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viernes, 12 de mayo de 2017

Michael Thomas y Las cuatro estaciones


En un artículo que escribí el verano pasado para un periódico local señalaba que Michael Thomas dirige la Orquesta Ciudad de Almería sin valerse de la acostumbrada batuta, acaso porque así lo hayan pactado sus manos con el violín y el arco: guardar una fidelidad de manos desnudas en la materialización de la música, o quizá para no privar a una de ellas de la libertad de que goza la otra en cada indicación delicada o impetuosa. Frente a los músicos y de espaldas al patio de butacas, la figura de Michael Thomas resulta tan apasionadamente expresiva en los movimientos con los que moldea la armonía que surge de la suma de todos los instrumentos, tan involucrada en cada uno de los instantes de cada una de las obras que la orquesta interpreta, que uno diría que mientras dura el concierto permanece a medio camino entre la presencia corporal y la transmutación en música: Michael Thomas es, en efecto, la música que dirige cuando se crece en la tarima con los brazos alzados, al inclinarse delicadamente para marcar la atenuación de un pasaje, en el perfil atentísimo que nos muestra cuando se vuelve a un lado o al otro para ayudar a matizar la espléndida revelación de los violines o de los chelos.

Esta semana he tenido el privelegio de volver a verlo interpretando, en su condición de violinista solista, Las cuatro estaciones, de Antonio Vivaldi, junto con varios músicos de la OCAL a los que, dentro del mismo programa, dirigió previamente en la Suite burlesca de Don Quijote en Sol mayor, de Teleman. En la palabra interpretación cabe una cuidada puesta en escena acorde con el marco en que tuvo lugar, las XXXIV Jornadas de Teatro del Siglo de Oro de Almería; es decir: un vestuario barroco, luz de velas, versos de Shakespeare relacionados con las estaciones del año, leídos por una actriz en el papel de Anne Hathaway, la esposa del Bardo de Avon –de cuya muerte se cumplieron 400 años en 2016-, y una determinada manera de hacer suyos, de traducir a su propia sensibilidad, los doce movimientos en que están divididos estos cuatro conciertos del compositor veneciano.


A esta obra le debemos muchos el haber aprendido a amar desde niños la música clásica. Naturalmente, la he escuchado infinidad de veces, tres de ellas en directo (Ara Malikian en su espectáculo para niños y el propio M. Thomas en el 2012), y siempre es la misma emoción de recuperar algo que se siente como parte de uno mismo, así de interiorizados tenemos algunos pasajes concretos. A través de Michael Thomas –y a través del conjunto de los músicos que lo acompañan- volvimos a identificar en la primavera el canto de los pájaros, el cristalino rumor de un arroyo, el eco de una tormenta, la plácida siesta de un pastor, la danza campestre; en el verano, un sofocante, denso, fatigoso calor, el canto de la tórtola y el jilguero, los truenos que anuncian tormenta estival, su impetuoso estallido, la oscuridad repentina, los rayos haciendo trizas luminosas el cielo; en el otoño, con la alegría de la cosecha, reconocemos la danza de los campesinos, la embriaguez de uno de ellos, ralentizando con torpeza beoda el arco y desequilibrando al violinista, el sopor del vino, y más tarde la partida de caza, los perros corriendo hacia el bosque amarillo; en el invierno, el tiritar de frío, el calor que se busca golpeando con los pies el suelo, la tormenta de nieve, la lluvia al otro lado de la ventana mientras en el interior danza el fuego en la chimenea, el cuidado con se camina sobre el hielo, el viento tras la puerta al regresar a casa.

Mágica música inmortal, y mágica la interpretación de Michael Thomas y el resto de los músicos de la OCAL. El bis, acabado el concierto, me proporcionó la oportunidad de grabar al intérprete en el trance de desencadenar furiosa y apasionadamente una gran tormenta de verano.




Fotos y vídeo: JFH

martes, 6 de octubre de 2015

Alfanhuí

El Alfanhuí de Rafael Sánchez Ferlosio es, en más de un sentido, un libro maravilloso, a mi juicio el libro por el que más merecidamente su autor debiera ocupar el lugar de honor que en efecto ocupa en la literatura española gracias a su siguiente novela, El Jarama. Pero eso va en los gustos, claro. Como a tantos otros libros esenciales, he llegado a éste tardíamente, que no tarde: esos matices. Lo recuerdo rondándome con su extraño nombre durante mi infancia y juventud, porque formaba parte de aquella memorable colección de RTV Biblioteca Básica Salvat que no faltaba en ninguna casa, generalmente incompleta. Esta novela en concreto no estaba entre las que tenían mis padres; yo veía el libro en otras casas, entre los de color naranja, reservado para la narrativa y la poesía (el teatro en azul, el ensayo en verde), y me llamaba mucho la atención ese título tan raro en la portada, que por cierto era sólo una parte del título: el cabal venía dentro: Industrias y andanzas de Alfanhuí. Antes del verano lo busqué en esa colección, precisamente, atraído por una hermosísima cita que José Ángel Valente incluyó en su Diario Anónimo, y pude comprarlo al fin en una librería de lance.

