martes, 17 de octubre de 2017

Polidori

John William Polidori (por F. G. Gainsford)
National Portrait Gallery, London

Ha sido una de mis historias literarias preferidas desde que tenía menos edad aún que sus lejanos protagonistas: ocurrió en junio de 1816, en una mansión suiza enclavada a la orilla del lago Lemán: Villa Diodati. Aquel año, el volcán Tambora, en Indonesia, junto con un acentuado mínimo solar, suprimieron el verano. Encerrados a causa de una sucesión de días y noches de tormenta, un grupo de jóvenes leía en voz alta historias de fantasmas para vencer el tedio. Eran el poeta Lord Byron, de veintisiete años, su entonces médico personal, John William Polidori, de veinte, el también poeta inglés Percy B. Shelley, de veintitrés, y quien aún no era esposa de éste pero sí su amante, Mary W. Godwin, de tan solo dieciocho. Fue Byron quien propuso que cada uno de ellos escribiera su propia historia de espectros y aparecidos. De aquel desafío surgirían dos de las figuras esenciales de la literatura de terror: el monstruo de Frankenstein, que le proporcionó a Mary Shelley la inmortalidad tras la publicación de su novela dos años después, y el vampiro, surgido de la imaginación de Polidori, pero que no le trajo a su autor gloria alguna: titulado así, El vampiro, el relato se publicó 1819 (setenta y ocho años antes que el Drácula de Bram Stoker) sin su consentimiento y atribuido a Lord Byron, quien se apresuró a desdeñarlo como obra ajena y mal escrita.

Tal vez no hubiéramos sabido nunca acerca de aquella velada en Villa Diodati de no ser porque Mary Shelley se refirió a ella en el prólogo de su Frankenstein; or, The Modern Prometheus. También Polidori escribió sobre el asunto -más o menos- en su diario de aquellos días, pero quién lo ha leído. De hecho, es posible que tampoco hubiéramos sabido gran cosa del doctor sin ese prólogo, donde Mary le menciona con un compasivo “pobre Polidori” y le imputa para el reto de Byron, falsamente o por olvido, un argumento grotesco sobre una dama con cabeza de calavera que acabó abandonando. ¿Cómo aspirar a ser tomado en serio por editores o lectores después de aquello, después de ser presentado de manera tan ridícula en un libro de tan descomunal éxito? ¿Cómo reclamar la autoría de El vampiro, si el escritor más famoso de Inglaterra ya había menospreciado la obra?

Es John W. Polidori uno de los más desdichados perdedores de la historia de la Literatura. Y sin embargo fue un joven de talento, debió de serlo, pues se licenció en Medicina a los diecinueve años. Y no sólo le interesaba la ciencia: su principal anhelo era alcanzar el éxito también en el terreno de las humanidades. Cuando en 1816 Lord Byron le eligió como el médico que habría de acompañarle en su largo viaje por Europa, Polidori sin duda imaginó que se le habrían los cielos: qué mejor forma de ver impulsada su carrera de escritor que estar cerca del más leído, el más extravagante, el más carismático poeta del mundo. Pero donde esperaba amistad y respaldo, el joven doctor encontró la burla, el desafecto, el trato degradante, actitudes que Byron contagió a sus invitados, los Shelley. Tras ser finalmente despedido, Polidori anduvo rodando de acá para allá un tiempo, publicó sin fortuna algún poema, siguió atrapado en los efectos del opio y acabó suicidándose en Londres, en 1821.

Todo esto lo cuenta Emmanuel Carrère en su novela Bravura, aparecida en España en 2016, aunque publicada inicialmente en 1984. Llevo leída más de la mitad, y aunque me costó entrar en ella ahora estoy ya plenamente enganchado a sus páginas. Es una obra audaz, que juega con el tiempo y hace de Polidori y los personajes de Frankenstein materia de una entretenida intriga literario-policial que salta de comienzos del XIX hasta nuestros días.



En cine, nadie ha contado mejor la historia de Villa Diodati y sus inquietantes derivaciones que Gonzalo Suárez en la excelente Remando al viento, de 1988, una de mis dos o tres películas españolas favoritas, obligatoria para todo estudiante de Literatura que quiera conocer el Romanticismo. José Luis Gómez encarnó a un desasosegado, rencoroso y en absoluto veinteañero Polidori, incapaz de hacerse respetar por aquel a quien tanto admiraba, ese Byron-Hugh Grant que en el lago, de noche, mientras el bote se desliza por la superficie de las aguas envueltas en brumas, interpreta con desgarro un antiguo canto albanés reducido a un largo grito.

