Frente
a quienes desde posiciones privilegiadas afirman que en España empieza
a amanecer (otra vez), a pie de calle todos sabemos que a los más
necesitados aún les queda mucha noche por vivir, que incluso la mayoría de
ellos, lamentablemente, no volverán a conocer ya tiempos mejores, que a día de
hoy sólo los que perdieron su empleo este año han dejado de tener miedo a
perderlo, y con ese temor caminan cada día junto a la frontera que separa las
clases medias de la pobreza.
La
solidaridad sólo es un cuento en boca de los que nunca la ejercen o lo hacen
desde el exhibicionismo caritativo, como ocurría en esa imperecedera obra
maestra del cine titulada Plácido, donde los ricos subastaban a los pobres del
municipio para determinar a cuál de ellos sentaban a su mesa en Nochebuena.
Radicalmente alejada de esta actitud, la escritora Carolina Molina pensó que
la solidaridad sí podía, por el contrario, viajar a lomos de un libro de
cuentos, aunque fuera modestamente, como por otro lado corresponde con el papel
que la literatura juega en nuestra sociedad. Imaginó Carolina una antología de
relatos que a un tiempo reuniera en sus páginas a un buen puñado de escritores
vinculados de una u otra manera a la ciudad de Granada y permitiera, con su
edición, ayudar a los más desfavorecidos a través del Banco de Alimentos, una
organización sin ánimo de lucro a la que irían destinados los beneficios
obtenidos con el libro. Esa antología existe ya y lleva el significativo título
de Cuentos engranados, y he de agradecerle a Carolina Molina el
que me ofreciera la oportunidad de embarcarme en este proyecto junto con los
otros cincuenta y cuatro escritores que aparecen en ella, entre los que está
Medardo Fraile, fallecido este mismo año y a quien justamente está dedicado el
libro.
