lunes, 29 de mayo de 2017

Carpentier a tiempo

El último libro que me recomendó un gran amigo me ha devuelto al territorio de la literatura latinoamericana, en el que casi tuve fijada mi residencia entre los veinte y los treinta años. “Acabo de releer Guerra del tiempo, de Carpentier. Qué relatos!!!”, me escribió este amigo, y añadió: “Juan, hubo un día en que se escribía”. “Hubo un día en que se escribía, se pintaba, se componía, se hacía cine…”, le contesté yo. “Oui. Incluso se pensaba”, respondió.

En su momento, como digo, devoré las obras de muchos de aquellos irrepetibles escritores  argentinos, peruanos, cubanos, colombianos, uruguayos, mejicanos, todos reunidos bajo una misma identidad latinoamericana y en el marco de un boom literario donde tenían cabida los recién llegados en los sesenta y los que venían escribiendo desde décadas atrás. Yo vivía a caballo entre sus novelas y cuentos y las obras de los autores norteamericanos de la primera mitad del XX, de los que me iba nutriendo igualmente, todo ello sin dejar de atender también lo que hacían los nuevos narradores españoles. ¡Años fecundos en lecturas, sin duda!

Leí infatigablemente, pues, a Cortázar, claro, Julio tan querido; a García Márquez, que con sus Cien años de soledad me abrió el camino a todos los demás; a Onetti, de lenta y exacta palabra, a Rulfo, lacónico genial, a Sabato, a Borges, a Vargas Llosa, a Fuentes, a Benedetti, y más tarde a Daniel Moyano, el de menos fortuna y más sensibilidad, pues no en vano su formación era musical, a Bryce Echenique, de exagerada vida y excelente prosa (solo he conocido personalmente a Moyano, ya fallecido, y a Bryce), algo de Bolaño, cuando lo leyeron todos, con una breve pero fructífera visita a Bioy Casares hace tres años apenas. Me faltaron algunos autores, y entre ellos nada menos que Alejo Carpentier.

La vida –sobre todo si es exagerada - te reserva encuentros tardíos que llegan cargados de nostalgias de lo que no fue entonces pero puede ser ahora. Me hice con Guerra del tiempo cuando ya no había posibilidad de decirle a mi amigo cuánto logró impresionarme el primero de los relatos: Viaje a la semilla. Y aún así se lo dije, de alguna manera –esto mismo que escribo es otra forma de volver a decírselo-, y naturalmente mi valoración se quedó corta y a la vez pareció, también, exagerada: como la vida misma.

¿Puede haber en literatura algo más atrevido que hacer avanzar una historia… hacia atrás? Carpentier logra una obra maestra que crece a cada párrafo en exitoso atrevimiento, y el lector se pregunta, asombrado, hasta dónde podrá llevar su propósito: Un viejo caserón que está siendo demolido empieza a reconstruirse por sí solo, las tejas que habían ya caído ahora se ven “levantadas por el esfuerzo de las flores”, los cirios colocados alrededor de un cadáver velado en su lecho “crecieron lentamente, perdiendo sudores”, la casa se vacía de visitantes, el muerto no se siente bien, transcurren meses de luto por su esposa, quien, al final de la página siguiente, muestra un creciente rubor de recién casada, “cada noche se abrían un poco más las hojas de los biombos”, y después ambos acuden a la iglesia a recobrar su libertad, y los anillos son llevados al “orfebre para ser desgrabados”, y más adelante –más atrás- se celebra un “sarao” para celebrar una minoría de edad, y hay exámenes, y Reyes Magos, y los muebles se hacen cada vez más grandes, y se vuelve a los soldados de plomo… ¿Hasta dónde puede llevar su juego genial Carpentier? ¿Hasta dónde puede burlar el tiempo?

De esto último el escritor cubano da buena muestra en los otros dos relatos, Semejante a la noche y El Camino de Santiago, y, más allá de este libro, en el que he leído después, Concierto barroco, donde es perfectamente posible –real maravilloso, lo llamó el propio Alejo Carpentier- que después de una enloquecida fiesta de carnaval veneciano en la que participan Antonio Vivaldi, Doménico Scarlatti y Jorge Federico Haendel, el sirviente de un indiano que ha participado con ellos de la farra y de la música se quede en Europa y asista a un concierto de Louis Armstrong: antes, despide a su amo en los andenes de la estación, mientras el tren se desliza ya: «-“¡Adiós!” – “¿Hasta cuándo?” – “¿Hasta mañana?” –“O hasta ayer…” –dijo el negro…».