Para divertirse a expensas de los mortales”, escribe Carrère, “los dioses eligen a veces a un auxiliar humano que, en consecuencia, se cree instalado en el Olimpo, y cuando los amos se cansan de sus servicios, él se siente un extraño entre sus semejantes”. (Traducción de Jaime Zulaika para Anagrama).



miércoles, 4 de octubre de 2017

Jane y Robert, sus almas en la noche


Supongo que siempre di por sentado que nunca vería al siempre admirable Robert Redford en su ancianidad, que se retiraría antes, como hicieron otros actores, o que sencillamente quedaría detenido en una privilegiada madurez intocada por el más mínimo signo de decadencia física. Es cierto que le he ido viendo hacerse mayor, que en sus últimas películas la edad y la actitud de sus personajes parecen no corresponder del todo con sus movimientos, con su aspecto. Ahora, su feliz reencuentro con Jane Fonda en Our soulds at night, producida por y para Netflix, me sitúa en un plano emocional donde se cruzan lo personal y lo cinematográfico, pues sus ochenta años son los ochenta que también han entrado en mi propia familia, como de golpe, como si cada uno de los setenta y tantos no hubieran estado corriendo hacia ellos.

Que la práctica totalidad de los actores y actrices del cine clásico hayan desaparecido ya (que Kirk Douglas u Olivia de Havilland sean centenarios) es perfectamente consecuente con el recuerdo que conservamos de aquellas viejas películas, tan amadas, por otro lado. Pero uno siente, con un evidente error de apreciación, que Todos los hombres del presidente, por ejemplo, está como ahí mismo, en un pasado para nada remoto, con toda la vigencia estética y rítmica, apenas diferenciable de la reciente Spotlight. En la década de los ochenta vi en el cine, con mi chica de hoy y según iban estrenándose, El mejor, Memorias de África o Peligrosamente juntos. Redford ya había ganado un Óscar como director, y como intérprete (y también como hombre comprometido) disfrutaba de una posición privilegiada que apuntaba a lo que ya es desde hace tiempo, sin duda: una auténtica leyenda del cine. La distancia que media entre La jauría humana y Memorias de África viene a ser la misma que separa, por compararlo con Leonardo DiCaprio, Titanic y El renacido, pero la sensación no es la misma, no sé, como si DiCaprio simplemente fuera avanzando en su carrera y Redford, veinte años después de su irrupción en el cine, encarnara a aquel carismático cazador llamado Denys Finch Hatton ya en el dorado epílogo de la suya y como de vuelta de todo, y eso sin haber cumplido aún los cincuenta años.

Sin embargo, lo cierto es que no ha dejado de hacer películas (afortunadamente), delante y detrás de las cámaras, ni de impulsar el cine independiente desde su célebre Festival, el Sundance. Como actor, aportando siempre a cada película el prestigio de su intocable veteranía, en los noventa y luego en el nuevo milenio, del que hemos recorrido, como el que no quiere la cosa, diecisiete años, los que van de sus 63 a los 80 de este Nosotros en la noche (yo prefiero Nuestras almas en la noche, más literal, pero sobre todo más significativo), donde se muestra ya, abiertamente, como un anciano, sin duda más atractivo que el resto de ancianos con los que se reúne en una cafetería, más apuesto, en mejor forma, pero anciano al fin. Gloriosamente anciano.


Nosotros en la noche, basada en una novela publicada en España con el título así traducido, es una película sencilla y conmovedora. La sencillez es un valor escaso en las películas de hoy, como lo es la hondura en el mensaje, o la propia existencia de mensaje. Aunque realizada para no ser exhibida en salas de cine, tiene una factura impecablemente cinematográfica. Los personajes que interpretan Redford y Fonda no andarían ya descalzos por el parque ni jugarían al jinete eléctrico. Están el final del otoño de sus vidas. Son viudos, viven solos y están apegados a la pequeña y plácida localidad de Colorado donde han vivido, probablemente, desde siempre, y tal vez llevan años sin recordarse a sí mismos esos fantasmas del pasado que enrarecieron sus respectivos matrimonios, una infidelidad, un accidente. Una noche, ella, Addie, llama a la puerta de él, Louis. Se conocen de antes, claro, pero no se han tratado nunca, no de una manera cercana, al menos. Louis la invita a pasar, Addie se sienta en un sillón, la tele está encendida, él se disculpa, la apaga. No tienen mucho de qué hablar, así, de repente. Bueno, ella sí, ella tiene algo que proponerle, y lo hace de forma directa y algo insegura: ¿Querría él dormir con ella por las noches? Nada sexual, solo compañía; solo dos y no uno en la cama.

