Mostrando entradas con la etiqueta Pasadizos. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Pasadizos. Mostrar todas las entradas

martes, 10 de diciembre de 2013

Huir al interior de un libro (otra vez)

En un relato titulado «Los pasadizos de la ficción» me permití plantear la posibilidad de que existan unos corredores o túneles secretos a través de los cuáles los personajes de todos los libros podrían pasar a su antojo de unos a otros, participar discretamente en la historia que deseen y relacionarse entre sí, independientemente de quién fuera el escritor que los inventó y sin que los lectores tengan posibilidad alguna de advertirlo, salvo en circunstancias muy muy excepcionales. (Sí, es de ese relato de donde parten todos los demás pasadizos con los que he tenido o tengo algo que ver). Sé que es mala señal que uno empiece a citarse a sí mismo, pero no encuentro mejor manera de explicarme ahora… 

Digamos que este relato al que me refiero le sugirió a mi padre el siguiente boceto: 


Se trata de una imagen que a mi juicio invita a un cierto tipo de persona a descender esas escaleras, doblar aquel recodo del fondo y perderse. Pertenezco a ese tipo de personas, lo confieso. Siempre he sospechado que soy en realidad un personaje literario que de algún modo, por error sin duda, escapó de vaya a saber qué libro y busca por medio de la lectura el hueco por el cual regresar a la ficción. Cuanto más tiempo paso a este lado más abomino de lo que llaman realidad y más desesperadamente leo, es decir, más desesperadamente recorro con atención la superficie de las páginas impresas, esperando encontrar el acceso al interior de un libro para allí dentro tomar cualquiera de esos pasadizos y moverme ya con entera libertad. Hay un infierno de mediocridad y de mentira y de estupidez triunfante a este maldito lado, en el que me siento cada vez más fuera de lugar; es más, quiero apartarme de esa detestable realidad tanto como del riesgo a que se descubra en cualquier momento que no soy sino un impostor de mí mismo. En la realidad que me asfixia aún es posible, por ejemplo, que varias de nuestras cadenas de televisión se disputen el pelotazo mediático que supondría, al parecer, entrevistar en exclusiva a un depravado que hace dos décadas secuestró, torturó, violó y asesinó a tres niñas, y es algo que me produce una repugnancia más allá de lo que puedo soportar; pero es que en esta realidad es posible también que todavía se me brinde la ocasión de seguir usurpando ocasionalmente una identidad de la que fui desposeído hace tiempo, y lo terrible es que cada vez se nota más el titubeo, la inseguridad, la desazón: el artificio, en suma. 

Por eso he decidido ahora huir al interior de Anna Karénina, con la misma determinación, por cierto, con la que hace poco más de un año decidí huir al interior de Guerra y paz, y más o menos por las mismas razones. En realidad, la idea era haberlo hecho este verano, atraído por el mito literario y sobre todo seducido por la que a mi juicio es la mejor frase con la que jamás se haya dado comienzo a una novela («Todas las familias felices se parecen; las desdichadas lo son cada una a su modo», según la traducción que prefiero). Pero pensé que después de todo es una lectura más apropiada para el mes de diciembre, y en eso estoy. Confío en residir en este libro hasta después de la Navidad, bien abrigado. Al principio no me pareció que estuviera a la altura de Guerra y paz, ésa es la verdad; pero he aquí que en capítulo XVII de la primera parte un tren silba a lo lejos, los empleados de la estación de Moscú se entregan afanosamente a los preparativos de una llegada, la pesada locomotora y los vagones que arrastra hacen su aparición, provocan el temblor de los andenes e incluso del propio libro que sostengo en las manos, hay un humo denso que se arrastra por el suelo, y un lento sube y baja de la bielas, y un estremecerse de los vagones de pasajeros justo antes de detenerse… Y ya estoy ahí dentro, aquí dentro, y todo lo demás deja de preocuparme (es una forma de hablar, claro); subo con Vronski a uno de los vagones, y cuando él y una dama de brillantes ojos grises que sale del compartimento en el que ha viajado su madre cruzan una mirada, una mujer elegante y de expresión tierna que poco después nos es presentada como Anna… En fin, digamos que el tiempo se detiene, el tiempo real y el figurado, pues es éste uno de los instantes más trascendentales de toda la historia de la Literatura. Y ya estoy gozosamente atrapado de nuevo, y desaparezco entre sus páginas como una moneda en la mano de un prestidigitador.


Dibujo: Escolástico Fernández. Fotografía: JFH

martes, 17 de julio de 2012

Estelas de un funambulista imaginario, de José Luis Campos Duaso













"cómo saber de qué color era tu sueño
a la temprana edad de todos
los espejos".
                               José Luis Campos Duaso




Hoy Estación Suipachaademás de ser una auténtica estación ferroviaria cuya existencia no conocíamos entonces, la estación del municipio del mismo nombre, en la provincia de Buenos Aires, hoy, repito, es una bitácora en la red que en cierto sentido pretende recuperar aquel espíritu reflexivo del programa de radio, un espacio tranquilo y discreto y como fuera del tiempo, casi un refugio de montaña donde imaginariamente bailotea el fuego de la chimenea y en cuya ventana, empañada, permanecen las gotas de una lluvia reciente. Su responsable, José Luis Campos Duaso, el camarada poeta, publica estos días un libro que es un viaje en el tiempo y que, completando lo que hemos dado en llamar «la trilogía Suipacha», es, más aún que mis Pasadizos o que Almería 66, de Francisco Ortiz, memoria viva de aquellos días de vino y tertulias, pues no en vano los poemas que contiene fueron escritos precisamente entonces.