Alfanhuí puede ser lectura de unos días o de varios meses, según el grado de disfrute que uno quiera permitirse. En el mes de julio yo había superado ya un tercio de sus páginas cuando lo cogió mi padre y burla burlando, a pesar de su actual mala vista para las letras de imprenta, se lo fue bebiendo en el sopor del estío. Qué cosas más absurdas cuenta, me decía, riendo, pero qué bien las cuenta. Seguramente le enganchó el que retratase el mundo rural mesetario de los años cincuenta, que él tan bien conoció, y puedo imaginar su gratísima sorpresa -que fue también la mía más tarde- al comprobar que en los últimos capítulos llega Alfanhuí a nuestra amada Palencia, ciudad que por "cualquier parte tenía franca y alegre la entrada y se partía como una hogaza de pan", y se pone a trabajar en una herboristería de la Calle Mayor, y sale a menudo a los campos de alrededor a buscar hierbas curativas.

'Realismo absurdo' podría ser una buena corriente literaria en la que incluir esta atípica, maravillosamente atípica novela española de 1951, pero no existe tal corriente -creo-; existe la de realismo mágico, del que bien podría ser avanzadilla en nuestro país, en espera de que empezaran a desembarcar los escritores latinoamericanos una década más tarde, y existe el surrealismo, y también lo real maravilloso: a medio camino entre estos territorios y el juguetón vanguardismo ramoniano se alza el Alfanhuí de Sánchez Ferlosio, con el eco entreverado de aquella picaresca estirpe de lázaros y buscones y guzmanes.

Escrita con una bellísima prosa poética, precisa y minuciosa en la descripción, Alfanhuí está construida con muy breves capítulos repartidos en tres partes. Admirado, ya desde el principio me dio por pensar en esos textos breves que hoy en día tratan de pasar por microrrelatos con el aplauso de algunos astutos promotores, y que no son sino, en la mayoría de los casos, fragmentos sueltos, ocurrencias, frases ingeniosas, pinceladas narrativas a la sombra -escueta- de un duradero dinosaurio. (Hay cierto libro reciente dedicado a este género en el que los microrrelatos están ordenados por su extensión, de los más largos a los más breves, y juro que el último, como por otra parte era previsible, es una página en blanco, salvo por el título y el nombre del autor, que es la versión narrativa de aquel lienzo en blanco que dio lugar a Arte, la magnífica obra de Yasmina Reza que Flotats, Pou e Hipólito elevaron a la cumbre de la escena teatral). Por el contrario, cada uno de los 41 capítulos de Alfanhuí, que forman parte de una única historia, podrían al mismo tiempo ser una historia independiente; más aún: con frecuencia encuentra el lector párrafos con una notable autonomía argumental, auténticos microrrelatos, lo que le confiere a la novela de Ferlosio la virtud de ser una miríada de historias dentro de una historia mayor. Valga este ejemplo con el que acabo ya, y con el que pretendo lograr interesar a otros en este libro imprescindible:

     "El maestro contaba historias por la noche. Cuando empezaba a contar, la criada encendía la chimenea. La criada sabía todas las historias y avivaba el fuego cuando la historia crecía. Cuando se hacía monótona, lo dejaba languidecer; en los momentos de emoción, volvía a echar leña en el fuego, hasta que la historia terminaba y lo dejaba apagarse.
     Una noche se acabó la leña antes que la historia, y el maestro no pudo continuar"


Jarrón con cardos. Escolástico Fernández

lunes, 4 de agosto de 2014

De cómo Els Joglars nos contó a los niños La Odisea de Homero

Soy un niño perdido en la oscura proximidad de los cincuenta años, inconcebible medio siglo donde aletean los sueños abatidos. Ya no espero lo que durante tanto tiempo di por supuesto: que antes o después acabaría convirtiéndome en otro, en el hombre adulto que estaba destinado a ser, como si fuera cosa de despertar un día olvidado de uno mismo y ya responsable, maduro, trabajador. No sucedió, y no sucederá: soy aquel niño; en otro cuerpo, eso sí. Y los años pasados se cuentan también por aquello que uno conoció pero ignoran los verdaderos niños de hoy: hacer girar un disco con la punta de un dedo insertada en uno de sus agujeros para marcar un número de teléfono, la obligación de dar cuerda al reloj de pulsera cada noche, ganar o perder un puñado de canicas probando la puntería en un triángulo o en un hoyo hechos en la tierra, esperar anhelante, a eso de la media tarde, que empiece la televisión...

La niebla se convertía en carta de ajuste quince minutos antes, digamos que a las seis y cuarto, con música y un reloj que marcaba, además de la hora, los minutos y los segundos, y, ay, bastaba el más pequeño retraso para sentirnos terriblemente agraviados; de pronto vida en la pantalla, y a una presentación de los programas de la tarde y un breve avance del informativo le seguía, entonces sí, un globo, dos globos, tres globos, la luna es un globo que se me escapó. Antes de eso, en una capa muy primitiva de mi memoria infantil, está depositada la evidencia de que chiripitifláutica es la sonrisa de mamá y de que los hermanos Malasombra eran malos de verdad. Pertenezco, ya se ve, a la primera generación de niños a quienes los padres nos decían que veíamos demasiada televisión, qué cosas: la realidad es que pasábamos muchas más horas jugando en la calle. La tele era cosa del otoño y el invierno.