Me alegro de que el siempre admirable Robert Redford no se retirara, por coquetería o cansancio, y que se haya reencontrado con Jean Fonda. Escribí en un relato que la vejez es en nuestro tiempo una de las formas de la invisibilidad social. Es justo que de tarde en tarde el cine o la literatura se sobrepongan a la tiranía de la juventud, y que lo hagan con una mirada de esperanza.

viernes, 22 de septiembre de 2017

Esas puertas musicales al pasado

Hay canciones que tuvieron un significado muy importante en algún momento de nuestras vidas y que luego, sin saber por qué, dejamos de escuchar durante años, décadas incluso. Un día, una noche, tal vez al calor de un buen vino e iluminados por unas cuantas velas nada más, jugamos con alguien que formó parte de nuestra infancia y juventud a rescatar viejas canciones, y entre todas ellas aparece de pronto esa que desborda los recuerdos más que ninguna otra. Una canción que por no haber sido oída después conserva íntegramente el valor que tuvo, sin que otras experiencias, otras edades, otras circunstancias pudieran añadirle nada más a lo que ya significó, como en una preservación geológica de la memoria, enterrada tal cual en un aparente olvido. Yo fui, fuimos mi hermana y yo, grandes admiradores de Supertramp en nuestra lejana primera juventud. Teníamos varios de sus discos grabados en cintas de casete, y también el libreto a todo color del memorable concierto en París. Desde entonces he seguido oyendo muchas de sus canciones, pero sin saber por qué, ya digo, no, precisamente, la que más nos impresionó entonces; un extenso “tema” que además rondaba el territorio que parecía propio de Pink Floyd, donde largos pasajes instrumentales e inquietantes efectos acústicos anticipaban la voz que después de varios minutos empezaba a contar una historia, no sabíamos cuál, no entendíamos inglés. Esa canción es Fool's Overture, incluida en el disco Even in the quietest moments –del 77, el del piano de cola cubierto por la nieve-, y también en el mítico concierto de París. Hace apenas una semana, con velas y vino y el mar ahí cerca, y siendo ahora mi hermana perfectamente bilingüe, La obertura del loco regresó a nuestras vidas como el mapa del tesoro de nuestra adolescencia, y de pronto se obró el prodigio del viaje en el tiempo, que sí, que es posible, vaya si es posible. History recalls, how great the fall can be, dice en su primer verso: La Historia cuenta cuán de grande puede ser una caída.

Traigo al Loser no la versión original de estudio ni la del directo de París, sino una posterior, con un Roger Hodgson (que junto con Rick Davies lideró Supertramp) ya apartado del grupo, y acompañado por toda una orquesta. Aparece también, cómo no, la breve arenga de Churchill: We shall never surrender.


lunes, 11 de septiembre de 2017

Tras los últimos pasos de Jorge Manrique

Jorge Manrique en Paredes de Nava

Reconozco en mí una marcada naturaleza manriqueña, y no sé cuánto puedan pesar en ello razones geográficas. Mi alma no ha de despertar a la evidencia de lo velozmente que passa la vida, pues es cosa que no deja de asombrarme cada día, y más me asombra aún a medida que voy amontonando años. Vivo instalado en el dolor de comprobar cuán presto se va el plazer, y temo que también a mi parescer cualquiere tiempo pasado fue mejor, y si no cualquier tiempo, sí al menos los tiempos que yo he conocido. No soy de los que se engañan pensando que lo que espero ha de durar más de lo que ya que vi (y viví, y a su tiempo esperé), y no me cabe duda de que más allá de la desembocadura de nuestras vidas todos seremos iguales, de que la frescura de la cara y la ligereza y la fuerça corporal desaparecen al llegar al arrabal de la senectud (¡qué bella y terrible expresión!), de que la vida se va apriessa, como un sueño, tempus fugit.

