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miércoles, 18 de septiembre de 2024

Un mundo propio

 

Para su acostumbrada y breve reapertura anual elige el Loser esta vez la figura de un círculo que se cierra, sin que ello signifique el cierre definitivo del propio blog&bar, que quizá no se produzca nunca, o al menos eso espero, pues este lugar ya es parte de mí. Es un círculo que se cierra porque la primera entrada, allá por el 31 de marzo de 2011, trataba de un libro recién publicado, Pasadizos, del cual es autor quien ha venido regentando este local desde entonces, y ésta que es última por ahora trata, a su vez, de otro libro, Un mundo propio, que reúne precisamente una selección de los textos que aquí han aparecido a lo largo de estos más de trece años, y en los que siempre hubo una voluntad de hablar con el lector cara a cara, en la intimidad de la imaginación compartida que acepta jugar al juego propuesto: que hay una barra entre quien habla y quien escucha, y un cóctel entre ambos, que suena alguna música, que las paredes están adornadas con fotografías de perdedores cinematográficos, que este lugar a media luz es eso, un consulado, un refugio, un espacio para permanecer al abrigo de la mentira, del vertiginoso transcurrir del tiempo, del ruido, de la división…

La intimidad que propone un libro es otra distinta a aquella a la que acudí para tratar de vencer en quienes han tenido la generosidad de leerme aquí esa tendencia a la distracción que provocan las pantallas, esa lectura por encima, algo superficial, que inevitablemente se hace de un texto en un móvil, en un ordenador, incluso en un libro electrónico, yo al menos así lo siento y así se lo he oído a muchas otras personas. Aquel «In omnibus requiem quaesivi, et nusquam inveni nisi in angulo cum libro», de Tomás de Kempis, que casi todos conocimos citado por Umberto Eco en las primeras páginas de El nombre de la rosa, aquel pensamiento de no haber logrado hallar el descanso, después de haberlo buscado en todo, más que en un rincón con un libro, hablaba del libro tradicional, en papel, acaso incluso escrito por amanuenses, porque no cabía todavía imaginar ningún otro, claro está; y sin embargo, enunciado hoy, cuando hay ya otros artefactos para leer en ellos que no son ya unas hojas encuadernadas, enunciado en latín o en castellano o en cualquier otro idioma, se sigue teniendo la sensación de que al hablar de un libro en estos términos es en el libro de toda la vida donde verdaderamente encontrarás la concentración y el reposo. Hablo desde la experiencia de quien ha intentado esa concentración en un libro electrónico y no la ha conseguido, y de quien repasa superficialmente cualquier artículo en un diario digital, que en muchas ocasiones lleva en el encabezamiento la estimación del tiempo que ocupa su lectura, como para advertir que no será mucho, tranquilos; de quien picotea en ellos, y salta a otro artículo distinto mediante un enlace, y pierde el hilo, o ha de imprimirlo en folios si de verdad quiere enterarse plenamente de lo que dice.

En uno de los capítulos de su magnífico libro Superficiales: ¿Qué está haciendo Internet con nuestras mentes?, Nicholas Carr hace un recorrido por la evolución histórica de la escritura hasta llegar a lo que él llama «la página profundizada»: tablillas de arcilla o de cera en que se imprimían los signos de la escritura, rollos de papiro, el pergamino, y siempre una escritura continua, reproduciendo la forma en que se habla, y en cierto momento de la historia, a comienzos del segundo milenio, antes de la invención de la imprenta, la separación de las palabras, de tal manera que el lector pasa de tener que concentrarse en la tarea de identificar los vocablos en una línea larga a poder abstraerse en el contenido, en lo que se cuenta. Nace la lectura atenta, profunda, esa lectura que según describió T. S. Eliot sitúa al lector en «un punto de quietud en un mundo que gira»; es una concentración que, aplicada al acto de leer, supone una rareza para la mente humana, que ha de permanecer siempre consciente de lo que nos rodea, pues de ello podría depender salvar un peligro o captar una oportunidad. La lectura en silencio, concentrada, absorta, dice Carr, permite perderse en las páginas de un libro: el escritor se funde con el lector y el lector se hace libro. Insiste Carr en que las pantallas están anulando esa capacidad de concentración, y se refiere a cómo ávidos lectores declaran que cada vez tienen que esforzarse más para mantener la atención en la lectura de un libro como resultado del efecto que la lectura en digital está causando en nuestras mentes. Y es cierto: leer hoy es buscar ese punto de quietud del que hablaba Eliot en un mundo que gira a nuestro alrededor como un torbellino de distracciones.


