sábado, 21 de enero de 2017

Episodios Nacionales, primera serie (III): las ciudades sitiadas

Episodio de la defensa de Zaragoza frente a los franceses
(El Pilar no se rinde)
, de Federico Jiménez Nicanor

Las anotaciones surgidas de mi lectura de los Episodios son tantas que apenas sé cómo darle a esto que escribo sobre la gran obra de Pérez Galdós la forma de una reseña más o menos breve, que motive a quien lo lea a acercarse a ella, si no lo ha hecho ya, naturalmente: hablo tal vez con esa tonta excitación de los descubridores tardíos, que habiendo sido deslumbrados por las excelencias de lo que conoce ya casi todo el mundo pretende ser quien las comunique más ardorosamente. Si tan siquiera fuese capaz de elegir un momento significativo, una sola escena, de cada una de las novelas…

En Bailén sería, por ejemplo, el de los preparativos de la batalla, el canto de los gallos sorprendiendo a las tropas dispuestas ordenadamente para el combate, las tinieblas atenuándose en la progresiva claridad del amanecer, el sonido de las primeras detonaciones aisladas que anuncian lo que será, la visión creciente de las filas de soldados, de los rastrojos, de las bayonetas. En Napoleón en Chamartín, la forma en que nos es presentado Bonaparte, el causante de todo aquello que sacude la península y el continente entero; es un puro recurso cinematográfico anticipado: hay una atracción fatal por el temible emperador, por su aura de invencibilidad, por su dimensión histórica, al punto de que Araceli describe tan solo su sombra tras una cortina, recortada en una ventana al otro lado de un patio: un cuerpo rechoncho y de cabeza redonda, unos movimientos inconfundibles de sus brazos...

En Zaragoza se detalla la más brutal contienda que haya existido jamás: se guerrea no barrio a barrio, ni siquiera calle por calle o casa por casa de la capital aragonesa, sino de una habitación a otra, día tras día, semana tras semana: suena la piqueta en una pared, se abre un hueco y el ejército francés y los vecinos de Zaragoza se arrojan unos contra los otros encarnizadamente en el mínimo espacio de un comedor o un dormitorio, a tiros, a la bayoneta, con puñales. “Trabajillo ha costado echarles de la alcoba”, dice una heroína, “y ahora están disputándose la mitad de la sala, porque la otra mitad está ya ganada. No nos quitarán tampoco la cocina ni la escalera. Todo el suelo está lleno de muertos”. En Gerona –único episodio no vivido ni narrado por Gabriel Araceli-, el sitio a la ciudad catalana es de otra naturaleza: por hambre; y las consecuencias son aún más terribles, al extremo de que quienes las padecen desearían el cuerpo a cuerpo de los asedios a sangre y fuego: en la locura de los estómagos vacíos no cabe el heroísmo, y nada podría ilustrar mejor esta angustiosa situación que la pelea por atrapar, para comérselo, al gordo «Napoleón» de un ejército de ratones.

Juramento de la Cortes de Cádiz en 1810, de José Casado de Alisal
Cádiz es la octava novela de la serie: bajo las bombas que tiran los faraones en su cerco a la ciudad, nacen las Cortes gaditanas, y una jovencita de familia principal burla el encierro al que su tiránica madre tiene sometidas a sus dos hijas para asistir a una de sus primeras sesiones, sin entender nada pero excitada por el espectáculo político, que le “gusta tanto como los toros”. En Juan Martín el Empecinado, la novena, no menos divertida es la escena en la que el más importante guerrillero de la península intenta, en su condición de general, dictar un parte sobre la última y victoriosa escaramuza de su ejército sin que se note en su redacción que es un hombre de campo, sin estudios, y las palabras populares le brotan de forma natural, y las corrige irritado.

De La batalla de los Arapiles podría destacar la desmesura sangrienta del combate, y sobre todo esa feroz pugna entre Gabriel Araceli y un soldado francés por hacerse con una insignia imperial, un águila dorada en el extremo de un asta; pero por lo que a mí respecta, la última novela es sobre todo un personaje, al que de dedicaré la siguiente y definitiva entrega.

miércoles, 18 de enero de 2017

Episodios Nacionales, primera serie (II): de la derrota de Trafalgar a la victoria en Bailén

