jueves, 23 de junio de 2016

Manhattan


                                                                                                JFH

El tipo que regenta la barra de este blog&bar conserva, incluso en su actual naturaleza espectral, la suficiente presencia de ánimo como para elaborar el tradicional cóctel de San Juan mientras al otro lado de las ventanas cerradas arden las pérdidas, como tituló Antonio Gamoneda, y estallan los artificios fogosos, y el futuro político de este país se desbarata entre llamas como el maldito mapa del rancho La Ponderosa... Ah, pero, no, dejemos eso: para olvidarse de cosas así, precisamente, se inventó la refinada liturgia de la coctelería.

Uno diría que en este local todo debiera estar cubierto de polvo y contaminado de silencio, y sin embargo he aquí un vaso mezclador cristalino y una copa de Martini tan pero tan limpia que casi pone la piel de gallina, y allá al fondo, al final de lo que aún no ha sido escrito, se insinúa una música que se elige neoyorkina, como el sabor del bebedizo alcohólico con el que este año agasajamos a nuestros estimados clientes y amigos: el Manhattan, una mezcla del rudo sabor del agua de fuego destilada en los alambiques de Kentucky, el dulzor puramente italiano del vermú rojo y esa ligera huella de amargor que le pone la intriga al ceño fruncido con que se paladea.

¿Es así como sabe Manhattan, el distrito metropolitano por el que todo cinéfilo identifica a la ciudad de Nueva York? Quiero creer que sí, aunque a partir del segundo cóctel, ¿de acuerdo? El primero simplemente te retuerce el brazo detrás de la espalda. Pero el segundo… Ah, el segundo empieza a elevarte ya en el primer sorbo hasta ese plano aéreo con que comienza aquella historia de amor en el West Side, con música de Leonard Berstein y letra de un William Shakespeare metido a redentor de bandas callejeras (“Hay barrios de Nueva York donde no les aconsejaría que se metieran”, le dijo Rick Blain a un comandante nazi en Casablanca); con el segundo sorbito, dado así, con los labios besando el filo de la copa, uno empieza a sentirse un puro cowboy de medianoche, con el tercero llegamos en taxi, al amanecer, hasta el mismísimo escaparate de Tiffany’s, en una Quinta Avenida desierta…

Si tuviéramos que decidir, mediante un meticuloso procedimiento de decantación sentimental, qué ciudad es la más cinematográfica de todas las del mundo, es posible que fueran París y Nueva York las que llegaran a la final, pero no empatadas. Al fin y al cabo, New York-New York es una ciudad cojonuda, ¿no?, it’s a helluva town, lo cantaban Sinatra, Kelly y aquel otro tipo cuyo nombre nunca logré aprenderme. Nueva York es un desayuno con diamantes, es caminar descalzos por el parque después de haber llegado en coche de caballos al Hotel Plaza para pasar la luna de miel, son los astilleros donde a Brando le sacuden a base de bien por no respetar la ley del silencio, es el lugar donde dos agentes de publicidad, hombre y mujer, uno a cada lado de la avenida Madison, comparten pijama después de que él se inventara una estrategia publicitaria nueva: vender un producto que ni siquiera existe; es la ciudad de los marineros de permiso, de los periodistas en blanco y negro que viven mientras duerme la ciudad que nunca duerme; es sobre todo el gran Jack Lemmon metiendo en un sobre la llave de su apartamento para que algún ejecutivo de la empresa en la que trabaja pueda practicar el adulterio entre sus sábanas, o formando una extraña pareja de divorciados con Walter Matthau, o perdido toda una noche en Central Park, o desempleado y prisionero en la Segunda Avenida…



Suma y sigue: Nueva York, lo que nosotros llamamos Nueva York pero no es el Bronx, ni Brooklyn, ni Queens, ni Staten Island, sino estrictamente Manhattan -esa gran manzana depositada en una isla entre dos ríos-, es un rodríguez a la americana contemplando cómo a su tentadora vecina del piso de arriba el aire del metro le levanta las faldas a través de unas rejillas de la acera, es Cary Grant y Deborah Kerr, tú y yo, citándonos en lo alto del Empire State para dentro de seis meses, es esa adorada ciudad que vibra al son de las grandes melodías de Gershwin, mujeres guapas y tipos listos que se las saben todas y Woody Allen dictándole a un magnetófono las razones por las cuales vale la pena vivir (mm, Groucho Marx, por decir una, el segundo movimiento de la Sinfonía de Júpiter, y, mm, Louis Armstrong, las películas suecas, naturalmente, eh, Frank Sinatra, mm, las increíbles manzanas y peras de Cézanne, la cara de Tracy…); es un atado de periódicos cayendo rotundo en la acera desde el camión de reparto y la avidez con que unos jóvenes actores que anoche estrenaron una obra en el off Broadway se lanzan sobre ellos después de pasar toda la noche en vela, celebrando lo que aún no saben si será un éxito o un fracaso de crítica.

