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lunes, 29 de mayo de 2017

Carpentier a tiempo

El último libro que me recomendó un gran amigo me ha devuelto al territorio de la literatura latinoamericana, en el que casi tuve fijada mi residencia entre los veinte y los treinta años. “Acabo de releer Guerra del tiempo, de Carpentier. Qué relatos!!!”, me escribió este amigo, y añadió: “Juan, hubo un día en que se escribía”. “Hubo un día en que se escribía, se pintaba, se componía, se hacía cine…”, le contesté yo. “Oui. Incluso se pensaba”, respondió.

En su momento, como digo, devoré las obras de muchos de aquellos irrepetibles escritores  argentinos, peruanos, cubanos, colombianos, uruguayos, mejicanos, todos reunidos bajo una misma identidad latinoamericana y en el marco de un boom literario donde tenían cabida los recién llegados en los sesenta y los que venían escribiendo desde décadas atrás. Yo vivía a caballo entre sus novelas y cuentos y las obras de los autores norteamericanos de la primera mitad del XX, de los que me iba nutriendo igualmente, todo ello sin dejar de atender también lo que hacían los nuevos narradores españoles. ¡Años fecundos en lecturas, sin duda!

Leí infatigablemente, pues, a Cortázar, claro, Julio tan querido; a García Márquez, que con sus Cien años de soledad me abrió el camino a todos los demás; a Onetti, de lenta y exacta palabra, a Rulfo, lacónico genial, a Sabato, a Borges, a Vargas Llosa, a Fuentes, a Benedetti, y más tarde a Daniel Moyano, el de menos fortuna y más sensibilidad, pues no en vano su formación era musical, a Bryce Echenique, de exagerada vida y excelente prosa (solo he conocido personalmente a Moyano, ya fallecido, y a Bryce), algo de Bolaño, cuando lo leyeron todos, con una breve pero fructífera visita a Bioy Casares hace tres años apenas. Me faltaron algunos autores, y entre ellos nada menos que Alejo Carpentier.

La vida –sobre todo si es exagerada - te reserva encuentros tardíos que llegan cargados de nostalgias de lo que no fue entonces pero puede ser ahora. Me hice con Guerra del tiempo cuando ya no había posibilidad de decirle a mi amigo cuánto logró impresionarme el primero de los relatos: Viaje a la semilla. Y aún así se lo dije, de alguna manera –esto mismo que escribo es otra forma de volver a decírselo-, y naturalmente mi valoración se quedó corta y a la vez pareció, también, exagerada: como la vida misma.

¿Puede haber en literatura algo más atrevido que hacer avanzar una historia… hacia atrás? Carpentier logra una obra maestra que crece a cada párrafo en exitoso atrevimiento, y el lector se pregunta, asombrado, hasta dónde podrá llevar su propósito: Un viejo caserón que está siendo demolido empieza a reconstruirse por sí solo, las tejas que habían ya caído ahora se ven “levantadas por el esfuerzo de las flores”, los cirios colocados alrededor de un cadáver velado en su lecho “crecieron lentamente, perdiendo sudores”, la casa se vacía de visitantes, el muerto no se siente bien, transcurren meses de luto por su esposa, quien, al final de la página siguiente, muestra un creciente rubor de recién casada, “cada noche se abrían un poco más las hojas de los biombos”, y después ambos acuden a la iglesia a recobrar su libertad, y los anillos son llevados al “orfebre para ser desgrabados”, y más adelante –más atrás- se celebra un “sarao” para celebrar una minoría de edad, y hay exámenes, y Reyes Magos, y los muebles se hacen cada vez más grandes, y se vuelve a los soldados de plomo… ¿Hasta dónde puede llevar su juego genial Carpentier? ¿Hasta dónde puede burlar el tiempo?

De esto último el escritor cubano da buena muestra en los otros dos relatos, Semejante a la noche y El Camino de Santiago, y, más allá de este libro, en el que he leído después, Concierto barroco, donde es perfectamente posible –real maravilloso, lo llamó el propio Alejo Carpentier- que después de una enloquecida fiesta de carnaval veneciano en la que participan Antonio Vivaldi, Doménico Scarlatti y Jorge Federico Haendel, el sirviente de un indiano que ha participado con ellos de la farra y de la música se quede en Europa y asista a un concierto de Louis Armstrong: antes, despide a su amo en los andenes de la estación, mientras el tren se desliza ya: «-“¡Adiós!” – “¿Hasta cuándo?” – “¿Hasta mañana?” –“O hasta ayer…” –dijo el negro…».

Abierto a cualquier nueva recomendación, avanzo ya, devoto de este autor, por las páginas de La consagración de la primavera. Qué pequeño, que desmañado, qué fácil parece cualquier otro libro de ficción que uno se eche a los ojos al lado de las obras de estos titanes de la palabra, de la imaginación, de la arquitectura narrativa. Qué apuro el dar a estas alturas unos cuentos a la imprenta…

domingo, 30 de abril de 2017

Un apasionado orfebre de la literatura: Miguel Naveros


Con motivo de la publicación de su primera novela, La ciudad del sol (Alfaguara, 1999), Miguel Naveros quiso dejar claro que no había llegado a la literatura a través del periodismo, sino que se trató de un camino inverso. La literatura significa para mí, añadió, una forma de vivir a través de la poesía. De ahí que siempre sostuviera, en público y en privado, que no escribía para nadie, salvo para sí mismo. Con ello quería decir que el gusto cambiante de los lectores no intervino nunca en su trabajo creativo, que no se paraba a pensar en quiénes podrían o no comprar un libro suyo, y que todo el esfuerzo que es necesario invertir en la construcción de ese mundo imaginario que contiene una novela para él sólo estaba justificado por el afán de hacer algo que fuera enteramente del autor, en motivaciones, contenido y forma.

