lunes, 27 de marzo de 2017

Un viaje solo para hombres, de Raúl Ariza


Guardamos en la memoria la imagen de Truman Capote llegando a Holcomb, el pueblo de Kansas donde en 1959 se cometieron los asesinatos sobre los que escribió en A sangre fría, la magistral novela con la que inauguró en 1966 un nuevo género literario, la nonfiction novel, la novela de no ficción, según sus propias palabras; pensamos en él hablando con los investigadores del caso, con amigos de las víctimas, la familia Clutter, y sobre todo entrevistándose repetidamente en la cárcel con uno de los asesinos, Perry Smith, estrechando lazos con él, dándole un último adiós antes de su ejecución o negándose a contemplar su ahorcamiento después de haber asistido al de su cómplice, Dick Hickock. Pero esas imágenes provienen básicamente del cine, de las dos películas que se estrenaron casi al mismo tiempo, en 2005 y 2006, Capote e Infamous. A sangre fría está escrita en tercera persona, y no muestra los extenuantes pormenores de su creación. Esto lo haría más tarde, en 1999, el francés Emmanuel Carrère en El adversario, otra novela escrita también a partir de un asesinato múltiple: el autor se introduce a sí mismo en la obra y narra no sólo los hechos, sino su relación con el asesino, Jean-Claude Romand, que en 1993, después de haber mantenido a su familia en el más absoluto de los engaños con respecto a su trabajo y su vida, acabó por matar a sus hijos pequeños, a su mujer, a sus padres y hasta a su perro. “La pregunta que me empujaba a escribir un libro”, señala Carrère, tomando la palabra en su propio libro, “no podían responderla los testigos ni el juez de instrucción ni los peritos psiquiatras, sino el propio Romand”. Quedaba dar un paso más: escribir sobre alguien que escribe sobre alguien que cometió un crimen, y es lo que ha hecho Raúl Ariza en su magnífica novela Un viaje solo para hombres, construida como una matrioska de voces narrativas en cuyo núcleo encontramos la inocencia de un niño de cinco años incapaz de imaginar que jamás volverá a ver a su madre; que su padre la ha matado.

Si nos atenemos al contenido de la novela, nos encontramos en Un viaje solo para hombres (editorial Versátil) con dos personajes principales, Santiago Albiol y Jorge Canal, el primero de los cuales es un hombre que tras asesinar a su mujer emprende con su hijo una huida a ciegas y sin esperanza, de Benicàssim a Arcos de la Frontera en cuatro jornadas. Jorge, por su parte, es quien nos cuenta cómo fue esa huida, y también algunos detalles reveladores de la relación que mantuvieron Santi y Marisa antes de que ella se convirtiera en su víctima. Ahora bien, será Raúl quien escriba acerca de Jorge, de la depresión a la que le condujo su ruptura matrimonial, de su decisión, quizá surgida de una relectura de A sangre fría, de escribir una novela sobre un crimen machista del que ha leído en las noticias, retomando para ello una antigua afición por la literatura y buscando la forma de entrevistarse en prisión con el asesino. Dos historias distintas, aunque trenzadas, dos protagonistas, dos narradores, dos estilos de escritura: el planteamiento narrativo es endiabladamente audaz, pues el juego de perspectivas nos introduce en un laberinto de espejos que multiplica las ficciones sin que haya un hecho real que las genere, al contrario de lo que ocurría en las novelas de Capote y de Carrère: allí donde había unos autores tan ciertos como los asesinatos sobre los que escribieron, Raúl Ariza escribe sobre Raúl, que escribe sobre Jorge, que a su vez escribe una novela sobre Santi, y al inventar un escritor verosímil otorga verisimilitud también al crimen en el que se basa su novela. Su Raúl no es responsable de la novela escrita por Jorge, nos la presenta incluso con las notas de trabajo; Raúl escribe sólo sobre Jorge, y lo hace sin concesiones a la amistad, describiéndolo en toda su imperfección: un hombre narcisista, necesitado de atención, que no sabe querer, que nunca ha sabido. Es a la luz de esta personalidad como hay que entender, pues, lo que se nos cuenta de Santi: al fin y al cabo, Jorge no consigue que el asesino le caiga mal. De este modo, la caracterización psicológica determina las reglas de ese juego de espejos y de perspectivas. El resultado es que el lector se siente paradójicamente conmovido por las vicisitudes de un asesino, fundamentalmente porque la presencia del niño (qué magníficos momentos nos brinda Ariza a través de él, que magnífica esa mirada, por ejemplo, que cruza con una niña que va de la mano de su madre, cuánto cabe en esa mirada…) suaviza la imagen que nos llega de él. Jorge, que no es el asesino, resulta, sin embargo, más turbio, más conflictivo.

