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lunes, 11 de septiembre de 2017

Tras los últimos pasos de Jorge Manrique

Jorge Manrique en Paredes de Nava

Reconozco en mí una marcada naturaleza manriqueña, y no sé cuánto puedan pesar en ello razones geográficas. Mi alma no ha de despertar a la evidencia de lo velozmente que passa la vida, pues es cosa que no deja de asombrarme cada día, y más me asombra aún a medida que voy amontonando años. Vivo instalado en el dolor de comprobar cuán presto se va el plazer, y temo que también a mi parescer cualquiere tiempo pasado fue mejor, y si no cualquier tiempo, sí al menos los tiempos que yo he conocido. No soy de los que se engañan pensando que lo que espero ha de durar más de lo que ya que vi (y viví, y a su tiempo esperé), y no me cabe duda de que más allá de la desembocadura de nuestras vidas todos seremos iguales, de que la frescura de la cara y la ligereza y la fuerça corporal desaparecen al llegar al arrabal de la senectud (¡qué bella y terrible expresión!), de que la vida se va apriessa, como un sueño, tempus fugit.

Pero hablé de razones geográficas –y me callé las que acaso sean más importantes aún: las literarias-. Mis padres nacieron en Paredes de Nava, y los padres de mis padres, y los padres de mis abuelos, y así hasta quién sabe qué generación. En esta noble villa palentina brotó el manantial de la vida de Jorge Manrique alrededor del año 1440 (no se sabe con precisión). Recuerdo que cuando era joven soñaba con encontrar algún día, indagando en archivos y colecciones privadas, alguna obra no conocida hasta entonces de quien es autor del mejor poema –quizá- de la lírica castellana, las Coplas a la muerte de su padre. Estudié Filología Hispánica pensando que el mero hecho de hacerlo me acercaba a la consecución de tal anhelo, pero como me ocurrió más tarde con tantas otras cosas, no fue posible llevar a cabo aquella empresa sin poner en ella un mínimo de voluntad, ah, la pereza, la inconstancia, la ingenuidad, todo ello tan poco manriqueño y sin embargo también propio de mi naturaleza.

Este verano sí he podido llevar a cabo otro viejo propósito relacionado con D. Jorge Manrique, grandioso poeta y aguerrido soldado: visitar el castillo de Garcimuñoz, a cuyas puertas el río de su vida vino a dar al estuario de una herida mortal. ¡Tiempo turbulento el del reinado de Enrique IV! Hijo de D. Rodrigo Manrique de Lara, D. Jorge tuvo siempre como meta no desmerecer la fama de su padre, aquel segundo Cid, maestre de la Orden de Santiago, comendador de Segura de la Sierra y primer conde de Paredes de Nava. En la guerra contra los “moros”, para los Manrique hubiera tenido pleno sentido hablar de Reconquista, pues por sus venas corría sangre de Godos, así de antigua era la nobleza de su linaje. Pero la batalla en la que perdió la vida a los 39 años no se libró en la frontera con el reino nazarí de Granada, sino en los campos de Cuenca y como parte de una de tantas guerras civiles que han asolado nuestra historia. Fue la suya época de conspiraciones, de farsas en que se derrocaba a un rey en efigie y se entronizaba a otro, apenas un niño, hermano del rey indeseado. Dos reyes en Castilla y una hija del primero de ellos, Juana, a la que una parte de la nobleza le negaba legitimidad. Muerto repentinamente el niño rey Alfonso -“el innocente”, en las Coplas de Manrique-, sus partidarios abrazaron la causa de su hermana Isabel, quien ya sin farsas subió al trono a la muerte de Enrique. Pero la guerra entre unos y otros continuó.

Castillo de Garcimuñoz

Puerta del castillo

Nombrado capitán de la Hermandad del Reino de Toledo por los Reyes Católicos, Jorge Manrique pretendió rendir el castillo de Garcimuñoz, del que era señor su enemigo, el marqués de Villena. Era en la primavera de 1479. D. Rodrigo Manrique había muerto apenas tres años antes. Jorge Manrique cae en una emboscada frente a la fortaleza, sus tropas y las del marqués entablan combate, D. Jorge lucha contra el capitán Pedro de Baeza, y en la desordenada refriega de tantos hombres embravecidos, a pie unos y a caballo otros, una lanza le entra al poeta por los riñones. Se le traslada a la cercana localidad de Santa María del Campo Rus. Entre sus ropas, escrito en papeles ensangrentados, sus últimos poemas, dos coplas no contabilizadas entre las dedicadas a la muerte de su padre (“¡Oh, mundo!, pues que nos matas…”, empieza el primero). El marqués de Villena le envió a dos de sus cirujanos, que nada pudieron hacer tampoco para salvarle la vida.