El futuro estudioso de la obra del escritor y periodista Miguel Naveros se encontrará con que toda ella, de algún modo, constituye una unidad coherente donde cada uno de sus libros, y tal vez incluso de sus artículos, es una pieza matizada que le da sentido al conjunto. Ese futuro estudioso desentrañará una urdimbre de remisiones, analizará no sólo la sólida estructura de cada una de sus novelas y relatos, sino también esa estructura mayor que los une. Así, en el poemario Trifase, de 1988, el Naveros poeta asegura que la novela que más de diez años después conoceremos como La ciudad del sol ocupa ya por entonces mil folios, y en Futura memoria, de 1998, unos versos adelantan la que será una de las ideas más conmovedoras de su magnífico libro de relatos La derrota de nunca acabar (Bartleby, 2015): que perder la guerra civil libró a los derrotados de haber sido quienes mostraran “lo más oscuro de la especie humana” (poema “La historia”), permitiéndoles “caminar con la cabeza alta” (relato “El triunfo de la derrota”).

El futuro estudioso de las novelas de Miguel Naveros no sólo advertirá ese juego de alternancias en los títulos: SOL, DÍA, LUNA y -ojalá al fin publicada- NOCHE: de La ciudad del sol a Al calor del día (Alfaguara 2001); de El malduque de la Luna (Alianza, 2006) a esa inédita Amarga es la noche cuya carpintería literaria explicó el autor en un ciclo del Centro Andaluz de las Letras, y que en cierta forma nació a partir del encuentro casual, en un pub de Almería, con uno de los personajes inventados por él para la novela anterior, la bella Thérèse, tal y como desveló, a su vez, en un artículo publicado en La Voz de Almería. Reparará también, ese futuro estudioso, en que la primera novela transcurre a lo largo de casi todo el siglo XX y está narrada a través de diecisiete ejes distintos, en tanto que la segunda ocurre en un solo día y está construida de forma coral, a la manera de La colmena, de Cela, o Manhattan Transfer, de Dos Passos, con la intervención de más de 230 personajes diferentes; que esa primera novela es la crónica de un siglo tremendo, el de la imposición y derrumbe de las ideologías, donde una ciudad del sur llamada Claudia puede ser a Almería lo que Vetusta a Oviedo y a la vez lo que Macondo al mundo: un lugar a medias entre la realidad y la fantasía; y que esa segunda novela hablaba ya de especulación inmobiliaria, de degradación medioambiental y de corrupta complicidad entre política y finanzas varios años antes de que el paraíso de bienestar artificial en que vivíamos se viniera estrepitosamente abajo.

Y llegará el futuro estudioso a su tercera novela, a ese malduque con el que ganó el VII Premio Fernando Quiñones, y se asombrará del contraste entre una prosa torrencial, incontenible, y una estructura narrativa construida minuciosamente mediante un prodigioso entramado de fidelidades sucesivas, de retratos por pintar para una hipotética exposición sobre el gesto humano, de fases de la luna asociadas a las distintas edades de Pedro Luna Luna, el protagonista, y a sus primeros grandes recuerdos, dilemas, certezas e ideas, y a la adquisición ante la vida de la memoria, la razón, la pasión y el olvido suficientes, y también a las ciudades en que todo ello fue posible. Y en La derrota de nunca acabar se encontrará con once cuentos que son once variaciones sobre el tema de la derrota y el exilio, once historias, en parte reales y en parte trabajadas por la imaginación, que son once maneras de experimentar cómo la guerra modifica para siempre el curso de unas vidas, y con una duodécima historia no escrita pero sugerida: la de un niño llamado también Miguel, como los protagonistas de todos los cuentos, que escucha fascinado a los amigos de su padre relatar una y otra vez las mismas historias sobre la guerra perdida, con las que irá alimentando en la infancia su pulsión literaria.

Nunca conocí a nadie que hablara de aquello sobre lo que estuviera escribiendo con un apasionamiento parecido al de Miguel Naveros cuando me desvelaba parte de la novela o los relatos en cuya creación estaba inmerso, porque sus personajes y cuanto les ocurría nunca eran del todo imaginarios ni del todo reales. A una primera redacción fluida y más o menos rápida de cada una de sus obras le seguía una laboriosa corrección que duraba varios años, un ajustar cada párrafo, cada línea, la estructura toda a lo que él deseaba expresar en la forma en que debía ser expresado, una suerte de orfebrería literaria reservada sólo a quienes aman los libros -y sobre todo la lectura- de la manera en que Miguel lo hizo desde niño: una forma de vivir, al fin y al cabo. Quien lo probó, lo sabe.

(Artículo publicado en el cuadernillo especial de La Voz de Almería 
HOMENAJE A MIGUEL NAVEROS, 30 de abril de 2017)

Miguel Naveros, amigo y maestro
(Madrid, 18 de julio de 1956 - Almería 29 de marzo de 2017)

