jueves, 14 de noviembre de 2019

La sinfonía vital de Amaia Romero





Hacía casi dos años que no tecleaba mi clave de blogger, que no giraba esta llave en su cerradura. En el interior del local hay una penumbra dormida que hace pensar inevitablemente en el arpa de Bécquer, tan olvidada, tan silenciosa, tan cubierta de polvo. Cómo escribir hoy desde el silencio que elegí entonces, qué tono adoptar, para qué hacer regresar al vagabundo que ya fue abandonado por el circo y volvió al camino y fundido a negro y the end; acaso porque faltaba dar una última función en este blog&bar poblado ahora de viejos ecos.

Sólo mi admiración por la joven que figura en el título me ha tentado parte de este tiempo a sentarme de nuevo ante el teclado (al fin y al cabo, siempre fue ése el sentido del Loser: pegar la hebra desde la barra y por escrito sobre cualquier cosa que me pareciera admirable en cine, pintura, fotografía, música, literatura o lo que fuera), y si no lo he hecho hasta hoy es porque no tenía un cierre adecuado para cualquier texto que hubiera podido escribir antes sobre ella. 

Hablo de una pianista de Hamelín, poseedora además de una voz personalísima al cantar, que en la estela de su música se ha llevado prendido el entusiasmo de gentes de toda edad, los dieciséis años de mi hija o los setenta y seis de aquel caballero que acudió al Teatro Real de Madrid para verla actuar el año pasado y se pasó, cuentan, todo el concierto llorando de emoción, o los cincuenta y tantos de quien esto escribe, un tipo desencantado, que apenas ve la televisión y recela de todo lo que pueda salir de ahí y estaba convencido de que ningún nuevo artista podría volver a atraer su interés. ¿Y entonces Amaia?: pues, para mí, ese cisne negro que impacta por ser tan altamente improbable. 

Sabido es que nuestras vidas, como todo viaje, tienden a estructurarse en diferentes etapas que no necesariamente han de coincidir con las que marca el desarrollo biológico y que estudiadas con detenimiento muestran, a su vez, una cierta organización interna que les aporta lo que podríamos llamar sentido propio, coherencia narrativa o musical o estética. Digamos que los primeros veinte años de Amaia Romero –los que ahora tiene- podrían suponer su primera sinfonía vital, una sinfonía en sí mayor, un sí absoluto, rotundo, que con la publicación de su disco Pero no pasa nada llega al cuarto y último movimiento, majestuoso sin pretenderlo, a ratos vivace, a ratos moderato. 

Tiene este cuarto movimiento evocaciones del primero, el de la infancia y las primeras devociones musicales; el del aprendizaje andante, un piano piano que es a la vez paso a paso y referencia doble a un instrumento con el que ya era considerada a los diez años una niña prodigio; el de la vocación temprana, el del aplauso en la calle de un corro de mozos empapados de vino y el de príncipes en el aula de un conservatorio, y a los 13 años también el del jurado de un concurso de la tele que tuvo que decidir a la sexta semana si aquella criatura capaz de hacer suya (entre otras) una canción de los Beatles acompañándose de un ukelele debía o no convertirse en una estrella infantil, y fue que no, no era su momento: eres demasiado pequeña, te devorarán, espera unos años y entonces volarás, le dijeron.



De modo que siguió formándose, y cinco años más tarde probó a abrir las alas, a ver qué tal: el segundo movimiento de esta sinfonía vital es el más estruendoso, el más explosivo, son ya sus dieciocho años entrando de golpe en ese repentino big bang de celebridad que sólo proporciona la televisión: scherzo para la rutina académica, doméstica y convivencial retransmitida minuto a minuto por Internet, de pronto ante todos la joven ocurrente, humilde, ingenua, que en los ratos perdidos, con piano o guitarra, se dedica a versionar para sí misma canciones de todos los estilos; y luego, cada semana, su asombrosa transformación en las actuaciones en directo, sublime maestoso para una voz llena de tonalidades, y la asombrosa capacidad de convertirse en la canción que interpreta, y el aura de estrella grande del que ella misma no parece consciente cuando la canción acaba y sonríe y vuelve a ser una chica de dieciocho, de diecinueve años como tantas otras. Resultado después de tres meses de programa: el triunfo del talento, pero también la fama desmedida, la desorientación en medio de un negocio del que nada sabe pero en el que tantos la rodean, el ser llevada y traída en ajetreado prestissimo durante otros tres meses en un laberinto eurovisivo del que básicamente aprendió cómo no deseaba que fuese su carrera.

