Mostrando entradas con la etiqueta Habituales. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Habituales. Mostrar todas las entradas

lunes, 1 de julio de 2013

El Loser, sus habituales (7): la aceleración de la Historia



El cliente es un hombre mayor, con el pelo blanco, abundante y revuelto, lo que le confiere cierto aire de científico que hubiera pasado cuarenta y ocho horas seguidas en un laboratorio. Como sucede con tantos otros habituales, si no hay mucho jaleo en el Loser y desde su rincón en el barra le hace una señal al barman, éste ya sabe que no es sólo para que le ponga otra cerveza (no toma nada más fuerte, ésa es la verdad).

-El tiempo vuela, ¿no es cierto? -le dice al barman cuando le tiene justo a otro lado-. Cada vez va todo más deprisa, y no es sólo una sensación, muchacho. Es lo que es. Sí señor. Piénsalo bien: hace cuatro millones de años un primate se pone en pie por primera vez, se endereza, otea los pastos que se extienden más allá, se da cuenta de que puede utilizar libremente sus extremidades superiores, y entre dos y tres millones de años más tarde crea herramientas de piedra, una punta de flecha, un hacha de silex, y un millón de años después enciende y apaga el fuego a su voluntad, es señor del fuego, lo domina, y medio millón de años más tarde, el homo sapiens, nosotros, que habíamos estado a punto de seguir el camino de la extinción, como el Neanthertal, el homo sapiens, digo, aprovecha unas condiciones climáticas insólitamente benéficas para establecerse y originar nada menos que la agricultura, surgen las canalizaciones de agua y una forma racional de sedentarismo, surgen civilizaciones sólidas, complejas, y un nuevo orden social, el comercio, la moneda, la escritura alfabética, surgen imperios, se sofistican las guerras, se amplían y ordenan y conceptúan las creencias, los mitos; se van sucediendo las épocas históricas a través de grandes transformaciones sociales, los períodos artísticos y literarios van superponiéndose, de lo rupestre a lo jeroglífico, a lo monumental, a lo astronómico; de lo robusto a lo suntuoso, a lo delicado, a lo espiritual, a lo épico, a lo picaresco, a lo barroco, a lo filosófico, a lo arrebatado, y 9.700 años después de que surja la agricultura estalla la revolución industrial y todo se acelera aún más, mucho más. Ahora sí que la historia aumenta su velocidad, cada vez es menor el tiempo que transcurre entre un descubrimiento tecnológico y su aplicación práctica. Se tardaron casi tres millones de años en utilizar la primera herramienta, ya ves, pero se tardó tan solo ciento doce años en aplicar los principios fundamentales de la fotografía, ochenta y cinco los de la máquina de vapor, cincuenta y seis los del teléfono, quince los del radar, cinco los del transistor, y los plazos que se refieren a las llamadas tecnologías de la información y la comunicación ni te cuento, amigo. Ya lo creo que va todo más rápido. Y más que va ir, muchacho. Acuérdate de lo que te digo. Porque, ¿sabes?, dicen que hacia 2050 o 2060 tendrá lugar un, en fin, un super-evento tecnológico: el invento y su aplicación serán simultáneos, y un instante después la aplicación empezará ya a anteceder al invento, o dicho de otro modo: el proceso se invertirá y el ser humano empezará a jugar un papel secundario en él. Es a eso a lo que han llamado la revolución de las máquinas. Sí señor.

Bebe un sorbo de cerveza y se limpia gustosamente la espuma de los labios con el dorso de la mano, como si el gesto formara parte inseparable del placer de beber.


