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lunes, 29 de mayo de 2017

Carpentier a tiempo

El último libro que me recomendó un gran amigo me ha devuelto al territorio de la literatura latinoamericana, en el que casi tuve fijada mi residencia entre los veinte y los treinta años. “Acabo de releer Guerra del tiempo, de Carpentier. Qué relatos!!!”, me escribió este amigo, y añadió: “Juan, hubo un día en que se escribía”. “Hubo un día en que se escribía, se pintaba, se componía, se hacía cine…”, le contesté yo. “Oui. Incluso se pensaba”, respondió.

En su momento, como digo, devoré las obras de muchos de aquellos irrepetibles escritores  argentinos, peruanos, cubanos, colombianos, uruguayos, mejicanos, todos reunidos bajo una misma identidad latinoamericana y en el marco de un boom literario donde tenían cabida los recién llegados en los sesenta y los que venían escribiendo desde décadas atrás. Yo vivía a caballo entre sus novelas y cuentos y las obras de los autores norteamericanos de la primera mitad del XX, de los que me iba nutriendo igualmente, todo ello sin dejar de atender también lo que hacían los nuevos narradores españoles. ¡Años fecundos en lecturas, sin duda!

Leí infatigablemente, pues, a Cortázar, claro, Julio tan querido; a García Márquez, que con sus Cien años de soledad me abrió el camino a todos los demás; a Onetti, de lenta y exacta palabra, a Rulfo, lacónico genial, a Sabato, a Borges, a Vargas Llosa, a Fuentes, a Benedetti, y más tarde a Daniel Moyano, el de menos fortuna y más sensibilidad, pues no en vano su formación era musical, a Bryce Echenique, de exagerada vida y excelente prosa (solo he conocido personalmente a Moyano, ya fallecido, y a Bryce), algo de Bolaño, cuando lo leyeron todos, con una breve pero fructífera visita a Bioy Casares hace tres años apenas. Me faltaron algunos autores, y entre ellos nada menos que Alejo Carpentier.

La vida –sobre todo si es exagerada - te reserva encuentros tardíos que llegan cargados de nostalgias de lo que no fue entonces pero puede ser ahora. Me hice con Guerra del tiempo cuando ya no había posibilidad de decirle a mi amigo cuánto logró impresionarme el primero de los relatos: Viaje a la semilla. Y aún así se lo dije, de alguna manera –esto mismo que escribo es otra forma de volver a decírselo-, y naturalmente mi valoración se quedó corta y a la vez pareció, también, exagerada: como la vida misma.

¿Puede haber en literatura algo más atrevido que hacer avanzar una historia… hacia atrás? Carpentier logra una obra maestra que crece a cada párrafo en exitoso atrevimiento, y el lector se pregunta, asombrado, hasta dónde podrá llevar su propósito: Un viejo caserón que está siendo demolido empieza a reconstruirse por sí solo, las tejas que habían ya caído ahora se ven “levantadas por el esfuerzo de las flores”, los cirios colocados alrededor de un cadáver velado en su lecho “crecieron lentamente, perdiendo sudores”, la casa se vacía de visitantes, el muerto no se siente bien, transcurren meses de luto por su esposa, quien, al final de la página siguiente, muestra un creciente rubor de recién casada, “cada noche se abrían un poco más las hojas de los biombos”, y después ambos acuden a la iglesia a recobrar su libertad, y los anillos son llevados al “orfebre para ser desgrabados”, y más adelante –más atrás- se celebra un “sarao” para celebrar una minoría de edad, y hay exámenes, y Reyes Magos, y los muebles se hacen cada vez más grandes, y se vuelve a los soldados de plomo… ¿Hasta dónde puede llevar su juego genial Carpentier? ¿Hasta dónde puede burlar el tiempo?

De esto último el escritor cubano da buena muestra en los otros dos relatos, Semejante a la noche y El Camino de Santiago, y, más allá de este libro, en el que he leído después, Concierto barroco, donde es perfectamente posible –real maravilloso, lo llamó el propio Alejo Carpentier- que después de una enloquecida fiesta de carnaval veneciano en la que participan Antonio Vivaldi, Doménico Scarlatti y Jorge Federico Haendel, el sirviente de un indiano que ha participado con ellos de la farra y de la música se quede en Europa y asista a un concierto de Louis Armstrong: antes, despide a su amo en los andenes de la estación, mientras el tren se desliza ya: «-“¡Adiós!” – “¿Hasta cuándo?” – “¿Hasta mañana?” –“O hasta ayer…” –dijo el negro…».