Las manualidades de La casa del reloj, el cómo están ustedes de los payasos, la Guagua de Torrebruno, el cantidubidubidubi que obraba el prodigio de mover a Luis Ricardo, el monstruo de Sanchezstein, la enorme pecera llena de tarjetas postales –cartas no, insistían, sólo tarjetas- de entre las que, después de remover y remover, María Luisa Seco extraía una que no era la tuya; el vamos a la cama que hay que descansar… He sido fiel al recuerdo de tantas imágenes y tantos sonidos incluso cuando ese recuerdo se iba haciendo cada vez más y más lejano. Pero hubo un programa del que sólo conservé la idea de unos soldados de la antigüedad montados en armarios, en los que viajaban y pasaban todo tipo aventuras: llevo treinta y ocho años describiendo de manera tan vaga algo que sin embargo yo sabía que me había dejado honda huella, a pesar de que en un plano consciente no era capaz de evocar nada más concreto. La web de RTVE, en el impagable archivo histórico del que soy visitante asiduo, me ha devuelto en el mes de julio aquel programa. No entiendo cómo no deduje que se trataba de Ulises y de todo cuanto les sucedió a él y a sus hombres en su regreso a Ítaca tras haber destruido Troya; lo pienso ahora que he visto los cinco episodios, y me resulta extraño que la mayor parte de mi recuerdo de la serie permaneciera enterrado en el subsuelo de la memoria, desde donde sin duda ha ejercido una enorme influencia en mí. Que se tratara de una versión infantil de La Odisea de Homero dirigida por Albert Boadella y representada por Els Joglars sí que ha sido toda una sorpresa. La serie se emitió entre diciembre del 76 y enero del 77, y era una enorme travesura didáctica, un puro juego disparatado en el que, entre armarios rodantes y sábanas y cuerdas y cascos de orinales y palos y barbas griegas fuimos sabiendo de la Guerra de Troya, del famoso caballo de madera, de la cólera de los dioses, del gigante Polifemo, de Circe y la conversión en cerdos de los compañeros de Ulises, de la isla de las sirenas y la de las vacas sagradas, de los pretendientes de la tejedora Penélope…


Me ha resultado emocionante volver a verlo, pero no ocultaré que una parte de mí echa ahora de menos aquel pedacito de recuerdo, tan mínimo, tan misterioso, tan querido que conservaba de esta serie: han sido muchos años recordando tan poco. Me ahorro, por lo demás, hacer una comparación entre la programación infantil que yo disfruté cuando sólo había televisión a horas determinadas y el desprecio absoluto que les merecen los niños a las cadenas de hoy.


Ver La Odisea de Homero, en versión Els Joglars (RTVE, 1976-1977)

miércoles, 14 de mayo de 2014

Tributo a José María Rodero

Sería atrevido afirmar que José María Rodero fue el mejor actor de teatro del siglo XX, en España (hay tantos a quienes nunca pudimos ver...), pero sin duda sí que fue el último de una especie poderosa, el último histrión, escribió Eduardo Haro Tecglen con motivo de su muerte, ocurrida el 14 de mayo de 1991, entendida tal palabra, histrión, en “todo su magnífico valor original”: sólo cuando alguien se expresa con afectación o exageración teatral en la vida cotidiana la palabra histrionismo adquiere un valor peyorativo; en su relación con el escenario es lo propio, lo justo, lo primigenio. Rodero fue el último gran divo de las tablas, al Actor con mayúscula, carismático, perfeccionista hasta la irritabilidad, capaz, dicen, de provocar el máximo grado de emoción en los espectadores con su sola presencia, a veces huraño, proclive a la tristeza. Poseía una dicción perfecta, de las de antes; dominaba su voz como todo profesional domina, o dominaba, la principal herramienta de su oficio, y era una voz que subía o bajaba de tono con la justa mezcla de artificio y autenticidad que exige el teatro. Claramente, José María Rodero no dudaba de su soberbio talento, pero en modo alguno hubiera aceptado la consideración de genio. Para el dramaturgo Francisco Nieva, su secreto consistía en crear una “suspensión entre lo que revela y oculta, dándole siempre un doble fondo a los personajes”;  según Nieva, si Rodero hacía creíbles a todos sus personajes era porque “los presentaba luchando por su propia identidad –o vencidos en esa lucha –contra el condicionamiento y la forma que nos impone el exterior”. Negó siempre que los personajes que encarnaba lo poseyeran, que permanecieran en su carácter, que se convirtiera en ellos; decía que el milagro de la actuación radicaba en conseguir engañar a quienes esperaban ser engañados. No obstante, hubo quien aseguró que su rostro y sus ademanes quedaron marcados por las huellas de las muchas criaturas que lo habitaron. Para Haro Tecglen, la escuela especial de teatro a la que pertenecía era “aquella en que un actor no deja de ser él mismo y su arte”, y Francisco Nieva afirmó que no podía ser “él mismo si no repetía sobre infinitos personajes, diferenciados por la cáscara, su problema interior fundamental”; de ahí el aura que lo envolvía y el respeto admirativo que suscitaba.

Su concepto de la interpretación, pues, no respondía a más método que el suyo propio: elaborar concienzudamente un personaje, analizarlo, concebir todos los matices de la actuación, no improvisar nada pero no permitir que nada pareciese estudiado. Por ejemplo, la observación que hizo de los ciegos para componer los cuatro que representó en su carrera: de Buero Vallejo, los decisivos de En la ardiente oscuridad (1950) y El concierto de San Ovidio (1962); de Valle Inclán, su -cuentan- prodigioso Max Estrella de Luces de Bohemia, en el 74 dirigida por José Tamayo y en el 84 por Lluis Pascual; y finalmente, el de la película La larga noche de los bastones blancos, de 1979. Rodero descubrió un relevante rasgo diferencial entre los ciegos de nacimiento y quienes han perdido la vista por enfermedad o accidente: los primeros usan el oído como un radar, están habituados a buscar el origen de todo sonido con los lados de la cabeza, mecánicamente, e ignoran por completo el gesto de dirigir la rectitud de una mirada, de ahí, decía él, que su cuello adquiera cierta cualidad blanda o muelle, la precisa para orientar constantemente los receptores auditivos; los ciegos sobrevenidos, sin embargo, persisten instintivamente en el inútil movimiento de volver los ojos sin vida hacia cualquier ruido, lo que deriva en un aire de desorientación, de permanente alerta.

