“El Loser era un refugio, una especie de consulado para todos
cuantos no podían dejar de sentirse extranjeros en cualquier otro sitio”. (El veneno de la fatiga. Juan Herrezuelo)
Ariel Bension (1880-1932), doctor en filosofía e historiador de
ascendencia sefardita, considerado el último de
los grandes sufíes judíos, escribió en El
Zohar en la España musulmana y cristiana (1931), explicando cierto pasaje
de este libro esencial de la corriente cabalística, que:
"La vida humana –dice
el Zohar en alguna parte- se amplía
por medio de la vida universal. El objeto del Universo se teje a través de la
vida del ser humano. Por consiguiente, el hombre es prevenido de vivir de tal
manera que a la puesta de sol sienta en sí que su día no ha sido malgastado sin
acción. Pues el hombre, malgastando su propio día, ha malgastado también el día
del Universo entero”.
El hecho que se
esconde tras esta afirmación -a saber: que todo cuanto existe, en el mundo
físico y en cualquiera de los otros mundos que escapan a nuestros sentidos,
está unido; que Todo es Uno- arroja sobre nuestros pobres hombros la
responsabilidad de tener que ser permanentemente acción, entendiendo por tal aquélla
que es útil, que es provechosa, y no ya cada día, como señala Bension, sino en
la suma completa de nuestros días, pues si malgastando uno solo de ellos
malgastamos el día del Universo, malgastando nuestra vida entera estaremos, de
algún modo que escapa a nuestra conciencia, malgastando también la vida de todo
el Universo.
Según relata Plinio
el Viejo, los tracios echaban en una urna una piedra blanca o una negra al
finalizar el día, según si éste había sido favorable o infausto, y bastaba con que
al morir se contaran unas y otras para saber si habían sido felices o no
durante sus vidas. Cuánto bien nos haríamos a nosotros mismos –y al Universo,
incluso al Multiverso que propone la teoría de cuerdas- si actuáramos como si
realmente pudiéramos intervenir de forma positiva en cada una de nuestras
acciones, sin permitir que las cosas ocurran sin más, fatídicamente, como
dejándose arrastrar hacia la piedrita blanca o la negra por sí solas.
NASA; ESA; G. Illingworth, D. Magee, and P. Oesch, University of
California,
Santa Cruz; R. Bouwens, Leiden University; and the HUDF09
Team
El tipo que
regenta la barra de este blog&bar conserva, incluso en su actual naturaleza
espectral, la suficiente presencia de ánimo como para elaborar el tradicional
cóctel de San Juan mientras al otro lado de las ventanas cerradas arden las pérdidas, como tituló Antonio
Gamoneda, y estallan los artificios fogosos, y el futuro político de este país
se desbarata entre llamas como el maldito mapa del rancho La Ponderosa... Ah,
pero, no, dejemos eso: para olvidarse de cosas así, precisamente, se inventó la
refinada liturgia de la coctelería.
Uno diría que en
este local todo debiera estar cubierto de polvo y contaminado de silencio, y
sin embargo he aquí un vaso mezclador cristalino y una copa de Martini tan pero
tan limpia que casi pone la piel de gallina, y allá al fondo, al final de lo
que aún no ha sido escrito, se insinúa una música que se elige neoyorkina, como
el sabor del bebedizo alcohólico con el que este año agasajamos a nuestros
estimados clientes y amigos: el Manhattan, una mezcla del rudo sabor del agua
de fuego destilada en los alambiques de Kentucky, el dulzor puramente italiano
del vermú rojo y esa ligera huella de amargor que le pone la intriga al ceño
fruncido con que se paladea.
¿Es así como
sabe Manhattan, el distrito metropolitano por el que todo cinéfilo identifica a
la ciudad de Nueva York? Quiero creer que sí, aunque a partir del segundo
cóctel, ¿de acuerdo? El primero simplemente te retuerce el brazo detrás de la
espalda. Pero el segundo… Ah, el segundo empieza a elevarte ya en el primer
sorbo hasta ese plano aéreo con que comienza aquella historia de amor en el West
Side, con música de Leonard Berstein y letra de un William Shakespeare metido a
redentor de bandas callejeras (“Hay
barrios de Nueva York donde no les aconsejaría que se metieran”, le dijo
Rick Blain a un comandante nazi en Casablanca); con el segundo sorbito, dado así,
con los labios besando el filo de la copa, uno empieza a sentirse un puro cowboy
de medianoche, con el tercero llegamos en taxi, al amanecer, hasta el mismísimo
escaparate de Tiffany’s, en una Quinta Avenida desierta…
Si tuviéramos
que decidir, mediante un meticuloso procedimiento de decantación sentimental, qué
ciudad es la más cinematográfica de todas las del mundo, es posible que fueran París
y Nueva York las que llegaran a la final, pero no empatadas. Al fin y al cabo,
New York-New York es una ciudad cojonuda, ¿no?, it’s a helluva town, lo cantaban Sinatra, Kelly y aquel otro tipo
cuyo nombre nunca logré aprenderme. Nueva York es un desayuno con diamantes, es
caminar descalzos por el parque después de haber llegado en coche de caballos
al Hotel Plaza para pasar la luna de miel, son los astilleros donde a Brando le
sacuden a base de bien por no respetar la ley del silencio, es el lugar donde
dos agentes de publicidad, hombre y mujer, uno a cada lado de la avenida
Madison, comparten pijama después de que él se inventara una estrategia publicitaria
nueva: vender un producto que ni siquiera existe; es la ciudad de los marineros
de permiso, de los periodistas en blanco y negro que viven mientras duerme la
ciudad que nunca duerme; es sobre todo el gran Jack Lemmon metiendo en un sobre
la llave de su apartamento para que algún ejecutivo de la empresa en la que
trabaja pueda practicar el adulterio entre sus sábanas, o formando una extraña
pareja de divorciados con Walter Matthau, o perdido toda una noche en Central
Park, o desempleado y prisionero en la Segunda Avenida…
Suma y sigue: Nueva
York, lo que nosotros llamamos Nueva York pero no es el Bronx, ni Brooklyn, ni
Queens, ni Staten Island, sino estrictamente Manhattan -esa gran manzana
depositada en una isla entre dos ríos-, es un rodríguez a la americana
contemplando cómo a su tentadora vecina del piso de arriba el aire del metro le
levanta las faldas a través de unas rejillas de la acera, es Cary Grant y
Deborah Kerr, tú y yo, citándonos en lo alto del Empire State para dentro de
seis meses, es esa adorada ciudad que vibra al son de las grandes melodías de Gershwin,
mujeres guapas y tipos listos que se las saben todas y Woody Allen dictándole a
un magnetófono las razones por las cuales vale la pena vivir (mm, Groucho Marx,
por decir una, el segundo movimiento de la Sinfonía de Júpiter, y, mm, Louis
Armstrong, las películas suecas, naturalmente, eh, Frank Sinatra, mm, las
increíbles manzanas y peras de Cézanne, la cara de Tracy…); es un atado de
periódicos cayendo rotundo en la acera desde el camión de reparto y la avidez
con que unos jóvenes actores que anoche estrenaron una obra en el off Broadway
se lanzan sobre ellos después de pasar toda la noche en vela, celebrando lo que
aún no saben si será un éxito o un fracaso de crítica.