Cada libro impreso es un objeto único, es tu libro o un libro que te prestan y acaso te olvidas de devolver o un libro tomado de una biblioteca pública al que las manos de tantos lectores han ido dándole la forma con que llega hasta ti, y en cuyas páginas podría pensarse que permanecen indicios inmateriales de quienes las recorrieron con los ojos antes que tú. En cada libro impreso y encuadernado se establece una complicidad inconsciente con el contenido (la ficción, el ensayo, los poemas, las reflexiones) a través de la relación entre el grosor creciente de las páginas leídas y el menguante de las que te quedan por leer: la lectura no tiene que ver con el tiempo que inviertes en ella, sino con el espacio que vas conquistando a medida que avanzas y que a su vez está vinculado a los espacios que el conocimiento o la fantasía van abriendo en tu interior.

Soy, ya se ve, un hombre de libros, desde muy niño, de ahí que haber llegado ahora a éste, ver en él las palabras que escribí para el blog, tenga mucho de culminación de un anhelo. Recuerda Borges en sus Otras inquisiciones una afirmación de Mallarmé: «El mundo existe para llegar a un libro». Así este mundo propio, mi mundo, en el que ando gozosamente perdido, perdido por elección y muchas veces sin poder evitarlo, un poco ensimismado -qué palabra, ensimismado, ¿verdad?-, un mundo interior creado con historias apasionadamente leídas, con películas o actores que dejaron en mí la perfección de una escena que luego creeré reconocer en la vida real  o un gesto que imitaré irreflexivamente, creado con el canto de un mirlo, con las sensaciones que me despiertan ciertas piezas de música, con el hueco que abre a mis pies la pérdida de un amigo, con el juego de imaginar una película que no existe a partir de un cuadro y una obra de teatro, con las virtudes del silencio, con la añoranza por la tierra en la que se hunden mis raíces, con el recuerdo de un club de jazz ya desaparecido o de un programa de radio que dejó una huella imborrable en mí, con ciudades visitadas, y espejos, y museos, y que es un mundo que no pretende ser encierro, guarida de misántropo, sino que ha buscado siempre darse al exterior. Así he sido desde niño: alguien que busca contagiar a otros las emociones que he experimentado entre unas páginas, en una sala de cine, frente a una obra maestra de la pintura, dejándome llevar por la brillante interpretación de un concierto de violín. Casi nunca ha sido una mera reseña literaria, o una descripción más o menos bien compuesta de un paisaje o una experiencia, sino la pura y encendida transmisión de un sentimiento, y también, por qué no, la voluntad de compartir conocimientos adquiridos en cada una de esas íntimas aventuras que uno ha emprendido como parte de la construcción de ese mundo propio.

Por lo demás, el libro lo publica la Editorial Dos Aguas dentro de la iniciativa The Book Project, por la cual los beneficios que una obra genere van destinados a una causa solidaria o a un proyecto cultural. Creo justo que así sea. Ningún rendimiento económico le he sacado nunca al blog y entiendo que así debe ser ahora que el Loser es también un libro. He elegido la Asociación de amigos de la Orquesta Ciudad de Almería como destinataria de esos beneficios, no sólo por la gran labor que hacen en apoyo de la Orquesta y sus músicos, sino también en recuerdo de los años en que mi hija formó parte de las secciones Infantil, primero, y Joven después. Años de enorme enriquecimiento personal, tanto para mi hija como para mí. Al fin y al cabo, a ella está dedicado el libro.

Y puesto que es tanta la música que atraviesa Un mundo propio, existe un playlist en Spotify a manera de banda sonora…

  

Para más información o pedir un ejemplar: info@editorialdosaguas.com 


 

miércoles, 4 de octubre de 2017

Jane y Robert, sus almas en la noche


Supongo que siempre di por sentado que nunca vería al siempre admirable Robert Redford en su ancianidad, que se retiraría antes, como hicieron otros actores, o que sencillamente quedaría detenido en una privilegiada madurez intocada por el más mínimo signo de decadencia física. Es cierto que le he ido viendo hacerse mayor, que en sus últimas películas la edad y la actitud de sus personajes parecen no corresponder del todo con sus movimientos, con su aspecto. Ahora, su feliz reencuentro con Jane Fonda en Our soulds at night, producida por y para Netflix, me sitúa en un plano emocional donde se cruzan lo personal y lo cinematográfico, pues sus ochenta años son los ochenta que también han entrado en mi propia familia, como de golpe, como si cada uno de los setenta y tantos no hubieran estado corriendo hacia ellos.

