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miércoles, 20 de abril de 2011

De lugares imaginarios (2)

Alberto Manguel y Gianni Guadalupi nos explican en su Breve guía de lugares imaginarios cómo llegar hasta estos lugares, su localización (en algunos casos con precisas coordenadas), cuándo, cómo y por quiénes fueron fundados; se nos describen sus accidentes geográficos, sus particularidades urbanísticas, sus costumbres, sus religiones, sus bosques, tradiciones, festividades, su historia, sus formas de gobierno. Conocemos bien el nombre de alguno de esos lugares:  Camelot, Shangri-La, Narnia, Liliput, la Tierra Media, la Isla del Tesoro, Zenda, Macondo, Sleepy Hollow, la próspera Utopía de Tomás Moro, donde son declarados festivos "los días en que no hay nada urgente que hacer, de modo que sus habitantes tienen la oportunidad de ejercitar y perfeccionar la mente", el País de Nunca Jamás, con la descripción de las tres formas en que puede llegarse a él, y el de las Maravillas, y la Cueva de Montesinos, y la Atlántida, de la que se señalan cuatro fuentes bibliográficas distintas, y la Babel borgeana, famosa por su biblioteca infinita, y Oz, vasto país dividido en otros cuatro más pequeños, cuya capital es Ciudad Esmeralda. Otros nombres sólo nos resultan familiares, la mayoría completamente desconocidos.


Utopía
Se nos dice que Alali está situado en el corazón de las Grandes Espinas, en África, y se llega a él atravesando una estrecha garganta erosionada "por los elementos en la arquitectura caprichosa de un sueño". Que para llegar a Arnheim es preciso realizar un extraño, largo y cambiante viaje fluvial en dos etapas. Donde-nadie-habla es un "país situado dentro del sonido de nuestra propia voz", y al País del Espejo se accede entrando en las dependencias del decano de cierto college de Oxford, encaramándose a la repisa de la chimenea -cuidando de no rozar los vasos de flores secas- y atravesando el cristal de un gran espejo que allí mismo hay ubicado.
Varios están gobernados por mujeres, y se trata de lugares en los que a menudo los hombres están esclavizados, proscritos o simplemente son desconocidos, como ocurre en un país submarino llamado Capillaria, situado entre Noruega y Estados Unidos, donde sus habitantes, hermosas, altas, de flotantes cabelleras y con capacidad para autorreproducirse, visten amplias capas que al andar se abren y dejan ver una piel translúcida, que transparenta sus órganos internos. En Erewhon "la enseñanza se imparte en los Colegios del Desatino, donde sólo se estudia lo hipotético". El Reino de Afania cuenta con un código especial para los delitos literarios y un Tribunal de Letras. Algunos de los habitantes de Jansenia poseen dos corazones, condición "que explicaría la notoria falta de sinceridad que les caracteriza". En Presente, los nativos no tienen memoria: cada momento es nuevo y perfecto; nada cambia, nada tiene futuro.
Realmente hay sitios increíbles, la mente de un creador puede multiplicar los mundos: en la ciudad de Gramblambla existe un famoso museo que el viajero no debe perderse, en el que están conservadas en grandes y herméticas botellas de cristal siete célebres familias que, "tras haber caído en desgracia por culpa de la mala conducta de sus hijos, se escabecharon ellas mismas con mucha cayena, brandy y vinagre". En la Isla del Termómetro el viajero se asombrará al descubrir un instrumento extraño: "un clave que en lugar de producir notas musicales gradúa los colores según la escala de sonidos". En Helikonda se encontrará con el optófono, artefacto "que trasmuta cualquier objeto en su equivalente musical". Pero también se nos advierte que en ocasiones las costumbres del lugar pueden parecernos crueles (la advertencia es explícita y plenamente justificada en el caso del Reino de los Abdales, donde la piel de algunos ajusticiados se curte en orina y se vende luego a las damas elegantes como finísimo material para sus vestidos).
Y además, resulta fascinante advertir en sus referencias bibliográficas cómo es rigurosamente cierto que hay pasadizos que comunican todos los libros.


La Sala de los Planetas, ilustración de Erik Desmaziéres para La Biblioteca de Babel,
de J. L. Borges (David R Godine edition, 2000)

jueves, 14 de abril de 2011

De lugares imaginarios (1)


De manera que sí, que se trata de un lugar imaginario, el Loser, digo, pero nada más que de un bar de copas, con todo el encanto que ustedes quieran, pero un bar de copas: no le alcanza para haber podido ser incluido en ese libro singular que es la Guía de lugares imaginarios, de Alberto Manguel y Gianni Guadalupi, publicado por Alianza en 1992 (o la Breve guía…, en el 2000, reeditado ahora en el 2011). Singular porque sólo al tener conocimiento de su existencia se da uno cuenta de cuánto le apetecía poseerlo, cuánto deseaba, sin saberlo, que alguien incurriera en la osadía intelectual de indagar tan a fondo, tan minuciosamente, en la historia de la literatura con el fin de confeccionar una obra a medias entre la enciclopedia y la guía de viajes quiméricos, con cientos de entradas en riguroso orden alfabético, con referencias precisas sobre cientos de países, continentes, islas, regiones recónditas, cuevas, abadías, ciudades de toda condición y forma, valles, aldeas, incluso algún que otro castillo de especial significado y un túnel ferroviario construido bajo el océano Atlántico que unía Manhattan con cierta ciudad de la Bretaña francesa. Y cada lugar, además, con su reseña bibliográfica, como no podía ser de otro modo: obras de Plinio el Viejo, Poe, Chesterton, Verne, Swift, Rabelais, H. G. Wells, Kafka, Tolkien, Melville, Ibsen… todo un universo de lecturas posibles donde la geografía de lo real es sobrepasada por ese ansía puramente humana de aventurarse en lo desconocido, sobre todo hoy, cuando, como señala Manguel en el prólogo, “viajar ya no consiste en descubrir sino en confirmar la información de un mapa”.
Pero no están recogidos, ya he dicho, bares como el de Floro Bloom, de El invierno en Lisboa, pongamos por caso, o el de Joe Bell, de Desayuno en Tiffany’s, o el Yellow Sky Club de aquel embrujador Shanghai de Juan Marsé, ni figuran tampoco esos inquietantes barcos literarios como el Malcolm, el Pequod, el Grampus, La Hispaniola. Tal vez quepa concebir también una especie de Guía del Ocio imaginario o una Guía de Agencias de viajes imaginarias. Italo Calvino - bien representado en sus páginas a través de varias de sus ciudades invisibles- dijo de este curioso libro de Manguel y Guadalupi que “en la Biblioteca de lo Superfluo, que me gustaría que encontrase siempre lugar en nuestros anaqueles (…) es, creo, una obra de consulta indispensable”. También lo serían esas otras Guías.