sábado, 1 de abril de 2017

... y ahora qué

De modo que perder a tu mejor amigo es esto, este aturdimiento, este estar sin estar del todo y escribir esas líneas que te han pedido para el periódico, su periódico, y no saber qué escribes, coger el coche convencido de que sabes adónde vas y dar vueltas y rondar su casa, es este temor a interferir en el dolor de los suyos, el abrazo, el primer lamento compartido, el coche de nuevo, el ir y venir y llegar a casa, hablar de él con tu chica, dejar una película a la mitad y pasar a una obra de teatro y a otra película y no entrar en el juego y acostarte, creer que no vas a dormir y dormirte, y despertar a las tres y entonces el primer aluvión de recuerdos, de golpe, valgan ahora cuáles, no sé, el preciso timbre de su voz, que perdiste primero, el tacto de su mano en la tuya al estrecharlas en el saludo, el gesto de alzar ambos brazos en la exposición de una idea, las gafas bajas y la cabeza agachada para leer por encima de la montura lo que la presbicia no deja de otra manera, el reloj de pulsera en la mesa, el bolsillo de la camisa pesado de bolígrafos y plumas y notas, la corbata siempre, aun en verano y en manga corta, la chaqueta en el respaldo, el café corto y espeso, el cigarrillo entre los dedos, la cabeza despejada y a los lados la lacia longitud de su cabello al viento, si soplaba, su mirada, durante un tiempo una colección de pipas entrando y saliendo de los bolsillos de la americana, el sobre del tabaco, el humo, y la gabardina, y más atrás en el tiempo un traje de pana, pero eso fue cuándo, hace mucho, la barba rala, o más densa, o ausente, según la época, oscura o ya entrecana, la despedida en el coche con el cenicero cargado y un ya nos llamamos, cada una de las veces que te presentó a alguien encareciendo tus méritos frente a tu timidez de metro ochenta y nueve y tu callado agradecimiento de quien no merece tanto y sin embargo gracias por hacerme sentir alguien, Miguel, cada una de las veces que peleó por ti la publicación de otro libro, después de que hubiera sido tan fácil la de la novela, el trabajo que te consiguió cuando más lo necesitabas, cada uno de los poetas o narradores o editores o pintores o fotógrafos a quienes pudiste tratar de cerca gracias a estar a su lado, ese acogimiento tan cargado de afecto con el que quiso impedir que te dejaras llevar por tu dificultad para el trato social, el recuerdo de un café en el Gijón, donde se le recibía con una deferencia reservada a muy pocos, de una cena de campanillas en el Círculo de Bellas Artes a la que te fue vinculando de a poco, homenaje a un novelista barcelonés, y de un par de cenas y una comida con un grandísimo poeta leonés, el recuerdo del don de la improvisación al hablar en público, de su generosidad al mencionarte si tú estabas sentado entre quienes le escuchaban, y estuviste tantas veces, por la sola voluntad de acompañarle y fuera cual fuese la naturaleza del acto, bastaba que él te hubiera sugerido que debías estar para salir de tu encierro, el recuerdo de su primera edición de Rayuela, que él te regaló de pronto después de una conferencia, el recuerdo de su letra menuda y casi ilegible, en las dedicatorias de sus libros, en esa servilleta de bar en la que hace tan solo dos semanas te escribió el título de dos poemas suyos, uno por escribir, todo a las tres de la mañana, todo de golpe, como un aleph, pero todo es tan poco para tanto como hubo, de modo que es esto perder a tu mejor amigo, no poder volver a conciliar el sueño, levantarte a ordenar el despacho, oír el trote descalzo de tu hija, a quien has despertado con la luz, acostarte de nuevo, esperar el amanecer, iniciar el día que no será como ningún otro, llorar por primera vez al verle en la portada de su periódico fotografiado junto a la vieja rotativa, el coche de nuevo y de nuevo proponerte un destino y cambiar de idea y dirigirte a su casa y darte cuenta de que es tarde para cualquier otra cosa que no sea acudir al lugar donde habrás de leer ese poema, recoger a otro amigo que se ha ofrecido a acompañarte, caminar juntos hasta el lugar donde esperarás a los suyos y donde poco a poco empiezan a llegar tantos, tantos, toda una ciudad de luto y tú apartado, saludando, no hay consuelo en cuantos lo quisieron pero tú esperas a los suyos, está ese poema, y siguen llegando tantos, hoy se despide a un ser único, y entre tantos desearías ser uno más, pero él lo quiso así, Para Isabel (… allegro danzante…), perder a tu mejor amigo es este dolor, este desamparo, el abrazo de muchos, la desolación de todos, el no hacerse a la idea, la cita para la tarde, en la intimidad de unos pocos, el coche otra vez, llegar antes quién sabe por qué, porque no tienes adónde ir, estar a solas, dejarse batir por el viento frente al mar, perder a tu mejor amigo es empezar a notar que realmente hay una ausencia, un vacío que no es físico pero sí es real y está como al lado, es extraño, y los recuerdos se amontonan en el límite del hoy más allá del cual no habrá añadidura, y empieza a crecer entre ellos la sensación de no haber estado a la altura de lo que esperaba de ti, a pesar de todo cuanto quiso enseñarte, y hay una llamada de teléfono y luego un llegar de coches, su madre, su mujer, su hija, su nieta, sus más íntimos amigos, entre los que no puedes evitar sentirte un intruso aunque te hayan acogido con cariño como a uno más, como alguien a quien también él quiso, perder a tu mejor amigo es quedarse todos en silencio mirando las olas rompiendo mansamente contra la orilla, mirando las rosas rojas dispersase muy despacio en el mar ondulante, el cielo anaranjado en el horizonte, la luz declinante, qué solos se quedan los vivos. Perder a tu mejor amigo es revisar al día siguiente los mensajes de wasap que intercambiasteis, tan ahí mismo en el tiempo y tan en otro tiempo ya, reñidos los dos con las tecnologías pero acogidos con alivio a este medio para seguir hablándoos cuando su voz era ya casi un imposible, leer todo aquello que es para ti de él, llegar a ese último libro que te recomendó encarecidamente, Guerra del tiempo, de Carpentier, “¡Juan, hubo un día en que se escribía!”, y entrar en la biblioteca pública y pedirlo y luego querer escribirle en el móvil “Lo tengo, Miguel”, sin que te parezca absurdo hacerlo. Pero no hacerlo. Perder a tu mejor amigo es un y ahora qué que puede durar quién sabe cuánto.

viernes, 16 de diciembre de 2016

Rayuela, primera edición


Hace un par de años, mi gran amigo Miguel me dejó sin palabras al regalarme de pronto, al finalizar un acto celebrado con motivo del Día de las Librerías, su primera edición de Rayuela (Editorial Sudamericana, Buenos Aires, 28 de junio de 1963). Gratitud, esa palabra tan grande, se quedó en esta ocasión muy pequeña para expresar mis sentimientos ante un gesto como aquél. Miguel compró el libro en la capital de Argentina tiempo atrás, en una librería de lance. Le falta la portada, y Miguel imaginó una posible razón para ello: su primer propietario la habría arrancado cuando la dictadura argentina puso en su lista negra a Julio Cortázar y prohibió que se leyera su obra: incapaz de desprenderse de un libro que amaba, aquel desconocido tal vez creyó que hacer desaparecer su famosa portada en negro bastaba para disimular su identidad.