Le «Redoutable» à Trafalgar, Louis-Philippe Crépin. Musée national de la Marine

En la última novela de la primera serie de los Episodios, La batalla de los Arapiles (1875), Gabriel Araceli, un joven oficial de 21 años, se presenta voluntario para una misión de espionaje en Salamanca, estratégico enclave tomado por los franceses. Para hacer valer sus méritos ante el general Wellesley, futuro duque de Wellington, quien está al mando del ejército anglo-hispano-portugués, enumera alguna de las peripecias bélicas por las que ha atravesado hasta entonces: asistió, con tan solo 14 años, a la batalla de Trafalgar, a bordo del Trinidad; en Madrid participó más tarde en el levantamiento del 2 de mayo y fue fusilado en Moncloa, combatió en Bailén, estuvo en las barricadas que pretendieron impedir la toma de la capital de España por parte de las tropas imperiales bajo el mando del mismo Napoleón, en diciembre de 1808 luchó en el segundo sitio de Zaragoza, y luego en la defensa de Cádiz, y formó parte, igualmente, de la partida de guerrilleros acaudillada por el Empecinado. Se trata, en cierto modo, de una síntesis de los prolegómenos históricos de la Guerra de la Independencia y de su desarrollo hasta ese momento, julio de 1812, tal y como el propio Araceli, protagonista de esta serie y narrador de nueve de las diez novelas que la componen, la ha vivido. Falta en la relación el que es hilo conductor de toda la historia, su sostén romántico, el amor de Gabriel Araceli por Inés, a quien conocemos primero como pobre costurera en Madrid y luego como hija secreta de una condesa, y cuyos atribulados pasos habrá de seguir de un lado a otro de España nuestro protagonista durante más de dos mil páginas.

Ya la lectura de Trafalgar (1873) supuso para mí el reencuentro con la novela de aventuras marítimas y el inevitable recuerdo de La isla del tesoro (1883), de R. L. Stevenson, novela fundacional de mi pasión por los libros. Algo hay en Gabriel Araceli, y así se ha escrito más de una vez, de aquel grumetillo llamado de Jim Hawkins. Aquí nos encontramos en 1805 con un picaruelo de Cádiz que al quedar huérfano entra como criado en la casa de un capitán de la Armada retirado. Ante los preparativos de la que luego será batalla de Trafalgar, el capitán decide enrolarse y llevar consigo a Gabriel, y es así como asiste desde el buque insignia a la gran derrota naval. Es la primera de una innumerable cantidad de aventuras y desventuras que le harán curtirse como hombre y evolucionar como personaje literario.

La corte de Carlos IV (1873) es una novela de intrigas palaciegas, de conjuras entre poderosos, en las que Gabriel se ve envuelto no sin cierta repugnancia, pero también con una inicial y muy nuestra voluntad de medrar, de “adquirir honores y destinos. En esto he reconocido después la sangre española. Siempre hemos sido los mismos”. Entre una muchedumbre de personajes, históricos e inventados, aparece por primera vez no solo Inés, sino también la condesa de X, fundamental en esta turbulenta historia, viuda, de unos treinta años, cuya identidad real esconde el narrador bajo el nombre de Amaranta, y a quien describe de este modo memorable: “Amaranta era  no  una  mujer  traviesa  e  intrigante,  sino  la intriga  misma,  era  el  demonio  de  los  palacios, ese temible espíritu por quien la sencilla y honrada historia parece a veces maestra de enredos y  doctora  de  chismes;  ese  temible  espíritu  que ha confundido a las generaciones, enemistado a los pueblos,  envileciendo  lo  mismo  los  gobiernos despóticos que los libres; era la personificación de aquella máquina interior, para el vulgo desconocida,  que  se  extendía  desde  la  puerta de palacio, hasta la cámara del Rey, y de cuyos resortes,  por  tantas  manos  tocados,  pendían honras, haciendas, vidas, la sangre generosa de los ejércitos y la dignidad de las naciones…”.

El 3 de mayo en Madrid o "Los fusilamientos", Francisco de Goya. Museo del Prado

En El 19 de marzo y el 2 de mayo (1873), Gabriel presencia el Motín de Aranjuez, que supuso la caída del primer ministro Godoy, y a través de su experiencia Galdós hace una crítica feroz de las acciones violentas llevadas a cabo por la turba, que cree seguir los dictados de su voluntad y no obstante está siempre hábilmente manejada desde mucho más arriba. El pueblo se convierte en populacho y asalta el palacio del llamado Príncipe de la Paz. Araceli pasa sin saber cómo de testigo a actor involuntario, y entre el resplandor de las llamas y el ruido de los destrozos, casi arrastrado por un amigo, abriéndose paso entre energúmenos, entra en el palacio y sube a las habitaciones. En plena orgía de destrucción, toma en brazos un reloj para lanzarlo por la ventana, como hacen todos con todo, temiendo que noten en él una “falta de entusiasmo” en la devastación tumultuosa: “cogí un reloj de bronce y al llevarlo sobre mí sentía el palpitar de su máquina. El pobrecillo andaba, vivía…”. “Ya habrá visto el rey si se puede o no se puede”, dice, ufano, uno de los revoltosos cuando todo ha pasado.

