Mostrando entradas con la etiqueta Justo Navarro. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Justo Navarro. Mostrar todas las entradas

jueves, 26 de enero de 2023

El tríptico noir de Justo Navarro

 

Digamos que este viejo local que ahora abre una vez al año no está regentado ya por un barman propiamente dicho, sino más bien por el fantasma de un barman en cuyas manos incorpóreas vino a caer hace tiempo un sobrecito de azúcar con la siguiente cita de Einstein: “Si todo te da igual, estás haciendo mal las cuentas”. Será eso, entonces. Que estoy haciendo mal las cuentas. Soy de letras, como digo cada vez que me enfrento a una operación matemática, y será cosa de tirar de esta excusa para justificar también el desencanto.

En cualquier caso, ese “todo” del “todo te da igual” no es en mi caso exactamente todo-todo-todo, porque lo cierto es que ahí afuera aún hay cosas, ay, capaces de brillar para mí en su diferencia. Por ejemplo: tardé varios meses en saber que Justo Navarro había publicado la tercera novela de su comisario Polo, y corrí a comprarla como cuando era joven y no podía esperar para tener en las manos ciertos libros recién editados.

Imagino que alguien habrá hablado de trilogía al referirse a Bologna Boogie (2021) como prolongación literaria de Petit Paris (2019) y Gran Granada (2015), o de saga, concepto más manoseado todavía, pero yo veo los tres libros como un tríptico. ¿De qué? Un tríptico noir que a la manera de un Bosco de nuestro tiempo retratase en tres tablas un jardín de los delirios fascistas como decorado histórico de tres excelentes novelas negras. Cronológicamente, un París empequeñecido por la oscuridad del nazismo que lo ocupa en 1943; una Bolonia post-mussoliniana en 1947, en donde, acabada la guerra, vencidos ya el fascismo alemán y el italiano y bajo la amenaza ahora del comunismo soviético, hay quienes se dedican a la intriga política como si fuera el último baile de moda, el boogie woogie, explica Navarro; y finalmente, la Granada de 1963, engrandecida de NODO y burguesía afecta al Régimen, en un país en el que el franquismo ha podido seguir celebrando año tras año su victoria de brazo alzado pues así lo permitieron tras la Guerra Mundial los aliados que derrotaron a Hitler y a Mussolini.

Y en las tres ciudades está Polo, el comisario Polo, asistiendo desde sus insólitos dos metros de altura a la multiplicación de los cadáveres y favoreciendo con su perspicacia y su privilegiada capacidad de observación el desenredo de cada madeja criminal.

Ya Gran Granada me devolvió el placer de la literatura policial, de la que me di auténticos atracones en mi adolescencia y juventud, y en la que, salvo excepciones, acabé por echar de menos un lenguaje más sólido, como el que Navarro utiliza, prosa de poeta, precisa como un reloj suizo, la excelente prosa que impregna todas sus novelas y que se ajusta como un guante al andamiaje literario que sostiene al género negro. Leí entonces, digo, a todos los grandes autores de novela policíaca y a buena parte de los intermedios, y de los mejores casi toda su obra. He seguido frecuentando, eso sí, de tarde en tarde, el turbio universo de Patricia Highsmith, y no hace mucho me regalé, treinta y tantos años después, la relectura de esa grandísima novela que es Los mares del Sur, de Manuel Vázquez Montalbán.

 

Como esa y las demás novelas del detective Carvalho, Gran Granada es, a un tiempo, escrupulosamente respetuosa con los códigos del género y costumbrista, en su más elevado significado, hasta hacer pensar en ocasiones en una Colmena granadina de los sesenta teñida en negro. Es, además, un retrato de esa jerarquía en el ejercicio de la autoridad que se desarrollaba durante el franquismo en la parte superior de la pirámide social, y una crónica en escala de grises de lo más granado de una ciudad de provincias en un tiempo donde los únicos colores que parecían destacar eran el rojo y el gualda de la bandera, como los peces en Rumble Fish, la peli de Coppola. Qué estupendo ese momento en que el viejo comisario desciende hasta los barrios obreros en busca de un recepcionista de hotel y éste y su mujer le miran como desde abajo, apabullados por la altura de su posición y los gruesos lentes que parecen tener su razón de ser en la voluntad de escudriñar desde tan arriba.

