jueves, 16 de octubre de 2014

Entre libros

Hace quince años vivía de alquiler en un sobreático al que había trasladado parte de mi biblioteca personal. Una tarde, de regreso tras una larga jornada de trabajo, me encontré con un grupo de vecinos reunidos en el portal que callaron al entrar yo y me miraron al unísono como no le gusta a nadie ser mirado. Uno de ellos se decidió a darme la mala noticia: tras varias horas de intensa lluvia, una parte del terrado se había hundido y el agua había inundado mi apartamento. Sentí un repentino y mareante vaciamiento. El minuto que el ascensor se tomó en llevarme hasta arriba se me hizo angustiosamente eterno. En un estado de completo aturdimiento, no podía dejar de imaginarme mis libros destruidos por la catástrofe, tirados de cualquier modo en medio de un gran charco, chorreantes, ahogados. De ahí mi infinito alivio al abrir mi puerta y comprobar que todo estaba en orden. Más tarde supe que el apartamento siniestrado había sido el de enfrente. 

Un libro leído y vivido es un objeto irreemplazable, tal vez más que ningún otro, salvo aquellos cuyo valor reside en haber pertenecido a un ser querido. Dicen que la tristeza por la pérdida de su biblioteca, destruida en un incendio, pudo colaborar en la muerte de Octavio Paz, ocurrida dos años después. No me parece exagerado (teniendo en cuenta, además, que Paz era ya octogenario y su biblioteca reunía ejemplares de un altísimo valor sentimental). Durante aquel eterno minuto de ascenso hacia el naufragio que aparentemente estaba aguardándome en el piso undécimo, tomé conciencia de lo absurdo que sería tratar de volver a adquirir de nuevo los mismos títulos. ¿Acaso iba a leerlos todos otra vez? Y si no iba a leerlos, ¿para qué comprarlos?


Cada uno de los libros que he leído me contiene suspendido en el exacto momento en que estaba leyéndolo, de la misma forma que el aire de hace medio millón de años permanece en esas diminutas burbujas atrapadas en las profundidades del hielo antártico; las páginas de mis libros retienen cada instante que les dediqué, el milagro de acceder a través de ellas al interior de la historia narrada, de la biografía, del poema.

El escritor y periodista Jesús Marchamalo tuvo ocasión de indagar en la biblioteca personal de Julio Cortázar, cedida por su viuda, Aurora Bernárdez, a la Fundación Juan March en 1993. Nos la describió en un librito muy bello titulado Cortázar y los libros (Fórcola, 2011): más de cuatro mil ejemplares, de los que unos quinientos están dedicados por sus autores; en casi todos ellos, las huellas de haberlos vivido: hay comentarios, a lápiz o bolígrafo, en los márgenes o entre líneas; dialoga con el autor, hace observaciones, corrige erratas de imprenta. Muchos  están firmados por el propio Cortázar en distintos periodos de su vida, a veces con la indicación de la ciudad en que compró el libro. Todo ello le sirve a Marchamalo para recordar una vez más aquella afirmación de Marguerite Yourcenar según la cual una de las mejores maneras de conocer a alguien es ver su biblioteca.

El valor de la mía cae más bien del lado de lo sentimental y es intransferible, creo, a ninguna otra persona. Apenas tengo rarezas en ella: no soy un bibliómano. Amo los libros por lo que me dan. Me precio de conservar los ejemplares de La isla del tesoro y de Miguel Strogoff en cuyos interiores me perdí hechizado a los diez años, pues ellos –no únicamente las novelas como tales, sino esos exactos ejemplares- poseen la importancia de lo iniciático: ambos son un niño leyéndolos con pasión y siendo atrapado para siempre por el vicio de la lectura. Son muchos años realmente adquiriendo libros, así que casi toda mi vida está representada en ellos. No hay muchos firmados por sus autores, sólo si son amigos o si mi trato personal con ellos dio lugar a una ocasión lo suficientemente especial como para pedirles una dedicatoria sin parecer un cazador de autógrafos. Me ha dado siempre mucho pudor pedirle a un escritor que me dedique uno de sus libros. Algunos hay también firmados por las personas que me los regalaron. La mayoría tienen anotaciones (a lápiz siempre) que siguen un código propio de señales y remisiones. Casi todos ellos han sido vividos intensamente: tengo un trato muy personal con los libros, los quiero cerca en los periodos en que estoy leyéndolos, de ahí que lleve casi siempre uno conmigo aun en circunstancias en las que es improbable que pueda encontrar un rato para avanzar unas páginas: no importa, lo quiero cerca. Si un libro que he tomado en préstamo de la biblioteca pública empieza a gustarme demasiado, lo devuelvo y corro a comprarlo, porque no soporto la idea de que la experiencia de haberlo leído deje de pertenecerme.


