miércoles, 12 de noviembre de 2014

Jacinto, matador de novillos


No podemos saber cómo le quedaba a Jacinto el traje de luces cuando era un joven novillero que aspiraba a la gloria, pero en su quebrantada madurez la seda ceñida y el oro de los adornos apenas consiguen devolverle al cuerpo la sugestión de una antigua gallardía torera que sin duda él ha creído conservar bajo la ropa andrajosa de todos los días. Jacinto, matador de novillos. Retirado. Se ajusta la montera, está listo para ir a la plaza. A su lado un sobrino de siete años, Pepote, y un empleado de la tienda, que velará por la integridad de la ropa prestada. Es de noche ya. Parecía imposible llegar a enfundarse aquel traje, hacer frente a un contrato taurino que no era suyo, actuar en una charlotada en la que le han anunciado por error y que en un principio, por la mañana, sintió como un insulto. Pero son mil quinientas pesetas. Mil quinientas. Y, en fin, volver a torear. Con payasos al lado, vale; con un torillo pequeño, de acuerdo. Pero en Las Ventas. Ha sido un día angustioso, tratando de conseguir las malditas trescientas pesetas con las que alquilar aquel terno. Los relojes azuzaron el tiempo durante todo el metraje de la película: el estropeado reloj en el que Pepote va actualizando la posición de su única manecilla en función de los horarios de los aviones, los muchos y variados relojes de una relojería a los que por unas monedas el niño pone ágilmente en hora mientras  suenan las campanadas en alguna torre o edificio público, los falsos Omega con los que Jacinto trata, sin talento para el timo y sin suerte, engañar a algún incauto en el Rastro. Un día agotador, sí: recogió colillas, descargó un carro de muebles por una miseria, creyendo que se limitaba a llevar y traer unas guías de teléfono participó sin saberlo en una estafa de arte, cedió a la tentación de la trapacería con el asunto de los relojes falsos, fue detenido, declaró en comisaría, salió a la calle y a punto estuvo de emborracharse y mandarlo todo a rodar, aceptó en un rapto de desesperación y de orgullo hacer él solo el trabajo de toda una cuadrilla de descargadores y se deslomó hasta el desvanecimiento y es un puro milagro que haya podido meterse en el traje de luces, bajar al metro, llegar a la plaza, hacer el paseíllo.


Mi tío Jacinto, dirigida magistralmente por Ladislao Vajda en 1956, tiene un comienzo por el que hubieran dado un brazo Wilder, Hawks, Lubitsch o cualquier otro de aquellos grandes de Hollywood que sabían que un buen arranque casi justifica por sí solo el hacer una película: un funcionario de Correos busca al destinatario de una carta -Sr. Jacinto. Matador de novillos- en la dirección que figura en el sobre, una casa en un barrio del centro, y luego en la dirección que en la primera le indican, un barrio más apartado, y después en una tercera, ya en un arrabal de la ciudad, y ni siquiera allí logra dar con él; finalmente, la carta aparece prendida en un árbol frente a la miserable chabola en la que Jacinto vive ahora, junto con un niño de corta edad: no se puede explicar mejor la progresiva degradación social de un perdedor. Los personajes se mueven en un Madrid de tranvías atestados, organilleros, limpiabotas, tramposos, tabernonas donde se resuelven variados trapicheos, calles adoquinadas de antiguo y descampados. Es en ese niño, Pablito Calvo, un conmovedor Lazarillo de posguerra, diligente aprendiz de buscavidas, en el que recae el peso sentimental de la historia (obtuvo el premio del público en el Festival de Berlín de aquel año), pero sólo el actor Antonio Vico podía haber compuesto un Jacinto tan desolador: se reúnen en su figura menuda una altivez harapienta, la amargura irreversible de la derrota, el rostro patibulario de un Manolote estragado por el vino y unos cansinos andares chaplinescos. Los perdedores del cine clásico español, como los del cine clásico europeo, se inclinan mucho más hacia un patético desvalimiento que hacia ese heroísmo desubicado y de trago largo del loser americano. El particular neorrealismo español es una tragicomedia picaresca donde la última sonrisa se nos queda como torcida en los labios; es una película de Frank Capra que sabemos que no puede acabar bien, y no acaba bien, aunque pueda parecerlo.