Uno sale del libro como abandonando a unos personajes que en el ir y venir de las fechas, de las sospechas y de los temores acaban por hacerse un hueco en la vida del lector. Me quedé prendado de cierto subbibliotecario, porque me resultaba fascinante la idea de que pudiera existir una figura así, cuya labor fuera buscar en los libros devueltos a una biblioteca pública cualquier indicio que pudiera dar una pista sobre algún desafecto al Régimen: qué mayor ejemplo de cómo fascismo y estalinismo se daban la mano en su obsesión por rebuscar en las vidas de todos.

Por otra parte, al terminar la siguiente, Petit Paris, recuerdo haber dejado al comisario Polo mirando la mancha de lápiz de labios en una colilla aplastada por Alodia Dolz en un cenicero del hotel Barbicane. La mirada discretamente minuciosa de Polo y su oído bien atento atraviesan toda esta estupenda novela, que es un veinte años antes, y no después, como en los mosqueteros de Dumas. Al final de esta segunda historia de Polo, el lector casi siente que la ha leído no con sus propios ojos, sino con los del comisario, que su conciencia ha sido la conciencia del protagonista, que nuestro estar en las páginas del libro ha sido su no querer seguir estando en París. Como con Gran Granada, Petit Paris me devolvió ese maravilloso placer de leer buena novela policíaca que alimentó, ya he dicho, mi juventud y mi primera pasión por la literatura. No seré yo quien niegue los homenajes a Simenon, Malet y Modiano que asegura la contraportada, pero sentí muy cerca, además, al mejor Vázquez Montalbán y al todopoderoso Raymond Chandler: en ese Bohle/Corpi parece esconderse un Terry Lennox salido de entre los muertos, aunque en la novela de Justo Navarro es la gran Alodia quien se aleja más o menos triste, solitaria y final.

De alguna manera, esta segunda novela me dejó con muchas ganas de una aventura del Polo condecorado por el Presidente de la República y otra del Polo condecorado también por Alfonso XIII, pero, como dije, Bologna Boogie nos lleva a la Italia de posguerra y a una historia llena de tabaco y cerveza y whisky americano, y sobre todo llena de swing, con desaparecidos de quienes se sospecha, muertos que lo son antes de contar lo que saben, mujeres que juegan a dos o más barajas, un Polo que asombra a los italianos por su altura (Si alguna vez tuviera que mandar a un hombre de su confianza a que le pegara un tiro en la sien, el hombre tendría que subirse a un taburete o esperar a que Polo se sentara, se le ocurre al intrigante Bernagozzi, asesor de la policía), en un ambiente en que la voz de un hombre que desde el interior de un coche le ordena a una mujer que suba puede hacerle sentir a esa mujer algo en el estómago, como si aquella voz fuera un producto químico y ella se lo hubiera tragado, un ambiente turbio donde una sonrisa puede parecer tan usada como si quien la lleva en la cara no se la hubiera quitado en diez años, donde la linterna de un escondido da menos luz que sombras a la hora del afeitado, y donde Polo, alejado de su territorio jurisdiccional, no dispone de ninguno de sus atributos policiales, a saber: En Bolonia no podía escuchar conversaciones telefónicas, ni abrir la correspondencia ajena, ni manipular atestados e informes forenses, ni interrogar a nadie de un modo exhaustivo y científico.

Acabo en afirmación rotunda: estas tres novelas y este personaje, el comisario Polo, sitúan a Justo Navarro entre los más destacados autores españoles de novela negra. 

                                                     Justo Navarro. 2016. (Foto JFH)

 

viernes, 23 de junio de 2017

Italoamericano



"-El crimen perfecto no existe –dijo Tom a Reeves-. Creer lo 
contrario es un juego de salón y nada más. Claro que muchos 
asesinatos quedan sin esclarecer, pero eso es distinto.
PATRICIA HIGHSMITH 
El amigo americano (Ripley’s Game)


Hasta hace menos de una semana, el Loser Blog&bar no tenía nuevo cóctel con el que cumplir la tradición de servir uno distinto cada Noche de San Juan. No es que hayamos agotado, ni remotamente, todos los cócteles conocidos, pero sí aquellos que forman parte de la personalísima carta de este local, los que sabe elaborar y disfrutar el tipo que regenta su barra imaginaria esmaltada de literatura. Todo parecía indicar que tendría que recurrir al gintonic, que no es un cóctel en su estricto sentido, pero que desde luego es bebida que le ha proporcionado a este humilde webarman una cierta reputación como hacedor de pequeños milagros alcohólicos. Entonces el escritor Justo Navarro vino a rescatarme del apuro permitiéndome hacer público un cóctel de su creación: el Italoamericano. Esta es, pues, una ocasión muy, muy especial.

