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miércoles, 10 de septiembre de 2014

Una inmejorable cosecha otoñal de libros

Hace muchos años que dejé de estar pendiente de las novedades literarias, como de los estrenos cinematográficos. Es inevitable enterarse de lo que va saliendo, claro, pero siento que no es por mí por quien siguen editando nuevos libros ni rodando más películas. Como consumidor de cultura soy definitivamente un outsider. A mi juicio, la literatura y el cine no atraviesan por un periodo de decadencia: lo harían si el lector y el espectador exigentes pudieran advertir que hay realmente otra orilla, aunque sólo fuera una remota línea de esperanza en el horizonte. Pero no la hay –ni orilla ni esperanza-; hay, quizá, un fondo, pero espero no estar ahí para ver cuándo lo tocan. La literatura y el cine, tal y como yo los entiendo, están en un proceso de descomposición; si se quiere, en un proceso de transformación en otra cosa, lo acepto, pero esa cosa no será ya ni literatura ni cine. Afortunadamente, varios siglos de poesía, narrativa, teatro y ensayo nos han dejado una reserva casi infinita de grandes obras maestras por leer. En cuanto al cine, bueno, seguiremos dándole vueltas y vueltas a las mismas películas que siempre logran emocionarnos.

Digo esto porque, inesperadamente, y como para contradecir todo lo anterior, me encuentro con el anuncio de que este otoño todos o casi todos los escritores por los que aún siento respeto van a publicar nuevos libros. Abrumadora coincidencia que a alguien tan desengañado como quien esto escribe no deja de causarle sorpresa y, sí, lo confieso, un verdadero entusiasmo. En términos agrícolas, podríamos decir que será una excelente cosecha.

Vayamos por partes: a la ya anunciada novela póstuma de Ana María Matute, Demonios familiares, se suman novelas del maestro Juan Marsé, Noticias felices en aviones de papel, y de Javier Marías, Así empieza lo malo. Además, dos escritores a quienes tengo una enorme admiración desde sus primeras novelas, esa clase de escritores que forman parte importante de tu vida y con los que uno ha ido haciéndose mayor libro a libro, coincidirán también en las librerías: Belén Gopegui, con El comité de la noche, y Luis Landero, con El balcón en invierno. Creo de justicia mencionar también la primera novela de Miguel Sanfeliu, Parece que cicatriza, a publicar por Talentura. Y esto es sólo el comienzo.

Hay un libro que entrará directamente en la historia de la Literatura (lo está ya desde hace años, y sin haber visto la luz, en su forma mítica): Palais de Justice, la breve novela autobiográfica escrita por José Ángel Valente, donde la sombra de Kafka se extiende, dicen, sobre el traumático proceso de divorcio que puso fin al primer matrimonio del poeta. Valente (1929-2000) es, tanto en su vertiente poética como en su vertiente ensayística, uno de los más grandes escritores de la pasada centuria, y esta rara obra de ficción narrativa –se acercó muy pocas veces al género-, que ha permanecido inédita, según su deseo, hasta después del fallecimiento de su primera mujer, está llamada a convertirse en uno de los hitos literarios más importantes de lo que llevamos del XXI. (Leer aquí un enriquecedor reportaje sobre la obra).


Pero con ser todo esto tan relevante, si escribo sobre ello es porque he sabido que también Antonio Muñoz Molina publicará –al fin- una nueva novela, cuyo título es Como la sombra que se va. Que se anuncie para tan tarde como el 25 de noviembre me colma de ansiedad: siempre ha sido así, desde que en 1988 leí El invierno en Lisboa: es anunciarse una nueva novela suya y no vivir ya. Puede que suene un poco exagerado, incluso un punto ridículo, si se quiere, pero las cosas (y las debilidades humanas) son como son. Así de principio, su novela, centrada en el tipo que asesinó a Martin Luther King (de nombre James Earl Ray), cuya historia ha sido reconstruida por Muñoz Molina a partir de los archivos del FBI, me trae a la cabeza la magnífica Libra, de Don DeLillo, donde el autor neoyorkino hacía lo propio con Lee Harvey Oswald. Veremos.

Ahora permítaseme confesar al final de estas líneas que, no obstante, el libro que más deseosa y felizmente espero es una colección de relatos titulada La derrota de nunca acabar, de la que es autor Miguel Naveros, y que publicará la editorial Bartleby. Se trata de la primera incursión de Naveros en el terreno del cuento breve (ha cultivado la poesía y la novela, además del género periodístico en toda su amplitud), y apuesto el resto a que éste será uno de los libros de relatos más destacados del año. Juego con ventaja: no lo digo por intuición, sino con conocimiento de causa. 

