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jueves, 17 de noviembre de 2016

Un comité de la noche y un balcón en invierno

Leer de forma sucesiva la última novela de Belén Gopegui y la última de Luis Landero, ambas publicadas en el otoño de 2014, produjo en mí esa sensación de ser atraído a tesis enfrentadas que uno experimenta en las mejores películas de juicios, cuando primero te convence el fiscal con su alegato y después, no menos categóricamente, el abogado de la defensa. No se trata aquí de que haya acusados, sino de describir el efecto persuasivo de las dos propuestas literarias, que son, en cierto modo, opuestas entre sí. 

En El comité de la noche, Gopegui captura el instante social y político en el que estamos ahora mismo para plantear la necesidad de llevar a cabo una resistencia contra el abuso de los poderosos, de participar en grupos de activismo político, incluso en células clandestinas, y en cualquier caso de acudir a asambleas, a encierros, a manifestaciones, de trabajar en equipo, de definir estrategias, de aspirar a levantar la presión sobre nuestras vidas, de prepararse para que si un día los explotados llegaran a arrebatarle el poder a los explotadores (que son menos) no repitan el modelo de explotación contra el que luchan; construir otra civilización, dice la autora madrileña, cambiar las relaciones de propiedad y las relaciones con la naturaleza, no decaer ni aun ante el riesgo personal, pues “cuando el riesgo personal está excluido a lo mejor ya estamos muertos”.

Podría parecer que el carácter político de la novela –Gopegui considera, en cualquier caso, que todas las novelas tienen un componente político, indetectable en la mayoría de la narrativa dominante- lo convierte poco menos que en un manifiesto. No lo es. Para empezar, la prosa de Belén Gopegui conserva esa personal inspiración poética, atenta a la lírica de los pequeños detalles cotidianos, que despertó la admiración de tantos, mi admiración más encendida, desde su primer libro, La escala de los mapas. Cuando retrata aquí a unos seres afectados por la crisis económica, lo hace, además, con una cercanía que es a la vez narrativa y vital, la pura experiencia de no tener trabajo, de tener que regresar a casa de tus padres con treinta y tres años y una hija de ocho, compartir con ellos el desempleo que también sufren y los cuidados de la niña y la atención de la casa, volver a ser tribu pero con el duro añadido de la derrota, detenerse a pensar en el dinero que te ahorrarías no tomándote ese café en un bar, pensar que encender “la televisión por la mañana tiene algo de beber solo”…

Así se siente –así siente- Alex, el primer personaje protagonista de El comité de la noche, un documento narrativo durmiente que la autora activa para los lectores, porque puede que el poder de una historia tal vez sea “ínfimo”, dice, pero es también “incontrolable”. Y un día el grupo debate sobre una información aparecida en prensa bajo el titular “La sangre de los parados”: una multinacional productora de hemoderivados propone al Gobierno la posibilidad de pagar a los parados, por la donación de su sangre, 60 o 70 euros semanales con los que completar su prestación por desempleo. Inmediatamente, el grupo se plantea hacer algo al respecto, no en defensa del altruismo, ni por razones éticas o legales, sino para combatir el hecho de que se considerase el paro “una fuente de extracción” y la sangre un recurso que pudiera ser explotado, “como una mina”. Y a partir de este hilo, Gopegui tejerá en la segunda y más extensa parte de la novela una trama donde late el pulso de una intriga muy Graham Green, muy John Le Carre, trasladando la acción a Bratislava, ampliando las voces narrativas y conservando su radical compromiso moral.

Belén Gopegui. Foto: JFH
 
De modo que al llegar al final de El comité de la noche me he convencido de que la literatura ha de ser útil hasta este extremo (además de bella, claro, de otro modo no me sirve). Y afronto, pues, la novela de Luis Landero, El balcón en invierno, con recelo, pues se trata de una especie de memorias de infancia y adolescencia donde el autor se propone repasar el cúmulo de circunstancias que tuvieron que darse para que, teniéndolo todo en contra, llegara a ser escritor. Desde luego, Landero es un autor que siempre ha logrado cautivarme con su estilo poderoso, heredero de la mejor literatura en español, y con las vicisitudes de sus peculiares protagonistas, a medio camino entre la comedia y el patetismo, entre lo ridículo y lo sublime, entrañables en cualquier caso, como lo son todos los soñadores sin fortuna; personajes atrapados en laberintos de imaginación y afanes y rutina laboral, solitarios que se encuentran con otros solitarios, perdedores tocados tal vez por la melancolía pero jamás por la amargura, a quienes la vida les conduce, contra todo pronóstico, hacia posibilidades de aventura que acabarán por elevarles, aunque solo sea en la república de su fantasía, por encima de la extendida mediocridad que amansa los días y los años.

