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lunes, 15 de junio de 2015

El que espera, de Andrés Neuman

Comparto con Andrés Neuman el haber sido elegidos en 1999 por El Cultural de El Mundo dos de los diez noveles de aquel año, aunque no el haber tenido una continuación literaria impresa, y de éxito, además, como ha sido su caso desde entonces. Comparto con él el gusto por el billar, la admiración por los Beatles, el aprendizaje en Cortázar y que en nuestras biografías aparezca un violín, en la suya en manos de su madre y en la mía en las de mi hija; no compartimos opinión sobre el fútbol: yo cada vez lo detesto más.

La editorial Páginas de Espuma publica estos días una edición corregida y aumentada de El que espera, su primer libro de relatos, otro cruce de caminos en nuestras vidas, pues a finales del año 2000 lo acompañé en su presentación en Almería. Recuerdo haber citado al comienzo de aquella lejana intervención a -cómo no- Julio Cortázar: en algún sitio el maestro argentino dejó escrito que revisando la traducción de sus relatos sintió hasta qué punto «la eficacia y el sentido del cuento dependían de esos valores que dan su carácter específico al poema: la tensión, el ritmo, la pulsación interna, lo imprevisto dentro de los parámetros de lo pre-visto, esa libertad fatal que no admite alteración sin una pérdida irrestañable». Neuman, con este libro, se sumó ya a esa nómina de escritores que, como el propio Cortázar, no se limitan a cultivar un determinado género literario, en este caso el cuento brevísimo o microcuento, sino que se manifiestan sobre él, lo vindican por escrito y lo interpretan de acuerdo con un criterio perfectamente asumido y coherente. Así, El que espera contiene dos series de relatos, “Brevedades” y “Miniaturas”, y también un epílogo-manifiesto, “Las mínimas palabras”, donde el autor expone, de una manera clarificadora, las coordenadas teóricas en las cuales sitúa el género tal y como él lo ha venido practicando. Su lectura, como la de todo buen epílogo, nos obliga a una segunda cita, inmediata, con el libro que acabábamos de terminar.

No es casual la condición de poeta de Neuman, ni por tanto la cita de Cortázar: todos los relatos, pero muy especialmente las miniaturas de la primera serie, están sostenidos por un marcado aliento poético sin dejar de ser narrativos. En un género que tiene como una de sus principales características la perfección y hermeticidad de la esfera, cada metáfora, el ritmo o su estructura contribuyen a transmitir sordamente complejas sensaciones de las cuales sólo emergen en el propio texto una pequeña parte: el resto está apuntado entre el título y el estremecimiento final, crece y se desarrolla en secreto a través de las elipsis y se prolonga en nuestra conciencia de lector como una resonancia que impide leer uno detrás de otro mecánicamente, como se pasaría de un capítulo a otro. La escritura de este tipo de relato, dice Neuman, comienza en lo narrado y continúa en sus omisiones, y ante esta afirmación uno no puede sino recordar aquella sentencia del Quijote mediante la cual Cervantes pedía ser juzgado no tanto por lo que decía sino sobre todo por lo que callaba.

El relato breve funciona como una máquina de relojería, más aún, como una máquina de relojería atada a un cartucho de dinamita. El escritor se desprende de él como si temiera la apremiante obstinación con que un relato se adhiere a la conciencia del autor; el lector, por contra, recorre sus líneas inquietado por el tic-tac que subyace entre cada punto y seguido o que se acelera tras un punto y aparte. El microcuento “El deseo”, uno de mis favoritos, es un ejemplo modélico de cómo su composición resulta de prescindir de todo lo accesorio, de enredar y subvertir el planeamiento, el nudo y el desenlace hasta provocar la sensación de que lo esencial está siendo sugerido o ha sido sugerido ya. “El deseo” tiene cuatro párrafos, uno de ellos de una sola línea, contenidos en dos páginas. Lo pequeño no significa escasez, sino concentración, síntesis, economía de medios. Todos estos cuentos de Neuman parecen afirmarse en la voluntad de desarrollar el máximo contenido que quepa en una mínima expresión.

