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viernes, 12 de mayo de 2017

Michael Thomas y Las cuatro estaciones


En un artículo que escribí el verano pasado para un periódico local señalaba que Michael Thomas dirige la Orquesta Ciudad de Almería sin valerse de la acostumbrada batuta, acaso porque así lo hayan pactado sus manos con el violín y el arco: guardar una fidelidad de manos desnudas en la materialización de la música, o quizá para no privar a una de ellas de la libertad de que goza la otra en cada indicación delicada o impetuosa. Frente a los músicos y de espaldas al patio de butacas, la figura de Michael Thomas resulta tan apasionadamente expresiva en los movimientos con los que moldea la armonía que surge de la suma de todos los instrumentos, tan involucrada en cada uno de los instantes de cada una de las obras que la orquesta interpreta, que uno diría que mientras dura el concierto permanece a medio camino entre la presencia corporal y la transmutación en música: Michael Thomas es, en efecto, la música que dirige cuando se crece en la tarima con los brazos alzados, al inclinarse delicadamente para marcar la atenuación de un pasaje, en el perfil atentísimo que nos muestra cuando se vuelve a un lado o al otro para ayudar a matizar la espléndida revelación de los violines o de los chelos.

Esta semana he tenido el privelegio de volver a verlo interpretando, en su condición de violinista solista, Las cuatro estaciones, de Antonio Vivaldi, junto con varios músicos de la OCAL a los que, dentro del mismo programa, dirigió previamente en la Suite burlesca de Don Quijote en Sol mayor, de Teleman. En la palabra interpretación cabe una cuidada puesta en escena acorde con el marco en que tuvo lugar, las XXXIV Jornadas de Teatro del Siglo de Oro de Almería; es decir: un vestuario barroco, luz de velas, versos de Shakespeare relacionados con las estaciones del año, leídos por una actriz en el papel de Anne Hathaway, la esposa del Bardo de Avon –de cuya muerte se cumplieron 400 años en 2016-, y una determinada manera de hacer suyos, de traducir a su propia sensibilidad, los doce movimientos en que están divididos estos cuatro conciertos del compositor veneciano.


A esta obra le debemos muchos el haber aprendido a amar desde niños la música clásica. Naturalmente, la he escuchado infinidad de veces, tres de ellas en directo (Ara Malikian en su espectáculo para niños y el propio M. Thomas en el 2012), y siempre es la misma emoción de recuperar algo que se siente como parte de uno mismo, así de interiorizados tenemos algunos pasajes concretos. A través de Michael Thomas –y a través del conjunto de los músicos que lo acompañan- volvimos a identificar en la primavera el canto de los pájaros, el cristalino rumor de un arroyo, el eco de una tormenta, la plácida siesta de un pastor, la danza campestre; en el verano, un sofocante, denso, fatigoso calor, el canto de la tórtola y el jilguero, los truenos que anuncian tormenta estival, su impetuoso estallido, la oscuridad repentina, los rayos haciendo trizas luminosas el cielo; en el otoño, con la alegría de la cosecha, reconocemos la danza de los campesinos, la embriaguez de uno de ellos, ralentizando con torpeza beoda el arco y desequilibrando al violinista, el sopor del vino, y más tarde la partida de caza, los perros corriendo hacia el bosque amarillo; en el invierno, el tiritar de frío, el calor que se busca golpeando con los pies el suelo, la tormenta de nieve, la lluvia al otro lado de la ventana mientras en el interior danza el fuego en la chimenea, el cuidado con se camina sobre el hielo, el viento tras la puerta al regresar a casa.

Mágica música inmortal, y mágica la interpretación de Michael Thomas y el resto de los músicos de la OCAL. El bis, acabado el concierto, me proporcionó la oportunidad de grabar al intérprete en el trance de desencadenar furiosa y apasionadamente una gran tormenta de verano.




Fotos y vídeo: JFH

viernes, 13 de enero de 2017

Episodios Nacionales, primera serie (I)

Benito Pérez Galdós (1843-1920)
A finales de los ochenta le oí decir a Antonio Muñoz Molina, lamentando la indiferencia hacia Miguel de Cervantes mostrada por los nuevos escritores, que la influencia del autor de El Quijote en la literatura anglosajona no cabría en el salón de actos en el que hablaba, en tanto que su influencia en la literatura española cabría, dijo, en el cajón de esta mesa: los Episodios Nacionales de don Benito Pérez Galdós. Aquella afirmación se me quedó grabada, pero no produjo efecto destacable sobre mí, pues yo estaba por entonces bajo la influencia, entre otros, de Julio Cortázar, y Cortázar había escrito un capítulo en Rayuela donde establecía una clara distancia estilística entre Galdós y él, distancia que el argentino invitaba a medir alternando tipográficamente una línea de Galdós y otra suya, dando como resultado un famoso texto que tiene mucho de galimatías. Tiempo después, pero hace muchos años, en cualquier caso, hice una mala lectura de Fortunata y Jacinta, que no logró entusiasmarme tanto como La Regenta, de Clarín, modelo ideal, para el joven que yo era entonces, de novela española del XIX. Y así quedaron las cosas hasta el pasado mes de septiembre.