Uclés, que fuera en su tiempo cabeza de la Orden de Santiago, dista 66 kilómetros del municipio de Castillo de Garcimuñoz. Allí se alza un monasterio al que merecidamente se conoce como El Escorial de La Mancha, y que impresiona ya en la distancia. Tan solo unas décadas antes de ser construido, Jorge Manrique fue enterrado en la capilla del convento que entonces formaba parte de la gran fortaleza, junto al sepulcro de alabastro bajo el que reposaba el cuerpo de D. Rodrigo (“Aquí yace muerto un hombre / que vivo dejó su nombre”). La tumba del poeta estuvo cubierta tan solo por una losa negra. Cincuenta años más tarde se dispuso la construcción en aquel mismo lugar de un gran monasterio, el actual. Los restos del padre y del hijo se trasladaron a su iglesia, y fueron enterrados bajo sendas losas, leyéndose en la que cubría al poeta: “Aquí yace Jorge Manrique, el que hizo las Coplas". En 1809 las tropas francesas saquearon el monasterio, aunque no es seguro que fuera entonces cuando se perdieron los huesos de los Manrique. A quien visita hoy el imponente monasterio de Uclés se le indica que, en efecto allí, está enterrado el poeta, pero que nadie sabe dónde.

Monasterio y fortaleza de Uclés

Monasterio de Uclés

¿En qué lugar de esta iglesia del Monasterio reposan
los restos de Jorge Manrique?

La Edad Media resbalaba hacia el Renacimiento cuando Jorge Manrique escribió y luchó y amó. Fue época de “huestes innumerables”, de “pendones, estandartes e banderas”, de “castillos impugnables” de “muros e balüartes e barreras”, pero también, como señala Antonio Serrano de Haro en su magnífico libro Personalidad y destino de Jorge Manrique (1966), “Era aquel un mundo fantasmagórico y divertido, lujoso e inmoral. Oscilante luz de hachones. El vino circulando en ricos vasos. Manjares muy condimentados con especias. Perfumes intensos. Juegos de manos. Ingenio, requiebros y proposiciones. Danzas. Y un fondo musical de ministriles y cantores”. 

La primera palabra de las Coplas es “Recuerde”, la última “memoria”. Garcimuñoz y Uclés serán ya para mí, manriqueño por carácter y geografía, lugares inolvidables.


Fotos: JFH

lunes, 31 de julio de 2017

Despedida en clave de Julio


Es como tocar la boca de la ciudad a la que amas, caminando despacio y mirándolo todo: como tocar el borde de su boca, como ir dibujándola con tus pasos y tus ojos, como si por primera vez la boca de esa ciudad se entreabriera, y te basta recordar que estás despidiéndote de ella tal vez para siempre, o que lo harás en apenas un par de meses, para deshacerte por dentro y recomenzar a llorar. Uno hace nacer cada vez la ciudad que ama, y su boca de calles que se abren a tu deambular, calles que se desearía no perder nunca y que tus pasos y tus ojos eligen y dibujan en el plano de la nostalgia, cartografía de calles elegidas para tu nacimiento hace ya tanto, perdidas luego, recuperadas una o dos veces al año siempre, y que tal y como sabías que ocurriría algún día coincide exactamente con las calles que no sonreirán más por debajo de las que mis pasos y mis ojos dibujan.

Oh, Julio, cómo imaginar que aquel capítulo siete con que me atrapaste para siempre en tu rayuela me serviría algún día para despedirme de mi ciudad amada, para llorarla antes de lo que esperaba, de repente. Las ciudades no corresponden al amor que se las tiene más que cuando sabemos mantener vínculos con sus gentes, de otro modo son este cíclope indiferente que no me dirige la mirada, son edificios que seguirán habitados, teatros que anunciarán año tras año el programa de obras para las fiestas, monasterios góticos tras cuyos muros dicen que le crece el cabello y las uñas a un Cristo de madera, puentes de hierro, o mayores, o puentecillos romanos donde tardará en inscribirse mi silueta ya no tan delgada, pero eso es otro número de la rayuela, palacios de Diputación en cuyos patios seguirá sonando todos los veranos música a cielo abierto, gárgolas catedralicias sujetando cámaras de fotos, cigüeñas que están o no están, depende de la inutilidad de quienes se dicen protectores del medio ambiente, criptas visigodas. Mi ciudad se va de mí, no yo de ella, me deja perdido, sólo queda un último acto, y yo ya siento temblar esa fecha contra mí como una luna en la superficie del río Carrión, por donde, según aquella rumba, pasaba un submarino cargado de borrachos y todos palentinos...






(Fotos: JFH)

martes, 6 de octubre de 2015

Alfanhuí

El Alfanhuí de Rafael Sánchez Ferlosio es, en más de un sentido, un libro maravilloso, a mi juicio el libro por el que más merecidamente su autor debiera ocupar el lugar de honor que en efecto ocupa en la literatura española gracias a su siguiente novela, El Jarama. Pero eso va en los gustos, claro. Como a tantos otros libros esenciales, he llegado a éste tardíamente, que no tarde: esos matices. Lo recuerdo rondándome con su extraño nombre durante mi infancia y juventud, porque formaba parte de aquella memorable colección de RTV Biblioteca Básica Salvat que no faltaba en ninguna casa, generalmente incompleta. Esta novela en concreto no estaba entre las que tenían mis padres; yo veía el libro en otras casas, entre los de color naranja, reservado para la narrativa y la poesía (el teatro en azul, el ensayo en verde), y me llamaba mucho la atención ese título tan raro en la portada, que por cierto era sólo una parte del título: el cabal venía dentro: Industrias y andanzas de Alfanhuí. Antes del verano lo busqué en esa colección, precisamente, atraído por una hermosísima cita que José Ángel Valente incluyó en su Diario Anónimo, y pude comprarlo al fin en una librería de lance.