En cierto sentido, podría parecer que el Italoamericano es una variante del Manhattan, al sustituir el vermut por Campari, prescindir del golpe de angostura y añadirle un trozo de corteza de naranja. Pero en el sutil arte de la coctelería cada modificación de los componentes de una receta es en sí misma causa de un efecto mariposa capaz de generar toda una cadena de matices distintos tanto en el sabor como en los espacios de la imaginación que abre con el primer trago. Por ejemplo: así como el Manhattan me trae a la cabeza un aluvión de escenas con la Gran Manzana como telón de fondo cinematográfico, el Italoamericano me hace pensar de manera automática en ciudadanos estadounidenses gozando de una estancia en la Italia de los años cincuenta, en su condición de viajeros, claro está, no de turistas (para la diferencia entre unos y otros, consultar Paul Bowles, El cielo protector, 1949).

Con Justo Navarro en la presentación de Pasadizos, marzo 2011

Pero no puedo continuar sin explicar antes cómo se prepara un buen Italoamericano, de acuerdo con las indicaciones de su propio inventor (quien durante un tiempo se refirió al cóctel con el nombre de Milano-Kentucky): en vaso mezclador con hielo, verter dos tercios de bourbon (Jim Bean) y uno de Campari. También en este caso, como en el Manhattan, el tiempo que la mezcla permanece en contacto con el hielo es capital: el imprescindible para que el frío se transfiera plenamente al líquido sin que llegue a añadirle una sola gota de agua. Servir en copa o vaso adecuado, retorcer sobre el líquido un trozo de cáscara de naranja y dejarlo caer luego en la copa. Se contempla un momento el resultado y se empieza a beber. Ese tiempo que tarda en enfriarse podría medirse con una oración. Yo prefiero hacerlo con un poema, de Justo Navarro, por ejemplo, y del libro que ahora mismo tengo junto a mi Italoamericano, Mi vida social (Pretextos, 2010), pongamos por caso el que acaba así: “…que el deseo imposible es triste, / y es el pasado el más / imposible de los deseos.”

El segundo cóctel me trae el recuerdo de Tom Ripley, el personaje fatal creado por la inquietante Patricia Highsmith. De Highsmith escribió Justo Navarro que “poseyó el don de presentar los pensamientos perturbados con la misma ecuanimidad que merecen los más razonables”, y de Ripley, que es el “asesino triunfante, insolente y audaz”. El Ripley en el que pienso no pudo beberse, naturalmente, un Italoamericano, por razones cronológicas evidentes. Pienso en su primera aventura, de 1955, donde despliega todo su mortífero talento a pleno sol. Lo veo en Mongibello, una localidad al sur de Nápoles, adonde ha llegado con el encargo de convencer al joven millonario Dickie Greenleaf para que vuelva a los Estados Unidos. Lo veo también, más tarde, en San Remo, en Palermo, en Roma, en Venecia. Lo veo haciéndose amigo de Dickie, desdoblándose, imitando voces y firmas, lo veo conduciéndose con una fría inmoralidad, matando en el mar y también en un apartamento de Roma, y deslizándose a través de las sospechas sin que ninguna llegue a prender en él, y finalmente lo veo heredando. Se bebe mucho en El talento de Mr. Ripley: gintonic en la neoyorkina primera página, Martinis, sobre todo, algún Bloodymary, chianti… Ya hubieran querido conocer entonces sus personajes el Italoamericano, cuyo creador, por cierto, y entre otros espléndidos libros, es el autor de la mejor novela negra que se ha publicado en España en los últimos años: Gran Granada (Anagrama, 2015).

