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jueves, 16 de octubre de 2014

Entre libros

Hace quince años vivía de alquiler en un sobreático al que había trasladado parte de mi biblioteca personal. Una tarde, de regreso tras una larga jornada de trabajo, me encontré con un grupo de vecinos reunidos en el portal que callaron al entrar yo y me miraron al unísono como no le gusta a nadie ser mirado. Uno de ellos se decidió a darme la mala noticia: tras varias horas de intensa lluvia, una parte del terrado se había hundido y el agua había inundado mi apartamento. Sentí un repentino y mareante vaciamiento. El minuto que el ascensor se tomó en llevarme hasta arriba se me hizo angustiosamente eterno. En un estado de completo aturdimiento, no podía dejar de imaginarme mis libros destruidos por la catástrofe, tirados de cualquier modo en medio de un gran charco, chorreantes, ahogados. De ahí mi infinito alivio al abrir mi puerta y comprobar que todo estaba en orden. Más tarde supe que el apartamento siniestrado había sido el de enfrente. 

Un libro leído y vivido es un objeto irreemplazable, tal vez más que ningún otro, salvo aquellos cuyo valor reside en haber pertenecido a un ser querido. Dicen que la tristeza por la pérdida de su biblioteca, destruida en un incendio, pudo colaborar en la muerte de Octavio Paz, ocurrida dos años después. No me parece exagerado (teniendo en cuenta, además, que Paz era ya octogenario y su biblioteca reunía ejemplares de un altísimo valor sentimental). Durante aquel eterno minuto de ascenso hacia el naufragio que aparentemente estaba aguardándome en el piso undécimo, tomé conciencia de lo absurdo que sería tratar de volver a adquirir de nuevo los mismos títulos. ¿Acaso iba a leerlos todos otra vez? Y si no iba a leerlos, ¿para qué comprarlos?


Cada uno de los libros que he leído me contiene suspendido en el exacto momento en que estaba leyéndolo, de la misma forma que el aire de hace medio millón de años permanece en esas diminutas burbujas atrapadas en las profundidades del hielo antártico; las páginas de mis libros retienen cada instante que les dediqué, el milagro de acceder a través de ellas al interior de la historia narrada, de la biografía, del poema.

El escritor y periodista Jesús Marchamalo tuvo ocasión de indagar en la biblioteca personal de Julio Cortázar, cedida por su viuda, Aurora Bernárdez, a la Fundación Juan March en 1993. Nos la describió en un librito muy bello titulado Cortázar y los libros (Fórcola, 2011): más de cuatro mil ejemplares, de los que unos quinientos están dedicados por sus autores; en casi todos ellos, las huellas de haberlos vivido: hay comentarios, a lápiz o bolígrafo, en los márgenes o entre líneas; dialoga con el autor, hace observaciones, corrige erratas de imprenta. Muchos  están firmados por el propio Cortázar en distintos periodos de su vida, a veces con la indicación de la ciudad en que compró el libro. Todo ello le sirve a Marchamalo para recordar una vez más aquella afirmación de Marguerite Yourcenar según la cual una de las mejores maneras de conocer a alguien es ver su biblioteca.