Hay un pasaje en la novela La náusea, de Juan Paul Sartre, en que el principal personaje femenino le explica al protagonista qué es eso que ella considera «situaciones privilegiadas»: se trata de la idea que se hizo siendo niña de determinados acontecimientos, sucesos o escenas que aparecían en cualquiera de las escasas ilustraciones incluidas en la Historia de Francia, de Jules Michelet, cuyos volúmenes ella se llevaba al desván para hojearlos largamente y a placer. Aquellas «situaciones privilegiadas», que a la fuerza debían de tener un significado especial, pues habían sido elegidas como motivo de esas ilustraciones, se quedaron grabadas en su mente y pasaron a ser, a lo largo de toda su vida, materia prima de lo que llamaba «momentos perfectos». Yo leí esto cuando estaba en tercero de bachillerato, y me sentí muy identificado con la teoría, aunque bien es cierto que interpretándola a mi manera: para empezar, no se trataría ya de grabados en un libro de Historia, sino de secuencias, peripecias, planteamientos o simplemente gestos con los que se fortalece el desarrollo de una película o de una obra literaria: esas ocasiones serían las «situaciones privilegiadas», y cuando aparecen en la vida de uno se convierten en «momentos perfectos». La vida y el arte andan desde siempre imitándose mutuamente, sin que sea posible saber a ciencia cierta quién toma más de quién. Pero no cabe duda de que en el arte existe una voluntad de perfección consciente, elaborada, intelectual, por eso nos emociona tanto descubrir esa misma perfección representada en la vida real, en nuestra vida.


Pues bien, todo cuanto ha rodeado a la publicación de Estelas de un funambulista imaginario ha tenido para mí la inequívoca y gozosa cualidad de un «momentos perfecto». Se trata de una historia incorporada en varios actos a este argumento sin estructura que es mi vida, como todas las vidas, esta suma de tramas y subtramas improvisadas, de entre las cuales sólo una, la que tiene un nombre de mujer, le da verdadero sentido a todo lo demás; pero eso ya es otra historia. La de este libro de poemas, estas Estelas, comienza hace más o menos un cuarto de siglo, con tres jóvenes de veintipocos años, apasionados de la literatura, cuyos caminos se unen por azar en una ciudad del sur. Es una historia que tiene su arranque, pues, a finales de los ochenta del pasado siglo, con una tertulia literaria tantas veces mencionada aquí, y prosigue de manera inmediata con aquel programa de radio, Estación Suipacha; es una historia que se enriquece con otras presencias que van integrándose en la tertulia en igualdad de condiciones, dándole cuerpo y solidez: Miguel Ángel, Antonia, Juan, Carlos, Ana, Isabel, Jacinto... La mayoría de nosotros- pues es de un nosotros de quien estoy hablando-, se inclinaba por la narrativa; José Luis Campos, uno de los tres primeros tertulianos, se avenía gustosamente a escribir algún que otro relato de aquellos que pactábamos entre todos, pero era, esencialmente, el «camarada poeta», era el compositor de versos increíbles entre los que fluía ya una madurez literaria y una sabiduría que no dejábamos de admirar, era el que más moderadamente se planteaba aquello de la vocación, pues antes aún que la de escritor le movía la de maestro.

                                                                                                 Foto: JFH

Pero de la misma forma que el azar quiso unirnos, un buen día quiso igualmente alejar de nuestro lado al camarada poeta. El amor, como en toda buena historia, jugó sus bazas, y José Luis Campos no dudó en declararle vencedor y en volcar en él todo proyecto de vida, y más adelante, cuando fue necesario, en tomarlo de la mano y poner tierra de por medio; y no dudó tampoco, según supe mucho tiempo después, en guardar todos sus escritos dentro de un baúl y en olvidarse de aquella parte de su vida que estuvo ligada a la literatura.

Debía de andar por entonces José Luis apartado ya de la Tertulia y ocupado en cuestiones de la vida real mucho más prácticas, porque no recuerdo cuándo se marchó a Barcelona, no recuerdo ese momento ni que mediara una despedida formal. Sé que llegué a conocer fugazmente a su hijo de pocos meses antes de su partida, y que de pronto dejó de estar, se hizo definitiva ausencia, le añadió a la historia un viaje. La Tertulia continuó sin él durante buena parte de la década de los noventa, brindándonos grandes experiencias personales, y finalmente acabó deshaciéndose digamos que en el aire. Cada uno de nosotros lo recordará a su manera y también a su manera podría explicarlo. Pero cierto es que, sin dejar de tenernos afecto, tomamos caminos diferentes, y que hasta ahora los hemos venido recorriendo siendo todo lo fieles a nuestros sueños que las dificultades del vivir nos permiten. Tuvimos hijos, publicamos libros, cambiamos de viviendas, entramos y salimos de varios trabajos, nos enfrentamos a la enfermedad y nos desengañamos de muchas cosas, y durante todos estos años, dieciocho años desde que se fue, nada menos, José Luis Campos fue para mí el más ausente de todos, un recuerdo cada vez más lejano, una voz cada vez más perdida en el laberinto de la memoria. Sencillamente: alguien del pasado.

Pero he aquí cómo una «situación privilegiada» empieza a tomar verdadera forma un día de marzo del año 2010, cuando, contra todo lo esperable, recibí en mi correo electrónico un mensaje del camarada poeta, dieciocho años después de su marcha, repito. Uno identifica con la literatura o el cine esos giros imprevistos del argumento, ese volver a un lejano punto de partida para cerrar un círculo y quizá empezar a trazar uno nuevo, ese espontáneo reencuentro de los caminos de la vida tras muchas vueltas y revueltas por separado, esa manera tan perfecta, en definitiva, de traer al presente un pasado lejano. "La mejor manera de recuperar el tiempo invertido es invertir el tiempo y decantar en él algo de literatura", me decía, entre otras cosas, en aquel mensaje. Como la cosa más natural de este mundo, me adjuntaba (nos adjuntaba a Francisco Ortiz y a mí, destinatarios del correo) un par de poemas, los dos últimos que había escrito tras un silencio poético de doce años, con los que quería recapitular y explicarse, precisamente, ese silencio. Nos anunciaba además, una visita a Granada y Almería, y expresaba su confianza en poder "reeditar nuestros encuentros". No volvimos a vernos, sin embargo, hasta el mes de julio, y ya para entonces, gracias al correo y al teléfono, nuestra amistad había recobrado buena parte de su complicidad: hubo intercambio de largos mensajes, de viejas fotografías, de textos desempolvados, de músicas propuestas; hubo incluso un relato a ocho manos, las nuestras más las del joven Edgar Campos, savia renovada y brillante transfundida a la Tertulia, una tertulia que así como si tal cosa echó de nuevo a andar, un poco a tientas, es cierto, pues lo hacía en la oscuridad de la distancia: no en vano ahora somos los vértices de un gran triángulo geográfico.