Cuando supe que Raúl Ariza había escrito una novela, al instante me invadieron a partes iguales las ganas de leerla y la intriga. No es fácil pasar del ceñido territorio del relato muy breve, en el que Raúl ha llegado a moverse con maestría, con pleno dominio de los tiempos y los espacios, al de la novela. Me intrigaba saber cómo lo habría hecho. Sus cuentos, reunidos en tres libros ya referenciales, Elefantiasis, La suave piel de la anaconda y Glóbulos versos, se caracterizan por la precisión narrativa, por la concentración de los recursos expresivos: son textos que en el átomo de su brevedad contienen universos enteros. ¿Cómo sería, pues, una novela de Ariza? La intriga fue felizmente despejada, y lo que pensé tras leer por primera vez Un viaje solo para hombres aparece, resumido, en la contraportada del propio libro: Condenadamente inteligente, emociona en el plano literario y en el humano, en el fondo y en la forma… Realmente, Raúl Ariza, un escritor que como he dicho ha conseguido desarrollar una voz propia, singularísima, en el relato muy breve, ha demostrado en su salto a la novela una enorme capacidad para hacer uso de sus mejores armas como narrador, forjadas en la distancia corta, para vencer de plano en el reto de acometer una historia con muchos más matices, más niveles narrativos, más personajes.

Valga un ejemplo del uso sutil de esas armas: puede que en esta novela el viaje sea solo para hombres -el viaje de huida a ninguna parte que emprende Santiago con su hijo, la travesía literaria a la que se aventura Jorge con el equipaje de su abatimiento-, pero la mirada que el lector acaba recordando es de mujer: se repiten constantemente los ojos de mujer en el libro, casi como una invitación a asomarse al mundo a través de ellos desde el interior del universo masculino, tan cerrado en sí mismo las más de las veces; los ojos de un verde dispar de Marisa, los ojos verde nazarí de Helena, la mirada azul de Alejandra, igualita que la de Robin Wright Penn en Mensaje en una botella, los ojos de un verde té de Isabel, los ojos casi azules de Rosana, aquella primera novia que tuvo Jorge, los ojos grandes, muy negros y muy abiertos de la mujer que les alquila a Santiago y a su hijo una casa en Arcos de la Frontera, los ojos de Carol, que fue de las cosas que más le gustaron a Jorge de ella cuando se conocieron, y esa mirada como atrapada en la mirada del pequeño Santi, en un lugar muy lejos de casa, al que su papá le ha llevado en coche sin mamá, dos niños desconocidos que se cruzan en direcciones opuestas, llevados ambos de la mano, un mirarse cómplice en otro plano de la realidad, uno muy distinto a aquel tan complicado en el que viven los adultos.

viernes, 17 de marzo de 2017

Diccionario de palabras olvidadas

En esa novela monumental que es Submundo, de Don DeLillo, hay una escena particularmente significativa para mí, que amo las palabras, y que, como Juan Ramón Jiménez, quisiera pedirle a la “intelijencia” que me diera el nombre exacto de las cosas: el anciano padre Paulus habla con un alumno que lo visita en su despacho, en 1955, y mirando sus botas húmedas le pide que enumere sus partes. Cordones, empieza el chico. De acuerdo, dice el sacerdote, uno en cada bota, sigue. Suela y tacón, y al ser instado a continuar añade: La parte de arriba y la de delante. Es para echarse a llorar, dice el padre Paulus, que pregunta: ¿Y lo que hay bajo los cordones? Lengüeta, el chico cae ahora: no la había visto, dice. “No la viste porque no sabes mirar. Y no sabes mirar porque no conoces los nombres”. Entonces el jesuita alza la pierna, apoya el pie en el borde de la mesa y comienza a ilustrar al muchacho en las partes del calzado: la pieza que recorre la parte superior es la ‘vuelta’, y esta sección rígida sobre el talón es la ‘contra’, y esta que está en medio el ‘cuarto’, y la pieza que hay sobre la suela el ‘cinto’, y la zona frontal que cubre el empeine la ‘pala’, y las perforaciones a ambos lados de la lengüeta son los ‘ojetes’, y el pequeño anillo de metal que refuerza el borde del ojete ‘virola’, y las fundas de metal en los extremos del cordón ‘herretes’…