Pero hablé de razones geográficas –y me callé las que acaso sean más importantes aún: las literarias-. Mis padres nacieron en Paredes de Nava, y los padres de mis padres, y los padres de mis abuelos, y así hasta quién sabe qué generación. En esta noble villa palentina brotó el manantial de la vida de Jorge Manrique alrededor del año 1440 (no se sabe con precisión). Recuerdo que cuando era joven soñaba con encontrar algún día, indagando en archivos y colecciones privadas, alguna obra no conocida hasta entonces de quien es autor del mejor poema –quizá- de la lírica castellana, las Coplas a la muerte de su padre. Estudié Filología Hispánica pensando que el mero hecho de hacerlo me acercaba a la consecución de tal anhelo, pero como me ocurrió más tarde con tantas otras cosas, no fue posible llevar a cabo aquella empresa sin poner en ella un mínimo de voluntad, ah, la pereza, la inconstancia, la ingenuidad, todo ello tan poco manriqueño y sin embargo también propio de mi naturaleza.

Este verano sí he podido llevar a cabo otro viejo propósito relacionado con D. Jorge Manrique, grandioso poeta y aguerrido soldado: visitar el castillo de Garcimuñoz, a cuyas puertas el río de su vida vino a dar al estuario de una herida mortal. ¡Tiempo turbulento el del reinado de Enrique IV! Hijo de D. Rodrigo Manrique de Lara, D. Jorge tuvo siempre como meta no desmerecer la fama de su padre, aquel segundo Cid, maestre de la Orden de Santiago, comendador de Segura de la Sierra y primer conde de Paredes de Nava. En la guerra contra los “moros”, para los Manrique hubiera tenido pleno sentido hablar de Reconquista, pues por sus venas corría sangre de Godos, así de antigua era la nobleza de su linaje. Pero la batalla en la que perdió la vida a los 39 años no se libró en la frontera con el reino nazarí de Granada, sino en los campos de Cuenca y como parte de una de tantas guerras civiles que han asolado nuestra historia. Fue la suya época de conspiraciones, de farsas en que se derrocaba a un rey en efigie y se entronizaba a otro, apenas un niño, hermano del rey indeseado. Dos reyes en Castilla y una hija del primero de ellos, Juana, a la que una parte de la nobleza le negaba legitimidad. Muerto repentinamente el niño rey Alfonso -“el innocente”, en las Coplas de Manrique-, sus partidarios abrazaron la causa de su hermana Isabel, quien ya sin farsas subió al trono a la muerte de Enrique. Pero la guerra entre unos y otros continuó.

Castillo de Garcimuñoz

Puerta del castillo

Nombrado capitán de la Hermandad del Reino de Toledo por los Reyes Católicos, Jorge Manrique pretendió rendir el castillo de Garcimuñoz, del que era señor su enemigo, el marqués de Villena. Era en la primavera de 1479. D. Rodrigo Manrique había muerto apenas tres años antes. Jorge Manrique cae en una emboscada frente a la fortaleza, sus tropas y las del marqués entablan combate, D. Jorge lucha contra el capitán Pedro de Baeza, y en la desordenada refriega de tantos hombres embravecidos, a pie unos y a caballo otros, una lanza le entra al poeta por los riñones. Se le traslada a la cercana localidad de Santa María del Campo Rus. Entre sus ropas, escrito en papeles ensangrentados, sus últimos poemas, dos coplas no contabilizadas entre las dedicadas a la muerte de su padre (“¡Oh, mundo!, pues que nos matas…”, empieza el primero). El marqués de Villena le envió a dos de sus cirujanos, que nada pudieron hacer tampoco para salvarle la vida.

Uclés, que fuera en su tiempo cabeza de la Orden de Santiago, dista 66 kilómetros del municipio de Castillo de Garcimuñoz. Allí se alza un monasterio al que merecidamente se conoce como El Escorial de La Mancha, y que impresiona ya en la distancia. Tan solo unas décadas antes de ser construido, Jorge Manrique fue enterrado en la capilla del convento que entonces formaba parte de la gran fortaleza, junto al sepulcro de alabastro bajo el que reposaba el cuerpo de D. Rodrigo (“Aquí yace muerto un hombre / que vivo dejó su nombre”). La tumba del poeta estuvo cubierta tan solo por una losa negra. Cincuenta años más tarde se dispuso la construcción en aquel mismo lugar de un gran monasterio, el actual. Los restos del padre y del hijo se trasladaron a su iglesia, y fueron enterrados bajo sendas losas, leyéndose en la que cubría al poeta: “Aquí yace Jorge Manrique, el que hizo las Coplas". En 1809 las tropas francesas saquearon el monasterio, aunque no es seguro que fuera entonces cuando se perdieron los huesos de los Manrique. A quien visita hoy el imponente monasterio de Uclés se le indica que, en efecto allí, está enterrado el poeta, pero que nadie sabe dónde.