Abierto a cualquier nueva recomendación, avanzo ya, devoto de este autor, por las páginas de La consagración de la primavera. Qué pequeño, que desmañado, qué fácil parece cualquier otro libro de ficción que uno se eche a los ojos al lado de las obras de estos titanes de la palabra, de la imaginación, de la arquitectura narrativa. Qué apuro el dar a estas alturas unos cuentos a la imprenta…

viernes, 10 de febrero de 2017

Un par de segundos antes, un par de segundos después: la vida en el aleteo de una mariposa

Ocho de enero, poco después de las ocho de la mañana. Un tipo conduce un coche que no es suyo a toda velocidad por una de las principales avenidas de la ciudad en que vivo. A cien kilómetros por hora, según los indicios, y saltándose los semáforos en rojo. Es domingo, y a esa hora casi no hay tráfico. Al llegar a un cruce, embiste lateramente un vehículo en el que viaja una familia: un padre y una madre en la treintena y un bebé de apenas un año, su hijo. El choque es brutal, los vecinos se asoman a las ventanas asustados, muchos estaban aún en la cama. La mujer ha salido despedida del coche y está tendida en la calzada, sin vida. Su marido habrá de ser ingresado gravemente herido en el hospital. No he vuelto a saber de su estado. El conductor que ha provocado el accidente huye a pie, y solo por la tarde será localizado y detenido. Ya no se le puede hacer la prueba de alcoholemia.

No puedo quitarme de la cabeza este suceso, en parte porque paso cada día por ese cruce, andando, camino del colegio de mi hija y luego de vuelta del trabajo; en parte, también, porque siempre me ha perturbado esa inesperada irrupción de la catástrofe que puede arrasar unas vidas y depende tanto de pequeños intervalos de tiempo. Un par de segundos antes o un par de segundos después y la existencia de esa familia no se habría visto alterada: haber salido antes o después de casa, haber tardado un poco más o un poco menos en ajustar los cinturones de la sillita del bebé, o en colocar el equipaje en el maletero (creo que regresaban a su ciudad después de las vacaciones de Navidad). La vida es así de frágil: puede depender de un par de segundos nada más (y del hecho, claro, de que mezclados con nosotros viven también seres humanos malvados o cruelmente temerarios).

Una novela de Stephen King, 22/11/63, planeta la siguiente situación: un rincón de la despensa de un diner ubicado en una localidad de Maine actúa como una especie de «madriguera de conejo», conduciendo a quien se aventura a palpar con los pies unos invisibles escalones a un día concreto de 1958, siempre el 9 de septiembre, siempre las doce menos dos minutos de la mañana, y siempre, naturalmente, el mismo lugar en el que está emplazado el diner, aunque cincuenta y tres años atrás. El crononauta puede permanecer en el pasado tanto tiempo como quiera, unos minutos o unos años, pero al regresar por la misma «madriguera» siempre habrán transcurrido tan solo dos minutos. Al tratarse del mismo instante de 1958, todo sucede igual cuando se llega al otro lado (al otro tiempo), al menos al principio, pues basta con hacer algo distinto en cada ocasión para que todo cuanto va desarrollándose después sea diferente con respecto a los «viajes» anteriores, tal vez solo un poco diferente, pero lo bastante para que el protagonista tome conciencia de lo fácil que resultaría cambiar el futuro de ese pasado, el pasado de su propio presente, la historia entera. Teoría del caos, efecto mariposa. Intervenir en una escena del pasado durante un par de segundos equivaldría tal vez a conservar una vida, por ejemplo: podría significar que un niño o una niña de apenas un año no perdiera a su madre y creciera amparada por su cariño.