Frente a este amotinamiento del vulgo, “primera página de nuestros trastornos contemporáneos”, el levantamiento del pueblo de Madrid contra los franceses el 2 de mayo es espontáneo. Galdós lo narra de forma vivísima, con una admirable capacidad tolstoyana de mover multitudes, de hacerlas actuar con heroísmo, rabia, horror, miedo agotamiento físico…

A los muchos personajes que ya han desfilado por las tres primeras novelas, a las muchas tramas, también, con las que Galdós va tejiendo su obra, se irán sumando en los siguientes libros muchos más, y a los episodios bélicos les suceden otros momentos de cierta comedia, como para dejar que el lector respire cada tanto un aire menos impuro que el de la guerra. Bailén (1873, también) contiene el más explícito homenaje a Cervantes, cuando los personajes principales cruzan La Mancha camino de Andalucía. Ante la destrucción provocada por el ejército francés en tantos pueblos y ciudades, Araceli dirá: “Parece increíble que los hombres tengan en sus manos instrumentos capaces de destruir en pocas horas las obras de la paciencia, de la laboriosidad, del interés, acumuladas por el brazo trabajador de los años y los siglos”. Pegando el oído a esta prosa, se diría que la influencia de don Benito Pérez Galdós en los escritores españoles actuales cabe en otro cajón de aquella mesa desde la que hablaba Antonio Muñoz Molina: sus propias obras más o menos completas.

Bailén 1808, el precio de la Victoria. Augusto Ferrer-Dalmau 

viernes, 13 de enero de 2017

Episodios Nacionales, primera serie (I)

Benito Pérez Galdós (1843-1920)
A finales de los ochenta le oí decir a Antonio Muñoz Molina, lamentando la indiferencia hacia Miguel de Cervantes mostrada por los nuevos escritores, que la influencia del autor de El Quijote en la literatura anglosajona no cabría en el salón de actos en el que hablaba, en tanto que su influencia en la literatura española cabría, dijo, en el cajón de esta mesa: los Episodios Nacionales de don Benito Pérez Galdós. Aquella afirmación se me quedó grabada, pero no produjo efecto destacable sobre mí, pues yo estaba por entonces bajo la influencia, entre otros, de Julio Cortázar, y Cortázar había escrito un capítulo en Rayuela donde establecía una clara distancia estilística entre Galdós y él, distancia que el argentino invitaba a medir alternando tipográficamente una línea de Galdós y otra suya, dando como resultado un famoso texto que tiene mucho de galimatías. Tiempo después, pero hace muchos años, en cualquier caso, hice una mala lectura de Fortunata y Jacinta, que no logró entusiasmarme tanto como La Regenta, de Clarín, modelo ideal, para el joven que yo era entonces, de novela española del XIX. Y así quedaron las cosas hasta el pasado mes de septiembre.

Durante buena parte del 2016 no quise leer ni novelas ni cuentos. Me sentía hastiado de narrativa de ficción, así que me dediqué sobre todo a ensayos y biografías: de la física cuántica al tantra, del universo holográfico al mítico viaje del explorador Ernest Shackleton a la Antártida, de la Cábala a la disquisición de Harold Bloom sobre los nombres divinos Jesús y Yahvé. La abstinencia literaria resultó demasiado rigurosa, y al final del verano me vi atacado por una desmedida apetencia de novelas. Decidido a darme el mayor atracón posible de ellas, recorrí los primeros capítulos de algunas obras de Hawthorne, de Pereda y de Dickens, un poco tanteando pero convencido, eso sí, de que la cura que necesitaba pasaba por la narrativa del XIX. En algún momento debí de pensar que si se trataba de una grande bouffe literaria nada más apropiado que imponerme el mayor reto: las cinco series de los Episodios Nacionales, cuarenta y seis novelas, una detrás de otra. Como añadidura, ampliaría, además, mis conocimientos sobre la historia de España. Trafalgar, la primera novela, serviría en principio como prueba de fuego. Pero más que prueba, el libro resultó ser un regalo para el lector maduro y desengañado que ahora soy, devolviéndome el placer absoluto por la lectura, como el que se experimenta de niño y de muchacho, cuando las horas pasan volando mientras uno anda perdido entre las páginas, embebido en las aventuras de los personajes, participando realmente de ellas.

Me compré, sin dudarlo, todas las novelas de la primera serie -dedicada a la Guerra de la Independencia- que tenían en la librería de lance a la que acudo con frecuencia: ocho libros, no de una misma colección, sino en ediciones descabaladas, unos usados, otros aún con su precinto de plástico. Los dos otros dos, préstamos bibliotecarios sin opción a anotaciones con lápiz. Ahora sé cuánta verdad había en aquella afirmación de Muñoz Molina, pues no hay otro escritor español más cervantino que Pérez Galdós, y sé también qué equivocado estaba mi adorado Cortázar al juzgar tan burlonamente al escritor canario: cómo me hubiera gustado haber leído estos libros en mi juventud. Y sin embargo, qué joven me han hecho sentir ahora. Terminada esta primera serie, no quiero ya atracón, sino reservarme el goce seguro que esconden las otras cuatro para futuros periodos de hastío: serán medicina, no voluntad de hartazgo.