El valor de la mía cae más bien del lado de lo sentimental y es intransferible, creo, a ninguna otra persona. Apenas tengo rarezas en ella: no soy un bibliómano. Amo los libros por lo que me dan. Me precio de conservar los ejemplares de La isla del tesoro y de Miguel Strogoff en cuyos interiores me perdí hechizado a los diez años, pues ellos –no únicamente las novelas como tales, sino esos exactos ejemplares- poseen la importancia de lo iniciático: ambos son un niño leyéndolos con pasión y siendo atrapado para siempre por el vicio de la lectura. Son muchos años realmente adquiriendo libros, así que casi toda mi vida está representada en ellos. No hay muchos firmados por sus autores, sólo si son amigos o si mi trato personal con ellos dio lugar a una ocasión lo suficientemente especial como para pedirles una dedicatoria sin parecer un cazador de autógrafos. Me ha dado siempre mucho pudor pedirle a un escritor que me dedique uno de sus libros. Algunos hay también firmados por las personas que me los regalaron. La mayoría tienen anotaciones (a lápiz siempre) que siguen un código propio de señales y remisiones. Casi todos ellos han sido vividos intensamente: tengo un trato muy personal con los libros, los quiero cerca en los periodos en que estoy leyéndolos, de ahí que lleve casi siempre uno conmigo aun en circunstancias en las que es improbable que pueda encontrar un rato para avanzar unas páginas: no importa, lo quiero cerca. Si un libro que he tomado en préstamo de la biblioteca pública empieza a gustarme demasiado, lo devuelvo y corro a comprarlo, porque no soporto la idea de que la experiencia de haberlo leído deje de pertenecerme.


Dicho de otro modo: por lo que a mí respecta, el placer de la lectura es prácticamente indisociable del libro en que la llevo a cabo. Manhattan Transfer, de Dos Passos, con todo lo que significó para mí a mis diecisiete años, por ejemplo, o el inaugural Hermosos y malditos, de Fitzgerald, son esos libros que ahora reposan en mis estantes, esos y no otros (tengo además otra edición del segundo, y no significa lo mismo). Se entiende, pues, que cuando hablo de libro me refiero al “conjunto de muchas hojas de papel u otro material semejante que, encuadernadas, forman un volumen”, según definición de la Academia. Desconozco cuál pueda ser el vínculo que un lector establece con un libro electrónico, si hay alguno.

El escritor norteamericano Nicholas Carr ha señalado que de todos los medios de comunicación el libro es el que más ha resistido la tentación de lo digital, entre otras cosas porque esa secuencia de páginas impresas y encuadernadas supone una tecnología robusta; sin embargo, anuncia que los libros en papel acabarán por convertirse en una reliquia del pasado, y con ellos una determinada manera de leer y una determinada manera de escribir. Los editores que impulsan el libro electrónico no quieren limitarse simplemente a cambiar un medio por otro, nos dice Carr: quieren aprovechar el medio para hacer, llegado el momento, la experiencia mucho más “dinámica”: introducir vínculos, extras, vídeos, chats entre lectores… Será el fin de la lectura lineal, completa, atenta. Autores y editores se adaptarán a las nuevas expectativas de los lectores: será también el fin de las frases demasiado elaboradas. Y puesto que lo escrito tendrá una vida efímera, para qué buscar la perfección.

John Updike, por su parte, vaticinó en 2006 “el final de la autoría” como consecuencia de la digitalización de los libros, un hecho que a la larga conducirá a la fragmentación de las obras literarias por parte de los lectores que picoteen en ellas, su reordenación, su combinación con los fragmentos seleccionados de otras obras: “El libro impreso, encuadernado y pagado”,  escribe Updike melancólico, “era -y de momento sigue siendo- más riguroso y exigente con su creador y el consumidor. Es un lugar de encuentro, en silencio, entre dos mentes, en el que una sigue los pasos de la otra, pero es invitada a imaginar, a discutir, a coincidir en un nivel de reflexión que va más allá del encuentro personal…”. Renunciar a esta experiencia me parece una tragedia y una de tantas razones por las cuales me siento al margen de mi propio tiempo, este presente en el que se sientan las bases de un futuro sin libros: ya ves, Ray, no hacía falta quemarlos a 451 grados Farenheit.

