jueves, 1 de diciembre de 2016

Entre malvados, de Miguel Ángel Muñoz

En circunstancias normales, la mayoría de nosotros tenemos un primer conocimiento de la maldad a través de los cuentos. Villanos de toda condición extienden la sombra de la amenaza a lo largo de buena parte de las historias tradicionalmente concebidas para los niños, historias que sin esos malvados, por otra parte, no existirían como tal: no hay superación personal sin los obstáculos de la perfidia, no hay desobediencia sin el castigo de caer en las fauces de una criatura taimada y maligna, no hay belleza que no provoque la envidia de quien quisiera serlo más que nadie, ni fealdad que no se convierta en objeto de mofa para los idénticos entre sí. Con el tiempo, aprendemos que brujas, ogros, lobos, madrastras y demás familia son arquetipos de que se vale el relatador para subrayarnos la diferencia entre el bien y el mal, y tratamos de convencernos de que en la vida real nadie es absolutamente malo ni absolutamente bondadoso, aunque vayamos sabiendo, casi diariamente, de actos abominables cometidos por hombres y mujeres.

He dicho en circunstancias normales: hay otros niños, muchos niños, para quienes la maldad no es cosa de fantasía, ni hay un colorín colorado que haga desvanecer finalmente el peligro y el miedo.

Comencé a leer Entre malvados, el tercer libro de relatos de Miguel Ángel Muñoz, el sábado 12 de noviembre, por la tarde. Ese día, los medios de comunicación publicaron la noticia de que un niño de siete años había sido ingresado en un hospital de Sevilla tras recibir una paliza de tres compañeros de colegio, de ocho, nueve y diez años. Ese mismo 12 de noviembre, según advierte el colofón del libro, Charles Manson cumplía ochenta y dos años. De alguna manera, la vida real intervenía en la lectura, pues el primer cuento, “Somos los malvados”, nos habla de las consecuencias del acoso escolar, y en el penúltimo, de acuerdo con el índice, me esperaba Manson, el célebre líder de un grupo de criminales –su “Familia”- que en la década de los años sesenta cometió en California una serie de asesinatos atroces, entre ellos el de la actriz Sharon Tate. Entre uno y otro relato, fui atravesando a lo largo de aquella tarde historias que me trasladaban a ese infierno sobre la tierra que es hoy Siria, y al día anterior a los atentados del 11 de marzo de 2004 en Madrid, incluso también a los instantes previos: un trayecto en tren como el de cualquier otra mañana, con un destino común; me trasladé a un espacio abierto entre árboles, donde la policía, de noche y a la luz deslumbrante de los faros de un todoterreno, trata de arrancarle una información valiosa a un sospechoso; me crucé brevemente entre un televisor encendido y el espectador que lo mira, y recorrí también las semblanzas biográficas de conocidos malvados, sanguinarios unos, otros contradictorios en sus papeles de eruditos y de padres.

El orden en que están dispuestos los relatos en un libro nunca es arbitrario, y que el primero de Entre malvados trate del acoso escolar supone una declaración de principios. El narrador de este primer relato es un adulto con el alma quebrada, a quien las humillaciones y la violencia sufridas de niño le convencieron de que “todos somos culpables hasta que se constata nuestra culpabilidad”. Un torturador implacable en la escuela puede acabar, andando el tiempo, convertido en un ciudadano ejemplar, ajeno a su víctima, quien, por el contrario, ha crecido anclado al miedo, al odio, "infectado por el pánico”.