Imagen: McSorley's with Kate & BartenderHarry McCormick.

lunes, 3 de septiembre de 2012

El Loser, sus habituales (6): cuestión de espejos


Hay quien dice que la más precisa imagen del perdedor que hay en las paredes del Loser no es un afiche sino una acusación y está colgada en los aseos, sobre el lavabo. De más está decir que el encuentro se produce en la más estricta intimidad: apenas se cierra la puerta, él o ella se quedan a solas con esa especie de encarnación especular de su otro yo, esa otra personalidad secreta para todos que de pronto se hace presente como una mala conciencia o un bufón triste o un espía fingiendo indiferencia (o de pronto desbaratándola para mirar de frente). Lo que sucede entonces, sobre todo si él -o ella- ha bebido un par de copas de más, no es difícil de imaginar; al fin y al cabo también el barman ha tratado de encontrar más de una vez alguna respuesta en sus propios ojos: te acercas a esa cara oculta de ti mismo que es convocada por los espejos, ese ser que siendo tú es otro y no es del todo creíble cuando parece moverse, oscurecido por el azogue, al tiempo que tú lo haces, que te intriga con cierta identidad propia, cierta personalidad al margen de ti, a veces burlona y a veces severa, y en no pocas ocasiones te sorprende con una mueca, una mirada un poco perdida, un visaje extraño y a todas luces exagerado después de tanto disimulo ahí afuera, en la barra (si es que realmente sigue habiendo una barra ahí afuera). A determinada edad es muy probable que quien se mire así frente a frente y a solas se sienta como aquel personaje de la viñeta del maestro Forges que hay a la derecha del espejo:



Los más jóvenes entre los habituales, sin embargo, se sentirán más identificados con la cita que hay justo debajo, enmarcada de manera sencilla:


Nace el pájaro de las indecisiones de las entrañas de los espejos y se alimenta de la reflexión y la refracción de la luz. Su vuelo es el inicio de toda cristalografía, y su canto, filosóficamente pertenece a la exaltación emblemática del yo. Esta ave suele volver de vez en cuando a su espejo de origen, en el que se sumerge y del que obtiene su alimento, amarillentas imágenes de adolescentes perdidos en la búsqueda de su identidad. Y ovan en los brazos de los narcisos y las ofelias que navegan en los ríos de siempre. 

Rafael Pérez Estrada: Pájaro de las indecisiones.”


Imagen: "Mano con esfera reflejante", M. C. Escher, 1935

lunes, 21 de mayo de 2012

El Loser: sus habituales (5)


Brent Lynch, Cigar Bar                                         
                                                                     
 Para Abril

El tipo viene de vez en cuando y se sienta en ese mismo lugar de la barra. Debe de rondar los cincuenta, y nunca pide una bebida en concreto: confía en que el barman le sorprenda con algo nuevo cada vez. Hoy parece achispado, pero es seguro que no provocará ninguna escena incómoda. No es su estilo.

-¿Sabes lo que es la vida, muchacho? –dice – Ven, acércate. Yo te lo diré. Verás: el lunes es duro, es la piedra de Sísifo; el martes es todavía martes; el miércoles, ya es miércoles; el jueves, mañana viernes; y el viernes, por fin es viernes. El sábado y el domingo se pasan sin saber cómo, y el lunes vuelta a empezar. Y eso si tienes suerte de trabajar en algo. Eso sí, yo siempre miro hacia adelante, ¿sabes, muchacho? Ni siquiera leo el periódico. Como escribió Don DeLillo, si no lees el periódico, nunca  llevas un solo día de retraso. No señor. Siempre hacia adelante. Aunque a veces, bueno, una miradita al pasado no puede hacer daño, me parece. Yo trabajé en una película, ¿sabes? Hace muchos años, claro. No era un gran papel, pero me convencí de que era el principio de algo. Es lo normal, ¿no? Quién no ha sentido en su juventud que estaba en el comienzo de algo que luego no llegó a nada. Eso es la vida, muchacho. Y pasa tan deprisa... Me enamoré de la actriz protagonista, tonteamos, pero aquello tampoco fue el comienzo de nada importante. Fue, sin más. Y cada vez que veo una película suya no puedo evitar acordarme del olor de su perfume. Y han pasado muchos años, puedes creerme. En fin. Oye, este cóctel está realmente delicioso. ¿Cómo dijiste que se llamaba?