"... contiguo en la geografía natal, en la pasión por
la escritura y, ante todo, en la amistad... Antonio Gamoneda"

domingo, 2 de febrero de 2014

De la necesidad de crear historias (revista Análisis)


(Para la Revista Análisis, de Psicoanálisis y 
Cultura de Castilla y León. Número 27, diciembre 2013)


En su prólogo al Libro de sueños, del que fue compilador, Jorge Luis Borges aventura que aceptar en su literalidad la metáfora de que el alma humana, cuando sueña, es a un tiempo teatro, actores y auditorio, tal y como fue planteada por el escritor y político inglés Joseph Addison a comienzos del siglo XVIII, «podría conducirnos a la tesis - peligrosamente atractiva, añade de manera no menos excitante- de que los sueños constituyen el más antiguo y no menos complejo de los géneros literarios». En otro texto, dedicado a Nathaniel Hawthorne, Borges señala que Jung equiparó las invenciones literarias con las invenciones oníricas; el epistemólogo francés Gaston Bachelard, por su parte, en un libro que pudo titular «Psicoanálisis del agua», en correlación con su Psicoanálisis del fuego, ya publicado, pero que finalmente dio a la imprenta en 1942 con el título de El agua y los sueños, afirma que «en el orden literario todo es soñado antes de ser visto, aún la más simple de las descripciones». Si queremos vincular creación literaria y psicoanálisis habremos de tomar el camino de los sueños.

En cierta ocasión le oí decir a un por entonces joven novelista que escribir es un proceso de hacer consciente lo inconsciente. Tal vez sea una manera de explicar por qué algunos escritores sostienen que son sus propios psicoanalistas. La soledad juega un papel importante en ese proceso: es imprescindible para abrirse a la imaginación, o para que la imaginación se abra paso en uno, para descender a la memoria a través de las palabras, para indagar en los símbolos y tantear una intuición hasta identificar un determinado recuerdo, recobrar un olor, darle sentido a la persistencia de un sabor o una melodía. Escribir es empezar a buscar una manera de expresar una idea, de darle forma, y acabar descubriéndose escondido en sus alrededores; es esa arqueología introspectiva de la que hablaba Freud, es desvelar, a menudo involuntariamente, por caminos que no apuntaban al hecho desvelado, lo que uno ignora de sí mismo. El poeta astur-leonés Antonio Gamoneda, en la huella del «no saber sabiendo» de San Juan de la Cruz, lo expresó de manera precisa: «Yo no sé lo que sé hasta que no me lo dicen mis propias y ya escritas palabras».

Y no, no tiene que tratarse de una búsqueda consciente de uno mismo: casi nunca lo es. Pero el material al que se acude para construir y dar solidez y veracidad a una ficción literaria está en uno mismo, allí donde se produce la asimilación de todo cuanto nuestros sentidos perciben, y donde, sin que seamos conscientes, conocimientos cercanos se mezclan con los más remotos recuerdos. Que los sueños nos convoquen a la fantasía y alimenten nuestro afán de crear historias o de conocerlas tal vez tenga que ver con la inclinación natural –y peligrosamente atractiva, también- de escudriñar en lo oculto.

Jorge Luis Borges

La explicación que prefiero de todas cuantas he leído acerca de la relación entre la literatura y los sueños es la que propuso María Zambrano en Los sueños y el tiempo. De entrada, la idea que Zambrano tiene de los sueños difiere de la de Freud en que, según nuestra autora, más importante que interpretar su contenido o el significado de sus imágenes es descifrar el comportamiento del sujeto privado de tiempo, las acciones que en tal estado le es imposible realizar. 

«El tiempo es la raíz de toda experiencia», asegura Zambrano, de ahí, tal vez, la necesidad que el hombre siente de rescatar su pasado, entendiendo por pasado «no lo que fue, sino lo que ya no es». En el caso de los sueños, como «cara en sombra de la vida», dice, se trataría de un caso de rescate de lo oculto o lo perdido. Pero, ¿cómo se entra en el sueño? Para empezar, María Zambrano nos dice que «dormir es regresar»: no existiría el soñar si la vida no fuese inicialmente sueño. Al entrar a diario en el estado de sueño, el ser humano «roza el abismo de su nacimiento», y multitud de sueños pueblan ese dormir, aunque más tarde sólo aparezcan en el recuerdo los que preceden al despertar, y aún algo de estos sueños más inmediatos se desvanece en seguida, se hunde a través de la conciencia en el recóndito lugar donde se originaron.