El tercer movimiento desconcierta a quienes daban por seguro que prolongaría el mismo tempo prestissimo con el que acaba el anterior y se encuentran, por el contrario, que ella elige un adagio que le permita conocerse: Amaia decide apartarse del personaje creado para ella a partir de su paso por el show de televisión y toma un camino más independiente que la lleva al Primavera Sound, donde interpreta un heterogéneo repertorio de versiones que ella unifica al hacer suyas todas las canciones, y que repetirá, con algún añadido, en otros cuatro conciertos más durante los meses siguientes. Esta pequeña gira personal la alterna durante todo el año con la gira derivada del programa y con otros eventos puntuales y tan diversos que parece querer hacer visible con su participación en ellos ese proceso de autoconocimiento que lleva a cabo como preparación de su primer disco. Es un movimiento, este tercero, reposado, medido, inteligente, que la define en toda su versatilidad al contener tradición y modernidad, el pena penita pena en el balcón del Ayuntamiento de Pamplona o el Perdona ahora sí que sí con Carolina Durante, y en el que es capaz de emocionar hasta el silencio a sesenta mil personas en el Bernabéu y al día siguiente cantar con Love of Lesbian en el Price una versión prodigiosa de «Allí donde solíamos gritar», de fundir el «Zorongo gitano» de García Lorca y «Rumores de la Caleta» de Albéniz, de hacer una versión imponente de «Alfonsina y el mar» y otra arrebatadoramente intensa de «The House of the Rising Sun», de poner en pie al Teatro Real, de colaborar con U2 en un proyecto musical feminista, de protagonizar, con declarada rebeldía, el vídeo promocional del festival de artes escénicas Temporada Alta de Girona cuyo lema era la libertad de expresión… Y en diciembre de aquel mismo año, unos días antes de cumplir los veinte, presenta su primera canción, «Un nuevo lugar», pieza minimalista, exquisita, íntima, breve: toda una declaración de principios que descoloca a algunos, se gana a otros y embelesa por completo a quienes vimos en ella una artista auténtica e insobornable.  

El resto de este tercer movimiento es una larga espera marcada por la intriga que despierta esta canción como adelanto o no del disco; y de pronto, a mediados de año, «El relámpago», ahora sí anuncio de la tormenta de música que ilumina el horizonte tras el cual se intuye el cuarto movimiento, y en septiembre, al fin, ese Pero no pasa nada que nunca estuvo concebido para gustar a todo el mundo sino para representar fielmente a su creadora, y que bajo la aparente sencillez de un pop clásico esconde una obra poliédrica pero coherente, rica en matices, en detalles, en influencias sabiamente combinadas para cada una de sus diez canciones. No una obra deliberadamente ambiciosa, ni revolucionaria, ni experimental, pero sí una obra con marcados rasgos diferenciadores que crece con cada escucha.


He leído que hay quien, con la intención de desacreditar su trabajo, ha dicho que sus letras podría haberlas escrito una niña de cinco años. Es desolador vivir en un país y en un tiempo en que tal afirmación pueda usarse de forma negativa. Ya quisiera Amaia conservar la mirada de un niño, ya quisiéramos haberla conservado todos los que un día cedimos a la tentación de entregarnos a las artes o las letras. Picasso dijo que desde niño pintaba ya como Rafael pero que le llevó toda la vida llegar a pintar como un niño. La inmensa mayoría no volvemos a recuperar esa capacidad de ser deslumbrados por cada pequeño descubrimiento, de apreciar instintivamente la verdadera complejidad de las cosas más sencillas, ni la espontaneidad sin pudor, ni la franqueza sin cautela, ni esa poética disparatada pero extrañamente profunda con la que un niño puede explicar un sentimiento o un concepto sin saber que está reinventando el surrealismo con cada palabra.  