Alfanhuí puede ser lectura de unos días o de varios meses, según el grado de disfrute que uno quiera permitirse. En el mes de julio yo había superado ya un tercio de sus páginas cuando lo cogió mi padre y burla burlando, a pesar de su actual mala vista para las letras de imprenta, se lo fue bebiendo en el sopor del estío. Qué cosas más absurdas cuenta, me decía, riendo, pero qué bien las cuenta. Seguramente le enganchó el que retratase el mundo rural mesetario de los años cincuenta, que él tan bien conoció, y puedo imaginar su gratísima sorpresa -que fue también la mía más tarde- al comprobar que en los últimos capítulos llega Alfanhuí a nuestra amada Palencia, ciudad que por "cualquier parte tenía franca y alegre la entrada y se partía como una hogaza de pan", y se pone a trabajar en una herboristería de la Calle Mayor, y sale a menudo a los campos de alrededor a buscar hierbas curativas.

'Realismo absurdo' podría ser una buena corriente literaria en la que incluir esta atípica, maravillosamente atípica novela española de 1951, pero no existe tal corriente -creo-; existe la de realismo mágico, del que bien podría ser avanzadilla en nuestro país, en espera de que empezaran a desembarcar los escritores latinoamericanos una década más tarde, y existe el surrealismo, y también lo real maravilloso: a medio camino entre estos territorios y el juguetón vanguardismo ramoniano se alza el Alfanhuí de Sánchez Ferlosio, con el eco entreverado de aquella picaresca estirpe de lázaros y buscones y guzmanes.

Escrita con una bellísima prosa poética, precisa y minuciosa en la descripción, Alfanhuí está construida con muy breves capítulos repartidos en tres partes. Admirado, ya desde el principio me dio por pensar en esos textos breves que hoy en día tratan de pasar por microrrelatos con el aplauso de algunos astutos promotores, y que no son sino, en la mayoría de los casos, fragmentos sueltos, ocurrencias, frases ingeniosas, pinceladas narrativas a la sombra -escueta- de un duradero dinosaurio. (Hay cierto libro reciente dedicado a este género en el que los microrrelatos están ordenados por su extensión, de los más largos a los más breves, y juro que el último, como por otra parte era previsible, es una página en blanco, salvo por el título y el nombre del autor, que es la versión narrativa de aquel lienzo en blanco que dio lugar a Arte, la magnífica obra de Yasmina Reza que Flotats, Pou e Hipólito elevaron a la cumbre de la escena teatral). Por el contrario, cada uno de los 41 capítulos de Alfanhuí, que forman parte de una única historia, podrían al mismo tiempo ser una historia independiente; más aún: con frecuencia encuentra el lector párrafos con una notable autonomía argumental, auténticos microrrelatos, lo que le confiere a la novela de Ferlosio la virtud de ser una miríada de historias dentro de una historia mayor. Valga este ejemplo con el que acabo ya, y con el que pretendo lograr interesar a otros en este libro imprescindible:

     "El maestro contaba historias por la noche. Cuando empezaba a contar, la criada encendía la chimenea. La criada sabía todas las historias y avivaba el fuego cuando la historia crecía. Cuando se hacía monótona, lo dejaba languidecer; en los momentos de emoción, volvía a echar leña en el fuego, hasta que la historia terminaba y lo dejaba apagarse.
     Una noche se acabó la leña antes que la historia, y el maestro no pudo continuar"