Al dormir, pues, caemos en un tiempo que sabemos que ha transcurrido pero que no cuenta para nosotros, pues es tiempo interrumpido, es ocultación. La psique (que es mucho más que nuestra mera conciencia, que es nuestra alma) «se hunde en la atemporalidad cuanto más herida está por algo», y se refugia allí, y «se convierte en puro sentir, y se entrega a su llanto, a su resentimiento, a su padecer cualquiera que éste sea»: son palabras de Zambrano, quien se pregunta también por el autor que engendra las historias de los sueños. Según la pensadora malagueña, los sueños son «el primer paso en el camino de la representación». Sin duda, los sueños se urden con elementos de la realidad, pero he aquí que interviene en su elaboración digamos argumental lo que María Zambrano llama la «psique novelera», la cual «novela a ciegas», confusamente, «por hambre y prisa» de inventar historias que demuestren lo que pasa y por qué pasa. 

De estas historias quedará al despertar no más que una resonancia, dice, la confusa sensación de que ha ocurrido algo, y de que hemos sufrido, pues sólo el sufrimiento ha sido real. Queda «la resonancia de la emoción». Los sueños no se incorporan al pasado, se desvanecen. Pero si son recordados, lo son en una forma simplificada, y poseen el carácter de una intromisión: aparecen ahí, se dejan ver quietos, algo esquemáticos y dispuestos a ser captados, efectivamente, como historia, dispuestos a ser ordenados; y, en cualquier caso, de una parte sustancial nunca recordaremos nada. Y he aquí una reflexión de María Zambrano que a mí me resulta particularmente interesante: en este punto, en la confluencia de lo que recordamos confusamente de nuestros sueños y lo que somos conscientes de haber olvidado, es donde aparece la necesidad primaria de crear historias, una necesidad irreprimible de representar ese sufrimiento que vagamente sabemos que hemos experimentado en sueños, pero para el cual no tenemos una clara explicación en la vigilia.

María Zambrano


La hipótesis de María Zambrano, mitad filosófica mitad poética, probablemente no sirva para dilucidar todas las manifestaciones literarias, pero esa idea de que la razón del porqué escribimos ficción pudiera residir en el deseo, en la necesidad incluso, de recuperar un sufrimiento que sospechamos, tan solo sospechamos, haber experimentado en sueños, de atraerlo a la realidad desde el mundo onírico para encontrarle sentido, me parece sumamente sugestiva por cuanto es un reflejo inverso de la necesidad casi terapéutica de sepultar en el olvido las razones de un sufrimiento real, y también porque María Zambrano parece insinuar, en cierto modo, que desde un punto de vista creativo es más fecundo el dolor que la felicidad. Que la historia de la literatura esté repleta de grandes desdichados, ¿no avala esta hipótesis? Acaso esa ineludible soledad del escritor y la interiorización a la que su trabajo le empuja no sean del todo ajenos a este hecho. Son dos soledades, una cerrada sobre la otra: la del espacio físico y la de un orden puramente mental. José Ángel Valente refutó que la poesía sea comunicación; antes al contrario, es, escribe, incomunicación, es «cosa para andar en lo oculto», «para adentrarnos en una habitación abandonada cuya puerta se puede cerrar desde dentro sin que nadie en el exterior sospeche que una puerta se disimula en el muro». Y lo que sirve para el poeta sirve, a su manera, para el novelista, del que Antonio Muñoz Molina dice que es «un califa que se aburre en el palacio gramatical del yo, y una voz que se disuelve en muchas voces y que se detiene a escucharlas todas para distinguir la única que es la suya».