-“Abril en París”.

-Realmente delicioso. Un poco fuerte, eso sí…

-Pastis y coñac para empezar (casi un sol y sombra bajo el Arco del Triunfo), ron, digamos que en recuerdo de las Antillas francesas, zumo de naranja, un chorrito de Cointreau, y otro más de granadina, pues se trata también de un París al atardecer: agitar en coctelera con mucho hielo y servir en copa de champán. Las medidas forman parte del secreto profesional.

-¿Y esto que parece una aceituna?

-Una uva de la Ribera del Duero, macerada en un tarro con pastis durante meses.

-Ah, delicioso de veras. Cóbrame, muchacho. Tengo que seguir tratando de vender alguna póliza. Figúrate: tratar de vender un seguro hoy en día. Seguro de qué. Seguro que no coloco ni uno.

-¿No se queda a la actuación? Ya va a empezar. Ya están saliendo los músicos, ¿ve? Espere un poco, le gustará. Son buenos.

De Un día volveré (Paris Blues, 1961), dirigida por Martin Ritt 

jueves, 12 de enero de 2012

El Loser: sus habituales (4)


Cuando un cliente escoge la barra del Loser para beber en soledad, es casi seguro que antes o después acabará hablándole al barman. La mujer ha estado anotando algo en una agenda, luego ha mantenido una breve conversación por el móvil (el barman, sin proponérselo, le ha oído decir que se retrasará un poco). Luego se ha quedado un rato como olfateando en el aire el piano de Thelonius, la trompeta de Miles. No hay nadie más en el local.

-Si tienes cuarenta y cinco años y envidias a los que se van jubilando es que algo te ha salido realmente mal -dice, de pronto-. Tan mal como para estar temiendo perder el trabajo que llevas odiando desde hace diez años, por ejemplo, y como para saber que más allá va a ser difícil encontrar otro. Qué poca gracia me hizo cuando mi marido pinchó en el panel de corcho de su despacho un chiste de Forges en el que un tipo dice, mirando por la ventana y con la parienta detrás de él: Si llego a saber que la vida era esto, a los veinte me compro la Harley. Fue hace ya varios años, y allí sigue, y no me hizo gracia porque, bueno, su vida también soy yo, supongo. Bueno, pues ahora lo entiendo, sigue sin hacerme gracia, pero lo entiendo. Es terrible ser una mujer madura en el corredor del desempleo, esperando, esperando. Y no busques la verdad de la situación en los telediarios. En los telediarios te oscurecen el miedo que ya tienes. La verdad es que estamos en la fase de la usura y la milagrería: compramos tu oro y Jesús viene a salvarte. El oro es tiempo, ahora, no al revés: un par de meses más, aguanta otro par de meses, cuatro si te pagan por la cadena de la abuela lo que vale... Pero no hay final del túnel. Cada vez más locales de compra de oro, que están ahí, esperando que toques fondo, somos los que más pagamos, te dicen, primero como tienducas en una esquina de un barrio apartado, ahora decenas de comercios por toda la ciudad, sin ese aire vago de clandestinidad y de vergüenza, con grandes rótulos amarillos y pasquines por todos los sitios, impresos en el reverso de un billete falso, sujetos a tu limpiaparabrisas, tirados en la acera. Compro tu oro, y si no espera a que venga Jesús a salvarte, que también lo anuncian... -La mujer se lleva su copa colmada de rojo espeso a los labios y da un sorbo no mayor del que habría dado un gorrión si el Bloody Mary estuviera servido en la fuente de un jardín -Ah, pero seguro que es la historia de Navidad más deprimente que has escuchado... ¿Que no?

-Estaba pensando en una frase de Borges... –dice el barman, mirando a la mujer de frente por primera vez.

- Forges, Borges: esta fiesta se está desmadrando.