Nueva York –Manhattan- es cada uno de los múltiples matices cromáticos del otoño en Central Park, y el colchón que en lo más caluroso del verano resulta casi obligado sacar al balcón, junto a las escaleras de incendio, para poder dormir, y la campanita que un tipo disfrazado de Santa Claus hace sonar en Navidad a la puerta de Bloomingdale's o Macy’s; es la ciudad de los grandes desfiles civiles, San Patricio, Acción de Gracias, el Columbus Day, con todo ese confeti revoloteando en el aire, como cuando regresaron los astronautas del Apollo XI, los que pisaron por primera la luna, esa luna que le dio nombre a un río de más de una milla de ancho al que Audrey Hepburn cantaba susurrante acompañándose con una guitarra, Old dream maker, You heartbreaker 

Empiezo el tercer Manhattan y ni siquiera he dicho todavía cómo diablos se prepara ni quién lo inventó. Ahora sí que el Loser se ha trasmutado en un club de Nueva York, digamos el Blue Bar del Hotel Algonquin. Apoyado en la barra y con la copa ante mí, acaricio distraídamente la pelota de béisbol que esta misma tarde he cazado en las gradas del Yankee Stadium. Y me da por pensar en Julio Camba, ya ven, para quien Nueva York, en los años veinte y treinta, era la ciudad romántica por excelencia, “no a pesar de su brutalidad y de su codicia, sino por ellas precisamente (…), por su culto de las catástrofes (…), por la organización comercial de sus crímenes y la organización criminal de sus negocios (…) por su ilimitación”. “¿Conciben ustedes nada más romántico –escribió- que esto de prohibir las bebidas alcohólicas a fin de elevar a categoría de delito el acto de tomarse un aperitivo’”.

The Algonquin Hotel's Blue Bar
Digamos ya que el cóctel Manhattan se prepara vertiendo en un vaso mezclador repleto de cubitos de hielo dos partes de bourbon, una de vermú rojo y tres golpes de amargo de Angostura (pudiera parecer que unas gotas de este ingrediente aromático no aportan gran cosa, y que podríamos prescindir de él al preparar un Manhattan, pero no es cierto, créanme); conviene tener preparada una copa de Martini llena de hielo –que luego tiraremos-, mientras en el vaso mezclador removemos no más de un par de minutos, lo justo para que el bebedizo se enfríe sin que los cubitos lleguen a aguarlo en lo más mínimo. Se vuelca el líquido en la copa helada y ya sin hielo, y se adorna, dicen casi todas las recetas, con una guinda al marrasquino. En el Loser le ponemos una cereza natural: es una licencia legítima, tampoco conviene ser tan puristas; al fin y al cabo, los Manhattan más célebres de la historia los preparó Marilyn Monroe de la manera más heterodoxa que quepa imaginarse: en una bolsa de agua caliente e improvisando una fiesta en el reducido espacio de la litera de un tren con destino a Florida, ah, maravillosa Sugar Kane… 

Acerca de su invención, corren, cómo no, varias historias: me quedo con la más repetida, la que dice que Jenny Jerome, hija del millonario Leonard Jerome y futura lady Randolph Churchill, le pidió un buen día de 1874 al barman de un club neoyorkino llamado Manhattan que creara un cóctel especial para celebrar que un amigo de papá, Samuel Tilden, había sido elegido gobernador del Estado. Eso sí, puesto que ése es justo el año del nacimiento de su hijo Winston –sí, el Winston Churchill ganador del Premio Nobel de Literatura-, hay quien atribuye el invento a un barman llamado Black, en un local de Broadway, en 1860. 

Visto desde Nueva York, dice Camba, el resto del mundo es un espectáculo extemporáneo, porque al llegar aquí –a este imaginario aquí que es ahora el Nueva York de este blog&bar-, la sensación no es la de haber dejado atrás otros países, sino otras épocas. Nuestra época, añade, sólo Nueva York ha acertado a encarnarla. Y lo curioso es que lo que era cierto en 1934, sigue siéndolo hoy.  

Mi copa está vacía, just a time. Ahora es Robert Mitchum el que llega a Manhattan, con música de André Previn, y nosotros con él: ¿no es maravillosa esta/aquella ciudad que me espera desde hace tanto, y en la que cualquier cosa puede pasar, en cualquier esquina?

viernes, 3 de junio de 2016

Estás tonto con los mirlos, papá

 

El pasado 15 de mayo, más o menos a las once y diez de una luminosa mañana de domingo, la vida me regaló uno de esos instantes mágicos en los que parecen confluir inesperadamente circunstancias que por separado ya vienen seduciéndote desde hace tiempo, pero que juntas abren en la realidad como un hueco en el que solamente tú tienes cabida, tú con tu deleite, con tus sentidos cautivos de un placer que no es físico, tú gozosamente atrapado en un embelesamiento de cuento infantil. Que en ocasión tan privilegiada yo dispusiera además de cámara de fotos convirtió en materialmente imperecedero lo que sin duda lo hubiera sido ya en un plano mental. Si yo dijera sin más que oí cantar un pájaro, que lo identifiqué de inmediato y lo busqué en las alturas de los árboles del parque por el que transitaba hasta encontrarlo en una rama, le parecerá a quien lea estas líneas muy poca cosa. Las personas que me conocen bien adivinarán de inmediato, al menos, que el pájaro en cuestión era un mirlo.

Llevo algo más de un año hermanado con los mirlos; los observo, trato de fotografiarlos, sigo su vuelo, los busco con la mirada apenas oigo cualquiera de los dos tipos de sonido que emiten: el de prevención y ese bellísimo canto en el que se combinan, con una interpretación ensimismada, variaciones melódicas, silbos, trinos y chisporroteos sonoros; en su canto, el mirlo marca los compases con una modulada candencia, como si le empujara la irresistible voluntad de improvisar una canción o de recitarla en un idioma extraño donde vagamente se aprecia la existencia de un verdadero significado; es un canto que quizá mezcle distintos cantos emitidos por otros pájaros: dicen que el mirlo puede llegar a imitar la voz humana y a repetir ciertas palabras si se le adiestra desde polluelo, de ahí que en libertad su música parezca una creación propia llevada a cabo a partir de otros gorjeos que el mirlo armoniza con afinación única y como para sí mismo. (El otro sonido, el de peligro, que el mirlo acompaña con un alzamiento tenso de la cola, recuerda un poco al que hacen esos martillos de juguete cuando se golpea algo con su fuelle de plástico).