Encerrados voluntariamente en el interior del verso que componemos o recorriendo los extensos salones de nuestra imaginación solitaria para adivinarnos en la identidad de los otros; escarbando figuradamente allí donde el resultado de nuestra observación se funde con lo que hemos vivido y se convierte poco a poco en lo que vamos siendo; mirándonos actuar desde una onírica platea en la que somos todos los espectadores y reconociéndonos a un tiempo en cada elemento del decorado y de la decoración, en las bambalinas y en los ornamentos de los palcos, en el atrezo sobre el escenario y también en el terciopelo de las butacas: somos, en cualquier caso, lo que escribimos, aunque escribamos sobre personas ajenas a nosotros, de la misma forma que antes somos lo que soñamos; somos, quizá, fragmentos de ese otro género literario no menos antiguo ni complejo ni peligroso que es la vida.

viernes, 5 de julio de 2013

Antonio Gamoneda, sombra y luz

                                                     Foto: Xavier Cervera (La Vanguardia)

Tengo tan solo dos libros del poeta astur-leonés Antonio Gamoneda, pero en ellos se reúne buena parte de su obra literaria. Uno contiene en su título la palabra sombra, el otro la palabra luz. Un armario lleno de sombra son unas memorias de infancia publicadas en 2009; Esta luz, editado también por Galaxia Gutenberg, recoge y ordena la poesía por él escrita –y con frecuencia corregida- entre 1947 y 2004, es decir, con anterioridad a la concesión del Premio Cervantes. «Hay luz dentro de la sombra», dice uno de sus versos, y otro «La luz es médula de sombra», y también: « (…) No / hay sombras ni agonía. Bien: / no haya más que luz. Así es / la última ebriedad: partes iguales / de vértigo y olvido». En el primer párrafo de sus memorias de infancia lo explica más claramente: «En el olvido están los recuerdos»; del mismo modo, las páginas de Un armario lleno de sombra descubren –o confirman-, con conmovedora sencillez, el origen biográfico de muchas de sus imágenes poéticas, de esos símbolos cerrados en sí mismos. Estamos en ese territorio que la vejez y el olvido van conquistándole a la memoria; estamos entre el vértigo y la lentitud, entre la evocación y la pérdida.

Hasta el 21 de octubre de 2010 yo no había leído ni una sola línea escrita por Antonio Gamoneda. Ese día fui invitado a recibirle en la estación de Almería, ciudad a la que él acudía para participar al día siguiente en el ciclo de conferencias “Desde la ciudad celeste”, dedicado a José Ángel Valente, y me pareció lo más indicado indagar previamente en su biografía y conocer alguno de sus poemas. Busqué en Internet y encontré unos versos que se han convertido para mí en una especie de abracadabra sentimental: sentir la vida de los camaradas / es ser camarada de uno mismo. Horas después tuve ocasión de decirle lo mucho que me gustaba aquel poema. La tarde del día 22 yo estaba sentado entre el público que había acudido a la conferencia; mientras Gamoneda se acomodaba tras la mesa de oradores, la persona que estaba a mi lado me tendió un ejemplar de Un armario lleno de sombra, que traía para que el autor se lo dedicara. El poeta –la persona, más bien- me había ganado por completo la noche anterior, durante la cena, gracias a su sencillez y a la amenidad de su conversación, pero apenas leí allí mismo las dos primeras páginas de sus memorias de infancia quedé absolutamente conmovido por la belleza de su voz literaria. Tres meses después tenía esos dos libros suyos a los que me he referido, y se había convertido ya en uno de mis escritores imprescindibles.

He vuelto a leer estos días Un armario lleno de sombra, temiendo que acaso hubiera desaparecido ya de mi memoria esa otra voz conversacional con la que lentamente nos desgranó durante aquellos días muchos de los recuerdos que contiene el libro. No ha sido así: he seguido oyéndole mientras avanzaba en la lectura. En estos casi tres años no ha habido otro libro que yo haya recomendado con tanto ardor, y siempre es una invitación a dejarse emocionar por ese reencuentro entre un anciano y el niño que fue, entre el hoy llevadero y las duras condiciones de su infancia.