Cada relato de Entre malvados tiene sus propios códigos narrativos; tiene no ya vida propia, que por supuesto, sino un estilo de vida propio: una manera de ser contado, y de acercarse a las víctimas y a los verdugos. “Intenta decir Rosebud” produce ahogo en la permanente inminencia de una ejecución a manos de los terroristas del Estado Islámico: contiene los rigores del secuestro, las humillaciones, el ciego fanatismo, la amistad entre desconocidos, el miedo insoportable, el atuendo naranja y el arrodillamiento que parecen preceder al abominable martirio, la imposibilidad de retornar a la normalidad. “Aguantar el frío” juega espléndidamente con una combinación de actos de violencia, engendrado uno en el vientre de otro y reflejando ambos un tercero en la distancia: así, la desaparición de una niña pequeña provoca la zozobra de los investigadores, la urgencia, el maltrato, todo ello sin que el pensamiento del policía se aparte de la suerte de su hijo activista, que ese mismo día, en otra ciudad, ha participado en una acción de protesta. La prosa torrencial de “Los nombres” y la coralidad ferroviaria de “Un hombre tranquilo” nos dan a conocer unos instantes en las vidas de quienes nada saben, de quienes no podían imaginar... En esa obra monumental que es 2666, póstuma novela de novelas de Roberto Bolaño y una de las más tenebrosas exploraciones del mal nunca escritas, un personaje dice, en relación con los inacabables y nunca aclarados crímenes de mujeres de Ciudad Juárez (Santa Teresa en el libro): “Nadie presta atención a estos asesinatos, pero en ellos se esconde el secreto del mundo”. Acaso también se esconda en un vagón de tren y en una estación que de algún modo es todas las estaciones del cine que amamos.

Miguel Ángel Muñoz (Foto: JFH)

Tras nueve relatos de corte realista, el libro se cierra con un largo cuento fantástico, “Donde el Borgión se esconda”, que por sí solo merecería ya toda una reseña: complejo, con una urdimbre de lecturas posibles, a medio camino entre el mito clásico y la ficción especulativa, sostenido por una narración minuciosa, vivencial, atenta al detalle, que en determinados pasajes remite sutilmente a circunstancias tan solo apuntadas en relatos anteriores –el meticuloso corte de un cuchillo despierta el recuerdo de otro corte ya iniciado varias páginas atrás que ahora la mente del lector completa con horror-. En esta historia de iniciación, los jóvenes son adiestrados mediante la tortura, en un Centro de Instrucción fundado al efecto, para enfrentarse, cumplidos los 17 años, al Borgión, el monstruo legendario que habita en el interior de un bosque. Llegado el momento, los jóvenes se aventuran en el bosque como Teseo se adentraba en el laberinto cretense para enfrentarse al Minotauro –aunque sin el hilo de Ariadna-, en tanto que en el pueblo sus convecinos leen por la calle a Descartes, a Maquiavelo, a Aristóteles, a Voltaire, y el centro de toda actividad es la Biblioteca, como una distopía inversa a la que propuso Ray Bradbury en Fahrenheit 451.

¿Una comunidad que llegara a desarrollar hasta el extremo y plenamente la cultura intelectual como modelo social predominante se vería libre de la barbarie? ¿Nos hacen mejores los libros? El lector decidirá por sí mismo una vez leído este relato. O no. La conclusión de este magnífico libro en particular de Miguel Ángel Muñoz está en el propio título: vivimos entre malvados, y en cierta forma nosotros, con nuestras pequeñas bellaquerías ocasionales, militamos en las filas de los malvados entre quienes viven los demás. Porque quizá sea verdad que no hay categorías absolutas en esto: escribió David Hume que no es contrario a la razón preferir la destrucción del mundo entero a tener un rasguño en un dedo, como tampoco lo es preferir la propia ruina con tal de evitar el menor sufrimiento a cualquier desconocido. Esa es, en definitiva, nuestra naturaleza, y Entre malvados se desarrolla en su lado más sombrío, más amenazante. 

domingo, 27 de noviembre de 2016

A partir de una vieja fotografía


Me gustaría poder decir que soy el joven que toca el saxofón en la fotografía que acompaña a estas palabras. En realidad, no paso de ser el joven que finge tocar el saxofón. Quienes bailan son Antonia y Mario, moviéndose quizás al compás de una música que ellos mismos tarareaban o solo mecidos por esa felicidad que nos envolvía a todos aquella tarde de mediados de los noventa. No recuerdo exactamente el año, ni tampoco cuántos miembros de la Tertulia de la Calle Suipacha nos juntamos en la casa con jardín de Ana (o sí, más o menos). Sé que fue una gran jornada, distinta a la de otras tertulias, con un travieso aire festivo, como de celebración de la amistad más que de la pasión común por la literatura.