Cuanto más pequeña sea la máquina, más perfecta ha de resultar la miniaturización de sus ruedas dentadas y mayor es también la atención que se exige del lector. Los microrrelatos incluidos en este libro no pueden contarse: son. Hay relatos tan breves, que, si me es permitida la exageración, bastaría con mencionar uno de sus verbos para destripar el argumento.

Hablaba Cortázar en la cita recogida más arriba de la coincidencia de determinados valores que otorgan su carácter específico tanto al relato breve como al poema: ritmo, tensión, pulsión interna, inalterabilidad de los elementos que los componen... A aquella afirmación le seguía esta otra: «Los cuentos de esta especie se incorporan como cicatrices indelebles a todo lector que los merezca». Pues bien, quien los merece es aquel que espera ser atrapado por el aura del cuento, ser sorprendido al final o en cada uno de sus párrafos, descender por los renglones como quien desciende una escalera cuyo último escalón está hundido en la oscuridad. Y es que la idea de espera que está encerrada en el título de este libro remite por igual a los conceptos de paciencia y de desesperación, y ambos se alternan, coherentemente, tanto en los personajes como en el lector.
  

Con Miguel Ángel Muñoz y Andrés Neuman, Almería, diciembre 2014
(Foto: J. Adolfo Iglesias)



sábado, 18 de enero de 2014

"Juan & John", de J. Adolfo Iglesias (las huellas de Lennon en Almería)


Es sobradamente conocida la visita que los Beatles realizaron a España en 1965 para actuar en  dos conciertos, uno en Madrid y otro en Barcelona, que muy a pesar del régimen franquista constituyeron un hito musical y sociológico cuyo verdadero alcance no se supo hasta tiempo después. Les hemos visto a los cuatro descendiendo en blanco y negro las escalerillas del avión, mascando chicle o tocados con monteras taurinas, según el aeropuerto; les hemos visto firmar unos toneles de vino de Jerez, y en medio de las apreturas de una rueda de prensa multitudinaria, y hemos visto a las yeyés bailando en las gradas de Las Ventas, y a John Lennon salir al escenario con un sombrero cordobés. Sin embargo, cuando al año siguiente Lennon regresó a nuestro país para rodar en Almería la película Cómo gané la guerra, una sátira antibelicista dirigida por Richard Lester, su presencia no provocó ya revuelo alguno, y durante años y años no hubo nadie que se interesara por los detalles de cómo trascurrió su estancia en esta ciudad.

Quien más sabe hoy acerca de lo que ocurrió en Almería durante aquellas seis semanas de 1966 es el periodista y filósofo Javier Adolfo Iglesias. Habrá quien todavía piense que tampoco es como para darle tanta importancia al asunto, pues por aquí pasaban en esa época decenas de luminarias del cine, y, en lo que se refiere al músico de Liverpool, es seguro que tuvo experiencias considerablemente más apasionantes que la de permanecer mes y medio aislado en un desierto y sesteando en una pequeña y sofocante ciudad de provincias española donde nunca pasaba nada. Yo fui durante muchos años una de esas personas a quienes les parecía excesivo estirar tanto lo que, a mi juicio, no pasaba de ser una simple anécdota. Sin embargo, Adolfo Iglesias acabó por contagiarnos a todos su entusiasmo por esta historia, y ha conseguido que la ciudad asuma como hecho notable aquella estancia de Lennon en Almería, que haya una estatua en bronce del músico en una de nuestras plazas y que el Ayuntamiento rehabilitara el viejo caserón donde residió parte de aquellas semanas, fantasmagóricamente abandonado durante décadas y convertido hoy en Casa del Cine.

John Lennon en Almería, 1966

Adolfo, que nació -como quien esto escribe- aquel 1966, lleva más de quince años hablando y escribiendo apasionadamente sobre esta historia, a la vez que ha seguido investigándola con creciente fascinación, de ahí que el magnífico libro que acaba de publicar, Juan & John. El profesor y Lennon en Almería para siempre (Edit. Círculo Rojo), sea, según sus propias palabras, no sólo una crónica histórico-periodística y un ensayo, sino también una autobiografía, la suya. Y es que la única manera que tenía de conseguir que se le diera importancia a aquel breve periodo que Lennon pasó en Almería era dedicar una parte de su vida a demostrar que dicha importancia trascendía lo local y lo anecdótico, y que merecía ocupar un lugar destacado en la historia de la música.