Ocurre que un día de hace más o menos catorce meses pregunté a quien me acompañaba por el nombre del pájaro negro que vimos corretear por el borde de un vallado: hasta ese momento yo era incapaz de identificarlo, una semana después ya me sentía tan unido a los mirlos que en ocasiones he llegado a extender hacia uno de ellos el brazo convencido de que el vínculo también era percibido por él y volaría hasta mi mano. No lo han hecho nunca, claro. El mirlo es un ave recelosa, que apenas se sabe observado cambia de lugar. Como los cuervos, el mirlo común es intensamente negro (en inglés se les llama ‘blackbird’, y con ese nombre le cantó a uno Paul McCartney en el White Album de los Beatles); pero en el color y en la capacidad para imitar sonidos acaban todas las similitudes con el desagradable pajarraco del nevermore de Poe. Ni siquiera pertenecen a la misma familia de aves. El mirlo es más pequeño, liviano y alegre, y el perfecto naranja de su pico y del círculo que rodea sus ojos le confiere un aspecto infinitamente más atractivo; su color, además, posee la cualidad azabache del terciopelo negro y no los brillos carboníferos del cuervo.





Estás tonto con los mirlos, papá, me dice continuamente mi hija, que hoy cumple trece años (de ahí estas líneas). Y es cierto. No puedo dejar de mirarlos. Los mirlos picotean el césped en busca de comida, y unas veces dan carreritas muy rápidas, agachando la cabeza, y otras avanzan a saltitos tan ágiles como los que ejecutan los gorriones. Las hembras son algo más pequeñas, su plumaje es más pardo y su pico de un naranja algo más desvaído. Mientras crían, las hembras del mirlo son realmente corajudas: yo fui testigo de cómo una de ellas le armó una escandalera a un gato que rondaba taimado el árbol en una de cuyas ramas sin duda ella tendría su nido. En otra ocasión encontré un mirlo joven e inexperto en el suelo, a los pies del mismo árbol, incapaz de elevarse en el aire. Tal vez había fracasado en su primer intento de volar. Mi relación con los mirlos no ha mitigado la insuperable fobia que le tengo al tacto de los pájaros, esa turbadora suavidad palpitante de sus cuerpos emplumados, de manera que tuve que buscar con cierta impaciencia a alguien que quisiera tomarle en sus manos y lanzarlo de nuevo hacia las ramas: lo encontré, y siempre he confiado en que su segundo intento de vuelo no acabara en las fauces de un gato.

Pero mi actual embobamiento con la naturaleza –en su manifestación urbana- no acaba en los mirlos, sino que se extiende al reino fabuloso de los árboles. Algún día contaré cómo me convertí en el hombre que recogía y guardaba las semillas de los tipuana tipu, llamadas sámaras, ese prodigio de tecnología natural que gracias a su diseño en hélice se desplaza en el aire girando sobre sí misma con un elegante y silencioso movimiento auto-rotatorio. Pero lo que importa ahora al caso es mi fascinación por los jacarandás.


En la ciudad en la que vivo, los jacarandás llevan la mayor parte del año una discreta existencia de árboles desnudos, detenidos en un otoño casi interminable del que apenas se salvan unas pocas hojillas compuestas, como de helecho, nada que les permita una copa arbórea y un verdor dignos de tales nombres. De sus de ramas así expuestas a la intemperie cuelgan, a la manera de adornos navideños, unos frutos no comestibles definidos como cápsulas leñosas: estuches planos, redondos y duros donde se guardan sus semillas. Permanecen de este modo, desabrigados, esquemáticos, hasta bien entrada la primavera, cuando ya otras plantas han empezado a hacer gala de una esplendorosa exuberancia. Pero un buen día, entre finales de abril y principios de mayo, los jacarandás aparecen de golpe convertidos en una hermosísima nube floral de color azul-violeta, contrastando con los densos verdores de otros árboles y únicos en su delicadeza sin espesuras: tan solo los racimos de sus flores pequeñas y, como ocultos, como disimulados entre tanta belleza, los pendientes leñosos de sus frutos. A los ojos de quien lo observa, un jacarandá pudiera parecer un árbol de jardín japonés, por ejemplo de ese delicado poema botánico minuciosamente proyectado para el palacio imperial de Katsura, en Kioto: como una celosía de espiritualidad sintoísta de la que caen cada tanto, muy lentamente, los violáceos copos tubulares de sus flores; o pudiera parecer, también, el árbol oculto en lo más frondoso de un bosque druídico cuyo hallazgo quizá revelaría el secreto del sentido de la vida. Pero no, se trata en realidad de un árbol tropical: Brasil, Argentina y Paraguay figuran como territorios de origen; algo hay en ellos, desde luego, de realismo mágico.

Al igual que me sucede con los mirlos, una y otra vez trato de atrapar en una fotografía este sorprendente milagro de la naturaleza, y como en el caso de los mirlos me es esquiva una reproducción a la altura de mis emociones. El pasado día 15 de mayo, como dije al principio, a eso de las once y diez de la mañana, me sentí aludido en el canto de un mirlo, lo busqué y acabé por encontrarlo en los delicados interiores color lila de un jacarandá: el canto del mirlo entre las flores, el propio ave tan ensimismado en su melodía, tan alegre para sí, tan único entre todos y a la vez tan unido a todo: al árbol, al aire, a mí... Qué más podía pedir…

Entonces hice la foto:


