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viernes, 26 de mayo de 2017

Entre los carriles de las vías del tren

Los científicos acuerdan que el impacto de la acción del hombre sobre la Tierra es tan profundo que el Holoceno debe dar paso a una nueva época geológica: el Antropoceno. Por qué Pekín está instalando armamento en sus controvertidas islas artificiales del Mar de China Meridional. El Reloj del Juicio Final: ¿por qué un grupo de científicos cree que estamos treinta segundos más cerca del fin del mundo? El hielo del Ártico alcanza un nuevo mínimo histórico en invierno. EEUU lanza sobre Afganistán la bomba no nuclear más potente de su arsenal. Turquía y Estados Unidos elevan la tensión en la frontera turcosiria. Japón despliega por primera vez su mayor barco de guerra para escoltar a portaaviones de EE.UU. Despliegue militar en el Báltico ante la amenaza rusa: España manda carros blindados y cazas. Corea del Norte dice que los vuelos de EE.UU. acercan a la península al borde de la guerra nuclear. China pide a Washington que retire su escudo antimisiles de Corea del Sur. EE.UU. realiza un ensayo con un misil balístico intercontinental. EEUU intercepta por primera vez cazas y bombarderos rusos cerca de Alaska. Stephen Hawking: «Debemos abandonar la Tierra en cien años». Una experta advierte de que glaciares de todo el mundo están desapareciendo. EE.UU. envía por primera vez un buque de guerra a las aguas en disputa con China…

Son titulares de noticias aparecidas en los últimos meses, la mayoría en las últimas semanas o días, en medios como eldiario.es, BBC, El Mundo, Antena 3, ABC, La Razón, La Vanguardia o Europa Press. Están ordenados cronológicamente. Podría haber buscado un cierto efecto  dramático dándoles otro orden, o haber retrocedido más en el tiempo. Ninguna de las dos cosas era necesaria. He comenzado justo en la cuestión del Antropoceno (septiembre de 2016) y he terminado en ayer mismo. El resultado no cambiaría, y me lleva al sentido con el que he usado una cita de Gómez de la Serna para dar título a uno de los relatos de mi libro, y a partir de él al propio libro: «Entre los carriles de las vías del tren crecen las flores suicidas».

La advertencia del astrofísico Stephen Hawking me la envió como mensaje de texto un amigo justo mientras contemplaba las fotografías de Sebastião Salgado para su proyecto Génesis, expuestas en La Rambla de Almería. Imágenes de una belleza sobrecogedora que nos muestran lugares de la Tierra intocados por la acción del hombre moderno, espacios remotos, inmensos y en silencio, excepto por los sonidos -imaginamos- propios de la naturaleza, un río serpenteando entre montañas en la cordillera de Brook, en Alaska, un asombroso iceberg en el mar de Weddell, en la Península Antártica, la cola gigantesca de una ballena franca austral emergiendo fuera del agua en la Península de Valdés, Argentina, grandes dunas entre Albrg y Tin Merzouga, en Tadrart, Argelia, todo como suspendido en un tiempo muy alejado del nuestro, todo como recién creado en su magnificencia, incluso los pueblos primitivos sorprendidos por la cámara de Salgado sesteando desnudos entre palmas en una selva amazónica o mostrando sus adornos labiales en un poblado de Etiopía; incluso los miembros del pueblo nénet viajando en sus trineos tirados por renos al norte del río Ob, en la Península de Yamal, Siberia.

¿Disponemos de solo cien años para buscar otro planeta? ¿Mejor que este? ¿Cuál? ¿Dónde? ¿A qué distancia? ¿En qué naves llegaríamos, si vamos al caso? Es absurdo. Jamás encontraría el ser humano un lugar como la Tierra, y si la hemos herido hasta el extremo de ver amenazada nuestra continuidad… Bueno, eso no diría nada bueno de nosotros como especie, nos convertiría en una plaga, en una enfermedad que se ha adueñado de un cuerpo. Para su propia desventura, claro.

