martes, 7 de febrero de 2012

Las ciudades especuladas


La Ciudad de hoy muy bien hubiera podido estar incluida entre las invisibles que Marco Polo le describía a Kublai Jan en aquel memorable libro de Italo Calvino: de esta soleada urbe, a la que se llega bien cruzando desiertos vagamente cinematográficos, bien atravesando campos cubiertos de plásticos espejeantes, bien como fin de una singladura breve por un mar tan azul como lo quiso el deseo de los dioses que nacieron y murieron en sus márgenes, cabe preguntarse si está en proceso de construcción o de destrucción. El viajero que llega no puede asegurar si lo que ve está siendo ya por fin la Ciudad o si está dejando de serlo. Grúas de edificación conviven con grúas de derribo, y lo que nace es tan distinto de lo que se reduce a escombros y desaparece que cabe imaginar una ciudad que se desmantela para ser otra. Y cabe imaginar también las razones para un cambio de identidad tan decidido.

Hay calles en las que se percibe o se intuye lo que la Ciudad fue, trazos paralelos al puerto que van ascendiendo, como renglones de un libro de historia, hasta la vieja fortaleza árabe, y el papel de ese libro está amarillento y parece vulnerable al tacto y aun a la vista, y hay una especie de vago olor a pulpa en descomposición, que es olor a tierra mojada y bajo una sombra perpetua, como si el imaginario libro urbano no hubiera sido abierto en muchos años. Sin embargo está el sol, está la luz implacable, absoluta, la luz sin aristas ni fisuras, desmintiendo la idea de sótano o caverna que le es propio al moho.

Por qué esta zona antigua y estas casas imponentes no constituyen la parte noble de la Ciudad es un misterio tan extraño que ni siquiera sus habitantes pueden explicárselo al viajero. Ocurre que hacia el centro, hacia las arterias principales, a una casa de dos plantas, tres a lo sumo, en cuya fachada abandonada apenas quedan rastros de sus vivos colores de antaño, le sigue anexo un edificio alto y feo y por completo a contra estilo; ocurre que al llegar al centro neurálgico, el viajero ve a un lado una bellísima construcción centenaria inusualmente elevada para su época, bellísima hasta en su nombre, que los habitantes pronuncian con admiración y algo de nostalgia, De las Mariposas, haciendo esquina como la proa de un buque recién rehabilitado, y al otro lado un búnquer romo, de una rara ultra modernidad sin carácter, como piedra gris sin labrar, de ventanas que quisieran ser realmente ventanas y no pudieran por lo aparentemente hermético, por lo aparentemente azogado.

Sólo entonces constata el viajero que la ciudad toda es un hormiguero de coches. Hasta ese momento el tránsito caótico y lento de vehículos le había parecido consecuencia de la estrechez de las calles del casco antiguo: ahora la superficie de la ciudad parece uno de esos puzzles de piezas cuadrangulares que se desplazan en sus guías hacia arriba, hacia abajo o a los lados gracias a que hay un solo hueco que permite buscar un orden, un sentido al dibujo: los coches no parecen ir mucho más allá del espacio que ocupaba su predecesor y son sustituidos por el coche de atrás o por el de al lado, y así se forma esa ficción llamada tráfico rodado. Tal vez no sea exactamente así, claro. De hecho, los habitantes saben que no es así. Pero lo cierto es que la impresión que se lleva el forastero es la de unas calles invadidas por un magma lento de chapa y cristal y caucho.

Y aunque el viajero cree estar ya en zonas de la ciudad completamente nuevas, aún se obstinan en aparecer cuando menos se lo espera uno casa bajas, de altos dinteles y una sola ventana, alta también, y enrejada, y es en esas apariciones donde el viajero entrevé la Ciudad de hace no tanto, la Ciudad de casi siempre, esa ciudad colonial que permitía ver el mar y la sierra desde cualquiera de sus esquinas, la ciudad llana de anchos bulevares y empinadas callecitas, de burguesía y obrerismo, de silencio, de ese silencio en que se trazaba el menudo rodar de una bicicleta, el cascabeleo de un coche de punto, el ronquido aislado un automóvil por cada muchos paseantes.

A aquel ayer le sustituyó este futuro que envejece cada día en una vertiginosa y laberíntica incertidumbre: es esta ciudad en la cual la sombra del viajero reconoce lo peor de la suya y de todas las ciudades.