  Fotos: JFH

Para ella, en sus trece años

martes, 6 de octubre de 2015

Alfanhuí

El Alfanhuí de Rafael Sánchez Ferlosio es, en más de un sentido, un libro maravilloso, a mi juicio el libro por el que más merecidamente su autor debiera ocupar el lugar de honor que en efecto ocupa en la literatura española gracias a su siguiente novela, El Jarama. Pero eso va en los gustos, claro. Como a tantos otros libros esenciales, he llegado a éste tardíamente, que no tarde: esos matices. Lo recuerdo rondándome con su extraño nombre durante mi infancia y juventud, porque formaba parte de aquella memorable colección de RTV Biblioteca Básica Salvat que no faltaba en ninguna casa, generalmente incompleta. Esta novela en concreto no estaba entre las que tenían mis padres; yo veía el libro en otras casas, entre los de color naranja, reservado para la narrativa y la poesía (el teatro en azul, el ensayo en verde), y me llamaba mucho la atención ese título tan raro en la portada, que por cierto era sólo una parte del título: el cabal venía dentro: Industrias y andanzas de Alfanhuí. Antes del verano lo busqué en esa colección, precisamente, atraído por una hermosísima cita que José Ángel Valente incluyó en su Diario Anónimo, y pude comprarlo al fin en una librería de lance.

Alfanhuí puede ser lectura de unos días o de varios meses, según el grado de disfrute que uno quiera permitirse. En el mes de julio yo había superado ya un tercio de sus páginas cuando lo cogió mi padre y burla burlando, a pesar de su actual mala vista para las letras de imprenta, se lo fue bebiendo en el sopor del estío. Qué cosas más absurdas cuenta, me decía, riendo, pero qué bien las cuenta. Seguramente le enganchó el que retratase el mundo rural mesetario de los años cincuenta, que él tan bien conoció, y puedo imaginar su gratísima sorpresa -que fue también la mía más tarde- al comprobar que en los últimos capítulos llega Alfanhuí a nuestra amada Palencia, ciudad que por "cualquier parte tenía franca y alegre la entrada y se partía como una hogaza de pan", y se pone a trabajar en una herboristería de la Calle Mayor, y sale a menudo a los campos de alrededor a buscar hierbas curativas.

'Realismo absurdo' podría ser una buena corriente literaria en la que incluir esta atípica, maravillosamente atípica novela española de 1951, pero no existe tal corriente -creo-; existe la de realismo mágico, del que bien podría ser avanzadilla en nuestro país, en espera de que empezaran a desembarcar los escritores latinoamericanos una década más tarde, y existe el surrealismo, y también lo real maravilloso: a medio camino entre estos territorios y el juguetón vanguardismo ramoniano se alza el Alfanhuí de Sánchez Ferlosio, con el eco entreverado de aquella picaresca estirpe de lázaros y buscones y guzmanes.

Escrita con una bellísima prosa poética, precisa y minuciosa en la descripción, Alfanhuí está construida con muy breves capítulos repartidos en tres partes. Admirado, ya desde el principio me dio por pensar en esos textos breves que hoy en día tratan de pasar por microrrelatos con el aplauso de algunos astutos promotores, y que no son sino, en la mayoría de los casos, fragmentos sueltos, ocurrencias, frases ingeniosas, pinceladas narrativas a la sombra -escueta- de un duradero dinosaurio. (Hay cierto libro reciente dedicado a este género en el que los microrrelatos están ordenados por su extensión, de los más largos a los más breves, y juro que el último, como por otra parte era previsible, es una página en blanco, salvo por el título y el nombre del autor, que es la versión narrativa de aquel lienzo en blanco que dio lugar a Arte, la magnífica obra de Yasmina Reza que Flotats, Pou e Hipólito elevaron a la cumbre de la escena teatral). Por el contrario, cada uno de los 41 capítulos de Alfanhuí, que forman parte de una única historia, podrían al mismo tiempo ser una historia independiente; más aún: con frecuencia encuentra el lector párrafos con una notable autonomía argumental, auténticos microrrelatos, lo que le confiere a la novela de Ferlosio la virtud de ser una miríada de historias dentro de una historia mayor. Valga este ejemplo con el que acabo ya, y con el que pretendo lograr interesar a otros en este libro imprescindible:

     "El maestro contaba historias por la noche. Cuando empezaba a contar, la criada encendía la chimenea. La criada sabía todas las historias y avivaba el fuego cuando la historia crecía. Cuando se hacía monótona, lo dejaba languidecer; en los momentos de emoción, volvía a echar leña en el fuego, hasta que la historia terminaba y lo dejaba apagarse.
     Una noche se acabó la leña antes que la historia, y el maestro no pudo continuar"


Jarrón con cardos. Escolástico Fernández

martes, 29 de septiembre de 2015

James Dean, la forma más perfecta de un mito


El mecanismo de la memoria tiene su propios resortes, y por lo que a mí respecta no hay un solo 30 de septiembre, desde hace ya muchos años, que de manera automática no recuerde que en tal día de un cada vez más lejano 1955 James Dean se mató en una carretera de California a bordo de su flamante Porsche 550 Spyder. Uno de los recortes de prensa más antiguos que conservo es un reportaje publicado en el semanal de El País cuando se cumplían treinta años justos de aquel accidente, con el título “El mito de una muerte”. Este año serán otros treinta años más los que hayan pasado, y van sesenta: aquella rutilante promesa del cine hubiera cumplido los cincuenta y cuatro en el 85, que no estaba mal, y sería todo un anciano de ochenta y cuatro este 2015. Claro que ambas edades son absolutamente inverosímiles en su caso, pues el destino le tenía reservada una eterna parada en sus veinticuatro años.