Alain Delon (Ripley).  Plein soleil, 1960

La idea del arribista que logra meter la cabeza en el ambiente de los millonarios y que, temeroso de perderlo todo de golpe, acaba por cometer un crimen, está en Una tragedia americana, de Theodore Dreiser, que Highsmith traslada a Italia treinta años después. Ripley sería un Clyde Griffiths que sí mata en un bote de remos, no solo lo planea, y no a una mujer humilde, sino al tipo al que desea suplantar, y que se libra de todo castigo, al contrario que el protagonista de Dreiser, a quien condenan a muerte sin haber cometido el asesinato. La primera versión cinematográfica de la novela de Highsmith se tituló A pleno sol, con Alain Delon como un sensual Ripley (René Clément, 1960); la mejor versión en cine de Una tragedia americana se tituló Un lugar en el sol, con un inconmensurable Montgomery Clift (George Stevens, 1951).

El Italoamericano deja en la boca un persistente –y placentero- sabor amargo. Es a causa del Campari. Literariamente, se trata de ese amargor de las historias turbias, como las de Ripley, como la de Gran Granada, de los ambientes donde el crimen encuentra acomodo, de esas zonas oscuras de la vida donde no llegó a madurar la bondad. Es un amargor enrojecido por el pecado, si se quiere: se trata de la parte católica que le aporta al cóctel su lado italiano; el bourbon, por el contrario, tiene la reciedumbre del pionero protestante que anda algo apartado de la Biblia, el calor del fuego bajo las estrellas, el crujir de las hojas secas en el maizal. Y entre uno y otro, la dulce acidez de la naranja, casi inapreciable, apenas una traza, un querer y poder oculto en el sabor.

¿El mejor Italoamericano posible? Bueno, encontrar el equilibrio del Campari –no pecar ni por defecto ni por exceso- es fundamental. Pero en cualquier caso, el mejor Italoamericano será siempre el que se comparte con un amigo.

¡Salute!



Matt Damon (Ripley) y Jude Law (Dickie) en El talento de Mr. Ripley (Anthony Minghella, 1999)

jueves, 16 de febrero de 2012

F. Scott Fitzgerald revisitado (1)



El gran Gatsby, la tercera novela de Francis Scott Fitzgerald, publicada por primera vez en Estados Unidos en 1925, protagoniza en España una circunstancia insólita: el lector español puede elegir hoy mismo nada menos que entre siete*** traducciones diferentes. Las más recientes aparecieron hace apenas unos meses (en algunos casos semanas): la de Miguel Temprano García en RBA, la de Justo Navarro en Anagrama, la de José Luis Piquero en Paréntesis, y la de Pablo Ingberg en Losada. Éstas conviven en los estantes de las librerías con la de José Luis López Muñoz, que Alfaguara reeditó en el 2009, la de E. Piñas para Plaza & Janés, que Debolsillo reeditó por última vez, creo, también en 2009, y la de Julia Pérez Martín para Mestas Ediciones, en 2004. Además, una editorial llamada Rey Lear publica estos días un libro bajo el título Tres historias en torno a Gatsby, que reúne tres relatos en los que Fitzgerald habría ensayado algunas de las materias que luego trataría con mayor hondura en su inmortal novela. Lo de reunir un número variable de relatos de Fitzgerald con ésta o aquella excusa no es nada nuevo en los últimos años: distintas editoriales lo han hecho, combinando estos con aquellos según distintos criterios. Cualquiera de ellos puede ser encontrado casi con toda seguridad entre los cuarenta y tres que aparecen, traducidos por Justo Navarro, en los dos magníficos tomos editados por Alfaguara hace quince años, y si no entre aquellos otros que siempre se consideraron menores por lo meramente alimenticios y fueron incluidos en los dos míticos tomos de El precio era alto (Bruguera, en los lejanos 1981 y 1982, con traducción de Marcelo Cohen), entre los que había, no obstante, joyas tan exquisitas como “Íntimos desconocidos” (hace un año se comercializó en España una reedición por parte de la editorial argentina Eterna Cadencia). Se han recuperado también ensayos autobiográficos, en pequeñas, y para mí desconocidas editoriales, como Gallo Nero, que publica Cómo sobrevivir con 36.000 dólares al año, o Zut, con Mi ciudad perdida. Y si nos alejamos apenas diez años, nos encontramos con dos estupendos libros: Hemingway contra Fitzgerald, de Scott Donaldson (editorial Siglo Veintiuno), y uno de los mayores tesoros que poseo (sentimentalmente, claro): la amplísima correspondencia entre Zelda y Scott Fitzgerald, en un grueso volúmen publicado por Lumen Y si retrocedemos... En fin, déjemoslo. La nómina bibliográfica resulta realmente abrumadora. ***