Jarrón con cardos. Escolástico Fernández

miércoles, 27 de noviembre de 2013

En recuerdo de Enriqueta Antolín

A Enriqueta Antolín le pareció extraño que en el restaurante del Club de Mar de Almería yo me pidiera, para cenar, unas chuletillas de cordero. Ella tomó un plato de pescado, como corresponde a una palentina que vive en Madrid desde hace años y está pasando un par de días en una ciudad andaluza bañada por el Mediterráneo. Mi caso era otro: yo era entonces, y sigo siendo hoy, un palentino que vive en una ciudad andaluza bañada por el Mediterráneo y que en cuestiones gastronómicas se confiesa incurablemente castellano. Aquella misma tarde nos había presentado la escritora y buena amiga Ana María Romero Yebra, el tercer comensal. Era el final de un día de marzo del año 1997. De aquella Enriqueta Antolín que había venido a dar una conferencia recuerdo su voz cálida, la sonrisa como estado natural de los labios y los ojos, la mirada sosegada, hospitalaria, elegante, igual que su voz y sus maneras; y recuerdo una gran mata de pelo: si alguna vez fue realmente una gata con alas, como tituló su primera novela, debió de tratarse de una gata de angora de edad indefinible, una gata sonriente y perpetuamente joven, pues en modo alguno pude imaginar que tuviera veinticinco años más que yo. Curiosamente yo leía esos días, embelesado, La gaznápira, de Andrés Berlanga, y en el curso de aquella cena me referí, vaya a saber por qué, a la disputa judicial que a cuenta de los derechos de tan extraordinaria novela habían mantenido su autor y José Luis Garci: fue una de esas casualidades que le ponen a uno al borde de meter la pata, porque yo ignoraba que Andrés Berlanga y Enriqueta Antolín estaban casados. Me lo dijo ella, sin perder la sonrisa, pero como extrañada de que yo no lo supiera: era la segunda vez que la sorprendía. Supongo que le dije también que había enviado mi primera novela a la editorial Alfaguara, porque al dedicarme Regiones devastadas quiso mostrar su confianza en que, además de paisanos, pudiéramos llegar a ser algún día «caballos de la misma cuadra». Me gustó aquella manera de expresarlo, me hizo pensar que tal vez sí, por qué no. Ya Regiones devastadas me había gustado mucho: aquella voz narrativa en segunda persona que se dirige a la adolescente que fue durante la posguerra y la conduce de recuerdo en recuerdo me había parecido de una ternura y una belleza admirables; eran los tiempos en que de la guerra civil se hablaba en voz baja y aún podía suceder que de tanto en tanto apareciesen huesos en los descampados y terraplenes cercanos a los nuevos barrios, donde antes hubo paredones, huesos mondos que pagaban a buen precio en la refinería de azúcar; y era, la de aquella jovencita, una de esas «edades en que bastan unos meses arriba o abajo para pasar de la oscuridad a la luz, de las tinieblas más absolutas a los débiles rayos que iluminan los primeros recuerdos».

Esta mañana vi su fotografía en El País, y antes de saber a qué sección me había llevado el pasar las páginas he sentido un escalofrío. Dice Juan Cruz en su hermoso obituario que ayer mismo cumplió Enriqueta 72 años. Cuando somos niños no podemos concebir que podamos morirnos el día de nuestro cumpleaños. Incluso a los adultos nos parece un giro del destino demasiado cerrado, un desenlace con una irritante vocación de final perfecto. Pero no hay nada perfecto en un definitivo adiós, ni siquiera la melancolía que nos queda.

Sirvan estas líneas apresuradas de emocionado recuerdo.

Foto: Ricardo Gutiérrez. El País

jueves, 24 de octubre de 2013

Prodigios ópticos

Pensando estos días en el cine tridimensional, o estereoscópico, o binocular, o en relieve, que de todas estas maneras se le ha llamado alguna vez, y que, como ya quedó dicho aquí, nunca alcanzó ni tanta perfección ni tanto sentido como en Gravity, recordé algo que este verano le oí decir a una guía del museo de la catedral de Palencia al enseñarnos un extraño cuadro que allí se conserva. Vaya por delante lo mucho que disfruto de las visitas a este tipo de museos, los catedralicios y los diocesanos, sobre todo si son de pequeñas capitales de provincia. Se trata de recorridos que sólo se hacen en grupos reducidos y acompañados de un guía, y a las obras de arte que nos van siendo mostradas y descritas se le añade la sobrecogedora solemnidad del edificio, el silencio y cierta sensación de aislamiento del mundo: a medida que se va avanzando, el guía abre una nueva puerta, enciende la luz y rescata del letargo y la oscuridad un tesoro de tallas románicas, y de relieves labrados en madera, y de enormes y finísimos tapices, y de cuadros de maestros de la pintura gótica o renacentista o barroca, y de grandes libros de cantos, o cantorales, anteriores a la imprenta, minuciosamente escritos e ilustrados sobre pergamino por monjes amanuenses. Si la salida del museo es diferente a la entrada -y muchas veces incluso aunque no sea así-, el guía va apagando la luz en las estancias que dejamos atrás y cerrando la (com)puerta, como si estuviéramos abriéndonos paso a través de un canal cerrado, de techos muy altos y bóvedas de crucería, por el cual vamos avanzando cuidadosamente y sin permitir que escape el tiempo detenido, el aire y el silencio de siglos, el milagro del arte.

El museo de la catedral de Palencia forma parte de la visita al propio templo. Se accede a él desde el claustro, y lo primero con lo que uno se encuentra ya en el interior es un imponente lienzo de El Greco, El martirio de san Sebastián. Pero yo empecé todo esto refiriéndome a las tres dimensiones. Creo que es en la última sala del museo, la más amplia, donde hay expuesto un cuadro alargado, casi una caja de madera protegida por un cristal. Se trata de un retrato anamórfico del Emperador Carlos V, atribuido a Lucas Cranach y pintado, pues, en la primera mitad del siglo XVI. Nuestra guía era una religiosa joven, menuda y alegre, con una dulce voz conventual y un acento levemente mejicano, que se expresaba sobre arte con la soltura que da el estudio, nunca la mera memorización de unas explicaciones. Al mostrarnos aquel extraño cuadro, en el que yo no había reparado las otras veces que estuve en el museo, nos indicó que a los visitantes más jóvenes les decía ante él que las tres dimensiones no se han inventado ni recientemente ni para el cine. Y nos hizo saber que para verlo bien teníamos que asomar un ojo por un orificio practicado en el lado izquierdo del marco.