Rayuela es el libro que yo más amo, de modo que tener una primera edición está más allá de lo que me es posible explicar con palabras. Esta novela/contranovela de Cortázar es para mí, desde hace treinta años, una especie de «biblia», no un libro sagrado, entiéndase, no un libro en mayúscula que contenga la palabra de una divinidad o que pretenda imprimir en mi carácter unas creencias o unas normas de conducta. Es mi biblia por la forma en que he seguido leyéndola estos años, ya no pasando de un capítulo al siguiente o de acuerdo con el tablero de dirección situado al comienzo (eso ya lo hice tres veces), sino abriendo por cualquier sitio, al rayuelesco azar, o buscando un pasaje determinado como quien busca (sí, supongo que es así) un versículo, porque me ronda la cabeza y quiero comprobar su literalidad, o simplemente como quien quiere escuchar de nuevo una pieza musical: Rayuela es música tanto como literatura.

Llegué a ella muy joven, después de una apasionada iniciación en la lectura que comenzó más o menos a los diez años y me llevó a devorar en los siete u ocho siguientes libros de aventuras primero y de detectives después. En ese proceso evolutivo de mi vida como empedernido lector, a Raymond Chandler le sucede Vázquez Montalbán y a éste, en algún momento, Cien años de soledad: la novela de García Márquez me fascinó completamente, y al abandonar Macondo quise saber más sobre literatura hispanoamericana. En algún sitio leí que el otro libro más significativo de aquello que se llamó el boom era Rayuela, de Julio Cortázar. Acudí a sus páginas esperando la misma exuberancia expresiva del colombiano, los asombrosos prodigios del realismo mágico, pero me encontré con un libro muy diferente y bastante más complejo. En la biblioteca pública de mi ciudad (seguramente en depósito ya, tampoco la edad de los libros perdona) ha de estar el ejemplar en el que fracasó aquel primer intento de leerla. Pero persistí en Cortázar: adquirí una recopilación de cuentos suyos y ahí sí, ahí ocurrió el deslumbramiento, la revelación, la caída del caballo, si se quiere: a los muy cortazarianos se nos ha tildado alguna vez de adeptos, creyentes, devotos o feligreses de su obra; bueno, será así.

La portada perdida
Fue entonces cuando apareció en los kioscos una colección de grandes obras literarias contemporáneas con el sello de Seix Barral, o para ser más exactos, dos colecciones casi simultáneas: ambas en el momento justo, al menos para mí. Rayuela fue el número 4 de la colección encuadernada en rústica y de color digamos crema pálido, con la firma de cada autor reproducida con letras doradas en la portada. Fue mi primer ejemplar de Rayuela, y con el tiempo me vi obligado a protegerlo con un forro trasparente y adhesivo sólo perceptible en el lomo, donde la curvatura cóncava del uso ha dejado el plástico un poco ahuecado. Al deslumbramiento de los relatos le siguió el de la novela, más acentuado aún porque venía acompañado del desconcierto, porque aquel libro me invitaba a formar parte del proceso de su composición, porque no parecía haber una historia que fuera intrigando al lector con su desarrollo, sino la negación de todas las demás maneras conocidas de contar quién sabe si una historia o varias embarulladas, donde estaban reunidos el juego y la filosofía, el humanismo y el humorismo, donde cada capítulo tenía mucho de fragmento autónomo dentro de una estructura narrativa libérrima, y a uno en tercera persona le sucedía otro en primera, o una carta, o lo que parecía una escena erótica en un idioma inventado, o un bellísimo poema en prosa que leí una y otra vez hasta aprender de memoria, toco tu boca toco el borde de tu boca, o un texto que alternaba una línea de Pérez Galdós con otra en la que el protagonista de Rayuela iba censurando para sí el tipo de novelas decimonónicas españolas que leía su amante; capítulos donde se hablaba tanto de jazz y de buhardillas parisinas, donde moría un bebé, bebé bebé Rocamadour, donde se reflexionaba sobre el propio acto de escribir y de cómo “escribir contra el capitalismo con el bagaje mental y el vocabulario que se derivan del capitalismo es perder el tiempo”, y se hablaba de “incendiar el lenguaje” y de ruptura con los elementos expresivos conocidos, y también de ritmo, de un balanceo rítmico al escribir: se hablaba del swing.