 Siete traducciones de El gran Gatsby

Este renovado interés por Fitzgerald no parece limitarse, obviamente, a nuestro idioma. En 2007, Gilles Leroy ganó el Premio Goncourt con una novela titulada Alabama songcentrada en la figura de Zelda Fitzgerald (guardo un pésimo recuerdo de su lectura: odié tanto el despreciable retrato que Leroy hizo de Scott que fui incapaz de enjuiciar la novela en su condición de obra literaria). En 2008 se estrenó la película El curioso caso de Benjamin Button, basada en uno de los pocos cuentos “fantásticos” que escribiera, película que a mí me gustó mucho la primera vez que la vi y mucho menos la segunda: al parecer, hace tiempo que las películas que vienen rodándose agotan en un primer encuentro con el espectador todo cuanto son y todo cuanto podría esperarse de ellas. Más inquietante resulta el hecho de que el tipo que dirigió esa cosa titulada Australia, un tal Baz Luhrman, se haya atrevido con una nueva versión de El gran Gatsby, precisamente, y, si hemos de hacer caso a ciertas noticias, nada menos que en tres dimensiones (¿con qué objeto?). Leonardo Dicaprio se ha enfundado en el impecable traje blanco de Gatsby (me gusta la idea), y un Tobey Maguire extrañamente parecido al propio Fitzgerald (según las fotos que he visto) es Nick Carraway, ese personaje que es a un tiempo parte activa en la trama, testigo y narrador. De la biografía cinematográfica de los Fitzgerald que Nick Cassavetes, al parecer, pudo haber rodado en 2008 con el título de Hermosos y malditos, y en la cual los huesos Keira Knightley se iban a meter en la piel de Zelda, de tal proyecto, digo, nunca más se supo (o yo, al menos, no he sabido).

 Dicaprio y Maguire en el Gatsby que llegará a las pantallas a lo largo de este 2012

F. Scott Fitzgerald estuvo dotado con un enorme talento literario, el cual, en palabras de Ernest Hemingway, “era tan natural como el dibujo que forma el polvillo en un ala de mariposa”. Es posible que tardara en “tomar conciencia de sus vulneradas alas y de cómo estaban hechas”, incluso es posible, en efecto, que en ocasiones no supiera “hacer más que recordar los tiempos en que volaba sin esfuerzo”. Pero antes de que tal cosa llegara ocurrir, fue capaz, a los veintiocho años, de concentrar en El gran Gatsby toda la intensidad disciplinada, metódica e inspirada de ese talento para concluir su obra perfecta, una de las mejores novelas del siglo XX. Antes de Gatsby  fue el éxito, después una lucha constante contra la adversidad y la disipación que no le permitió ya volver a usar su talento de la misma manera. Yo prefiero su siguiente novela, Suave es la noche, precisamente porque no es perfecta. Pero es a ese extravagante y misterioso millonario de los años veinte, capaz de inventarse completamente a sí mismo con el fin de alcanzar la posición social que le hiciera merecedor de la mujer a la que ama, es a Jay Gatsby a quien  le debe el lugar privilegiado que ocupa en la historia de la Literatura.


*** P.D. septiembre 2012: por increible que parezca, una nueva traducción de El gran Gatsby se suma a las mencionadas aquí apenas unos meses después de publicada esta entrada: la de Susana Carral para la editorial Reino de Cordelia. ¿Alguna vez convivieron en las librerías ocho traducciones de una misma novela?

*** Junio 2013: Alianza Editorial edita la ¡novena! traducción de El gran Gatsby, a cargo de Ramón Buenaventura, quien en una nota preliminar confiesa que él hubiera preferido traducir el título como Gatsby el Magnífico (????) 