Todo cuanto nos rodea tiene su propio nombre, pero desconocemos muchos de ellos, y por tanto, según el personaje de DeLillo, no sabemos mirar las cosas que nombran. Esto de aquí o aquello de allá son invisibles en su imprecisión, realmente. Tengo la sensación de que cada vez mueren más palabras, y de que por tanto va creciendo el número de voces que Oliveira y Traveler, personajes de Rayuela, de Julio Cortázar, podrían usar para sus juegos en el cementerio, siendo cementerio la necrópolis de la Real Academia Española de la Lengua. De ser así, cada vez más cosas se estarían volviendo invisibles a nuestros ojos. Peor aún: muchas son ya meros espejismos, pues, al margen del empobrecimiento expresivo propio de los jóvenes que cada vez han de referirse a menos cosas que no se designen en inglés o con un neologismo deportivo, al margen de esto, digo, un número asombrosamente elevado de palabras han perdido su verdadero sentido al contacto con el lenguaje político, ámbito donde todo vocablo es susceptible de sufrir el retorcimiento, mengua y transmutación de su forma o significado al objeto de encajar en el correspondiente argumentario ideológicamente correcto.

Hace unos pocos años leí en El País sobre veintitantas cosas que no sabíamos que tenían nombre, por ejemplo, la cresta de gallos y pavos (‘carúncula’), la raya del pelo (‘crencha’), el espacio entre los dientes (‘diastema’), la espuma de la cerveza (‘giste’), la parte del cuchillo opuesta al filo (‘recazo’), la parte hundida del brazo opuesta al codo (‘sangradura’) o el llanto del recién nacido (‘vagido’). Se diría que nada de todo esto se ha hecho visible en el preciso momento de conocer sus verdaderos nombres, y es casi seguro que no encontraremos el modo de usarlos en una comunicación eficaz, y sin embargo cada una de estas palabras representa la auténtica identidad de aquello a lo que distingue, esa cresta concreta, esa raya, esa espuma, ese llanto primero, como el oculto nombre real de alguien llamado de muchas formas; y el modo en que veníamos refiriéndonos a todo ello hasta ahora es, de pronto, impreciso (porque hay otras crestas, otras rayas, otras espumas...).

Es por esto que guardo como un tesoro las dos ediciones del Diccionario de Palabras Olvidadas editado en 2008 y 2009 por la Biblioteca Pública de Burgos y elaboradas con las aportaciones de los propios usuarios, palabras que se perdieron porque desaparecieron los objetos a los que daban nombre (aperos de labranza u oficios extinguidos, por ejemplo), o bien términos que cayeron en desuso o han sido sustituidos por otros (‘chisquero’, pongamos por caso, que no sobrevivió a ‘mechero’, que a su vez casi ha sido relegado ya por ‘encendedor’). No sé si llegó a haber una edición en papel de este peculiar y maravilloso diccionario; yo los tengo los dos en pdf (¿pedeefe?), más complicado para consultar o leer, pero de un inmenso valor testimonial, en cualquier caso. Palabras, muchas de ellas, plenamente vivas en la conversación de mis padres, pero que acabarán por volverse fantasmas, esas sombras espectrales del pasado que de tanto en tanto acaso cruzan una calle de cualquiera de los muchos pueblos de las Castillas o de Aragón ya despoblados o a punto de estarlo… Maquila, destral, mentidero, esbarar, ligaterna, pollopera, morapio, perillán…


martes, 7 de marzo de 2017

Luna

 

El Diccionario de la Academia no deja lugar a dudas: lunático es el que padece locura por intervalos. No hay más acepciones. La cosa viene de Paracelso, médico, alquimista y astrónomo del Renacimiento. De manera que la palabra no sirve para definirme en mi condición de hombre fascinado por la Luna, ni siquiera como alegoría. Tampoco me sirve el coqueteo con el juego de letras o el neologismo forzado, como podría ser el caso de alunizado o enlunado o seneléfilo. No me gusta el resultado. Dejémoslo, pues, en que soy un hombre fascinado por la Luna.

Ha sido así desde que puedo recordar. La busco la mayor parte de las noches en la negrura del cielo, y si no lo hago ya se encarga ella de mostrarse de golpe en cualquiera de sus fases, cuando menos lo espero, por encima de los edificios, o a la vuelta de una curva de la carretera, o quién sabe cómo y dónde, quieta, impávida, brillante, menguada o en creciente, o llena, o a punto de llenarse y como con el borde recortado, blanquísima o cenicienta o asombrosamente anaranjada. En los periodos del año en que sé por dónde va a salir estando llena, la espero. Soy cazador de lunas, una variedad cinegética no alcanzada aún por el descrédito: ansío atraparlas con el objetivo de una cámara fotográfica, empeño nada fácil porque la Luna, que es siempre la misma y distinta, tiende a transformarse en un simple círculo blanco y brillante en cuanto se siente enfocada. No soy perito en la caza de lunas: necesitaría un objetivo más largo; de ahí que hayan sido contadas las ocasiones en que he logrado capturarla. Es más fácil cuando su presencia se prolonga o se adelanta en el cielo diurno y azul, cuando es “como una hostia transparente, o una pastilla medio disuelta (…), de una consistencia apenas más sólida que las nubes”, según dejó escrito Italo Calvino.