A mis dieciocho y diecinueve yo era, o pretendía ser, un poquito James Dean, y una parte de la culpa la tienen aquel largo artículo y las muchas fotografías y semblanzas que se publicaron por entonces en otros medios. Entre otras cosas, gracias a él aprendí a aceptar mi miopía; tuve, incluso, una montura de gafas muy parecida a la de Dean. También hizo que me reafirmara en el hábito de fumar tabaco negro, Ducados, porque sus cigarrillos tenían el filtro de color blanco, como el de los que se le veía fumar en las fotos, y que adquiera ciertos gestos desmañados al andar y al apoyarme en las cosas. Su influencia, en cualquier caso, fue infinitamente más extensa que la que pudo calar en aquel chaval alto y tímido que vivía en Almería a mediados de los ochenta, y el James Dean style, estético e interpretativo, se ha prolongado hasta el presente, cuando lo siguen imitando hasta los más recientes ídolos juveniles, aunque bien es cierto que ya como una mera pose con fines publicitarios.

Curiosamente, el vigente atractivo del modelo de actitud que encarnó James Dean se debe a que todo en él era rabiosamente auténtico, a la par que moderno, moderno no sólo para su tiempo, sino incluso para el nuestro. Por regla general, resultan ridículas las biografías de estrellas del deporte, la música o el cine que no han cumplido aún los veinticinco. No es el caso de las innumerables que se han escrito sobre James Byron –por Lord Byron- Dean, y todas ellas se justifican, precisamente, a causa de su legendaria muerte. Tengo una de las primeras que se escribieron, encontrada al azar en un mercadillo callejero, James Dean. El inadaptado, de Yves Salgues, editorial Albor, Barcelona, 1957, significativamente traducida al español tan solo unos meses después de su aparición en Francia (su título original era James Dean, ou le mal de vivre). Es oportuno recordar que los franceses de la Nouvelle vague, con Truffaut a la cabeza, fueron de los primeros en sentirse fascinados por aquella nueva estrella de Hollywood desde su aparición en Al Este del Edén, la única de sus tres películas, por cierto, que se estrenó en vida del actor (rodó tres películas en apenas año y medio; Rebelde sin causa se estrenó un mes después de su muerte y Gigante un año más tarde).


La lectura hoy de esta temprana biografía novelada a cargo de Yves Salgues resulta muy reveladora, pues evidencia que los detalles de su corta vida y los rasgos de carácter que conocemos estaban ya perfectamente registrados antes de que se cumpliera el segundo aniversario de su muerte: la pérdida prematura de su madre, con esa escena macabra en que el niño le corta un mechón de cabellos a su cadáver, su llegada con ocho años a la granja de sus tíos, que habrían de cuidar de él, lo meteórico de su ascenso, desde un pueblecito de Indiana al Nueva York del Actor’s Studio, con su bohemia y su periodo de privaciones, de Broadway a Hollywood, de Gide a Steinbeck, y de una película de Elia Kazan a una de Nicholas Ray; su matrimonio imposible con Pier Angeli, malogrado por una mamma demasiado italiana; el Jimmy Dean solitario, huraño, rudo, con pésimos modales y cambiantes estados de ánimo, desaliñado siempre, impredecible, salvaje, vulnerable, irritante para unos, magnético para otros; su afición a la música afrocubana, a la escultura, a la fotografía, a las corridas de toros, su pasión por el bramido de los motores y la velocidad, sobre dos ruedas o sobre cuatro, el “Litlle bastard” que pintó sobre el aluminio de su nuevo Porsche y el Vive deprisa, muere joven y harás un bonito cadáver que se le quedó grabado de Llamad a cualquier puerta, dirigida por su amigo Nick Ray, el único de sus tres directores con el tuvo una buena relación, y con quien planeó una futura alianza artística; los pormenores del accidente, el nombre de su mecánico, que lo acompañaba, y el del tipo que conducía el otro coche, el lugar del choque, la despiadada explotación de un muerto llevada a cabo a partir de aquel 30 septiembre, el nombre del que compró los restos del Porsche para tratar de aprovechar el motor y que no encontró decente sacar beneficio a pesar de la multitud de admiradores que desfilaba ante el jardín de su casa, donde lo había depositado; la historia de los agentes de publicidad que se lo recompraron y no tuvieron tantos escrúpulos y lo expusieron cobrando la entrada: por 35 centavos uno no solo podía ver el coche destrozado, sino incluso sentarse al volante durante treinta segundos; los rumores que decían que había sobrevivido al accidente y estaba escondido, la mascarilla que colocaron en la Universidad de Princeton, los espiritistas que aseguraban que oían su voz, el robo de la ropa que había vestido en el rodaje de Gigante, las actividades de sus clubs de fans, que en 1957 sumaban ya 84 en todo el país y reunían nada menos que a 3.800.000 afiliados… Todo eso, y más, hasta enero de 1957, que es cuando Salgues pone punto final a su libro.

No es mi actor favorito, pero me reconozco rendido a sus tres interpretaciones y soy de los que juegan (uno de tantos) a imaginar cómo habría sido su carrera, qué películas habría interpretado y cuáles habría dirigido (era su aspiración), cómo habría sido la competencia con los consagrados Brando o Monty Clift, a quienes inicialmente había tomado de modelo, o la que se habría podido establecer con Paul Newman, seis años mayor que él y que también trataba de abrirse un camino en el cine, a quien le ganó el papel de Cal Trask en Al Este del Edén y que, a su vez, se quedó con los protagonistas de Marcado por el odio y El zurzo, que James Dean no pudo ya rodar, o con Steve McQueen, otro rebelde cool, herederos ambos de la pasión por las carreras de coches que le llevó a James Byron Dean hasta aquel cruce de la 466 (hoy 46) con la 41, en Cholame, California, a 128 millas de Salinas, hacia donde se dirigía, y a unos cientos de metros de donde hoy está ubicado un modesto monumento que le recuerda y un restaurante de carretera llamado Jack Ranch Café. Podemos imaginar que estamos allí, que hemos llegado en nuestro propio coche, que paramos en el arcén y bajamos y estiramos los músculos y sentimos el aire en la cara y miramos a nuestro alrededor…