Fotos: JFH

9 comentarios:

Miguel Cobo dijo...
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Miguel Cobo dijo...

¿No existirán, acaso, algún flautista hameliniano, alguna sirena egeica, que, con su instrumento y sus cantos, atraigan y arrastren hacia el mar a esos neorroedores de la modernidad y nos dejen la pura luz, el cielo azul, en paz?
El viajero y los nativos se lo agradecerían.

José Luis Martínez Clares dijo...

Las ciudades que no tienen ventanas abiertas al exterior se aislan en su propio declive. En ellas, es complicado mirar con perspectiva humana porque sólo vemos coches y hormigón. No tenemos acceso al azul del cielo, a la montaña que se insinúa más allá del extrarradio, al mar y sus gentes, a la línea difusa del horizonte. ¡Pobres ciudades de trabajadores dichosos! Las nuevas ciudades son aglomeraciones a medio hacer. Abrazos, Juan.

abril en paris dijo...

No concibo un mundo sin ventanas, me asfixiaria.
No saber dónde termina el horizonte en esas puestas de sol sigue siendo el mayor espectáculo del mundo.

¿Nos hablas de ciudades deshumanizadas quizás ? Es triste.

Un beso

Francisco Machuca dijo...

Un tema que me toca de lleno.Los espacios donde habitamos.Hace mucho tiempo que a la gente se le llamaban ciudadanos,ahora somos habitantes.Salimos de nuestras casas directamente hacia lugares concretos.Ya no se viven los espacios,ni las calles,ni los parques.Nos han hecho olvidar que un parque es necesario para reposar,para pasear sin ningún motivo aparente.Hoy estamos rodeados de rotondas y parques de hormigón,lugares de paso apresurados.Tengo en mi escritorio una fotografía de don Pío paseando por el Retiro.

Un fuerte abrazo,amigo.

http://fmaesteban.blogspot.com/2010/06/un-dia-cualquiera.html

Myra dijo...

Me gusta perderme por la calles del ayer. Cuando paseo por ellas, me olvido de las calles de este futuro. A veces también maldigo las aberraciones del hombre alargando, haciendo más altos esas casas desde las que se veía el cielo, se olía el aire, se disfrutaba del silencio.
Pobres ciudades sin alma..

Un beso

Horacio Beascochea dijo...

Hay un desprecio por las calles del ayer, por esos edificios que debiéramos preservar que asusta, todo en afán de un progreso hacia ninguna parte, moderno, espejado, en donde podemos ver nuestras propias miserias.

Abrazo

Beatriz dijo...

Ayer precisamente tuve una cercana y desagradable sensación fruto de la despiadada y no controlada invasión del progreso. En el patio de manzana desde que al asomarme desde la terraza de mi casa veía dos preciosos árboles de más de cincuenta años(según contaban los vecinos)unas enormes grúas en pocos minutos destrozaron sus ramas verdes y cortaron en pedazo la fortaleza de su tronco privándonos de esa belleza natural en donde a la mañana se juntaban mirlos, jilgueros, loros,etc. y que en época de floración y cuando la primavera se anunciaba se respiraban amaneceres perfumados. En su lugar se construirá un parking sin duda que más rentable para el dueño del solar.
Sentí el dolor del árbol cuando lo arrancaban, puedo asegurarte que dolía la imagen de su desaparición.

Un abrazo amigo. como siempre un placer leerte

Marcos Callau dijo...

Particularmente, amigo Juan, solo me encuentro realmente a gusto en las zonas antiguas de la ciudad. Y cuando paseo por la calle Carretas de Madrid, la mento profundamente la desparición del Café Pombo, por poner un ejemplo... y de tantos otros lugares antiguos del Madrid de entonces. (¿Cuánto tiempo le quedará al Gijón?) En Zaragoza, tenemos un bonito casco histórico en el que tengo la suerte de vivir. Pero, en cualquier caso, no recibe la atención y el cuidado que merece ya que, para que te hagas una idea, la "zona de marcha" está instalada aquí. Es una pena. Como también es una lástima que cerraran el Café Ambos Mundos (el que fuera era el más grande de Europa), en el Paseo de la Independencia, para abrir en su espacio una entidad del Gobierno de Aragón. En fin, seguirmeos paseando las calles antiguas en busca del túnel del tiempo. Un abrazo, Juan.