Sí, pero, ¿y la utilidad de la novela? ¿No es escapista toda obra de ficción que no se sume hoy a la lucha contra los poderosos? Y he aquí que Landero vuelve a conquistar de nuevo mi corazón de lector apasionado, mediante un relato que no es solo el del escritor que recuerda las raíces de su vocación, sino que constituye sobre todo un homenaje a una generación que, juntamente con la cultura milenaria que aprendieron por transmisión oral, está a punto de desaparecer no solo físicamente sino también en el olvido.

No se trata de que nos cuente que proviene de una humilde familia de campesinos del sur, que no había libros en casa, que emigraron al Madrid de los años cincuenta por el empeño de su padre en que los suyos se abrieran paso en la vida o que solo con la muerte de éste pudo empezar él, único hijo varón, depositario de todas sus elevados anhelos, a ser quien ni siquiera podía imaginar aún que deseaba ser. Esta novela –novela de no ficción, pero novela al fin- se sostiene en el deseo por conocer todo eso que desconocemos de quienes tenemos más cerca, de quienes amamos, de quienes habían ya recorrido una parte sustancial de sus vidas cuando nosotros llegamos al mundo. Todo un universo emocional perfectamente reconocible cabe en esa última mirada que se dirigen el narrador y su temible padre en la habitación de hospital donde éste va a morir en apenas unas horas, a sus cincuenta años, y es un universo que se ensancha en la prometedora incertidumbre que esta muerte le deparó al narrador, y sobre todo en la pena, la culpa, la compasión, la gratitud tardía, la admiración, incluso, que solo muchos años después despertará en él el recuerdo del padre.

Son muchos los personajes memorables que pueblan El balcón en invierno, todos ellos dotados de vida, como hechos del barro de la memoria y alentados con el talento literario y la sensibilidad de Landero; gentes “que civilizaron tierras bravías”, que construyeron sus propias casas con los materiales que le arrancaron a la tierra, que sabían cómo encauzar el agua hasta el sembrado y cómo esparcir la semilla, que alrededor de la lumbre contaban historias y transmitían saberes no escritos. Y cuando el narrador necesita saber, en el presente, acerca de la infancia y juventud de su madre nonagenaria, y le pregunta una y otra vez, ella, que tanto gusta de hablar con su hijo escritor de otras muchas cosas, de sí misma nada cuenta, “no porque no se acuerde o no quiera contarlo, sino porque su vida no le parece interesante”.

Yo no sé de dónde ha sacado esta gente, esta generación infortunada, su temple y entereza”, dice Landero, y también que “Fueron vidas oscuras, anónimas, de las que ya nadie quiere acordarse, aunque fuese al menos para agradecerles los servicios prestados”.

Convencido ahora, rotundamente, por el planteamiento literario de Luis Landero, trato de conciliarlo con el de Belén Gopegui; y llego a la conclusión de que tan necesario como el compromiso con nuestro presente y nuestro futuro, debiera serlo el compromiso con nuestro pasado, o con el pasado de los nuestros, un compromiso de evocación y reconocimiento, porque romper el hilo que nos une a la memoria de quienes nos precedieron –y estamos muy cerca de hacerlo- podría soltarnos de nuestras propias manos y quién sabe si ser fatal.

miércoles, 10 de septiembre de 2014

Una inmejorable cosecha otoñal de libros

Hace muchos años que dejé de estar pendiente de las novedades literarias, como de los estrenos cinematográficos. Es inevitable enterarse de lo que va saliendo, claro, pero siento que no es por mí por quien siguen editando nuevos libros ni rodando más películas. Como consumidor de cultura soy definitivamente un outsider. A mi juicio, la literatura y el cine no atraviesan por un periodo de decadencia: lo harían si el lector y el espectador exigentes pudieran advertir que hay realmente otra orilla, aunque sólo fuera una remota línea de esperanza en el horizonte. Pero no la hay –ni orilla ni esperanza-; hay, quizá, un fondo, pero espero no estar ahí para ver cuándo lo tocan. La literatura y el cine, tal y como yo los entiendo, están en un proceso de descomposición; si se quiere, en un proceso de transformación en otra cosa, lo acepto, pero esa cosa no será ya ni literatura ni cine. Afortunadamente, varios siglos de poesía, narrativa, teatro y ensayo nos han dejado una reserva casi infinita de grandes obras maestras por leer. En cuanto al cine, bueno, seguiremos dándole vueltas y vueltas a las mismas películas que siempre logran emocionarnos.

