lunes, 19 de agosto de 2013

El centro del laberinto

Los años 2001 y 2002 escribí para el diario La Voz de Almería una serie de artículos en los que fui contando a mi manera cada una de las corridas de toros de la Feria. La crítica del festejo la hacía, magistralmente, Jacinto Castillo (por cierto, antiguo miembro de la Tertulia dela Calle Suipacha reencontrado pasados los años), y yo ponía, con un día entremedias, el punto de vista literario. Estos artículos llevaron por nombre genérico EL CENTRO DEL LABERINTO, aunque sólo el primer año tal denominación estaba explicada. He rescatado los artículos de aquel 2001 y los he despojado de las referencias a cada una de las corridas que les servían de escusa, de tal manera que los fragmentos tengan un sentido propio ahora que un nuevo ciclo taurino se inicia en la ciudad a la que he regresado hace tan poco.

 Joselito. Almería, 1998 (Foto JFH)


(20 de agosto de 2001)
Rito ibérico en lo histórico, suma de mitos en lo literario: ambas raíces del toreo son milenarias y poco importa si se confunden en lo profundo de la imaginación, en el subsueño colectivo. En cualquier caso, los pormenores del espectáculo al que asistimos en el presente son fundamentalmente fruto de tres cambios que en la forma de correr los toros se operaron durante el siglo XVIII: el plebeyo peonaje le gana el protagonismo al caballero de quien hasta entonces era mero asistente; un Francisco Romero muy anterior al Faraón de Camas usa por primera vez una muleta, de lienzo y blanca, para que poco después Costillares supiera sacarle partido en la tesitura de matar al toro al volapié; y, finalmente, otro Romero, Juan, reestructura las cuadrillas y establece así la manera en que irán definiéndose las futuras estrategias de la lidia. Sea ese siglo, pues, la frontera que divide las tauromaquias remotas y las modernas: al otro lado la evolución de la cultura táurica es lenta, desde la civilización caldea a la ibérica, del culto a Cibeles o Mithras a los solemnes rituales en honor a Apis, del rapto de Europa a Maratón, de la Edad Media al Renacimiento; de este otro lado, esa evolución se produce a lo largo de casi tres centurias y a partir de cambios no tan sustanciales como cabría pensar. Pero hay un misterio común: sobre el antes y el después se yerguen las figuras de Teseo y del Minotauro, y sobre ellas dos el símbolo del laberinto.
Se cuenta que la Criatura encerrada en su centro recibía cada nueve años el sacrificio de 14 jóvenes, y Borges cifra en 14 el número de entradas a la casa dedálica de Asterión-Minotauro, una menos de las que tuvo en su origen la plaza de Almería. Para que Teseo pudiera regresar sobre sus pasos una vez se hubiera enfrentado a aquel ser con cuerpo de hombre y cabeza de toro, Ariadna le dio el extremo de un hilo que él iría desovillando a lo largo de las múltiples callejas y encrucijadas que constituían físicamente el laberinto. Con  el hilo en una mano y la espada en la otra, el héroe griego se adentró en busca del centro y del Solitario que lo habitaba, y allí, lejos de las miradas de todos, le dio muerte. Si nos atenemos al sentido clásico del mito, su victoria representa el triunfo de la razón helénica sobre la superstición, de las dimensiones diurnas sobre las nocturnas, del intelecto sobre la vida instintiva; de acuerdo con la interpretación que del mismo hizo Julio Cortázar, sin embargo, la muerte del Minotauro se debe al «horror a lo distinto, a lo que no es inmediato y posible y sancionado»: Minotauro, señor del juego, dice Cortázar, amo del rito. Valga la combinación de ambos significados contrapuestos para entender que, en cualquier caso, es el toro el protagonista de la corrida; valga también como invitación a observarlo desde que aparece en el ruedo, a él sobre todo, a estudiarle, a admirarle, a ser también los ojos con que lo mira el hombre que habrá de hacer arte fugaz mediante el enfrentamiento con él. 
Pero, ¿y el laberinto hoy? Como curiosidad diré que en la plaza de Almería quedaba hasta el año pasado un fragmento diríase que arqueológico que recordaba la antigua existencia del ingenio diseñado por Dédalo: al cambiar la puerta a través de la cual los toreros entran desde la calle al patio de cuadrillas no se accedía a éste de manera directa, sino recorriendo, casi agachados, una suerte de pasajes estrechos, doblando recodos, subiendo y bajando algún que otro escalón de piedra. En cualquier caso, el verdadero laberinto hoy es otro, y es simbólico: la realidad, y cada uno de nosotros, espectadores, como representación de ella. Una realidad que parece negar la pervivencia del mito y a la vez la asume como interna a través de la emoción. Una realidad que cerca el círculo donde la irrealidad se desarrolla: solos toro y torero en el centro. (“Querencia literaria”)