Que la práctica totalidad de los actores y actrices del cine clásico hayan desaparecido ya (que Kirk Douglas u Olivia de Havilland sean centenarios) es perfectamente consecuente con el recuerdo que conservamos de aquellas viejas películas, tan amadas, por otro lado. Pero uno siente, con un evidente error de apreciación, que Todos los hombres del presidente, por ejemplo, está como ahí mismo, en un pasado para nada remoto, con toda la vigencia estética y rítmica, apenas diferenciable de la reciente Spotlight. En la década de los ochenta vi en el cine, con mi chica de hoy y según iban estrenándose, El mejor, Memorias de África o Peligrosamente juntos. Redford ya había ganado un Óscar como director, y como intérprete (y también como hombre comprometido) disfrutaba de una posición privilegiada que apuntaba a lo que ya es desde hace tiempo, sin duda: una auténtica leyenda del cine. La distancia que media entre La jauría humana y Memorias de África viene a ser la misma que separa, por compararlo con Leonardo DiCaprio, Titanic y El renacido, pero la sensación no es la misma, no sé, como si DiCaprio simplemente fuera avanzando en su carrera y Redford, veinte años después de su irrupción en el cine, encarnara a aquel carismático cazador llamado Denys Finch Hatton ya en el dorado epílogo de la suya y como de vuelta de todo, y eso sin haber cumplido aún los cincuenta años.

Sin embargo, lo cierto es que no ha dejado de hacer películas (afortunadamente), delante y detrás de las cámaras, ni de impulsar el cine independiente desde su célebre Festival, el Sundance. Como actor, aportando siempre a cada película el prestigio de su intocable veteranía, en los noventa y luego en el nuevo milenio, del que hemos recorrido, como el que no quiere la cosa, diecisiete años, los que van de sus 63 a los 80 de este Nosotros en la noche (yo prefiero Nuestras almas en la noche, más literal, pero sobre todo más significativo), donde se muestra ya, abiertamente, como un anciano, sin duda más atractivo que el resto de ancianos con los que se reúne en una cafetería, más apuesto, en mejor forma, pero anciano al fin. Gloriosamente anciano.


Nosotros en la noche, basada en una novela publicada en España con el título así traducido, es una película sencilla y conmovedora. La sencillez es un valor escaso en las películas de hoy, como lo es la hondura en el mensaje, o la propia existencia de mensaje. Aunque realizada para no ser exhibida en salas de cine, tiene una factura impecablemente cinematográfica. Los personajes que interpretan Redford y Fonda no andarían ya descalzos por el parque ni jugarían al jinete eléctrico. Están el final del otoño de sus vidas. Son viudos, viven solos y están apegados a la pequeña y plácida localidad de Colorado donde han vivido, probablemente, desde siempre, y tal vez llevan años sin recordarse a sí mismos esos fantasmas del pasado que enrarecieron sus respectivos matrimonios, una infidelidad, un accidente. Una noche, ella, Addie, llama a la puerta de él, Louis. Se conocen de antes, claro, pero no se han tratado nunca, no de una manera cercana, al menos. Louis la invita a pasar, Addie se sienta en un sillón, la tele está encendida, él se disculpa, la apaga. No tienen mucho de qué hablar, así, de repente. Bueno, ella sí, ella tiene algo que proponerle, y lo hace de forma directa y algo insegura: ¿Querría él dormir con ella por las noches? Nada sexual, solo compañía; solo dos y no uno en la cama.