Digo esto porque, inesperadamente, y como para contradecir todo lo anterior, me encuentro con el anuncio de que este otoño todos o casi todos los escritores por los que aún siento respeto van a publicar nuevos libros. Abrumadora coincidencia que a alguien tan desengañado como quien esto escribe no deja de causarle sorpresa y, sí, lo confieso, un verdadero entusiasmo. En términos agrícolas, podríamos decir que será una excelente cosecha.

Vayamos por partes: a la ya anunciada novela póstuma de Ana María Matute, Demonios familiares, se suman novelas del maestro Juan Marsé, Noticias felices en aviones de papel, y de Javier Marías, Así empieza lo malo. Además, dos escritores a quienes tengo una enorme admiración desde sus primeras novelas, esa clase de escritores que forman parte importante de tu vida y con los que uno ha ido haciéndose mayor libro a libro, coincidirán también en las librerías: Belén Gopegui, con El comité de la noche, y Luis Landero, con El balcón en invierno. Creo de justicia mencionar también la primera novela de Miguel Sanfeliu, Parece que cicatriza, a publicar por Talentura. Y esto es sólo el comienzo.

Hay un libro que entrará directamente en la historia de la Literatura (lo está ya desde hace años, y sin haber visto la luz, en su forma mítica): Palais de Justice, la breve novela autobiográfica escrita por José Ángel Valente, donde la sombra de Kafka se extiende, dicen, sobre el traumático proceso de divorcio que puso fin al primer matrimonio del poeta. Valente (1929-2000) es, tanto en su vertiente poética como en su vertiente ensayística, uno de los más grandes escritores de la pasada centuria, y esta rara obra de ficción narrativa –se acercó muy pocas veces al género-, que ha permanecido inédita, según su deseo, hasta después del fallecimiento de su primera mujer, está llamada a convertirse en uno de los hitos literarios más importantes de lo que llevamos del XXI. (Leer aquí un enriquecedor reportaje sobre la obra).


Pero con ser todo esto tan relevante, si escribo sobre ello es porque he sabido que también Antonio Muñoz Molina publicará –al fin- una nueva novela, cuyo título es Como la sombra que se va. Que se anuncie para tan tarde como el 25 de noviembre me colma de ansiedad: siempre ha sido así, desde que en 1988 leí El invierno en Lisboa: es anunciarse una nueva novela suya y no vivir ya. Puede que suene un poco exagerado, incluso un punto ridículo, si se quiere, pero las cosas (y las debilidades humanas) son como son. Así de principio, su novela, centrada en el tipo que asesinó a Martin Luther King (de nombre James Earl Ray), cuya historia ha sido reconstruida por Muñoz Molina a partir de los archivos del FBI, me trae a la cabeza la magnífica Libra, de Don DeLillo, donde el autor neoyorkino hacía lo propio con Lee Harvey Oswald. Veremos.

Ahora permítaseme confesar al final de estas líneas que, no obstante, el libro que más deseosa y felizmente espero es una colección de relatos titulada La derrota de nunca acabar, de la que es autor Miguel Naveros, y que publicará la editorial Bartleby. Se trata de la primera incursión de Naveros en el terreno del cuento breve (ha cultivado la poesía y la novela, además del género periodístico en toda su amplitud), y apuesto el resto a que éste será uno de los libros de relatos más destacados del año. Juego con ventaja: no lo digo por intuición, sino con conocimiento de causa. 

Miguel Naveros. Foto: JFH

martes, 26 de agosto de 2014

Centenario Cortázar V: Apio verde tuyú, Julio


Escribo escuchando un viejo disco de tangos en homenaje a Julio Cortázar, para quien el bandoneón de Troilo y el violín de Julio de Caro venían a representar, según dejó dicho, lo que la magdalena a Proust. Y es que no es sólo que hoy hubiera cumplido Cortázar cien años, es que sin duda debe de estar cumpliéndolos en algún sitio, que no ha de ser forzosamente ese cielo de los creyentes, claro. Cortázar se sentía muy cercano a aquellos versos de Poeta en Nueva York donde Lorca confiesa que “… yo no soy un hombre, ni un poeta, ni una hoja, / pero sí un pulso herido que ronda las cosas del otro lado.” Es en ese otro lado -de la costumbre, de lo cotidiano, de lo que llamamos realidad-, donde nace el sentimiento de lo fantástico que empapa toda su obra, no como un recurso literario, sino porque en su vida lo maravilloso estaba entretejido con la realidad comúnmente aceptada.