No, las canciones de Amaia no están ni parecen escritas por una niña, sino que suponen una serie de confidencias hechas por una mujer de veinte años que, como todos más o menos a esa edad, ha descubierto que el tiempo huye y que no es lo mismo aprovecharlo que dejarlo correr, que mira con otros ojos, que sabe que todo pasa y morirá; una mujer joven que entra en algunos recuerdos como en un bosque lleno de cenizas e inventa otros tumbada en la cama, alguien a quien le dan las seis, y las diez, y la media noche en una nostálgica indolencia teñida de arrepentimiento por haber perdido, después de todo, un día completo e irrepetible. El paso del tiempo está sutilmente sugerido a través de un jersey olvidado en ese estupendo tema con trazas de sunshine pop sesentero que es «Último verano»: entre la luna de la primera estrofa y la luna de la última media el fin del verano y una despedida; ahora es el frío, aún no se ha acostumbrado a salir de casa con ese jersey que prefigura el inicio del otoño. Sabina expresó a su modo genial ese paso del tiempo: «El verano acabó, el otoño duró lo que tarda en llegar el invierno». Ese invierno al que Amaia se refiere ya en «Un día perdido» sólo con decir que a las seis de la tarde está oscureciendo.
 
Todos los estilos el estilo: cada canción del disco es una relectura propia de una determinada corriente de ese llamado pop clásico que tantas músicas puede abarcar, desde esa brevería de arranque, ese a modo de haiku musical con silbido de descenso bien entonado, «Última vez», a la melancólica «Porque apareciste» final, donde primero la guitarra española, sola, y después también la mandolina se convierten en la perfecta compañía de la voz más confesional, suave y trovadoresca de Amaia. Entre medias, el crescendo de «Quedará en nuestra mente», en la que los primeros golpes de batería le ponen como un palpitar a la revelación del amor, «Creo que te quiero/pero me das miedo», y luego, poco a poco, un ritmo jovial y muy años setenta, con guitarras, bajo, batería y sintetizadores creciendo animosamente hasta estallar antes de su particular todo pasa y todo queda; y esa inclasificable y enigmática pieza maestra que es «El relámpago», donde un piano solo y lento, de espaciados acordes, acompaña en su inicio a un «Qué» melismático que casi a la manera gregoriana se ondula en cinco notas, y luego el doble sentido de una sucesión de versos susurrados al hilo del corazón, y una voz cristalina, afinadísima ya desde el fondo de la garganta, para un estribillo de un único verso repetido que eriza la piel, y entonces, emparejados, el oscilante motivo de la guitarra eléctrica y el rasgueo de la acústica, una cierta psicodelia sugerida sutilmente por el sintetizador, la batería marcando el ritmo, el estribillo de nuevo, más intenso, «…escribo tu nombre en mi mano», con sugestivo slide de ascenso y descenso en la cordería eléctrica, y el tramo final explosivo, épico, donde brillan el resplandor del relámpago y la altura de la voz de Amaia para acabar en vehemente pop rock lo que empezó con un esbozo de canto antiguo. Y está el impremeditado eco de Carole King en la delicada «Nadie podría hacerlo», y el apunte de country pop en «Todos estos años», y ese monólogo arrepentido y pacificador que es «Cuando estés triste», una canción elegante, emotiva, donde la voz de Amaia, a mi juicio, alcanza las más altas cotas de expresividad y de belleza, en todos los tonos, en todas las peticiones.


George Simenon confesó una vez, en relación a sus memorias, que prefería que la gente le criticase, incluso le detestase, por lo que realmente era a que le admirase por lo que no era. Amaia Romero se comporta como si fuera de la misma opinión, como si toda impostura, hasta la mejor intencionada, le resultara insoportable. Amaia se entrega en sus primeras canciones desnuda y sin ataduras, como en la impactante portada de su disco, vulnerable y poderosa a la vez, puestas las botas de pisar el suelo si es preciso, la mirada clavada en las alturas, que en suspensión es también una mirada hacia adelante, hacia el porvenir. 

En ese porvenir habrá ya otras sinfonías vitales, el tiempo dirá de qué naturaleza, aunque es de desear que vayan ganando en madurez y perdiendo en inocencia. El cuarto movimiento de ésta primera es punto de partida, no de llegada, y ha contado con la modesta aportación de los aplausos de mi hija, de su madre y los míos mezclados con los del resto del público que asistió entusiasmado a su concierto de Granada el pasado 8 de noviembre. Fue mi hija quien me descubrió en su momento a Amaia Romero, y la admiración por su música es hoy por hoy un vínculo entre ella y yo, un puente que el magnífico concierto en el Palacio de Congresos granadino nos permitió recorrer cada uno desde la orilla de su edad y de sus gustos para encontrarnos en el medio. Porque Amaia, todo hay que decirlo, me ha devuelto algo que la adolescencia de mi hija parecía empeñada en arrebatarme casi por completo: la complicidad entre ambos. Eso que le debo.
 