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(21 de agosto)
Laberinto, sí, y en el centro el ruedo: moneda de arena que acuñaron los dioses, casilla zodiacal, encrucijada de lo sagrado y lo pagano, mandala, casa de Asterión, primero o último de una serie de círculos concéntricos que acaban o empiezan en el perímetro del Mundo. Y alrededor una base de cemento sobre la que se asienta, ya dije, el laberinto de la realidad. (“Una voz a mi lado”)

Finito de Córdoba. Almería, 2000. (Foto JFH)

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(23 de agosto)
El tiempo en el laberinto no se corresponde con el que los espectadores llevamos atado a la muñeca. Para el imaginario colectivo siempre serán las cinco de la tarde en el laberinto, pero enredado en sus recodos el tiempo posee su propia naturaleza: a veces es tiempo detenido, a veces premioso, a veces, las más, inexistente, a veces incluso inverso; es único, en cualquier caso, y los adjetivos que se le añadan siempre serán meros intentos de codificación. No hay forma de medirlo, y sin embargo juega con elementos de todos los relojes: reloj de sol sobre una esfera de arena, media luna creciente de sombra, clepsidra si el temple del muletazo es líquido, si la lucha es lenta y como entre cuerpos sumergidos, reloj de péndulo oscilando constantemente del triunfo al fracaso, del fracaso al triunfo, reloj de música en los pasodobles, de cuco en el chillido de una golondrina. Nuestro reloj de pulsera no lo miramos en la plaza para saber qué hora es sino qué hora sería si no hubiéramos venido, para tensar ese particular hilo de Ariadna que el matador sostiene, que nos atraviesa y que acabará sacándonos del ámbito mágico de la corrida. (“Pliegues del tiempo”).

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(27 de agosto)
La muerte de Agostero [el último toro de la última tarde] nos fue devolviendo a todos la medida de la realidad que el laberinto había dejado en suspenso durante siete días. No existe el tiempo allí dentro tal y como lo conocemos, ya lo dije. Habíamos entrado en pleno verano y ya el sábado las puertas exteriores nos arrojaron a un atardecer como de septiembre, como de principios de curso, como de antesala de otoño. En nuestra memoria conservábamos la elegancia centáurica de Hermoso de Mendoza, la pierna adelantada de El Califa, la finura de Finito, la maestría incontestable de Enrique Ponce, la transfiguración de Jesulín, el jubiloso quehacer de Puerto, la abrumadora torería de Ruiz Manuel, la ausencia de El Juli y de José Tomás (ese samurai del toreo, como le definió Joaquín Sabina), el pellizco de Morante, el glorioso capote de Curro Vázquez, el heroísmo de coliseo romano con que Pepín Liria respondió a su ausencia inicial en los carteles. Hay otros laberintos, pero hasta el próximo agosto no estarán en éste: la base de su representación almeriense se fue quedando desierta el último día, y los espectadores desandábamos con nostalgia anticipada las galerías que habíamos abierto en nuestra propia cotidianeidad para asistir al rito totémico celebrado en su centro. Vacía y sola, la plaza iba convirtiéndose poco a poco en lo que será durante los próximos meses: un mero edificio. Únicamente los ecos lo habitarán; las lluvias del invierno extraerán de entre sus junturas hierbas y musgo, la cal irá cuarteándose y desprendiéndose, todo en él parecerá arquitectura milenaria en no demasiadas semanas. Lo es ya, en alguna medida. La renovada lucha entre Teseo y el Minotauro le dio cuerpo y vida a sus tendidos, pero de este lado de la realidad se nos antoja que quizá todo fue producto de nuestra imaginación. (“Se desvanece el laberinto”)

José Ignacio Uceda Leal. Almería. 2000 (Foto JFH)


14 comentarios:

José Luis Martínez Clares dijo...

He leído muchos ensayos taurinos -acabo de concluir "Diálogo con Navegante"- y a todos les falta algo como esto. La poesía no es narrar la realidad sino trascenderla y en eso andabas aquellos días. Abrazos

Juan Herrezuelo dijo...

Yo estuve detrás de leer el libro "Filosofía de las corridas de toros", del filósofo francés Francis Wolff, a quien tuve ocasión de entrevistar por aquellas fechas. Hubo un tiempo en que leía mucho sobre toros (recuerdo un estupendo libro sobre la dinastía de los Bienvenida). Pero en estos doce años esa pasión taurina se me ha relajado mucho. No he leído pues ese libro de José Tomás, ni tampoco el de mi admirado Enrique Ponce: al final fue Andrés Amorós el que hizo lo que yo deseaba por entonces, biografiarlo.
Un abrazo taurino-literario.

abril en paris dijo...