Uno de los pasajes con que Belén Gopegui se ganó mi admiración a partir de su primera novela, La escala de los mapas, tiene un aire inconfundiblemente cortazariano: parte de la idea de que todo está comunicado, “ de un momento a otro puedo aparecer debajo de tu boca o salir a tu cocina por la puerta de la nevera (…) yo guardo un bolígrafo en el cajón y, como el conejo de Alicia, puede el bolígrafo llegar al jardín de la reina (…) y si entro en mi pijama tal vez salga al camisón dorado de tu cuerpo”. De esa misma manera, los mundos de Cortázar parecen anular muchas veces las distancias, y se prolongan los unos en los otros de manera natural, aún cuando medie entre ellos un océano o un siglo o la misma muerte. Detrás de esta contigüidad de lo remoto se da en ocasiones el desdoblamiento de un personaje, ese saberse o intuirse otro distinto, identidades alternativas en un mismo mundo y tiempo o en escenarios distintos y épocas diferentes.

Todas las alteridades posibles conviven en los relatos y novelas de Cortázar. El catedrático Juan Bargalló Carraté inventarió distintas tipologías del doble: más allá de la impenetrabilidad del Disfraz o de esa medida de nuestra opacidad que es la Sombra, tres serían los procedimientos de desdoblamiento: por “fusión” de dos individuos diferentes en uno, proceso que a su vez puede ser lento, de mutua aproximación, como en el William Wilson de Poe, o repentino, como en Dostoievski, Wilde o Mauppasant; por división de un individuo en dos (en Gogol y en Andersen); o por “metamorfosis”, transformaciones reversibles o irreversibles (Jeckyll y Hyde, Orlando, Gregory Samsa). “Somos otros sin dejar de ser lo que somos y, sin cesar de estar en donde estamos, nuestro verdadero ser está en otra parte”, escribió Octavio Paz; y Fernando Pessoa, que sabía de múltiples identidades: “Cada uno de nosotros es varios, es muchos, es una prolijidad de sí mismos”.

Sobrecubierta original de 62. Modelo para armar.

En Cortázar hay personajes que se desdoblan por sucesión biográfica, un encadenamiento de  episodios similares que es confundido con la inmortalidad; personajes que desde su presumible contemporaneidad con el autor sueñan que también son las víctimas de una ceremonia sacrificial azteca en un viceversa final escalofriante donde el techo de una habitación de hospital y el de un pasadizo de roca viva acaban por confundirse antes de que todo sea cielo estrellado y luna menguante y hogueras y cuchillo; personajes a quienes les basta entrar en un Pasaje comercial del Buenos Aires de los años cuarenta del siglo XX para acabar desembocando con absoluta naturalidad en una Galería de París, en el XIX, ser el mismo y distinto, ir y venir de una vida a otra; personajes incapaces de imaginar qué significa que cada tanto les venga como un arma secreta la idea de una bola de vidrio al comienzo de un pasamanos, o de una escopeta de dos cañones, o de unas hojas dándole en plena cara;  anagramáticas jóvenes de la buena sociedad bonaerense que sienten en ellas la existencia de otra, lejana, que sufre, que camina por la nieve y la espera en un puente de Budapest; personajes que cruzan ese otro puente insalvable que separa la condición humana de la animal tan solo mirando atentamente los ojos de oro, los dedos, las excrecencias branquiales de un axolotl; personajes que dejan que sea su propia imagen reflejada en la ventanilla del metro quien inicie el juego con otro reflejo, que no saben que son ese personaje que en el libro que tiene entre las manos va a ser asesinado o se descubren recorriendo las habitaciones pintadas en una colección de cuadros expuestos en un museo de pueblo; fuegos que devoran a un tiempo un circo romano y una habitación francesa, la espada de gladiador y el teléfono.

