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domingo, 7 de enero de 2018

La Luna en la plenitud de su majestad

Esta semana, primera del año 2018, la Luna ha sido noticia por dos extraordinarios motivos. En primer lugar, la NASA ha dado a conocer una imagen en la que comparte protagonismo con la Tierra: una asombrosa fotografía tomada en octubre del año pasado, a una distancia de cinco millones de kilómetros, por la nave Osiris-Rex en su viaje hacia el asteroide Bennu, en el que recogerá muestras para su análisis (¿habrá materia orgánica en este pedazo de roca? ¿Fue así como llegó la vida a la Tierra?).

Image Credit: NASA/OSIRIS-REx team and the University of Arizona
Image Credit: NASA/OSIRIS-REx team and the University of Arizona

La fotografía en cuestión es el resultado de combinar tres imágenes de diferentes longitudes de onda de color y de incrementar el brillo de la Luna para hacerla visible, pero esa es la distancia, esa es su lejanía mutua, o su inmediatez, cualquiera de las dos sensaciones está justificada cuando se observa. Es algo fascinante, hipnótico: tan solos ambos astros, tan encadenados el uno al otro, tan pequeños, después de todo, tan desproporcionadamente grande el tamaño del satélite con respecto al planeta alrededor del cual orbita.

Por cierto, hago notar de nuevo el nombre de esta nave: OSIRIS-REX. Si tratan de averiguar por qué lleva el nombre del dios-rey egipcio de la Muerte, del Más Allá, del Inframundo, de la Resurrección, encontrarán que corresponde a las siglas de Origins, Spectral Interpretation, Resource Identification, and Security–Regolith Explorer. Y tal vez les baste con eso. Tal vez le encuentren sentido. En general, la gente no suele hacerse preguntas acerca de estas cosas: sobre el porqué hay un gran obelisco egipcio en el centro mismo de la plaza de San Pedro, en el Vaticano, por ejemplo, o por qué una escultura de Shiva, el dios hindú de la destrucción del Universo, está ubicada en el CERN, el Conseil Européen pour la Recherche Nucléaire, es decir, Consejo Europeo para la Investigación Nuclear, en Ginebra, donde se encuentra el Gran Colisionador de Hadrones, el mayor acelerador de partículas conocido.

La otra razón por la cual la Luna ha sido noticia esta semana ha sido por el anuncio de la especialísima identidad que adoptará el próximo 31 de enero, de acuerdo con una triple circunstancia que no se producía desde hace ciento cincuenta años: será una superluna, la tercera consecutiva, un catorce por ciento más grande y un treinta por ciento más brillante; será también la segunda luna llena en un mismo mes, lo que se conoce como “Luna Azul”; y, finalmente, será totalmente eclipsada por la sombra de la Tierra, fenómeno que no se verá desde España, pero que, como sucede en todos los eclipses, hará que el satélite adquiera una luz misteriosa: durante el eclipse, la atmósfera de la Tierra dispersa la luz azul y verde y deja pasar la roja, de tal manera que la Luna se verá así, roja: una Luna de Sangre. Es decir: será una Superluna de Sangre Azul… ¿Quién podría resistirse a algo así? Será cosa de buscarla en el momento en que asome su enigmático rostro, de intentar cazarla con el teleobjetivo, de entregarse al misterio de su majestad.

Son tiempos para estar atentos al cielo.

martes, 8 de agosto de 2017

Eclipse

21:05 h. Tomo posición en la ventana del dormitorio, observatorio privilegiado aquí en las alturas, desde donde esperaré la salida de la luna. Se supone que esta es la hora, y confío en que un golpe de suerte la haga aparecer justo tras esa franja de horizonte montañoso no ocultada por los edificios. En cualquier caso, mi compañera de observación, situada en un mejor emplazamiento (a unos pocos kilómetros, en lo alto de un acantilado, ella puede ver la ciudad completa y, detrás, adentrándose en el mar, el Cabo de Gata), me dará aviso: es una operación a la vez solitaria y conjunta.

21:15 h. Sin rastro de la luna llena, que esta noche estará anaranjada a causa del eclipse: es Luna de sangre. Sin duda ya es visible, pero no para mí. Tal vez una formación de nubes bajas nos dificulte la experiencia.