En ese ritmo narrativo-poético netamente musical, en esa libertad jazzística con que Cortázar deja sonar su prosa, en la complicidad que busca lograr por parte de quien abra el libro, en el encuentro con un lector que penetre la obra y no se deje dócilmente penetrar por ella…, en todo eso y en mucho más radica mi especial relación con Rayuela. Con los años compré otra edición, la de Cátedra, con introducción y notas del Andrés Amorós, y en mi vigésimo sexto cumpleaños, tal y como figura en la dedicatoria, otro buen amigo me hizo el regalo de la edición definitiva, la Rayuela total: de la Colección Archivos, bajo los auspicios de la Unesco, editada a partir de un acuerdo multicultural de investigaciones y co-edición adoptado por varios países europeos y latinoamericanos, en edición crítica coordinada por Julio Ortega y Saúl Yurkievich: un libro que contiene no sólo la novela tal y como Cortázar la dio a la imprenta, sino aquellos otros tanteos que dejó reflejados en el manuscrito que se conserva en la Universidad de Austin, Texas, y el famoso Cuaderno de bitácora, o diario de trabajo, que Cortázar regaló a Ana María Barrenechea y ésta editó en copia fotostática, y cinco capítulos descartados en la versión final de Rayuela (incluido el revelador de “La araña”, que estaba destinado a jugar un papel importante en el libro) y casi una treintena de estudios  sobre la obra. Curiosamente, leída hace tiempo la novela en los tres ejemplares, el que sigo manejando para las lecturas y relecturas constantes que llevo a cabo es el primero, con mis anotaciones y mi propia guía de lectura y alguna que otra foto metida entre las páginas y un billete de autobús de Santander que no recuerdo cómo llegó allí pero que en su interior sigue acogido.

Eso sí, aún no lo he leído en su primera edición.

 Julio Cortázar fotografiado por Sara Facio

domingo, 13 de septiembre de 2015

La derrota de nunca acabar, de Miguel Naveros

Acaso todas las guerras sean la misma guerra, como todos los fuegos el fuego, una guerra inacabable, estallando aquí o allá y dejando periodos transitorios de paz en lugares de la Tierra donde ya cargaron los ejércitos y donde antes o después volverán a arder las calles, fragmentos de una misma contienda sucediéndose en el tiempo, afectando a distintos territorios y distintos dioses y distintas lenguas pero amasando un mismo terror, empujando a hombres y mujeres en una huida que acaso sea también la misma huida, padres con sus hijos en brazos, madres implorando con las manos tendidas, una única e incesante diáspora en la que un día se vieron envueltos nuestros abuelos y que quizá nos arrastre mañana a nosotros mismos.

Cuenta Jeffrey Eugenides en su magnífica novela Middlesex que a comienzos de los años veinte del pasado siglo miles de ciudadanos griegos enraizados en aldeas próximas a la ciudad de Esmirna decidieron expatriarse a América como consecuencia de la guerra greco-turca: en una de las escenas más conmovedoras que he leído nunca, nos dice Eugenides que quienes embarcaban para Estados Unidos sostenían en sus manos un carrete de hilo, en tanto que los parientes que se quedaban en el puerto sujetaban el otro extremo; cuando el buque comenzaba a separarse del muelle, cientos de hilos de colores se tensaban sobre el agua, había gestos de despedida entre quienes probablemente no volverían a verse nunca, se agitaban pañuelos, los carretes comenzaban a girar en cubierta, al principio despacio, luego más rápidamente, hilos azules, rojos, amarillos, verdes con los que unos y otros mantenían un último y finísimo contacto, hasta que la última vuelta de hilo dejaba los colores abatiéndose con levedad en el aire, y la separación se consumaba definitivamente.

Me vino a la cabeza esta escena al acabar el libro de relatos La derrota de nunca acabar, de Miguel Naveros, y me figuré una España deshilachada en su contorno por el desgarrón del exilio, porque también este país sucumbió en su momento al vendaval de esa guerra interminable, tan interminable como la memoria de los vencidos, de la cual se alimentan estos once cuentos. Once historias, en parte reales y en parte trabajadas por la imaginación del escritor, que son once maneras de experimentar cómo la guerra modifica para siempre el curso de unas vidas, a las que bien podría añadirse una duodécima no escrita y por tanto no incluida en el libro, aunque esté presente entre cada una de las líneas: la de un niño llamado también Miguel, como los protagonistas de todos los relatos, que escucha con fascinación a los amigos de su padre, derrotados como él, contar una y otra vez las mismas historias sobre la guerra perdida, fecundando así, en la infancia, lo que el autor llama en sus reconocimientos finales “mi pulsión literaria”.

Con este libro, pues, Miguel Naveros salda una deuda con aquellos hombres a quienes, por la vía de la rememoración oral, les debe buena parte de sus razones para escribir. Y lo hace a través de diferentes enfoques narrativos, porque distintos son los hombres y mujeres que sufrieron una derrota que les persigue allá donde vayan, pues, como dice uno de los personajes, “las derrotas tienden a no acabar”, afirmación que corrobora más adelante el cuento que da título al libro; en efecto, las derrotas se prolongan en los desarraigos de toda emigración forzada, en la invalidez de un futbolista represaliado, en el origen secreto de una fortuna, en el expolio llevado a cabo al amparo del desorden bélico que una generación más tarde pretende presentarse –y venderse- como lícito patrimonio bibliográfico, en el rabioso desencanto de quien pagó con veinte años de cárcel su fidelidad a la República y acogido al fin por la Unión Soviética descubre que es espiado por su camaradas, en los poetas, los ingenieros, los fotógrafos exiliados y en profesores italianos que participaron en nuestra guerra incivil y llegados a octogenarios regresan a sus escenarios más dramáticos, en las revanchas demoradas, en la nostalgia inacabable de todos los sabores y todos los sonidos de la tierra lejana…

Eso sí, en cada uno de los relatos, de una forma u otra, late la dignidad de la derrota, la dignidad e incluso el triunfo, como dice desde su título otro de los relatos, donde el autor de unas memorias de la guerra les da término agradeciendo “a los dioses del Olimpo la derrota, porque nos ha permitido caminar con la cabeza alta”, lo que remite a aquella frase de Fernando Pessoa citada por Juan Goytisolo en su discurso de recepción del Premio Cervantes: “Llevo en mí la conciencia de la derrota como un pendón de victoria”. Porque, en opinión de Miguel Naveros, que yo comparto, lo que separa al vencedor del vencido es que el maleficio del triunfo conduce al exceso.