 José Luis Campos en su ocasional retiro pirenáico
(Foto: Pilar Barrachina)

En algún momento, José Luis se animó a recuperar sus dos viejos poemarios nunca publicados. Le imagino allá, en su casa de Canet, abriendo aquel baúl o aquellas cajas, lo que sea que había guardado hasta entonces su vida de poeta; abriendo carpetas, releyendo, rencontrándose con sus propios versos; imagino un otoño de papeles mecanografiados despertando en sus manos, imagino los poemas martillados letra a letra por una Olivetti. Para poder compartirlos nuevamente con nosotros, los pasó a ordenador. Se trataba de recordar aquella época, aquel esplendor en la hierba de nuestras expectativas literarias.

Confieso que nada podía haberme preparado para mi propio reencuentro con estas Estelas de un fumabulista imaginario, cuyo título ya venía cargado de resonancias de un ayer tan rico en aprendizajes, en ilusiones, en creatividad, un ayer mismo que era de nuevo mis veintipocos años, de golpe. Imprimí los poemas en papel anaranjado y los releí una y otra vez. Mentiría si dijera que recordaba un solo poema completo: recordaba entre brumas el sentido de todos ellos, y sobre todo me estremecía la certeza de haberlos leído mucho tiempo atrás; recordaba los títulos de cada una de las partes en que está dividido el libro, particularmente ese «Brumario del ochenta y siete», que me sacudió por dentro; recordaba el efecto que entonces causaron en mí muchos de aquellos versos y también, emocionado, versos en su exacta literalidad, fijados en mi subconsciente de lector junto con frases completas de tantos otros escritores a quienes he admirado desde muy joven y que me ayudaron a forjar un estilo propio. Versos que revivieron en mí apenas leídos y que me trasladaron al pasado exactamente como lo hace un olor, una melodía, un paisaje inmodificado.

Lo que más me fascinó, sin embargo, fue comprobar que aquellos poemas eran todavía mejores de lo que yo recordaba; que las sensaciones que estimularon en mí uno a uno, a medida que José Luis los escribía y nos los iba dejando, se acrecentaban ahora con una mejor capacidad para leer y apreciar poesía. Entre una lectura y otra cabe nada menos que mi encuentro con la obra de José Ángel Valente y con la de Antonio Gamoneda, y del primero un ensayo muy breve titulado Cómo se pinta un dragón, donde se nos dice que el poema ha de retener de su naturaleza, antes que todos sus sentidos posibles, lo que le constituye en rigor: "la fascinación del enigma".

Una cosa percibí de inmediato en esa nueva y apasionada lectura de los poemas: la música que late en ellos, que sonaba probablemente en su lejana concepción y que pervive entre las palabras como un eco interior, esa música de la que José Luis ha sido siempre fervoroso degustador, Glass, Mertens, Nyman, Ciani, Roedelius, Cidrón, Hilario Camacho, Serrat siempre y en todo lugar (qué más hubiera querido el camarada poeta que dejarse alcahuetear por las sábanas de Irene, y columpiarse en sus alambres, y jugar a sus adivinanzas y rompecabezas...). Que lo sepa quien se acerque a este libro: sus poemas están habitados por la música, “dulce droga de armonías”, de la misma forma que se abren hacia "un mosaico de lunas", hacia un "crepúsculo astrosófico" y unos "sueños cósmicos" y un "universo de dudas" y un "afán de idealidad" y una "ilusión de infinitos".

¿Sobre qué altura se trazan las estelas de su funambulismo? Tras varias lecturas, uno ha de concluir que sobre la del presente, cualquier presente en que los poemas pudieran ser leídos, pero particularmente sobre el presente en que fueron escritos. El entonces joven y ya plenamente logrado poeta transita hacia un futuro que menciona reiteradamente en sus versos: "un porvenir sin vencimiento", "futuros de incertidumbre", “provisión de porvenir”, “hablamos del futuro / como de un mundo a la deriva", castillos en el aire que amenazan con desplomarse sobre “mi firme expectativa de futuro”, futuro contenido en una luminosa bóveda invertida, un futuro con el que encolerizarse, un “adiós para empezar a creer en el futuro”, “una mañana de futuro despejado”, un febrero “enfermo de futuro”, “un vendaval de futuro” que “arranca nebulosas del camino”, “un futuro / de hojas ingrávidas”... Nos dice, además, que "...suelen quedar recuerdos / mezclados con una ilusión de futuro", y esa mezcla de memoria y expectativas es constante en el libro: no en vano, aunque el funambulista mira hacia adelante mientras recorre el vacío sobre el alambre imaginario, es consciente de lo que deja atrás: “una infancia de cajas enigmáticas”, dice, “luces pretéritas”, caminos que han de llegar “al origen de los cauces”, “un motín de recuerdos”, “relojes que navegan / un tiempo crudo y pasado”, una nostalgia que miente sin medida sobre el pasado. Y sobre todo, con el poeta, “mapas de sueños”, un “cielo de vela ungida de esperanza”, incertidumbres también, sombras, “eternidades falsas”, “aroma de infinito”, el secreto de la eterna juventud, y, particularmente en «Noviembre boreal», la cuarta parte del libro, el amor, las edades y los espejos: una “edad maldita de rabia”, una edad que distorsiona febrilmente los rostros que navegan “en un ardiente mar de espejos”, un futuro en el que mirarse antes de que fuera ya tarde...


Los libros”, dijo Jean Améry, “no sólo tienen un destino propio, también pueden ser destino”. Es el caso de estas Estelas de un funambulista imaginario.



Yo vi al funámbulo
como instantánea luz,
solo en la línea única.

Cruzó el abismo
(sobre la vertical feroz del miedo,
sobre el rencor oscuro de lo ínfimo)

                       José Ángel Valente

sábado, 3 de marzo de 2012

F. Scott Fitzgerald revisitado (2): El gran Gatsby


Gatsby belived in the green light, the orgiastic future
 that year by year recedes before us...