21:25. Mi compañera de observación me envía al móvil la primera foto. Es raro que yo no pueda verla aún, pues ya está algo elevada. Calculo la posición que ocupa en la fotografía, miro mejor el cielo, y, ¡diablos!, si está ahí, cómo no la he visto hasta ahora. Ha jugado al escondite con una chimenea de ventilación. Pero ahí está. Cojo los viejos prismáticos paternos de doce aumentos y la Luna se me revela cercana en todos sus hipnóticos detalles, perfectamente iluminados a pesar del tono rojizo que le imprime el eclipse: el juego de matices claros y oscuros de su superficie, las manchas de los llamados mares, los amplios continentes argénteos más elevados, los cráteres, Tycho, sobre todo. Aviso a mi hija y le paso los binoculares. Mira ella también y luego me los devuelve. Vuelvo a ser yo quien la observa de cerca, tan nítida, tan rodeada de oscuridad creciente. Me fascina la rotunda evidencia de su condición esférica, sólida, como flotante, y apenas me paro a considerar hoy todos esos misterios que la envuelven, las características extrañas que ponen en cuestión lo que la astronomía oficial nos dice de ella: lo asombroso de su enorme tamaño en proporción con el de la Tierra, de la que es satélite; el hecho de que siempre nos muestre la misma cara, a pesar de que también gira alrededor de sí misma (por más que leo y releo sobre la sincronicidad rotatoria no acabo de entenderlo); su órbita circular, y no elíptica; que todos los cráteres, desde los más pequeños a los más grandes, tengan más o menos la misma profundidad, no demasiado acentuada; lo increíble que resulta que la precisa combinación de su diámetro, la distancia al Sol y el diámetro de éste haga posible que en los eclipses solares totales el tamaño de una coincida exactamente con el tamaño del otro para ocultarlo. Por cierto, que este eclipse lunar que contemplo es el primer paso de un baile de sombras en el que participamos los tres, estrella, planeta y satélite, este mes de agosto. En apenas 14 días, el día 21, será la Luna quien se interponga para tapar al Sol, en un eclipse que sólo será visible, como total, en Estados Unidos, una mancha oscura que cruzará el país a 1.700 millas por hora, desde la costa Oeste a la costa Este en diagonal descendente. Tomo la cámara. No tengo trípode, y el peso del teleobjetivo hace que me resulte más difícil mantenerla inmóvil. No será una foto perfecta, pero será mi foto del eclipse.




Foto: JFH

martes, 7 de marzo de 2017

Luna



El Diccionario de la Academia no deja lugar a dudas: lunático es el que padece locura por intervalos. No hay más acepciones. La cosa viene de Paracelso, médico, alquimista y astrónomo del Renacimiento. De manera que la palabra no sirve para definirme en mi condición de hombre fascinado por la Luna, ni siquiera como alegoría. Tampoco me sirve el coqueteo con el juego de letras o el neologismo forzado, como podría ser el caso de alunizado o enlunado o seneléfilo. No me gusta el resultado. Dejémoslo, pues, en que soy un hombre fascinado por la Luna.

Ha sido así desde que puedo recordar. La busco la mayor parte de las noches en la negrura del cielo, y si no lo hago ya se encarga ella de mostrarse de golpe en cualquiera de sus fases, cuando menos lo espero, por encima de los edificios, o a la vuelta de una curva de la carretera, o quién sabe cómo y dónde, quieta, impávida, brillante, menguada o en creciente, o llena, o a punto de llenarse y como con el borde recortado, blanquísima o cenicienta o asombrosamente anaranjada. En los periodos del año en que sé por dónde va a salir estando llena, la espero. Soy cazador de lunas, una variedad cinegética no alcanzada aún por el descrédito: ansío atraparlas con el objetivo de una cámara fotográfica, empeño nada fácil porque la Luna, que es siempre la misma y distinta, tiende a transformarse en un simple círculo blanco y brillante en cuanto se siente enfocada. No soy perito en la caza de lunas: necesitaría un objetivo más largo; de ahí que hayan sido contadas las ocasiones en que he logrado capturarla. Es más fácil cuando su presencia se prolonga o se adelanta en el cielo diurno y azul, cuando es “como una hostia transparente, o una pastilla medio disuelta (…), de una consistencia apenas más sólida que las nubes”, según dejó escrito Italo Calvino.