Durante buena parte del 2016 no quise leer ni novelas ni cuentos. Me sentía hastiado de narrativa de ficción, así que me dediqué sobre todo a ensayos y biografías: de la física cuántica al tantra, del universo holográfico al mítico viaje del explorador Ernest Shackleton a la Antártida, de la Cábala a la disquisición de Harold Bloom sobre los nombres divinos Jesús y Yahvé. La abstinencia literaria resultó demasiado rigurosa, y al final del verano me vi atacado por una desmedida apetencia de novelas. Decidido a darme el mayor atracón posible de ellas, recorrí los primeros capítulos de algunas obras de Hawthorne, de Pereda y de Dickens, un poco tanteando pero convencido, eso sí, de que la cura que necesitaba pasaba por la narrativa del XIX. En algún momento debí de pensar que si se trataba de una grande bouffe literaria nada más apropiado que imponerme el mayor reto: las cinco series de los Episodios Nacionales, cuarenta y seis novelas, una detrás de otra. Como añadidura, ampliaría, además, mis conocimientos sobre la historia de España. Trafalgar, la primera novela, serviría en principio como prueba de fuego. Pero más que prueba, el libro resultó ser un regalo para el lector maduro y desengañado que ahora soy, devolviéndome el placer absoluto por la lectura, como el que se experimenta de niño y de muchacho, cuando las horas pasan volando mientras uno anda perdido entre las páginas, embebido en las aventuras de los personajes, participando realmente de ellas.

Me compré, sin dudarlo, todas las novelas de la primera serie -dedicada a la Guerra de la Independencia- que tenían en la librería de lance a la que acudo con frecuencia: ocho libros, no de una misma colección, sino en ediciones descabaladas, unos usados, otros aún con su precinto de plástico. Los dos otros dos, préstamos bibliotecarios sin opción a anotaciones con lápiz. Ahora sé cuánta verdad había en aquella afirmación de Muñoz Molina, pues no hay otro escritor español más cervantino que Pérez Galdós, y sé también qué equivocado estaba mi adorado Cortázar al juzgar tan burlonamente al escritor canario: cómo me hubiera gustado haber leído estos libros en mi juventud. Y sin embargo, qué joven me han hecho sentir ahora. Terminada esta primera serie, no quiero ya atracón, sino reservarme el goce seguro que esconden las otras cuatro para futuros periodos de hastío: serán medicina, no voluntad de hartazgo.

Qué increíble galería de personajes, innumerables, unos ficticios, otros reales, saltando de una novela a otra o existiendo solamente en una; qué asombrosa capacidad para describir sus atributos morales y físicos hasta lograr que cobren vida ante tus ojos; qué emociones tan distintas y tan vivísimas esconden las escenas íntimas y las de aquellas otras que describen desde dentro multitudinarias batallas, tantas y tan diferentes entre sí, también, qué horror sin límites el de los desastres de la guerra cuando los narra alguien dotado con el don de la elocuencia natural, sin forzamiento, con una sensibilidad tan acentuada, con una capacidad inigualable para la composición de tramas y subtramas. Esta primera serie es a un tiempo una sola novela en diez partes y diez novelas que se suceden y complementan sin dejar de conservar cada una de ellas una identidad propia. Es folletín amoroso, novela histórica, relato de aventuras y estudio psicológico de todos los caracteres humanos. Y yo pretendía escribir sobre esta obra –una quinta parte del total de los Episodios- en una única entrada de bitácora: bien se ve que, burla burlando, va la primera delante sin que haya dicho gran cosa aún. Tratemos de ser más precisos en la siguiente…