Me alegro de que el siempre admirable Robert Redford no se retirara, por coquetería o cansancio, y que se haya reencontrado con Jean Fonda. Escribí en un relato que la vejez es en nuestro tiempo una de las formas de la invisibilidad social. Es justo que de tarde en tarde el cine o la literatura se sobrepongan a la tiranía de la juventud, y que lo hagan con una mirada de esperanza.

jueves, 6 de julio de 2017

Shane


Es imposible saber qué le ocurrió a Shane allá, en el lugar de donde quiera que venga, o en la sucesión de lugares de los que se haya marchado camino, ahora, de cualquier otro sitio donde no haya estado antes. Huye de ello: no precipitadamente, no con miedo, no como acuciado por una persecución. No temiendo la muerte, por ejemplo, al menos no la suya.  Acaso sí las que sin poder evitarlo acaba por provocar. Es un hombre emocionalmente cansado cuando llega al valle, solitario, errabundo, con una marcada expresión de melancolía en la corta sonrisa. Lo que sea aquello de lo que huye, la suma de sus pasados violentos, le impulsa instintivamente a buscar el revólver si de pronto se produce un ruido, incluso allí, en la granja de los Starrett, buena gente, campesinos intentado echar raíces en tierras que los rudos ganaderos que les precedieron consideran suyas. Por qué no aceptar quedarse un tiempo con ellos, trabajar en la cerca y en los sembrados, ayudar a talar ese viejo tocón con el que Joe Starrett lleva batallando más de dos años. El pequeño Joey es un chico despierto, y ella, la madre, Marian..., bueno, su voz fue lo primero que oyó cuando se acercaba a la granja montado en su caballo: para él, antes que a una familia, aquella granja estuvo ligada a una bella canción.

Es bien sabido que Shane (George Stevens, 1953), o Raíces profundas, como se tituló –felizmente, a mi juicio- en español, está contada a través de los ojos de un chico, Joey Starrett (Brandon De Wilde). Se trata de uno de los más célebres casos de narración subjetiva en cine: son sus ojos los que ven llegar al desconocido en el primer plano de la película y sus ojos los que le ven marchar en el último; los que asisten a la tumultuaria pelea en el bar de Grafton, en la que su padre y Shane vencen a un número muy superior de rudos cowboys, y también los que contemplan por debajo de una puerta batiente el duelo final. De su creación es, por tanto, la imagen legendaria que nos queda de ese pistolero en busca de redención interpretado por Alan Ladd, incluido el arabesco giratorio que realiza con el revólver antes de enfundarlo tras matar a dos hombres (esa huella imborrable que es el asesinato). Pero nosotros vemos más, vemos la soledad en su rostro, vemos las miradas que se cruzan él y Marian Starrett (Jean Arthur), la compenetración en el baile, la aceptación por parte de Joe Starrett (Van Heflin) de una situación para la que no encuentra culpables, al fin y al cabo ella es la chica más honesta con la que ha vivido; vemos la renuncia de Shane, que nunca fue un cobarde, o quizá sí, quién puede saberlo, no lo deja claro bajo la lluvia y enmarcado por el ventanuco del dormitorio del niño: sería largo de contar, Joey (It’ a long story, Joey). Vemos, en fin, su condición de perdedor donde el muchacho ve la invencibilidad de un gigante.


Todo sucede al otro lado de las montañas, que aquí, en el valle, es este lado de las montañas, donde una forma muy elemental de civilización lucha contra el espíritu de conquista que empujó a los primeros hombres blancos a arrebatarles aquel territorio a los indios. Es un valle fértil: la geografía juega un papel fundamental en la película, y la textura del sonido, y la madera, ese material a medias entre la naturaleza y la mano del hombre: de madera son las granjas y casi todo lo que contienen, y las cuatro o cinco edificaciones a las que llaman pueblo, todas levantadas a un solo lado, sin calle propiamente dicha, con el bazar y el bar de Grafton dominando el conjunto, y un hotel, y una herrería, y lo que parece una peluquería; de madera son los troncos con que están construidas las paredes y el tejado, y las tablas del suelo, y las puertas batientes, y las escaleras, y los toneles, y los estantes, y las cercas. A veces madera podrida, como en algunas sillas que se desbaratan contra una espalda; a veces de la mejor madera de la que puede estar hecho un hombre.

Dicen que Jack Wilson (tenebrosamente magnético Jack Palance) viene de Cheyenne, que es un pistolero contratado por los Ryker para acabar con quienes ellos llaman intrusos, no colonos. Pero es la muerte, en realidad, que le da alcance a Shane. Wilson, rápido, muy rápido con el revólver, enjuto como la propia vieja dama, oscuro como la sombra de sí mismo, lento, de ojos hundidos y risa cadavérica, capaz de eternizar el momento de un disparo después de haber desenfundado antes, como para que el pobre diablo que acabará tendido en el barro tenga tiempo de pensar en su muerte. Shane conoce a Wilson, pero Wilson no conoce a Shane. ¿Quién es, entonces? Aquel tipo que llegó vestido como un trampero, con una cartuchera de gruesos remaches de plata y un revólver también plateado y de cañón largo, la funda a la cadera para que al sacar quede ya en posición de disparo, ¿quién diablos es? Imposible saberlo.