Abierto a cualquier nueva recomendación, avanzo ya, devoto de este autor, por las páginas de La consagración de la primavera. Qué pequeño, que desmañado, qué fácil parece cualquier otro libro de ficción que uno se eche a los ojos al lado de las obras de estos titanes de la palabra, de la imaginación, de la arquitectura narrativa. Qué apuro el dar a estas alturas unos cuentos a la imprenta…

viernes, 26 de mayo de 2017

Entre los carriles de las vías del tren

Los científicos acuerdan que el impacto de la acción del hombre sobre la Tierra es tan profundo que el Holoceno debe dar paso a una nueva época geológica: el Antropoceno. Por qué Pekín está instalando armamento en sus controvertidas islas artificiales del Mar de China Meridional. El Reloj del Juicio Final: ¿por qué un grupo de científicos cree que estamos treinta segundos más cerca del fin del mundo? El hielo del Ártico alcanza un nuevo mínimo histórico en invierno. EEUU lanza sobre Afganistán la bomba no nuclear más potente de su arsenal. Turquía y Estados Unidos elevan la tensión en la frontera turcosiria. Japón despliega por primera vez su mayor barco de guerra para escoltar a portaaviones de EE.UU. Despliegue militar en el Báltico ante la amenaza rusa: España manda carros blindados y cazas. Corea del Norte dice que los vuelos de EE.UU. acercan a la península al borde de la guerra nuclear. China pide a Washington que retire su escudo antimisiles de Corea del Sur. EE.UU. realiza un ensayo con un misil balístico intercontinental. EEUU intercepta por primera vez cazas y bombarderos rusos cerca de Alaska. Stephen Hawking: «Debemos abandonar la Tierra en cien años». Una experta advierte de que glaciares de todo el mundo están desapareciendo. EE.UU. envía por primera vez un buque de guerra a las aguas en disputa con China…

Son titulares de noticias aparecidas en los últimos meses, la mayoría en las últimas semanas o días, en medios como eldiario.es, BBC, El Mundo, Antena 3, ABC, La Razón, La Vanguardia o Europa Press. Están ordenados cronológicamente. Podría haber buscado un cierto efecto  dramático dándoles otro orden, o haber retrocedido más en el tiempo. Ninguna de las dos cosas era necesaria. He comenzado justo en la cuestión del Antropoceno (septiembre de 2016) y he terminado en ayer mismo. El resultado no cambiaría, y me lleva al sentido con el que he usado una cita de Gómez de la Serna para dar título a uno de los relatos de mi libro, y a partir de él al propio libro: «Entre los carriles de las vías del tren crecen las flores suicidas».

La advertencia del astrofísico Stephen Hawking me la envió como mensaje de texto un amigo justo mientras contemplaba las fotografías de Sebastião Salgado para su proyecto Génesis, expuestas en La Rambla de Almería. Imágenes de una belleza sobrecogedora que nos muestran lugares de la Tierra intocados por la acción del hombre moderno, espacios remotos, inmensos y en silencio, excepto por los sonidos -imaginamos- propios de la naturaleza, un río serpenteando entre montañas en la cordillera de Brook, en Alaska, un asombroso iceberg en el mar de Weddell, en la Península Antártica, la cola gigantesca de una ballena franca austral emergiendo fuera del agua en la Península de Valdés, Argentina, grandes dunas entre Albrg y Tin Merzouga, en Tadrart, Argelia, todo como suspendido en un tiempo muy alejado del nuestro, todo como recién creado en su magnificencia, incluso los pueblos primitivos sorprendidos por la cámara de Salgado sesteando desnudos entre palmas en una selva amazónica o mostrando sus adornos labiales en un poblado de Etiopía; incluso los miembros del pueblo nénet viajando en sus trineos tirados por renos al norte del río Ob, en la Península de Yamal, Siberia.

¿Disponemos de solo cien años para buscar otro planeta? ¿Mejor que este? ¿Cuál? ¿Dónde? ¿A qué distancia? ¿En qué naves llegaríamos, si vamos al caso? Es absurdo. Jamás encontraría el ser humano un lugar como la Tierra, y si la hemos herido hasta el extremo de ver amenazada nuestra continuidad… Bueno, eso no diría nada bueno de nosotros como especie, nos convertiría en una plaga, en una enfermedad que se ha adueñado de un cuerpo. Para su propia desventura, claro.