Cuando en abril de 1924 Francis Scott Fitzgerald embarcó junto con su mujer y su hija rumbo a Francia, sentía en él un “enorme poder” creativo, la consistencia de una madurez intelectual y artística que precisaba de formas mucho más sosegadas de disciplina que las que podía ofrecerle el alocado y tentador Nueva York de comienzos de los años veinte: en cierto sentido, necesitaba poner todo un océano entre la elaboración de su tercera novela y la metrópoli donde Zelda y él eran la chispeante pareja de moda. Buena parte de ese enorme poder se sustentaba en los modelos literarios de los que más próximo estaba ahora, en especial Henry James, James Joyce y Joseph Conrad. De este último había leído y releído el prefacio de El negro del “Narcissus”, aquél que comienza con un taxativo: “Toda obra literaria que aspire, por humildemente que sea, a elevarse a la altura del arte debe justificar su existencia en cada línea”, para añadir más adelante: “una concepción artística que se expresa con ayuda de la palabra escrita debe dirigirse a los sentidos, si su intención profunda es alcanzar el manantial mismo de nuestras emociones”. 

A sus 27 años era, clamorosamente, la voz de su generación; ahora ambicionaba hacer que esa voz sonase con la autoridad de un supremo logro artístico: quería mantener su éxito de público pero enriquecido con el reconocimiento de la elite intelectual; quería dejar de depender de los cuentos que tan generosamente le compraban las revistas literarias y dedicarse únicamente a escribir novelas sin que su nivel de vida se resintiese: quería volver a ser exageradamente admirado.

Es probable que esa tercera novela estuviera, de una forma u otra, planificada desde un par de años antes; se sabe que tanteó en varios relatos algunas ideas que desarrollaría en Gatsby (uno de ellos, Absolution, pudo haber sido concebido como prólogo de la novela), y sin duda alguna tendría decenas de apuntes en los cuadernos donde durante toda su vida fue anotando descripciones, frases ingeniosas, retratos de personajes, fragmentos de conversaciones oídas por casualidad… Pero El gran Gatsby fue cabalmente escrita en la Riviera francesa el verano, y parte del otoño, de 1924, y corregida aquel invierno en Roma.

  F. Scott, "Scottie" y Zelda Fitzgerald en París
 
El trabajo debió de resultarle tan absorbente como excitante. A medida que avanzaba en la obra percibía cómo él mismo “crecía” en su condición de escritor: “Tal vez sea la mejor novela norteamericana que se ha escrito”, le aseguró por carta a su editor en agosto. Cuando su mente estaba sobrecargada, Zelda le leía en voz alta una novela de vaqueros, y en las ocasiones en que Scott tenía la impresión de que la imagen de Gatsby se le escapaba, ella podía llegar al extremo de dibujar una y otra vez el personaje (hasta que le dolían los dedos, dice Nancy Milford, su biógrafa), de tal modo que cuando llegó el momento de un último perfeccionamiento de su retrato literario en las correcciones finales, Scott afirmó conocer a Gatsby mejor que a su propia hija. (La mayor parte del tiempo, no obstante, Zelda no tenía nada en absoluto que hacer, salvo nadar en las aguas del Mediterráneo y tostarse al sol: aquel fue el verano de su fugaz aventura romántica con un aviador francés; pero ésa es ya otra historia).

La novela es mucho más de lo que puede sugerirse con un simple resumen del argumento. El título por el que aún se inclinaba pocos meses antes de ser publicada,  Trimalchio in West Egg, nos dice mucho acerca de cómo Fitzgerald veía a su protagonista: Trimalción es uno de los  personajes de que se vale Petronio para hacer una ácida crítica de la sociedad de su tiempo en El Satiricón; pero ese pomposo liberto de la antigua Roma que ofrece a sus invitados un banquete desmesurado y extravagante, grotesco en su exhibición del derroche, donde  los distintos manjares  van presentándose con gran ostentación y estrambótico espectáculo, ¿es Gatsby, realmente?  Gatsby, ese enigmático millonario que celebra grandes fiestas en su mansión de Long Island a las que se acude sin ser invitado y donde multitudes de hombres y chicas van y vienen "como mariposas nocturnas", cogen al vuelo las copas de champán que se deslizan flotando sobre las cabezas, se bañan en la piscina o en la playa privada, hacen esquí acuático, se cambian de ropa en las habitaciones del segundo piso, entran y salen de los salones de aquella colosal propiedad, se ocultan en la biblioteca atestada de libros asombrosamente auténticos, bailan al ritmo que marca la orquesta de jazz bajo las estrellas, cenan dos veces, la segunda después de la medianoche, se emborrachan y cantan y rumorean sobre su anfitrión, del que nadie sabe nada, salvo que se pasea entre ellos impecablemente vestido y les saluda cortésmente; Gatsby, que tal vez sea primo del Káiser Guillermo, o fue espía alemán durante la guerra, o quizá mató a un hombre… ¿es Trimalción? Cómo imaginar que no es más que un hombre enamorado, y que con aquella aparatosa puesta en escena busca tan solo que Daisy, la joven a la que no ve desde hace cinco años y ahora está casada, aparezca en alguna de aquellas descomedidas francachelas: un tipo surgido "de la idea platónica de sí mismoy condenado a "pagar un alto precio por vivir demasiado tiempo con un solo sueño(que no es mala frase para que, a modo de leyenda, figure en mi escudo de  armas: "... paid a high price for living too long with a single dream").

Scott Fitzgerald se vale de Nick Carraway para contarnos esta historia que transcurre entre montones de cenizas y millonarios (otro título que se planteó para el libro), de la misma manera en que Conrad se valió de Marlow en varias de sus novelas: es testigo y al mismo tiempo tiene su papel en la trama; está "dentro y fuera, a la vez encantado y repelido por la inagotable variedad de la vida", y, afectado personalmente por los hechos, influye de manera determinante en nuestra valoración de los mismos. Magistralmente, Nick nos va presentando a los personajes principales:

Tom Buchanan, el marido de Daisy, aparece por primera vez como culminación estática de medio kilómetro de césped extendido entre la playa y la fachada de su mansión colonial, por la que trepa, en forma de enredadera, "como aprovechando el impulso de la carrera"; Tom aguarda en el porche, vestido con ropa de montar y con las piernas abiertas, es decir, bien asentado en el mundo del que es uno de sus privilegiados propietarios por razón de apellido y fortuna, de rasgos arrogantes, cuerpo vigoroso, musculado, pujante bajo la ropa y en el interior de las botas: "un cuerpo cruel".