*** Junio 2015: Insólito: la editorial Akal publica una DÉCIMA traducción de El Gran Gatsby, con traducción a cargo de María José Martín Pinto. Sin palabras. ¿Qué magia esconde la prosa maravillosa de esta novela, que una y otra vez se intenta captar en nuestro idioma? 

viernes, 30 de diciembre de 2011

Sobre Pasadizos

Para acabar el año de mis Pasadizos, traigo aquí tres reseñas del libro que se me quedaron en el tintero:

La escritora Pilar Quirosa-Cheyrouze, allá por el verano, en la revista Foco Sur:





Del poeta José Antonio Santano, en Diario de Almería


Más recientemente, en Culturama, firmada por Carlos F. Romero.


Qué lejos queda ya aquel 24 de marzo en que presenté públicamente el libro, por la mañana en compañía de Justo Navarro, por la tarde mano a mano con Francisco Ortiz y en presencia de Miguel Naveros. Y cuánto me alegra que los relatos hayan gustado a quienes se han acercado a ellos. El tiempo vuela, la gratitud permanece. 



Miguel Naveros, Justo Navarro y JFH

miércoles, 15 de junio de 2011

Un cuento chino, de Juan Vida

Portada del catálogo de la exposición

–Mírame, escucha y no olvides –le previno una sola vez como el que extiende un bálsamo o dicta un testamento–. Viajarás abrazada a tu historia entre lienzos de oro y mares de seda. Serás Oriente en Occidente.
Juan Vida, UN CUENTO CHINO

De un padre a otro, de un Juan a otro Juan: observo a solas los trece cuadros que componen la exposición del pintor Juan Vida llegada el pasado martes desde su Granada natal, voy leyendo fragmento a fragmento este cuento chino a corazón abierto, esta fábula real que es crónica de un viaje hacia la paternidad, “tránsito personal de la tristeza a la felicidad, de la ausencia a la plenitud”, escribió Andrea Villarrubia para el catálogo de la exposición; relato dibujado y escrito de ese encuentro con quien estaba destinada a ser tan de uno mismo habiendo visto su primera luz tan lejos, palabras y colores para Julia, nacida Coral la noche más corta del año 4702 del calendario chino, Estrella de Oriente encaramada ella misma a una esfera de estrellas.

Sabía que a esta hora sería yo el único visitante del museo. Antonio Muñoz Molina nos confesó a un amigo y a mí, hace más de veinte años, que prefería frecuentar la compañía de pintores antes que la de escritores porque, dijo, los pintores te enseñan a mirar. Juan Vida era sin duda uno de esos pintores. Ahora, quieto ante cada uno de estos cuadros, dejo que las imágenes eduquen mi mirada, me ayuden a penetrar en este cuento sin cuento que es todo verdad y asombro y emoción. En una columna del Loser hay desde el primer día una obra firmada por Juan Vida, la portada de mi primer libro, Desde el lugar donde me oculto: suyo era el diseño de aquella colección, y siempre me he sentido vinculado a él por este motivo. Curiosamente, uno de los relatos incluido en el libro se titula “Vida más allá de este espejismo”, y envuelto en algo parecido a una ilusión acabo yo también por viajar más allá de sus cuadros, llegar al Valle del Lijiang, contemplar a Coral no desde la sala de un museo deshabitado, sino quieto bajo la sombra de un monte y del templo budista que lo corona.

Pero mejor que el propio artista nos relate y muestre su “cuento chino” pinchando aquí.


De Juan Vida escribió el propio Muñoz Molina que "nunca corrió el peligro de no ser un pintor excelente: pero ha sido mejor que se haya convertido en un pintor único" y Justo Navarro que sobre sus cuadros "firman su alianza el deseo y la memoria". "Un cuento chino" podrá verse en el Museo de Almería los meses de junio y julio.



Fotografía: JFH

sábado, 30 de abril de 2011

El espía, de Justo Navarro


El crítico Ricardo Senabre definió a Justo Navarro como “autor para paladares delicados”, y con ello venía a señalar que la suya es una prosa “cuidada, precisa, de gran sobriedad, culta”, carente, añado yo, de copiosas salsas de retórica que disimulen el sabor primordial de la historia que narra o pretendan intensificarlo más allá de lo que la propia historia necesita. Estos rasgos de estilo, por cierto, son extensibles a su obra como poeta y como traductor. Esta primera semana de mayo llega a las librerías su nueva novela, El espía, y sus lectores habituales nos preguntamos ya qué pieza añadirá a ese universo literario propio que va completando libro a libro.