Cuando me encuentro de pronto con la Luna, de noche o durante el día; cuando no la espero y de pronto ahí está y wow, qué luna, ese asalto de la Luna a mis ojos tiene mucho de la forma en que José Ángel Valente indicó que ha de ser percibida la palabra poética: “en la inmediatez de su repentina aparición”. Mi fascinación tiene que ver en buena parte con la inmediatez, precisamente, con el hecho de que sea un cuerpo celeste tan próximo, tan como al alcance de la mano, por decirlo de algún modo. Ya sé, está lejos, objetivamente. A unos trescientos ochenta y cuatro mil cuatrocientos kilómetros. Eso viene a ser más o menos ciento noventa viajes de ida y vuelta entre Almería y Gijón, nada más. La Luna está lejos, claro, pero si se compara con la distancia de la Tierra a cualquier otro planeta del Sistema Solar, o al propio Sol, o entre el Sol y cualquier estrella de la Vía Láctea, o entre… En fin. El Universo es muy muy grande, y la Luna y la Tierra prácticamente bailan un vals bien agarrado.

Para reproducir el Sistema Solar a una escala real, los documentalistas Alex Gorosh y Wylie Overstreet necesitaron once kilómetros del desierto de Nevada, siendo la Tierra una canica azul. Grabaron un reportaje que sobrecoge y deja sin aliento, este:
   

Claro que la Luna está cerca de la Tierra, si lo comparamos con distancias de millones de kilómetros o de años luz. Tanto como para que una empresa espacial privada haya anunciado la semana pasada que llevarán a dos turistas a un viaje alrededor de nuestro satélite en 2018, tanto como para que sus fases influyan en los ciclos menstruales de la mujer, tanto como para que la Luna haya recibido oxígeno de la Tierra durante millones de años, toda una lluvia de partículas generadoras de vida, empujadas por el viento solar, que ha venido “contaminando” las capas profundas del suelo lunar.

Por eso, cada vez que leo que un asteroide ha pasado rozando nuestro planeta a menos distancia de la que nos separa del satélite natural, un escalofrío recorre mi espina dorsal. Y esto es algo que últimamente está pasando con cierta frecuencia. La inquietud es aún mayor cuando se constata una y otra vez que la información aparece muy en los márgenes de las noticias de cada día, o ni siquiera es recogida por los medios más relevantes.   

Lo cierto es que el 28 de agosto del año pasado un asteroide de 25 a 55 metros de diámetro, conocido como “Gran Calabaza”, pasó a menos de la cuarta parte de la distancia a la Luna. El miércoles 7 de septiembre, un asteroide del tamaño de un autobús, 2016 RB1, pasó a sólo cuarenta mil kilómetros de la Tierra, un aterrador diez por ciento de la distancia a la Luna, solo dos días después de ser detectado. El 2 de noviembre, otro asteroide, 2016 VA, rozó la Tierra cinco veces más cerca que la Luna: tenía un tamaño similar al que en febrero de 2013 impactó en Cheliábinsk (Rusia), hiriendo a 1.500 personas. El 7 de enero de este año, el Lunar and Planetary Laboratory de la Universidad de Arizona detectó un asteroide al que se conoce como 2017 AG13: apenas 40 horas después de su detección, el asteroide (de entre 13 y 32 metros de diámetro) pasaba a tan solo 200.000 kilómetros de nuestro planeta, algo más de la mitad de la distancia Tierra-Luna. El 25 enero, el asteroide codificado como 2017 BX pasó a 260.000 kilómetros de la Tierra —dos tercios de la distancia a la que se encuentra la Luna— a 26.000 kilómetros por hora, 10 veces la velocidad de una bala disparada con un AK-47: este cuerpo celeste, de entre cuatro y catorce metros de diámetro, fue detectado por primera vez el 20 de enero. Y el pasado 2 de marzo, otro asteroide, denominado 2017 EA, pasó a tan solo 14.500 kilómetros, veinte veces más de cerca de la Tierra que la Luna, cruzando el anillo de nuestros satélites geoestacionarios; medía unos tres metros. 

La Luna está ahí, siempre, hermosa y enigmática. El Calígula de Albert Camus la quiso para sí, porque era una de las cosas que no tenía. Está ahí, sí, pero no tan sola, quizá.


Fotos: JFH