Monasterio y fortaleza de Uclés

Monasterio de Uclés

¿En qué lugar de esta iglesia del Monasterio reposan
los restos de Jorge Manrique?

La Edad Media resbalaba hacia el Renacimiento cuando Jorge Manrique escribió y luchó y amó. Fue época de “huestes innumerables”, de “pendones, estandartes e banderas”, de “castillos impugnables” de “muros e balüartes e barreras”, pero también, como señala Antonio Serrano de Haro en su magnífico libro Personalidad y destino de Jorge Manrique (1966), “Era aquel un mundo fantasmagórico y divertido, lujoso e inmoral. Oscilante luz de hachones. El vino circulando en ricos vasos. Manjares muy condimentados con especias. Perfumes intensos. Juegos de manos. Ingenio, requiebros y proposiciones. Danzas. Y un fondo musical de ministriles y cantores”. 

La primera palabra de las Coplas es “Recuerde”, la última “memoria”. Garcimuñoz y Uclés serán ya para mí, manriqueño por carácter y geografía, lugares inolvidables.


Fotos: JFH

martes, 8 de agosto de 2017

Eclipse

21:05 h. Tomo posición en la ventana del dormitorio, observatorio privilegiado aquí en las alturas, desde donde esperaré la salida de la luna. Se supone que esta es la hora, y confío en que un golpe de suerte la haga aparecer justo tras esa franja de horizonte montañoso no ocultada por los edificios. En cualquier caso, mi compañera de observación, situada en un mejor emplazamiento (a unos pocos kilómetros, en lo alto de un acantilado, ella puede ver la ciudad completa y, detrás, adentrándose en el mar, el Cabo de Gata), me dará aviso: es una operación a la vez solitaria y conjunta.

21:15 h. Sin rastro de la luna llena, que esta noche estará anaranjada a causa del eclipse: es Luna de sangre. Sin duda ya es visible, pero no para mí. Tal vez una formación de nubes bajas nos dificulte la experiencia.

21:25. Mi compañera de observación me envía al móvil la primera foto. Es raro que yo no pueda verla aún, pues ya está algo elevada. Calculo la posición que ocupa en la fotografía, miro mejor el cielo, y, ¡diablos!, si está ahí, cómo no la he visto hasta ahora. Ha jugado al escondite con una chimenea de ventilación. Pero ahí está. Cojo los viejos prismáticos paternos de doce aumentos y la Luna se me revela cercana en todos sus hipnóticos detalles, perfectamente iluminados a pesar del tono rojizo que le imprime el eclipse: el juego de matices claros y oscuros de su superficie, las manchas de los llamados mares, los amplios continentes argénteos más elevados, los cráteres, Tycho, sobre todo. Aviso a mi hija y le paso los binoculares. Mira ella también y luego me los devuelve. Vuelvo a ser yo quien la observa de cerca, tan nítida, tan rodeada de oscuridad creciente. Me fascina la rotunda evidencia de su condición esférica, sólida, como flotante, y apenas me paro a considerar hoy todos esos misterios que la envuelven, las características extrañas que ponen en cuestión lo que la astronomía oficial nos dice de ella: lo asombroso de su enorme tamaño en proporción con el de la Tierra, de la que es satélite; el hecho de que siempre nos muestre la misma cara, a pesar de que también gira alrededor de sí misma (por más que leo y releo sobre la sincronicidad rotatoria no acabo de entenderlo); su órbita circular, y no elíptica; que todos los cráteres, desde los más pequeños a los más grandes, tengan más o menos la misma profundidad, no demasiado acentuada; lo increíble que resulta que la precisa combinación de su diámetro, la distancia al Sol y el diámetro de éste haga posible que en los eclipses solares totales el tamaño de una coincida exactamente con el tamaño del otro para ocultarlo. Por cierto, que este eclipse lunar que contemplo es el primer paso de un baile de sombras en el que participamos los tres, estrella, planeta y satélite, este mes de agosto. En apenas 14 días, el día 21, será la Luna quien se interponga para tapar al Sol, en un eclipse que sólo será visible, como total, en Estados Unidos, una mancha oscura que cruzará el país a 1.700 millas por hora, desde la costa Oeste a la costa Este en diagonal descendente. Tomo la cámara. No tengo trípode, y el peso del teleobjetivo hace que me resulte más difícil mantenerla inmóvil. No será una foto perfecta, pero será mi foto del eclipse.