En ningún sitio he visto esto tan bien explicado como en esta secuencia de la película El curioso caso de Benjamin Button, secuencia que por cierto, no se debe a la pluma del autor del relato en que se basa, Francis Scott Fitzgerald.

domingo, 20 de abril de 2014

Centenario Cortázar II: París por el lado de arriba

Foto: Antonio Gálvez

En una entrevista en francés, incluida años más tarde en un documental biográfico dirigido por Tristan Bauer, Julio Cortázar aseguraba que “caminar por París significa avanzar hacia mí”, de ahí que calificara la ciudad como “mítica”. No era algo que pudiera explicar con palabras: avanzaba como perdido, decía, distraído con los afiches, los letreros de los bares, la gente que pasaba, lo que acababa derivando en un estado que le permitía establecer permanentemente relaciones entre todo eso, descubrir un sistema de constelaciones mentales y sentimentales que determinaban un lenguaje más allá de las palabras. Esto no le impidió, sin embargo, darnos a conocer a través de sus libros un París íntimamente ligado a su figura alta y callejeante, el París que comparte con sus personajes, donde experiencia vital y ficción literaria están tan entretejidas.

Hace cinco años estuvimos muy cerca de viajar a la ciudad del Sena. La idea era llevar a nuestra hija al megaparquetemático que allí se ubica entre montañas de algodón de azúcar y polvo de hadas y divididadividu. A la diversión de la niña, siempre merecida, le añadiríamos otros tres días conociendo las calles París, y a tal efecto confeccioné un posible itinerario cortazariano. Al final decidimos que ella era demasiado pequeña aún, y que no iba a disfrutar plenamente ni de una cosa ni de la otra y a saber cuándo volveríamos a París. De modo que aplazamos el viaje, y aplazado sigue. Hace unos días supe que el Instituto Cervantes de París ha diseñado dos rutas por la ciudad vinculadas a Cortázar, la ruta temática Rayuela, desde 2013, un recorrido por los principales lugares que se citan en la novela, y la ruta Julio Cortázar, ésta desde el pasado mes de marzo. Lo confieso: sentí esa decepción que acompaña siempre al descubrimiento en uno mismo de toda falta de originalidad. No obstante, y siendo digna de todo elogio la iniciativa del Cervantes, yo nunca renunciaré a seguir mi propio itinerario desordenado y un poco a ciegas, porque, en fin, uno podría pensar que la gente que acepta las rutas programadas por otros es la misma que se da citas precisas, que necesita papel rayado para escribirse o que aprieta desde abajo el tubo de dentífrico.  

"Sea realista, pida lo imposible". Huellas del Mayo del 68.


Me basta levantar ahora los ojos del teclado para ver ahí, en el panel de corcho, mi plano de París erizado de alfileres de cabeza gorda y azul. De más está decir que mis puntos de referencia son más o menos los mismos que ha establecido el Cervantes: todo lector de Cortázar sabe lo que ha de buscar, calle arriba calle abajo. Por ejemplo los lugares señalados en Rayuela, libro que a su modo es también un callejero sentimental de París (y una guía de arte, y un tratado de jazz, sobre todo, pero también de música clásica, y un manual de filosofías, así, en plural,  barnizadas todas de humor y amor, esa palabra): bajar por la rue de Seine hasta la curva que nos arroja de pronto a la orilla del río, al Quai de Conti y casi ya mismo al Pont des Arts, el puente de la Maga, tal y como le dijo a Oliveira madame Léonie leyéndole la mano que había dormido con sus senos, un puente peatonal desde el que se divisa el más imponente Pont Neuf, con sus arcos trazados en piedra cruzando de una orilla a otra por encima de la proa de esa isla que es el verdadero corazón de París, la Isla de la Cité, en cuya popa se alza la catedral de Notre-Dame. En el Neuf está la estatua de Enrique IV, y cerca de ella hay un farol, allá al fondo, explicó en francés monsiur Cortazár, justo donde se baja para tomar el Bateau Mouche, los barcos descubiertos que recorren el Sena para solaz de enamorados y turistas: a media noche, ese rincón desierto era para Julio un lugar privilegiado, definitivamente un cuadro de Paul Delvaux que le hacía sentir “esa inminencia de una cosa que puede aparecer, manifestarse, y que a uno lo coloca en una sensación que no tiene que ver con las categorías lógicas y los acontecimientos ordinarios”. 

