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jueves, 1 de diciembre de 2016

Entre malvados, de Miguel Ángel Muñoz

En circunstancias normales, la mayoría de nosotros tenemos un primer conocimiento de la maldad a través de los cuentos. Villanos de toda condición extienden la sombra de la amenaza a lo largo de buena parte de las historias tradicionalmente concebidas para los niños, historias que sin esos malvados, por otra parte, no existirían como tal: no hay superación personal sin los obstáculos de la perfidia, no hay desobediencia sin el castigo de caer en las fauces de una criatura taimada y maligna, no hay belleza que no provoque la envidia de quien quisiera serlo más que nadie, ni fealdad que no se convierta en objeto de mofa para los idénticos entre sí. Con el tiempo, aprendemos que brujas, ogros, lobos, madrastras y demás familia son arquetipos de que se vale el relatador para subrayarnos la diferencia entre el bien y el mal, y tratamos de convencernos de que en la vida real nadie es absolutamente malo ni absolutamente bondadoso, aunque vayamos sabiendo, casi diariamente, de actos abominables cometidos por hombres y mujeres.

He dicho en circunstancias normales: hay otros niños, muchos niños, para quienes la maldad no es cosa de fantasía, ni hay un colorín colorado que haga desvanecer finalmente el peligro y el miedo.

Comencé a leer Entre malvados, el tercer libro de relatos de Miguel Ángel Muñoz, el sábado 12 de noviembre, por la tarde. Ese día, los medios de comunicación publicaron la noticia de que un niño de siete años había sido ingresado en un hospital de Sevilla tras recibir una paliza de tres compañeros de colegio, de ocho, nueve y diez años. Ese mismo 12 de noviembre, según advierte el colofón del libro, Charles Manson cumplía ochenta y dos años. De alguna manera, la vida real intervenía en la lectura, pues el primer cuento, “Somos los malvados”, nos habla de las consecuencias del acoso escolar, y en el penúltimo, de acuerdo con el índice, me esperaba Manson, el célebre líder de un grupo de criminales –su “Familia”- que en la década de los años sesenta cometió en California una serie de asesinatos atroces, entre ellos el de la actriz Sharon Tate. Entre uno y otro relato, fui atravesando a lo largo de aquella tarde historias que me trasladaban a ese infierno sobre la tierra que es hoy Siria, y al día anterior a los atentados del 11 de marzo de 2004 en Madrid, incluso también a los instantes previos: un trayecto en tren como el de cualquier otra mañana, con un destino común; me trasladé a un espacio abierto entre árboles, donde la policía, de noche y a la luz deslumbrante de los faros de un todoterreno, trata de arrancarle una información valiosa a un sospechoso; me crucé brevemente entre un televisor encendido y el espectador que lo mira, y recorrí también las semblanzas biográficas de conocidos malvados, sanguinarios unos, otros contradictorios en sus papeles de eruditos y de padres.

El orden en que están dispuestos los relatos en un libro nunca es arbitrario, y que el primero de Entre malvados trate del acoso escolar supone una declaración de principios. El narrador de este primer relato es un adulto con el alma quebrada, a quien las humillaciones y la violencia sufridas de niño le convencieron de que “todos somos culpables hasta que se constata nuestra culpabilidad”. Un torturador implacable en la escuela puede acabar, andando el tiempo, convertido en un ciudadano ejemplar, ajeno a su víctima, quien, por el contrario, ha crecido anclado al miedo, al odio, "infectado por el pánico”.

Cada relato de Entre malvados tiene sus propios códigos narrativos; tiene no ya vida propia, que por supuesto, sino un estilo de vida propio: una manera de ser contado, y de acercarse a las víctimas y a los verdugos. “Intenta decir Rosebud” produce ahogo en la permanente inminencia de una ejecución a manos de los terroristas del Estado Islámico: contiene los rigores del secuestro, las humillaciones, el ciego fanatismo, la amistad entre desconocidos, el miedo insoportable, el atuendo naranja y el arrodillamiento que parecen preceder al abominable martirio, la imposibilidad de retornar a la normalidad. “Aguantar el frío” juega espléndidamente con una combinación de actos de violencia, engendrado uno en el vientre de otro y reflejando ambos un tercero en la distancia: así, la desaparición de una niña pequeña provoca la zozobra de los investigadores, la urgencia, el maltrato, todo ello sin que el pensamiento del policía se aparte de la suerte de su hijo activista, que ese mismo día, en otra ciudad, ha participado en una acción de protesta. La prosa torrencial de “Los nombres” y la coralidad ferroviaria de “Un hombre tranquilo” nos dan a conocer unos instantes en las vidas de quienes nada saben, de quienes no podían imaginar... En esa obra monumental que es 2666, póstuma novela de novelas de Roberto Bolaño y una de las más tenebrosas exploraciones del mal nunca escritas, un personaje dice, en relación con los inacabables y nunca aclarados crímenes de mujeres de Ciudad Juárez (Santa Teresa en el libro): “Nadie presta atención a estos asesinatos, pero en ellos se esconde el secreto del mundo”. Acaso también se esconda en un vagón de tren y en una estación que de algún modo es todas las estaciones del cine que amamos.