Antonia es Antonia Moreno Cañete, una excelente escritora que en condiciones normales debiera ser a estas alturas ampliamente conocida y leída en nuestro país. Sin embargo, una parte importante de su obra permanece inédita. Por razones profesionales, ella y Mario han vivido un tiempo en Nicaragua, y ha tenido que ser allí donde primero se reconociera su valía como escritora en la forma en que merece ser públicamente reconocida. El pasado mes de abril, su novela El ojo de Odín obtuvo el Premio de Literatura María Teresa Sánchez, convocado por quinto año consecutivo por el Banco Central de Nicaragua. Antonia, que ya está de vuelta en España, me cuenta que ha sido la primera vez que se premia a un autor no nicaragüense. Me dice también que Nicaragua ("tan violentamente dulce", escribió nuestro amado Julio Cortázar) ha sido para ella un lugar mágico, donde ella y Mario han vivido con "la sensación de estar arropados por una energía amable y potente". Cortázar, que en sus últimos años de vida estuvo entregado a la causa nicaragüense, lo suscribiría, sin duda.

Sabe que escribir aquí es otra lucha distinta, pero seguirá haciéndolo. He conocido pocas personas que mantuvieran una relación tan ferviente con la literatura, y aún menos escritores con una prosa de parecida sensibilidad. No en vano, Proust fue uno de los maestros que dejaron su huella en ella. Ojalá el premio de allá ayude de algún modo a abrir aquí el camino hacia la publicación de la novela. 

jueves, 17 de noviembre de 2016

Un comité de la noche y un balcón en invierno

Leer de forma sucesiva la última novela de Belén Gopegui y la última de Luis Landero, ambas publicadas en el otoño de 2014, produjo en mí esa sensación de ser atraído a tesis enfrentadas que uno experimenta en las mejores películas de juicios, cuando primero te convence el fiscal con su alegato y después, no menos categóricamente, el abogado de la defensa. No se trata aquí de que haya acusados, sino de describir el efecto persuasivo de las dos propuestas literarias, que son, en cierto modo, opuestas entre sí. 

En El comité de la noche, Gopegui captura el instante social y político en el que estamos ahora mismo para plantear la necesidad de llevar a cabo una resistencia contra el abuso de los poderosos, de participar en grupos de activismo político, incluso en células clandestinas, y en cualquier caso de acudir a asambleas, a encierros, a manifestaciones, de trabajar en equipo, de definir estrategias, de aspirar a levantar la presión sobre nuestras vidas, de prepararse para que si un día los explotados llegaran a arrebatarle el poder a los explotadores (que son menos) no repitan el modelo de explotación contra el que luchan; construir otra civilización, dice la autora madrileña, cambiar las relaciones de propiedad y las relaciones con la naturaleza, no decaer ni aun ante el riesgo personal, pues “cuando el riesgo personal está excluido a lo mejor ya estamos muertos”.

Podría parecer que el carácter político de la novela –Gopegui considera, en cualquier caso, que todas las novelas tienen un componente político, indetectable en la mayoría de la narrativa dominante- lo convierte poco menos que en un manifiesto. No lo es. Para empezar, la prosa de Belén Gopegui conserva esa personal inspiración poética, atenta a la lírica de los pequeños detalles cotidianos, que despertó la admiración de tantos, mi admiración más encendida, desde su primer libro, La escala de los mapas. Cuando retrata aquí a unos seres afectados por la crisis económica, lo hace, además, con una cercanía que es a la vez narrativa y vital, la pura experiencia de no tener trabajo, de tener que regresar a casa de tus padres con treinta y tres años y una hija de ocho, compartir con ellos el desempleo que también sufren y los cuidados de la niña y la atención de la casa, volver a ser tribu pero con el duro añadido de la derrota, detenerse a pensar en el dinero que te ahorrarías no tomándote ese café en un bar, pensar que encender “la televisión por la mañana tiene algo de beber solo”…

Así se siente –así siente- Alex, el primer personaje protagonista de El comité de la noche, un documento narrativo durmiente que la autora activa para los lectores, porque puede que el poder de una historia tal vez sea “ínfimo”, dice, pero es también “incontrolable”. Y un día el grupo debate sobre una información aparecida en prensa bajo el titular “La sangre de los parados”: una multinacional productora de hemoderivados propone al Gobierno la posibilidad de pagar a los parados, por la donación de su sangre, 60 o 70 euros semanales con los que completar su prestación por desempleo. Inmediatamente, el grupo se plantea hacer algo al respecto, no en defensa del altruismo, ni por razones éticas o legales, sino para combatir el hecho de que se considerase el paro “una fuente de extracción” y la sangre un recurso que pudiera ser explotado, “como una mina”. Y a partir de este hilo, Gopegui tejerá en la segunda y más extensa parte de la novela una trama donde late el pulso de una intriga muy Graham Green, muy John Le Carre, trasladando la acción a Bratislava, ampliando las voces narrativas y conservando su radical compromiso moral.