Miguel Naveros. Foto: JFH

sábado, 26 de julio de 2014

Matute una vez... y siempre

rase una vez una niña eterna llamada Ana María, cuyo padre, mediterráneo, hubiera podido ser amigo de Ulises, según ella pensaba, y cuya madre, castellana, hubiera podido serlo del Cid, y que a muy temprana edad creyó descubrir a través de sus primeras lecturas que acaso su lugar de procedencia estaba ahí, al otro lado de las letras y las páginas y el érase una vez que le abría a la fantasía; una niña de rebosante imaginación que inventaba y escribía y dibujaba todas aquellas historias que acudían incesantemente a su cabeza quién sabe si como recuerdos muy anteriores a su existencia real; una niña asombrada ante el sindiós de una guerra civil, que perdió la tartamudez en el curso de los muchos bombardeos a los que fue sometida su ciudad, como si se tratara de un gran hipo del habla que el más oscuro de los miedos cortara de golpe, y que en el desbarajuste social de la contienda supo que más allá de la plácida burguesía de la que su familia formaba parte existía esa otra verdad de la gente pobre, la verdad verdadera de las largas colas del pan, la horrible verdad de que el mundo de los adultos estaba gobernado por el resentimiento y la desigualdad; una niña arbórea que a los once años comenzó a escribir una novela titulada “Juanito” que cada noche, a la luz íntima de una linterna, iba leyendo a sus hermanos hasta el suspensivo continuará; una niña rara, según les parecía a todos, que vivía en su propio mundo y le hacía confidencias a su muñeco Gorogó, que su padre le trajera de Londres a sus cinco años; una joven ilusionada que un día hubo de pedirle a su padre que firmase por ella su primer contrato editorial, pues ella era menor de edad, y que durmió toda una noche con su primer libro impreso bajo la almohada, sueño cumplido sosteniendo los otros sueños, los que la mente urde mientras dormimos, ya no historias escritas a mano en cuadernos con tapas de hule, sino letras de molde y páginas cosidas en pliegos y tapas y lomo y Ana María Matute Los Abel Ediciones Destino, un libro de verdad, sí, como aquellos que la habían hechizado; érase una autora de libros hermosos y trágicos, de una Primera memoria que tal vez sea el más hermoso de todos, capaz, digamos, de mover a las lágrimas al padre de una niña que va acercándose a esos catorce años desde los que la narradora se sabe indefensa entre la raza extrajera de los adultos y su condición de extrajera de sí misma, absurda y fuera del mundo y del tiempo, monstruosamente varada entre la niñez que ha perdido y la mujer que no es aún; érase una esposa infeliz que escribía constantemente, a veces con su pequeño hijo sentado en las rodillas, mientras un marido Rasputín, vividor y sablista, vocacionalmente desempleado porque así entendía su oficio de poeta maldito, empeñaba sus libros, el cochecito del niño y hasta la máquina de escribir de Ana María, érase una joven libre que escapó del Castillo de If de su matrimonio, desafiando a los peores villanos del cuento, y a quien le arrebataron por ello a su hijo, una madre que no tuvo a su pequeño durante casi tres años y que luchó por él, y que lo parió por segunda vez el día que al fin se lo devolvieron para siempre; érase una mujer enamorada de nuevo, de un hombre bueno y guapo como Paul Newman, según ella decía, una mujer que dejó atrás los malos momentos y alcanzó la plena felicidad con ese segundo compañero y que sin embargo fue perdiéndose quién sabe por qué en el bosque tenebroso de la depresión, no uno de esos bosques a los que naturalmente ella pertenecía, sino uno sin duendes, hecho de sombras y aullidos, y perdida ya en él la muerte le arrebató también al hombre que amaba; érase una escritora que dejó de escribir, que calló durante veinte años las muchas historias que la habitaban y que, poco a poco, renaciendo plateada de su abatimiento, fue componiendo en una larga novela que tenía ya empezada de antes y que no se parecía a las otras, las que hablaban de la guerra y de lo que vino después de la guerra, ni tampoco a los cuentos para niños por los que algunos lectores la identificaban, sino que era una monumental saga medieval transida de magia y de seres fabulosos y de tristeza también, y agarrada a la cola del dragón del reino de Olar se elevó por encima del olvido en el que había caído su obra, y fue otra vez y para siempre la niña eterna que inventaba sin parar y no creía en las casualidades, cuyo cuerpo iba envejeciendo pero cuya voz conservaba la delicada dulzura de una infancia soñadora, una niña octogenaria ya, que seguía viajando con Gorogó, su muñeco fiel, el muñeco de su primera memoria, y que creía, con la intuición de los seres nacidos en lo mágico, que su pensamiento permanecería más allá de la vida física, porque así había de ser forzosamente; una niña perpetua que escribió una última novela y suavemente se deslizó después hacia su propio colorín colorado, tras el cual ya no es más de este lado, sino del de Andersen, Perrault, los Grimm, Lewis Carroll, James Matthew Barrie, Verne, Faulkner, Cortázar y tantos otros, donde seguirá siendo otra vez, eternamente.

Foto: Álvaro Fernández Prieto


Texto para la fiesta homenaje celebrada en la Librería Zebras, en Almería
con motivo del que hubiera sido su octogésimo noveno cumpleaños