Qué increíble galería de personajes, innumerables, unos ficticios, otros reales, saltando de una novela a otra o existiendo solamente en una; qué asombrosa capacidad para describir sus atributos morales y físicos hasta lograr que cobren vida ante tus ojos; qué emociones tan distintas y tan vivísimas esconden las escenas íntimas y las de aquellas otras que describen desde dentro multitudinarias batallas, tantas y tan diferentes entre sí, también, qué horror sin límites el de los desastres de la guerra cuando los narra alguien dotado con el don de la elocuencia natural, sin forzamiento, con una sensibilidad tan acentuada, con una capacidad inigualable para la composición de tramas y subtramas. Esta primera serie es a un tiempo una sola novela en diez partes y diez novelas que se suceden y complementan sin dejar de conservar cada una de ellas una identidad propia. Es folletín amoroso, novela histórica, relato de aventuras y estudio psicológico de todos los caracteres humanos. Y yo pretendía escribir sobre esta obra –una quinta parte del total de los Episodios- en una única entrada de bitácora: bien se ve que, burla burlando, va la primera delante sin que haya dicho gran cosa aún. Tratemos de ser más precisos en la siguiente…


Madrid, 1919. Parque del Retiro. Inauguración de la escultura 
dedicada a Pérez Galdós, realizada por el escultor palentino Victorio Macho 
(fuente: MadridLaCiudad)

sábado, 7 de enero de 2017

Apuntes para un regreso

Todo el mundo sabe quién fue Eddie Felson, creo, o quién es, mejor dicho, pues la vida de los personajes de ficción jamás se conjuga en pasado: un grandioso jugador de billar que muy a comienzos de los años sesenta iba de una ciudad a otra timando a incautos y soñando con destronar al campeón. Quiso cambiar su suerte asociándose a un tipo de oscuras intenciones llamado Bert Gordon, que parasitaba el talento de los demás con la única finalidad de hacer dinero, y que resultó ser lo bastante poderoso como para hacer que Fast Eddie, o Relámpago, o Eddie El Rápido, tuviera que abandonar la práctica del billar durante veinticinco años. No sabemos qué hizo Felson durante buena parte de ese cuarto de siglo, pero lo cierto es que en 1986 se dedicaba a la distribución de bourbon, y posiblemente a otras actividades más o menos lícitas. Se había convertido en un maduro y seductor embaucador, y tal vez como recuerdo de los viejos tiempos, o tal vez de una forma más seria, ponía algunos dólares para que ahora fuera otro billarista buscavidas el que tratara de sacarle el dinero a los primos. Hasta que se cruzó en su vida un joven insoportablemente fatuo e inmaduro, pero que manejaba el taco con una explosiva precisión, y el veneno del billar volvió a correr por sus venas. Primero se convirtió en una especie de mánager de aquel muchacho, y después, entre unas cosas y otras, ese veneno le despertó el ansia de regresar a la competición, de acariciar el fieltro verde con el dorso de los dedos, de dominar cada una de las mesas sobre las que inclinara el cuerpo anticipando con la mirada el trazado exacto de las bolas, de engatusar al rival con la conversación y luego vencerlo sin paliativos. Porque estaba hecho para el billar. No se trataba del dinero: ni de su color ni de cuánto tuviera que hablar para ganarlo. Se trataba de la excitación del juego, de cómo le hacía sentir. La última imagen que tenemos de él es la de alguien realmente feliz, que gozosamente, con una sonrisa, proclama: ¡He vuelto!, justo antes de golpear con el taco.

Es ese «Hey, I’m back» que yo he usado más de una vez, la última hace bien poco y por la misma razón que ahora lo traigo aquí. No, no se trata de que vaya a volver a jugar al billar; hace tiempo que no lo hago y temo que sea una habilidad que se pierde por falta de dedicación. En cualquier caso, no estoy hecho para el billar. Digamos que, en mi caso, esa excitación del juego me la ha proporcionado desde niño la invención de una historia y la elección, no siempre sencilla, de las palabras con las que habrá de ser contada por escrito. Estoy plenamente de acuerdo con Julio Cortázar cuando dice que "no se trata de escribir para los demás, sino para uno mismo, pero uno mismo tiene que ser también los demás". Esa excitación que produce inventar y contar una historia no existiría si al otro lado no hubiera quien la escuchase o la leyese. Mi particular He vuelto es un regreso al libro impreso; un reencuentro, pues, con el lector. Cinco relatos bajo el título Las flores suicidas, que la editorial Talentura publicará en el primer semestre de este año; cinco historias que son cinco juegos literarios distintos, pero más ceñidos que nunca a una sensación que sólo con la edad uno empieza a comprender del todo: que los seres humanos somos demasiado frágiles frente a una realidad tramposa y a veces muy dura, y que esa fragilidad está hecha de miedo y de valor a partes iguales, de un inquebrantable amor por los nuestros, de soledades y fantasías, y de anhelos que se escapan de la yema de los dedos apenas, ay, parece que se roza su cumplimiento, y también de una desasosegante sospecha de estar siendo engañados permanentemente.