Arte en la calle. Génesis. Sebastião Salgado. Obra Social "la Caixa"
Mirador de la Rambla. Almería. (JFH)

martes, 7 de marzo de 2017

Luna



El Diccionario de la Academia no deja lugar a dudas: lunático es el que padece locura por intervalos. No hay más acepciones. La cosa viene de Paracelso, médico, alquimista y astrónomo del Renacimiento. De manera que la palabra no sirve para definirme en mi condición de hombre fascinado por la Luna, ni siquiera como alegoría. Tampoco me sirve el coqueteo con el juego de letras o el neologismo forzado, como podría ser el caso de alunizado o enlunado o seneléfilo. No me gusta el resultado. Dejémoslo, pues, en que soy un hombre fascinado por la Luna.

Ha sido así desde que puedo recordar. La busco la mayor parte de las noches en la negrura del cielo, y si no lo hago ya se encarga ella de mostrarse de golpe en cualquiera de sus fases, cuando menos lo espero, por encima de los edificios, o a la vuelta de una curva de la carretera, o quién sabe cómo y dónde, quieta, impávida, brillante, menguada o en creciente, o llena, o a punto de llenarse y como con el borde recortado, blanquísima o cenicienta o asombrosamente anaranjada. En los periodos del año en que sé por dónde va a salir estando llena, la espero. Soy cazador de lunas, una variedad cinegética no alcanzada aún por el descrédito: ansío atraparlas con el objetivo de una cámara fotográfica, empeño nada fácil porque la Luna, que es siempre la misma y distinta, tiende a transformarse en un simple círculo blanco y brillante en cuanto se siente enfocada. No soy perito en la caza de lunas: necesitaría un objetivo más largo; de ahí que hayan sido contadas las ocasiones en que he logrado capturarla. Es más fácil cuando su presencia se prolonga o se adelanta en el cielo diurno y azul, cuando es “como una hostia transparente, o una pastilla medio disuelta (…), de una consistencia apenas más sólida que las nubes”, según dejó escrito Italo Calvino.



Cuando me encuentro de pronto con la Luna, de noche o durante el día; cuando no la espero y de pronto ahí está y wow, qué luna, ese asalto de la Luna a mis ojos tiene mucho de la forma en que José Ángel Valente indicó que ha de ser percibida la palabra poética: “en la inmediatez de su repentina aparición”. Mi fascinación tiene que ver en buena parte con la inmediatez, precisamente, con el hecho de que sea un cuerpo celeste tan próximo, tan como al alcance de la mano, por decirlo de algún modo. Ya sé, está lejos, objetivamente. A unos trescientos ochenta y cuatro mil cuatrocientos kilómetros. Eso viene a ser más o menos ciento noventa viajes de ida y vuelta entre Almería y Gijón, nada más. La Luna está lejos, claro, pero si se compara con la distancia de la Tierra a cualquier otro planeta del Sistema Solar, o al propio Sol, o entre el Sol y cualquier estrella de la Vía Láctea, o entre… En fin. El Universo es muy muy grande, y la Luna y la Tierra prácticamente bailan un vals bien agarrado.

Para reproducir el Sistema Solar a una escala real, los documentalistas Alex Gorosh y Wylie Overstreet necesitaron once kilómetros del desierto de Nevada, siendo la Tierra una canica azul. Grabaron un reportaje que sobrecoge y deja sin aliento, este:
   

Claro que la Luna está cerca de la Tierra, si lo comparamos con distancias de millones de kilómetros o de años luz. Tanto como para que una empresa espacial privada haya anunciado la semana pasada que llevarán a dos turistas a un viaje alrededor de nuestro satélite en 2018, tanto como para que sus fases influyan en los ciclos menstruales de la mujer, tanto como para que la Luna haya recibido oxígeno de la Tierra durante millones de años, toda una lluvia de partículas generadoras de vida, empujadas por el viento solar, que ha venido “contaminando” las capas profundas del suelo lunar.