Belén Gopegui. Foto: JFH
 
De modo que al llegar al final de El comité de la noche me he convencido de que la literatura ha de ser útil hasta este extremo (además de bella, claro, de otro modo no me sirve). Y afronto, pues, la novela de Luis Landero, El balcón en invierno, con recelo, pues se trata de una especie de memorias de infancia y adolescencia donde el autor se propone repasar el cúmulo de circunstancias que tuvieron que darse para que, teniéndolo todo en contra, llegara a ser escritor. Desde luego, Landero es un autor que siempre ha logrado cautivarme con su estilo poderoso, heredero de la mejor literatura en español, y con las vicisitudes de sus peculiares protagonistas, a medio camino entre la comedia y el patetismo, entre lo ridículo y lo sublime, entrañables en cualquier caso, como lo son todos los soñadores sin fortuna; personajes atrapados en laberintos de imaginación y afanes y rutina laboral, solitarios que se encuentran con otros solitarios, perdedores tocados tal vez por la melancolía pero jamás por la amargura, a quienes la vida les conduce, contra todo pronóstico, hacia posibilidades de aventura que acabarán por elevarles, aunque solo sea en la república de su fantasía, por encima de la extendida mediocridad que amansa los días y los años.

Sí, pero, ¿y la utilidad de la novela? ¿No es escapista toda obra de ficción que no se sume hoy a la lucha contra los poderosos? Y he aquí que Landero vuelve a conquistar de nuevo mi corazón de lector apasionado, mediante un relato que no es solo el del escritor que recuerda las raíces de su vocación, sino que constituye sobre todo un homenaje a una generación que, juntamente con la cultura milenaria que aprendieron por transmisión oral, está a punto de desaparecer no solo físicamente sino también en el olvido.

No se trata de que nos cuente que proviene de una humilde familia de campesinos del sur, que no había libros en casa, que emigraron al Madrid de los años cincuenta por el empeño de su padre en que los suyos se abrieran paso en la vida o que solo con la muerte de éste pudo empezar él, único hijo varón, depositario de todas sus elevados anhelos, a ser quien ni siquiera podía imaginar aún que deseaba ser. Esta novela –novela de no ficción, pero novela al fin- se sostiene en el deseo por conocer todo eso que desconocemos de quienes tenemos más cerca, de quienes amamos, de quienes habían ya recorrido una parte sustancial de sus vidas cuando nosotros llegamos al mundo. Todo un universo emocional perfectamente reconocible cabe en esa última mirada que se dirigen el narrador y su temible padre en la habitación de hospital donde éste va a morir en apenas unas horas, a sus cincuenta años, y es un universo que se ensancha en la prometedora incertidumbre que esta muerte le deparó al narrador, y sobre todo en la pena, la culpa, la compasión, la gratitud tardía, la admiración, incluso, que solo muchos años después despertará en él el recuerdo del padre.

Son muchos los personajes memorables que pueblan El balcón en invierno, todos ellos dotados de vida, como hechos del barro de la memoria y alentados con el talento literario y la sensibilidad de Landero; gentes “que civilizaron tierras bravías”, que construyeron sus propias casas con los materiales que le arrancaron a la tierra, que sabían cómo encauzar el agua hasta el sembrado y cómo esparcir la semilla, que alrededor de la lumbre contaban historias y transmitían saberes no escritos. Y cuando el narrador necesita saber, en el presente, acerca de la infancia y juventud de su madre nonagenaria, y le pregunta una y otra vez, ella, que tanto gusta de hablar con su hijo escritor de otras muchas cosas, de sí misma nada cuenta, “no porque no se acuerde o no quiera contarlo, sino porque su vida no le parece interesante”.