 
Con Aleix Bou (batería), Paula Vegas (teclados), Núria Graham (guitarra eléctrica) y Miquel Sospedra (bajo)



(Fotos: Concierto de Amaia Romero en Granada, 8/11/2019. JFH)






 “Allí donde solíamos gritar” (con Love of Lesbian). Junio 2018.





"Un nuevo lugar". Diciembre 2018.





"El relámpago. Mayo 2019.

lunes, 15 de enero de 2018

Idea para un cuento

Un tipo de alrededor de cincuenta años acude a una biblioteca pública con intención de llevarse en préstamo Al faro, de Virginia Woolf, una escritora de la que aún no ha podido acabar ningún libro a pesar de que realmente lo ha intentado repetidas veces a lo largo de su vida. Al pasar por el expositor de novedades, un título le llama la atención: La biblioteca de los libros rechazados.

No conoce al autor, David Foenkinos, francés. Coge el libro, lee la contraportada y algunas páginas al azar, para conocer el estilo, y finalmente se lo lleva junto con la novela de Woolf (aunque ya sabe que este otro será el primero en caer).

En las primeras páginas, Foenkinos se refiere a Richard Brautigan, otro escritor, estadounidense, y a una novela suya titulada The Abortion, en la que el protagonista trabaja en una biblioteca que acepta manuscritos que no ha querido publicar ninguna editorial, con la condición de que el autor ha de llevarlo allí personalmente. Brautigan acabará suicidándose (como Virginia Woolf) en los años ochenta, y a comienzos de los noventa alguien crea como homenaje a él The Brautigan Library, una auténtica biblioteca para los libros rechazados. Poco después, un bibliotecario de Bretaña, Jean-Pierre Courvet, conocedor de la historia, decide hacer lo propio en Francia. Es un apasionado de la literatura que sueña con encontrar “un cómplice literario: una persona con quien pudiera intercambiar opiniones durante horas acerca del uso de los puntos suspensivos en la obra de Céline o mirar con lupa los motivos por los que se suicidó Thomas Bernhard” (y ya van tres). Courvet elige un lugar concreto dentro de la institución municipal de la que es responsable para depositar los originales rechazados y pone un anuncio en revistas nacionales. Muchas personas deciden recorrer el país para dejar allí su obra inédita y “acabar con la frustración de que no lo publicaran a uno”.

El tipo del que hablamos nosotros, el que ahora lee el libro de Foenkinos, se siente naturalmente inclinado hacia todo este asunto. En efecto: él mismo es autor de una novela multirechazada, de manera que, vivamente interesado, busca en Internet qué parte de todo aquello es real, si es que hay algo que lo sea. Descubre que Richard Brautigan fue un escritor de la generación beat y que The Brautigan Library existe de verdad, está en el Clark County Historical Museum de Vancouver (Washington), aunque inicialmente fue abierta en Vermont por el fotógrafo Todd Lockwood. La de Crozon, en Bretaña, es ficticia, como toda la trama de la entretenida novela de Foenkinos.




El tipo del que hablamos nosotros acaba por sentirse irresistiblemente atraído por esa Brautigan Library ubicada en una ciudad de Estados Unidos con nombre de metrópoli canadiense. Poco a poco va arraigando en su cabeza la idea de llevar allí el original de su novela. Ya hemos dicho que es una obra multirechazada; digamos también que esa maldita novela maldita ha sido decisiva en su vida: tardó cuatro años en escribirla y estuvo otros diez intentando que viera la luz, y en aquellos catorce años pasó de ser un joven con posibilidades de triunfar en cualquier cosa que emprendiera a convertirse en un hombre maduro, casado, que no se había preocupado de encontrar un trabajo estable y que sabía que ahora, tres años después de haber enterrado el texto en el fondo de un cajón, ya era tarde para todo. Incluso aunque llegara a publicarse algún día, ya era tarde. Aunque desde luego, sabía que no se publicaría jamás: no en este universo.

