que la felicidad, un sentimiento
estadísticamente anormal, debiera tal vez ser clasificada como trastorno
psiquiátrico e identificada en los manuales médicos con un nuevo nombre:
trastorno afectivo de primer grado, del tipo placentero (El teatro de Sabbath).
La
concesión del Príncipe de Asturias de las Letras viene a corregir al fin una
situación un tanto absurda: el empeño de este Premio, hasta hoy, en darle la
espalda al escritor más importante de nuestro tiempo. Y yo me siento afectiva y
placenteramente transtornado por ello.
(Apenas acabadas estas líneas, me llega la noticia de
la muerte de otro de los grandes escritores del siglo XX: Ray Bradbury. Esta noche regresaré a las páginas de esa obra
maestra absoluta y tan sorprendente que es Crónicas marcianas. Abro aquí, como homenaje, sendos pasadizos hacia quienes tan bien escribieron sobre el libro: Francisco Machuca y Francisco Ortiz)
Retrato de Philip Roth: Escolástico Fernández