No cabe aquí, lógicamente, ni una pequeña parte de lo que el libro de J. Adolfo Iglesias contiene, una obra veraz, amena, emotiva, sorprendente, resultado de meticulosas indagaciones y de una ilimitada admiración y ternura por los personajes reales que desfilan por sus páginas. Baste decir que el autor, beatlemaniaco confeso, empezó a tirar del hilo de esta historia entonces desconocida cuando en 1995 supo que una de las mejores y más sugestivas canciones de la mítica banda británica, Strawberry Fields Forever, había sido escrita en Almería. Descubrió que el lugar donde la compuso, la Finca Santa Isabel, era una casona del siglo XIX que en los años sesenta estaba apartada de la ciudad y rodeada de balsas de riego y palmeras, entre cuyas paredes Cynthia Lennon, primera mujer del músico, sentía la presencia de espíritus, y a la que acudió Ringo Starr para celebrar la fiesta del vigesimosexto cumpleaños de John. Comprobó que la casa era en los noventa casi una ruina que milagrosamente había sobrevivido a la especulación inmobiliaria pero alrededor de la cual, ceñidas a sus muros, crecían ahora varias promociones de viviendas adosadas. Averiguó que el primer golpe de inspiración para componer la canción había surgido de la semejanza entre la verja de entrada a la Finca Santa Isabel y la verja de un orfanato que Lennon conoció en su infancia, próximo a su casa, llamado así, Strawberry Fields: Campos de Fresa. Fue sabiendo Adolfo más y más datos, poniéndole nombre a personas que trataron en Almería al músico y buscándoles para entrevistarse con ellos, así hasta dar con el verdadero corazón de toda la historia, la parte más querida para él: la existencia de un profesor de Cartagena, llamado Juan Carrión, que en los sesenta enseñaba inglés a sus alumnos ayudándose de las canciones de los Beatles, cuyas letras trascribía de oído.

J. Adolfo Iglesias y Juan Carrión (foto: EFE)

No he visto la película de David Trueba, Vivir es fácil con los ojos cerrados, y no puedo por tanto saber cuánto se aparta de los hechos reales que Javier Adolfo Iglesias tuvo ocasión de contarle; a saber: que cuando Juan Carrión tuvo noticia de que John Lennon estaba en la cercana Almería no dudó en ponerse en camino, que llegó en autocar, solo, que tardó una semana en conseguir una cita con el cantante y que se retrasó porque no supo encontrar el lugar en el que habían quedado; que le mostró al músico los textos de las canciones tal cual los había transcrito, para que los corrigiera y completara, y que Lennon, que usaba por primera vez unas gafas de montura redonda como parte de la caracterización de su personaje en la película, se puso a la tarea de buen grado, complacido de que los chavales españoles aprendieran inglés a partir de sus textos; que Juan le sugirió que los discos de la banda deberían incluir las letras de las canciones, y que John estuvo de acuerdo, de manera que su siguiente álbum, ni más ni menos que el Sgt. Pepper's Lonely Hearts Club Band, apareció ya con las letras impresas en su funda, siendo el primero en la historia del pop-rock en que tal cosa sucede. Esto se repitió en los otros cinco discos que aún publicarían los Beatles.

Así es como queriendo saber más sobre John, un famoso cantante y compositor británico, Adolfo Iglesias se encontró con Juan, un vitalista hombre que a sus noventa años sigue hoy enseñando inglés, ahora a los ancianos de la residencia donde vive, la mayoría de los cuales son más jóvenes que él. Después de tan arduo proceso de investigación, el empeño de Adolfo es ahora, sobre todo, dar a conocer la figura de Juan Carrión, a quien le une una entrañable amistad. 