Henri Cartier-Bresson, Ile de la Cité, 1952


Habrá que buscar la rue de Cherche-Midi, donde la Maga y Horacio Oliveira se conocen, la rue Tombe Issoire, donde vive él, la rue de Vallette, donde estuvo el hotel en el que hicieron el amor por primera vez (el mismo mohoso hotel al que más tarde él llevó también a Pola, cuya hermosura verificaba la Maga en los ojos con que Horacio la miraba después de estar con ella); habrá que jugar a buscar esos emplazamientos sabiendo que los personajes andaban por un París fabuloso dejándose llevar por los signos de la noche y desafiando el peligro de no encontrarse; buscar los peces del Quai de la Mégisserie y cierto barranco en el Parc Montsouris, cerca de la Ciudad Universitaria, donde ambos arrojaron un paraguas viejo encontrado en una plaza; habrá que buscar esos lugares no por ser mencionados en la novela, sino por lo que pudiera haber de verdad en las circunstancias que motivaron el que se les mencione: el sacrificio del paraguas ocurrió un frío atardecer de marzo de comienzos de los años cincuenta, y ellos eran Cortázar y Edith Aron, la mujer real que hay detrás de la Maga. Juntos descubrieron los axolotl en el acuario del Jardin des Plantes (y nació el cuento) y asistieron al concierto de Louis Armstrong en el teatro de Champs Elysées que dio lugar a aquel magnífico texto titulado “Louis, enormísimo cronopio”, donde acaso usaba por primera vez un término que se le había manifestado en ese mismo teatro durante un concierto de homenaje a Igor Stravinski: en el entreacto, a solas en las localidades más baratas, tuvo la sensación de que en el aire había unos personajes indefinibles, unos globos verdes, y con ellos venía un nombre que los designaba: cronopios. 

Foto: Pierre Boulet


Son alfileres sobre este plano de París que algún día espero llevar en las manos mientras camino por sus calles, pero son también indicaciones precisas en el plano -map- que aparece en el monitor de mi ordenador, un París que es posible aproximar más y más hasta rozar los tejados, aceras en las que uno aparece de pronto después de haber arrastrado hasta allí un muñequito amarillo prendido de la flecha del cursor, y entonces ahí enfrente el restaurante Polidor, en el 41 de la rue Monsiur-le-Prince, donde Juan pide una botella de Sylvaner al comienzo de la novela 62. Modelo para armar; llego ahora a la Isla Saint-Louis, más pequeña que la de la Cité y como a remolque de ella, me desplazo por el Quai de Bourbon hasta una íntima placita que hay en la punta, donde el fotógrafo de ficción Roberto Michel capturó con su Cóntax una escena equívoca que solamente al revelar la película manifestó su terrible verdad (hablamos de “Las babas del diablo”); busco en la rue de Cambronne ese bistró, si es que existe, en el que el narrador de “Una flor amarilla” supo que todos somos inmortales menos el tipo borracho que le contó la historia. Pero sobre todo busco los lugares en los que vivió Cortázar, el 10 de la rue Gentilly (en 1953), una meublé cerca de la Place d’Italie donde tradujo a Poe; el 54 de la rue Mazarine (en 1954, más Edgar Allan); el número 91 de la rue Broca (en el año 55); el 24 de la rue Pierre Leroux (en el 56); el 9 de la place du General Beuret, donde Aurora Bernárdez y él vivieron entre 1960 y 1970 –y donde aún vive Aurora-; el 9 de la rue de l’Eperon y el 4 de la rue Martel, su última residencia en París: ICI VÉCUT JULIO CORTÁZAR 1914-1984 ÉCRIVAIN ARGENTIN NATURALISÉ FRANÇAISE AUTOR DE «MARELLE», recuerda una placa municipal.