Es algo difícil acceder hoy a aquel actor: resulta penoso comprobar qué lejos están sus papeles en el cine –casi todos en los años 40 y 50- de lo que era en realidad su capacidad interpretativa; Rodero odiaba el cine porque no había sabido aprovechar sus cualidades. De sus muchas grabaciones para televisión sólo pueden encontrarse unas pocas. Una de mis mayores frustraciones es no haberle visto en un teatro, no haber compartido un mismo espacio cerrado con el mito de su capacidad para provocar la fascinación del público. En mi novela El veneno de la fatiga quise corregir esa carencia e hice que la pareja protagonista, Ruth y Javier, acudieran a verle actuar, e incluso se hicieran una foto con él, foto que Javier comentaba de este modo:


Aquí estamos con José María Rodero. Fuimos a Madrid para verlo en Enrique IV [de Pirandello], a finales del ochenta y seis. Después de la representación conseguimos que nos recibiera aquí, en su camerino, y luego Ruth lamentó haber estado más preocupada de conseguir una foto a su lado que de disfrutar de aquel instante. Ruth sentía por Rodero ese tipo de admiración en que se mezclan la idolatría y el hechizo, ese tipo de entusiasmo que es más habitual dedicarlo a las estrellas del cine americano o a nuestros fetiches del rock. En cada una de las casas en que vivió los últimos años siempre hubo un hueco para una enorme fotografía suya caracterizado como el Max Estrella de Luces de Bohemia, un primer plano impresionante en que Rodero conseguía una expresión de dolor como yo no he visto nunca en un actor (…) Yo le preguntaba: pero qué ves en este tipo, sólo para fastidiarla, ya sabes, y ella, que casi siempre, casi, fingía no darse cuenta del tono punzante que yo usaba, me decía, deteniendo una imagen del video, o mostrándome una foto: mira sus ojos, por Dios, mira sus ojos, dónde has visto tú unos ojos como estos; fíjate que su mirada es profunda pero no penetra en las cosas, sino que las cubre y las va empapando. Parece como si sus ojos estuvieran en una dimensión a la que no tenemos acceso, decía, y parecen mojados sin estarlo en sí mismos; son las pupilas las que deben de emerger de un lugar húmedo para observar el mundo, y son unos ojos reencarnados decenas de veces…”


Lo he dicho muchas veces: para estas cosas se escribe.  

Luces de Bohemia

jueves, 20 de febrero de 2014

“Carmina Burana” según La Fura dels Baus


El impudor sensorial y satírico de los poemas goliardescos filtrándose en libertinos latines por entre las tinieblas del medievo, la música a la vez solemne y faunesca de Carl Orff, la incontinencia escénica de La Fura dels Baus…, todo eso es este Carmina Burana que quiere salirse del escenario y a ratos llega a hacerlo (como baile de doncellas-luciérnaga por todo el teatro, como un arrebatado  barítono recorriendo los pasillos a pecho descubierto, como un perfume que se difunde sutilmente entre las butacas, como una soprano que una grúa eleva y gira y extiende hacia nosotros). 

Estamos más acostumbrados a ver el Carmina Burana interpretado por una orquesta que ocupa la totalidad del escenario y un coro situado al fondo. Esta disposición sinfónica nos permite disfrutar de la música, pero no dice mucho sobre el contenido de los cánticos (a menos que uno sepa latín). Cabe recordar aquí que los goliardos fueron clérigos vagabundos o estudiantes juglarescos con la bolsa vacía que en la Europa de los siglos XII y XIII iban de un lado a otro cantándoles a las gentes acerca de los goces terrenales. Frente al recogimiento litúrgico de los cantos gregorianos, los goliardescos proponían el disfrute sin medida de la juventud. El montaje ideado por La Fura escenifica con esa extravagante aparatosidad y esa imaginación desbordante propias de su concepto del espectáculo teatral lo que las voces elevan y los instrumentos sugieren. La orquesta está oculta en el interior de un gran cilindro de tul, blanco y translúcido, que hará las veces de caverna platónica, de tal modo que una exuberancia de alegorías en movimiento se proyectan en su pantalla convexa como si se tratara de imágenes de un sueño, estallan en ella y palpitan y bucean y cabalgan y se desnudan y besan y se perfilan la línea de un ojo enorme; a un lado y a otro, el Coro, iluminados cada uno de sus miembros individual y fantasmagóricamente. Y esa gran mente creativa del tul que contiene a la totalidad de la Orquesta Ciudad de Almería –también, naturalmente, a su director, Michael Thomas- se abre apenas lo suficiente para que de tanto en tanto de ella surjan doncellas que se bañan en una cascada de luz o criaturas acuáticas de sensuales formas femeninas o sátiros bañándose en un vino ensangrentado o brazos de siete leguas en cuyo extremo, allá en lo alto, se asa lentamente un cisne contratenor chamuscado por las brasas. 