De inmediato Carraway nos presenta también a Daisy, en una escena prodigiosa: una habitación rosa con las cristaleras abiertas, la brisa la atraviesa, sopla en las cortinas y las agita, en parte por dentro y en parte por fuera, como pálidas banderas que chicotean en el aire, y las retuerce hacia el techo, y riza la superficie de una alfombra…, y, en el centro, un enorme diván, lo único realmente inmóvil allí, pues incluso las dos jóvenes asociadas a él parecen flotar, con sus blancos vestidos aleteantes, como recién llegadas de un corto vuelo alrededor de la casa… Se oye un estruendo: Tom ha cerrado las ventanas, el viento cesa y todo lo liviano, incluido las dos jóvenes, descienden lentamente hasta el suelo: una de ellas es Daisy, todo levedad, dorada indolencia, afectación… "En la cima de un palacio blanco, dirá más tarde Carraway, "la hija del rey, la chica de oro".

Y esa misma noche, al llegar a casa, Nick tiene una primera e imprecisa visión de su vecino: una figura surgida de entre las sombras, con las manos en los bolsillos, moviéndose con lentitud, asentando con seguridad los pies en el césped –la mansión de Gatsby está rodeada por veinte hectáreas de jardines y césped-, extendiendo de pronto, de un modo extraño, los brazos hacia el mar, que nada contiene, salvo la oscuridad y, allá a lo lejos, al otro lado de la bahía, una única y mínima luz verde, el símbolo más potente de toda la novela.


Y después de referirnos el verdor que en forma de césped se extiende en torno a las propiedades de las gentes más adineradas, el narrador nos sitúa en un desolado "valle de cenizas". Es el justamente célebre inicio del capítulo segundo, que tanto me impresionó la primera vez que leí el libro a los diecisiete años. El lector aún no lo sabe, pero estamos siendo introducidos en el lugar donde encontraremos a los otros dos personajes que juegan un papel trascendental, aunque no protagonista, en el desarrollo de la tragedia, Myrtle y George Wilson. El lector llega a sentir los ojos y la garganta completamente secos: el paisaje y las figuras humanas que lo pueblan son descritos mediante la siguiente secuencia semántica insertada en el primer párrafo: cenizas..., cenizas..., cenizas..., cenizas..., humo..., ceniza..., polvoriento..., grises..., ceniza..., plomizo...  Esas figuras humanas que aparecen en cuanto los vagones se detienen portan pesadas palas, nada que ver ya con la indumentaria de jugar al polo. En las primeras líneas del segundo párrafo, no obstante, el narrador nos sorprende con dos notas de color alzándose entre el gris y el polvo: unas pupilas azules y unas gafas amarillas, pero, eso sí, enormes, colosales. Son los ojos, se nos dice, del doctor T. J Eckleburg, y aun cuando la propia narración nos desvela de forma inmediata que se trata del viejo anuncio de cierto oculista, nosotros, como lectores, ya hemos asumido que en esos descomunales ojos abandonados sobre "aquel vertederohay una entidad superior, quien sabe si divina, como más tarde se insinúa. Pues bien, la mujer de George Wilson, el dueño de un garaje “miserable” enclavado en aquel lugar, es la amante de Tom Buchanan. 

El gran Gatsby se lee con la fluidez de una novela sencilla y te penetra con la hondura de lo verdadero, y por tanto de lo bello, y por tanto de lo eterno (conceptos relacionados entre sí, según  Keats, poeta de cabecera para Scott Fitzgerald). Es una novela extraordinariamente bien urdida, donde cada capítulo es perfecto en su condición de pieza cerrada y también en relación con todas las demás piezas. El libro se publicó el 10 de abril de 1925, un año después de que emprendieran su viaje a Europa. Las primeras críticas, aun siendo favorables, parecían contener un titubeante desconcierto, como si no supieran definir con precisión qué era lo que la hacía tan buena. Pronto se vio también que las ventas iban a ser muy inferiores a las que Scott esperaba. En los siguientes meses, sin embargo, empezó a recibir la opinión de otros escritores: todos coincidían en el gran paso que para la literatura en lengua inglesa suponía aquella novela. Y ésa es una idea que se ha mantenido en el tiempo, e incluso se ha acrecentado. Las razones no radican únicamente en su aspecto formal: Fitzgerald, como ha escrito K. G. W. Cross, consiguió representar de manera arquetípica un conflicto que, siendo universal, ha atormentado la conciencia norteamericana desde la llegada de sus primeros colonos: el que se establece entre ilusión y realidad, entre los sueños y el polvo viciado que flota en su estela.

En junio de 1940, lejos de imaginar que apenas le quedaban seis meses de vida –el alcohol había hecho bien su devastador trabajo a lo largo de los años-, le escribió a su hija Frances: "Me gustaría no haber mirado atrás, sino haber dicho cuando acabé El gran Gatsby: «He encontrado mi camino -desde ahora eso es lo primero. Este es mi deber inmediato, sin eso no soy nada»".

En la lápida bajo la que reposan Scott y Zelda grabada está la memorable frase final del Gatsby: 




So we beat on, boats against the current, borne back ceaselessly into the past.

 Así seguimos batiéndonos hacia adelante, como botes contra la corriente, arrastrados incesantemente al pasado.



****

Perdido como estoy últimamente, y a mi pesar, en cuestiones mucho menos gratas que éstas que me llevan desde aquí a tantos espacios amigos, bien podría habérseme escapado el generoso texto que el escritor Miguel Sanfeliu le dedica a Pasadizos en su blog CIERTA DISTANCIA. Nunca me lo hubiera perdonado a mí mismo. Miguel Sanfeliu, por cierto, publica en breve su tercer libro de relatos, Gente que nunca existió, en la editorial e.d.a. libros. Vayan, pues, a la par mi gratitud y mis mejores deseos.