Sé que la imagen del libro que al autor le resulta más reveladora es la de un campesino y su burro arando la tierra bajo el fuego cruzado de ambos bandos, impasibles los dos y como ajenos en apariencia a la guerra, sabedor el hombre que puede o no matarlo cualquiera de las bombas, pero que es seguro que lo mataría el hambre si abandonara las labores del campo. Junto a esta imagen, otras muchas igual de descriptivas, algunas emocionantes hasta las lágrimas, literalmente: la actriz María Botto, argentina de nacimiento, hija del exilio inverso, no fue capaz de evitar un breve acceso de llanto mientras leía en voz alta el primer relato del libro, durante su presentación en Madrid.

Por cierto que ese relato con el que se abre el libro, “Los dos exilios”, está entre los que a mí más me gustan, y sin duda es uno de los mejores textos literarios que jamás se hayan escrito sobre el exilio español, un relato para leer una y otra vez, recorriendo de nuevo, en cada lectura, ese pasillo de una casa en Ciudad de México empapelado a uno y otro lado con fotografías ampliadas de la calle Embajadores, la calle madrileña donde vivía el fotógrafo español que la habita en un doble exilio y que renuncia a volver a su país tras la muerte de su compañera, como poco a poco va renunciado a los sabores que le recuerdan a ella, a las lecturas de los clásicos que sólo concibe en su voz, a la música de un violín que la emocionaba tanto…

Este es el arranque de un libro cuyas historias también yo tuve el privilegio de escuchar antes de ser escritas, en mi caso en boca del propio autor, que es también un apasionado contador de historias (historias que, por asombroso que pueda parecer a veces, son siempre ciertas); un libro espléndido, sentido, necesario aún. 

Entre amigos en la presentación en Almería de La derrota de nunca acabar, el pasado abril

miércoles, 10 de septiembre de 2014

Una inmejorable cosecha otoñal de libros

Hace muchos años que dejé de estar pendiente de las novedades literarias, como de los estrenos cinematográficos. Es inevitable enterarse de lo que va saliendo, claro, pero siento que no es por mí por quien siguen editando nuevos libros ni rodando más películas. Como consumidor de cultura soy definitivamente un outsider. A mi juicio, la literatura y el cine no atraviesan por un periodo de decadencia: lo harían si el lector y el espectador exigentes pudieran advertir que hay realmente otra orilla, aunque sólo fuera una remota línea de esperanza en el horizonte. Pero no la hay –ni orilla ni esperanza-; hay, quizá, un fondo, pero espero no estar ahí para ver cuándo lo tocan. La literatura y el cine, tal y como yo los entiendo, están en un proceso de descomposición; si se quiere, en un proceso de transformación en otra cosa, lo acepto, pero esa cosa no será ya ni literatura ni cine. Afortunadamente, varios siglos de poesía, narrativa, teatro y ensayo nos han dejado una reserva casi infinita de grandes obras maestras por leer. En cuanto al cine, bueno, seguiremos dándole vueltas y vueltas a las mismas películas que siempre logran emocionarnos.

Digo esto porque, inesperadamente, y como para contradecir todo lo anterior, me encuentro con el anuncio de que este otoño todos o casi todos los escritores por los que aún siento respeto van a publicar nuevos libros. Abrumadora coincidencia que a alguien tan desengañado como quien esto escribe no deja de causarle sorpresa y, sí, lo confieso, un verdadero entusiasmo. En términos agrícolas, podríamos decir que será una excelente cosecha.

Vayamos por partes: a la ya anunciada novela póstuma de Ana María Matute, Demonios familiares, se suman novelas del maestro Juan Marsé, Noticias felices en aviones de papel, y de Javier Marías, Así empieza lo malo. Además, dos escritores a quienes tengo una enorme admiración desde sus primeras novelas, esa clase de escritores que forman parte importante de tu vida y con los que uno ha ido haciéndose mayor libro a libro, coincidirán también en las librerías: Belén Gopegui, con El comité de la noche, y Luis Landero, con El balcón en invierno. Creo de justicia mencionar también la primera novela de Miguel Sanfeliu, Parece que cicatriza, a publicar por Talentura. Y esto es sólo el comienzo.

Hay un libro que entrará directamente en la historia de la Literatura (lo está ya desde hace años, y sin haber visto la luz, en su forma mítica): Palais de Justice, la breve novela autobiográfica escrita por José Ángel Valente, donde la sombra de Kafka se extiende, dicen, sobre el traumático proceso de divorcio que puso fin al primer matrimonio del poeta. Valente (1929-2000) es, tanto en su vertiente poética como en su vertiente ensayística, uno de los más grandes escritores de la pasada centuria, y esta rara obra de ficción narrativa –se acercó muy pocas veces al género-, que ha permanecido inédita, según su deseo, hasta después del fallecimiento de su primera mujer, está llamada a convertirse en uno de los hitos literarios más importantes de lo que llevamos del XXI. (Leer aquí un enriquecedor reportaje sobre la obra).


Pero con ser todo esto tan relevante, si escribo sobre ello es porque he sabido que también Antonio Muñoz Molina publicará –al fin- una nueva novela, cuyo título es Como la sombra que se va. Que se anuncie para tan tarde como el 25 de noviembre me colma de ansiedad: siempre ha sido así, desde que en 1988 leí El invierno en Lisboa: es anunciarse una nueva novela suya y no vivir ya. Puede que suene un poco exagerado, incluso un punto ridículo, si se quiere, pero las cosas (y las debilidades humanas) son como son. Así de principio, su novela, centrada en el tipo que asesinó a Martin Luther King (de nombre James Earl Ray), cuya historia ha sido reconstruida por Muñoz Molina a partir de los archivos del FBI, me trae a la cabeza la magnífica Libra, de Don DeLillo, donde el autor neoyorkino hacía lo propio con Lee Harvey Oswald. Veremos.