Yo no sé de dónde ha sacado esta gente, esta generación infortunada, su temple y entereza”, dice Landero, y también que “Fueron vidas oscuras, anónimas, de las que ya nadie quiere acordarse, aunque fuese al menos para agradecerles los servicios prestados”.

Convencido ahora, rotundamente, por el planteamiento literario de Luis Landero, trato de conciliarlo con el de Belén Gopegui; y llego a la conclusión de que tan necesario como el compromiso con nuestro presente y nuestro futuro, debiera serlo el compromiso con nuestro pasado, o con el pasado de los nuestros, un compromiso de evocación y reconocimiento, porque romper el hilo que nos une a la memoria de quienes nos precedieron –y estamos muy cerca de hacerlo- podría soltarnos de nuestras propias manos y quién sabe si ser fatal.

miércoles, 9 de noviembre de 2016

C. C. Baxter


 

La víspera de Año Nuevo, Calvin Clifford Baxter, en un sublime y contenido gesto de dignidad,  le devolvió al presidente de la compañía de seguros en la que trabajaba, Jeff D. Sheldrake, la llave del lavabo de los ejecutivos. Para celebrar aquella escena, en el Loser le hicimos una copia en oro –la única que existe- de la llave de la puerta imaginaria de este blog&bar, que fijamos en la parte inferior del marco de su fotografía. Quienes se acercan a curiosear en la galería de perdedores que cuelga de las paredes del Loser creen que esta llave dorada que acompaña al rostro de Jack Lemmon es un homenaje a aquella otra de ida y vuelta que abría el solicitado apartamento neoyorkino de Baxter; nosotros, en cambio, preferimos recordar al joven que por respeto a la mujer que amaba renunció al ascenso que tan arduamente se había trabajado en las cloacas morales de Consolidated Life antes que al pobre diablo que casi cada noche, después de regresar a casa más tarde que ningún otro empleado de la compañía, se agachaba a recoger de debajo del felpudo su propia llave. Y es que C. C. Baxter, Buddy Boy para sus jefes, un tipo corriente, solitario, propenso a los refriados, tenía por entonces un pequeño problema con su apartamento.

La cosa había empezado unos años atrás de la manera más tonta. Un amigo le pidió el favor de utilizar su apartamento para cambiarse de ropa antes de ir a la ópera, y en poco tiempo a todo el mundo le dio por necesitar cambiarse de ropa allí. Naturalmente, se trataba de echar una cana al aire, y de aquellas canas, estos lodos, como se dice: antes de que se diera cuenta eran cuatro de sus jefes los que tenían asignado un día de la semana para llevar a su apartamento a una chica, casi siempre una empleada de la empresa. A cambio, le habían prometido a Buddy resaltar sus méritos laborales para promocionarle en la compañía. De manera que mientras el jefe de turno y su ligue se comían sus galletitas de queso, se bebían su alcohol, escuchaban música en su tocadiscos y retozaban entre las sábanas de su cama, él hacía horas extras en la oficina o esperaba, amodorrado y aterido, en un banco de Central Park.


Vivía como Robison Crusoe, confesó en cierta ocasión; era un náufrago en una ciudad de ocho millones de personas, hasta que un día vio pisadas en la arena y descubrió a la señorita Kubelik, Fran Kubelik, la ascensorista más bonita del edificio, y al parecer también la más inaccesible a las pretensiones sexuales de quienes se valían de su rango para engatusar a sus subordinadas. En el edificio de Consolidated Life trabajaban más de treinta y un mil empleados, con horarios de entrada y salida diferentes, según cada sección y planta, para no provocar atascos en los dieciséis ascensores. C. C. Baxter era el único que se quitaba el sombrero cuando entraba en el que manejaba la señorita Kubelik, y ella, en agradecimiento, le puso una flor en la solapa de su americana el día en que el mismísimo señor Sheldrake le convocó en su despacho de las alturas para comunicarle, él estaba seguro de ello, su ascenso.