Esta sería una grabación de Strawberry Fields Forever realizada por el propio Lennon en Almería, en 1966 (cuentan los que saben la historia que la grabó en el cuarto de baño de la Finca Santa Isabel)


Y aunque al parecer hay muchas versiones, así sonaba la canción en el álbum Magical Mystery Tour:


jueves, 13 de junio de 2013

El humo ya no ciega mis ojos

Gracias al blog que el crítico musical Diego A. Manrique tiene en la edición digital de El País supe hace unos meses de una novela corta titulada Snodgrass, escrita por Ian R. MacLeod, donde un John Lennon cincuentón y fracasado narra en primera persona lo que fue de su vida desde que en un arranque de orgullo profesional –o tal vez de orgullo a secas- abandonó a los Beatles en 1962, justo antes de que la banda iniciara el ascenso al éxito de la mano del productor George Martin. La novela está encuadrada, ya se ve, dentro de ese apasionante género literario llamado ucronía, es decir, aquellas obras de ficción que construyen una Historia alternativa a partir de la modificación de un determinado acontecimiento, y si yo la menciono aquí –y ahora- no es por lo apetecible que resulta su lectura de acuerdo con lo que de ella cuenta Manrique, sino por su estupendo comienzo: «Tengo planificada mi vida. Hoy, dejaré de fumar. Mañana, dejaré de beber. Al día siguiente, otra vez dejaré de fumar». (En “Planeta Manrique”). 

Durante años ésa ha sido mi relación con el tabaco: a cada abdicación de mi yo fumador en un yo quizá menos cool pero mucho más saludable le ha venido sucediendo antes o después el retorno al cigarrillo. A veces echaba de menos el mero gesto de sostenerlo entre los dedos, tan arraigado ya en mi carácter; a veces la rendición ocurría durante un acceso de ansiedad o de melancolía o de rabia; a veces se trataba de agarrarme al humo y escapar de uno de esos legendarios bloqueos de escritor. Esto cambió hace exactamente un año. Apenas puse punto final a un relato largo en el que había estado tres meses trabajando duramente, fumé el que sabía que era mi último cigarrillo: éstas son, pues, tan solo unas líneas para celebrar en público un aniversario íntimo. 

En este año he podido comprobar que la realidad supera a la adicción; que abandonar el hábito no hace un monje de uno; que en la sobremesa el humo del café podrá añorar, solitario y achaparrado, aquellos tiempos en que danzaba con el larguirucho humo de un cigarrillo, no lo niego, pero el placer que antes ha experimentado el paladar con los matizados sabores de la comida para sí lo quisieran los otros cuatro sentidos; que la inspiración literaria no necesita un filtro ni en los labios ni en el camino siempre azaroso que una idea ha de recorrer para llegar a las yemas de los dedos en el teclado. En este tiempo he evitado de forma natural convertirme en uno de esos adustos ex fumadores que abominan del acto de fumar y se quejan del humo y lo espantan ostensiblemente de su cara con la nariz fruncida y tosiendo y se han pasado, con el ímpetu del converso, a las filas de quienes defienden que no se fume en los bares. No. En cambio he de reconocer que hace unos días sentí un desagrado inmediato al ver a alguien hacer en la calle, irreflexivamente, sin darle importancia, un gesto que habré repetido yo centenares de veces con absoluta soltura: el de arrojar sin más la colilla al suelo tras la última calada. 

Alguna vez he contado que le debo mi condición de fumador a una escena en concreto de una película. La película es Un lugar en el sol y la escena aquélla en que el personaje que interpreta una deslumbrante Elizabeth Taylor repara por primera vez en la existencia del personaje que interpreta Montgomery Clift. George Eastman ha sido invitado por su adinerado tío a una fiesta elegante en la que no encaja. Deambula entre los invitados y acaba a solas en la sala de billar, donde una carambola imposible atrae casualmente la atención de Angela Vickers, la chica rica con la que lleva soñando desde que llegó a la ciudad. «Has desperdiciado tu juventud», le dice ella a ese desconocido, admirada por su habilidad en el juego. Él asiente con timidez. « ¿Por qué estás solo?», le pregunta, «¿Eres exclusivo?». Él dice que sólo está pasando el tiempo, y la invita a jugar. Ella le responde que se limitará a mirarle. «¿Te pongo nervioso?». «Sí». Se presentan. Él le hace entender que ya la conoce, por los periódicos. « ¿Qué haces?», le pregunta Angela ahora. «Cosas corrientes». «No pareces muy corriente». «Es la primera vez que alguien me lo dice». «Eres muy reservado…». «Sí,  a veces». « ¿Melancólico o exclusivo?». «Ahora mismo ni lo uno ni lo otro». Y en esa escena nace una historia de amor que acabará en american tragedy… Esa chica tan apabullantemente hermosa, ese tipo atractivo y su manera atractiva de fumar…