Dicho de otro modo: por lo que a mí respecta, el placer de la lectura es prácticamente indisociable del libro en que la llevo a cabo. Manhattan Transfer, de Dos Passos, con todo lo que significó para mí a mis diecisiete años, por ejemplo, o el inaugural Hermosos y malditos, de Fitzgerald, son esos libros que ahora reposan en mis estantes, esos y no otros (tengo además otra edición del segundo, y no significa lo mismo). Se entiende, pues, que cuando hablo de libro me refiero al “conjunto de muchas hojas de papel u otro material semejante que, encuadernadas, forman un volumen”, según definición de la Academia. Desconozco cuál pueda ser el vínculo que un lector establece con un libro electrónico, si hay alguno.

El escritor norteamericano Nicholas Carr ha señalado que de todos los medios de comunicación el libro es el que más ha resistido la tentación de lo digital, entre otras cosas porque esa secuencia de páginas impresas y encuadernadas supone una tecnología robusta; sin embargo, anuncia que los libros en papel acabarán por convertirse en una reliquia del pasado, y con ellos una determinada manera de leer y una determinada manera de escribir. Los editores que impulsan el libro electrónico no quieren limitarse simplemente a cambiar un medio por otro, nos dice Carr: quieren aprovechar el medio para hacer, llegado el momento, la experiencia mucho más “dinámica”: introducir vínculos, extras, vídeos, chats entre lectores… Será el fin de la lectura lineal, completa, atenta. Autores y editores se adaptarán a las nuevas expectativas de los lectores: será también el fin de las frases demasiado elaboradas. Y puesto que lo escrito tendrá una vida efímera, para qué buscar la perfección.

John Updike, por su parte, vaticinó en 2006 “el final de la autoría” como consecuencia de la digitalización de los libros, un hecho que a la larga conducirá a la fragmentación de las obras literarias por parte de los lectores que picoteen en ellas, su reordenación, su combinación con los fragmentos seleccionados de otras obras: “El libro impreso, encuadernado y pagado”,  escribe Updike melancólico, “era -y de momento sigue siendo- más riguroso y exigente con su creador y el consumidor. Es un lugar de encuentro, en silencio, entre dos mentes, en el que una sigue los pasos de la otra, pero es invitada a imaginar, a discutir, a coincidir en un nivel de reflexión que va más allá del encuentro personal…”. Renunciar a esta experiencia me parece una tragedia y una de tantas razones por las cuales me siento al margen de mi propio tiempo, este presente en el que se sientan las bases de un futuro sin libros: ya ves, Ray, no hacía falta quemarlos a 451 grados Farenheit.

"... contiguo en la geografía natal, en la pasión por
la escritura y, ante todo, en la amistad... Antonio Gamoneda"

26 comentarios:

Emilio Calvo de Mora Villar dijo...

Impagable texto. No hay cómo agradecerlo, no hay forma de expresar la gratitud. Libros, Juan, libros, tesoros, Juan. La fotografía es también un tesoro, uno al que se desea acceder, aunque sea un instante, oliendo las historias. Cuántas hay ahí, en ese espacio mítico. Porque es mítico. Un amigo mío decía, a propósito de la que yo poseo, que podría vivir en ella, recibiendo, como un preso, la bandeja con la comida, el vaso de agua, quizá un poco de luz de la amistad de quienes no quiere perder. Yo lo entiendo, tú seguro que también. Libros, ah qué luz esa, qué milagro es la literatura. No hay otra cosa, bien mirado, otra cosa que literatura. La vida es una novela, la vida es un texto que escribes y que te escriben. Me viene a la cabeza Borges, Stendhal, Kafka, Cortázar, Poe, Lorca, Bierce, no sé, todos los que me han deparado una felicidad que no podría encontrar, fuera de ellos, en ningún lugar. Los tienes ahí, Juan. Están custodiando tu felicidad. Ahora la compartes.