La realidad era otra. El gran jefe había tenido conocimiento del ir venir de aquella llave: no era la primera vez que un empleado se comportaba de manera deshonesta, y la compañía sabía cómo actuar, le dijo. Es decir, el juego había terminado, para zozobra de aquel joven alcahuete de oficina. En un intento angustiado de conservar su empleo, Baxter aseguró que las citas en su apartamento habían acabado para siempre, y Sheldrake, con un gesto a medias entre la severidad y el cinismo, revisando los informes de eficiencia, aceptó su palabra, pero sólo en lo que afectaba al resto de ejecutivos. Lenta reacción de Baxter, hasta que al fin la llave acabó pasando de su bolsillo atestado de clínex usados a la mesa del presidente, junto con la dirección del apartamento, que C. C. le escribió, aliviado, sumiso, en un papelito.


Esta es una historia de llaves que cambian de manos y manzanas podridas, cuatro manzanas, cinco manzanas, eso no importa mucho, y de ascensos y ascensores; de sábanas entibiadas por el roce de otros cuerpos, de espejitos espejitos rotos donde las buenas chicas que aman a hombres casados se ven como se sienten; una historia de rímel mezclado con lágrimas y de bombines modelo ejecutivo y aceitunas de martini ordenadas en círculo sobre el mostrador de un bar la noche antes de Navidad; de comida precocinada calentada al horno en su propio envase y mordisqueada frente a la única compañía de una televisión con exceso de comerciales; de lavados de estómago a media noche y espaguetis escurridos en una raqueta de tenis, de gestos de buena vecindad incluso en quienes le tienen  a uno por un libertino, de multitudinarias y desenfrenadas fiestas navideñas de empresa donde toda promiscuidad tiene su asiento; de restaurantes con reservado en los que el pianista interpreta la canción de los amantes apenas ella aparece por la puerta.

Todo elogio de El apartamento, de Billy Wilder, siempre se quedará corto, como si fuera imposible alcanzar hasta el último rincón de la película con la admiración que despierta. Hasta hace no demasiado, cada vez que programaban en alguna cadena de televisión un gran clásico del cine como éste, siempre había alguien que apelaba con algo de envidia a esos espectadores que iban a ver la película por primera vez. Sin embargo, El apartamento va gustando más cada una de las veces que vuelve a verse. Y ni siquiera es fácil encajarla en un género determinado. El filólogo y académico Gregorio Salvador dijo en cierta ocasión que esperaba morir antes que el dibujante Mingote para que éste le dedicara una necrológica gráfica de las que le hacían «sonllorar». Es una buena palabra para referirse también a esta película de 1960, que pasa por comedia -por una de las mejores jamás rodadas- y sin embargo contiene alguna de las escenas más tristes de toda la historia del cine. Yo al menos no recuerdo ninguna tan desoladoramente triste que aquella en la que C. C. Baxter, un espléndido Jack Lemmon, ha de salir a altas horas de la noche de su cama, en la que se había metido no mucho antes -quizá tratando de no reparar en el olor de los cuerpos que la habían usado aquella tarde-, y ceder el apartamento a otro de sus jefes, que acaba de ligarse en un bar a una rubia idéntica a Marilyn Monroe. Comedia, melodrama romántico, cine social, cuento de hadas pornográfico, tal y como dijo en su momento algún crítico… 


Que si la primera idea surgió de Breve encuentro, que si la historia que cuenta nunca hubiera podido transcurrir en el Moscú soviético, que si a Wilder le faltaban brazos para sujetar los tres premios de la Academia que ganó con la película... El apartamento es una obra maestra no ya del cine, sino del arte del siglo XX, porque todo en ella está tocado por la inspiración: el guión más perfecto jamás escrito (Wilder y Diamond); una actuación soberbia de la pareja protagonista, con una Shirley MacLaine que alcanza el cielo de la interpretación y del encanto metida en la piel de la señorita Kubelik, más un Fred MacMurray que completa el triángulo por el lado más canalla vistiendo el traje de Sheldrake; una bellísima banda sonora (con una pieza principal firmada por Adolph Deutsch); una maravillosa fotografía en blanco y negro (Joseph LaShelle); un montaje premiado con otro Óscar (Daniel Mandell); y finalmente, una dirección artística a cargo de Alexandre Trauner sencillamente prodigiosa, no ya solo por el ingenioso ardid con el que consiguió que la oficina de Baxter pareciera inmensa y con miles de mesas hacia el fondo, sino sobre todo por el decorado del apartamento, que el espectador llega a conocer desde todos los ángulos posibles.