Arte en la calle. Génesis. Sebastião Salgado. Obra Social "la Caixa"
Mirador de la Rambla. Almería. (JFH)

miércoles, 17 de mayo de 2017

Teoría y práctica de la portada

Me refiero a la portada de un libro, claro. Y no la de cualquier libro, sino la de este libro en particular, que no lo será en su estricto sentido hasta dentro de unas semanas, pero que ya ha empezado a asomar su rostro, tanto tiempo reservado a los más íntimos.


Confieso que me gustó su diseño minimalista ya antes de que mi nombre y el título del libro, Las flores suicidas, estuvieran integrados en él, pues la editorial Talentura viene utilizándolo desde 2015 en todos sus libros de relatos, concediéndole a cada uno la identidad de un color distinto. Me intriga esa sencillez conceptual donde la palabra y el signo tienen todo el protagonismo, ese guiño ladeado (al lector) en que se ha convertido el punto y coma según moderna simbología, todo ello blanco y negro sobre fondo que en heráldica sería un esperanzador campo de sinople. Frente a la tiranía de la imagen (puro abigarramiento en anaqueles de librería), pienso que si se pudiera extender la filosofía Feng-Shui a las cubiertas de los libros, el Chi o energía vital circularía a sus anchas en esta, lo que en definitiva constituye la mejor invitación a abrir la puerta y adentrarse en las cinco historias que contiene el libro.

Por lo demás, las cosas del otro lado, que como pulso herido rondaba García Lorca –y luego también, según confesión propia, Julio Cortázar-, han empezado ya a dejarse notar en esta publicación. Hace un par de semanas descubrí casualmente que existe un movimiento social internacional llamado ‘Proyecto Punto y Coma’ (‘Project Semicolon’) que propone el tatuaje de este signo ortográfico como muestra de apoyo a la lucha contra el suicidio y a favor de su prevención. Dicen sus promotores que el punto y coma equivale a una negativa a terminar una frase, siendo esa frase la propia vida. Lo cierto es que en 2015 Talentura, al adoptar este signo en el diseño de sus portadas, no podía imaginar que dos años después enmarcaría un título como el mío, de la misma manera que cuando yo anoté hace veinte años este título para un libro futuro no tenía la menor idea de que alguna vez ese libro sería publicado por Talentura, ni de que llegaría a existir un movimiento llamado ‘Proyecto Punto y Coma’, ni de que la editorial que lo publicaría iba a adoptar este signo como elemento característico de sus portadas sin conocer tampoco, a su vez, la existencia ni del ‘Proyecto Punto y Coma’ ni de mi libro… En fin. A estas cosas le llaman frecuentemente coincidencia, casualidad, azar.

En cualquier caso, para finalizar esta teoría y práctica de la portada dejo un segundo ejemplo de otro feliz minimalismo conceptual: el bookcover diseñado por Adronauts para 1984, de George Orwell (por cierto, que una cita orwelliana juega un importante papel en el último relato de mi libro, el que le da título, precisamente).


viernes, 12 de mayo de 2017

Michael Thomas y Las cuatro estaciones


En un artículo que escribí el verano pasado para un periódico local señalaba que Michael Thomas dirige la Orquesta Ciudad de Almería sin valerse de la acostumbrada batuta, acaso porque así lo hayan pactado sus manos con el violín y el arco: guardar una fidelidad de manos desnudas en la materialización de la música, o quizá para no privar a una de ellas de la libertad de que goza la otra en cada indicación delicada o impetuosa. Frente a los músicos y de espaldas al patio de butacas, la figura de Michael Thomas resulta tan apasionadamente expresiva en los movimientos con los que moldea la armonía que surge de la suma de todos los instrumentos, tan involucrada en cada uno de los instantes de cada una de las obras que la orquesta interpreta, que uno diría que mientras dura el concierto permanece a medio camino entre la presencia corporal y la transmutación en música: Michael Thomas es, en efecto, la música que dirige cuando se crece en la tarima con los brazos alzados, al inclinarse delicadamente para marcar la atenuación de un pasaje, en el perfil atentísimo que nos muestra cuando se vuelve a un lado o al otro para ayudar a matizar la espléndida revelación de los violines o de los chelos.