Por eso, cada vez que leo que un asteroide ha pasado rozando nuestro planeta a menos distancia de la que nos separa del satélite natural, un escalofrío recorre mi espina dorsal. Y esto es algo que últimamente está pasando con cierta frecuencia. La inquietud es aún mayor cuando se constata una y otra vez que la información aparece muy en los márgenes de las noticias de cada día, o ni siquiera es recogida por los medios más relevantes.   

Lo cierto es que el 28 de agosto del año pasado un asteroide de 25 a 55 metros de diámetro, conocido como “Gran Calabaza”, pasó a menos de la cuarta parte de la distancia a la Luna. El miércoles 7 de septiembre, un asteroide del tamaño de un autobús, 2016 RB1, pasó a sólo cuarenta mil kilómetros de la Tierra, un aterrador diez por ciento de la distancia a la Luna, solo dos días después de ser detectado. El 2 de noviembre, otro asteroide, 2016 VA, rozó la Tierra cinco veces más cerca que la Luna: tenía un tamaño similar al que en febrero de 2013 impactó en Cheliábinsk (Rusia), hiriendo a 1.500 personas. El 7 de enero de este año, el Lunar and Planetary Laboratory de la Universidad de Arizona detectó un asteroide al que se conoce como 2017 AG13: apenas 40 horas después de su detección, el asteroide (de entre 13 y 32 metros de diámetro) pasaba a tan solo 200.000 kilómetros de nuestro planeta, algo más de la mitad de la distancia Tierra-Luna. El 25 enero, el asteroide codificado como 2017 BX pasó a 260.000 kilómetros de la Tierra —dos tercios de la distancia a la que se encuentra la Luna— a 26.000 kilómetros por hora, 10 veces la velocidad de una bala disparada con un AK-47: este cuerpo celeste, de entre cuatro y catorce metros de diámetro, fue detectado por primera vez el 20 de enero. Y el pasado 2 de marzo, otro asteroide, denominado 2017 EA, pasó a tan solo 14.500 kilómetros, veinte veces más de cerca de la Tierra que la Luna, cruzando el anillo de nuestros satélites geoestacionarios; medía unos tres metros. 

La Luna está ahí, siempre, hermosa y enigmática. El Calígula de Albert Camus la quiso para sí, porque era una de las cosas que no tenía. Está ahí, sí, pero no tan sola, quizá.


Fotos: JFH

miércoles, 24 de septiembre de 2014

Aquella verdad incómoda y no escuchada

La película El día de mañana (The Day After Tomorrow, 2004) hizo que la atención del común de los mortales se dirigiera hacia a los científicos que llevaban años alertando sobre el cambio climático sin que a nadie le hubiese importado hasta entonces, y los científicos pudieron, al fin, explicarse: puesto que la película del habitualmente absurdo Roland Emmerich planteaba un nuevo tipo de catástrofe (la mitad de la Tierra se sume en una repentina glaciación a causa del debilitamiento de las corrientes del Oceáno Atlántico), la gente quería saber si eso que allí se contaba podía realmente pasar o era todo pura ciencia ficción. La respuesta –por ejemplo de Miguel Delibes de Castro, entre otros- fue que la superproducción hollywoodiense carecía de aspiraciones científicas, pero reproducía una situación real: los científicos advertían del peligro del calentamiento global y los responsables políticos hacían oídos sordos; los desastrosos efectos de una gran alteración climática que la película comprimía en unas pocas semanas podrían llegar a ocurrir, dijeron, en un periodo de tiempo mucho más largo pero asombrosamente corto en términos geológicos.