Catedral de Palencia. Claustro. Foto: JFH

El historiador del arte Jurgis Baltrušaitis (1903-1988) escribió un libro cuyo título en francés, al parecer, es Les perspectives depravees, anamorphoses ou thaumaturgus, es decir, más o menos Las perspectivas depravadas, anamorfosis o magia. Digo al parecer porque no me consta que haya sido traducido ni publicado en España, y he encontrado referencias en las que desaparece del título la palabra 'taumaturgia' y otras en las que a ésta se le añade la palabra 'óptica': anamorfosis o prodigio óptico. Baltrušaitis define la anamorfosis como una técnica pictórica que consiste en «proyectar las formas fuera de sí mismas en lugar de reducirlas a sus propios límites visibles, y distorsionarlas de tal manera que únicamente desde un determinado punto vuelvan a su normalidad». Es decir, un artificio lúdico, un juego de engaños entre los sentidos del observador y la perspectiva. Visto de frente, en efecto, el retrato de Carlos V que se conserva en la catedral de Palencia se antoja una abstracción, un capricho cromático donde vagamente se deduce una cara, algo así como una caricatura estirada hasta lo grotesco. Pero apenas acerca uno el ojo al pequeño agujero del marco se desvela la verdadera naturaleza del cuadro, y en el interior de aquella caja apaisada aparece, como un holograma o una fantasmagoría, el severo perfil del Emperador, perfectamente tridimensional pero intangible. Casi me avergüenza confesar que intenté hacer una foto del prodigio apoyando el objetivo en el agujero: la magia no puede ser captada por las cámaras. De modo que me limité a fotografiar su apariencia exterior.

Siempre estuvo el ser humano necesitado de juego y de magia; siempre nos alentó esta apetencia de provocar la sorpresa y de ser sorprendidos. 

Retrato anamórfico de Carlos V. Lucas Cranach (?) 
Catedral de Palencia (Foto JFH)

martes, 23 de abril de 2013

Curso cinematográfico completo, 1935


No estoy completamente seguro de cómo llegó a mi biblioteca, y ni siquiera lo había hojeado hasta hace cosa de un mes. Está editado en Palencia, en el año MCMXXXV. Su título: Curso cinematográfico completo. Su autor: Luciano García Sáez. Su precio: una peseta (¿mucho o poco para la época?). Tiene cuarenta y ocho páginas, repartidas en un prólogo, un inflamado “elogio al cinema”, dieciséis capítulos forzosamente breves y un epílogo.

Ya de principio provoca una sonrisa un título tan rotundo, tan seguro de sí mismo, tan enciclopédico en la portada de un libro de tan insignificantes dimensiones (no mayores que las de una de aquellas novelitas del oeste que se intercambiaban en los kioscos); conmueve tan ambiciosa pequeñez, tan desmedidas pretensiones didácticas resueltas de manera tan pero tan modesta; y apenas se leen por encima los consejos que el autor dirige a los jóvenes, conmueve mucho más aún su cándido pero encendido amor por el cine. De ahí ese elogio y defensa del cinema («¡Yo te saludo y venero, excelso arte!») frente a «los temibles moralistas, que en todo ven algo propicio para sus sermones», los críticos y los indiferentes.

El Curso comprende todo lo que los futuros «artistas» deben saber acerca de tan dura profesión: caracterización, indumentaria, la fotogenia, la mímica, la expresión, incluso las caídas: «Uno de los puntos más artísticos y que mayor emoción produce en el espectador es caerse bien».  Hay que saber caerse, afirma categóricamente el autor. «No se cae lo mismo uno derribado por un puñetazo que uno que resbala», es por eso que «Toda clase de caídas conviene sepa practicarlas el futuro artista». Ahora bien, el autor advierte: «Para ensayar este capítulo conviene hacerlo bajo experta dirección o bien tomando todo género de precauciones, alfombrado cuidadosamente el suelo o bien sobre colchones».