De la película Mi tío Jacinto guardaba un grato pero muy lejano recuerdo. Hace unos meses vi en una calle de mi ciudad a un hombre que recogía colillas de la acera y las deshebraba con los dedos en el interior de una bolsa que llevaba en la otra mano. Aunque hacía veinticinco o treinta años que no veía la película de Vajda, me acordé inmediatamente de aquella escena en que Pepote y Jacinto recogen colillas en los alrededores de Las Ventas para luego desliarlas y malvender al peso el tabaco ya usado, el niño agachándose afanosamente, el adulto pinchándolas con la punta de un paraguas. Encontré la película y después de verla pensé en esta España ajacintada de hoy en día, en esas familias descolgadas de la clase media y caídas en la pobreza, hombres y mujeres que hace diez años llevaban una vida normal y hoy acuden con sus hijos a los comedores sociales y tienen que procurarse por sus propios medios lujos como el tabaco. Han quedado al otro lado de la gran grieta social que se ensancha cada día, y los planes gubernamentales para salir de la crisis no contemplan la posibilidad de ralentizar el paso para tender puentes hacia ellos. Sus conciudadanos más afortunados, los que no se han visto particularmente afectados por la crisis, también prefieren, en el fondo, que de esto salgamos cuanto antes, aunque suponga dejarles atrás: qué le vamos a hacer, siempre ha habido ricos y pobres. Somos como aquella hojarasca de la que escribió García Márquez, a la que «la habían enseñado a ser impaciente; a no creer en el pasado ni en el futuro. Le habían enseñado a creer en el momento actual y a saciar en él la voracidad de sus apetitos». Y ahí habrán de quedar nuestros Jacintos del siglo XXI, allá atrás, cada vez más lejos. Por eso una fotografía de Antonio Vico cuelga en las paredes del Loser, junto con la de Monty Clift/George Eastman, la de Newman/Eddie Felson; la Bogart/Dixon Steele, la de Wayne/Tom Doniphon… Porque es uno de ellos y uno de los nuestros, porque me siento muy cerca de él, porque se trata de un perdedor de ayer que se mueve por nuestras calles de hoy.


8 comentarios:

José Luis Martínez Clares dijo...

Hacía mucho que no leía algo tan bueno. Y entretanto las columnas de prensa llenas de naderías. La peli, inolvidable. Un abrazo

abril en paris dijo...

Conmovedor y verídico Juan, escribes desde el sentimiento y con una lucidez uff..¡que tengamos que acudir a la ficción para entender lo que nos pasa..!
Esos posters de los que hablas tambien son los mios y alguno más..,el vagabundo Chaplin..C.C.Baxter otro loser que a mí me enamora.

Un abrazo

U-topia dijo...

La película no la he visto y voy a intentar ver si la encuentro. Tu recorrido por ella me ha dejado enganchada a la historia de Jacinto (y del niño). El enlace con el presente es tan obvia que duele. Además soy pesimista, no veo posibilidades de que esos "jacintos" acaben bien y su situación mejore. Y entre esos "jacintos" pueden estar mis hijos pese a ser universitarios. Desolador.

Excelente texto.

Un abrazo!

V dijo...

Excelente recorrido Juan....efectivamente, resulta muy curioso que películas como esta retraten tan bien el presente mientras nuestro cine actual, ese que consideraba la época en que se hizo esta película como "cine del subdesarrollo" ahora se vanaglorie realizando imposibles e imitando el peor cine comercial.
Hubo un tiempo en que responsables de todo tipo se avergonzaban, (exceptuando a Buñuel, Saura y Bardem) del cine español, que según algunos adquirió su mayoría de edad con la movida.
Que equivocados estaban...y para muestra este botón que tan bien diseccionas.
Y claro que si, este es un loser a la altura de los míticos que citas, muy cercano por no decir vecino del ladrón de bicicletas....un abrazo

ethan dijo...

Nuestro particular "Ladrón de bicicletas"; una película inolvidable, increíble que pasara la censura en un régimen que no toleraba que se presentasen las miserias de forma tan realista.
Abrazos y enhorabuena, una vez más, por el texto.

Molina De Tirso dijo...

Admirable el artículo. Ya estamos a la altura de los que tocaron fondo, hemos pasado por su lado ¿dónde estará el fondo esta vez?

Estamos enfermos de impotencia. Mientras pasamos la fiebre, vamos a pensar qué hacemos, seguro que encontramos alguna solución.

Marcos Callau dijo...

Buenos días, Juna. Entro de puntillas como el 2015 y te deseo lo mejor para este año de un número tan hermoso, la niña bonita, el 15. Bien, para mí "Mi tío Jacinto" es una de las obras maestras más geniales del cine español. Sin paliativos, es Neorrealismo como "Surcos" o como "Un millón en la basura", ese Neorrealismo español tan poco conocido como infravalorado pero que estuvo allí, existió y merece todo mi respeto y admiración. La figura que Vajda crea sobre Jacinto, en esta película, como dices, es digna de los más grandes directores del séptimo arte. Abrazos, amigo y gracias por un texto tan genial. Comparto.

Isidre Monés dijo...

Magnífico como siempre Juan.
De esta película sólo recuerdo,como de "Hay un camino a la derecha","El pequeño ruiseñor" "Apartado de correos 1001", y tantas otras de mi infancia, que eran el peaje de "españoladas" para poder ver la de indios o romanos que era lo que nos molaba.
Sólo guardaba en otra estantería de la memoria "Marcelino pan y vino" de la cual fuí varios años damnificado, y veía moverse a los Cristos con la luz de las velas con notable pavor. Sólo ya en años más tarde conseguí conjurar este trauma con mi interés enfermizo por los Cristos articulados.
En mi juventud, con "El Verdugo" "Plácido", mi respeto por el cine español se acrecentó, y ahora soy capaz de revisar "Calle Mayor" o "Muerte de un ciclista", antes que cualquier "americanada" con efectos especiales puestos.
En fin, que gracias.