Dejo enlace, igualmente, a la entrevista que Carolina Molina me hizo para El Heraldo del Henares.



viernes, 27 de enero de 2012

Un pasadizo a El Heraldo del Henares...

El periódico digital El Heraldo del Henares, en su sección Érase un cuento, que coordina la periodista y escritora Carolina Molina, publica uno de los relatos incluidos en Pasadizos, “Plano secuencia”. Abro aquí, pues, un pasadizo a los Pasadizos, un metapasadizo, un túnel hasta el otro lado de una partida de ajedrez. 



...Y otro a la Granada del siglo XIX.
Carolina Molina, por cierto, presenta estos días su última novela, Noches en Bib-Rambla (Roca Editorial). De la autora y de este libro hay cumplida información en su bitácora El blog de Carolina Molina y en la web de la editorial, donde además pueden leerse las primeras 40 páginas para abrir boca. 




Foto: JFH

viernes, 30 de diciembre de 2011

Sobre Pasadizos

Para acabar el año de mis Pasadizos, traigo aquí tres reseñas del libro que se me quedaron en el tintero:

La escritora Pilar Quirosa-Cheyrouze, allá por el verano, en la revista Foco Sur:





Del poeta José Antonio Santano, en Diario de Almería


Más recientemente, en Culturama, firmada por Carlos F. Romero.


Qué lejos queda ya aquel 24 de marzo en que presenté públicamente el libro, por la mañana en compañía de Justo Navarro, por la tarde mano a mano con Francisco Ortiz y en presencia de Miguel Naveros. Y cuánto me alegra que los relatos hayan gustado a quienes se han acercado a ellos. El tiempo vuela, la gratitud permanece. 



Miguel Naveros, Justo Navarro y JFH

miércoles, 14 de septiembre de 2011

VIII Premio Setenil

La semana pasada me comunicaron desde la Concejalía de Cultura del Ayuntamiento de Molina de Segura que Pasadizos estaba entre los diez finalistas del VIII Premio Setenil al Mejor Libro de Relatos Publicado en España 2011. Ésta es la lista completa:


‘Los ojos de los peces’, de Rubén Abella (Menoscuarto)

‘Vidas prometidas’, de Guillermo Busutil (Tropo)

‘Pasadizos’, de Juan Herrezuelo (Instituto de Estudios Almerienses)

‘Tanta pasión para nada’, de Julio Llamazares (Alfaguara)

‘Los pobres desgraciados hijos de perra’, de Carlos Marzal (Tusquets)

‘El heladero de Brooklyn’, de Fernando Molero Campos (Alhulia)

‘Los muertos, los vivos’, de Beatriz Olivenza (Torremozas)

‘Ficcionarium’, de Fernando Palazuelos (Baile del Sol)

‘Distorsiones’, de David Roas (Páginas de Espuma)

‘Cuentos rusos’, de Francesc Serés (Mondadori)


Mi gratitud hacia quienes hayan estimado que Pasadizos merecía estar entre estos diez finalistas.

viernes, 9 de septiembre de 2011

La Tertulia de la Calle Suipacha

José Luis Campos -el camarada poeta-, Francisco Ortiz y
quien esto escribe, Juan Herrezuelo (2011)

Desde que me planteé la posibilidad de reunir en un libro (después titulado Pasadizos) una serie de relatos que parecían condenados a la dispersión, y romper con él un silencio que ya duraba demasiado, decidí que era una oportunidad única para rendirle homenaje a la tertulia literaria de la que formé parte entre finales de los ochenta y mediados de los noventa, es decir, entre mis veinte años y mis  veintisiete, más o menos. Hasta entonces, lo mío con la literatura había sido una pasión casi secreta, una doble vida, el otro lado del espejo, el sueño a través del cual accedes a tu vida real, todo un mundo privado que llevaba construyendo desde muy niño, y en el que de pronto tuvo cabida el paisaje de un mundo similar, una pasión casi idéntica por las mismas cosas y muchos principios de los que carecía y que me ayudaron a poner orden en todo aquello y a convertir una pasión en una vocación. Yo era ya un lector compulsivo desde los nueve años; algo de eso he escrito por aquí y no quisiera repetirme. De aquellas lecturas nacieron tentativas de relatos llenos de misterio, que yo comenzaba a escribir con una letra concienzuda y no pasaban de un primer capítulo o unas primeras páginas. Como leía también obras de teatro, esas tentativas de escritura habían dado igualmente algún que otro Acto primero. Y a los veinte años descubrí, más o menos al mismo tiempo, a Francis Scott Fitzgerald y a Julio Cortázar, y quedé deslumbrado por ambos. Son los dos autores a los que más extensa y apasionadamente he leído desde entonces, pero no estoy seguro de que su influencia sobre mí hubiese sido la misma si por esas mismas fechas no se hubieran cruzado en mi camino aquellos dos tipos con los que acabaría fundando una tertulia, si yo no hubiera podido comentar con ellos las lecturas que iba haciendo, enriquecerlas con sus propias lecturas.

Una foto para el recuerdo: de izquierda a derecha, Miguel Ángel Muñoz, José Luis Campos, Francisco Ortiz y Juan Herrezuelo (enero 1990). En el reverso está escrito: Generación Superviviente (?)

En muy poco tiempo se tejió entre nosotros tres, Paco, José Luis y yo, cada cual con sus propias inquietudes, una red de complicidades basada fundamentalmente en la literatura, el cine y la música, aunque no sólo en eso. Por cierto, que por entonces seguíamos muy atentamente a una nueva generación de jóvenes narradores, Julio Llamazares, Muñoz Molina, Martínez de Pisón, Jesús Ferrero, García Sánchez, Justo Navarro... Eran los que más inmediatamente nos precedían, y la mayoría de ellos llegaba de provincias, lo que nos daba más aliento. 
El primer relato de Cortázar que me había sacudido fuerte se titulaba “Carta a una señorita en París”, aquél que comienza con un, para mí, memorable “Andrée yo no quería venir a vivir a su departamento de la calle Suipacha, no tanto por los conejitos sino porque me duele ingresar en un orden cerrado”, y cuando el trío se convirtió de forma natural e impremeditada en una tertulia literaria con cita fija, se decidió darle a aquello el nombre de "Tertulia de la Calle Suipacha" y abrirlo a más participantes. Bien, nunca más he sentido tan real eso de crecer por dentro. Aquellos sábados por la tarde se fue tallando minuciosamente el escritor que acabé siendo, con cada autor que fuimos descubriéndonos los unos a los otros, con cada relato que nos planteábamos como un reto común.