Justo Navarro es uno de esos raros ejemplos de escritor que hoy en día no busca su inspiración en la lista de los diez libros de ficción más vendidos. Lo suyo es ir introduciendo variantes enriquecedoras en la indagación constante y atenta a la que somete las relaciones humanas, preferentemente en el ámbito familiar, donde el presente suele ser consecuencia del pasado. Parte de su técnica narrativa consiste en favorecer la intromisión en la intimidad de sus personajes, describiendo una sucesión de gestos cotidianos -ese tipo de pequeños actos que realizamos de manera rutinaria cuando estamos solos- entre los que va insertando otros gestos más intrigantes –que también solemos hacer cuando nadie nos ve, pero que son mucho menos rutinarios y nos representan con la fidelidad secreta de los espejos en cuyo interior nos desnudamos-.

En sus novelas encontramos con frecuencia que la acción se desarrolla en un espacio que parece estar siendo físicamente desmontado (una casa rodeada de obras de construcción, un hotel que va a ser demolido, un consulado diplomático sometido a una rápida mudanza), y donde la conciencia de la muerte hilvana los conflictos que el argumento deja al descubierto: “¿No debería la gente saber cuál es su cumpleaños final? No digo que lo sepa desde siempre: lo podría saber en el momento de apagar las velas de la tarta” (Hermana muerte, 1989). “Te crees que todo va bien y te estás muriendo sin darte cuenta” (Accidentes íntimos, 1990). “El primer dolor es por el dolor que sabes que no te abandonará nunca, el dolor de no poder estar ya, ahora mismo, en otro tiempo sin dolor: como el dolor al recibir el anuncio de una enfermedad mortal y dolorosísima que está todavía en la primera fase” (El alma del controlador aéreo, 2000).

En El espía, y de acuerdo con la sinopsis que la editorial Anagrama ha difundido, Justo Navarro parece abordar abiertamente la novela de género, y sus lectores, ya he dicho, nos preguntamos de qué manera habrá adaptado la trama a su particular mundo narrativo. La respuesta, el 5 de mayo. 
 “Italia, Segunda Guerra Mundial: el poeta americano Ezra Pound participa desde Radio Roma en la batalla de propaganda contra los aliados y contra los judíos. Pero el fervor nazifascista de Pound a través de las ondas despierta las sospechas de los servicios de contraespionaje italianos. La radio, “cajón del diablo”, era ya una máquina de arenga, adoctrinamiento y movilización de masas, artefacto bélico y arma de espías. ¿Transmiten los programas radiofónicos de Pound mensajes cifrados al enemigo? ¿Fue el genio de la literatura un agente doble o una simple y patética figura criminal? O quizá la realidad sea doble y ambigua, «una desolación de espejos», como decía el poeta Eliot, amigo de Pound, y repetía otro personaje de esta historia, el futuro genio de la CIA James J. Angleton, para referirse al universo del espionaje. Esta es la historia que el autor de novelas de misterio Carlo Trenti le cuenta por escrito a su amigo y traductor J. N., residente por casualidad en Pisa durante los mismos meses en que lo fue Pound, pero más de sesenta años después. Allí, prisionero en un campo penitenciario para soldados de los Estados Unidos, Ezra Pound esperaba juicio, acusado de alta traición.”

martes, 5 de abril de 2011

Recorrer los Pasadizos

Reunir en un libro los nueve relatos de que se compone Pasadizos les ha dotado de existencia, o, por seguir un poco el hilo argumental del primero de ellos, les ha concedido del don de la visibilidad. No importa que la mayoría ya hubiera visto la luz en algún periódico: es ahora, uno detrás de otro entre las páginas de un libro, cuando se alían en una voluntad común de sorprender al lector, de jugar con él, de cautivar su atención. Son cuentos con distinta temática, distinto enfoque narrativo y variada extensión, están escritos a lo largo de más de una década y bajo muy diferentes estados de ánimo, y a pesar de todo eso adquirieron una curiosa sugestión de unidad cuando logré armar el puzle de su orden en el libro. Quiero creer que esto se debe a que cada uno de ellos se concibió como un juego literario con el lector, y, más allá de la mera cronología, cada juego contenía por sí solo la secreta posibilidad de burlar las reglas de alguno de los otros.