Cuando vi Una verdad incómoda (An Inconvenient Truth, 2006), la película documental de Al Gore, yo ya tenía una nutrida carpeta de recortes de prensa con noticias sobre calamidades  naturales ocurridas por todo el planeta -huracanes, inundaciones, sequías dantescas, tornados-, y su relación con los informes periódicos del Panel Intergubernamental sobre el Cabio Climático-IPCC; había leído, además, el hermoso libro de los Delibes, padre e hijo, La tierra herida (2005), y el de Tim Flannery, La amenaza del cambio climático (2006), en el que estaban explicadas muchas de las cosas que luego puede ver en la película de Gore. Sabía, pues, que todo aquello que nos mostraba quien pudo ser presidente de los Estados Unidos tenía, en efecto, una incontrovertible base científica. Recuerdo bien aquel primer impacto que me produjo tan inconveniente verdad, la que los políticos se negaban a aceptar porque de admitirla “no podrían evitar la obligación moral de realizar cambios importantes”. Recuerdo la duración del estremecimiento, del miedo. A Al Gore, un hombre honesto, realmente comprometido con el medio ambiente, le ganó la presidencia un ex alcohólico vinculado con la industria petrolífera, no en las urnas, sino en el Tribunal Supremo y después de unas elecciones con olor a golpe de estado, y un año después el nuevo presidente urdió una mentira alrededor de una escusa para atacar e invadir un país productor de petróleo: la historia de la humanidad está tejida con conjuras y tragedias así. Pues bien, aquella primera vez que vi Una verdad incómoda me dije que era la película más importante que se había hecho nunca, y aún lo pienso. Sigo viéndola una vez al año.

Sólo en una cosa no estaba de acuerdo con Gore: tal y como explicaba la situación, pensar que todavía era posible frenar el cambio climático parecía una quimera. Poco después, James Lovelock dijo lo mismo en La venganza de Gaia (2007). Lovelock formuló en los años sesenta la llamada hipótesis Gaia: que la Tierra es un sistema vivo autorregulado, en cierta forma un solo gran organismo formado por todos los seres vivos que lo habitan, teoría que se recibió con escándalo y hoy está ampliamente reconocida: la biosfera, en efecto, tiene un efecto regulador sobre el medio ambiente de la Tierra, que interviene para conservar la vida. Ahora, con 87 años, Lovelock afirmaba que ya era tarde para corregir los efectos del cambio climático, que el tiempo del “desarrollo sostenible” había pasado y estábamos ya en el de “la retirada sostenible”, que no se acercaba el fin del mundo ni de la humanidad, sino el de la civilización humana, que aun tomando medidas inmediatas la población se reducirá a un 10% o un 20% antes de que acabe este siglo, y proponía la necesidad de crear un gran manual de filosofía y ciencia para los supervivientes, editado no en soporte digital, obviamente, sino “en papel duradero, con una buena impresión y encuadernación”. Para cualquier otra cosa, ya es demasiado tarde. En relación con los combustibles fósiles somos, escribe Lovelock, “como el fumador que disfruta de su cigarrillo e imagina que ya dejará de fumar cuando los daños sean tangibles”.

Los mandatarios reunidos en Nueva York para una nueva cumbre sobre el clima –que ha pasado casi desapercibida- siguen creyendo que hay tiempo, y los mensajes son más o menos los mismos que hace diez años, cuando se decía que de no tomarse medidas inmediatas se llegaría a un punto de no retorno. Y dos imágenes me vienen a la cabeza: la de esas pantallas ubicadas en las plazas de Pekín para retransmitir en directo el amanecer, pues la densa contaminación que cubre la ciudad impide verlo, y la de ese séptimo continente hecho de basura que se desplaza por el océano Pacífico. Más allá de los gestos ampulosos en las grandes tribunas internacionales, la realidad es que somos demasiados dañinos y que el huésped probablemente se vaya a sacudir las pulgas.

Al Gore. Una verdad incómoda

martes, 1 de abril de 2014

Todos los diluvios el Diluvio


El estreno del agitadísimo y oscuro Noé de Rusell Crowe, que confieso esperar desde hace meses más por razones de puro entretenimiento que de cinefilia o religiosidad, coincide en el tiempo con la publicación del último informe del Panel Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC), que naturalmente establece unas previsiones para el futuro inmediato de nuestro planeta más pavorosas de las que ya reflejaba el anterior. La relación entre una y otra cosa no está tan cogida por los pelos como podría parecer a simple vista, pues todo aquel que decida empezar a estudiar a fondo el fenómeno del cambio climático –yo lo hice hace unos años- antes o después tendrá que pasar por la geología, obviamente, es decir, por la historia de la Tierra, por la escala geológica, las eras, los períodos, las épocas, miles de años, millones de años, miles de millones de años, pero también, antes o después, acabará tropezando con el Diluvio Universal, no con un diluvio propiamente dicho, claro está, no con una lluvia de cuarenta días y cuarenta noches, pero sí con una hecatombe climática provocada, tal vez, por el deshielo de Norteamérica.