Cuando me encuentro de pronto con la Luna, de noche o durante el día; cuando no la espero y de pronto ahí está y wow, qué luna, ese asalto de la Luna a mis ojos tiene mucho de la forma en que José Ángel Valente indicó que ha de ser percibida la palabra poética: “en la inmediatez de su repentina aparición”. Mi fascinación tiene que ver en buena parte con la inmediatez, precisamente, con el hecho de que sea un cuerpo celeste tan próximo, tan como al alcance de la mano, por decirlo de algún modo. Ya sé, está lejos, objetivamente. A unos trescientos ochenta y cuatro mil cuatrocientos kilómetros. Eso viene a ser más o menos ciento noventa viajes de ida y vuelta entre Almería y Gijón, nada más. La Luna está lejos, claro, pero si se compara con la distancia de la Tierra a cualquier otro planeta del Sistema Solar, o al propio Sol, o entre el Sol y cualquier estrella de la Vía Láctea, o entre… En fin. El Universo es muy muy grande, y la Luna y la Tierra prácticamente bailan un vals bien agarrado.

Para reproducir el Sistema Solar a una escala real, los documentalistas Alex Gorosh y Wylie Overstreet necesitaron once kilómetros del desierto de Nevada, siendo la Tierra una canica azul. Grabaron un reportaje que sobrecoge y deja sin aliento, este:
   

Claro que la Luna está cerca de la Tierra, si lo comparamos con distancias de millones de kilómetros o de años luz. Tanto como para que una empresa espacial privada haya anunciado la semana pasada que llevarán a dos turistas a un viaje alrededor de nuestro satélite en 2018, tanto como para que sus fases influyan en los ciclos menstruales de la mujer, tanto como para que la Luna haya recibido oxígeno de la Tierra durante millones de años, toda una lluvia de partículas generadoras de vida, empujadas por el viento solar, que ha venido “contaminando” las capas profundas del suelo lunar.

Por eso, cada vez que leo que un asteroide ha pasado rozando nuestro planeta a menos distancia de la que nos separa del satélite natural, un escalofrío recorre mi espina dorsal. Y esto es algo que últimamente está pasando con cierta frecuencia. La inquietud es aún mayor cuando se constata una y otra vez que la información aparece muy en los márgenes de las noticias de cada día, o ni siquiera es recogida por los medios más relevantes.   

Lo cierto es que el 28 de agosto del año pasado un asteroide de 25 a 55 metros de diámetro, conocido como “Gran Calabaza”, pasó a menos de la cuarta parte de la distancia a la Luna. El miércoles 7 de septiembre, un asteroide del tamaño de un autobús, 2016 RB1, pasó a sólo cuarenta mil kilómetros de la Tierra, un aterrador diez por ciento de la distancia a la Luna, solo dos días después de ser detectado. El 2 de noviembre, otro asteroide, 2016 VA, rozó la Tierra cinco veces más cerca que la Luna: tenía un tamaño similar al que en febrero de 2013 impactó en Cheliábinsk (Rusia), hiriendo a 1.500 personas. El 7 de enero de este año, el Lunar and Planetary Laboratory de la Universidad de Arizona detectó un asteroide al que se conoce como 2017 AG13: apenas 40 horas después de su detección, el asteroide (de entre 13 y 32 metros de diámetro) pasaba a tan solo 200.000 kilómetros de nuestro planeta, algo más de la mitad de la distancia Tierra-Luna. El 25 enero, el asteroide codificado como 2017 BX pasó a 260.000 kilómetros de la Tierra —dos tercios de la distancia a la que se encuentra la Luna— a 26.000 kilómetros por hora, 10 veces la velocidad de una bala disparada con un AK-47: este cuerpo celeste, de entre cuatro y catorce metros de diámetro, fue detectado por primera vez el 20 de enero. Y el pasado 2 de marzo, otro asteroide, denominado 2017 EA, pasó a tan solo 14.500 kilómetros, veinte veces más de cerca de la Tierra que la Luna, cruzando el anillo de nuestros satélites geoestacionarios; medía unos tres metros. 

La Luna está ahí, siempre, hermosa y enigmática. El Calígula de Albert Camus la quiso para sí, porque era una de las cosas que no tenía. Está ahí, sí, pero no tan sola, quizá.


Fotos: JFH