-Todas las cosas le suceden a uno precisamente, precisamente ahora. Siglos de siglos y sólo en el presente ocurren los hechos; innumerables hombres en el aire, y todo lo que realmente pasa me pasa a mí… 

-Y no menos innumerables mujeres… Levanto mi copa. Que por cierto, está condenadamente bien preparada. Si llego a saber que preparabas así los Bloody Mary, a los treinta me hubiera casado contigo en lugar de con mi marido.




Imagen superior: Edward Hooper, Autómata, 1927

miércoles, 31 de agosto de 2011

El Loser: sus habituales (3)




Dos hombres acodados en la barra del Loser guardan silencio el uno junto al otro. Llevan así un buen rato. De pronto uno de ellos habla como para sí mismo:

- ¿Sabes por qué puedo pasar tanto tiempo mirando un vaso, este vaso?

- ¿Para no regresar a casa todavía?

- Porque mucho tiempo siempre será, a mi edad, sólo un instante. Por eso. -Y echa un trago-. Este sábado tocó visita a una vieja tía en su gran casona de pueblo, muy grande para tan poquito cuerpo ya, y tan cansado. Llevamos a los críos, siete y seis años, tú sabes, y al poco de llegar se me derretían de aburrimiento, iban y venían de una silla a otra, se ponían mohínos, y cuando les pedí que se estuvieran quietos el mayor me soltó, un poco con los labios fruncidos, teatrero que me ha salido: “Es que los mayores no entendéis que para nosotros un minuto aquí son cuarenta horas…”. Demonio de crío… Da qué pensar, ¿no? Un minuto, cuarenta horas… Así era. Mira, tengo la sensación  de haber vivido mucho. No vivir mucho en el sentido de haber viajado, de haber conquistado y perdido y arriesgado y haber vuelto a viajar... no. De haber vivido mucho tiempo, y de que todo pasa cada vez más rápido. Tengo recuerdos que se remontan a un pasado increíblemente lejano, reuniones familiares en las que los mayores de entonces eran más jóvenes de lo que yo soy ahora, que lo sé ancianos; estrenos de películas que ya son casi clásicos, canciones hoy viejísimas que se escuchaban en mi infancia por primera vez, actores que iniciaban su carrera y ahora son vetustas glorias de Hollywood. Y lo que más me aturde es que, si no media enfermedad ni accidente, podría doblar la edad que tengo ahora, llegar ¡a los ochenta y seis! Pero cómo, con qué objetivo ya. Cómo voy a vivir otro tanto, ¿eh? Dime. Pero si tengo la vida gastada ya... Y si me apuras, cómo voy a asumir la identidad de un rostro que me será cada vez más desconocido, más extraño… Ah, el tiempo. Quisiera pararlo. ¿Tú no? Yo creo que de ahí le viene al hombre el anhelo de volar. No para ver las cosas del mundo en pequeñito, sino para despegarse de su rotación y detener el tiempo. Buscar un sitio bien alto, dejarse caer, abrir las alas y detener el tiempo. ¿No te parece? Como soltarse de las manecillas de un reloj enorme. Abrir las alas, planear, suspender el paso del tiempo… O no abrirlas y suspenderlo también…

- Bueno, bueno. Pero, ¿tú le has hablado de estas cosas al tío de la Oficina de Empleo? Porque a lo mejor de lo tuyo no, pero de animador de fiestas o de filósofo te encuentran algo.

-Bah, ríete si quieres. Oye, amigo –dice, llamando al barman- ¿Tú desde dónde te lanzarías al vacío?

- Bueno, yo no entiendo de eso –responde el barman, cruzado de brazos-, pero le contaré algo que escuché en una película, no recuerdo cuál. Hablaban de un tipo que tenía muchos problemas, infinidad de ellos, de modo que se fue al Golden Gate, el puente de San Francisco, ya saben, llegó al medio, y eso es mucho, y se tiró desde allá arriba; y, bueno, a medida que caía se iba dando cuenta de que todos sus problemas tenían solución, todos menos el de haberse tirado de aquel puente.