Hace tiempo que acepté que George Stevens es el director de cine al que más admiro, por pura lógica: varias de mis películas favoritas llevan su firma, empezando por Un lugar en el sol y Gigante. Raíces profundas es uno de los westerns que más amo, por esa carga de poesía en imágenes que destila cada plano. Esa mezcla de aparente sencillez y hondura poética y psicológica fue resumida en una frase por el historiador Edward Countryman, quien escribió que Shane no es más que una película del oeste en la misma medida que Romeo y Julieta no es más que una historia de amor... La fotografía de Alan Ladd está colgada en las paredes del Loser junto a la de Tom Doniphon, no porque el actor resista una comparación con John Wayne (aunque la imperturbabilidad interpretativa de Ladd encuentra su razón de ser en este personaje), sino porque ambos personajes son hombres de puerta batiente, capaces de disparar contra el pistolero más rápido, salvando con ello al hombre que sin duda habría muerto en el duelo y renunciando, al mismo tiempo, a la mujer que aman.

Cuando yo era niño, la escena final de Raíces profundas, con la voz de Brandon De Wilde resonando en el valle mientras la figura del buen pistolero se empequeñece camino de otras montañas (¡Vuelve Shane, mamá te aprecia!) estaba entre las más recordadas de la historia del cine. Por películas así nos convertimos algunos en carne de celuloide.



viernes, 23 de junio de 2017

Italoamericano



"-El crimen perfecto no existe –dijo Tom a Reeves-. Creer lo 
contrario es un juego de salón y nada más. Claro que muchos 
asesinatos quedan sin esclarecer, pero eso es distinto.
PATRICIA HIGHSMITH 
El amigo americano (Ripley’s Game)


Hasta hace menos de una semana, el Loser Blog&bar no tenía nuevo cóctel con el que cumplir la tradición de servir uno distinto cada Noche de San Juan. No es que hayamos agotado, ni remotamente, todos los cócteles conocidos, pero sí aquellos que forman parte de la personalísima carta de este local, los que sabe elaborar y disfrutar el tipo que regenta su barra imaginaria esmaltada de literatura. Todo parecía indicar que tendría que recurrir al gintonic, que no es un cóctel en su estricto sentido, pero que desde luego es bebida que le ha proporcionado a este humilde webarman una cierta reputación como hacedor de pequeños milagros alcohólicos. Entonces el escritor Justo Navarro vino a rescatarme del apuro permitiéndome hacer público un cóctel de su creación: el Italoamericano. Esta es, pues, una ocasión muy, muy especial.

En cierto sentido, podría parecer que el Italoamericano es una variante del Manhattan, al sustituir el vermut por Campari, prescindir del golpe de angostura y añadirle un trozo de corteza de naranja. Pero en el sutil arte de la coctelería cada modificación de los componentes de una receta es en sí misma causa de un efecto mariposa capaz de generar toda una cadena de matices distintos tanto en el sabor como en los espacios de la imaginación que abre con el primer trago. Por ejemplo: así como el Manhattan me trae a la cabeza un aluvión de escenas con la Gran Manzana como telón de fondo cinematográfico, el Italoamericano me hace pensar de manera automática en ciudadanos estadounidenses gozando de una estancia en la Italia de los años cincuenta, en su condición de viajeros, claro está, no de turistas (para la diferencia entre unos y otros, consultar Paul Bowles, El cielo protector, 1949).

Con Justo Navarro en la presentación de Pasadizos, marzo 2011

Pero no puedo continuar sin explicar antes cómo se prepara un buen Italoamericano, de acuerdo con las indicaciones de su propio inventor (quien durante un tiempo se refirió al cóctel con el nombre de Milano-Kentucky): en vaso mezclador con hielo, verter dos tercios de bourbon (Jim Bean) y uno de Campari. También en este caso, como en el Manhattan, el tiempo que la mezcla permanece en contacto con el hielo es capital: el imprescindible para que el frío se transfiera plenamente al líquido sin que llegue a añadirle una sola gota de agua. Servir en copa o vaso adecuado, retorcer sobre el líquido un trozo de cáscara de naranja y dejarlo caer luego en la copa. Se contempla un momento el resultado y se empieza a beber. Ese tiempo que tarda en enfriarse podría medirse con una oración. Yo prefiero hacerlo con un poema, de Justo Navarro, por ejemplo, y del libro que ahora mismo tengo junto a mi Italoamericano, Mi vida social (Pretextos, 2010), pongamos por caso el que acaba así: “…que el deseo imposible es triste, / y es el pasado el más / imposible de los deseos.”