  

Yo tenía diecisiete años aquella noche (como Liz), y es posible que hubiera acabado convertido en un fumador de todos modos, pero diablos, no hubiera sido por un motivo tan bueno. Esa escena me la llevé, más o menos disimulada y mezclada con otra de la película, a mi novela El veneno de la fatiga; fue uno de esos homenajes privados a los que somos tan dados los que escribimos ficción. Fumar fue en mí, desde siempre, una manera de ser un poco aquel tipo del billar, o cualquier otro parecido: apostaría a que los cinéfilos tienen más papeletas para ser fumadores. 

Gabriel García Márquez dejó de fumar para siempre el día que un amigo siquiatra le explicó que la razón por la cual resulta tan difícil abandonar la adicción al tabaco es que dejar de fumar viene a ser como matar a un ser querido. Hay momentos en que echo de menos a ese ser querido, es cierto, a ese fumador que fui, pero no me pesa en la conciencia haberlo liquidado: lo maté en legítima defensa. Por eso sé que esta vez es para siempre, que no habrá ya un día siguiente en que tenga que volver a dejar de fumar.

miércoles, 28 de septiembre de 2011

I'm a Loser, un relato con Beatles al fondo

Ahora bien, para ellos lo realmente importante ocurrió la víspera, cuando tres jóvenes de cuarenta y algunos se convirtieron durante todo un día en tres jóvenes de veintitantos. Aquel fin de semana que no olvidarían en mucho tiempo, tal vez nunca, empezó para el más alto de ellos como dilatado paisaje tras la ventanilla de un tren, se hizo abrazos bajo la marquesina de la estación y luego Granada al sol, y sol y sol y sol, casi un destierro de cantar de gesta en manuelmachadiana pluma, al reencuentro, con tres de los suyos, polvo sudor y hierro, la tertulia pasea, once horas y media de conversación que era también otro paisaje, verbal, largo, itinerante. Nada menos que dieciocho vueltas le tuvo que dar la Tierra al Sol que los abrasaba para que tal cosa pudiera ocurrir de nuevo: el día del sombrero que no fue (no encontraron el adecuado en ningún sitio), del copón de cerveza helada, bendita ella entre todas las cervezas, del cigarrillo recogido del suelo y a esto hemos llegado los que no acabamos de dejarlo del todo se excusó el adicto, de la librería donde curiosear a seis manos títulos propios y ajenos, del “anciano busca piso para compartir” (aquella cuartilla en una farola y los tres allí clavados), de la tetería donde se plantearon otras bitácoras posibles, de esa Gran Vía esquina con Robert Frank que era el campo de operaciones del cazador de imágenes, del agua en cualquier parte, agua fría, en botella grande y a morro, por la calle, un pásamela entre camaradas, de la foto que no resultó del todo nítida, posando los tres no con espada desenvainada sino con bolsa de librería, y el día que se fue acabando como todos los días, la boca tan seca que cualquiera de ellos hubiera podido escupir algodón, como decían en una película de Marilyn Monroe... Y entonces despedida con perrita en aquella calle de barrio obrero donde vivía uno de ellos, y luego coche y noche y autovía para los otros dos, la pericia del viajante trazando suavemente cada curva en la oscuridad, y finalmente el hasta pronto, espero, ante el portal... Al día siguiente Andrés Iniesta metió un gol al borde un ataque de nervios, dónde estabas tú el día que ganamos el Mundial, qué locura, viejo, qué locura infinita, qué cantidad de páginas impresas, qué triunfo unánime nacional eterno, aunque no para ellos tres, cada cual de nuevo en su rutina, no más allá del tercer día de la Victoria, al menos, y lo que realmente recuerda ahora el más alto de ellos, en este instante en que catorce meses después se apoya en la barra de un local imaginario, es lo otro, es la víspera, el reencuentro, lo que no escribirá nadie, o sí, él mismo, por ejemplo, cuando acaben de cantar en riguroso YouTube estos chicos, ¿cómo dices que se llaman? ¿Beatles? ¿Los Beatles? Chissst, que ya empiezan y es con un himno de aquí o casi, tú sabes.... Ok, lo dejo estar, lo dejo estar...