Juan Uceda (1957-2001), inolvidable amigo
y autor de "El Caníbal y otros cuentos"
Aquella tertulia, como he dicho, creció en participantes y luego se redujo de nuevo; pasó a ser durante seis meses un programa de radio llamado Estación Suipacha; a uno de los fundadores se lo llevó lejos una historia de amor, el teatro de operaciones cambió varias veces de emplazamiento, se filtraron nuevas pasiones, como la fotografía o la música clásica; nos enfrentamos a la experiencia de la muerte, ya tiempo después, cuando uno de los nuestros, Juan Uceda, perdió de un día para otro la dura batalla que libraba desde hacía años con la enfermedad. Ya para entonces, esa escuela de aprendizaje que había sido la tertulia, esa especie de monasterio saholín de mutuas enseñanzas, quedó abierta por los cuatro costados, sus discípulos nos echamos al camino de la vida real y yo volví a ser de nuevo, hasta hace bien poco, el hombre solitario con su solitaria pasión por la literatura.

La existencia de Pasadizos, e incluso la de este mismo blog, es -fue desde el principio- mi forma de transmitirles mi recuerdo, mi afecto y mi gratitud a todos ellos: a José Luis Campos, a Francisco Ortiz, a Miguel Ángel Muñoz, a Antonia Moreno Cañete, a Juan Uceda, a Carlos Espinar, a Ana Fernández Hagen, a Isabel María Díaz Díaz, a Jacinto Castillo… (Sin olvidar a Juanma Cidrón, que no perteneció a la Tertulia pero acogió nuestra Estación dentro de ese maravilloso invento radiofónico llamado La Escalera Mecánica).
Scott Fitzgerald escribió que “un escritor puede andar dando vueltas alrededor de sus aventuras después de los treinta, después de los cuarenta, después de los cincuenta años, pero los criterios según los que se sopesan y valoran tales aventuras quedan irremediablemente fijados a la edad de veinticinco años”. Así fue también para mí, y mis veinticinco años tienen mucho que ver con aquella experiencia, aunque también con otras menos literarias y un poco más disolutas. Pero eso es ya una historia.

jueves, 9 de junio de 2011

De bellos perdedores y pasadizos










He aquí una petición basada en toda mi experiencia: no seas mago, sé magia
Leonard Cohen
BEAUTIFUL LOSERS






Hace unos años, más de los que me gusta recordar, indagué en la figura y la obra de Leonard Cohen con la intención de hacer más creíble un personaje que estaba inspirado en él. Escuché incesantemente sus canciones, leí un par de biografías, los poemarios La energía de los esclavos  y La caja de las especias de la tierra, y una extraña novela titulada, en inglés, Beautiful Losers, un texto desbordante en el cual el innominado narrador principal parece incapaz de filtrar mediante la razón aquellos pensamientos que su inconsciente genera, de tal modo que éstos se hacen presentes atropelladamente, como empujándose y desmintiéndose y enfureciéndose los unos a los otros mientras tratan de pasar a través de una estrecha hendidura en la muralla que separa los sueños de la vigilia. Así podemos ver que es un “yo” atrapado en múltiples prisiones, interiores y exteriores: atrapado en un cuerpo feo que avariciosamente retiene las heces, y en un deseo sexual insatisfecho donde toda perversión busca acomodo, y en la certeza de lo mortalmente rutinario del vivir, de lo teñido de mediocridad que está todo; atrapado entre la santidad y la depravación, entre el pasado histórico que estudia, su propio pasado, sobrellevado como una carga (“todo este ayer dentro de mí”) y un presente hostil; entre la expiación y el delirio; entre la carne y el alma.

La concesión del Príncipe Asturias de las Letras (premio que, como el Nobel, sigue empeñado en su propia devaluación al eludir a Philip Roth) propiciará sin duda la reedición de esta novela, y acaso se haga con una traducción del título que no responde plenamente a su sentido original. Beautiful Losers pasó a ser, en Ediciones B, Los hermosos vencidos, y aceptando que, en efecto, la palabra ‘vencido’ es más bella al oído que la palabra ‘perdedor’, considero que ambas no son del todo equivalentes. Sobre un vencido se ejerce la acción de vencer: él es objeto y consecuencia de ella. El perdedor lo es, en el fondo, por sus propios medios, y aun cuando intervengan influencias externas resulta ser su confiada actitud, y no la falta de oposición, la que viene a inclinar la balanza en su contra. En el hecho de ser vencido se infiere una resistencia quebrantada; en perder hay una parte importante de azar y de infortunio. Al vencido se le asocia con la resignación o la amargura o el rencor; al perdedor con una nostalgia de lo que fue o de lo que pudo haber sido, con la melancolía, con una sutil incapacidad para asumir la nueva realidad, que seguirá siendo nueva aunque pase el tiempo: un perdedor vive en estado de presente, un perdedor es la Penélope de Serrat en su banco del andén. Y, en definitiva, ‘loser’ es un arquetipo, y como tal ha de ser entendido; de ahí que modestamente sugiera que -caso, como he dicho, de que se reeditara ahora la novela- se tradujera como Bellos perdedores o Hermosos perdedores (la traducción al catalán se titula Bells perdedors, por cierto).

..........................