Foto: JFH

lunes, 31 de julio de 2017

Despedida en clave de Julio


Es como tocar la boca de la ciudad a la que amas, caminando despacio y mirándolo todo: como tocar el borde de su boca, como ir dibujándola con tus pasos y tus ojos, como si por primera vez la boca de esa ciudad se entreabriera, y te basta recordar que estás despidiéndote de ella tal vez para siempre, o que lo harás en apenas un par de meses, para deshacerte por dentro y recomenzar a llorar. Uno hace nacer cada vez la ciudad que ama, y su boca de calles que se abren a tu deambular, calles que se desearía no perder nunca y que tus pasos y tus ojos eligen y dibujan en el plano de la nostalgia, cartografía de calles elegidas para tu nacimiento hace ya tanto, perdidas luego, recuperadas una o dos veces al año siempre, y que tal y como sabías que ocurriría algún día coincide exactamente con las calles que no sonreirán más por debajo de las que mis pasos y mis ojos dibujan.

Oh, Julio, cómo imaginar que aquel capítulo siete con que me atrapaste para siempre en tu rayuela me serviría algún día para despedirme de mi ciudad amada, para llorarla antes de lo que esperaba, de repente. Las ciudades no corresponden al amor que se las tiene más que cuando sabemos mantener vínculos con sus gentes, de otro modo son este cíclope indiferente que no me dirige la mirada, son edificios que seguirán habitados, teatros que anunciarán año tras año el programa de obras para las fiestas, monasterios góticos tras cuyos muros dicen que le crece el cabello y las uñas a un Cristo de madera, puentes de hierro, o mayores, o puentecillos romanos donde tardará en inscribirse mi silueta ya no tan delgada, pero eso es otro número de la rayuela, palacios de Diputación en cuyos patios seguirá sonando todos los veranos música a cielo abierto, gárgolas catedralicias sujetando cámaras de fotos, cigüeñas que están o no están, depende de la inutilidad de quienes se dicen protectores del medio ambiente, criptas visigodas. Mi ciudad se va de mí, no yo de ella, me deja perdido, sólo queda un último acto, y yo ya siento temblar esa fecha contra mí como una luna en la superficie del río Carrión, por donde, según aquella rumba, pasaba un submarino cargado de borrachos y todos palentinos...







jueves, 6 de julio de 2017

Shane


Es imposible saber qué le ocurrió a Shane allá, en el lugar de donde quiera que venga, o en la sucesión de lugares de los que se haya marchado camino, ahora, de cualquier otro sitio donde no haya estado antes. Huye de ello: no precipitadamente, no con miedo, no como acuciado por una persecución. No temiendo la muerte, por ejemplo, al menos no la suya.  Acaso sí las que sin poder evitarlo acaba por provocar. Es un hombre emocionalmente cansado cuando llega al valle, solitario, errabundo, con una marcada expresión de melancolía en la corta sonrisa. Lo que sea aquello de lo que huye, la suma de sus pasados violentos, le impulsa instintivamente a buscar el revólver si de pronto se produce un ruido, incluso allí, en la granja de los Starrett, buena gente, campesinos intentado echar raíces en tierras que los rudos ganaderos que les precedieron consideran suyas. Por qué no aceptar quedarse un tiempo con ellos, trabajar en la cerca y en los sembrados, ayudar a talar ese viejo tocón con el que Joe Starrett lleva batallando más de dos años. El pequeño Joey es un chico despierto, y ella, la madre, Marian..., bueno, su voz fue lo primero que oyó cuando se acercaba a la granja montado en su caballo: para él, antes que a una familia, aquella granja estuvo ligada a una bella canción.