Sí. I’m back. En este 2017 cuya llama va derritiendo ya la cera de sus primeros días.


viernes, 23 de diciembre de 2016

El Mesías de Händel, la Palabra se hizo música


La Orquesta Ciudad de Almería, dirigida por el gran Michael Thomas, había interpretado ya en otras ocasiones El Mesías de Händel como concierto de Navidad, acompañado siempre no solo por el Coro de la OCAL sino por una pluralidad de coros de la provincia, pero hasta este año la suerte me había sido esquiva y no había podido asistir. Mi primer Mesías ha llegado, en cualquier caso, en el momento más oportuno, bajo circunstancias personales que cargaban la ocasión de una emotividad irrepetible, pues este 22 de diciembre de 2016 alguien muy próximo a mí, a quien quiero mucho, ha visto cumplido un sueño largamente acariciado: participar en la inmortal obra de Händel, ser una más de las voces que desde un coro, y junto con los instrumentistas de una orquesta, obran el prodigio de armonizarse para convertir en música sublime las palabras que para ella tanto significan; ser una voz más en esa voz de “una gran multitud” que el autor del Libro de las Revelaciones, o El Apocalipsis, dijo haber oído “como estruendo de muchas aguas, y como la voz de grandes truenos, que decía: ¡Aleluya, porque el Señor nuestro Dios Todopoderoso reina!” (Ap. 19:6). Enhorabuena, Eva.

Desde luego, no hace falta ser creyente ni saber inglés para emocionarse con este oratorio, pero a través de ella, de Eva, sé que si al amor por la música clásica se le suman esas otras dos condiciones el resultado es una experiencia que trasciende lo corpóreo, que le añade nuevos sentidos a los sentidos conocidos y permite el acceso a dimensiones de espiritualidad que los demás, al menos por ahora, únicamente podemos tratar de imaginar y a veces, en breves destellos de intuición, rozar con la consciencia. Escribe el musicólogo Martín LLade que en la introducción a la primera edición de Messiah, posterior a la muerte de Georg Friedrich Händel, “se señala lo que puede ser el propósito del oratorio, recrear que «En Dios está todo el tesoro del conocimiento y la sabiduría». De modo que la fe en Cristo concede a quien escucha El Mesías la facultad de fundirse con la voluntad del compositor, quien en tan solo tres semanas de arrebatado, extenuante e inspiradísimo trabajo convirtió en música el libreto de Charles Jennens, una selección de textos del Antiguo y del Nuevo Testamento con un hilo argumental: el anuncio profético de la venida del Mesías, la Pasión, Muerte y Resurrección de Cristo, el Juicio Final y la victoria sobre la Muerte y el Pecado.

Stefan Zweig incluyó la composición de El Mesías entre los Momentos estelares de la humanidad, esas pocas ocasiones, dice el escritor vienés en el prólogo de su libro, en que la Historia ve alterado el curso de trivialidades con que se desarrolla y concentra en un instante el equivalente a muchos acontecimientos, de la misma forma que la naturaleza concentra en la punta del pararrayos “la electricidad de toda la atmósfera”. Como una nación necesita engendrar millones de hombres y de mujeres para que nazca un genio, así “han de transcurrir millones de horas inútiles antes de que se produzca un momento estelar de la humanidad”; pero cuando aparecen -el genio y el momento estelar-, perduran en el tiempo y marcan un rumbo durante siglos.

Zweig lo explica así: en agosto de 1741, con 56 años, Georg Friedrich Händel se siente derrotado. Para asombro de los médicos, ha logrado recuperarse milagrosamente de una apoplejía que cuatro años antes le había dejado paralizada la mitad de su enorme cuerpo. Ha sido el anhelo de volver a componer lo que le ha dado energía a su voluntad de curarse. Una vez restablecido, había escrito tres óperas y dos oratorios, pero una serie de circunstancias ajenas a las obras mantuvieron los teatros vacíos. Es, pues, un hombre vencido y endeudado, y cae en un profundo desánimo creativo. El día 21 de ese mes de agosto recibe el libreto para otra obra, firmado por el autor de sus dos últimos oratorios. Händel lo toma como una afrenta, y ni siquiera lo abre. Se acuesta, pero no puede dormir. Al fin sale de la cama y acerca el candelabro a las hojas que ha recibido. El Mesías. Otro oratorio. Y lee las primeras palabras: Comfort ye my people, Consolad a mi pueblo. Y algo despierta en él, como en respuesta a una llamada; y en seguida va surgiendo la música en su mente, acompañando a las palabras que sigue leyendo conmovido y que anuncian al que ha de venir, según proclamaron los profetas: un fuego purificador, la luz que llega para iluminar a quienes habitaban en las sombras de la muerte. Y en el desprecio que sufre el Cordero de Dios por parte de los hombres está también el desprecio del que él mismo es objeto; y la Resurrección, ¿no es, de algún modo, su propia resurrección? “The Lord gave the Word”: el Señor le había concedido la palabra a Jennens, y a él le instaba a elevarla con su música, a extenderla por toda la Tierra, a eternizarla a través de la belleza…

