martes, 10 de diciembre de 2013

Huir al interior de un libro (otra vez)

En un relato titulado «Los pasadizos de la ficción» me permití plantear la posibilidad de que existan unos corredores o túneles secretos a través de los cuáles los personajes de todos los libros podrían pasar a su antojo de unos a otros, participar discretamente en la historia que deseen y relacionarse entre sí, independientemente de quién fuera el escritor que los inventó y sin que los lectores tengan posibilidad alguna de advertirlo, salvo en circunstancias muy muy excepcionales. (Sí, es de ese relato de donde parten todos los demás pasadizos con los que he tenido o tengo algo que ver). Sé que es mala señal que uno empiece a citarse a sí mismo, pero no encuentro mejor manera de explicarme ahora… 

Digamos que este relato al que me refiero le sugirió a mi padre el siguiente boceto: 


Se trata de una imagen que a mi juicio invita a un cierto tipo de persona a descender esas escaleras, doblar aquel recodo del fondo y perderse. Pertenezco a ese tipo de personas, lo confieso. Siempre he sospechado que soy en realidad un personaje literario que de algún modo, por error sin duda, escapó de vaya a saber qué libro y busca por medio de la lectura el hueco por el cual regresar a la ficción. Cuanto más tiempo paso a este lado más abomino de lo que llaman realidad y más desesperadamente leo, es decir, más desesperadamente recorro con atención la superficie de las páginas impresas, esperando encontrar el acceso al interior de un libro para allí dentro tomar cualquiera de esos pasadizos y moverme ya con entera libertad. Hay un infierno de mediocridad y de mentira y de estupidez triunfante a este maldito lado, en el que me siento cada vez más fuera de lugar; es más, quiero apartarme de esa detestable realidad tanto como del riesgo a que se descubra en cualquier momento que no soy sino un impostor de mí mismo. En la realidad que me asfixia aún es posible, por ejemplo, que varias de nuestras cadenas de televisión se disputen el pelotazo mediático que supondría, al parecer, entrevistar en exclusiva a un depravado que hace dos décadas secuestró, torturó, violó y asesinó a tres niñas, y es algo que me produce una repugnancia más allá de lo que puedo soportar; pero es que en esta realidad es posible también que todavía se me brinde la ocasión de seguir usurpando ocasionalmente una identidad de la que fui desposeído hace tiempo, y lo terrible es que cada vez se nota más el titubeo, la inseguridad, la desazón: el artificio, en suma. 

Por eso he decidido ahora huir al interior de Anna Karénina, con la misma determinación, por cierto, con la que hace poco más de un año decidí huir al interior de Guerra y paz, y más o menos por las mismas razones. En realidad, la idea era haberlo hecho este verano, atraído por el mito literario y sobre todo seducido por la que a mi juicio es la mejor frase con la que jamás se haya dado comienzo a una novela («Todas las familias felices se parecen; las desdichadas lo son cada una a su modo», según la traducción que prefiero). Pero pensé que después de todo es una lectura más apropiada para el mes de diciembre, y en eso estoy. Confío en residir en este libro hasta después de la Navidad, bien abrigado. Al principio no me pareció que estuviera a la altura de Guerra y paz, ésa es la verdad; pero he aquí que en capítulo XVII de la primera parte un tren silba a lo lejos, los empleados de la estación de Moscú se entregan afanosamente a los preparativos de una llegada, la pesada locomotora y los vagones que arrastra hacen su aparición, provocan el temblor de los andenes e incluso del propio libro que sostengo en las manos, hay un humo denso que se arrastra por el suelo, y un lento sube y baja de la bielas, y un estremecerse de los vagones de pasajeros justo antes de detenerse… Y ya estoy ahí dentro, aquí dentro, y todo lo demás deja de preocuparme (es una forma de hablar, claro); subo con Vronski a uno de los vagones, y cuando él y una dama de brillantes ojos grises que sale del compartimento en el que ha viajado su madre cruzan una mirada, una mujer elegante y de expresión tierna que poco después nos es presentada como Anna… En fin, digamos que el tiempo se detiene, el tiempo real y el figurado, pues es éste uno de los instantes más trascendentales de toda la historia de la Literatura. Y ya estoy gozosamente atrapado de nuevo, y desaparezco entre sus páginas como una moneda en la mano de un prestidigitador.