Juan Herrezuelo dijo...

Vengo de leer tu excelente y apasionada reflexión sobre los libros, nacida a partir de la lectura de las primeras páginas de la última de Marías, y me sentía implicado en cada una de tus afirmaciones. Del valor de una biblioteca personal me viene a la cabeza, precisamente, Marías, algo que decía en su semblanza de Tomasi di Lampedusa, otro lector insaciable: cuenta Marías que el autor de El Gatopardo tenía por costumbre meter dinero entre las páginas de sus libros, y luego olvidaba en cuáles estaba, de ahí que dijese que su biblioteca contenía dos tesoros.
Claro que lo entiendo, que te entiendo, Emilio. Qué más quisiera uno que no tener ninguna distracción que le apartase de la lectura.

Beatriz dijo...

Un exilio me obligó a perder( quien sabe donde estarán) todos mis libros. Sé que muchos yacen bajo tierra, en algún lugar desconocido, otros quemados por algunos amigos a los que les pudo el horror que sembraron aquellos que bien sabían que las palabras tienen siempre más fuerza que las armas.
Y después de casi 40 años vuelvo a perder la biblioteca que construí en este destierro..Otro exilio que me devuelve a mis orígenes me separa de ellos. Motivos obvios me permiten llevar conmigo sólo dos cajas con aquellos que sé que si los abandonara sería como abandonar esas vidas que llegaron a pertenecerme. Y Cuánto dolor me produce!
Están donados a una ONG de un país en el que la cultura está castigada por la pobreza.

Hoy has escrito para que lagrimee. A veces vienen bien las lágrimas...

Gracias Juan-

Juan Herrezuelo dijo...

Dicen que dijo Benjamin Franklin que tres mudanzas equivalen a un incendio: tengo para mí que si la causa de la mudanza es el exilio basta con una para sentir la mordedura del fuego, y nada es tan vulnerable a las llamas como un libro o toda una familia de libros.
Donar libros es abrir ventanas enormes, abrir ventanas es reducir la opacidad de los muros.
Siempre conmovedora y sincera, Beatriz. Qué emoción leerte.

Alena. Collar dijo...

No sabe cuánto agradezco leer esto. Conservo libros de cuando era pequeña; mi infancia transcurrió en la cama, estaba enferma. Al lado de esos libros y los que fueron llegando pude soñar un mundo más allá de las ventanas de mi cuarto.
Su articulo me ha hecho revivir aquellas horas en las que la única esperanza era la lectura.
Un cordial y conmovido saludo.

Francisco Machuca dijo...

Seguro que ya te imaginas lo que me ha tocado leyendo este precioso texto, amigo Juan. Respecto al libro de Marchamalo lo leí en su momento y me dio por escribir mis andanzas y desventuras sobre el problema que ocasiona una biblioteca personal, sobre todo si la inicias de joven. A esa edad no tienes todavía consolidado un espacio fijo (qué horror) porque todo está por hacer: el trabajo, el lugar donde vivir o morir, la pareja, en fin, toda esa serie de acontecimientos que escapan a tu control y que creías gobernar. La biblioteca crece y tus posibilidades menguan. Se ensancha tu mente y se reduce el mundo. En los ochenta pagabas un alquiler soportable de un piso de noventa metros cuadrados. Ahora es imposible pagar un piso de sesenta. ¿Qué pasa con tu biblioteca? Sé que tú nunca lo harías, ni yo tampoco, pero hay mucha gente que ya empieza a desprenderse de sus libros por falta de espacio. ¿No te parece un buen arranque para una gran historia de ciencia ficción? Más escalofriante que la historia de Bradbury.

Hay tanto que departir al respecto y este cuadradito digital donde dice: "Haga su comentario", no da para tanto.

Un muy fuerte abrazo.

Marcos Callau dijo...