A través de los 24 cantos medievales escogidos en 1936 por Orff para ponerles música, se nos ofrece, antes que nada, una severísima y aparatosa invocación a la Fortuna, variable como la luna, que es la pieza más conocida y sombría de la obra, y en la que laten unos impetuosos aires de aquelarre; llega después una exaltación de la primavera y de sus goces, un encomio de los deleites tabernarios, y de ciertos  juegos nada inocentes en el jardín, y de variadas travesuras amatorias. En el bosque placentero un coro de doncellas ofrece la felicidad, y la tibieza voluptuosa de la primavera apresura el corazón del hombre hacia el amor y derrama la miel del placer; en el reverdecido y noble bosque brota la añoranza por el amante y el deseo de bocas dulces de color rosado; sin cadenas que aten ni llaves que retengan -continúan diciendo los cantos-, la búsqueda de los iguales propicia el encuentro con la perversidad, con la depravación, con el olvido de la virtud, e irrumpe una larga sucesión de brindis, una por el tabernero, otra por los cautivos, otra por la vida, y por todos los cristianos, y esta por los mártires, y por los hermanos enfermos, y por los soldados en guerra, bien entrada ya la embriaguez inevitable y desatado el jolgorio, esta por los hermanos errantes, esta por los monjes disgregados, esta por los navegantes, esta por los desavenidos, esta, sshhh, esta por los penitentes, y esta por los viajeros… y después, con una música más atemperada, alzan el vuelo las voces delicadas y unánimes del coro infantil, el amor vuela por todos lados y es capturado por el deseo, entonan…

Todo cuanto veo y escucho me asombra y me cautiva, pero como padre mi interés principal está en ese coro infantil, en su aparición al llegar el canto número quince, vestidos de negro y con una luz espectral iluminándoles desde muy cerca las caras pintadas de blanco, Amor volat undique, / captus est libidine, recorriendo luego, despacio y en penumbra, el escenario de una punta a otra buscando con sus menudas luces los cuerpos de las doncellas dormidas; y luego otra vez hacia el final, en el canto veintidós, uno de los más agitados, Oh, oh, oh, / totus floreo, / iam amore virginali /totus ardeo… Y tras el Oh Fortuna final, el aliento hasta ese momento contenido de los espectadores se desborda en una apoteosis de aplausos.



La cantata escénica Carmina Burana, de Carl Orff, en versión teatral de La Fura dels Baus y con la Orquesta Ciudad de Almería y su Coro, fue representada en el Auditorio Maestro Padilla de Almería los días 14 y 15 de febrero. Las fotografías están hechas durante el ensayo general del jueves 13 (Fotos: JFH)

jueves, 3 de octubre de 2013

Las Meninas, de Velázquez a Buero Vallejo

Detalle de Las Meninas


«En apariencia, este lugar es simple; es de pura reciprocidad;
 vemos un cuadro desde el cual, a su vez, nos contempla 
un pintor (…). Y sin embrago, esta sutil línea de visibilidad
 implica a su vez toda una compleja red de incertidumbres, 
de cambios y de esquivos (… ) ¿Vemos o nos ven?»
 MICHEL FOUCAULT


Preguntado Salvador Dalí  en cierta ocasión acerca de qué es lo que él salvaría del Museo del Prado si éste se incendiara, respondió: «¡El aire, y específicamente el aire contenido en Las Meninas de Velázquez, que es el de mejor calidad que existe!». A su lado, Jean Cocteau, que a esa misma pregunta había contestado: «¡El fuego!», reconoció la victoria a Dalí poniéndose en los extremos del labio superior unas pajas recogidas del suelo, a manera de falsos bigotes engomados, e inclinando la cabeza en un sutil gesto de reverencia.

El 10 de agosto pasado volví a respirar ese aire tan puro, acompañando esta vez a mi hija en su primera visita al Prado. Su madre, ella y yo estuvimos apenas un par de horas, suficiente, creo, para que una niña de diez años tome conciencia de los tesoros que allí se contienen pero sin llegar a fatigarse. La idea era recorrer con atención las salas de Velázquez y de Goya, con alguna que otra parada puntual (El Bosco, por ejemplo), pero sobre todo se trataba de contemplar al natural esa obra asombrosa que es Las Meninas. Habían pasado catorce años desde la última vez que estuve frente al cuadro, una eternidad para mí pero apenas nada comparado con el tiempo trascurrido desde que Diego Velázquez lo pintara en 1656: sólo he sido uno más entre una multitud inconcebible de personas que a lo largo de tres siglos y medio han venido quedándose hechizadas por la prodigiosa audacia de sus trazos, sus enfoques múltiples, sus geometrías invisibles; fascinados, en fin, por los enigmas que parecen multiplicarse mientras trata uno de explorar con los ojos el espacio que ocupa, que no es sólo el de una superficie plana, un lienzo enorme, de 3,18 metros por 2,76, sino, poco a poco, un hueco que puede ser ocupado, una estancia a la que es posible acceder, abriéndose paso entre los personajes, oyendo el frú frú de los vestidos hinchados por el armazón de los guardainfantes, mirando absorto al techo y a los lados, asomándose al no menos enorme cuadro que pinta el pintor que nos miraba cuando estábamos ahí fuera, o al espejo que acaso hubiera podido reflejarnos, o a la puerta del fondo desde la que un hombre con capa no ha dejado de observarnos. Aquella otra vez, en septiembre del noventa y nueve, estuve tres cuartos de hora parado ante el cuadro, como estudiándolo palmo a palmo, y cuando se hizo obligado apartarse ya para seguir recorriendo el museo, traté de capturar el momento con una foto robada, lo confieso, sí, robada, sin flash, naturalmente, y con el pulso tembloroso, temiendo ser reprendido pero incapaz de desligarme definitivamente de él. Es una foto muy imperfecta, pero contiene motivos sobrados para mi fascinación, y no todos están en el cuadro.