Qué habrá sido de C. C. Baxter. Y de Fran Kubelik. Qué habrá sido de ellos dos. ¿Hubo un ellos dos? ¿Llegaron a barajar sus vidas? ¿Qué naipes les repartió el destino? Ah, Buddy Baxter, ese tipo capaz de comerse los aperitivos sobrantes de la fiesta que otros han dado en su casa, y de beber con cierta elegancia los restos de martini que quedan en el fondo de la jarra, y que es tan pero tan humilde que, según él, si donara su cuerpo a la ciencia, como le pide el médico que vive en el apartamento de al lado, decepcionaría a todo el mundo. 


lunes, 31 de octubre de 2016

Pilar Quirosa, nuevo libro

(Foto: JFH. 2013)
Infatigable creadora, la escritora Pilar Quirosa-Cheyrouze presenta esta semana un nuevo libro, Memorial Shadow, “confesiones, recortes, casi collages, páginas de diario, aforísticas reflexiones, filosofía, medicina, arte, música, poéticas varias…”, según cuenta la editorial Nazarí, que es quien lo publica. 

La vida cultural de toda capital de provincias, pequeña o grande, eso es igual, está tejida por una serie de figuras reconocibles y a veces aparentemente ubicuas sin las cuales no se entendería la celebración de la convivencia alrededor de las artes y las letras. Pilar Quirosa es una de esas figuras esenciales de la cultura en la ciudad en que vivo, Almería, y tengo la suerte de que me honre con su amistad. Nos conocimos pasada ya nuestra primera juventud, y sin embargo nos une la sensación de haber compartido juegos en la infancia, o al menos alguna que otra de esas aficiones que de niños creemos reservadas a nosotros solos. Por ejemplo, la de descubrir en el frontal de los automóviles la identidad de un gesto, de un temperamento, de una personalidad. Yo lo hacía con pocos años: analizar ese rostro aparente que nos ofrecen los coches, la expresión enfurecida o asombrada o maliciosa o bobalicona de los faros en su combinación con la forma del radiador, del guardabarros, de la matricula. Recuerdo bien la sonrisa de Pilar el día que me dijo que se había sentido felizmente aludida en ese preciso pasaje de un libro mío, y durante un tiempo referirnos a ello fue una especie de santo y seña cada vez que nos encontrábamos, hasta que ambos lo incorporamos al bagaje de las experiencias compartidas y ahí quedó, en la base de nuestra amistad.   

Dicho de otro modo: nos unió la pareidolia, ese fenómeno psicológico que estimula en nuestra mente la capacidad para reconocer rostros u otras formas familiares en los lugares más insospechados: en la apariencia de las nubes, en el milenario perfil de una montaña, en los troncos de los árboles, en las fachadas de algunas casas, en las manchas de humedad de una pared, en la melancólica superficie de la Luna.

Escribió Ana María Matute que tal vez la infancia sea más larga que la vida, y el poeta inglés William Wordsworth que el niño es el padre del hombre; yo creo que aquel juego de la imaginación que Pilar y yo mantuvimos por separado, y bajo cuya superficie no es difícil escuchar la corriente viva de nuestra pasión común por inventar y contar historias, nos devolvió a un tiempo en el que no nos conocíamos para trenzar allí ese tipo de complicidad duradera que sólo se fragua en las edades más tempranas. 

Todo esto me hace recordar unos versos de Pilar Quirosa que hablan de “reencontrarnos de nuevo / en cada estación del tiempo”, y estos versos me llevan a otro poema suyo, titulado “Catarsis”, en el que se pregunta: 

Cómo barajar el efímero tiempo,
el reloj derrotado por el paso de las horas,
el dolor que crece y se retuerce
en meandros, cómo escribir un poema.