Madrid, 1919. Parque del Retiro. Inauguración de la escultura 
dedicada a Pérez Galdós, realizada por el escultor palentino Victorio Macho 
(fuente: MadridLaCiudad)

domingo, 2 de agosto de 2015

Don Quijote, segunda parte: 1615 - 2015

Había oído muchas veces que al llegar al final de El Quijote el lector no puede reprimir las lágrimas o, en los más endurecidos, evitar el nudo en la garganta, y mi hija pude dar fe de que hace un par de meses fui incapaz de leer en voz alta, de una manera inteligible, esas palabras de Sancho con las que, también él llorando, le pide a un moribundo y ya devuelto a la cordura don Quijote que no se muera, que "la mayor locura que puede hacer un hombre en esta vida es dejarse morir, sin más ni más, sin que nadie le mate, ni otras manos le acaben que las de la melancolía”, y que no sea perezoso, y que le eche a él la culpa de haber sido derribado de Rocinante en ese último enfrentamiento entre caballeros andantes…. 

No me atrevo a estas alturas a tratar de decir algo original sobre esta magna obra literaria, “the world’s best work of fiction”, que así ha sido elegida y así se refirió a ella el New York Times, según nos recuerda Francisco Rico en una de las muchas ediciones de la novela que se han llevado a cabo recientemente: la mejor obra de ficción jamás escrita. Tan solo puedo aportar mi propia experiencia. Quise leerla de niño y también de adolescente, pues me fascinaban las ilustraciones que traía el pequeño ejemplar de la primera parte que había en casa, de Gustave Doré, a mi juicio el artista que mejor captó el espíritu del libro y de su héroe, pero una y otra vez fracasaba en el intento, y siempre en el mismo punto, en la narración del desdichado amor de Grisóstomo hacia Marcela y el entierro del primero. Ya en la universidad leí infinidad de pasajes y no menos ensayos críticos, y con eso di por ampliamente conocido el texto. Fue hace unos doce años cuando determiné leerla cabalmente, en una maravillosa edición a cargo de Vicente Gaos que tiempo atrás había entrado en casa como providencial regalo de bodas: leí con enorme y fructífero placer la primera parte y la mitad de la segunda, dos veces cada capítulo, una acudiendo a las múltiples notas a pie de página y otra ya de corrido. A la mitad de la segunda parte, la de 1615, y temiendo saturarme, creí necesitar abrir un paréntesis y evadirme en otras lecturas que también me apetecían, y el paréntesis se amplió, burla burlando, estos doce años. 

Es la primera vez que le saco provecho a un centenario: en mayo regresé a esa segunda parte justo en el lugar donde la dejé, a punto de que don Quijote y Sancho, víctimas de una estúpida chanza de los duques (a quienes por su insufrible necedad Cervantes condenó al anonimato) suban a lomos de Clavileño. Para mi sorpresa, no necesité ya acudir a las notas, salvo para averiguar el significado de alguna palabra en concreto. El resultado ha sido el deslumbramiento, la emoción extrema, la risa, la rabia hacia los burladores del caballero y de su escudero: la vida toda en un libro.

Llenósele la fantasía de todo aquello que leía en los libros... (grabado G. Doré)

Lo he dicho y escrito muchas veces: cada libro tiene, para cada uno de nosotros, su exacto momento. Nada más emocionante que ese encuentro en el momento oportuno. Y éste era mi momento, no ya porque mi edad frise también con la de del ingenioso hidalgo, sino porque la derrota vital en uno y otro se produce con parecidas razones, como parecida fue también la locura que a don Quijote le llevó a creerse uno de esos personajes que leía en los libros y a mí  a soñar ser quien los escribiera. 

Todo lo que se ha dicho a lo largo de los siglos, en todos los idiomas, sobre la excelencia de esta obra es rigurosa y asombrosamente cierto. Ya no se trata sólo de que sea la primera novela moderna de la historia, sino que al mismo tiempo es la superación de sí misma, un paso más allá: la primera posmoderna, la que inventa verdaderamente un género para, al mismo tiempo, jugar con él de un modo en que no se atrevería a hacerlo ningún otro novelista hasta varios siglos después, aunque ya sin tanto acierto. 

Luis Landero, el escritor más cervantesco de cuantos escriben hoy, decía en sus clases de literatura que El Quijote es uno de esos pocos libros cuya vocación es contener cantidades ilimitadas de realidad, y citaba también la Biblia y Las mil y una noches; pero, añadía, en estas dos obras intervinieron varias generaciones, en tanto que El Quijote fue escrito por una sola persona. Es, decía, como si nos contaran que una única persona había construido las pirámides de Egipto.