Precioso texto, Juan. Me ha encantado ver ese ejemplar de "La isal del tesoro" en la esa espléndida coelcción que fue la Biblioteca Salvat de la que conservo algunos ejemplares. Es cierto lo que comentas. Los libros guardan en sus páginas el momento exacto en el que llegamos a ellos. Lo comprobé con "Rayuela". Cometí el error de "prestar" mi ejemplar a un compañero que no me lo devolvió. Ahora he adquirido de nuevo "Rayuela", de la misma colección que el prestado. Pero ya no es lo mismo. Lo vuelvo a leer por pura obsesión de manosearlo, de dejarlo como aquel que perdí. Pero no es lo mismo. Abrazos, amigo. Me alegra mucho que el apartamento inundado no fuera el tuyo.

Diana H. dijo...

Caro texto para aquellos que apreciamos la magia que se despliega ante el encuentro único y personal con un libro. Compré un lector de libros digitales con el objetivo de acceder a aquellos textos que por el momento son imposibles de conseguir en la Argentina, el mercado se reduce a aquellos más vendidos, muchos se han agotado y los costos de la importación frenan a los comerciantes. He tenido algunos logros: Zweig (imposible conseguirlo en papel por estas latitudes)deleitó mi verano pasado, pero es innegable la sensación de volatilidad... nada como sostener en las manos el peso de unas hojas que huelen a nuevo "expectativa" o a viejo "tesoro desenterrado".
Besos :)

Juan Herrezuelo dijo...

ALENA. COLLAR: Decía Ana María Matute que tal vez la infancia sea más larga que la vida. Yo creo que en cualquier caso permanece recluida en los libros que leímos. En el caso de niños enfermos (recuerdo la niña de El embrujo de Shangai), los libros son una trampilla para escapar de la reclusión, y la experiencia es más intensa, imagino. Gracias conmovidas también y un saludo.

Juan Herrezuelo dijo...

FRANCISCO MACHUCA: Ese desprendimiento de los libros por las razones que planteas me parece más el arranque de una novela con un gran componente social, la tragedia de otra forma de desahucio. Me confesaste hace tiempo que junto a los libros del Club del Misterio tienes una cita: "Que el hombre mantenga lo que el niño prometió". Correspondiendo a ese clima de confianza, te diré que yo aspiraba de niño a poseer tres cosas de mayor: una biblioteca, una chimenea y una mesa de billar. Sólo conseguí lo primero, pero puedo vivir sin lo segundo: sin los libros quizá no. (En algún sitio, no sé si en un comentario o en una entrada tuya, te leí acerca de esas “andanzas y desventuras” de la biblioteca personal). Un fuerte abrazo.

Juan Herrezuelo dijo...

MARCOS CALLAU: A mí me pasó con El amor en los tiempos del cólera, de Gabo. Reconozco esa necesidad de dotar de vida el libro que has de volver a comprar, ese “manoseo” del que hablas, esa experiencia táctil que representa tocar un libro hasta hacerlo tuyo (aunque, como decía Fitzgerald, existen muchas clases de amor, pero el mismo amor nunca se vive dos veces). Soy instintivamente cuidadoso con los míos, pero al mismo tiempo me admira ese desgastamiento que presentan los libros de las bibliotecas públicas, en los que se puede intuir decenas de lectores. De esa colección de Salvat, que fue providencial en mi infancia, conservo también uno de Jardiel Poncela y otro de Carlos Arniches a quienes les debo parte de mi amor al teatro. Un abrazo.

Juan Herrezuelo dijo...

DIANA H. El libro electrónico ofrece alguna ventaja, qué duda cabe. Tú apuntas una, que afecta al lector: obtener un libro que está ya desaparecido o que no ha llegado a nuestro país. Para el autor supone una tirada y un alcance geográfico ilimitados. En estos casos, la lectura solo es posible así. Aquí es donde parece oportuno indicar que desde hace unos meses la descarga de la edición digital completa de mi libro “Pasadizos” es ya gratuita. Yo no lo he probado porque no tengo el soporte necesario, pero me indicaron que así era. He ahí una ventaja, poder ofrecértelo ahora, desde tan lejos –a ti y a todos los amigos que por aquí pasan-. Un beso.

abril en paris dijo...

