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Jorge Manrique en Paredes de Nava |
Reconozco en mí una marcada
naturaleza manriqueña, y no sé cuánto puedan pesar en ello razones geográficas.
Mi alma no ha de despertar a la evidencia de lo velozmente que passa la vida,
pues es cosa que no deja de asombrarme cada día, y más me asombra aún a medida
que voy amontonando años. Vivo instalado en el dolor de comprobar cuán presto
se va el plazer, y temo que también a
mi parescer cualquiere tiempo pasado fue mejor, y si no cualquier tiempo, sí al
menos los tiempos que yo he conocido. No soy de los que se engañan pensando que
lo que espero ha de durar más de lo que ya que vi (y viví, y a su tiempo esperé),
y no me cabe duda de que más allá de la desembocadura de nuestras vidas todos
seremos iguales, de que la frescura de la cara y la ligereza y la fuerça corporal desaparecen al llegar al
arrabal de la senectud (¡qué bella y
terrible expresión!), de que la vida se va apriessa,
como un sueño, tempus fugit.
Pero hablé de razones geográficas –y me
callé las que acaso sean más importantes aún: las literarias-. Mis padres
nacieron en Paredes de Nava, y los padres de mis padres, y los padres de mis
abuelos, y así hasta quién sabe qué generación. En esta noble villa palentina brotó
el manantial de la vida de Jorge Manrique alrededor del año 1440 (no se sabe
con precisión). Recuerdo que cuando era joven soñaba con encontrar algún día,
indagando en archivos y colecciones privadas, alguna obra no conocida hasta
entonces de quien es autor del mejor poema –quizá- de la lírica castellana, las Coplas a la muerte de su padre. Estudié
Filología Hispánica pensando que el mero hecho de hacerlo me acercaba a la
consecución de tal anhelo, pero como me ocurrió más tarde con tantas otras
cosas, no fue posible llevar a cabo aquella empresa sin poner en ella un mínimo
de voluntad, ah, la pereza, la inconstancia, la ingenuidad, todo ello tan poco
manriqueño y sin embargo también propio de mi naturaleza.
Este verano sí he podido llevar a cabo
otro viejo propósito relacionado con D. Jorge Manrique, grandioso poeta y aguerrido soldado: visitar
el castillo de Garcimuñoz, a cuyas puertas el río de su vida vino a dar al estuario de una herida mortal. ¡Tiempo turbulento el del reinado de Enrique IV! Hijo de
D. Rodrigo Manrique de Lara, D. Jorge tuvo siempre como meta no desmerecer la
fama de su padre, aquel segundo Cid, maestre de la Orden de Santiago, comendador
de Segura de la Sierra y primer conde de Paredes de Nava. En la guerra contra
los “moros”, para los Manrique hubiera tenido pleno sentido hablar de
Reconquista, pues por sus venas corría sangre de Godos, así de antigua era la
nobleza de su linaje. Pero la batalla en la que perdió la vida a los 39 años no
se libró en la frontera con el reino nazarí de Granada, sino en los campos de
Cuenca y como parte de una de tantas guerras civiles que han asolado nuestra
historia. Fue la suya época de conspiraciones, de farsas en que se derrocaba a
un rey en efigie y se entronizaba a otro, apenas un niño, hermano del rey indeseado.
Dos reyes en Castilla y una hija del primero de ellos, Juana, a la que una
parte de la nobleza le negaba legitimidad. Muerto repentinamente el niño rey Alfonso
-“el innocente”, en las Coplas de Manrique-, sus partidarios abrazaron
la causa de su hermana Isabel, quien ya sin farsas subió al trono a la muerte
de Enrique. Pero la guerra entre unos y otros continuó.
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Castillo de Garcimuñoz |
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Puerta del castillo |
Nombrado capitán de la Hermandad del
Reino de Toledo por los Reyes Católicos, Jorge Manrique pretendió rendir el
castillo de Garcimuñoz, del que era señor su enemigo, el marqués de Villena.
Era en la primavera de 1479. D. Rodrigo Manrique había muerto apenas tres años
antes. Jorge Manrique cae en una emboscada frente a la fortaleza, sus tropas y
las del marqués entablan combate, D. Jorge lucha contra el capitán Pedro de
Baeza, y en la desordenada refriega de tantos hombres embravecidos, a pie unos
y a caballo otros, una lanza le entra al poeta por los riñones. Se le traslada
a la cercana localidad de Santa María del Campo Rus. Entre sus ropas, escrito
en papeles ensangrentados, sus últimos poemas, dos coplas no contabilizadas
entre las dedicadas a la muerte de su padre (“¡Oh, mundo!, pues que nos matas…”, empieza el primero). El marqués
de Villena le envió a dos de sus cirujanos, que nada pudieron hacer tampoco
para salvarle la vida.
Uclés, que fuera en su tiempo cabeza
de la Orden de Santiago, dista 66 kilómetros del municipio de Castillo de
Garcimuñoz. Allí se alza un monasterio al que merecidamente se conoce como El
Escorial de La Mancha, y que impresiona ya en la distancia. Tan solo unas
décadas antes de ser construido, Jorge Manrique fue enterrado en la capilla del
convento que entonces formaba parte de la gran fortaleza, junto al sepulcro de
alabastro bajo el que reposaba el cuerpo de D. Rodrigo (“Aquí yace muerto un hombre / que vivo dejó su nombre”). La tumba del
poeta estuvo cubierta tan solo por una losa negra. Cincuenta años más tarde se
dispuso la construcción en aquel mismo lugar de un gran monasterio, el actual. Los restos
del padre y del hijo se trasladaron a su iglesia, y fueron enterrados bajo sendas losas, leyéndose
en la que cubría al poeta: “Aquí yace
Jorge Manrique, el que hizo las Coplas". En 1809 las tropas francesas saquearon
el monasterio, aunque no es seguro que fuera entonces cuando se perdieron los
huesos de los Manrique. A quien visita hoy el imponente monasterio de Uclés se
le indica que, en efecto allí, está enterrado el poeta, pero que nadie sabe
dónde.
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Monasterio y fortaleza de Uclés |
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Monasterio de Uclés |
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¿En qué lugar de esta iglesia del Monasterio reposan
los restos de Jorge Manrique? |
La Edad Media resbalaba hacia el
Renacimiento cuando Jorge Manrique escribió y luchó y amó. Fue época de “huestes
innumerables”, de “pendones, estandartes e banderas”, de “castillos impugnables”
de “muros e balüartes e barreras”, pero también, como señala Antonio Serrano de
Haro en su magnífico libro Personalidad y
destino de Jorge Manrique (1966), “Era
aquel un mundo fantasmagórico y divertido, lujoso e inmoral. Oscilante luz de
hachones. El vino circulando en ricos vasos. Manjares muy condimentados con
especias. Perfumes intensos. Juegos de manos. Ingenio, requiebros y
proposiciones. Danzas. Y un fondo musical de ministriles y cantores”.
La primera palabra de las Coplas es “Recuerde”, la última “memoria”.
Garcimuñoz y Uclés serán ya para mí, manriqueño por carácter y geografía,
lugares inolvidables.
Fotos: JFH