- Brindo por eso – dice el otro, sonriendo y con el vaso en alto.



Fotografía: JFH

lunes, 20 de junio de 2011

El Loser: sus habituales (2)


Cada vez con más frecuencia llegan al Loser hombres y mujeres que no se sienten del todo libres ahí fuera, que tienen la perturbadora impresión de estar siendo observados y conducidos de manera imperceptible pero inequívoca. Uno de ellos, un tipo a medio camino entre los cuarenta y los cincuenta, utiliza la expresión «pastoreados», y no hay un ápice de sarcasmo en su voz cuando lo dice. «Ovejas en un aprisco somos, en el redil de las ciudades, donde nos han ido trayendo desde todos los pueblos ahora despoblados porque aquí es mucho más fácil controlar al conjunto de la ciudadanía, como nos dicen, el rebaño juntito y no por ahí, diseminado, cada cual cerca de un bosquecillo, de una montaña, a la orilla del mismo río al que nuestros abuelos y los abuelos de nuestros abuelos bajaban a por agua; no, no, no, encerraditos en la ciudad y callados y cada tanto deslanados, que para eso somos todos consumidores y clientes y prestatarios y administrados, eso que pomposamente se llama ciudadano y se resume en alguien gastando su dinero, moviendo los engranajes de este bienestar nuestro que es ruido ensordeciéndonos y vatios impidiéndonos ver las estrellas y horarios cortándonos la vida a la medida de otros y un parque con papeleras para que no sintamos nostalgia de la naturaleza perdida». Y el tipo calla, toma otro trago de cerveza, luego mira de reojo hacia la puerta y se siente seguro aquí dentro (cualquiera puede notarlo, y eso es lo que resulta tan inquietante, si se piensa bien).

- Y no es por esto, ¿vale? –dice, soltando ahora una bocanada de humo y levantando el cigarrillo que acaba de encender-. O no es sólo por esto, quiero decir. Lo que llamamos libertad, con mayúscula y poniendo la voz así, solemne, ya sabes, Libertad, pues no es más que una compleja red de prohibiciones. Hay mil maneras de disimular una prohibición, y unas cuantas de reprimir su desobediencia. Mira esa gente, los del Quince Eme, los indignados: ya tienen su Cojo Manteca. Al final siempre hay un Cojo Manteca, que no se sabe de qué lugar sale, pero que donde había un movimiento reivindicativo y pacifico pone su conveniente alteración del orden público, rompiendo semáforos con la muleta o increpando a los políticos y tratando de impedir su acceso al Parlamento, forzando su llegada en helicópteros, desacreditando toda buena intención, qué otra cosa les queda a los excelentismos e ilustrísimos y honorabilísimos que pronunciar un hasta aquí hemos llegado con el ceño fruncido. ¿Que no sabes quién fue el Cojo Manteca? ¿La huelga de estudiantes del ochenta y siete? ¿No? Yo estaba allí, pero en provincias, claro, que es donde los líderes estudiantiles nos quedamos con el culo de la última asamblea al aire mientras en Madrid los nuestros llegaban a un acuerdo. Mierda. Pero para entonces la huelga, el movimiento, la lucha justa, la condenada ilusión que teníamos de estar haciendo algo útil había quedado ya reducido a la imagen de un punki con una sola pierna rompiendo cristales. Es lo mismo, es siempre lo mismo. De modo que... Bah, qué más da. Dime qué te doy.

Y paga, coge su vieja cartera de mano y sale a la calle.

Es entonces cuando otro habitual, un atildado bebedor al que conocemos bien aquí, alza su copa y muy tiesamente masculla con una voz entorpecida por el alcohol, como cada vez que alguien en el Loser se refiere a un acontecimiento de cierta actualidad: «Caballero es aquel que prefiere la última edición de un libro a la primera… de un periódico. Lo escribió Francis Scott Fitz-Fitzgerald, poeta en prosa y... borracho».

Y el barman se encoge de hombros con los brazos cruzados.


Foto: JFH