Siempre llegas a quien te lee ( y hablo de mí) a través de esas experiencias tuyas cargadas de emociones,sentimientos compartidos. Esta es una más y muy en especial, con los libros que atesoras.
Tambien me he mudado varias veces y en ese caos que supone una mudanza nunca he perdido de vista las cajas de los libros porque cuando alguno de ellos se ha extraviado me ha parecido que perdia alguna parte de mi vida.
Conservo al igual que tú, algunos ejemplares que de niña leia una y otra vez y aunque se caigan a pedazos y sienta la tentación de hacerme con uno nuevo ( es cierto en algún caso, he buscado en librerias antiguas e internet )no podría deshacerme de ellos, de sus páginas amarillentas, incluidos sus (mis) garabatos.

De todo ésto y de los avances tecnógicos, me quedo con la posibilidad, y la suerte, de obtener ese libro tuyo que no he encontrado en las librerias..pero tendré que pedir prestado el kindle..porque me he resistido a comprarlo tanto como a entrar en la blogueria..¡y reconozco todo lo que éste medio me ha aportado..!aquí estamos, ésta la prueba.

Besos

Juan Herrezuelo dijo...

ABRIL: Nada le gratifica tanto a alguien que escribe como coincidir con los sentimientos de quienes luego te leen. Reconozco la emoción de leer algo, en un libro, con lo que me siento totalmente identificado. La literatura acompaña. De las mudanzas, una de las cosas que más le sorprenden a uno es precisamente lo que llega a pesar una caja llena de libros: se van metiendo de uno en uno como si nada y resulta que la suma de todos ellos da como resultado un bloque de piedra.
Cómo me gustaría que llegaras a leer “Pasadizos” (y que no te defraudara, claro): espero que seas más hábil que yo con esas tecnologías. Besos.

José Luis Martínez Clares dijo...

Me siento totalmente reflejado en tu texto. Fíjate que mi pequeña, desde muy niña, ha tenido acceso a mis libros (qué remedio) pero nunca hemos tenido que regañarle. Los coge, los mira, acaricia sus tapas, pero no juega con ellos. Y todo con sumo cuidado. Es, tal vez, lo que ha visto en casa. Un abrazo

Juan Herrezuelo dijo...

JOSÉ LUIS MARTÍNEZ CLARES. Y yo me siento reflejado en tu comentario, porque también mi hija ha sido siempre exquisitamente cuidadosa con los libros. Nada la entristeció más a los cinco años que descubrir que un libro infantil de la biblioteca que le había gustado mucho estaba, un año después, en un estado lamentable. Ahora, entre regalos y herencias de primos, tiene ya su propia biblioteca, no creas. Un abrazo.

V dijo...

Casi se me escapa este texto tuyo....tan personal y como muy bien dices tan aparentemente intransferible en su contenido (tus libros)como perfectamente aplicable a tantos y tantos coleccionistas.
En mi caso, nunca he tenido la idea preconcebida de tener una biblioteca personal, ni videoteca ni pinacoteca....y sin embargo, poco a poco va tomando forma, exceptuando esos libros que presto y de los cuales nunca más se supo...
Vengo de casa de Abril y veo que tb toca tangencialmente el mismo tema....ahhh Miguel Strogoff....un abrazo

Juan Herrezuelo dijo...

V: Mi idea de ir reuniendo una biblioteca siempre tuvo en mí mucho más de construcción de un mundo que de coleccionismo: hacer de esa dependencia donde estuvieran los libros el corazón de una casa, alrededor del cual todo adquiere sentido. Libros, naturalmente, leídos o por leer: mi idea nunca fue poseer la gran biblioteca decorativa de Gatsby.
Estuve curioseando también entre los libros y películas de Abril, donde encontré títulos muy queridos para mí. Abrazos.

Setefilla Almenara J. dijo...

Juan, un texto extraordinario que uno lee embelesado.Ah los libros, ah esa compañía que no es posible conseguir con ninguna otra cosa. Me alegra que no perdieras esa porción de tu biblioteca, te digo que he sufrido leyendo el hipotético desastre. Me llaman la atención los cuatro mil volúmenes de Cortázar, son demasiados para que el los pudiera leer, supongo que muchos serían regalos que le hicieron y que quedaron en el estante almacenados sin que le representen.En lo particular he empezado tarde a reunir libros, he pasado diez años mudándome de casa y ciudad constantemente y eso tiene mucho que ver, ahora voy poco a poco pero con determinación, eso sí, he prestado títulos que no he vuelto a ver, esa es una espina que ya no se te desclava y tampoco tiene sentido volverlos a comprar, el momento y la experiencia eran con aquel otro. En este momento estoy en el final de La suma de los días, de Isabel Allende, y me espera La muerte de Ivan Ilich, de Tolstoi.
Un placer leerte, buen día.
Sete.

ethan dijo...