El segundo cóctel me trae el recuerdo de Tom Ripley, el personaje fatal creado por la inquietante Patricia Highsmith. De Highsmith escribió Justo Navarro que “poseyó el don de presentar los pensamientos perturbados con la misma ecuanimidad que merecen los más razonables”, y de Ripley, que es el “asesino triunfante, insolente y audaz”. El Ripley en el que pienso no pudo beberse, naturalmente, un Italoamericano, por razones cronológicas evidentes. Pienso en su primera aventura, de 1955, donde despliega todo su mortífero talento a pleno sol. Lo veo en Mongibello, una localidad al sur de Nápoles, adonde ha llegado con el encargo de convencer al joven millonario Dickie Greenleaf para que vuelva a los Estados Unidos. Lo veo también, más tarde, en San Remo, en Palermo, en Roma, en Venecia. Lo veo haciéndose amigo de Dickie, desdoblándose, imitando voces y firmas, lo veo conduciéndose con una fría inmoralidad, matando en el mar y también en un apartamento de Roma, y deslizándose a través de las sospechas sin que ninguna llegue a prender en él, y finalmente lo veo heredando. Se bebe mucho en El talento de Mr. Ripley: gintonic en la neoyorkina primera página, Martinis, sobre todo, algún Bloodymary, chianti… Ya hubieran querido conocer entonces sus personajes el Italoamericano, cuyo creador, por cierto, y entre otros espléndidos libros, es el autor de la mejor novela negra que se ha publicado en España en los últimos años: Gran Granada (Anagrama, 2015).

Alain Delon (Ripley).  Plein soleil, 1960

La idea del arribista que logra meter la cabeza en el ambiente de los millonarios y que, temeroso de perderlo todo de golpe, acaba por cometer un crimen, está en Una tragedia americana, de Theodore Dreiser, que Highsmith traslada a Italia treinta años después. Ripley sería un Clyde Griffiths que sí mata en un bote de remos, no solo lo planea, y no a una mujer humilde, sino al tipo al que desea suplantar, y que se libra de todo castigo, al contrario que el protagonista de Dreiser, a quien condenan a muerte sin haber cometido el asesinato. La primera versión cinematográfica de la novela de Highsmith se tituló A pleno sol, con Alain Delon como un sensual Ripley (René Clément, 1960); la mejor versión en cine de Una tragedia americana se tituló Un lugar en el sol, con un inconmensurable Montgomery Clift (George Stevens, 1951).

El Italoamericano deja en la boca un persistente –y placentero- sabor amargo. Es a causa del Campari. Literariamente, se trata de ese amargor de las historias turbias, como las de Ripley, como la de Gran Granada, de los ambientes donde el crimen encuentra acomodo, de esas zonas oscuras de la vida donde no llegó a madurar la bondad. Es un amargor enrojecido por el pecado, si se quiere: se trata de la parte católica que le aporta al cóctel su lado italiano; el bourbon, por el contrario, tiene la reciedumbre del pionero protestante que anda algo apartado de la Biblia, el calor del fuego bajo las estrellas, el crujir de las hojas secas en el maizal. Y entre uno y otro, la dulce acidez de la naranja, casi inapreciable, apenas una traza, un querer y poder oculto en el sabor.

¿El mejor Italoamericano posible? Bueno, encontrar el equilibrio del Campari –no pecar ni por defecto ni por exceso- es fundamental. Pero en cualquier caso, el mejor Italoamericano será siempre el que se comparte con un amigo.

¡Salute!



Matt Damon (Ripley) y Jude Law (Dickie) en El talento de Mr. Ripley (Anthony Minghella, 1999)

jueves, 20 de abril de 2017

Diálogos de cine: Ángel


Sir Frederick Barker (Herbert Marshall) y Anthony Halton (Melvyn Douglas) hablan en casa del primero de la misma mujer, sin saberlo. La película es Ángel, de Ernest Lubitsch (1937). El guión, de Samson Raphaelson, a partir de la pieza teatral de Melchior Lengyel. Ella, esa mujer, es María para uno y Ángel para el otro; para todos los demás, Marlene Dietrich.