Barajamos el tiempo, nos reencontramos, escribimos. Y Pilar va más allá, porque la efervescencia cultural que la anima desborda en ella el acto puramente creativo, la narrativa para niños, jóvenes y adultos, los artículos en prensa, la crítica literaria; lo desborda para hacerse activismo, militancia cívica, y entonces surgen también las labores de Ateneo, las Aulas de Literatura, los Encuentros con las Artes, las Letras o el Lenguaje Cinematográfico, los Departamentos de Publicaciones, los Colectivos sociales y reivindicativos, los recitales, las rondas de libros… Incansable ese ir y venir suyo para mantener vivo el fuego iluminador de la cultura cuando es tanta la arena con la que algunos pretenden apagarlo. 

Leí uno de sus últimos libros, El viaje de Edgar, mano a mano con mi hija. A través de él  regresaba –si es que alguna vez se ausentó- la Pilar más sideral, más celeste. Y he aquí otra cosa que compartimos: la fascinación por la astronomía. No podía ser de otro modo: tal vez pertenezcamos ambos a la vieja estirpe de aquellos que un día remoto, mirando el firmamento, dieron en unir, con una línea figurada, esa estrella de ahí con esa otra y con esa y con esa de allá, pareidolia cósmica  de la que nace un aguador, un arquero con su cinturón bien ceñido, un centauro, un delfín, la nave de los argonautas. Y siempre el viaje, por las Islas provisionales o A orillas del Zambeze o más allá de cualquiera de esas fascinantes nebulosas interestelares que sólo son visibles con telescopios: viajes de la imaginación, tal vez: pero es que es de esa materia de la que estamos hechos.


miércoles, 26 de octubre de 2016

Cisne Negro



Cuando ya sea imposible seguir manteniendo oculto lo que realmente está sucediendo lo llamarán el impacto de lo altamente improbable, ese Cisne Negro de Nassim Nicholas Taleb

Recordad a Mark Twain: "es más fácil engañar a la gente que convencerlos de que han sido engañados". 

Y tengamos siempre presente que en un mundo globalizado lo que pasa en un país -pongamos el nuestro- es una parte de lo que pasa en todos los países. Una pieza. Una jugada.

Al final, además, descubriremos que no hay un Cisne Negro, que solo "hay un lago inmenso lleno de fango, lleno de fango", como decía la canción.

Wake up Neo...



(Foto: Palencia 2008. JFH)

sábado, 22 de octubre de 2016

Todo es uno

Ariel Bension (1880-1932), doctor en filosofía e historiador de ascendencia sefardita, considerado el último de los grandes sufíes judíos, escribió en El Zohar en la España musulmana y cristiana (1931), explicando cierto pasaje de este libro esencial de la corriente cabalística, que: 

"La vida humana –dice el Zohar en alguna parte- se amplía por medio de la vida universal. El objeto del Universo se teje a través de la vida del ser humano. Por consiguiente, el hombre es prevenido de vivir de tal manera que a la puesta de sol sienta en sí que su día no ha sido malgastado sin acción. Pues el hombre, malgastando su propio día, ha malgastado también el día del Universo entero”. 

El hecho que se esconde tras esta afirmación -a saber: que todo cuanto existe, en el mundo físico y en cualquiera de los otros mundos que escapan a nuestros sentidos, está unido; que Todo es Uno- arroja sobre nuestros pobres hombros la responsabilidad de tener que ser permanentemente acción, entendiendo por tal aquélla que es útil, que es provechosa, y no ya cada día, como señala Bension, sino en la suma completa de nuestros días, pues si malgastando uno solo de ellos malgastamos el día del Universo, malgastando nuestra vida entera estaremos, de algún modo que escapa a nuestra conciencia, malgastando también la vida de todo el Universo. 

Según relata Plinio el Viejo, los tracios echaban en una urna una piedra blanca o una negra al finalizar el día, según si éste había sido favorable o infausto, y bastaba con que al morir se contaran unas y otras para saber si habían sido felices o no durante sus vidas. Cuánto bien nos haríamos a nosotros mismos –y al Universo, incluso al Multiverso que propone la teoría de cuerdas- si actuáramos como si realmente pudiéramos intervenir de forma positiva en cada una de nuestras acciones, sin permitir que las cosas ocurran sin más, fatídicamente, como dejándose arrastrar hacia la piedrita blanca o la negra por sí solas.

 NASA; ESA; G. Illingworth, D. Magee, and P. Oesch, University of California,
Santa Cruz; R. Bouwens, Leiden University; and the HUDF09 Team