Es una de las teorías: un gigantesco lago, originado por ese monumental deshielo posterior a la última glaciación, pudo verterse repentinamente al Atlántico, los océanos crecieron, el agua salada del mar Egeo invadió el mar Negro a través del estrecho del Bósforo, inundando casi repentinamente más de ciento cincuenta mil kilómetros cuadrados de costa. Allí se produjo en el año 2000 uno de esos hallazgos que dejan sin respiración a sus descubridores y que devuelven la Historia al punto en que se encontraba antes de ser reescrita, pero que pasan desapercibidos para la gente: una expedición patrocinada por National Geographic y dirigida por el científico Robert Ballard encontró, cerca de la costa turca y a una profundidad de unos noventa y cinco metros, los restos de una antiquísima ciudad tragada por las aguas. Una ciudad, dicen, de hace siete mil años, hundida en un lugar no demasiado alejado del monte Ararat. Siete mil años. Al menos siete mil años, a decir verdad. Gentes que fueron tragadas por las aguas como mínimo mil quinientos años antes de la invención de la rueda, dos mil antes de que se inventara la escritura cuneiforme. Una civilización más antigua que la sumeria, que la babilónica, que la asiria. Los investigadores afirmaron que esa ciudad sumergida le proporciona base científica a la historia de Noé.

Y es una historia, ésta del viejo Noé, que pertenece a nuestra cultura, a nuestra tradición, que se fueron contando unas o otras, sucesivamente, generaciones y generaciones de antepasados antes de que se convirtiera en uno de los primeros relatos de la Biblia, pero una historia que está también en el núcleo primigenio de otras culturas, desde luego en todas las civilizaciones de la creciente fértil, con nombres diferentes, diferentes dioses iracundos, diferentes héroes supervivientes: está en la mitología griega, en la escandinava, en África, en la Patagonia, como mito ancestral de los navajos, en América del Norte, y también en Irlanda, en China, en Siberia, en Japón: Zeus, Ymir, Olokum, Viracocha, dioses que castigaron con diluvios o con maremotos a los hombres, pero que avisaron antes a una pareja o a una sola tribu, según. Si los relatos pudieran tener consistencia física más allá de su representación escrita, éste sería el fósil más antiguo de un mito, y se hubiera encontrado repartido por todo el mundo, enterrado en lo más profundo de la memoria prehistórica de los hombres. No es un relato adaptado por cada uno de esos pueblos, pues cada uno de ellos era en sí mismo el único mundo que entonces existía; en realidad, son muchas leyendas nacidas en civilizaciones que no tuvieron contacto alguno entre sí y que sin embargo conocían una misma historia. Y no es una historia sobre cómo empezó todo para el hombre, sino sobre cómo volvió a empezar todo. Hasta ese momento hubo una Historia, con mayúscula, de la que conocemos, en su forma mítica, digamos bíblica, muy poco, apenas nada, apenas una creación, una primera pareja humana, un primer castigo divino, una primera prole, la enumeración de unos descendientes, la existencia de gigantes. Nada más. Y entonces se produjo la destrucción de todo. Y vuelta empezar.