P. D. Permítanme ahora mostrarles a dónde conduce uno de los pasadizos de este Loser. Al otro lado encontrarán un lugar que llevo frecuentando discreta y atentamente desde hace años, Novela negra y cine negro. Si existe este otro espacio en el que nos encontramos ahora, junto a una imaginaria trampilla a punto de abrirse, es debido a la cordial insistencia de Francisco Ortiz. Una fraternal y a veces complicada amistad nos une de antiguo, y les invito a acompañarme a la presentación que hizo de mis últimos cuentos, no por los cumplidos que le dedica a quien esto escribe, sino por el hecho de que me honrase con tan hermoso texto. Es, pues, la gratitud y no la vanidad, la que me mueve a pedirles que me acompañen a una bitácora que conocen bien y desde mucho antes de que el Loser reabriese sus puertas. Vengan si quieren. Pueden traer sus copas. Novela negra y cine negro.

Presentación de Almería 66
Fue quien esto escribe el que en justa reciprocidad presentó el pasado 19 de mayo su excelente libro de relatos Almería 66, con un texto ya publicado aquí. En la foto, de izquierda a derecha, Francisco Ortiz, el escritor y director del Instituto de Estudios Almerienses Miguel Naveros y yo. El acto, como no podía ser de otro modo, estuvo cargado de emotividad, pues el viejo sueño de publicar juntos se veía cumplido. A la espera, el tercer libro de una trilogía tertuliana: el camarada poeta a punto de cruzar el alambre.


La portada de Beautiful Losers pertenece a la edición canadiense en Emblem Editions

lunes, 18 de abril de 2011

martes, 5 de abril de 2011

Recorrer los Pasadizos

Reunir en un libro los nueve relatos de que se compone Pasadizos les ha dotado de existencia, o, por seguir un poco el hilo argumental del primero de ellos, les ha concedido del don de la visibilidad. No importa que la mayoría ya hubiera visto la luz en algún periódico: es ahora, uno detrás de otro entre las páginas de un libro, cuando se alían en una voluntad común de sorprender al lector, de jugar con él, de cautivar su atención. Son cuentos con distinta temática, distinto enfoque narrativo y variada extensión, están escritos a lo largo de más de una década y bajo muy diferentes estados de ánimo, y a pesar de todo eso adquirieron una curiosa sugestión de unidad cuando logré armar el puzle de su orden en el libro. Quiero creer que esto se debe a que cada uno de ellos se concibió como un juego literario con el lector, y, más allá de la mera cronología, cada juego contenía por sí solo la secreta posibilidad de burlar las reglas de alguno de los otros.

Cuando decidí este título para el libro, Pasadizos, no pensé en lo mucho que remite al título de mi primer libro de relatos, Desde el lugar donde me oculto (1991). Pensé, sí, que el cuento del que proviene el título enlazaba ambos libros, pero mi idea era que se trataba más de un puente entre ambos. Ese cuento, “Los pasadizos de la ficción”, fue escrito para aquel primer libro. Hablo de veinte años atrás. Yo estaba a punto de cumplir un sueño, era muy joven y por primera vez escribía sabiendo que aquello iba a ser publicado. El resultado fue un cuento mal escrito, en el que más que contar una historia importaba la forma en que se hiciera. Renuncié a publicarlo y lo guardé en una carpeta. Todos estos años ha estado, de alguna manera, reclamándome para ser escrito de nuevo. Lo hice hace algo más de un año. Lo despojé de la prosa y lo dejé en la pura estructura, cambié el nombre de los personajes y empecé desde la primera palabra, dejándome llevar, igual que si estuviera contándomelo a mí mismo, hasta descubrir finalmente el sentido de esos pasadizos. De ahí la idea de puente entre una colección de relatos y otra, puente que atravesaron los cuentos que he escrito desde entonces para llegar a este libro.


Sin embargo, fue después, mientras pensaba en la forma en que podría presentar el libro en sociedad, cuando me di cuenta de la relación semántica entre “los lugares donde ocultarse” y los “pasadizos”, y de que, por tanto, la vinculación entre aquellos doce relatos y estos nueve estaba, más que en algo tan visible como un puente, en el doble fondo, en la trampilla disimulada, en las escaleras estrechas, las galerías que no se sabe a dónde conducen pero que de alguna forma comunican todos los libros. Son, en fin, cuentos que bordean el territorio del realismo mágico o caen plenamente dentro de él; es decir, introducen una anomalía en lo cotidiano, o la sugieren, o poseen una determinada atmósfera que permite imaginar que lo cotidiano contiene ya de por sí el germen de lo anómalo.

Puesto que he escrito novelas y he escrito cuentos, a menudo me han preguntado, como a tantos otros, por la diferencia entre estos dos géneros. La idea con la que estoy más de acuerdo es que en el relato breve todo el peso recae en la historia misma, en tanto que en la novela lo esencial es desarrollar el carácter de los personajes, de quienes dependerá en buena parte el verdadero interés de lo que se está narrando. De ahí el despojamiento de cualquier elemento accesorio que debe tener todo buen cuento. En palabras de Julio Cortázar, el cuento contemporáneo “se propone como una máquina infalible destinada a cumplir su misión narrativa con la máxima economía de medios”; el cuento es, añade, “una implacable carrera contra el reloj”, y la imagen del reloj sirve por igual para explicar la angustia de una cuenta atrás que comienza en el primer párrafo y también el alto grado de precisión interna que el mecanismo de un relato ha de tener para ser eficaz. Cortázar se refería también al cuento, el cuento fantástico, especificaba, diciendo que “te cae encima”, que es necesario librarse de un cuento así como quien se quita una alimaña de encima, que se empieza a escribirlos ignorando el desenlace, que son criaturas vivientes, organismos completos, ciclos cerrados, y respiran.

Sin duda habrá quienes encuentren la descripción que hace Cortázar excesivamente literaria, pero lo cierto es que la mayor parte de mis relatos surgieron de una manera muy parecida a ésa. El detonante puede ser un hecho trivial, pero un cierto tipo de imaginación no necesita demasiados elementos para desatarse y actuar por su cuenta…



El pasado 24 de marzo se presentó el libro formalmente: por la mañana, en la Universidad de Almería, de la mano de un escritor al que admiro mucho, Justo Navarro (en la foto junto al decano de Humanidades, Manuel López, en el centro, y al que esto escribe, allá al fondo); por la tarde, entre amigos y con otro buen escritor, Francisco Ortiz, llegándome al corazón como sólo él sabe hacerlo.


Foto: Gabinete de comunicación de la UAL