Ya he confesado en éste local mi ignorancia del fino arte taurino y mis raras experiencias o encuentros con una plaza, salvo para presenciar un concierto, en Las Ventas o en algún otro lugar. Pero te leo porque el capote literario se te da muy bien..¿de qué me extraño..?

Un beso Juan, me pongo la mantilla si es preciso.

Juan Herrezuelo dijo...

ABRIL: Con mantilla o sin ella, cuánto me alegra que estés aquí también hoy, oyéndome pegar la hebra en la barra de este local convertido por un rato en tabernuca taurina. Siempre vi en los toros algo más de lo que se aprecia a simple vista, y a veces traté de indagar en ello, y de contarlo. Un beso por delantales.

PMPilar dijo...

'No pongo al dios por excusa de inaceptar (?) la grave trascendental importancia de la fiesta teurina'
(la cual, aun sin que quisiera, más me sume en desencanto irremediable.
'No le opondré valor sino otorgaré respetos en tanto descubran forjas poéticas de este tenor, tan preciosamente apuntilladas, Juan'

Luego, corra sangre en la arena
y le susurren astas de mi toro, toro bravura perfecta. Que a pocas más se le asueldan capas y capotes
sin faltar ni uno a la cita convenida en tarde lenta. ¡como de un "a las cinco de la tarde" lorquiano.
Del resto, y va por ti, choque de palmas y aplausos, poeta"

Un abrazo grande, Juan

PMPilar dijo...

error: tAurina!

Juan Herrezuelo dijo...

PMPILAR: El toreo está entretejido de poesía, en tanto que símbolo y música callada y danza solitaria y lucha entre dos naturalezas y regreso a las raíces del mito y verdad oculta y sentimiento y exposición de lo íntimo. “Corro de arena: noria / de sangre horizontal y concurrencia / de anillos: sí: ¡victoria! / de la circunferencia”, escribió Miguel Hernández. Correspondo a tus aplausos con una inclinación agradecida. Abrazos.

Laura Uve dijo...

Excelentes textos Juan.

He ido mucho a las plazas de toros en la niñez y juventud, poco en los últimos años. Mi padre era un era aficionado y en alguna ocasión me llevaba a la plaza (Zaragoza y la fería en octubre). Un hermano suyo, y tío mío, fue novillero e íbamos a verlo en alguna ocasión.

Siempre me ha sobrecogido lo que ocurre en ese ruedo con esa arena clara. Tú lo has descrito de forma maravillosa.

Felicidades.

Saludos!!

Juan Herrezuelo dijo...

Hermosas experiencias las que cuentas, que yo ahora quiero proporcionarle a mi hija. La llevé a la plaza por primera vez hace una par de años, y le encantó. Podía haberle no gustado y ahí habría acabado todo. Pero le gustó mucho y hemos repetido. Esta tarde, sin ir más lejos, vamos a una novillada. Un saludo.

Jon. C Alonso dijo...

A ver Juan, que estoy desde un móvil. Espero acertar. Un post lleno de caviar, arte y magisterio entre las luces, el albero y el toro de Picasso. He visto dos veces al maestro Tomás. Soy taurino hasta la médula y moriré amando esta disciplina. La última vez fue aquí en el coso del Este. Me gusto más, pero me quedo con la penúltima en el pueblo de mi madre y en su compañía. Era como tener al lado al maestro Amorós hecha Afrodita. Un abrazo desde las olas…

Juan Herrezuelo dijo...

JC ALONSO: Me precio de haber visto grandes faenas a Tomás, y a Joselito, y a Morante, y a Manzanares, padre e hijo, y una inolvidable a Manolo Sánchez… y muchas, muchas, a mi Ponce, y digo mi Ponce como otros dicen mi Curro: poncista soy, y a Ponce admiro y en Ponce creo.
Amigo Jon C.: Leí tu estupenda reseña sobre ese pequeño fugitivo, ese firme vigilante de las playas, ese infantil Holden Caulfield del metro, ese caminante por las sombras y luces de las barras sin estrellas… Pero en el nuevo aire de tu Bypass no encuentro manera de dejarte un comentario. No sé si es porque los has cerrado o porque mis limitaciones me impiden hacerlo. Me pasa cada vez que un amigo se pasa al google +.
Un abrazo.

Emilio Calvo de Mora Villar dijo...

Me encanta el texto, me pierdo en su contenido. No soy aficionado a los toros, aunque tampoco los tengo en el punto de mira de mis antipatías. Es una cuestión de deslumbramiento. Reconozco su literatura. Un abrazo, amigo.

Raúl dijo...

¡Olé!

Juan Herrezuelo dijo...

EMILIO CALVO DE MORA: El gusto por el toreo, en efecto, es deslumbramiento o no es. La perspectiva mítico-literaria no me hace mejor aficionado, pero me ayuda a disfrutar mucho más de lo que tengo ante los ojos. Abrazos.