    “Las manos de mi madre eran grandes. Las ponía en mi frente queriendo medir una fiebre que quizá no existía y yo me acostumbré a sentir reunidos el olor a lejía y la ternura”.       

Antonio Gamoneda







Cuando Antonio Gamoneda habló de la cultura de la pobreza en su discurso de recepción del premio Cervantes, vino a condensar en un solo párrafo el contenido de estas memorias de infancia: afirmó que en 1936, cuando él tenía cinco años, había en su casa un único libro, en el que aprendió a leer, un libro que a un tiempo le atraía y le recordaba su condición de huérfano, pues era un libro de poesía escrito por su padre; que su «primera información de la vida civil consistió en advertir la horrible represión en el barrio más tristemente obrero de León»; y que empezó a trabajar al día siguiente de cumplir catorce años: a las cinco de la mañana, estando su madre desde hacía horas con la cabeza inclinada sobre una máquina de coser, él cargaba carbón en la caldera del Banco Mercantil.

Ese reencuentro entre el poeta y el niño que fue sesenta años atrás ocurre en un espejo, el del armario de su madre ya muerta. La visión sucede casi al mismo tiempo en que el chasquido de la llave al girar en la cerradura interviene en la percepción del tiempo y le trae vagas sensaciones de pasado. El armario sólo lo abría su madre, y en el interior están sus objetos más personales, aquellos en los que perdura, aun cuando se trate de una perduración en ausencia: sus olores, sus ropas de abrigo, sus bolsos, todo aquello que habla de una callada abnegación maternal, de humildad, de tristeza también, de las circunstancias en que se produjo su temprana viudez, del final de una vida, de la decrepitud y la extenuación inmóvil y el cese del pensamiento. Y en esa gran luna del espejo el poeta busca una menuda excoriación del azogue descubierta de niño, durante una de sus muchas convalecencias. Recuerda la escena, se recuerda niño, bajando de la cama, acercándose al armario, mirándose en el espejo. No es un mero recurso literario, un ardid narrativo: el niño en el espejo se convierte en un «viejo irreal», y el poeta advierte que el viejo es él mismo. «Después, la profundidad visual se hizo alucinatoria: busqué insensatamente la mirada del niño que hacía teatro con su propia belleza»… Repito: es ésta una lectura que supone inevitablemente un viaje al centro de una emoción cada vez más intensa.

Al internarse en el armario –al sacar las cosas que hay en él y revisarlas- se interna en esa sombra, pero también en la luz («Hay luz dentro de la sombra», hay recuerdos en el corazón del olvido). El niño al que vuelve, y que nos acerca para que lo conozcamos, perdió a su padre antes de cumplir un año, se trasladó con su madre a León, desde su Oviedo natal, a los tres, vivió un tiempo en una casa de vecinos de un barrio proletario, niño único entre adultos cuyo extraño mundo no podía sino confundirlo: un mundo de privaciones y frío y extrañas actitudes que no comprende, de trabajo, de guerra, de rostros de hambre y cadáveres entre cañaverales y cuerdas de presos, del sonido de la carcoma en las maderas del inmueble, y el de las palomas en el desván, y el de las voces de los pregoneros, los vendedores ambulantes, los afiladores, los charlatanes; un mundo de peligros y niños ahogados y el grito amarillo de las mujeres que en mitad de la noche tratan inútilmente de impedir que se lleven a sus maridos, sabedoras de que no habrán de volver a verlos con vida, y también el sonido acogedor de las canciones de las mujeres en sus labores y de las niñas en sus juegos: el Gamoneda maduro lamenta que esas canciones se hayan perdido, como tantas otras cosas hermosas y útiles devoradas para siempre por la televisión. Era aquel mundo de entonces un mundo de nieve, y de las interminables choperas que bordean el río Bernesga, y del helor de los barrotes del balcón grabándose en el rostro mientras ve pasar, en largas filas, a los presos republicanos que son conducidos al penal de San Marcos, «hombres cenceños», dirá en Lápidas, «hombres lentos, exasperados por la prohibición y el olor de la muerte», y es entonces, instante del pasado hecho interminable presente, cuando la mano de la madre, sigilosa pero firmemente, le retrae hacia el interior de la habitación, hacia la oscuridad, la protección, el silencio... Su poesía está atravesada por todo eso. 