Ahora permítaseme confesar al final de estas líneas que, no obstante, el libro que más deseosa y felizmente espero es una colección de relatos titulada La derrota de nunca acabar, de la que es autor Miguel Naveros, y que publicará la editorial Bartleby. Se trata de la primera incursión de Naveros en el terreno del cuento breve (ha cultivado la poesía y la novela, además del género periodístico en toda su amplitud), y apuesto el resto a que éste será uno de los libros de relatos más destacados del año. Juego con ventaja: no lo digo por intuición, sino con conocimiento de causa. 

Miguel Naveros. Foto: JFH

viernes, 18 de abril de 2014

Murió Gabo



"Florentino Ariza vivió mucho tiempo en el engaño de ser el único, y ella se complacía en que lo creyera, hasta que tuvo la mala suerte de hablar dormida. Poco a poco, oyéndola dormir, él fue recomponiendo a pedazos la carta de navegación de sus sueños, y se metió por entre las islas numerosas de su vida secreta. Así se enteró de que ella no pretendía casarse con él. Pero se sentía ligada a su vida por la gratitud inmensa de que la hubiera pervertido. Muchas veces se lo dijo:
-Te adoro porque me volviste puta."


(El amor en los tiempos del cólera)

“Murió Gabo, camarada.” Es Miguel, al teléfono. Son las once y media y yo estoy como sedado en la hogareña proximidad de la media noche, de modo que apenas voy más allá de unas torpes palabras que sean capaces de expresar la sorpresa sin sorpresa que me produce esta muerte. Al poco de colgar, sin embargo, se me va ensanchando en el pensamiento el hueco enorme que su pérdida supone para la historia de la literatura, y por ese hueco empieza a circular una corriente de aire frío que me despeja por completo. Unos minutos después Miguel y yo estamos de nuevo al teléfono, improvisando una cita, y no mucho más tarde estoy conduciendo, sorprendido al girar una esquina por la extraña inmensidad de la luna. Llego al balneario, un abrazo, dos cubatas de ron cola, un brindis. Cómo dejar pasar sin más una cosa como ésta.

Ahora son las tres de la mañana y de nuevo en casa pienso en uno de los recuerdos más arraigados de mi vida de lector: el olor de mi ejemplar recién comprado de Cien años de soledad, la blancura de sus páginas, el tipo de letra en que estaba impreso. Un libro de Austral, amarillo, con estudio introductorio de Joaquín Marco. Está editado a finales del 82, y debí de comprarlo en el 83 o tal vez el 84. A mis diecisiete años ya era un lector voraz, aunque de un tipo de literatura muy distinto, y el deslumbramiento que me produjo aquella novela fue, en cierto modo, una forma de perversión, una perversión de la que nace la gratitud inmensa que me liga a García Márquez, a aquella manera extraordinaria de narrar una historia, y que básicamente se explica a través de la tiránica exigencia que empecé a aplicar a todo lo que leía. A Gabo le adoro porque me volvió hacia lo que he sido. Algún tiempo después regresé a Cien años de soledad –un poco para saber si podía disputarle en mi corazón el lugar privilegiado que había conquistado El amor en los tiempos del cólera-, y la magia inefable que contiene la historia de los Buendía obró de nuevo el prodigio del deslumbramiento. No recuerdo si el ejemplar de Austral tenía ya entonces las páginas amarillentas y el lomo curvado, ni si olía como huele ahora mismo, cuando he metido la nariz entre sus páginas: a papel viejo; se trata del mismo olor venerable que desprende el interior de El otoño del patriarca y de Crónica de una muerte anunciada, y es que una buena parte de sus libros fueron  comprados, con mi exigua paga de adolescente, cuando mi biblioteca cabía aún en una sola estantería. 

Metido en harina de Cortázar desde hace semanas me veo de golpe trastabillando torpemente en este obituario de urgencia de quien es sin duda el otro titán literatura latinoamericana. Sin Gabriel no hubiera llegado a Julio y sin Julio yo no hubiera sido el mismo Juan.

viernes, 30 de diciembre de 2011

Sobre Pasadizos

Para acabar el año de mis Pasadizos, traigo aquí tres reseñas del libro que se me quedaron en el tintero:

La escritora Pilar Quirosa-Cheyrouze, allá por el verano, en la revista Foco Sur:





Del poeta José Antonio Santano, en Diario de Almería


Más recientemente, en Culturama, firmada por Carlos F. Romero.


Qué lejos queda ya aquel 24 de marzo en que presenté públicamente el libro, por la mañana en compañía de Justo Navarro, por la tarde mano a mano con Francisco Ortiz y en presencia de Miguel Naveros. Y cuánto me alegra que los relatos hayan gustado a quienes se han acercado a ellos. El tiempo vuela, la gratitud permanece. 



Miguel Naveros, Justo Navarro y JFH

jueves, 15 de diciembre de 2011

De verdades y mentiras (una ficción literaria)


Mi primer contacto con la llamada blogsfera fue indirecto y ajeno a mi voluntad. Ocurrió en el verano del 2008. Participé en un Curso de Verano de la Universidad de Almería llamado Poesía e Internet, que incluía como actividad práctica la elaboración de un blog donde fueron publicándose, al tiempo que cobraba forma, algunas de las intervenciones. Mi participación en aquel Curso fue fruto del azar: meses antes, el poeta Juan José Ceba y yo conversábamos en el trascurso de una cena acerca de los graves inconvenientes que conlleva la desaparición del correo postal, sustituido por el electrónico, cuando el escritor Miguel Naveros nos propuso convertir nuestras opiniones en un juego literario. Naveros conocía bien mi admiración por Julio Cortázar y también la de Ceba por Fermín Estrella, poeta almeriense emigrado con nueve años a la Argentina, donde ocupó todos los puestos posibles en Educación, desde maestro a Viceministro, y donde llegó a ser elegido miembro de la Academia de Letras. El juego consistiría en lo siguiente: puesto que existen indicios de que Estrella tal vez pudo ser en algún momento maestro de Cortázar, Ceba y yo deberíamos meternos respectivamente en la piel de ellos dos e intercambiar una serie de cartas ficticias donde el uno y el otro dieran cuenta de su preocupación por el futuro del género epistolar.