Aquella misma noche empieza a trascribir la música en los pentagramas, y sigue haciéndolo a la mañana siguiente, y por la tarde, y en la mañana y la tarde de los días sucesivos, sin interrupción, ajeno a los acreedores que llaman a su puerta, a las solicitudes de cantantes, a las reales invitaciones, hasta que el 14 de septiembre da la obra por terminada. Acaba de ganar la inmortalidad. Un momento estelar ha brillado “sobre la noche de lo efímero”. El Mesías se estrena el 13 de abril del año siguiente, en Dublín, y el éxito es absoluto. Otro 13 de abril, el de 1737, Händel había sufrido el ataque de apoplejía, y el maestro querrá también morir un 13 de abril, en 1759, cuando, enfermo y ciego, después de dirigir por última vez su Messiah en Londres, como había hecho cada año por Pascua, y cada año destinando los ingresos a fines benéficos –no quiso ganar dinero con aquella obra-, se siente indispuesto y es conducido a su casa. Vivirá, sin embargo, hasta las primeras horas del día 14.

El eco de aquel lejano momento estelar en que nació una de las obras cumbres de la música volvió a resplandecer, solemne, excelso, enaltecedor, la noche del pasado día 22, en el Auditorio Maestro Padilla de Almería, bajo la dirección de Michael Thomas.

Y Eva cumplió su sueño de cantar El Mesías de Georg Friedrich Händel.


Más allá del Hallelujah”: "For unto us a Child is born" (Parte I). King's College, Cambridge Choir. Porque un niño nos ha nacido, un hijo se nos ha dado. Lleva sobre Él el poder de gobernar, y su nombre es: Maravilloso, Consejero, Dios Todopoderoso, Padre Eterno, Príncipe de la Paz (Isaías, 9:6)


FELIZ NAVIDAD

viernes, 16 de diciembre de 2016

Rayuela, primera edición


Hace un par de años, mi gran amigo Miguel me dejó sin palabras al regalarme de pronto, al finalizar un acto celebrado con motivo del Día de las Librerías, su primera edición de Rayuela (Editorial Sudamericana, Buenos Aires, 28 de junio de 1963). Gratitud, esa palabra tan grande, se quedó en esta ocasión muy pequeña para expresar mis sentimientos ante un gesto como aquél. Miguel compró el libro en la capital de Argentina tiempo atrás, en una librería de lance. Le falta la portada, y Miguel imaginó una posible razón para ello: su primer propietario la habría arrancado cuando la dictadura argentina puso en su lista negra a Julio Cortázar y prohibió que se leyera su obra: incapaz de desprenderse de un libro que amaba, aquel desconocido tal vez creyó que hacer desaparecer su famosa portada en negro bastaba para disimular su identidad.

Rayuela es el libro que yo más amo, de modo que tener una primera edición está más allá de lo que me es posible explicar con palabras. Esta novela/contranovela de Cortázar es para mí, desde hace treinta años, una especie de «biblia», no un libro sagrado, entiéndase, no un libro en mayúscula que contenga la palabra de una divinidad o que pretenda imprimir en mi carácter unas creencias o unas normas de conducta. Es mi biblia por la forma en que he seguido leyéndola estos años, ya no pasando de un capítulo al siguiente o de acuerdo con el tablero de dirección situado al comienzo (eso ya lo hice tres veces), sino abriendo por cualquier sitio, al rayuelesco azar, o buscando un pasaje determinado como quien busca (sí, supongo que es así) un versículo, porque me ronda la cabeza y quiero comprobar su literalidad, o simplemente como quien quiere escuchar de nuevo una pieza musical: Rayuela es música tanto como literatura.

Llegué a ella muy joven, después de una apasionada iniciación en la lectura que comenzó más o menos a los diez años y me llevó a devorar en los siete u ocho siguientes libros de aventuras primero y de detectives después. En ese proceso evolutivo de mi vida como empedernido lector, a Raymond Chandler le sucede Vázquez Montalbán y a éste, en algún momento, Cien años de soledad: la novela de García Márquez me fascinó completamente, y al abandonar Macondo quise saber más sobre literatura hispanoamericana. En algún sitio leí que el otro libro más significativo de aquello que se llamó el boom era Rayuela, de Julio Cortázar. Acudí a sus páginas esperando la misma exuberancia expresiva del colombiano, los asombrosos prodigios del realismo mágico, pero me encontré con un libro muy diferente y bastante más complejo. En la biblioteca pública de mi ciudad (seguramente en depósito ya, tampoco la edad de los libros perdona) ha de estar el ejemplar en el que fracasó aquel primer intento de leerla. Pero persistí en Cortázar: adquirí una recopilación de cuentos suyos y ahí sí, ahí ocurrió el deslumbramiento, la revelación, la caída del caballo, si se quiere: a los muy cortazarianos se nos ha tildado alguna vez de adeptos, creyentes, devotos o feligreses de su obra; bueno, será así.