Cuando decidí este título para el libro, Pasadizos, no pensé en lo mucho que remite al título de mi primer libro de relatos, Desde el lugar donde me oculto (1991). Pensé, sí, que el cuento del que proviene el título enlazaba ambos libros, pero mi idea era que se trataba más de un puente entre ambos. Ese cuento, “Los pasadizos de la ficción”, fue escrito para aquel primer libro. Hablo de veinte años atrás. Yo estaba a punto de cumplir un sueño, era muy joven y por primera vez escribía sabiendo que aquello iba a ser publicado. El resultado fue un cuento mal escrito, en el que más que contar una historia importaba la forma en que se hiciera. Renuncié a publicarlo y lo guardé en una carpeta. Todos estos años ha estado, de alguna manera, reclamándome para ser escrito de nuevo. Lo hice hace algo más de un año. Lo despojé de la prosa y lo dejé en la pura estructura, cambié el nombre de los personajes y empecé desde la primera palabra, dejándome llevar, igual que si estuviera contándomelo a mí mismo, hasta descubrir finalmente el sentido de esos pasadizos. De ahí la idea de puente entre una colección de relatos y otra, puente que atravesaron los cuentos que he escrito desde entonces para llegar a este libro.


Sin embargo, fue después, mientras pensaba en la forma en que podría presentar el libro en sociedad, cuando me di cuenta de la relación semántica entre “los lugares donde ocultarse” y los “pasadizos”, y de que, por tanto, la vinculación entre aquellos doce relatos y estos nueve estaba, más que en algo tan visible como un puente, en el doble fondo, en la trampilla disimulada, en las escaleras estrechas, las galerías que no se sabe a dónde conducen pero que de alguna forma comunican todos los libros. Son, en fin, cuentos que bordean el territorio del realismo mágico o caen plenamente dentro de él; es decir, introducen una anomalía en lo cotidiano, o la sugieren, o poseen una determinada atmósfera que permite imaginar que lo cotidiano contiene ya de por sí el germen de lo anómalo.

Puesto que he escrito novelas y he escrito cuentos, a menudo me han preguntado, como a tantos otros, por la diferencia entre estos dos géneros. La idea con la que estoy más de acuerdo es que en el relato breve todo el peso recae en la historia misma, en tanto que en la novela lo esencial es desarrollar el carácter de los personajes, de quienes dependerá en buena parte el verdadero interés de lo que se está narrando. De ahí el despojamiento de cualquier elemento accesorio que debe tener todo buen cuento. En palabras de Julio Cortázar, el cuento contemporáneo “se propone como una máquina infalible destinada a cumplir su misión narrativa con la máxima economía de medios”; el cuento es, añade, “una implacable carrera contra el reloj”, y la imagen del reloj sirve por igual para explicar la angustia de una cuenta atrás que comienza en el primer párrafo y también el alto grado de precisión interna que el mecanismo de un relato ha de tener para ser eficaz. Cortázar se refería también al cuento, el cuento fantástico, especificaba, diciendo que “te cae encima”, que es necesario librarse de un cuento así como quien se quita una alimaña de encima, que se empieza a escribirlos ignorando el desenlace, que son criaturas vivientes, organismos completos, ciclos cerrados, y respiran.

Sin duda habrá quienes encuentren la descripción que hace Cortázar excesivamente literaria, pero lo cierto es que la mayor parte de mis relatos surgieron de una manera muy parecida a ésa. El detonante puede ser un hecho trivial, pero un cierto tipo de imaginación no necesita demasiados elementos para desatarse y actuar por su cuenta…



El pasado 24 de marzo se presentó el libro formalmente: por la mañana, en la Universidad de Almería, de la mano de un escritor al que admiro mucho, Justo Navarro (en la foto junto al decano de Humanidades, Manuel López, en el centro, y al que esto escribe, allá al fondo); por la tarde, entre amigos y con otro buen escritor, Francisco Ortiz, llegándome al corazón como sólo él sabe hacerlo.


Foto: Gabinete de comunicación de la UAL