Esta semana he tenido el privelegio de volver a verlo interpretando, en su condición de violinista solista, Las cuatro estaciones, de Antonio Vivaldi, junto con varios músicos de la OCAL a los que, dentro del mismo programa, dirigió previamente en la Suite burlesca de Don Quijote en Sol mayor, de Teleman. En la palabra interpretación cabe una cuidada puesta en escena acorde con el marco en que tuvo lugar, las XXXIV Jornadas de Teatro del Siglo de Oro de Almería; es decir: un vestuario barroco, luz de velas, versos de Shakespeare relacionados con las estaciones del año, leídos por una actriz en el papel de Anne Hathaway, la esposa del Bardo de Avon –de cuya muerte se cumplieron 400 años en 2016-, y una determinada manera de hacer suyos, de traducir a su propia sensibilidad, los doce movimientos en que están divididos estos cuatro conciertos del compositor veneciano.


A esta obra le debemos muchos el haber aprendido a amar desde niños la música clásica. Naturalmente, la he escuchado infinidad de veces, tres de ellas en directo (Ara Malikian en su espectáculo para niños y el propio M. Thomas en el 2012), y siempre es la misma emoción de recuperar algo que se siente como parte de uno mismo, así de interiorizados tenemos algunos pasajes concretos. A través de Michael Thomas –y a través del conjunto de los músicos que lo acompañan- volvimos a identificar en la primavera el canto de los pájaros, el cristalino rumor de un arroyo, el eco de una tormenta, la plácida siesta de un pastor, la danza campestre; en el verano, un sofocante, denso, fatigoso calor, el canto de la tórtola y el jilguero, los truenos que anuncian tormenta estival, su impetuoso estallido, la oscuridad repentina, los rayos haciendo trizas luminosas el cielo; en el otoño, con la alegría de la cosecha, reconocemos la danza de los campesinos, la embriaguez de uno de ellos, ralentizando con torpeza beoda el arco y desequilibrando al violinista, el sopor del vino, y más tarde la partida de caza, los perros corriendo hacia el bosque amarillo; en el invierno, el tiritar de frío, el calor que se busca golpeando con los pies el suelo, la tormenta de nieve, la lluvia al otro lado de la ventana mientras en el interior danza el fuego en la chimenea, el cuidado con se camina sobre el hielo, el viento tras la puerta al regresar a casa.

Mágica música inmortal, y mágica la interpretación de Michael Thomas y el resto de los músicos de la OCAL. El bis, acabado el concierto, me proporcionó la oportunidad de grabar al intérprete en el trance de desencadenar furiosa y apasionadamente una gran tormenta de verano.




Fotos y vídeo: JFH

viernes, 5 de mayo de 2017

Proximidad de las flores (suicidas)

A Raúl Ariza, que tendió puentes

Este año mayo será el mes de las flores suicidas, casi noto su olor a libro recién impreso, a papel intocado por el polvo. Talentura, la editorial, ¿qué es ya sino una tura añadida a las turas referidas por Julio Cortázar en Rayuela, capítulo 73?: «Nuestra verdad posible tiene que ser invención, es decir escritura, literatura, pintura, escultura, agricultura, piscicultura, todas las turas de este mundo. Los valores, turas, la santidad, una tura, la sociedad, una tura, el amor, pura tura, la belleza, tura de turas»; de este modo queda constancia también de la madre de todas las turas: la aven(talen)tura de editar buenos libros en la España actual.

Vendrá la muerte y tendrá tus pétalos, podría haber escrito Cesare Pavese, caso de tener noticia de las flores suicidas. Por ejemplo, de la flor virginiawoolf, que sin el plomo en los bolsillos se ahoga despacio y a la deriva, como recostada en mullido, húmedo y fresco espejo de la superficie...


... de la flor ofelia, oh «¡Desdichada Ofelia!, demasiada agua tienes ya; por eso quisiera reprimir la de mis ojos…», Hamlet, acto cuarto, escena XXIV, que privada de la razón floral se deja caer al arroyo y abre ondas cristalinas en el cielo reflejado en él, también sin hundirse, melancolía de la levedad sostenida por la trasparencia sin testigos...



… de la flor de acantilado, que se asoma al vacío y en un arrebato decimonónico acaso ceda a la tentación de hundirse esta vez sí, sin remedio, en el aire, de despeñarse, como en aquella sátira al óleo que vimos el pasado verano en el Museo del Romanticismo, en Madrid: inclinar en el borde su delgadez de artista cubierta por blanca camisa, los ojos vueltos, el brazo estirado en el gesto de querer asegurar con el puñal el trabajo que la caída desde lo alto pudiera dejar a medias, ¿no es la corola de la amapola un anticipo de herida?...  