22/10/2010. Gamoneda en Almería. Foto de grupo: 
el poeta es el primero; quien esto escribe, el último

Cuando unos meses después empecé la lectura de sus poemas (libro a libro dentro de uno solo, Esta luz), me di cuenta de que estaban muchos de ellos arrancados de sus propios y más antiguos recuerdos, que eran memoria fermentada en la interiorización: hay conexiones entre todos –o casi todos- sus poemarios, de tal manera que unos y otros completan significados que parecían herméticos, y en Un armario lleno de sombra asistimos a una confesión vital y poética de muchos conceptos recurrentes en los versos y versículos de Gamoneda. Que aprendiera a leer en un libro de poesía, el único que había en casa, Otra más alta vida, escrito por su padre doce años antes de que él naciera, es asunto fundamental en su vida: preguntando constantemente a los adultos por cada una de las letras acabó por identificar fonemas, palabras, líneas enteras; y siendo un libro de poesía, asimiló las palabras leídas -de significado desconocido muchas de ellas- a su valor musical: los signos de la escritura remitían al misterio y al ritmo. Así es la poesía de Antonio Gamoneda: ante una primera lectura, el lector siente el asombro de una belleza ininteligible, pero el conocimiento de otros poemas van arrojando luz sobre los ya leídos en una suerte de remisiones constantes y luminosas que obligan a una relectura y que perfilan el sentido real de una determinada metonimia, y éste el sentido de otra. Eso sí, como muy acertadamente dice Miguel Casado en su epílogo a Esta luz, «un resto último, perteneciente a lo privado, queda inalcanzable en el fondo del poema, garantizándose su ser de poema vivo». El misterio nunca desaparece del todo.



Así he cruzado en estas líneas de la sombra a la luz, de la prosa a la poesía, de los recuerdos a ese cuerpo poético único en nuestras letras, construido verso a verso por Gamoneda desde el aislamiento, desde la condición de poeta ajeno a todos los grupos y generaciones, prácticamente desconocido durante décadas. Al llegar a Esta luz me detengo: merece más espacio y sin duda una capacidad mayor que la mía, aunque acaso bastaran dos palabras: lean sus poemas. Leedlos. Me limitaré a constatar la conmoción que para mí supuso la lectura de Descripción de la mentira, el poemario con el que en 1977 rompió un largo silencio de doce años, durante los cuales estuvo dedicado actividades antifranquistas en la clandestinidad: se trató para mí de un terremoto interior que sólo puedo compararlo al que experimenté con la lectura de la Rayuela, de Cortázar, a mis veintipocos años. Uno fue un terremoto en prosa, el otro en largos versos.


Son estos versos de Antonio Gamoneda -parte de ellos- los que deseo dejar sonando en el Loser este verano…




martes, 3 de enero de 2012

"El guardián del fin de los desiertos"

Con el hermoso título El guardián del fin de los desiertos, llega a mis manos uno de los libros que más he deseado desde hace un año, justo desde que en el otoño de 2010 finalizase en Almería un memorable ciclo de conferencias dedicado a José Ángel Valente. Desde la ciudad celeste, coordinado brillantemente por José Andújar Almansa y Antonio Lafarque (que ahora han sido los responsables de la edición de este volúmen publicado por Pre-textos), se celebró entre abril y noviembre de ese año en que se conmemoraba el décimo aniversario de su muerte, y ofreció tantas, tan diversas y tan enriquecedoras perspectivas del poeta que la reunión de aquellas intervenciones en un libro era ya, desde su propio anuncio, un acontecimiento literario de primer orden. 