Todo está comunicado: por ejemplo, el lado de allá y el lado de acá de una rayuela, donde un tablón de madera quisiera servir realmente de puente entre dos ventanas, entre dos continentes. Por ejemplo, las calles de tres capitales europeas y una Ciudad sin nombre, tan articuladas en la novela 62. Modelo para armar, que a Julio Cortázar se le ocurrió una sobrecubierta que representara un plano imposible, “un collage de las calles de París, Londres y Viena donde ocurren las cosas”, dejando el lomo, como “zona de pasaje", para el canal de la otra Ciudad, donde las calles de las otras tres ciudades se empalman entres sí y con ella. Ese plano/sobretapa/book jacket fue diseñado finalmente por otro Julio, el pintor Julio Silva (“El lector podrá retirar el jacket, desplegarlo, jugar con él como si realmente fuera un plano”, le explicaba Cortázar por carta a su editor, Paco Porrúa).

Sí, todo está comunicado, una ciudad con otra, un tiempo del pasado con otro del presente, por qué no ese otro lado donde rondan los pulsos heridos con éste lado de aquí; el lugar en el que Julio Florencio Cortázar celebra hoy sus cien primeros años y la blanqueada calleja sin salida que le fue dedicada hace años en Almería, con una escalera al fondo y una maceta y un imaginario punto de fuga que parecen buscar todas las líneas, una calle para el afelpado caminar de un gato, “porque gato y yo”, escribió una vez, “somos como los gusanitos del Yin y el Yang interenroscándose”.

Foto: JFH
Todo, todo está comunicado, como mediante pasadizos mágicos: la voz y la imagen de Julio y este blog-bar donde tanto se le quiere, tanto se le debe, tanto se juega a leerle en serio, como se juega de niño, como si no hubiera nada más importante que ese juego.

miércoles, 24 de agosto de 2011

Vita Flumen

Hace un par de meses, mi buen amigo el camarada poeta me envío una entrevista realizada a José Luis Sampedro que bien podría ser entendida como un manual de lucidez para tiempos de barbarie y de cambio. Entre sus afirmaciones hay una, ésta personal, que me conmovió profundamente, y que no he parado de repetir desde entonces cada vez que ha habido ocasión: preguntado por el miedo a la muerte, Sampedro, de 94 años, responde: “Mi ambición es morir como un río. Ya noto la sal”. No podía ser recreado de mejor y más conmovedora manera ese tópico literario del Vita Flumen, de la vida como un río que fluye, que avanza inexorablemente hacia su desembocadura, que conoce la lentitud de los llanos y la rapidez de las pendientes, que se ensancha o se estrecha, que es mansa o tumultuosa según los accidentes de su recorrido, que fertiliza las riberas a su paso y pulimenta los cantos, que es navegable en algunos tramos y en otros deja al descubierto su lecho, y que finalmente se funde con el mar. Cómo no pensar en Jorge Manrique y en el que acaso sea el mejor poema de la lírica española. (Cómo no pensar también, ahora que escribo, en Riografía, de Miguel Cobo).

Este verano he seguido el curso de varias vidas de ficción en libros que a veces recogen un trecho de ellas, a veces casi todo su discurrir y en no pocas ocasiones su mismo ir a dar a la mar. Frente al monumento que recuerda a Manrique en Paredes de Nava (Palencia), el pueblo donde nació allá por el 1440, cedí a la tentación de poner a los pies de bronce del poeta uno de esos libros que me han acompañado estas semanas, Elefantiasis, de Raúl Ariza, cincuenta relatos que son bastantes más fragmentos de vidas inventadas, textos que son un prodigio de contención y que en su voluntad de jugar con quien los lee sugieren una corriente circular que conduce a una segunda lectura, y a una tercera, y que, en definitiva, convierten el libro en un pequeño atlas físico y narrativo donde cada una de esas vidas en cuyas aguas solitarias y desengañadas hundimos la atención forman, recordadas en su conjunto, un entramado fluvial que es imagen especular de nuestro tiempo (de barbarie, de cambio).