 Miquel Barceló. El diluvio (Le Déluge), 1990. Mueso Guggenheim de Bilbao

miércoles, 16 de octubre de 2013

Gravity

 

La oscuridad y amplitud de una sala de cine adquieren un nuevo significado cuando se desvanece la certeza de que frente a nosotros hay una pantalla en la que se proyecta la película, cuando el espacio que nos contiene como espectadores y el espacio en el que se desarrolla la ficción cinematográfica se funden en uno solo y ahí mismo aparece la Tierra en toda su sobrecogedora belleza. Un grueso tornillo puede flotar hacia mí y ser capturado justo a tiempo por la mano enguantada del astronauta que trabaja a mi lado, en el exterior del transbordador. El amanecer es una luz que asoma en la curvatura del mundo, un reflejo en la trasparencia de las escafandras, un destello de círculos violetas que nos alcanza aquí mismo, donde quiera que estemos ahora, un lugar que desde luego ya no es tan solo un patio de butacas. La noche y el día se suceden ante nuestros ojos en apenas unos minutos, orbitamos también alrededor del tiempo y todo es lento y está envuelto en el silencio. La vida es esa brillante esfera azul que está ahí, no debajo, ni encima, ni cerca, ni lejos, sino ahí, suspendida en un vacio sin límites, indescriptiblemente azul y veteada de nubes blancas, con a veces el contorno reconocible de un continente o de una isla. No hay vértigo, ni altura, ni una distancia propiamente dicha; hay un quedarse sin aliento, y un puro asombro, y una dificultad de creer que es cierto que estás aquí. Y no puedes dejar de sonreír embriagado de una felicidad nueva, absoluta, estás aquí, sí, y te mueves sin peso, giras en la nada. Y entonces, de pronto, ese instante de suprema serenidad se quiebra en pedazos, barrido por un enjambre de fragmentos de chatarra que te involucra aún más en esta experiencia abrumadora: ahora somos también el miedo, la soledad, la respiración entrecortada, el aliento que empaña la escafandra, esta tensa angustia, este vaciarse de adrenalina, esta ciega voluntad de sobrevivir.

A Alfonso Cuarón le deberé ya para siempre el haber podido cumplir ese sueño inalcanzable de viajar al espacio. Porque Gravity, su película, no se ve: se experimenta, en toda la extensión de la palabra. Al menos en tres dimensiones, que es como yo he experimentado en ella y ella ha experimentado en mí.  Nunca las tres dimensiones alcanzaron tanta perfección ni estuvieron tan cargadas de sentido, y dudo que pueda repetirse algo parecido en el futuro. Mucho me temo que el fascinante territorio de emociones que ha fundado esta película empiece y termine en sí misma.

Gravity supone un verdadero hito en la historia del cine, y si esta afirmación se antoja exagerada en términos generales, limitémosla  entonces al género al que pertenece. Pero, ¿a qué género pertenece? Hechizados por su prodigioso planteamiento visual y por la peripecia humana de la que nos hace partícipes, llegamos a olvidarnos de que Gravity es un logro de la tecnología, como lo es también el propio transbordador, el telescopio Hubble, las estaciones espaciales, los satélites. Por eso no se trata de ciencia ficción: si existe como película, éste ya es, pues, el futuro. Y es algo más que acción trepidante, desde luego, y algo más que suspense, y algo más que tragedia y que metafísica antropológica: es la suma de todo eso, es esa especie de preexistencia en el útero del cosmos, ese gran vacío amniótico en el que todo lo que ya es está a punto de empezar a ser, otra vez. 


Music by Steven Price                             

lunes, 1 de julio de 2013

El Loser, sus habituales (7): la aceleración de la Historia



El cliente es un hombre mayor, con el pelo blanco, abundante y revuelto, lo que le confiere cierto aire de científico que hubiera pasado cuarenta y ocho horas seguidas en un laboratorio. Como sucede con tantos otros habituales, si no hay mucho jaleo en el Loser y desde su rincón en el barra le hace una señal al barman, éste ya sabe que no es sólo para que le ponga otra cerveza (no toma nada más fuerte, ésa es la verdad).