BARKER: Hola, amigo, me alegro de verte.
HALTON: Hola.
B.: Hacía tiempo que no tomaba tantas copas como ayer.
H.: De hecho, yo también tomé demasiadas.
B.: Me alegro de que hayas podido romper tu otro compromiso.
H.: Bueno… Es curioso. Sólo te conozco desde ayer y… aún así…
B.: Me siento igual. Es curioso, ¿no? Vamos a sentarnos.
H.: He estado siguiendo tu causa en los periódicos. Admiro lo que has hecho. Admiro tu valor e inteligencia, y el arrojo con que te enfrentas a tus problemas. Yo… Estoy orgulloso de estar en tu casa.
B.: Gracias. (Enciende un cigarrillo) He estado pensando mucho en ti.
H.: Espero que mi pequeña historia no te haya preocupado.
B.: Es una historia poco corriente. No me importaría leerla en una novela. Pero no me gustaría ser el protagonista. O tenerle como amigo.
H.: Gracias, Barker.
B.: Créeme, un hombre no debería crearse problemas.
H.: Supongo que eso es lo que Bruto le dijo a César cuando César dijo: “Bruto, acabo de conocer a una chica egipcia llamada Cleopatra. Me está volviendo loco”.
B.: Si recuerdo correctamente, César lo superó, ¿no?
H.: Pero Cleopatra no era Ángel. Si César hubiera conocido a Ángel… habría cambiado la historia del Imperio Romano.
B.: Habría caído doscientos años antes.
H.: ¿Qué son doscientos años en la Historia? Veinticinco páginas. Pero una hora con Ángel…
B.: Sesenta minutos.
H.: (Niega con la cabeza) Tres mil seiscientos segundos.
B.: Bueno, me rindo. Siempre es difícil razonar con un hombre enamorado. Me temo que eres un hombre enamorado.
H.: No lo sé. Puede que sea más que amor, o menos que amor.
B.: Bueno, decídete. ¿Qué es?
H.: Es un sentimiento determinado. Un secreto entre dos personas y sólo entre esas dos personas. Algo que no puede… Vamos, ¿nunca has perdido la cabeza por una mujer? ¿No has sentido que podías dejar de buscar, que lo habías encontrado?
B.: Sí. Y vas a conocerla.

lunes, 3 de abril de 2017

Danny Rose


Que el bueno de Danny Rose es un perdedor casi nadie lo pondría en duda, y sin embargo entre la gente del espectáculo, y sobre todo en el gremio de los cómicos neoyorquinos, todo el mundo conoce una historia divertida con la que recordarle. En realidad, los cómicos nunca se hubieran referido a Danny como un loser: era un tipo sin suerte, simplemente. Quiso ser humorista, de los llamados comediantes en vivo, como el propio Woddy Allen que inventó e hizo suyo el personaje en 1984, solo que no pasó de animador de fiestas para octogenarios y acabó por hacerse agente de artistas, qué otra cosa le quedaba. Eso sí, qué artistas. Sus representados ocupaban el nivel más bajo del show business: un bailarín de claqué cojo, un xilofonista ciego, un malabarista manco, un pingüino que patinaba vestido de rabino, una mujer autodidacta que interpretaba música deslizando los dedos por el filo de varias copas con agua, un doblador de globos o un ventrílocuo tartamudo del que ni siquiera Danny Rose quiso hacerse cargo en un principio, pero al que después de una paliza propinada por la mafia, de la que Danny fue involuntario responsable, acogió en el grupo de disparatados faranduleros a los que representaba.

A pesar de todo, Danny Rose creía realmente en aquellos números y se dejaba la piel por ellos cuando negociaba un contrato. De tanto en tanto uno de sus artistas conseguía tener éxito, y entonces, indefectiblemente, éste lo abandonaba. Él no lo veía venir. Nunca lo vio. Ya he dicho que era un buen tipo. Más que un agente, era un amigo y un confesor para sus representados, haciéndoles creer en sus posibilidades e intentado sacar lo mejor de ellos, que nunca era mucho más de que lo que ya mostraban a simple vista: Repite frente al espejo las tres palabras, les decía: estrella, sonrisa, firmeza. Y funcionaba. Al menos eso pensaba él. Y no, nunca vio venir la ingratitud.