Elefantiasis, Jorge Marique y, en tercer término, la iglesia de Santa Eulalia, en Paredes de Nava (Palencia), donde se conserva la pila en que fueron bautizados Manrique y Pedro y Alonso Berruguete (Foto: JFH


A principios de agosto, me acerqué a las vidas también solitarias y no menos desengañadas recogidas en Acceso no autorizado, de Belén Gopegui, aunque confieso que al principio sin más voluntad que la de dejarme llevar por su corriente como hoja de álamo. Admiré durante varios años a la autora de La escala de los mapas, que tanto me cautivó (es el único libro al que le he organizado una fiesta privada), y sobre todo de esa novela tan bella y tan insólita titulada La conquista del aire (insólita por lo insólitamente afirmada que está en la realidad presente, cuando mucho en nuestras letras es hoy bisutería y evasión). Pero a partir de su cuarta novela tuve que utilizar ya, ante mí mismo, todo tipo de escusas para justificar el haber invertido mi tiempo en su lectura, y con El padre de Blancanieves le dije adiós, yo creía que para siempre. Ahora Acceso autorizado me ha reconciliado con ella, no porque no sea puro Gopegui, sino porque lo es en el mejor y más audaz de los sentidos, en una historia que uno quisiera tomar por una mezcla de ciencia-ficción y política-ficción, pero en la que la ficción es apenas un barniz: no será mañana cuando nuestros ordenadores puedan ser visitados por extraños sin que lo sepamos, sino hoy, en este preciso momento, ni tampoco cuando “la amenaza criminal y el poder instituido” coincidan, sino ayer, hoy y siempre. “La democracia”, dice un intermediario –que a sí mismo se llama apoderado- “no es más que el recambio entre los vendedores, según quién estuviera en el gobierno serían unos y no otros quienes podrían ofertar sus ruinas para obtener a cambio millones de euros del común” o para adquirir “a precio de saldo inmuebles e infraestructuras puestas en pie por la comunidad”. Un texto demoledor, en muchos aspectos, que en su escena última incurre en cierta ingenuidad política (al suponer que tal declaración pública pudiera hacerse alguna vez en nuestro país), a menos que en ella encuentre razón de ser la apelación a la fábula que se hace en la contraportada. Por lo demás, la metáfora del fluir temporal se tecnifica, como corresponde al tiempo que nos ha tocado vivir, y puede, además, remontarse: “… no todo se acaba, quizá el tiempo es un pasillo mecánico que avanza siendo, sin embargo, posible desplazarse por él en dirección contraria hasta llegar a la emoción que fuimos” (pg. 232).

Pero este verano permanecerá en mi memoria como aquél en que al fin me embarqué en la caudalosa y excitante lectura de Madame Bovary. Que haya tardado tanto en acudir a sus páginas y al curso de las turbulentas vidas que por en ellas discurren se debe sobre todo a mi ilusoria esperanza de poder leerlas algún día en su idioma original, sabiendo desde siempre que la novela fue escrita con una enfermiza meticulosidad, que Gustave Flaubert salía al jardín para declamar a voz en grito cada párrafo y tratar así de cazar al vuelo cacofonías y disonancias en su prosa, que cualquier traducción, por buena que ésta fuera, no me trasmitiría más que un pálido reflejo de su precisión expresiva. Pero lo cierto es que nada he hecho en este tiempo para aprender francés y nada, tampoco, parece indicar que vaya a aprenderlo de manera milagrosa en lo venidero. De modo que en julio me vi arrastrado por la intensidad de sus corrientes, me adentré en el torrente de sus almas, me identifiqué con Emma de manera absoluta y de manera absoluta me enamoré de ella en una suerte de narcisismo literario. Apenas supe que el pomposo Homais acababa de recibir la mención de honor (última frase de la novela), y tras haber sido ya demolido por la dolorosa impetuosidad de la muerte de tan memorable mujer, leí también La orgía perpetua, el magnífico y revelador ensayo de Mario Vargas Llosa, y las sensaciones que había experimentado con la lectura de la novela se incrementaron con el estudio de la carpintería que la sostiene: todo en su elaborada escritura apunta a la perfección: el sutil sistema de planos temporales, la duplicidad como rasgo compositivo, las “diferentes máscaras del narrador”, la manera en que Flaubert canalizó hacia su ficción afluentes reales (“hizo de la vida una proveeduría literaria”, dice Vargas Llosa).
No me extenderé. Baste decir que me he sentido desbordado en este tardío encuentro con Emma Bovary, y ante la pervivencia de una obra tan monumental uno no puede evitar puntualizar que, en estricto sentido, son las aguas las que van a dar a la mar: el río permanece, para regocijo y asombro de generaciones futuras.


El río Carrión a su paso por Palencia. Aún ha de convertirse en Pisuerga y éste en Duero, y luego recorrer como tal cientos de kilómetros, antes de empezar a sentir la sal del Atlántico (Fotos: JFH)