 30 de septiembre de 1955

domingo, 13 de septiembre de 2015

La derrota de nunca acabar, de Miguel Naveros

Acaso todas las guerras sean la misma guerra, como todos los fuegos el fuego, una guerra inacabable, estallando aquí o allá y dejando periodos transitorios de paz en lugares de la Tierra donde ya cargaron los ejércitos y donde antes o después volverán a arder las calles, fragmentos de una misma contienda sucediéndose en el tiempo, afectando a distintos territorios y distintos dioses y distintas lenguas pero amasando un mismo terror, empujando a hombres y mujeres en una huida que acaso sea también la misma huida, padres con sus hijos en brazos, madres implorando con las manos tendidas, una única e incesante diáspora en la que un día se vieron envueltos nuestros abuelos y que quizá nos arrastre mañana a nosotros mismos.

Cuenta Jeffrey Eugenides en su magnífica novela Middlesex que a comienzos de los años veinte del pasado siglo miles de ciudadanos griegos enraizados en aldeas próximas a la ciudad de Esmirna decidieron expatriarse a América como consecuencia de la guerra greco-turca: en una de las escenas más conmovedoras que he leído nunca, nos dice Eugenides que quienes embarcaban para Estados Unidos sostenían en sus manos un carrete de hilo, en tanto que los parientes que se quedaban en el puerto sujetaban el otro extremo; cuando el buque comenzaba a separarse del muelle, cientos de hilos de colores se tensaban sobre el agua, había gestos de despedida entre quienes probablemente no volverían a verse nunca, se agitaban pañuelos, los carretes comenzaban a girar en cubierta, al principio despacio, luego más rápidamente, hilos azules, rojos, amarillos, verdes con los que unos y otros mantenían un último y finísimo contacto, hasta que la última vuelta de hilo dejaba los colores abatiéndose con levedad en el aire, y la separación se consumaba definitivamente.

Me vino a la cabeza esta escena al acabar el libro de relatos La derrota de nunca acabar, de Miguel Naveros, y me figuré una España deshilachada en su contorno por el desgarrón del exilio, porque también este país sucumbió en su momento al vendaval de esa guerra interminable, tan interminable como la memoria de los vencidos, de la cual se alimentan estos once cuentos. Once historias, en parte reales y en parte trabajadas por la imaginación del escritor, que son once maneras de experimentar cómo la guerra modifica para siempre el curso de unas vidas, a las que bien podría añadirse una duodécima no escrita y por tanto no incluida en el libro, aunque esté presente entre cada una de las líneas: la de un niño llamado también Miguel, como los protagonistas de todos los relatos, que escucha con fascinación a los amigos de su padre, derrotados como él, contar una y otra vez las mismas historias sobre la guerra perdida, fecundando así, en la infancia, lo que el autor llama en sus reconocimientos finales “mi pulsión literaria”.

Con este libro, pues, Miguel Naveros salda una deuda con aquellos hombres a quienes, por la vía de la rememoración oral, les debe buena parte de sus razones para escribir. Y lo hace a través de diferentes enfoques narrativos, porque distintos son los hombres y mujeres que sufrieron una derrota que les persigue allá donde vayan, pues, como dice uno de los personajes, “las derrotas tienden a no acabar”, afirmación que corrobora más adelante el cuento que da título al libro; en efecto, las derrotas se prolongan en los desarraigos de toda emigración forzada, en la invalidez de un futbolista represaliado, en el origen secreto de una fortuna, en el expolio llevado a cabo al amparo del desorden bélico que una generación más tarde pretende presentarse –y venderse- como lícito patrimonio bibliográfico, en el rabioso desencanto de quien pagó con veinte años de cárcel su fidelidad a la República y acogido al fin por la Unión Soviética descubre que es espiado por su camaradas, en los poetas, los ingenieros, los fotógrafos exiliados y en profesores italianos que participaron en nuestra guerra incivil y llegados a octogenarios regresan a sus escenarios más dramáticos, en las revanchas demoradas, en la nostalgia inacabable de todos los sabores y todos los sonidos de la tierra lejana…

Eso sí, en cada uno de los relatos, de una forma u otra, late la dignidad de la derrota, la dignidad e incluso el triunfo, como dice desde su título otro de los relatos, donde el autor de unas memorias de la guerra les da término agradeciendo “a los dioses del Olimpo la derrota, porque nos ha permitido caminar con la cabeza alta”, lo que remite a aquella frase de Fernando Pessoa citada por Juan Goytisolo en su discurso de recepción del Premio Cervantes: “Llevo en mí la conciencia de la derrota como un pendón de victoria”. Porque, en opinión de Miguel Naveros, que yo comparto, lo que separa al vencedor del vencido es que el maleficio del triunfo conduce al exceso.

Sé que la imagen del libro que al autor le resulta más reveladora es la de un campesino y su burro arando la tierra bajo el fuego cruzado de ambos bandos, impasibles los dos y como ajenos en apariencia a la guerra, sabedor el hombre que puede o no matarlo cualquiera de las bombas, pero que es seguro que lo mataría el hambre si abandonara las labores del campo. Junto a esta imagen, otras muchas igual de descriptivas, algunas emocionantes hasta las lágrimas, literalmente: la actriz María Botto, argentina de nacimiento, hija del exilio inverso, no fue capaz de evitar un breve acceso de llanto mientras leía en voz alta el primer relato del libro, durante su presentación en Madrid.