Era un hombrecillo nervioso hasta la úlcera de estómago, con gafas de gruesa montura y un frenético lenguaje no verbal, con unas manos empeñadas en dar forma a cada una de las palabras que soltaba con su incontenible labia. No decía déjeme decirle una cosa, decía déjeme introducir un concepto en esta coyuntura, y las manos iban, venían, introducían, conceptuaban. Cierto día, alguien contó en una tertulia de cómicos y agentes celebrada en el pequeño delicatesen Carnegie Deli de Nueva York la historia más divertida de Danny Rose, y tal vez la más larga, aunque nunca se sabe; además, a ratos resultaba más triste que divertida. Tenía que ver con Lou Canova (Nick Apolo Forte), un crooner italoamericano con exceso de peso y cierta inclinación a la bebida y la infidelidad conyugal que veinticinco años atrás había conocido un fugaz éxito y que ahora trataba de reflotar su carrera con el apoyo indeclinable de Danny Rose. Para un concierto en el que se jugaba el todo o la nada, Canova le pidió a Danny que llevara consigo a su amante, Tina, Tina Vitale (Mia Farrow). El esforzado agente se sorprendió, creía que su matrimonio iba bien, que había dejado los líos de faldas, pero aceptó el encargo: qué no haría por su mejor artista la noche más importante de sus vidas. Lamentablemente, la temperamental Tina estaba vinculada con la mafia, y Danny Rose  acabó perseguido y casi liquidado por un par de gánsteres al ser confundido con el tipo que mantenía una relación con ella. Al final todo terminó bien. Salvo por ese pequeño detalle de la ingratitud de la que solía ser objeto, claro. Pero él siempre salía adelante. Sus artistas sin fortuna nunca le abandonaban. Y era un tipo querido en la profesión.


En una filmografía tan extensa como la de Woody Allen, las opiniones acerca de cuáles son sus mejores películas o qué época, qué década, es la que acumula más títulos brillantes, diferirán entre sus incondicionales. En lo que a mí respecta, Broadway Danny Rose es una de las que más me han gustado siempre, desde que la vi en cine hace más de treinta años. Rodada en un magnífico blanco y negro, como esa auténtica joya cinematográfica que es Zelig, estrenada el año anterior, este emotivo homenaje a los cómicos más humildes precede en la década de los ochenta a títulos como La rosa púrpura del Cairo, Hannah y sus hermanas, Días de radio, September, Otra mujer y Delitos y faltas, palabras mayores todas ellas. Y es que no fue una mala década para Allen la de los ochenta. ¿La mejor de su carrera? Posiblemente la que reúne un mayor número de películas redondas.

Maestro en conseguir el Oscar para sus actrices, bien pudo haberlo obtenido Mia Farrow, su pareja en aquella época, por su papel de Tina Vitale. Desde luego, es la única ocasión en toda la filmografía de esta actriz en que el espectador no echa de menos un saquito de sal al alcance de la mano para añadírsela puñado a puñado a su interpretación (y cabe recordar que entre los personajes que ha encarnado está el de la madre del hijo del diablo). Una actitud descarada y algo vulgar y las grandes gafas oscuras que ocultan sus ojos casi todo el metraje obran el prodigio de vigorizar su trabajo en Broadway Danny Rose, como si fuera su mirada la responsable de la habitual sosería de Farrow. Sin duda también ayudó a la composición del papel el haber visto en vídeo cientos de veces el Toro salvaje de Scorsese, según confesión propia. De todas maneras, no es descartable que ésta sea la verdadera Mia Farrow. Si sumamos Frank Sinatra (Danny Rose tiene una foto de Sinatra en su apartamento, un cuchitril de loser, según le dice Tina), Farrow y la posibilidad de que la mafia le rompa las piernas a Woody Allen por su causa, casi da como resultado un film profético, al menos en relación con cierta leyenda urbana. Afortunadamente, ningún hampón acabó ni con Danny Rose ni con Allen: no los metieron en un armario y aspiraron el aire del interior con una pajita, no convirtieron sus cabezas en un instrumento de viento ni tampoco levantaron ningún edificio de oficinas en el puente de sus narices, procedimientos todos ellos seguidos por la Cosa Nostra en sus ajustes de cuentas según el genio neoyorkino escribió en “Para acabar con la Mafía”, texto recogido en su hilarante libro Cómo acabar de una vez por todas con la cultura.