Dibujo: Escolástico Fernández. Fotografía: JFH

15 comentarios:

abril en paris dijo...

Te auguro un viaje maravilloso estimado amigo, del que disfruté ésta primavera pasada y del que me costó salir para apearme en esa estación que es la realidad presente que cada dia me asusta más.
Inicié ese viaje de la mano de esa dama y me enganché a sus otros protagonistas igualmente hermosos y trágicos.
Me ha encantado leerte a pesar de ese matiz algo triste que destilan tus palabras. ¡Menos mal que nos quedan los pasadizos Juan!

Un beso

P.d. La ilustración de tu padre muy apropiada. Me recuerda al mundo de Alicia en el pais de las maravillas. Huidas hacia adelante o hacia atrás.

V dijo...

Hay muchas posibles. Desde viajar a pintar,fografiar, escribir, ver cine. Pero tal vez has escogido la que puede que sea la gran evasión. Eso sí la uténtica, que poco tiene que ver con el departamento de lo que hoy se denomina literatura de evasión.
Esa idea de bucear entre libro y libro, género y género, que bien podría tornarse un laberinto kafkiano, en tus manos resulta una peripecia que desvela la auténtica aventura de leer, el placer por los meandros de lo escrito,como si fueses un pionero en plena selva virgen.
Precioso como explicas lo que otros han descrito como una adicción. En tu caso sanísima aventura. Y además escapando a un mundo en este caso riquísimo.
No se por qué parajes andarás en estos momentos. Pero tratandose de ese monumental clásico precisamente, llegará un momento en que vistarás como testigo de excepción otra estación...y nunca se sabe si tu personaje tomará cuerpo y alterará el curso de la historia. Tanto si decides intervenir como no, enhorabuena en cualquier caso. Un auténtico placer. Un abrazo

Francisco Machuca dijo...

Ya me gustaría a mí tener ese boceto de tu padre colocado en la cabecera de mi cama. Levantarme todas las mañanas y que sea lo primero que vea. Porque es en lo único que he creído en esta vida descreída, fea, de mal gusto, brutal. Incluso mi biblioteca corre peligro, pero no a lo Bradbury con esos bomberos incendiarios, sino porque el espacio vital se hace cada vez más pequeño. Uno debe abandonar esas casas de ochenta o noventa metros cuadrados por el excesivo alquiler. Es entonces cuando se reduce todo. Cuando cada vez en donde habitas se encoje. La realidad, amigo, la realidad.

Un fuerte abrazo

Juan Herrezuelo dijo...

Amigos ABRIL, V y FRANCISCO MACHUCA: es posible que estas escapadas mías al interior de ciertos libros suenen a escapismo: son en realidad una declaración de impotencia. Prefiero, por ejemplo, sumergirme en una novela de mil páginas a seguir teniendo que aguantar esta tiranía del slogan, del titular, del tuit a la que nos han encadenado. Como prefiero, estimado MACHUCA, que los libros reduzcan el espacio físico de mi casa a tener en un solo dispositivo electrónico, como se dice ahora, la entera biblioteca de Babel. He alcanzado la página 250 de Anna Karénina -Vronski está a punto de participar en una carrera de caballos sabiendo ya que Anna está embarazada-, y lo cierto es que la protagonista ha aparecido muy poco. Es, sin duda, una novela coral: mejor; así será más fácil mezclarme entre tanto personaje y pasar desapercibido. Que la leyeras en primavera, ABRIL, me hace pensar en cierta memorable escena en que la primavera brota impetuosa en la hacienda de Levin. Y parece que lo ferroviario, V, marca el peso del fatum trágico de esta historia ya desde la ocasión en que los niños Oblonski juegan con un tren de juguete...
Abrazos.

Hermi dijo...

Leí Ana Karenina hace unos pocos años y aun así, cada vez que veo un ejemplar en una librería, en una feria del libro usado o en casa de algún amigo o familiar, abro otra vez el mismo y leo esa primera frase. Las hay para todos los gustos y solamente la forma en que esté traducida esa primera frase, dará una idea de cómo es el resto. En cierta ocasión coleccioné versiones: “Todas las familias felices se parecen; cada familia infeliz lo es a su propia manera”, La de Espasa es la que yo tengo: “Todas las familias felices se parecen unas a otras; pero cada familia infeliz tiene un motivo especial para sentirse desgraciada”, etc.