Miguel Ángel Muñoz (Foto: JFH)

Tras nueve relatos de corte realista, el libro se cierra con un largo cuento fantástico, “Donde el Borgión se esconda”, que por sí solo merecería ya toda una reseña: complejo, con una urdimbre de lecturas posibles, a medio camino entre el mito clásico y la ficción especulativa, sostenido por una narración minuciosa, vivencial, atenta al detalle, que en determinados pasajes remite sutilmente a circunstancias tan solo apuntadas en relatos anteriores –el meticuloso corte de un cuchillo despierta el recuerdo de otro corte ya iniciado varias páginas atrás que ahora la mente del lector completa con horror-. En esta historia de iniciación, los jóvenes son adiestrados mediante la tortura, en un Centro de Instrucción fundado al efecto, para enfrentarse, cumplidos los 17 años, al Borgión, el monstruo legendario que habita en el interior de un bosque. Llegado el momento, los jóvenes se aventuran en el bosque como Teseo se adentraba en el laberinto cretense para enfrentarse al Minotauro –aunque sin el hilo de Ariadna-, en tanto que en el pueblo sus convecinos leen por la calle a Descartes, a Maquiavelo, a Aristóteles, a Voltaire, y el centro de toda actividad es la Biblioteca, como una distopía inversa a la que propuso Ray Bradbury en Fahrenheit 451.

¿Una comunidad que llegara a desarrollar hasta el extremo y plenamente la cultura intelectual como modelo social predominante se vería libre de la barbarie? ¿Nos hacen mejores los libros? El lector decidirá por sí mismo una vez leído este relato. O no. La conclusión de este magnífico libro en particular de Miguel Ángel Muñoz está en el propio título: vivimos entre malvados, y en cierta forma nosotros, con nuestras pequeñas bellaquerías ocasionales, militamos en las filas de los malvados entre quienes viven los demás. Porque quizá sea verdad que no hay categorías absolutas en esto: escribió David Hume que no es contrario a la razón preferir la destrucción del mundo entero a tener un rasguño en un dedo, como tampoco lo es preferir la propia ruina con tal de evitar el menor sufrimiento a cualquier desconocido. Esa es, en definitiva, nuestra naturaleza, y Entre malvados se desarrolla en su lado más sombrío, más amenazante. 

lunes, 15 de junio de 2015

El que espera, de Andrés Neuman

Comparto con Andrés Neuman el haber sido elegidos en 1999 por El Cultural de El Mundo dos de los diez noveles de aquel año, aunque no el haber tenido una continuación literaria impresa, y de éxito, además, como ha sido su caso desde entonces. Comparto con él el gusto por el billar, la admiración por los Beatles, el aprendizaje en Cortázar y que en nuestras biografías aparezca un violín, en la suya en manos de su madre y en la mía en las de mi hija; no compartimos opinión sobre el fútbol: yo cada vez lo detesto más.

La editorial Páginas de Espuma publica estos días una edición corregida y aumentada de El que espera, su primer libro de relatos, otro cruce de caminos en nuestras vidas, pues a finales del año 2000 lo acompañé en su presentación en Almería. Recuerdo haber citado al comienzo de aquella lejana intervención a -cómo no- Julio Cortázar: en algún sitio el maestro argentino dejó escrito que revisando la traducción de sus relatos sintió hasta qué punto «la eficacia y el sentido del cuento dependían de esos valores que dan su carácter específico al poema: la tensión, el ritmo, la pulsación interna, lo imprevisto dentro de los parámetros de lo pre-visto, esa libertad fatal que no admite alteración sin una pérdida irrestañable». Neuman, con este libro, se sumó ya a esa nómina de escritores que, como el propio Cortázar, no se limitan a cultivar un determinado género literario, en este caso el cuento brevísimo o microcuento, sino que se manifiestan sobre él, lo vindican por escrito y lo interpretan de acuerdo con un criterio perfectamente asumido y coherente. Así, El que espera contiene dos series de relatos, “Brevedades” y “Miniaturas”, y también un epílogo-manifiesto, “Las mínimas palabras”, donde el autor expone, de una manera clarificadora, las coordenadas teóricas en las cuales sitúa el género tal y como él lo ha venido practicando. Su lectura, como la de todo buen epílogo, nos obliga a una segunda cita, inmediata, con el libro que acabábamos de terminar.