                                                                                                 JFH

En agosto de este año, como digo, pude acompañar a mi hija en su primera visita a Las Meninas: nos distanciamos del cuadro y fuimos acercándonos luego muy lentamente para acentuar la sensación de penetración, y a la inversa, nos alejamos, despacio también, para sentir que salíamos de él y volvíamos a la realidad. A sus pies, nos movimos de izquierda a derecha y de derecha a izquierda sin dejar de mirar a los ojos de los personajes más atentos a nosotros, y sin dejar de notar esas otras miradas. Luego le planteé preguntas, las mismas que se han hecho tantos: ¿Qué miran en realidad los personajes que miran hacia fuera del cuadro? No, desde luego, al pintor que les pinta -que les ha pintado ya-, pues curiosamente está ahí, a su lado, con un pincel y una paleta en las manos. ¿Miran a los modelos que posan para ese pintor, las figuras del rey y de la reina que se reflejan en el espejo que hay al fondo del obrador, un espejo iluminado en el centro de una pared sumida en las sombras? ¿Están, pues, a nuestro lado el rey y la reina? ¿Acaso no podría reflejar ese espejo el cuadro que pinta Velázquez, como parecen exigir la perspectiva y las leyes de la reflexión? ¿Entra o sale, aquel hombre del fondo? ¿Y no parece toda la escena un instante paralizado? ¿Qué ocurría aquí un momento antes? ¿Qué ocurrió un momento después? ¿Qué sucede realmente ante nosotros, en definitiva: qué sigue sucediendo? ¿Y qué fue de todos ellos, cuyas identidades se conocen, salvo en un solo caso? ¿No será que siempre hemos sido nosotros, tú y yo, Aida, los mirados?...

Pero aunque lo vaya pareciendo, este artículo no está dedicado a un cuadro, el más extraordinario de todos cuantos han sido pintados, sino a una película que no existe: una película que lleva años realizándose en mi imaginación. Nunca he entendido que nadie haya dado en hacer una película sobre Velázquez. De Goya sí hay, varias. Pero no de Velázquez, a pesar de su grandeza. Y ni siquiera sería necesario concebir un argumento: la historia está escrita, lo hizo ya uno de los mejores dramaturgos del siglo XX. En 1960, Antonio Buero Vallejo estrenó en el Teatro Español de Madrid, con gran éxito, Las Meninas, una fantasía velazqueña en dos partes, tal y como apuntaba el autor bajo el título. Yo la vi en televisión en 1991: fue uno de los espacios dramáticos que programaron como homenaje al gran actor José María Rodero, fallecido aquel mes de mayo. Aquellas «Meninas» habían sido emitidas originalmente en 1974, en los tiempos gloriosos en que existía el teatro en televisión, y no tan sólo la gala anual de entrega de premios de teatro. Rodero estaba espléndido como Velázquez (sin duda también lo estuvo Carlos Lemos en los escenarios). Aquella noche de 1991 fue la primera vez que me pregunté cómo era posible que no existiera una película basada en aquella obra teatral.

Antonio Buero Vallejo (imagen: LaCerca.com)

El de Las Meninas es, a mi juicio, uno de los casos más incomprensibles de película que no ha llegado a hacerse. Hay, lamentablemente, muchos más en el cine español. De hecho, no es sólo que, hasta donde yo sé, no exista ninguna película sobre Velázquez, es que en nuestro país tampoco se ha rodado ninguna basada en una obra de Buero Vallejo (de alguna manera, nuestro Arthur Miller). En cualquier caso, y esperando a que algún director descubriera al fin el inmenso y excitante potencial cinematográfico que hay en esta “fantasía velazqueña”, a medias para mi propio deleite y a medias por si en una de éstas me tocaba la lotería, he ido adaptado la obra en mi cabeza desde hace más de dos décadas: he tratado de ampliar escenarios y alterar el tiempo de la acción para hacerlo menos teatral, he localizado exteriores e interiores (el Alcázar de los Austrias, donde Velázquez pintó Las Meninas, donde vivió y donde transcurre la historia, fue destruido por un incendio en 1734); he imaginado una fotografía apropiada, he concebido una banda sonara en la que se escucharían, claro está, las piezas a la vihuela que indica Buero, pero cuya base sería la Suite número 3 de las Danzas y Aires antiguos de Ottorino Respighi; he visualizado actores posibles, les he ayudado a ensayar una entonación, un gesto, me he emocionado con los diálogos…