Si hubiera tenido que traducir yo hubiera elegido esta forma, la más sencilla. “Todas las familias felices se parecen; las desgraciadas lo son cada una a su manera”.
Ese boceto de tu padre me ha gustado mucho. Y me ha recordado una obsesión que tuvo durante toda su vida el psiquiatra y escritor Carlos Castilla del Pino. En su fabulosa autobiografía, Pretérito Imperfecto y Casa del Olivo, cuenta que siempre quiso disponer de una habitación subterránea en forma de estudio y rodeado de sus cosas, sus libros, sin que fuera posible el acceso desde el exterior: un estudio matriz para desaparecer de la faz de la tierra. Incluso llegó a dibujar un boceto parecido de cómo sería ese lugar perfecto para él. Al final, como todas las cosas que se desean mucho, lo consiguió.

Me identifiqué mucho con esa manera de querer desaparecer en la ficción o en donde sea. También con las cosas que dices en esta reseña. Que disfrutes el libro como yo lo hice.

Raúl dijo...

Tu reflexión, lógica por otra parte, es muy 'unamuniana'.
Es fácil que solo seamos Augusto Pérez, un personaje de ficción creado por la mente -quizá perversa, seguro que enferma- de un tipo que una vez se trastabilló y acabó cayendo por las escaleras que dibujó tu padre. Es fácil, ya digo.

ethan dijo...

Un refugio de ficción para una realidad cada día más perversa. No es mala idea, no.
Un abrazo.

José Luis Martínez Clares dijo...

Ya estoy bajando las escaleras del poema de Escolástico. Espero que Anna no ande lejos. Buen viaje al otro lado, amigo Juan. Un abrazo

José Luis Martínez Clares dijo...

PD: lo de Escolástico es más un poema visual que un dibujo.

Beatriz dijo...

Huir, hermosa palabra y no obstante en muchos casos una trágica realidad
Huir en tu texto es una tentación para escapar del despotismo de los que amordazan hasta el pensamiento, y descender por esa escalera hacia un laberinto pleno de emociones y refugiarnos en la escritura.

Hoy, leyéndote y disfrutando de esa imagen en donde hasta me imagino las manos de tu padre dando los trazos, he huido de este escenario en donde los que manejan los hilos intentan anular hasta la más bella condición del ser humano y evitar que imaginemos, que nos acurruquemos entre las páginas de los libro, que pensemos.

hoy he sentido , al leerte, que la palabra huir era hermosa.

Un abrazo.

Juan Herrezuelo dijo...

HERMI, RAÚL, ETHAN, JOSÉ LUIS MARTÍNEZ CLARÉS, BEATRIZ: a veces escoger el libro al que quieres huir comienza, en efecto, buscando la puerta de una buena traducción. Que la primera frase de “Anna Karénina”, que en el fondo todos damos por conocida, tenga tantas versiones (alguna de las cuales prescinde incluso de la palabra ‘familia’) es tanto como pensar que alguno de los túneles que se abren a partir de ella no es de fiar y puede embarullarse en una suerte de galerías laberínticas. En ese boceto de mi padre quise ver un algo de Escher, y un refugio y un poema, en efecto.
A quienes desean amordazarnos el pensamiento les interesa tapiar todas las entradas a los libros, o hacer de ellos no un espacio de infinitas posibilidades sino la fachada apuntalada de un decorado.
Abrazos.

Román dijo...

Una gran novela. Buena entrada, R

Wílliam Venegas Segura (DW) dijo...

He venido por primera vez a su blog. Me gusta, tanto en su diseño como en lo que escribes. Me apunté como seguidor suyo y lo invito a que venga a mi blog, se apunte de seguidor para quedar enlazados y seguirnos comunicando.

Laura Uve dijo...

La lectura es un medio para escapar de la mezquindad, la banalidad y la falta de honradez y justicia que nos rodea. Entrar y salir, ficción y realidad, es un modo de recargar las posibilidades de afrontar la desalentadora realidad y enfrentarla. Jamás he utilizado la literatura para escapar dela realidad sino para retroalimentar mi deseo de enfrentarla con ánimos.

Has encontrado un buen refugio para estas fechas.

Saludos.

Horacio Beascochea dijo...

A veces, cuando lo real nos acosa de tal manera, no hay más remedio que huir. Y la literatura, es un buen refugio. Espero que lo disfrutes (sigo con mi deuda con Tolstoi, entre tantos)

Abrazo grande