viernes, 10 de febrero de 2017

Un par de segundos antes, un par de segundos después: la vida en el aleteo de una mariposa

Ocho de enero, poco después de las ocho de la mañana. Un tipo conduce un coche que no es suyo a toda velocidad por una de las principales avenidas de la ciudad en que vivo. A cien kilómetros por hora, según los indicios, y saltándose los semáforos en rojo. Es domingo, y a esa hora casi no hay tráfico. Al llegar a un cruce, embiste lateramente un vehículo en el que viaja una familia: un padre y una madre en la treintena y un bebé de apenas un año, su hijo. El choque es brutal, los vecinos se asoman a las ventanas asustados, muchos estaban aún en la cama. La mujer ha salido despedida del coche y está tendida en la calzada, sin vida. Su marido habrá de ser ingresado gravemente herido en el hospital. No he vuelto a saber de su estado. El conductor que ha provocado el accidente huye a pie, y solo por la tarde será localizado y detenido. Ya no se le puede hacer la prueba de alcoholemia.

No puedo quitarme de la cabeza este suceso, en parte porque paso cada día por ese cruce, andando, camino del colegio de mi hija y luego de vuelta del trabajo; en parte, también, porque siempre me ha perturbado esa inesperada irrupción de la catástrofe que puede arrasar unas vidas y depende tanto de pequeños intervalos de tiempo. Un par de segundos antes o un par de segundos después y la existencia de esa familia no se habría visto alterada: haber salido antes o después de casa, haber tardado un poco más o un poco menos en ajustar los cinturones de la sillita del bebé, o en colocar el equipaje en el maletero (creo que regresaban a su ciudad después de las vacaciones de Navidad). La vida es así de frágil: puede depender de un par de segundos nada más (y del hecho, claro, de que mezclados con nosotros viven también seres humanos malvados o cruelmente temerarios).

Una novela de Stephen King, 22/11/63, planeta la siguiente situación: un rincón de la despensa de un diner ubicado en una localidad de Maine actúa como una especie de «madriguera de conejo», conduciendo a quien se aventura a palpar con los pies unos invisibles escalones a un día concreto de 1958, siempre el 9 de septiembre, siempre las doce menos dos minutos de la mañana, y siempre, naturalmente, el mismo lugar en el que está emplazado el diner, aunque cincuenta y tres años atrás. El crononauta puede permanecer en el pasado tanto tiempo como quiera, unos minutos o unos años, pero al regresar por la misma «madriguera» siempre habrán transcurrido tan solo dos minutos. Al tratarse del mismo instante de 1958, todo sucede igual cuando se llega al otro lado (al otro tiempo), al menos al principio, pues basta con hacer algo distinto en cada ocasión para que todo cuanto va desarrollándose después sea diferente con respecto a los «viajes» anteriores, tal vez solo un poco diferente, pero lo bastante para que el protagonista tome conciencia de lo fácil que resultaría cambiar el futuro de ese pasado, el pasado de su propio presente, la historia entera. Teoría del caos, efecto mariposa. Intervenir en una escena del pasado durante un par de segundos equivaldría tal vez a conservar una vida, por ejemplo: podría significar que un niño o una niña de apenas un año no perdiera a su madre y creciera amparada por su cariño.

En ningún sitio he visto esto tan bien explicado como en esta secuencia de la película El curioso caso de Benjamin Button, secuencia que por cierto, no se debe a la pluma del autor del relato en que se basa, Francis Scott Fitzgerald.

13 comentarios:

Don Vito Andolina. dijo...

Hola Juan,, como bien sabes, la realidad siempre supera a la ficición, en cualquier campo de la vida..

Gracias, pasa buena tarde, besos entregados..

José Luis Martínez Clares dijo...

En fin, Juan. Conforme te leía iba encaminando mi comentario hacia esa escena de Benjamin Button... pero te has adelantado. La noticia fue muy impactante. Y, claro, estas reflexiones nos la hacemos todos con frecuencia. Otra cosa es hacer con ellas literatura. Como muy bien has hecho tú. Un abrazo

Setefilla Almenara J. dijo...

Demasiados temerarios en la calzada, a pie y al volante, Juan. Lo de esta familia y ese indeseable es terrorífico. Me ha gustado volver a ver esa secuencia, es una película buena, tanto como tu texto.
Un abrazo.

Carlos Espinar dijo...

Fantásticamente explicado, Juan, como no, viniendo de tí. La vida son instantes que se entrecruzan como una tela de araña, y cualquier pulso hace que vibre por completo creando una onda que altera todo el conjunto. Sin duda la vida es una red invisible de acontecimientos inextricables. Disfruta el momento.

ethan dijo...

Estupenda secuencia, muy bien contada y desarrollada, como un corto dentro de la película.
Pero lo que te quería contar era otra cosa, más impactante aún (al menos para mí): ¿por qué eligió Stephen King ese día precisamente para montar su teoría del caos: 9, de septiembre, de 1958?
El día que yo nací.
Abrazos.

Melmoth el errabundo dijo...