Enhorabuena por esta maravillosa entrada. "...no únicamente las novelas como tales, sino esos exactos ejemplares- poseen la importancia de lo iniciático: ambos son un niño leyéndolos con pasión y siendo atrapado para siempre por el vicio de la lectura" dices con motivo del ejemplar de Miguel Strogoff que se puede ver en la fotografia (vengo de otro blog de "cotillear" también sus libros y, oye, esto engancha jajaja), pues que sepas que me pasó lo mismo con esa novela de aventuras, de las primeras que leí.
Lo que viene después es de lo mejor que he leído para utilziar en una hipotética defensa del libro tradicional frente al electrónico cuando la teconología esté a punto de acabar con el primero.
Abrazos.

Juan Herrezuelo dijo...

SETEFILIA ALMENARA: Muchas gracias por tus palabras. Sin duda los que amamos los libros nos reconocemos en las palabras de quienes transmiten ese mismo amor. Tu comentario me ha traído a la cabeza aquella cita en latín que Umberto Eco puso en el prólogo de "El nombre de la rosa" (ese libro sobre libros y bibliotecas): ln omnibus requiem quaesivi, et nusquam inveni nisi in angulo cum libro”: por doquier he buscado la paz y en ningún sitio la he hallado, excepto en un rincón con un libro. Saludos

Juan Herrezuelo dijo...

ETHAN: Gracias también a ti, amigo Fernando. Tanto en el caso de la novela de Stevenson como en la de Verne conservo un vivísimo recuerdo de sus espacios tal y como yo llegué a imaginármelos, tal y como llegué a recorrerlos con la imaginación, incluso. Conste que ambos libros los leí dos veces seguidas. El asalto a la empalizada en aquella isla o el duelo final en aquel palacio ruso frente a un río en llamas están en mi memoria con mayor exactitud que muchos hechos reales de mi infancia. Abrazos.

XuanRata dijo...

Sobre el vínculo del lector con un libro electrónico: yo lo he probado hace muy poco y por primera vez con “El mar” de John Banville. Durante la lectura la fuerza de la historia y de la exquisita manera de contarla te arrastra como una corriente hasta el final y uno no repara demasiado en si hay que pasar las hojas o las pantallas. Pero reconozco que cuando terminé la novela sentí una especie de orfandad. Quise volver sobre algunos capítulos, quise hojear al azar, quise cerrar el libro, y no pude hacer nada de eso. La historia escrita se me convirtió en casi una historia oída en la que el narrador se había ausentado sin despedirse. Supongo que “El mar” sigue intacto en algún lugar de mi memoria, pero carezco de ese objeto mágico que me lo devuelva a las manos, que me devuelva el tiempo irreversible de su lectura primera, como tan bien describes en este precioso texto que para ser justos y coherentes debería tener una oportunidad de ser encuadernado. Ahora no se si seguir probando con esto de la lectura electrónica. A lo mejor es que temo acostumbrarme.
Un abrazo.

Rochies dijo...

Lo has dicho todo. Tu escrito expresa con claridad amena ese amor que muchos tenemos por los libros. Ese misterioso placer que nos atrapa.
Qué hermosa letra la de Gamoneda.
Yo sí he molestado autores: Galeano y Abelardo Castillo por ejemplo.

Juan Herrezuelo dijo...

XUANRATA: Creo que describes perfectamente la sensación que deja la lectura de un libro electrónico, al menos yo la imagino exactamente así, no creo que pueda llegar a conocer de primera mano la experiencia: para leer un documento de más de dos hojas he de imprimirlo. Por cierto, leí a comienzos de año "El mar", y me gustó mucho. Un abrazo.

Juan Herrezuelo dijo...

ROCHIES: A Gamoneda me atreví a pedirle esa dedicatoria después de acompañarle durante tres días en una visita a mi ciudad, y es una larga historia. Quería tener ese recuerdo, me costó mucho conseguir de urgencia sus maravillosas memorias de infancia, que ya en las primeras líneas, leídas en el ejemplar de un amigo, me habían llegado muy hondo.