«La talla normal del actor cinematográfico, no debe ser ni demasiado alta ni demasiado baja, una estatura de 1,65 a 1,70 es lo normal». Como excepción a esta regla se cita a Gary Cooper. El Curso aconseja qué debe estudiar y leer el futuro actor o actriz: «El desarrollo histórico de las costumbres y actividades de la Humanidad, el esfuerzo realizado por los hombres de Ciencias para sus experimentos e inventos (…) las obras cumbres de nuestros genios literarios, la Historia Universal de la Arquitectura, del Mueble y del Vestido…» En cuanto a esto último precisamente, el vestido, el Curso plantea una cuestión no menor: «En la vida particular siempre ha tenido excepcional importancia el modo de vestir, ¿qué no lo será para un artista de cine?» Y para lucir bien la ropa «Hay que andar con naturalidad, sin amaneramientos, ni en formas o poses estudiadas y ridículas», además de poseer unas excelentes facultades físicas, claro está: «El artista debe practicar los siguientes deportes casi necesarios: natación, equitación, automovilismo. Indudablemente que si además de éstos se practican otros, mucho mejor». Indudablemente. Y no hay que olvidar «la línea», que el artista cinematográfico ha de conservar: «Tiene que tener en cuenta el futuro artista que la pantalla hace aparecer a los artistas más altos y gruesos de lo que en realidad son». Y a manera de ejemplo, indica el autor la altura y peso de varias estrellas de la pantalla (Joan Crawford 1’60 m. y 55 kilos, dice;  Mary Pickford 1,48 m. y 41 kilos y medio). Por lo demás, y en cuanto a la apariencia física, «Las personas de semblante gastado y piel arrugada, no hallan piedad ante la cámara». «El futuro artista no debe empezar cuando tiene una edad avanzada (…). Pasando de 30 años, no aconsejo empezar». En cuanto a la técnica de aprendizaje interpretativo, he aquí un par de exhortaciones: «A los ojos hay que quitarles languidez, pues a veces se coge por costumbre y queda en vicio». «Las manos también dicen mucho y hay que moverlas sabiamente,  ¿cómo?, practicando ante un espejo como si se hablara con otra persona».

Dice Cervantes en el Quijote, y antes que él Plinio el Viejo, que no hay libro tan malo que no tenga algo bueno. Esto es algo que sabemos bien quienes amamos los libros. Este Curso cinematográfico completo es testimonio vivo de una época, una ventana abierta, por ejemplo, hacia la imagen de quien en aquella Palencia de 1935 tomara en sus manos estas pautas y las siguiera en la soledad de su modestísimo o aburguesado dormitorio de provincias o las pusiera en práctica disimuladamente en su trato con otras personas. Este planteamiento naif pero muy apasionado de un arte que apenas seis años antes había adquirido el don de la palabra, contrasta con el cataclismo bélico que se desencadenó en el país tan solo un año después, y desde la distancia no podemos sino pensar en lo lejos que estaba esa joven que ante el espejo imitaba a Greta Garbo o a Norma Shearer, o aquel otro joven dispuesto a llevar su ropa con la elegancia con que Adolphe Menjou llevaba la suya, qué lejos estaban, digo, de imaginar que sus sueños (ingenuos tal vez, pero sueños) iban a ser desmenuzados por una guerra de verdad y tan extremadamente cruel.

sábado, 9 de febrero de 2013

Palencia. Palabra y luz


Foto: JFH

Uno de los cuadros que hay en mi casa representa un extenso campo de girasoles en cuyo extremo, allá a lo lejos, alzándose contra el cielo, se adivina el perfil de Paredes de Nava, el pueblo palentino donde, como escribí hace años, está el manantial de mi sangre. Es un cuadro pequeño, de veintiuno por treinta y seis centímetros, y fuera cual fuese el propósito de mi padre al pintarlo (si es que puede hablarse de propósito en la elección que hace un artista del motivo de su obra), yo he adquirido el hábito de mirarlo para relajarme: hay realmente un horizonte hacia el que tender la mirada, y hay igualmente un silencio mitad amarillo, mitad azul plomizo, en el que lentamente el pensamiento va como disolviéndose. Es el horizonte que ni quiero ni podría perder aunque quisiera, aquél en el que están hundidas mis raíces, el horizonte del que proviene este sabor a Castilla que hay en mi sangre, este gusto a cereal y a piel de oveja recién curtida y a uva de majuelo familiar, este eco de dulzainas rizando apenas las aguas lentísimas del canal, este zureo en el vientre de un palomar o el crotorar de una cigüeña en lo alto de una espadaña, esta aspereza de adobe en la yema de los dedos y el dolor punzante de los cantos del río en la planta de los pies. Y no se trata sólo de sedimentos de infancia –salí de Palencia a los doce años-, sino del hecho cierto de que todos y cada uno de nosotros somos un tramo, únicamente un tramo, del largo río de un linaje: y si mis aguas discurrieron durante siglos por tierras castellanas, ¿a qué iba a saber y sonar mi sangre o cuál iba a ser su tacto?