No es casual la condición de poeta de Neuman, ni por tanto la cita de Cortázar: todos los relatos, pero muy especialmente las miniaturas de la primera serie, están sostenidos por un marcado aliento poético sin dejar de ser narrativos. En un género que tiene como una de sus principales características la perfección y hermeticidad de la esfera, cada metáfora, el ritmo o su estructura contribuyen a transmitir sordamente complejas sensaciones de las cuales sólo emergen en el propio texto una pequeña parte: el resto está apuntado entre el título y el estremecimiento final, crece y se desarrolla en secreto a través de las elipsis y se prolonga en nuestra conciencia de lector como una resonancia que impide leer uno detrás de otro mecánicamente, como se pasaría de un capítulo a otro. La escritura de este tipo de relato, dice Neuman, comienza en lo narrado y continúa en sus omisiones, y ante esta afirmación uno no puede sino recordar aquella sentencia del Quijote mediante la cual Cervantes pedía ser juzgado no tanto por lo que decía sino sobre todo por lo que callaba.

El relato breve funciona como una máquina de relojería, más aún, como una máquina de relojería atada a un cartucho de dinamita. El escritor se desprende de él como si temiera la apremiante obstinación con que un relato se adhiere a la conciencia del autor; el lector, por contra, recorre sus líneas inquietado por el tic-tac que subyace entre cada punto y seguido o que se acelera tras un punto y aparte. El microcuento “El deseo”, uno de mis favoritos, es un ejemplo modélico de cómo su composición resulta de prescindir de todo lo accesorio, de enredar y subvertir el planeamiento, el nudo y el desenlace hasta provocar la sensación de que lo esencial está siendo sugerido o ha sido sugerido ya. “El deseo” tiene cuatro párrafos, uno de ellos de una sola línea, contenidos en dos páginas. Lo pequeño no significa escasez, sino concentración, síntesis, economía de medios. Todos estos cuentos de Neuman parecen afirmarse en la voluntad de desarrollar el máximo contenido que quepa en una mínima expresión.

Cuanto más pequeña sea la máquina, más perfecta ha de resultar la miniaturización de sus ruedas dentadas y mayor es también la atención que se exige del lector. Los microrrelatos incluidos en este libro no pueden contarse: son. Hay relatos tan breves, que, si me es permitida la exageración, bastaría con mencionar uno de sus verbos para destripar el argumento.

Hablaba Cortázar en la cita recogida más arriba de la coincidencia de determinados valores que otorgan su carácter específico tanto al relato breve como al poema: ritmo, tensión, pulsión interna, inalterabilidad de los elementos que los componen... A aquella afirmación le seguía esta otra: «Los cuentos de esta especie se incorporan como cicatrices indelebles a todo lector que los merezca». Pues bien, quien los merece es aquel que espera ser atrapado por el aura del cuento, ser sorprendido al final o en cada uno de sus párrafos, descender por los renglones como quien desciende una escalera cuyo último escalón está hundido en la oscuridad. Y es que la idea de espera que está encerrada en el título de este libro remite por igual a los conceptos de paciencia y de desesperación, y ambos se alternan, coherentemente, tanto en los personajes como en el lector.
  

Con Miguel Ángel Muñoz y Andrés Neuman, Almería, diciembre 2014
(Foto: J. Adolfo Iglesias)



viernes, 9 de septiembre de 2011

La Tertulia de la Calle Suipacha

José Luis Campos -el camarada poeta-, Francisco Ortiz y
quien esto escribe, Juan Herrezuelo (2011)