El Diego Velázquez de Buero Vallejo es un rebelde en el palacio de Felipe IV, un hombre poseído por el ardor de un arte que nadie está preparado para entender plenamente y que al mismo tiempo ansía la verdad allí donde no podrá hallarla nunca, entre poderosos y gente enredadora y falsa, y aduladores del monarca, y pintores inferiores que aspiran a la posición que gracias al favor del rey Velázquez ocupa. Y él está tan solo en su condición de artista capaz de concebir una obra tan adelantada a su tiempo... Únicamente un hombre supo comprender su pintura, y era alguien que podría ayudarle «a soportar el tormento de ver claro en este país de ciegos y de locos». Posó quince años atrás para un cuadro suyo. Un mendigo. Y ese mendigo, un anciano casi ciego, anda a su vez buscando la casa de don Diego. En el estudio de su casa guarda Velázquez un cuadro que nadie ha de ver porque es un tema prohibido, una Venus desnuda, y en el obrador de palacio ha hecho el boceto de un cuadro que será especial y que espera la autorización real para ser pintado: un cuadro de grandes dimensiones de la pequeña infantita acompañada de sus damas de honor y otros miembros de su séquito, incluidos dos enanos de los que la divierten, y un perro, y él mismo, pintor de cámara y aposentador de palacio, retratado en el trance de pintar un cuadro de grandes dimensiones. La verdad de los momentos sencillos, le explica el pintor a su rey; la niña alejada de la etiqueta. “¿Os referís a la infanta Margarita?”, pregunta el monarca, severo. “Sí”. “¿No es más que una niña para vos?”. “Es nada menos que una niña, majestad”. Los celos de su esposa, el despecho de otra mujer, el oscurantismo religioso de quienes en el fondo no quieren sino medrar en palacio, pero también el encuentro con ese mendigo, Pedro Briones, un hombre que ha conocido la injusticia y que ante el boceto del que será algún día llamado Las Meninas reconoce «Un cuadro sereno pero con toda la tristeza de España dentro. Quien vea a estos seres comprenderá lo irremediablemente condenados al dolor que están Son fantasmas vivos cuya verdad es la muerte. Quien los mire mañana lo advertirá con espanto… Sí, con espanto, pues llegará un momento en que ya no sabrá si es él el fantasma ante las miradas de estas figuras…». Emocionado, Velázquez le responde: «Esta tela os esperaba (…) Un cuadro de pobres seres salvados por la luz… He llegado a sospechar que la forma misma de Dios, si alguna tiene, sería la luz».

José María Pou y José María Rodero

Realmente no entiendo que sólo yo pueda disfrutar de esta hermosísima película, donde se dan cita el amor hacia el arte y las intrigas palaciegas, y donde el pintor se ve arrastrado a un proceso ante el Santo Oficio, al cual representa, para caso tan especial, el propio rey. Como nada se sabe en realidad del carácter de Velázquez o de sus inquietudes más intimas, pues no se conserva ni un solo documento personal, este Velázquez de la fantasía de Buero no entra en contradicción con el histórico: el autor lo imagina libremente, sin más. Al pensar en la película posible pienso en la excelente Un hombre para la eternidad, de Zinnemann, o en Amadeus, o en Becket, basadas todas ellas en obras de teatro que, escritas en el siglo XX, recrearon episodios de la vida de personajes históricos (Thomas More, Mozart, Thomas Becket y Enrique II de Inglaterra). No está el interés de estas obras en el rigor de su historicidad. «El teatro histórico es valioso en la medida en que ilumina el tiempo presente», dejó escrito Antonio Buero Vallejo. Y a fe mía que aquel país decadente que gobernaba Felipe IV tiene mucho que ver con la España de ahora, y no sólo porque sigan sin solución las mismas discordias territoriales: digamos que las injusticias que el pueblo sufría entonces a manos de los poderos no son cosa desconocida hoy. No lo han sido nunca.

Las Meninas, de Buero Vallejo, en el Teatro Español (1960). Foto Gyenes, 
tomada de  la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes


...Por cierto, que este 8 de octubre se inaugura en el Museo del Prado una exposición bajo el título Velázquez y la familia de Felipe IV, formada por treinta piezas, algunas procedentes de museos de Viena, Nueva York o París. De Kingston Lacy llegan las llamadas Meninas de Dorset, que un especialista considera ahora las «Primeras Meninas» o «modeletto» de la gran obra final: ¿tal vez ese boceto que en la obra de Buero ha pintado Velázquez para someter el proyecto a la consideración del rey? Dicen que la exposición será todo un acontecimento. Ay, quién pudiera…

(En este demorado punto y final, ruego a quien haya llegado hasta aquí que le dé una segunda oportunidad a la suite de Ottorino Respighi: en mi cabeza conviven sus notas, los personajes de Las Meninas, detenidos en el tiempo, los diálogos de Buero Vallejo y las imágenes de esa película inexistente)

viernes, 24 de mayo de 2013

Resérvame el vals, Zelda (y 3): la vida en un escenario

Charles Blackman. The Crack Up. 1973


La última vez que se vio juntos a los Fitzgerald, Scott y Zelda, fue en París, en el año 2011, justo a la medianoche, en una especie de pliegue del tiempo con el que un Woody Allen casi casi cortazariano quería jugar con esa nostalgia que ciertas personas experimentamos de un pasado anterior a nosotros, un pasado que no conocimos pero que nuestra imaginación ha idealizado; una añoranza que se completa, naturalmente, con una mirada insatisfecha sobre la época que nos ha tocado vivir, en la que no parece que encajemos. No era la primera vez que Scott Fitzgerald se dejaba ver en una película de Woody Allen: en Zelig aparece el verdadero Scott en una de las escasas imágenes en movimiento que se conservan de él, escribiendo al aire libre. 