Es bien sabido que Shane (George Stevens, 1953), o Raíces profundas, como se tituló –felizmente, a mi juicio- en español, está contada a través de los ojos de un chico, Joey Starrett (Brandon De Wilde). Se trata de uno de los más célebres casos de narración subjetiva en cine: son sus ojos los que ven llegar al desconocido en el primer plano de la película y sus ojos los que le ven marchar en el último; los que asisten a la tumultuaria pelea en el bar de Grafton, en la que su padre y Shane vencen a un número muy superior de rudos cowboys, y también los que contemplan por debajo de una puerta batiente el duelo final. De su creación es, por tanto, la imagen legendaria que nos queda de ese pistolero en busca de redención interpretado por Alan Ladd, incluido el arabesco giratorio que realiza con el revólver antes de enfundarlo tras matar a dos hombres (esa huella imborrable que es el asesinato). Pero nosotros vemos más, vemos la soledad en su rostro, vemos las miradas que se cruzan él y Marian Starrett (Jean Arthur), la compenetración en el baile, la aceptación por parte de Joe Starrett (Van Heflin) de una situación para la que no encuentra culpables, al fin y al cabo ella es la chica más honesta con la que ha vivido; vemos la renuncia de Shane, que nunca fue un cobarde, o quizá sí, quién puede saberlo, no lo deja claro bajo la lluvia y enmarcado por el ventanuco del dormitorio del niño: sería largo de contar, Joey (It’ a long story, Joey). Vemos, en fin, su condición de perdedor donde el muchacho ve la invencibilidad de un gigante.


Todo sucede al otro lado de las montañas, que aquí, en el valle, es este lado de las montañas, donde una forma muy elemental de civilización lucha contra el espíritu de conquista que empujó a los primeros hombres blancos a arrebatarles aquel territorio a los indios. Es un valle fértil: la geografía juega un papel fundamental en la película, y la textura del sonido, y la madera, ese material a medias entre la naturaleza y la mano del hombre: de madera son las granjas y casi todo lo que contienen, y las cuatro o cinco edificaciones a las que llaman pueblo, todas levantadas a un solo lado, sin calle propiamente dicha, con el bazar y el bar de Grafton dominando el conjunto, y un hotel, y una herrería, y lo que parece una peluquería; de madera son los troncos con que están construidas las paredes y el tejado, y las tablas del suelo, y las puertas batientes, y las escaleras, y los toneles, y los estantes, y las cercas. A veces madera podrida, como en algunas sillas que se desbaratan contra una espalda; a veces de la mejor madera de la que puede estar hecho un hombre.

Dicen que Jack Wilson (tenebrosamente magnético Jack Palance) viene de Cheyenne, que es un pistolero contratado por los Ryker para acabar con quienes ellos llaman intrusos, no colonos. Pero es la muerte, en realidad, que le da alcance a Shane. Wilson, rápido, muy rápido con el revólver, enjuto como la propia vieja dama, oscuro como la sombra de sí mismo, lento, de ojos hundidos y risa cadavérica, capaz de eternizar el momento de un disparo después de haber desenfundado antes, como para que el pobre diablo que acabará tendido en el barro tenga tiempo de pensar en su muerte. Shane conoce a Wilson, pero Wilson no conoce a Shane. ¿Quién es, entonces? Aquel tipo que llegó vestido como un trampero, con una cartuchera de gruesos remaches de plata y un revólver también plateado y de cañón largo, la funda a la cadera para que al sacar quede ya en posición de disparo, ¿quién diablos es? Imposible saberlo.


Hace tiempo que acepté que George Stevens es el director de cine al que más admiro, por pura lógica: varias de mis películas favoritas llevan su firma, empezando por Un lugar en el sol y Gigante. Raíces profundas es uno de los westerns que más amo, por esa carga de poesía en imágenes que destila cada plano. Esa mezcla de aparente sencillez y hondura poética y psicológica fue resumida en una frase por el historiador Edward Countryman, quien escribió que Shane no es más que una película del oeste en la misma medida que Romeo y Julieta no es más que una historia de amor... La fotografía de Alan Ladd está colgada en las paredes del Loser junto a la de Tom Doniphon, no porque el actor resista una comparación con John Wayne (aunque la imperturbabilidad interpretativa de Ladd encuentra su razón de ser en este personaje), sino porque ambos personajes son hombres de puerta batiente, capaces de disparar contra el pistolero más rápido, salvando con ello al hombre que sin duda habría muerto en el duelo y renunciando, al mismo tiempo, a la mujer que aman.

Cuando yo era niño, la escena final de Raíces profundas, con la voz de Brandon De Wilde resonando en el valle mientras la figura del buen pistolero se empequeñece camino de otras montañas (¡Vuelve Shane, mamá te aprecia!) estaba entre las más recordadas de la historia del cine. Por películas así nos convertimos algunos en carne de celuloide.