Desde que me planteé la posibilidad de reunir en un libro (después titulado Pasadizos) una serie de relatos que parecían condenados a la dispersión, y romper con él un silencio que ya duraba demasiado, decidí que era una oportunidad única para rendirle homenaje a la tertulia literaria de la que formé parte entre finales de los ochenta y mediados de los noventa, es decir, entre mis veinte años y mis  veintisiete, más o menos. Hasta entonces, lo mío con la literatura había sido una pasión casi secreta, una doble vida, el otro lado del espejo, el sueño a través del cual accedes a tu vida real, todo un mundo privado que llevaba construyendo desde muy niño, y en el que de pronto tuvo cabida el paisaje de un mundo similar, una pasión casi idéntica por las mismas cosas y muchos principios de los que carecía y que me ayudaron a poner orden en todo aquello y a convertir una pasión en una vocación. Yo era ya un lector compulsivo desde los nueve años; algo de eso he escrito por aquí y no quisiera repetirme. De aquellas lecturas nacieron tentativas de relatos llenos de misterio, que yo comenzaba a escribir con una letra concienzuda y no pasaban de un primer capítulo o unas primeras páginas. Como leía también obras de teatro, esas tentativas de escritura habían dado igualmente algún que otro Acto primero. Y a los veinte años descubrí, más o menos al mismo tiempo, a Francis Scott Fitzgerald y a Julio Cortázar, y quedé deslumbrado por ambos. Son los dos autores a los que más extensa y apasionadamente he leído desde entonces, pero no estoy seguro de que su influencia sobre mí hubiese sido la misma si por esas mismas fechas no se hubieran cruzado en mi camino aquellos dos tipos con los que acabaría fundando una tertulia, si yo no hubiera podido comentar con ellos las lecturas que iba haciendo, enriquecerlas con sus propias lecturas.

Una foto para el recuerdo: de izquierda a derecha, Miguel Ángel Muñoz, José Luis Campos, Francisco Ortiz y Juan Herrezuelo (enero 1990). En el reverso está escrito: Generación Superviviente (?)

En muy poco tiempo se tejió entre nosotros tres, Paco, José Luis y yo, cada cual con sus propias inquietudes, una red de complicidades basada fundamentalmente en la literatura, el cine y la música, aunque no sólo en eso. Por cierto, que por entonces seguíamos muy atentamente a una nueva generación de jóvenes narradores, Julio Llamazares, Muñoz Molina, Martínez de Pisón, Jesús Ferrero, García Sánchez, Justo Navarro... Eran los que más inmediatamente nos precedían, y la mayoría de ellos llegaba de provincias, lo que nos daba más aliento. 
El primer relato de Cortázar que me había sacudido fuerte se titulaba “Carta a una señorita en París”, aquél que comienza con un, para mí, memorable “Andrée yo no quería venir a vivir a su departamento de la calle Suipacha, no tanto por los conejitos sino porque me duele ingresar en un orden cerrado”, y cuando el trío se convirtió de forma natural e impremeditada en una tertulia literaria con cita fija, se decidió darle a aquello el nombre de "Tertulia de la Calle Suipacha" y abrirlo a más participantes. Bien, nunca más he sentido tan real eso de crecer por dentro. Aquellos sábados por la tarde se fue tallando minuciosamente el escritor que acabé siendo, con cada autor que fuimos descubriéndonos los unos a los otros, con cada relato que nos planteábamos como un reto común.

Juan Uceda (1957-2001), inolvidable amigo
y autor de "El Caníbal y otros cuentos"
Aquella tertulia, como he dicho, creció en participantes y luego se redujo de nuevo; pasó a ser durante seis meses un programa de radio llamado Estación Suipacha; a uno de los fundadores se lo llevó lejos una historia de amor, el teatro de operaciones cambió varias veces de emplazamiento, se filtraron nuevas pasiones, como la fotografía o la música clásica; nos enfrentamos a la experiencia de la muerte, ya tiempo después, cuando uno de los nuestros, Juan Uceda, perdió de un día para otro la dura batalla que libraba desde hacía años con la enfermedad. Ya para entonces, esa escuela de aprendizaje que había sido la tertulia, esa especie de monasterio saholín de mutuas enseñanzas, quedó abierta por los cuatro costados, sus discípulos nos echamos al camino de la vida real y yo volví a ser de nuevo, hasta hace bien poco, el hombre solitario con su solitaria pasión por la literatura.

La existencia de Pasadizos, e incluso la de este mismo blog, es -fue desde el principio- mi forma de transmitirles mi recuerdo, mi afecto y mi gratitud a todos ellos: a José Luis Campos, a Francisco Ortiz, a Miguel Ángel Muñoz, a Antonia Moreno Cañete, a Juan Uceda, a Carlos Espinar, a Ana Fernández Hagen, a Isabel María Díaz Díaz, a Jacinto Castillo… (Sin olvidar a Juanma Cidrón, que no perteneció a la Tertulia pero acogió nuestra Estación dentro de ese maravilloso invento radiofónico llamado La Escalera Mecánica).
Scott Fitzgerald escribió que “un escritor puede andar dando vueltas alrededor de sus aventuras después de los treinta, después de los cuarenta, después de los cincuenta años, pero los criterios según los que se sopesan y valoran tales aventuras quedan irremediablemente fijados a la edad de veinticinco años”. Así fue también para mí, y mis veinticinco años tienen mucho que ver con aquella experiencia, aunque también con otras menos literarias y un poco más disolutas. Pero eso es ya una historia.