-El tiempo vuela, ¿no es cierto? -le dice al barman cuando le tiene justo a otro lado-. Cada vez va todo más deprisa, y no es sólo una sensación, muchacho. Es lo que es. Sí señor. Piénsalo bien: hace cuatro millones de años un primate se pone en pie por primera vez, se endereza, otea los pastos que se extienden más allá, se da cuenta de que puede utilizar libremente sus extremidades superiores, y entre dos y tres millones de años más tarde crea herramientas de piedra, una punta de flecha, un hacha de silex, y un millón de años después enciende y apaga el fuego a su voluntad, es señor del fuego, lo domina, y medio millón de años más tarde, el homo sapiens, nosotros, que habíamos estado a punto de seguir el camino de la extinción, como el Neanthertal, el homo sapiens, digo, aprovecha unas condiciones climáticas insólitamente benéficas para establecerse y originar nada menos que la agricultura, surgen las canalizaciones de agua y una forma racional de sedentarismo, surgen civilizaciones sólidas, complejas, y un nuevo orden social, el comercio, la moneda, la escritura alfabética, surgen imperios, se sofistican las guerras, se amplían y ordenan y conceptúan las creencias, los mitos; se van sucediendo las épocas históricas a través de grandes transformaciones sociales, los períodos artísticos y literarios van superponiéndose, de lo rupestre a lo jeroglífico, a lo monumental, a lo astronómico; de lo robusto a lo suntuoso, a lo delicado, a lo espiritual, a lo épico, a lo picaresco, a lo barroco, a lo filosófico, a lo arrebatado, y 9.700 años después de que surja la agricultura estalla la revolución industrial y todo se acelera aún más, mucho más. Ahora sí que la historia aumenta su velocidad, cada vez es menor el tiempo que transcurre entre un descubrimiento tecnológico y su aplicación práctica. Se tardaron casi tres millones de años en utilizar la primera herramienta, ya ves, pero se tardó tan solo ciento doce años en aplicar los principios fundamentales de la fotografía, ochenta y cinco los de la máquina de vapor, cincuenta y seis los del teléfono, quince los del radar, cinco los del transistor, y los plazos que se refieren a las llamadas tecnologías de la información y la comunicación ni te cuento, amigo. Ya lo creo que va todo más rápido. Y más que va ir, muchacho. Acuérdate de lo que te digo. Porque, ¿sabes?, dicen que hacia 2050 o 2060 tendrá lugar un, en fin, un super-evento tecnológico: el invento y su aplicación serán simultáneos, y un instante después la aplicación empezará ya a anteceder al invento, o dicho de otro modo: el proceso se invertirá y el ser humano empezará a jugar un papel secundario en él. Es a eso a lo que han llamado la revolución de las máquinas. Sí señor.

Bebe un sorbo de cerveza y se limpia gustosamente la espuma de los labios con el dorso de la mano, como si el gesto formara parte inseparable del placer de beber.


Imagen: McSorley's with Kate & BartenderHarry McCormick.

martes, 10 de abril de 2012

El terrario prodigioso


 
Blue Marble 2012, NASA/NOAA/GSFC/Suomi NPP/VIIRS/Norman Kuring

«Porque lo cierto es que, hasta donde se sabe, en todo el Universo no hay más vida que la que nace, se desarrolla y se extingue en este planeta (y no digamos ya eso que pomposamente hemos venido llamando “vida inteligente”). Lo demás es pura conjetura, suposiciones racionales o fantásticas, deseos o temores o mera curiosidad. Sólo en esta esfera azul que gira en la inmensidad del Cosmos, tan sobrecogedoramente hermosa y vulnerable vista en la distancia, se da ese prodigio exquisito: la vida. Hasta donde se sabe, repito. Y no únicamente la vida, así, sin más, sino una variedad casi ilimitada de formas de vida. Qué maravilloso juguete para un dios, qué entretenimiento el de asistir durante miles de millones de años a los cambios que ha experimentado la Tierra, qué terrario para albergar infinidad de especies, que invernáculo floral, si se quiere, y qué cosa tan verdaderamente extraordinaria el hecho de que la existencia de todo cuanto aquí vive esté relacionada, sutil o explícitamente, entre sí. Todo está dispuesto para que así se sea.