Hay en El ingenioso hidalgo don Quijote de La Mancha, en la unidad que forman esos dos libros escritos con diez años de separación (1605 y 1615) escenas que parecen anticipar recursos técnicos más propios de otras artes no nacidas aún, como el cine, y ahí está ese memorable momento en el que quien hasta ese momento parecía narrador (si bien es cierto que sumado a otros autores “que deste caso escriben”) deja suspensos, literalmente congelados, a don Quijote y al Vizcaíno con las espadas en alto y a punto de golpearse con ellas mutuamente, para explicarnos en un inserto asombrosamente audaz que cuanto lleva contado, apenas ocho capítulos, proviene del relato de un primer narrador, y que tal relato llega hasta ese punto, no más, para, a continuación, referirnos las indagaciones que hace para encontrar el resto de la historia, y cómo da con la autoría de un árabe llamado Cide Hamete Benengeli, y cómo lo manda traducir, y cómo prosigue de este modo el relato. 

Luego está el pasmo ante audacias narrativas no por mil veces señaladas menos fascinantes de comprobar, como el hecho de que en la segunda parte don Quijote, que se hizo caballero andante a causa de los libros que leía, se lee ahora él mismo convertido en personaje de novela, la de la primera parte, y con él el resto de los personajes principales, y lee además ese otro Quijote apócrifo publicado en 1614, un año antes, el de Avellaneda, y lo denigra por falso, y encontrándose en el camino con un personaje de esa mentirosa continuación de las andanzas de nuestro caballero le hace declarar mediante documento jurídico que él es el verdadero don Quijote, y no aquel otro a quien él tomó por el auténtico... ¡en otro libro! En esta segunda parte nuestro héroe llega a variar el rumbo que había puesto hacia Zaragoza al saber que es allí donde tiene lugar una justa en El Quijote de Avellaneda, y se encamina en su lugar a Barcelona, en cuyas playas es vencido por el Caballero de la Blanca Luna, quedando comprometido a regresar a casa y abandonar el ejercicio de la caballería durante un año. Lo que sigue es el  penoso retorno al que le obliga la derrota, quijotizado ya Sancho y sanchificado don Quijote, con algo de ese futuro retorno de Napoleón en su retirada de la campaña rusa, retratado magistralmente por Tolstoi doscientos cincuenta años más tarde. Y en el camino a casa aún proclama su voluntad de ir a Berbería a liberar cristianos cautivos, para de inmediato caer en la cuenta de su rendición: “Pero ¿qué digo, miserable? ¿No soy yo el vencido? ¿No soy yo el derribado?”, al tiempo que, poco más adelante, reconoce traer “alborotado y trastornado el juicio” y no estar ya “ni para dar migas a un gato”…

Muerte de don Quijote, según Gustave Doré

No seré yo quien trate de añadir más páginas a las muchas que se han escrito ya sobre esta obra. Al terminarla al fin, tengo una intensa sensación como de haber consumado algo que me era imprescindible para ir completándome como persona, un poco como hacer el Camino de Santiago, según dicen, proyecto que yo tenía para este mismo año y no ha sido posible llevar a cabo. Para otro será; éste que ya entró en su agosto he alcanzado a leer el epitafio del inmortal hidalgo según redacción de Sansón Carrasco y la prudente despedida de Cide Hamete, hecho lo cual, y como no podía ser de otro modo, tomé de nuevo la primera parte e inicié su lectura desde el principio, ya sin notas ni entretenimientos: no hay mejor libro que éste, ni para el verano ni para otra estación. Y vale.

lunes, 9 de enero de 2012

La venda antes que el desahogo

“La fuerza de la imaginación de mis desgracias es tan intensa y puede tanto en mi perdición, que, sin que yo pueda ser parte a estorbarlo, vengo a quedar como piedra, falto de todo buen sentido y conocimiento; y vengo a caer en la cuenta desta verdad cuando algunos me dicen y muestran señales de las cosas que he hecho en tanto que aquel terrible accidente me señorea, y no sé más que dolerme en vano y maldecir sin provecho mi ventura, y dar por disculpa de mis locuras el decir la causa dellas a cuantos oírla quieren; porque viendo los cuerdos cuál es la causa no se maravillarán de los efetos, y si no me dieren remedio, a lo menos no me darán culpa, convirtiéndoseles el enojo de mi desenvoltura en lástima de mis desgracias."

(Del capítulo XXVII de El Quijote)


Y como éste que empieza no parece que vaya a ser un buen año, es más que probable que a esas horas muertas de la jornada aumente el número de solitarios que entran en el Loser a tomar una copa y desahogarse. Las heridas, dicen, curan mejor al aire.