El pasado martes se presentó el libro Palencia. Palabra y luz, editado por la Diputación provincial. Lo recibí ayer viernes, y es sin duda un hermoso libro coral, punto de encuentro entre literatura y fotografía. En sus páginas se dan cita nada menos que ciento veinte palentinos de nacimiento o adopción,  setenta y seis escritores y cuarenta y cuatro fotógrafos, y me complace formar parte de él, pues es la primera vez que me vinculo de manera efectiva a un proyecto cultural en Palencia. En esta soleada Almería en la que vivo desde hace ya tantos años, donde siempre me he sentido bien acogido, donde generosamente me consideran uno más entre los suyos y por donde fluye ya, fresca, sabia y tumultuosa, la vida de mi hija, sigo mirando hacia Palencia con nostalgia: mi sangre suena a jocosa rumba del río Carrión, por el que pasaba un submarino cargado de borrachos, y todos palentinos; sabe galletas recién horneadas y a lechazo churro y a pipas Facundo, aquellas que el toro lamentaba, al morir, no haber probado antes de dejar este mundo; tiene, en definitiva, el tacto suave y descendente de un arambol.

Mis felicitaciones al poeta Julián Alonso y al fotógrafo Javier Marín, que han coordinado el libro.


Girasoles. Escolástico Fernández


lunes, 27 de agosto de 2012

Cámara en mano


Un nuevo mes de agosto acaba, y con él todo lo que trae cada año: el Viaje (Castilla del corazón y Asturias del alma, escenarios de una infancia cada vez más y más lejana), la Familia, la Tregua… Se insinúa ya la rutina que en un abrir y cerrar de ojos devorará nuestro tiempo como si estos días pasados hubieran sido un sueño. Lo confieso: no he escrito una sola línea en todo el mes, pero he leído una buena parte de las muchas que contiene La montaña mágica, esa enorme novela en la que el paso del tiempo, precisamente, juega un papel fundamental; no he escrito, es cierto, pero he fotografiado: sintiéndome un poco aquel Robert Kinkaid, de National Geographic, que apareció un buen día de 1965 por el condado de Madison, en Iowa, para fotografiar unos puentes de madera -uno de mis personajes cinematográficos favoritos-, he paseado con una cámara en la mano, atento a esa imagen singular que pareciese surgir de pronto sólo para mí.

Así, dialogué con esta cigüeña durante diez minutos, aunque más allá de las palabras, únicamente con la mirada: la suya en la mía, la mía en la suya…


Juan Fernández Herrezuelo

... Y sorprendí al llamado Campesino ibérico como oteando hacia el principal símbolo monumental de la ciudad de Palencia, el Cristo del Otero…


Juan Fernández Herrezuelo


... Y traté de captar el zureo que sonaba en el vientre de este palomar solitario…


Juan Fernández Herrezuelo


... Y el eco afantasmado del que un día contuvo este otro palomar ahora en ruinas…


Juan Fernández Herrezuelo


... Y cedí la cámara a otras manos para incorporarme como figura a este grafiti que nos asaltó por sorpresa  en la ribera del río, tan cerca de la torre almenada de San Miguel…




... Y ya en Asturias, tomé esa curva del camino…


Juan Fernández Herrezuelo

... Y me vi reflejado en esa gota de lluvia que temblaba, casi una lágrima, en el aterciopelado borde de un pétalo…


Juan Fernández Herrezuelo


Fotos: JFH

miércoles, 24 de agosto de 2011

Vita Flumen

Hace un par de meses, mi buen amigo el camarada poeta me envío una entrevista realizada a José Luis Sampedro que bien podría ser entendida como un manual de lucidez para tiempos de barbarie y de cambio. Entre sus afirmaciones hay una, ésta personal, que me conmovió profundamente, y que no he parado de repetir desde entonces cada vez que ha habido ocasión: preguntado por el miedo a la muerte, Sampedro, de 94 años, responde: “Mi ambición es morir como un río. Ya noto la sal”. No podía ser recreado de mejor y más conmovedora manera ese tópico literario del Vita Flumen, de la vida como un río que fluye, que avanza inexorablemente hacia su desembocadura, que conoce la lentitud de los llanos y la rapidez de las pendientes, que se ensancha o se estrecha, que es mansa o tumultuosa según los accidentes de su recorrido, que fertiliza las riberas a su paso y pulimenta los cantos, que es navegable en algunos tramos y en otros deja al descubierto su lecho, y que finalmente se funde con el mar. Cómo no pensar en Jorge Manrique y en el que acaso sea el mejor poema de la lírica española. (Cómo no pensar también, ahora que escribo, en Riografía, de Miguel Cobo).

Este verano he seguido el curso de varias vidas de ficción en libros que a veces recogen un trecho de ellas, a veces casi todo su discurrir y en no pocas ocasiones su mismo ir a dar a la mar. Frente al monumento que recuerda a Manrique en Paredes de Nava (Palencia), el pueblo donde nació allá por el 1440, cedí a la tentación de poner a los pies de bronce del poeta uno de esos libros que me han acompañado estas semanas, Elefantiasis, de Raúl Ariza, cincuenta relatos que son bastantes más fragmentos de vidas inventadas, textos que son un prodigio de contención y que en su voluntad de jugar con quien los lee sugieren una corriente circular que conduce a una segunda lectura, y a una tercera, y que, en definitiva, convierten el libro en un pequeño atlas físico y narrativo donde cada una de esas vidas en cuyas aguas solitarias y desengañadas hundimos la atención forman, recordadas en su conjunto, un entramado fluvial que es imagen especular de nuestro tiempo (de barbarie, de cambio).