Estupenda reflexión, amigo Juan, una de esas que siempre anda por nuestra cabeza, y según en qué ocasione nos dejamos llevar por la imaginación. No sé se conoces al magnífico escritor Julio Ramón Ribeyro. En su La tentación del fracaso escribe:

"Al caminar por el bulevar Saint-Michel me doy cuenta de que mi marcha determina no sólo la de las personas que vienen inmediatamente hacia mí-y que tienen que esquivarse-sino la de aquellos que se encuentran a cinco o diez o cien cuadras más lejos. Basta que yo maniobre mi andar o me detenga ante un escaparate para que toda la circulación de peatones sufra de inmediato una modificación en apariencia ínfima pero cuyas repercusiones son literalmente infinitas. Un movimiento de aceleración o de retardo mío puede determinar que a cinco cuadras de distancia una persona pierda una luz verde, tenga que esperar el paso de los coches y por esta razón no se encuentre con una persona que buscaba con afán o lo atropelle un vehículo en la calle siguiente. Pero a su vez, mi marcha está determinada por la de las personas que cruzo o tropiezo y en realidad si yo en parte dirijo soy también dirigido. ¿Quién es en suma el que determina este complejo sistema de movimientos en una ciudad?¿Aquel que madruga y fue el primero en poner los pies fuera de su casa? ¿Aquel que ayer se cayó en plena calzada y modificó por ello mismo o para siempre el tráfico de la ciudad? ¿O el turista que llegó hace unos días a París y salió a pasear por los Campos Elíseos? ¿O el fundador de una ciudad lejana que vino a la nuestra? ¿El primer hombre que llegó al país, al continente, al mundo?"

Un fuerte abrazo, amigo.

Diana H. dijo...

Asombra a veces ver todavía en algunas personas la idea de que si actúan en determinada dirección, es de esperar que tendrán los resultados que buscan, casi seguros de ello. Olvidan todo lo inevitable del azar en nuestras vidas, metiendo la cola sin detenerse. A veces para historias trágicas como la que encabeza tu post. Otras, para dejarnos maravillados con su magia. Todas, para recordarnos qué infinitamente pequeños somos ante lo inexplicable.
Un abrazo.

Marisa dijo...

Otro sueño imposible del hombre: poder controlar el futuro para mover correctamente las piezas del presente.
Es cierto que unos minutos antes o después pueden girar toda una vida, es decir, que el sino -si así se quiere llamar- maneje las encrucijadas de nuestros pies. Pero también es cierto que, sin necesidad del sino, a muchas situaciones llegamos nosotros mismos con nuestros propios pies; quizás sin llegar a entender o descifrar nunca el enigma de ese laberinto que nos ha llevado a esa situación.
Mientras te leía pensaba en Paul Auster y en algunas de sus novelas donde el destino o la casualidad no son tan casualidad como parece.
Un placer volver a leerte.

Un abrazo, Juan.

abril en paris dijo...

Vivir la tragedia y sentirnos tan impotentes...e imaginar que pudieramos variar siquiera un milimetro de nuestra vida o soñar con realidades paralelas.
No somos dioses, apenas material recuperable... lo que somos lo que vivimos se perderá como lágrimas en la lluvia

Eres un gran narrador, Juan. Consigues conmovernos.

Un beso

V dijo...

Efectivamente, la vida es así de frágil...así de casual...así de imprevisible....la escena de la pelí es tremenda....y del suceso real no voy a decir nada...hay una tragedia de por medio.
En Magnolia tb lo explican....un chico se suicida y antes de hacerlo coloca unas balas en la escopeta de su padre...cuando les oye discutir decide lanzarse y justo en ese momento su modre dispara a su padre...errando el tiro...la bala sigue su curso hasta el hijo suicida que caía y digamos pasaba por delante de la ventana del tercer piso convirtiendo un suicidio en asesinato...pues el chico estaba cayendo y aun no había muerto....
Por si te interesa se ha realizado una serie de 22/11/63 sobre la base del libro....un abrazo

Juan Herrezuelo dijo...

Qué enorme alegría para este viejo blogbarman comprobar una y otra vez todo lo que enriquecéis con vuestros comentarios cada cosa que escribo aquí. Habláis de esos instantes que se entrecruzan como tela de araña, CARLOS, de las constantes encrucijadas con las que están tejidas nuestras vidas, MARISA y de la intervención de azar, DIANA; aportáis la cita oportuna, de Ribeyro, MELMOTH, o de una escena de Magnolia, V. Y convendréis conmigo en que esa coincidencia de la que habla ETHAN, la de su cumpleaños y la fecha en que los personajes de la novela de Stephen King viajan al pasado, es increíble, más que increíble: estoy en las últimas páginas y ya tengo perspectiva suficiente para hablar de "armónicos", cuerdas, burbujas... Lo que hace que esa coincidencia haya venido a ponerle su poquito de piel de gallina a mi lectura.
Gracias a todos y un gran abrazo

Beatriz dijo...

a veces en lo fugaz descubrimos todo un mundo de ilusiones, y a veces basta sólo un instante para que esas mismas ilusiones se difuminen- un abrazo amigo

Miguel Sanfeliu dijo...

Necesaria reflexión, Juan. Solemos olvidar que seguimos vivos por puro azar.

Un abrazo.