Y tal vez entonces me diga que es hora ya de bajar al metro, porque acaso en ningún otro lugar se pueda sentir tanto la presencia de Julio, allí donde hay la llamada más profunda, la invitación a quedarse, según escribió en “Bajo nivel” (Papeles inesperados), donde lo insólito se da como un reclamo que exige la renuncia a la superficie…
 

Rutas Instituto Cervantes París:

miércoles, 8 de enero de 2014

Un año que empieza

Juan Fernández Herrezuelo

El mismo cisne que este verano hacía temblar en su lento desplazamiento las pinceladas de un agua que era sobre todo cielo y árboles se desliza ahora entre la niebla, en medio de un silencio húmedo de ramas ateridas, se desliza como dejándose llevar a favor de corriente, como sin rumbo ni voluntad; y sin embargo es dueño de cada uno de sus movimientos, tan ra-len-ti-za-dos, de cada sutil cambio de dirección en el río, navegando blanco y elegante en compañía de otro. Claro que a saber si es en realidad el mismo cisne, si lo es cualquiera de ellos, él o el que le sigue o la imagen invertida de sí que curva el largo cuello ahí abajo, en proporciones exactas de identidad especular. Tal vez sea otro en cualquier caso, como otro es el mismo río, como yo que le observó soy otro distinto del que era hace unos meses, y es la nuestra, la de todos, una otredad que responde a razones digamos heráclitas. Escribió Borges que el tiempo se vuelve pasado enseguida porque el pasado es la sustancia de la que el tiempo está hecho. Así este nuevo año es una niebla que no nos deja ver otra cosa por ahora que el día que tenemos delante, y apenas lo alcanzamos -o él nos alcanza-, ese día se va convirtiendo en ayer. Así es enero, así es el invierno de nuestro descontento cuando no gozamos del imaginario sol de York ni hay en nosotros propósitos de enmienda ni conversión al coleccionismo de kiosco ni expectativas dignas de tal nombre: al llegar a una cierta edad, tiene uno la sensación de que se mueve por el río de su propia vida no como el cisne, con pleno dominio de su travesía, sino como una hoja de plátano. Basta recuperar, después de un par de semanas de retiro, el desganado hábito de escuchar o leer las noticias del día, para darse cuenta de que todo sigue desoladoramente igual. «¿Qué mayor prueba de que el futuro está ya escrito que la del periódico de cada día? (escribió Rafael Sánchez Ferlosio) ¿Cómo si no podrían pasar todos los días exactamente treinta y dos páginas de cosas?». Escrito o no lo que nos deparará el 2014, sean estas primeras palabras del año para transmitir mis mejores deseos. 

Foto: JFH

lunes, 1 de julio de 2013

El Loser, sus habituales (7): la aceleración de la Historia



El cliente es un hombre mayor, con el pelo blanco, abundante y revuelto, lo que le confiere cierto aire de científico que hubiera pasado cuarenta y ocho horas seguidas en un laboratorio. Como sucede con tantos otros habituales, si no hay mucho jaleo en el Loser y desde su rincón en el barra le hace una señal al barman, éste ya sabe que no es sólo para que le ponga otra cerveza (no toma nada más fuerte, ésa es la verdad).

-El tiempo vuela, ¿no es cierto? -le dice al barman cuando le tiene justo a otro lado-. Cada vez va todo más deprisa, y no es sólo una sensación, muchacho. Es lo que es. Sí señor. Piénsalo bien: hace cuatro millones de años un primate se pone en pie por primera vez, se endereza, otea los pastos que se extienden más allá, se da cuenta de que puede utilizar libremente sus extremidades superiores, y entre dos y tres millones de años más tarde crea herramientas de piedra, una punta de flecha, un hacha de silex, y un millón de años después enciende y apaga el fuego a su voluntad, es señor del fuego, lo domina, y medio millón de años más tarde, el homo sapiens, nosotros, que habíamos estado a punto de seguir el camino de la extinción, como el Neanthertal, el homo sapiens, digo, aprovecha unas condiciones climáticas insólitamente benéficas para establecerse y originar nada menos que la agricultura, surgen las canalizaciones de agua y una forma racional de sedentarismo, surgen civilizaciones sólidas, complejas, y un nuevo orden social, el comercio, la moneda, la escritura alfabética, surgen imperios, se sofistican las guerras, se amplían y ordenan y conceptúan las creencias, los mitos; se van sucediendo las épocas históricas a través de grandes transformaciones sociales, los períodos artísticos y literarios van superponiéndose, de lo rupestre a lo jeroglífico, a lo monumental, a lo astronómico; de lo robusto a lo suntuoso, a lo delicado, a lo espiritual, a lo épico, a lo picaresco, a lo barroco, a lo filosófico, a lo arrebatado, y 9.700 años después de que surja la agricultura estalla la revolución industrial y todo se acelera aún más, mucho más. Ahora sí que la historia aumenta su velocidad, cada vez es menor el tiempo que transcurre entre un descubrimiento tecnológico y su aplicación práctica. Se tardaron casi tres millones de años en utilizar la primera herramienta, ya ves, pero se tardó tan solo ciento doce años en aplicar los principios fundamentales de la fotografía, ochenta y cinco los de la máquina de vapor, cincuenta y seis los del teléfono, quince los del radar, cinco los del transistor, y los plazos que se refieren a las llamadas tecnologías de la información y la comunicación ni te cuento, amigo. Ya lo creo que va todo más rápido. Y más que va ir, muchacho. Acuérdate de lo que te digo. Porque, ¿sabes?, dicen que hacia 2050 o 2060 tendrá lugar un, en fin, un super-evento tecnológico: el invento y su aplicación serán simultáneos, y un instante después la aplicación empezará ya a anteceder al invento, o dicho de otro modo: el proceso se invertirá y el ser humano empezará a jugar un papel secundario en él. Es a eso a lo que han llamado la revolución de las máquinas. Sí señor.