Por cierto que ese relato con el que se abre el libro, “Los dos exilios”, está entre los que a mí más me gustan, y sin duda es uno de los mejores textos literarios que jamás se hayan escrito sobre el exilio español, un relato para leer una y otra vez, recorriendo de nuevo, en cada lectura, ese pasillo de una casa en Ciudad de México empapelado a uno y otro lado con fotografías ampliadas de la calle Embajadores, la calle madrileña donde vivía el fotógrafo español que la habita en un doble exilio y que renuncia a volver a su país tras la muerte de su compañera, como poco a poco va renunciado a los sabores que le recuerdan a ella, a las lecturas de los clásicos que sólo concibe en su voz, a la música de un violín que la emocionaba tanto…

Este es el arranque de un libro cuyas historias también yo tuve el privilegio de escuchar antes de ser escritas, en mi caso en boca del propio autor, que es también un apasionado contador de historias (historias que, por asombroso que pueda parecer a veces, son siempre ciertas); un libro espléndido, sentido, necesario aún. 

Entre amigos en la presentación en Almería de La derrota de nunca acabar, el pasado abril

lunes, 7 de septiembre de 2015

Un cuento en El Toro Celeste

“Como mancha negra” es el último relato que escribí antes de que ese personaje llamado Juan Herrezuelo hiciera una garbosa reverencia con su empenachado sombrero de ala ancha y se retirara por el foro de los Bartleby y compañía. No quise dejar sin desarrollar una vieja idea cuyo borrador fue separado en su momento de un manuscrito mayor al resultar incompatible con otra escena en la que también se jugaba con las figuras retóricas. Como ya me ha pasado otras veces, la posibilidad de convertir aquella idea en una historia que pudiera ser contada no me abandonó nunca, y en octubre del año pasado me puse a la tarea. Fue un trabajo rápido y gratificante, como si el cuento hubiera querido salir fuera de mí desde hacía años tal y como iba creciendo en la pantalla, y ni siquiera me extrañó que al llegar al final, de manera casi inevitable, esta historia más bien desasosegante desembocara en un homenaje al libro que hizo de mí, en mi infancia, este eterno rehén de la lectura que aún sigo siendo. El cuento aparece ahora publicado en el número 12 de la revista El Toro Celeste, un magnífico espacio digital de arte y literatura, y me complace proponer de nuevo un pasadizo hasta sus páginas, como ya hiciera con el número inicial.

Para abrir boca, dejo aquí el primer párrafo de “Como mancha negra”:

«En cuántas manos habrá temblado el papel en el que está escrito el poema antes de llegar a las mías, en cuántas habrá temblado desde que me deshice de él, cuántos hombres y mujeres llevarán ahora esta misma vida de fugitivo que me empuja de un lugar a otro, quiénes son y a qué ciudades han huido ellos, sobresaltándose cada vez que oyen una voz a la espalda, temiendo siempre que alguien vuelva a tenderles una hoja doblada, que todos los versos estén hechizados, que toda lectura, aún la más distraída, la del peatón que cruza ante un puesto de periódicos, desemboque en el horror, otra vez. Me pregunto si, como yo, pasan la mayor parte del tiempo encerrados en habitaciones de hotel y si en ellas también penetra a intervalos regulares la luz de un rótulo de neón para iluminar la soledad absoluta de las noches sin sueño. He jugado a imaginar sus caras, pero todos ellos acaban teniendo los rasgos de los únicos dos que he conocido, el viejo que me precedió y la mujer en quien yo prolongué el encantamiento del poema. Alguna vez, en el vestíbulo de un hotel, en cualquier calle, en uno de tantos trenes y autocares, un rostro torturado por el miedo me ha hecho reconocer la naturaleza de mi propio miedo, y en cada una de esas ocasiones, a pesar de todo, he sentido la tentación de acercarme a él, o a ella, y preguntarles; una tentación muy fugaz, claro está, porque más que de ningún otro ser humano huimos de todos nosotros, y quién nos asegura que ese hombre o esa mujer que parecen sufrir nuestro mismo desasosiego no acaben por poner de nuevo en nuestra mano ese papel.» SEGUIR LEYENDO...



sábado, 29 de agosto de 2015

Una aproximación a “Interstellar”

 

La (digamos) actualidad cultural, que tanto interés llegó a despertar en mí durante tanto tiempo, cada vez ha ido preocupándome menos, conocedor de que, tratándose ya de un mero sector económico, toda expresión artística o literaria está por ello mismo envuelta en la mentira, el espectáculo, la superficialidad. A cambio, cada vez me he ido volviendo más hacia el espacio, hacia el cielo: he dejado de mirarme los pies y miro ahora a las estrellas, tal y como aseguró Stephen Hawking que le convenía hacer a la humanidad. Acudo, antes que a ninguna otra notica, a las de ciencia, y de entre ellas a las de astronomía: me fascina la información que genera la exploración espacial: la búsqueda incesante de exoplanetas que pudieran tener unas condiciones similares a las de la Tierra, a través, por ejemplo, del telescopio espacial Kepler; el increíble viaje de la sonda Voyager 1, lanzada en 1977, que en 2012 salió de los límites del sistema solar y navega solitaria en el espacio sideral llevando en su interior un disco de oro con imágenes de la vida y la cultura en la Tierra, mensajes de saludo en cincuenta y cinco idiomas, diferentes sonidos, música, todo ello de acuerdo con la selección llevada a cabo por un comité presidido por Carl Sagan; me fascinan las distintas misiones a Marte, no tripuladas, de las que forman parte los astromóviles que se han desplazado por la roja superficie marciana, dos de los cuales, el Curiosity y el viejo Opportunity, siguen moviéndose ahora mismo allí; la misión de la sonda espacial europea Rosetta y del módulo de aterrizaje Philae, anclado en el cometa 67P/Churyumov-Gerasimenko, en el que ha hallado ya moléculas precursoras de la vida… Todo esto que debería ser la primera noticia todos los días aparece en los medios de comunicación tradicionales de tarde en tarde, y hay que seguirlo fundamentalmente en las ediciones digitales de los periódicos.