…de la flor que crece entre los carriles de la vía del tren, la flor de la que surge el título del libro, al fin y al cabo, la flor registrada en gregería por Ramón Gómez de la Serna, flor tolstoiana donde las haya…


Volvamos a Pavese: «gente como nosotros, enamorada de la vida, de lo imprevisto, del placer de “contarla”, sólo puede llegar al suicidio por imprudencia».

Qué es el agua, el barranco, las vías del tren, sino la metáfora de una larga imprudencia… Gente como nosotros, todos nosotros, cada uno de nosotros.


FOTOS: JFH

domingo, 30 de abril de 2017

Un apasionado orfebre de la literatura: Miguel Naveros


Con motivo de la publicación de su primera novela, La ciudad del sol (Alfaguara, 1999), Miguel Naveros quiso dejar claro que no había llegado a la literatura a través del periodismo, sino que se trató de un camino inverso. La literatura significa para mí, añadió, una forma de vivir a través de la poesía. De ahí que siempre sostuviera, en público y en privado, que no escribía para nadie, salvo para sí mismo. Con ello quería decir que el gusto cambiante de los lectores no intervino nunca en su trabajo creativo, que no se paraba a pensar en quiénes podrían o no comprar un libro suyo, y que todo el esfuerzo que es necesario invertir en la construcción de ese mundo imaginario que contiene una novela para él sólo estaba justificado por el afán de hacer algo que fuera enteramente del autor, en motivaciones, contenido y forma.

El futuro estudioso de la obra del escritor y periodista Miguel Naveros se encontrará con que toda ella, de algún modo, constituye una unidad coherente donde cada uno de sus libros, y tal vez incluso de sus artículos, es una pieza matizada que le da sentido al conjunto. Ese futuro estudioso desentrañará una urdimbre de remisiones, analizará no sólo la sólida estructura de cada una de sus novelas y relatos, sino también esa estructura mayor que los une. Así, en el poemario Trifase, de 1988, el Naveros poeta asegura que la novela que más de diez años después conoceremos como La ciudad del sol ocupa ya por entonces mil folios, y en Futura memoria, de 1998, unos versos adelantan la que será una de las ideas más conmovedoras de su magnífico libro de relatos La derrota de nunca acabar (Bartleby, 2015): que perder la guerra civil libró a los derrotados de haber sido quienes mostraran “lo más oscuro de la especie humana” (poema “La historia”), permitiéndoles “caminar con la cabeza alta” (relato “El triunfo de la derrota”).

El futuro estudioso de las novelas de Miguel Naveros no sólo advertirá ese juego de alternancias en los títulos: SOL, DÍA, LUNA y -ojalá al fin publicada- NOCHE: de La ciudad del sol a Al calor del día (Alfaguara 2001); de El malduque de la Luna (Alianza, 2006) a esa inédita Amarga es la noche cuya carpintería literaria explicó el autor en un ciclo del Centro Andaluz de las Letras, y que en cierta forma nació a partir del encuentro casual, en un pub de Almería, con uno de los personajes inventados por él para la novela anterior, la bella Thérèse, tal y como desveló, a su vez, en un artículo publicado en La Voz de Almería. Reparará también, ese futuro estudioso, en que la primera novela transcurre a lo largo de casi todo el siglo XX y está narrada a través de diecisiete ejes distintos, en tanto que la segunda ocurre en un solo día y está construida de forma coral, a la manera de La colmena, de Cela, o Manhattan Transfer, de Dos Passos, con la intervención de más de 230 personajes diferentes; que esa primera novela es la crónica de un siglo tremendo, el de la imposición y derrumbe de las ideologías, donde una ciudad del sur llamada Claudia puede ser a Almería lo que Vetusta a Oviedo y a la vez lo que Macondo al mundo: un lugar a medias entre la realidad y la fantasía; y que esa segunda novela hablaba ya de especulación inmobiliaria, de degradación medioambiental y de corrupta complicidad entre política y finanzas varios años antes de que el paraíso de bienestar artificial en que vivíamos se viniera estrepitosamente abajo.