Me divertí enormemente elaborando los textos. Al fin y al cabo, se trataba de disfrazarme de Julio Cortázar, un disfraz literario, claro está. Si se hubiera tratado de caracterizarme físicamente a la manera de un actor, me habría puesto una poblada barba oscura, me habría elevado unos dos centímetros –Cortázar medía 1,92- y me habría puesto unas lentillas de un “inconfundible verde lacustre de legítimo cronopio”, como los describió Ana María Matute. También habría tratado de imitar en la exposición su voz, su suave acento argentino, pronunciando la erre a la manera francesa, que él pronunciaba así no por su larga estancia en París o por haber nacido accidentalmente en Bruselas, sino simplemente porque tenía frenillo. Como era un disfraz literario, tomé su estilo y sobre todo utilicé literalmente muchos párrafos de varias de sus obras, que al pasar a aquel blog, o revista poética (Gone with the wind, se llamó), no fueron transcritos en cursiva, de modo que no es posible detectarlos fielmente. En cualquier caso, su procedencia viene indicada a pie de página.

Nuestra llamémosle ponencia (palabra excesivamente seria para tratarse de un juego) fue programada bajo el nombre de De verdades y mentiras (una ficción literaria) y tuvo lugar en la tarde del 15 de julio de 2008. El blog no prolongó su vida más allá de la clausura del Curso, y su contenido se perdió en la inmensidad de la red de redes como una gota en el océano. Hoy abro dos largos pasadizos hasta aquellos textos:



                                                    



jueves, 23 de junio de 2011

Daiquiri de melocotón

No siempre posee el Loser alma de blues ni en el fondo de los vasos buscan sus habituales aquel clic que perseguían con tragos lentos el Newman de La gata sobre el tejado de zinc y el Carvalho de Los mares del Sur (“Se bebe esperando el clic que abre la puerta siempre cerrada”, escribió Vázquez Montalbán en aquella novela). Las más de las veces, el Loser es un lugar animado, con todas sus mesas ocupadas, rumorosas de conversaciones o expectantes ante la inminencia de la actuación anunciada. Es cierto que nunca deja de tener cierto aire de guarida, pero sólo unos pocos melancólicos irredentos se acogen a la música para perderse en el interior de sí mismos y al alcohol para borrar el rastro que deja la memoria en el camino. La mayoría de quienes frecuentan el Loser, por el contrario, lo hacen con la saludable intención de divertirse, de intercambiar historias, de seguir con los dedos el ritmo de cualquier cosa que suene en los baffles o en nuestro pequeño escenario, el soñoliento de My Funny Valentine o el endiablado de Layla, tanto da, y de navegar el curso de las copas, no de anegarse en mitad del golfo de su desatino (que es frase de El Quijote).



La especialidad del Loser en cuestión de bebidas elaboradas es el daiquiri de melocotón, cóctel que no puede prepararse durante todo el año por razones estacionales evidentes, siendo lo acostumbrado que los primeros se sirvan coincidiendo más o menos con el solsticio de verano. La receta que aquí se sigue es ésta: hielo generosamente vertido en una batidora de vaso (o americana), un melocotón pelado y troceado, un chupito de ron blanco, dos cucharadas pequeñas de azúcar, medio limón no exprimido del todo y un chorrito de Cointreau, todo ello bien batido, hasta que la mezcla adquiera una densidad de espuma escarchada y perfectamente naranja, algo crepuscular pero muy fría y con el sabor inconfundible de tan delicioso fruto (sabor, por cierto, en el que algunos clientes han creído imaginar el de la piel de Marilyn Monroe después de haber deslizado sobre ella el diamante húmedo de un cubito de hielo).

Se sabe que en la primera mitad de la década pasada, el escritor Miguel Naveros, buen amigo de la casa, tuvo ocasión de degustar un daiquiri de melocotón en una de nuestras mejores mesas, la que siempre ha tenido reservada, y tan complacido quedó con él que no dudó de incluirlo en la novela que por entonces estaba escribiendo, y no en cualquier pasaje, sino en el mismo inicio de aquella excitante escena en que Thérèse, mujer digna de toda idealización, le muestra a un adolescente Pedro Luna Luna, por vez primera, el prodigio de su cuerpo desnudo y acariciable, y éste, asaltado repentinamente por el síndrome de Stendahl, cae a sus pies rendido y sin saber en un principio que llora de pura fascinación (“Daiquirí de pêche, monsiur”, le dirá al dejar en una mesita la bandeja en que lo portaba). La novela se tituló El malduque de la Luna, fue premiada con el Fernando Quiñones del 2006 y narra en primera persona un largo proceso de aprendizaje vital y político, asociando cada una de sus cuatro etapas a las cuatro fases de la luna. Como tal novela de aprendizaje, hay en su estilo y estructura un inequívoco homenaje a la mejor narrativa picaresca (la historia transcurre, no obstante, desde el final de la dictadura hasta nuestros días), y sus logrados personajes van trazando en el tiempo y en el espacio el dibujo de unas relaciones afectivas en absoluto convencionales. Una excelente y comprometida novela.

Servido queda tan refrescante cóctel, pues, y a la tenue luz de una luna anaranjada.

Salud.



Orange Moon, Erykah Badu