La portada perdida
Fue entonces cuando apareció en los kioscos una colección de grandes obras literarias contemporáneas con el sello de Seix Barral, o para ser más exactos, dos colecciones casi simultáneas: ambas en el momento justo, al menos para mí. Rayuela fue el número 4 de la colección encuadernada en rústica y de color digamos crema pálido, con la firma de cada autor reproducida con letras doradas en la portada. Fue mi primer ejemplar de Rayuela, y con el tiempo me vi obligado a protegerlo con un forro trasparente y adhesivo sólo perceptible en el lomo, donde la curvatura cóncava del uso ha dejado el plástico un poco ahuecado. Al deslumbramiento de los relatos le siguió el de la novela, más acentuado aún porque venía acompañado del desconcierto, porque aquel libro me invitaba a formar parte del proceso de su composición, porque no parecía haber una historia que fuera intrigando al lector con su desarrollo, sino la negación de todas las demás maneras conocidas de contar quién sabe si una historia o varias embarulladas, donde estaban reunidos el juego y la filosofía, el humanismo y el humorismo, donde cada capítulo tenía mucho de fragmento autónomo dentro de una estructura narrativa libérrima, y a uno en tercera persona le sucedía otro en primera, o una carta, o lo que parecía una escena erótica en un idioma inventado, o un bellísimo poema en prosa que leí una y otra vez hasta aprender de memoria, toco tu boca toco el borde de tu boca, o un texto que alternaba una línea de Pérez Galdós con otra en la que el protagonista de Rayuela iba censurando para sí el tipo de novelas decimonónicas españolas que leía su amante; capítulos donde se hablaba tanto de jazz y de buhardillas parisinas, donde moría un bebé, bebé bebé Rocamadour, donde se reflexionaba sobre el propio acto de escribir y de cómo “escribir contra el capitalismo con el bagaje mental y el vocabulario que se derivan del capitalismo es perder el tiempo”, y se hablaba de “incendiar el lenguaje” y de ruptura con los elementos expresivos conocidos, y también de ritmo, de un balanceo rítmico al escribir: se hablaba del swing.

En ese ritmo narrativo-poético netamente musical, en esa libertad jazzística con que Cortázar deja sonar su prosa, en la complicidad que busca lograr por parte de quien abra el libro, en el encuentro con un lector que penetre la obra y no se deje dócilmente penetrar por ella…, en todo eso y en mucho más radica mi especial relación con Rayuela. Con los años compré otra edición, la de Cátedra, con introducción y notas del Andrés Amorós, y en mi vigésimo sexto cumpleaños, tal y como figura en la dedicatoria, otro buen amigo me hizo el regalo de la edición definitiva, la Rayuela total: de la Colección Archivos, bajo los auspicios de la Unesco, editada a partir de un acuerdo multicultural de investigaciones y co-edición adoptado por varios países europeos y latinoamericanos, en edición crítica coordinada por Julio Ortega y Saúl Yurkievich: un libro que contiene no sólo la novela tal y como Cortázar la dio a la imprenta, sino aquellos otros tanteos que dejó reflejados en el manuscrito que se conserva en la Universidad de Austin, Texas, y el famoso Cuaderno de bitácora, o diario de trabajo, que Cortázar regaló a Ana María Barrenechea y ésta editó en copia fotostática, y cinco capítulos descartados en la versión final de Rayuela (incluido el revelador de “La araña”, que estaba destinado a jugar un papel importante en el libro) y casi una treintena de estudios  sobre la obra. Curiosamente, leída hace tiempo la novela en los tres ejemplares, el que sigo manejando para las lecturas y relecturas constantes que llevo a cabo es el primero, con mis anotaciones y mi propia guía de lectura y alguna que otra foto metida entre las páginas y un billete de autobús de Santander que no recuerdo cómo llegó allí pero que en su interior sigue acogido.

Eso sí, aún no lo he leído en su primera edición.

 Julio Cortázar fotografiado por Sara Facio

miércoles, 14 de diciembre de 2016

2016, entre la astronomía y la ciencia ficción (II)

Sin que se haya resuelto aún el misterio de la estrella KIC 8462852 –conocida ahora como Tabby, la estrella más extraña de la galaxia, la que podría estar envuelta por una “megaestructura extraterrestre”-, las noticias sobre posibles señales emitidas por civilizaciones alienígenas son cada vez más frecuentes en la prensa digamos “seria”, para estupor de muchos, y siempre con la subsiguiente multiplicación en los canales alternativos: una potente señal de radio procedente de la estrella HD164595, a 95 años luz de la Tierra, captada por un radiotelescopio ruso, fue tildada de “hallazgo inquietante”. De esto se habló en agosto; en octubre fueron noticia las 234 señales de “inteligencias extraterrestres” detectadas por dos astrónomos canadienses que defienden la posibilidad de que otras civilizaciones estén enviando hacia la Tierra pulsos de láser.