Y llegará el futuro estudioso a su tercera novela, a ese malduque con el que ganó el VII Premio Fernando Quiñones, y se asombrará del contraste entre una prosa torrencial, incontenible, y una estructura narrativa construida minuciosamente mediante un prodigioso entramado de fidelidades sucesivas, de retratos por pintar para una hipotética exposición sobre el gesto humano, de fases de la luna asociadas a las distintas edades de Pedro Luna Luna, el protagonista, y a sus primeros grandes recuerdos, dilemas, certezas e ideas, y a la adquisición ante la vida de la memoria, la razón, la pasión y el olvido suficientes, y también a las ciudades en que todo ello fue posible. Y en La derrota de nunca acabar se encontrará con once cuentos que son once variaciones sobre el tema de la derrota y el exilio, once historias, en parte reales y en parte trabajadas por la imaginación, que son once maneras de experimentar cómo la guerra modifica para siempre el curso de unas vidas, y con una duodécima historia no escrita pero sugerida: la de un niño llamado también Miguel, como los protagonistas de todos los cuentos, que escucha fascinado a los amigos de su padre relatar una y otra vez las mismas historias sobre la guerra perdida, con las que irá alimentando en la infancia su pulsión literaria.

Nunca conocí a nadie que hablara de aquello sobre lo que estuviera escribiendo con un apasionamiento parecido al de Miguel Naveros cuando me desvelaba parte de la novela o los relatos en cuya creación estaba inmerso, porque sus personajes y cuanto les ocurría nunca eran del todo imaginarios ni del todo reales. A una primera redacción fluida y más o menos rápida de cada una de sus obras le seguía una laboriosa corrección que duraba varios años, un ajustar cada párrafo, cada línea, la estructura toda a lo que él deseaba expresar en la forma en que debía ser expresado, una suerte de orfebrería literaria reservada sólo a quienes aman los libros -y sobre todo la lectura- de la manera en que Miguel lo hizo desde niño: una forma de vivir, al fin y al cabo. Quien lo probó, lo sabe.

(Artículo publicado en el cuadernillo especial de La Voz de Almería 
HOMENAJE A MIGUEL NAVEROS, 30 de abril de 2017)

Miguel Naveros, amigo y maestro
(Madrid, 18 de julio de 1956 - Almería 29 de marzo de 2017)

jueves, 20 de abril de 2017

Diálogos de cine: Ángel


Sir Frederick Barker (Herbert Marshall) y Anthony Halton (Melvyn Douglas) hablan en casa del primero de la misma mujer, sin saberlo. La película es Ángel, de Ernest Lubitsch (1937). El guión, de Samson Raphaelson, a partir de la pieza teatral de Melchior Lengyel. Ella, esa mujer, es María para uno y Ángel para el otro; para todos los demás, Marlene Dietrich.

BARKER: Hola, amigo, me alegro de verte.
HALTON: Hola.
B.: Hacía tiempo que no tomaba tantas copas como ayer.
H.: De hecho, yo también tomé demasiadas.
B.: Me alegro de que hayas podido romper tu otro compromiso.
H.: Bueno… Es curioso. Sólo te conozco desde ayer y… aún así…
B.: Me siento igual. Es curioso, ¿no? Vamos a sentarnos.
H.: He estado siguiendo tu causa en los periódicos. Admiro lo que has hecho. Admiro tu valor e inteligencia, y el arrojo con que te enfrentas a tus problemas. Yo… Estoy orgulloso de estar en tu casa.
B.: Gracias. (Enciende un cigarrillo) He estado pensando mucho en ti.
H.: Espero que mi pequeña historia no te haya preocupado.
B.: Es una historia poco corriente. No me importaría leerla en una novela. Pero no me gustaría ser el protagonista. O tenerle como amigo.
H.: Gracias, Barker.
B.: Créeme, un hombre no debería crearse problemas.
H.: Supongo que eso es lo que Bruto le dijo a César cuando César dijo: “Bruto, acabo de conocer a una chica egipcia llamada Cleopatra. Me está volviendo loco”.
B.: Si recuerdo correctamente, César lo superó, ¿no?
H.: Pero Cleopatra no era Ángel. Si César hubiera conocido a Ángel… habría cambiado la historia del Imperio Romano.
B.: Habría caído doscientos años antes.
H.: ¿Qué son doscientos años en la Historia? Veinticinco páginas. Pero una hora con Ángel…
B.: Sesenta minutos.
H.: (Niega con la cabeza) Tres mil seiscientos segundos.
B.: Bueno, me rindo. Siempre es difícil razonar con un hombre enamorado. Me temo que eres un hombre enamorado.
H.: No lo sé. Puede que sea más que amor, o menos que amor.
B.: Bueno, decídete. ¿Qué es?
H.: Es un sentimiento determinado. Un secreto entre dos personas y sólo entre esas dos personas. Algo que no puede… Vamos, ¿nunca has perdido la cabeza por una mujer? ¿No has sentido que podías dejar de buscar, que lo habías encontrado?
B.: Sí. Y vas a conocerla.