Bebe un sorbo de cerveza y se limpia gustosamente la espuma de los labios con el dorso de la mano, como si el gesto formara parte inseparable del placer de beber.


Imagen: McSorley's with Kate & BartenderHarry McCormick.

miércoles, 20 de febrero de 2013

... en tierra, en humo, en polvo, en sombra, en nada


El tiempo... El futuro ocurre todos los días, y todos los días se convierten en pasado. Nada sucede como esperábamos: el futuro tiene vida propia, y todo eso que durante tantos años estuvimos imaginando que algún día sucedería forma parte de un lejano ayer. Un buen amigo mío me llamó una vez “guardián de la memoria”, y es cierto que siempre he sido de atesorar objetos: el pasado perdura en los objetos, y conservándolos estamos evitando que el tiempo huya completamente. Años guardé una llave rota porque, de niño, durante toda una tarde estuve mirando a través de su agujero el ir y venir de un familiar por el borde de una piscina; guardo la primera tarjeta que le escribí a mi padre apenas acababa de aprender a hacerlo, las entradas de los museos y los monumentos que visito, arena blanca de las Islas Cíes, los hilos con que le suturaron a mi hija una herida en la barbilla a sus seis años.... Cuando a este amigo le hice llegar unas fotos de nuestra juventud, fotos cuya existencia él ignoraba, se emocionó a causa de la “candidez” de nuestras miradas, y yo le hice notar que en esa candidez anidaba una inquebrantable fe en nuestro porvenir, pues todo estaba por cumplirse, hacíamos lo que nos gustaba y sabíamos que lo hacíamos bien, y aunque entonces pasábamos ya de los veinte años seguíamos teniendo una mirada limpia sobre las cosas. Éramos aún hierro en las brasas. Luego vino el yunque y el martillo.


El tiempo… Hace unos meses visité en mi ciudad los llamados Refugios de la Guerra Civil, que ahora son un reclamo turístico: cuatro kilómetros de galerías subterráneas que recorren el subsuelo y en cuyas angosturas, supongo que débilmente iluminadas entonces, se hacinaban decenas de miles de personas apenas las sirenas herían el aire de aquella Almería de los años treinta. Sentado en el largo banco de cemento me asaltó la misma sensación que ya tuviera en la Huerta de San Vicente, en Granada. Allí vi la cocina de los García Lorca, el salón donde Falla tocó el piano, la mecedora de la madre, la escalera que ascendía hasta los dormitorios, la cama de Federico, la mesa donde escribió alguno de sus dramas, la ventana desde la que él veía el huerto..., y cada vez más profundamente sentía una incomodidad de intruso. Mientras bajaba la escalera, deslicé la mano sobre la madera del pasamanos, y me imaginé a Federico dando las buenas noches y subiendo a dormir o a trabajar, y luego imaginé un sueño largo, muy largo, y al instante unos turistas visitando aquella casa, yo entre ellos al pie de la escalera a la mañana siguiente de un verano de 1934. En los Refugios de la Guerra me imaginé el miedo de aquellas gentes hace 75 años, me lo imaginé muy próximo, allí sentados mientras sobre sus cabezas la ciudad era minuciosamente demolida por un bombardeo, y otro, y otro. En uno de los contrafuertes de una galería aún se ve un tosco dibujo trazado por alguien con un objeto afilado: es un barco arrojando una lluvia de fuego sobre población civil, y también lo que parece un avión rasante… En el pasillo de espera del quirófano, diferenciado del resto de galerías por las baldosas del suelo (blancas y negras) presentí el dolor, la incertidumbre, la angustia, y a la mañana siguiente de un espantoso día de 1937 unos turistas estaban allí sentados, yo estaba allí sentado, escuchando al guía de la visita… 