The ExoMars 2016 Mission Imagen ESA


Nunca ha parecido tan alcance del hombre el descubrimiento de vida extraterrestre, o tan obcecado el empeño en encontrarla: la misión ExoMars, un proyecto interplanetario de astrobiología impulsado conjuntamente por la Agencia Espacial Europea y la Rusa, destinado a buscar vida en Marte, entró en una fase de incertidumbre cuando el módulo de descenso se estrelló contra la superficie marciana el pasado 19 de octubre a causa de un error informático. Un mes antes, China puso en funcionamiento el mayor radiotelescopio del mundo, cuyo cometido será buscar “radioemisiones procedentes de estrellas en rincones hasta ahora inalcanzables del Universo y detectar posibles señales de vida extraterrestre”. 

Por otro lado, Stephen Hawking, Mark Zukerberg y un multimillonario ruso, físico teórico, apoyan una aventura de la NASA sumamente excitante que tiene como objetivo un exoplaneta llamado Próxima b, sin duda el primer mundo perteneciente a otro sistema solar al que llegará el ser humano. Próxima b, un planeta rocoso y probablemente cubierto de océanos, orbita la estrella más cercana a nuestro Sol, Próxima Centauri, y a pesar de su vecindad es inobservable a simple vista en el cielo nocturno al tratarse de una enana roja. Los 4,5 años luz que nos separan de él son un ahí mismo si se compara con los 1.400 que dista el que hasta ahora era el mundo más parecido al nuestro. Con la tecnología actual se tardaría entre 30.000 y 75.000 años en llegar a él, pero el proyecto que se desarrolla permitiría, al menos en teoría, cubrir la distancia en tan solo 20 años mediante nanonaves impulsadas por luz láser.

Impresión artística de Próxima b junto con el sistema Alfa Centauri. EL PAÍS


KIC 8462852, o Tabby, volvió a ser noticia en octubre: no solo experimenta eventos muy breves, intensos y aleatorios de pérdida de brillo, sino que además ha ido oscureciéndose poco a poco en estos cuatro años en que se le ha ido observando a través del telescopio espacial Kepler. El Departamento de Astronomía de Berkley va a proceder a un escaneo masivo de la estrella con el mayor radiotelescopio dirigible de la Tierra y a través de cientos de millones de canales de radio individuales. Respecto al aún invisible Planeta 9, que no orbitaría en el mismo plano que el resto de sus compañeros del Sistema Solar, sino con una inclinación de 30 grados, se ha planteado hace poco que sería el causante de una rara inclinación del sol, cuyo eje presenta un ángulo de 6 grados en relación con la perpendicular al plano orbital de todos los demás planetas, y por tanto de un tambaleo del sistema solar, fenómeno que se conocía pero para el que hasta ahora no había ninguna explicación.

Hasta aquí solo una parte de las noticias de astronomía más sorprendentes que se han divulgado en lo que llevamos de año. Salvo excepciones, he omitido nombres de observatorios, de astrónomos, de institutos de astrofísica. También me he ceñido a lo que cualquiera ha podido leer en medios como ABC, El País, Europa Press, La Vanguardia, Público o sus equivalentes internacionales, dejando de lado las fértiles, excitantes y a menudo aterradoras interpretaciones que se hacen en canales más osados –las llamadas teorías de la conspiración-, y que dan unas explicaciones muy distintas de todas estas informaciones que parecen tener un pie en la ciencia ficción pero que se mezclan con la información política, la deportiva, la cultural, la de sucesos, la crónica social… 

En un mundo tan manifiestamente tramposo, quién sabe si en el fondo no estaremos en los preparativos del mayor engaño de toda la historia, hipótesis que incluye también la muy comentada noticia de la famosa orden ejecutiva del presidente estadounidense Barak Obama, de 13 de octubre, publicada en la web de la Casa Blanca, en la que se disponía una serie de medidas encaminadas a preparar al país para eventos de clima espacial de carácter inminente (“impending space weather event”), tales como llamaradas o erupciones solares y perturbaciones geomagnéticas, con el fin de reducir al mínimo sus efectos. Tal orden ejecutiva, que incluye plazos concretos para cada una de las acciones a llevar a cabo, implica a departamentos gubernamentales, instituciones científicas, NASA,  y agencias federales.

Llamarada solar

Para terminar, el 20 de noviembre la prensa se hacía eco de una teoría asombrosa: según el astrofísico estadounidense Caleb Scharf, si no encontramos vida extraterrestre es tal vez porque el Universo entero no es otra cosa que "el cerebro de una raza alienígena hiperavanzada".

Ahora, cuando falta tan poco para que finalice este año, lo que cabe preguntarse es qué nos deparará el que está próximo a empezar en relación con nuevos descubrimientos astronómicos. Nada más excitante que tratar de imaginarlo…