Alison Pill y Tom Hiddleston en Midnight in Paris 

Antes, en 1980, se les había visto sobre un escenario de Broadway, en una de las últimas obras de Tennessee Williams, titulada Clothes for a Summer Hotel. Al parecer, Williams, uno de los grandes dramaturgos del siglo XX (El zoo de cristalUn tranvía llamado DeseoLa gata sobre el tejado de zinc calienteDe repente, el último veranoDulce pájaro de juventudLa noche de la iguana… ), se identificaba personalmente con la tragedia de los Fitzgerald: no era sólo que reconociese en sí mismo un consumo excesivo de alcohol durante buena parte de su vida, o la pérdida del favor del público, o la lucha que en el artista emprenden su creatividad y sus necesidades económicas, sino que las visitas de Scott a las clínicas psiquiátricas donde estuvo internada Zelda le recordaban las que él mismo hacía a su hermana Rose, mentalmente desequilibrada también. La obra transcurre durante un encuentro entre Scott y Zelda en el Hospital Psiquiátrico Highland en Asheville, Carolina del Norte (donde ella moriría en 1948), y hace un recorrido en flashbacks a través de su tormentoso matrimonio. Tennessee Williams (sureño, como Zelda) tardó cuatro años en escribir esta obra, que se estrenó con Geraldine Page en el papel de Zelda. Fue un fracaso comercial y de crítica, y Williams prometió no volver a estrenar en Nueva York (murió tres años después). Que yo sepa, esta obra no se ha visto nunca en los escenarios españoles.

También tenía yo una referencia muy vaga sobre un musical cuyo argumento eran sus trágicas vidas, musical que (cosa extraña), siendo el mismo, unas veces aparecía mencionado con el nombre de Beautiful and Damned y otras con el de Zelda, “Un musical basado en la extraordinaria vida del icono americano de los años veinte”. Hace poco más de un mes me lo encontré, completo, en Internet. Lo vi en el ordenador, y confieso que me emocioné, que llegué sentirme como si lo contemplase, con el aliento contenido, desde la oscuridad de un patio de butacas: no podía creerme que sus vidas hubieran podido ser tratadas tan fielmente en un musical, que episodios fundamentales de sus biografías fueran contados en canciones tan bellas.

Una parte de mí quisiera ensanchar el Loser, elevar considerablemente la altura de sus paredes, multiplicar por veinte o treinta las dimensiones del escenario, llenar el local de cómodas butacas tapizadas en terciopelo rojo y palcos suntuosos, colgar del techo bellas lámparas de araña y reestrenar aquí mismo las dos horas y dieciocho minutos del maravilloso musical. Pero, evidentemente, nadie iba a verlo: una imagen demasiado pequeña, a pesar de todo; una experiencia demasiado kinetoscópica. De manera que abriré un pasadizo hacia ese otro teatro mucho más amplio de las pantallas completas (hacer click en el título o el cartel):



Eso sí, no renuncio a traer aquí al menos dos de las canciones y un resumen. Pero quisiera situar brevemente la acción: La obra comienza en el Hospital Highland, en 1938; una Zelda de cabello suelto y descuidado, vestida con las ropas de una paciente psiquiátrica, se ve mentalmente acosada por sus fantasmas. De pronto, recuerda su infancia, y el escenario poco a poco se convierte en la Alabama de 1912, y luego en la de 1918: la fiesta en el Country Club de Montgomery en la que el teniente Fitzgerald y la joven y descarada Zelda Sayre se conocen, y las calurosas noches en el balancín del porche, y los recelos del padre de ella, y la separación: Scott se va a Nueva York a labrarse una carrera como escritor, Zelda se queda en el Sur; se escriben bellas cartas de amor... Letters: 




El resto de la obra sigue más o menos fielmente el desarrollo de sus vidas (existen las inevitables licencias teatrales, claro): asistimos a su boda en la catedral de San Patricio, a su alocada estancia en el Hotel Biltmore (divertidísima coreografía con baño en fuente), las noches no menos desenfrenadas en el París de los años veinte y en el sur de Francia, los garitos nocturnos, el encuentro con Hemingway (la amistad con Scott, la rivalidad con Zelda: "Scott, Zelda no es tu musa, es tu Némesis"), la obsesión de ella por el ballet, la locura, el alcoholismo de Scott, la forma en que la novela Suave es la noche se le escapa de las manos, la velocísima composición de Resérvame el vals, el enfado de Scott… La novela de Zelda se publica; es la hija de ambos, Scottie, quien en el musical le entrega un ejemplar a su padre, que lo hojea emocionado… "Papá, ¿de verdad has leído en el libro cosas tan terribles sobre ti?", viene a decirle la joven. "No, no hay nada aquí que no haya surgido del amor", le contesta -más o menos- Scott. Es la emotiva Save Me the Waltz....



Pasa el tiempo. Scott ha muerto, pero aún aparece, vestido de nuevo con su impecable uniforme de teniente, para bailar por última vez con una Zelda que ahora sí poco a poco se queda a solas con su enfermedad...




Beautiful and Damned se representó en el Lyric Theatre, del West End londinense, entre el 28 de abril y el 14 de agosto de 2004. El libreto es de Kit Hesketh Harvey y la música y letras de Les Reed y Roger Cook. Estuvo dirigida y coreografiada por Craig Revel Horwood e interpretada por los británicos Michael Praed  y Helen Anker en los dos principales papeles.


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“(...) Tal vez la mitad de nuestros amigos y parientes le dirían con honesto convencimiento que mi afición a la bebida volvió loca a Zelda, pero la otra mitad le aseguraría que su locura me condujo a la bebida. Ningún juicio significaría nada: unos y otros se mostrarían igualmente unánimes al decir que deberíamos separarnos, frente a la ironía de que nunca, en todas nuestras vidas, hemos estado tan desesperadamente enamorados (...)”
             Carta de Scott a la doctora Squires,de la clínica Phipps, Baltimore. Marzo de 1932

1926