El tiempo.



miércoles, 31 de agosto de 2011

El Loser: sus habituales (3)




Dos hombres acodados en la barra del Loser guardan silencio el uno junto al otro. Llevan así un buen rato. De pronto uno de ellos habla como para sí mismo:

- ¿Sabes por qué puedo pasar tanto tiempo mirando un vaso, este vaso?

- ¿Para no regresar a casa todavía?

- Porque mucho tiempo siempre será, a mi edad, sólo un instante. Por eso. -Y echa un trago-. Este sábado tocó visita a una vieja tía en su gran casona de pueblo, muy grande para tan poquito cuerpo ya, y tan cansado. Llevamos a los críos, siete y seis años, tú sabes, y al poco de llegar se me derretían de aburrimiento, iban y venían de una silla a otra, se ponían mohínos, y cuando les pedí que se estuvieran quietos el mayor me soltó, un poco con los labios fruncidos, teatrero que me ha salido: “Es que los mayores no entendéis que para nosotros un minuto aquí son cuarenta horas…”. Demonio de crío… Da qué pensar, ¿no? Un minuto, cuarenta horas… Así era. Mira, tengo la sensación  de haber vivido mucho. No vivir mucho en el sentido de haber viajado, de haber conquistado y perdido y arriesgado y haber vuelto a viajar... no. De haber vivido mucho tiempo, y de que todo pasa cada vez más rápido. Tengo recuerdos que se remontan a un pasado increíblemente lejano, reuniones familiares en las que los mayores de entonces eran más jóvenes de lo que yo soy ahora, que lo sé ancianos; estrenos de películas que ya son casi clásicos, canciones hoy viejísimas que se escuchaban en mi infancia por primera vez, actores que iniciaban su carrera y ahora son vetustas glorias de Hollywood. Y lo que más me aturde es que, si no media enfermedad ni accidente, podría doblar la edad que tengo ahora, llegar ¡a los ochenta y seis! Pero cómo, con qué objetivo ya. Cómo voy a vivir otro tanto, ¿eh? Dime. Pero si tengo la vida gastada ya... Y si me apuras, cómo voy a asumir la identidad de un rostro que me será cada vez más desconocido, más extraño… Ah, el tiempo. Quisiera pararlo. ¿Tú no? Yo creo que de ahí le viene al hombre el anhelo de volar. No para ver las cosas del mundo en pequeñito, sino para despegarse de su rotación y detener el tiempo. Buscar un sitio bien alto, dejarse caer, abrir las alas y detener el tiempo. ¿No te parece? Como soltarse de las manecillas de un reloj enorme. Abrir las alas, planear, suspender el paso del tiempo… O no abrirlas y suspenderlo también…

- Bueno, bueno. Pero, ¿tú le has hablado de estas cosas al tío de la Oficina de Empleo? Porque a lo mejor de lo tuyo no, pero de animador de fiestas o de filósofo te encuentran algo.

-Bah, ríete si quieres. Oye, amigo –dice, llamando al barman- ¿Tú desde dónde te lanzarías al vacío?

- Bueno, yo no entiendo de eso –responde el barman, cruzado de brazos-, pero le contaré algo que escuché en una película, no recuerdo cuál. Hablaban de un tipo que tenía muchos problemas, infinidad de ellos, de modo que se fue al Golden Gate, el puente de San Francisco, ya saben, llegó al medio, y eso es mucho, y se tiró desde allá arriba; y, bueno, a medida que caía se iba dando cuenta de que todos sus problemas tenían solución, todos menos el de haberse tirado de aquel puente.

- Brindo por eso – dice el otro, sonriendo y con el vaso en alto.



Fotografía: JFH