Su novela rechazada trataba de las dos vidas paralelas de su protagonista: la que creía única y otra que en algún momento empieza a atisbar muy fugaz y fragmentariamente, sin saber cómo: una vida mucho mejor que la que lleva y que debió desviarse del camino principal a partir de una ruptura sentimental –de una no ruptura, en realidad- para seguir mejores derroteros. Su novela no tenía nada de ciencia ficción, entre otras cosas porque cuando la concibió no sabía nada de física cuántica ni de la teoría de cuerdas y su interpretación de los universos paralelos era puramente intuitiva y estaba más emparentada con lo real maravilloso. El caso es que le había dado por pensar que la novela se había vengado de él, como algunos escritores dicen que pude suceder, y sí que había sido publicada, pero no “de este lado”. Cómo explicar todas las veces que se había desvanecido de manera extraña la posibilidad de ser aceptada por un editor o incluso de ser premiada, cómo explicar lo inexplicable, todas esas situaciones extrañas, de puro relato fantástico, que se habían encadenado año tras año para hacer imposible la publicación. En una novela de Stephen King, en la que alguien viaja al pasado varias veces para tratar de evitar el asesinato de Kennedy en Dallas, se cuenta lo difícil que le resulta al protagonista cambiar cualquier hecho del pasado, lo tercamente que lo ya sucedido se resiste a suceder de otra manera. Tal vez lo de la novela escrita por el tipo del que hablamos nosotros sea el mismo caso, y el pasado y el futuro no existan, sean una misma cosa, un mismo instante.

La confirmación de esta sospecha le vino en una playa, al atardecer, el día que esparcieron en las olas más cercanas a la orilla las cenizas de su mejor amigo. En realidad fue al día siguiente. En ese momento solo recordó que una escena de su novela transcurría en esa misma playa, a la que la comitiva había llegado después de intentar sin éxito alcanzar las otras playas en las que la familia quería llevar a cabo la ceremonia. Al día siguiente desempolvó el manuscrito: dos hermanos hablan de cenizas. Al atardecer. En aquella playa.

Desde luego que no se iba a publicar, nunca. No de este lado.

De modo que decide llevar el tocho encuadernado a Vancouver, cueste lo que cueste, más de seis mil kilómetros. No tiene el dinero para el billete, ni podría justificar ante su mujer un préstamo para esto. Pero es un gesto cargado de una cierta forma de belleza orgullosa al que no quiere resistirse. En realidad está pensando en algo así como llevarlo al bosque Aokigahara, el bosque japonés de los suicidas, dejarlo allí, para siempre, perdido. Eso sí, de algún sitio ha de sacar el dinero: la idea se convierte en una obsesión. En el único estímulo que alimenta sus días y sus noches durante tres años.


Aquí este borrador le deja margen de improvisación al propio relato, no conviene en esta fase cerrar por completo todos los pormenores de un texto literario; un autor ha de saber cómo empieza su historia y cómo acaba –o cómo se imagina que podría acabar-, pero lo que media entre el planteamiento y el desenlace debe cederse a la inspiración que surge en el mismo acto creativo, que uno nunca sabe exactamente de dónde procede ni a quién computársela: a quien escribe o al que es escrito.

En cualquier caso, al cabo de tres años de infructuosos intentos de realizar ese viaje a Estados Unidos, el tipo del que hablamos cae gravemente enfermo. Nunca irá a la Brautigan Library, después de todo. Entonces decide contárselo al fin a su mujer, para pedirle que sea ella la que lo haga. Ella acepta, y resulta ser –el tipo del que hablamos lo sabe de sobra- una persona mucho más resuelta, que dispone además de unos ahorros de los que nunca le había hablado,  y en apenas un mes organiza el viaje: un vuelo de Madrid a Portland (Oregón), a escasos catorce kilómetros de Vancouver, con escala en Amsterdam, y dos noches de hotel, no más.

La noche del día en que ella emprende el viaje, el tipo del que hablamos tiene un sueño, o una visión: su mujer viviendo en una ciudad norteamericana, con otro hombre. Cuando despierta –cuando la visión se desvanece- comprende, de alguna manera, que ella no va a volver, que todo cuanto se interpuso entre la novela que había escrito y su publicación actúo en beneficio de la preservación de su matrimonio “a este lado”, y que llevar el manuscrito a la biblioteca de libros rechadazos rompía ese mecanismo de defensa. Morirá solo, piensa (o algo menos deprimente).