No es extraño, pues, que me haya sentido arrebatado por la película Interstellar, arrebato que por cierto no se produjo cuando la vi en pantalla grande hace meses: se ha producido este verano, en el salón de mi casa, bajo circunstancias mucho más favorables. Tengo para mí que la película de Christopher Nolan va ganando con cada visionado, al contrario que la práctica totalidad de las películas que se hacen hoy. La primera vez quedé atrapado en la historia de un padre y una hija de una edad parecida a la de mi propia hija, en la importancia de cumplir las promesas que se les hacen, y atrapado también en las potentísimas imágenes de los planetas que visitan Matthew McConaughey y Anne Hathaway en busca de un nuevo hogar para la humanidad, y en la excitante tensión que provoca la música de Han Zimmer (que tanto recuerda en algunos pasajes a la que compuso para Origen...)

Y a lo mejor cuando vuelva tenemos la misma edad...

Mi segunda experiencia, sin embargo, ha sido más intensa, al entender que desde un principio la historia de Nolan plantea una situación límite a la que se enfrentan los dos caracteres elementales, primigenios, en que se dividen los seres humanos, según vengo proponiendo desde hace años a partir de mi experiencia familiar: o nómadas o sedentarios. A los sedentarios les debe la humanidad pasar de la recolección a la agricultura, de la caza a la ganadería, les debe la creación de núcleos urbanos, la distribución de tareas, la estructura social, la civilización, en suma; a los nómadas, que miraban el horizonte y se preguntaban qué habría más allá, y que partían en su exploración, les debemos la expansión de la especie.

El fundamento de Interstellar podría explicarse así: colonizado ya todo el planeta, el ser humano ha quedado retenido en la última frontera, la que limita con el espacio, y justo cuando las condiciones de la Tierra, en un futuro indeterminado pero aparentemente no demasiado alejado de nuestro tiempo, se están volviendo inhabitables. El interés exclusivo de quienes detentan la autoridad recae ahora en la agricultura: todos son granjeros, incluso los ingenieros /pilotos como McConaughey, que asume su nuevo estado a duras penas: el hombre, dice, es explorador, pionero, no cultivador, y se lamenta de que la humanidad haya dejado de mirar hacia arriba preguntándose qué lugar ocupará en las estrellas, para mirar hacia abajo, angustiada, pensando en cuál será su lugar entre el polvo (que es otra manera de citar a Hawking).

Pero la vida en la Tierra tiene los años contados, en la película. Cada ciclo agrícola se pierde la cosecha de un nuevo tipo de cultivo, y todo parece abocado a la producción única de maíz, cereal que también acabará por morir. Los últimos en pasar hambre serán los primeros en asfixiarse, anuncia el personaje interpretado por Michael Caine.

Escribió Arthur C. Clark, autor de 2001: Una odisea del espacio, que tal vez la bella Tierra no sea más que un lugar de descanso entre el mar de sal del que procedemos y el mar de los astros. El propio Stephen Hawking ha asegurado que la humanidad tendrá que colonizar otro planeta en los próximos mil años o no sobrevivirá. Interstellar parece una llamada de atención sobre el hecho de que hayamos abandonado el empeño de alcanzar otros mundos: al comienzo de la película se comprueba que ha prevalecido (aparentemente) el instinto de los sedentarios, y que las sociedades se aferran a un planeta enfermo. De este lado, del lado de la realidad, sabemos que desde julio de 2011, cuando despegó de Cabo Cañaveral el último transbordador de la NASA, Estados Unidos no ha vuelto a enviar un ser humano al espacio: carece de medios para ello, como nos contaba El País Semanal de 14 de agosto. Muy atrás quedan los programas Mercury (qué gran película Elegidos para la gloria, de Philip Kaufman) y Apollo, que en poco más de diez años, de 1958 a 1969, lograron desarrollar la tecnología que hizo posible poner al hombre en la Luna. Desde 1972 ningún ser humano –que se sepa- ha puesto un pie en otro astro, y la idea de empezar a colonizar Marte parece vaga: hasta 2035 no está previsto enviar un vehículo tripulado a la órbita del Planeta Rojo.


Ahora un grupo de científicos ha recomendado, desde las páginas de dos prestigiosas revistas especializadas, que Interstellar (de cuyo complejo y apasionante argumento tan solo he trazado un breve apunte) sea utilizada como material didáctico en los colegios, sobre todo por su representación de los agujeros negros y los agujeros de gusano, así como por la transmisión de conceptos básicos de la Relatividad. No en vano participó en su concepción una autoridad en astrofísica, órbitas gravitacionales y en la curvatura espacio tiempo, el profesor Kip Thorne. De manera que el porcentaje de ciencia en la ecuación ‘ciencia-ficción’ es, en Interstellar, mayor que en ninguna otra película del género.

Bien, creo que es fácil entender lo lejos que estoy de preocuparme por conocer con qué agencia literaria ha negociado la editorial de turno el último premio de novela, o la bisutería narrativa que colma la sección de novedades de las librerías, los olvidables estrenos cinematográficos de cada semana, hasta qué punto la pintura ha dejado de ser algo que merezca ser mirado, qué innovación gastronómica se le ha ocurrido al cocinero de turno (la cocina es alta cultura ahora)… A quién le importa. Tomo los versos de Dylan Thomas que con tan conmovedor entusiasmo recita Michael Caine en Interstellar para decir que no quiero entrar “dócilmente en esa noche quieta”: “Rabia, rabia contra la agonía de la luz”.