Elefantiasis, Jorge Marique y, en tercer término, la iglesia de Santa Eulalia, en Paredes de Nava (Palencia), donde se conserva la pila en que fueron bautizados Manrique y Pedro y Alonso Berruguete (Foto: JFH


A principios de agosto, me acerqué a las vidas también solitarias y no menos desengañadas recogidas en Acceso no autorizado, de Belén Gopegui, aunque confieso que al principio sin más voluntad que la de dejarme llevar por su corriente como hoja de álamo. Admiré durante varios años a la autora de La escala de los mapas, que tanto me cautivó (es el único libro al que le he organizado una fiesta privada), y sobre todo de esa novela tan bella y tan insólita titulada La conquista del aire (insólita por lo insólitamente afirmada que está en la realidad presente, cuando mucho en nuestras letras es hoy bisutería y evasión). Pero a partir de su cuarta novela tuve que utilizar ya, ante mí mismo, todo tipo de escusas para justificar el haber invertido mi tiempo en su lectura, y con El padre de Blancanieves le dije adiós, yo creía que para siempre. Ahora Acceso autorizado me ha reconciliado con ella, no porque no sea puro Gopegui, sino porque lo es en el mejor y más audaz de los sentidos, en una historia que uno quisiera tomar por una mezcla de ciencia-ficción y política-ficción, pero en la que la ficción es apenas un barniz: no será mañana cuando nuestros ordenadores puedan ser visitados por extraños sin que lo sepamos, sino hoy, en este preciso momento, ni tampoco cuando “la amenaza criminal y el poder instituido” coincidan, sino ayer, hoy y siempre. “La democracia”, dice un intermediario –que a sí mismo se llama apoderado- “no es más que el recambio entre los vendedores, según quién estuviera en el gobierno serían unos y no otros quienes podrían ofertar sus ruinas para obtener a cambio millones de euros del común” o para adquirir “a precio de saldo inmuebles e infraestructuras puestas en pie por la comunidad”. Un texto demoledor, en muchos aspectos, que en su escena última incurre en cierta ingenuidad política (al suponer que tal declaración pública pudiera hacerse alguna vez en nuestro país), a menos que en ella encuentre razón de ser la apelación a la fábula que se hace en la contraportada. Por lo demás, la metáfora del fluir temporal se tecnifica, como corresponde al tiempo que nos ha tocado vivir, y puede, además, remontarse: “… no todo se acaba, quizá el tiempo es un pasillo mecánico que avanza siendo, sin embargo, posible desplazarse por él en dirección contraria hasta llegar a la emoción que fuimos” (pg. 232).

Pero este verano permanecerá en mi memoria como aquél en que al fin me embarqué en la caudalosa y excitante lectura de Madame Bovary. Que haya tardado tanto en acudir a sus páginas y al curso de las turbulentas vidas que por en ellas discurren se debe sobre todo a mi ilusoria esperanza de poder leerlas algún día en su idioma original, sabiendo desde siempre que la novela fue escrita con una enfermiza meticulosidad, que Gustave Flaubert salía al jardín para declamar a voz en grito cada párrafo y tratar así de cazar al vuelo cacofonías y disonancias en su prosa, que cualquier traducción, por buena que ésta fuera, no me trasmitiría más que un pálido reflejo de su precisión expresiva. Pero lo cierto es que nada he hecho en este tiempo para aprender francés y nada, tampoco, parece indicar que vaya a aprenderlo de manera milagrosa en lo venidero. De modo que en julio me vi arrastrado por la intensidad de sus corrientes, me adentré en el torrente de sus almas, me identifiqué con Emma de manera absoluta y de manera absoluta me enamoré de ella en una suerte de narcisismo literario. Apenas supe que el pomposo Homais acababa de recibir la mención de honor (última frase de la novela), y tras haber sido ya demolido por la dolorosa impetuosidad de la muerte de tan memorable mujer, leí también La orgía perpetua, el magnífico y revelador ensayo de Mario Vargas Llosa, y las sensaciones que había experimentado con la lectura de la novela se incrementaron con el estudio de la carpintería que la sostiene: todo en su elaborada escritura apunta a la perfección: el sutil sistema de planos temporales, la duplicidad como rasgo compositivo, las “diferentes máscaras del narrador”, la manera en que Flaubert canalizó hacia su ficción afluentes reales (“hizo de la vida una proveeduría literaria”, dice Vargas Llosa).
No me extenderé. Baste decir que me he sentido desbordado en este tardío encuentro con Emma Bovary, y ante la pervivencia de una obra tan monumental uno no puede evitar puntualizar que, en estricto sentido, son las aguas las que van a dar a la mar: el río permanece, para regocijo y asombro de generaciones futuras.


El río Carrión a su paso por Palencia. Aún ha de convertirse en Pisuerga y éste en Duero, y luego recorrer como tal cientos de kilómetros, antes de empezar a sentir la sal del Atlántico (Fotos: JFH)