El relato acaba con un párrafo en el que cambia el punto de vista. La mujer del tipo del que hablamos sube al avión en la capital holandesa, ocupa su asiento y al poco rato el mismo hombre junto al que ha viajado en silencio desde Madrid se hace notar de pie a su lado, en el estrecho pasillo, divertido, con el billete en la mano: ese es mi asiento, dice, con una amplia sonrisa, también hasta Portland viajarán uno al lado del otro, ¿no le parece casualidad? Se presentan, esta vez sí. Van a estar mucho tiempo juntos y es realmente curioso, la misma escala, asientos contiguos. Es un hombre maduro, elegante, habla un buen español con acento americano. ¿Negocios o placer? ¿Le parece que tomemos una copa? Tenemos once horas por delante. Más que suficiente para conocernos bien, ¿no le parece?

domingo, 7 de enero de 2018

La Luna en la plenitud de su majestad

Esta semana, primera del año 2018, la Luna ha sido noticia por dos extraordinarios motivos. En primer lugar, la NASA ha dado a conocer una imagen en la que comparte protagonismo con la Tierra: una asombrosa fotografía tomada en octubre del año pasado, a una distancia de cinco millones de kilómetros, por la nave Osiris-Rex en su viaje hacia el asteroide Bennu, en el que recogerá muestras para su análisis (¿habrá materia orgánica en este pedazo de roca? ¿Fue así como llegó la vida a la Tierra?).

Image Credit: NASA/OSIRIS-REx team and the University of Arizona
Image Credit: NASA/OSIRIS-REx team and the University of Arizona

La fotografía en cuestión es el resultado de combinar tres imágenes de diferentes longitudes de onda de color y de incrementar el brillo de la Luna para hacerla visible, pero esa es la distancia, esa es su lejanía mutua, o su inmediatez, cualquiera de las dos sensaciones está justificada cuando se observa. Es algo fascinante, hipnótico: tan solos ambos astros, tan encadenados el uno al otro, tan pequeños, después de todo, tan desproporcionadamente grande el tamaño del satélite con respecto al planeta alrededor del cual orbita.

Por cierto, hago notar de nuevo el nombre de esta nave: OSIRIS-REX. Si tratan de averiguar por qué lleva el nombre del dios-rey egipcio de la Muerte, del Más Allá, del Inframundo, de la Resurrección, encontrarán que corresponde a las siglas de Origins, Spectral Interpretation, Resource Identification, and Security–Regolith Explorer. Y tal vez les baste con eso. Tal vez le encuentren sentido. En general, la gente no suele hacerse preguntas acerca de estas cosas: sobre el porqué hay un gran obelisco egipcio en el centro mismo de la plaza de San Pedro, en el Vaticano, por ejemplo, o por qué una escultura de Shiva, el dios hindú de la destrucción del Universo, está ubicada en el CERN, el Conseil Européen pour la Recherche Nucléaire, es decir, Consejo Europeo para la Investigación Nuclear, en Ginebra, donde se encuentra el Gran Colisionador de Hadrones, el mayor acelerador de partículas conocido.

La otra razón por la cual la Luna ha sido noticia esta semana ha sido por el anuncio de la especialísima identidad que adoptará el próximo 31 de enero, de acuerdo con una triple circunstancia que no se producía desde hace ciento cincuenta años: será una superluna, la tercera consecutiva, un catorce por ciento más grande y un treinta por ciento más brillante; será también la segunda luna llena en un mismo mes, lo que se conoce como “Luna Azul”; y, finalmente, será totalmente eclipsada por la sombra de la Tierra, fenómeno que no se verá desde España, pero que, como sucede en todos los eclipses, hará que el satélite adquiera una luz misteriosa: durante el eclipse, la atmósfera de la Tierra dispersa la luz azul y verde y deja pasar la roja, de tal manera que la Luna se verá así, roja: una Luna de Sangre. Es decir: será una Superluna de Sangre Azul… ¿Quién podría resistirse a algo así? Será cosa de buscarla en el momento en que asome su enigmático rostro, de intentar cazarla con el teleobjetivo, de entregarse al misterio de su majestad.

Son tiempos para estar atentos al cielo.