El título del libro proviene de "Palais de Justicie", un texto aún parcialmente inédito por expresa voluntad de su autor, y hace referencia a algunos de los motivos en los que Valente insiste en su obra. “En el fin de los desiertos”, nos indican Andújar Almansa y Lafarque en el prólogo, “aguarda la trasparencia definitiva del lenguaje, los espejismos de la subjetividad igual que la identidad cambiante de sus arenas, los estallidos nocturnos de la materia, la naturaleza del silencio como señal o signo. Pero también la memoria de la luz, imagen que condensa la última etapa vital del poeta trascurrida en las tierras del sur”.

Recorreré estas páginas lenta y minuciosamente, y entontes daré más amplia cuenta aquí de todo ello. He leído ya el texto del poeta leonés Antonio Gamoneda, con cuyas palabras sobre Valente ansiaba reencontrarme. Pues desde un punto de vista estrictamente personal, el haber conocido y tratado a Gamoneda durante los tres días que pasó en la ciudad con motivo de su participación en este ciclo de conferencias, resultó ser una de las experiencias más gratas de mi vida (y quien me conoce lo sabe). Primero con el descubrimiento de la persona, un hombre entrañablemente cercano, ajeno por completo a toda esa pompa en que uno, en su ingenuidad, podría imaginarse envuelto a todo un premio Cervantes, trabajador infatigable a sus setenta y nueve años de entonces, que apenas dejábamos a la puerta de su hotel subía no a descansar sino a seguir puliendo la conferencia que sólo unos días después dictaría en Santiago de Compostela, exactamente en la otra punta de la península. 

Más tarde, aún con el eco de su voz pausada en mis oídos, me deslumbró su obra, primero la prosa (me viene por defecto), esas memorias de infancia tituladas Un armario lleno de sombra: un placer absoluto, redondo, emotivo; allí encontré, además, no pocas de las cosas que él mismo nos había ido contando acerca de su vida. Después su poesía, en un volumen que está en mi mesa de trabajo desde hace un año y tal vez lo esté por siempre, Esta luz, en Galaxia Gutenberg, que reúne la totalidad de su obra poética hasta el 2004, un libro infinito, de lectura y relectura inacabable, unos versos que me administro regularmente como otros se administran diferentes sustancias en busca de una felicidad químicamente impura (allá cada cual). A través de esos versos, el poeta supo lo que no sabía que sabía (ese “no saber sabiendo” que es virtud de la poesía, según afirmación de San Juan de la Cruz a la que Gamoneda acude con frecuencia: “yo no sé lo que sé hasta el punto en que me lo dicen mis palabras ya escritas”). Para recordar una conmoción equiparable a la que me produjo su obra Descripción de la mentira, de 1977, tendría que remontarme al año 1984 y a mi primer encuentro con Rayuela, de Cortázar. Y sin embargo, poco puedo decir acerca de sus largos versículos, más allá de transmitir torpemente mi admiración por ellos. “La poesía no es materia de explicación”, dice Antonio Gamoneda, “la poesía es”.

No obstante mi condición de ávido lector de narrativa, Valente y Gamoneda han supuesto para mí dos apasionantes rutas al corazón de la palabra.

 Antonio Gamoneda y José Ángel Valente


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P.D. Un pasadizo de última hora comunica este local con otro espacio tan joven como el año por el que ya navegamos: Palpitatio Lauri es su nombre, una página dedicada a las artes y las letras, en español y francés, y cuya declaración de intenciones resulta sumamente atractiva ("…un espacio que quiere ser interrogativo, un espacio para la seducción donde las ideas puedan coquetear y los labios besar el fuego…"). Son responsables Edgar Campos (alguien a quien aprecio y admiro y al que me ha gustado siempre considerar como una segunda generación de Suipacheros) y Arturo Sánchez. Mis mejores deseos para tan atractiva empresa.