»Tenemos un habitáculo de más de quinientos millones de kilómetros cuadrados de superficie esférica (valga la paradoja), que dispone de su propio sistema de calefacción, y su funcionamiento, su digamos mecanismo, casi puede verse: Tenemos los famosos gases invernadero de la atmósfera: ni más ni menos que como las paredes y el techo acristalados de un invernadero. Si hay un exceso, como ocurre en la actualidad, el calor del Sol que la Tierra refleja queda retenido, aumenta la temperatura, se funde el hielo de los Polos, la Corriente del Golfo puede detenerse y cambiar bruscamente el clima. Frío de nuevo, el hielo se apodera de una parte considerable del mundo y esto hace que cada vez se escape más calor porque cada vez es mayor la superficie helada y blanca que la refleja: los gases de efecto invernadero se han reducido, no están allí para retener parte del calor que irradia la tierra, no están allí en la cantidad adecuada, no están allí para cobijar el planeta.

»Ocurre que en el hielo no crece vegetación, no hay plantas que puedan absorber CO2, de manera que éste aumenta de nuevo; y como el calor no ha desaparecido del todo, sino que se conserva en el hemisferio sur, esa especie de gran correa de distribución que mantiene el clima del hemisferio norte en un estado óptimo, llamada Corriente del Golfo, se vuelve a poner en funcionamiento: la superficie del Atlántico transporta calor hacia arriba, el calor del ecuador, y sus profundidades arrastran frío hacia abajo, porque las aguas frías son más pesadas y los hielos del ártico han enfriado la que asciende, y en algún punto del gélido Atlántico Norte enormes cantidades de agua se hunden generando una increíble fuerza motriz que mantiene todo el circuito en movimiento: una verdadera cinta transportadora. La calefacción vuelve a funcionar. ¡Qué extraordinario ingenio! Y no es más una pequeña parte del invento. Están los tres ciclos de las variaciones orbitales; están los mínimos y máximos solares, que tienen también su ciclo fijo, perfectamente medido; están las derivas continentales. En ese terrario extraordinario, las condiciones físicas y químicas se transforman por sí solas. Está vivo. Apenas hay que hacer otra cosa que sentarse y observar, durante miles de millones de años.

»Y la existencia del hombre es un parpadeo. Alguien se entretuvo en comprimir la historia del universo en un año. Si el 1 de enero ocurrió el Big-bang, la Tierra no se formó hasta mediados de septiembre. Ahí empiezan las eras y los períodos geológicos, miles de millones de años para que el 28 de diciembre, Día de los Inocentes, se extingan los dinosaurios; a las diez y media de la noche del 31 de diciembre un homínido se pone en pie, y cuando faltan ocho segundos para el año nuevo, los egipcios levantan las pirámides, y en el último segundo caben el Renacimiento, el descubrimiento europeo de América o la revolución industrial. Si divides los 4.500 millones de años que tiene la Tierra entre los 150.000 años que ha vivido el homo sapiens tendrás 30.000 segmentos de los cuales sólo uno nos pertenece. Uno entre treinta mil: ésa es la fracción de existencia que nos corresponde como especie.

»El hombre, capaz de lo más sublime y de lo más monstruoso. También el desarrollo de las artes, de la poesía, de la filosofía es fruto de la propia evolución de la vida en ese terrario, en ese juguete de un dios cuya atención sin duda se habrá quedado cientos de veces suspendida en el aire prodigioso de Las Meninas o se habrá estremecido con la voz de Montserrat Caballé cantando un aria de El Corsario, de Verdi, esa voz increíble extendiéndose sobre valles y ríos y bosques, aleteando delicadísima entre las nubes, navegando en las cuerdas de un arpa que es como lluvia en el cristal del invernadero, elevándose en las cordilleras, herida en los desiertos, abierta a la extensión de los mares, como un eco de lo que ese dios hubiera deseado que fuera la vida...»

Y el tipo emite un suspiro, guarda un breve silencio, apura la copa y paga.