Nueva York
–Manhattan- es cada uno de los múltiples matices cromáticos del otoño en
Central Park, y el colchón que en lo más caluroso del verano resulta casi
obligado sacar al balcón, junto a las escaleras de incendio, para poder dormir,
y la campanita que un tipo disfrazado de Santa Claus hace sonar en Navidad a la
puerta de Bloomingdale's o Macy’s; es la ciudad de los grandes desfiles civiles,
San Patricio, Acción de Gracias, el Columbus Day, con todo ese confeti
revoloteando en el aire, como cuando regresaron los astronautas del Apollo XI,
los que pisaron por primera la luna, esa luna que le dio nombre a un río de más
de una milla de ancho al que Audrey Hepburn cantaba susurrante acompañándose con
una guitarra, Old dream maker, You
heartbreaker…
Empiezo el
tercer Manhattan y ni siquiera he dicho todavía cómo diablos se prepara ni quién
lo inventó. Ahora sí que el Loser se ha trasmutado en un club de Nueva York,
digamos el Blue Bar del Hotel Algonquin. Apoyado en la barra y con la copa ante
mí, acaricio distraídamente la pelota de béisbol que esta misma tarde he cazado
en las gradas del Yankee Stadium. Y me da por pensar en Julio Camba, ya ven,
para quien Nueva York, en los años veinte y treinta, era la ciudad romántica
por excelencia, “no a pesar de su
brutalidad y de su codicia, sino por ellas precisamente (…), por su culto de las catástrofes (…), por la organización comercial de sus
crímenes y la organización criminal de sus negocios (…) por su ilimitación”. “¿Conciben ustedes nada más romántico
–escribió- que esto de prohibir las
bebidas alcohólicas a fin de elevar a categoría de delito el acto de tomarse un
aperitivo’”.
The Algonquin Hotel's Blue Bar
Digamos ya que
el cóctel Manhattan se prepara vertiendo en un vaso mezclador repleto de
cubitos de hielo dos partes de bourbon, una de vermú rojo y tres golpes de
amargo de Angostura (pudiera parecer que unas gotas de este ingrediente
aromático no aportan gran cosa, y que podríamos prescindir de él al preparar un
Manhattan, pero no es cierto, créanme); conviene tener preparada una copa de
Martini llena de hielo –que luego tiraremos-, mientras en el vaso mezclador removemos
no más de un par de minutos, lo justo para que el bebedizo se enfríe sin que
los cubitos lleguen a aguarlo en lo más mínimo. Se vuelca el líquido en la copa
helada y ya sin hielo, y se adorna, dicen casi todas las recetas, con una
guinda al marrasquino. En el Loser le ponemos una cereza natural: es una
licencia legítima, tampoco conviene ser tan puristas; al fin y al cabo, los
Manhattan más célebres de la historia los preparó Marilyn Monroe de la manera
más heterodoxa que quepa imaginarse: en una bolsa de agua caliente e
improvisando una fiesta en el reducido espacio de la litera de un tren con
destino a Florida, ah, maravillosa Sugar Kane…
Acerca de su
invención, corren, cómo no, varias historias: me quedo con la más repetida, la
que dice que Jenny Jerome, hija del millonario Leonard Jerome y futura lady
Randolph Churchill, le pidió un buen día de 1874 al barman de un club neoyorkino
llamado Manhattan que creara un cóctel especial para celebrar que un amigo de
papá, Samuel Tilden, había sido elegido gobernador del Estado. Eso sí, puesto
que ése es justo el año del nacimiento de su hijo Winston –sí, el WinstonChurchill ganador del Premio Nobel de Literatura-, hay quien atribuye el
invento a un barman llamado Black, en un local de Broadway, en 1860.
Visto desde
Nueva York, dice Camba, el resto del mundo es un espectáculo extemporáneo,
porque al llegar aquí –a este
imaginario aquí que es ahora el Nueva York de este blog&bar-, la sensación no es la de haber dejado atrás
otros países, sino otras épocas. Nuestra
época, añade, sólo Nueva York ha
acertado a encarnarla. Y lo curioso es que lo que era cierto en 1934, sigue
siéndolo hoy.
Mi copa está
vacía, just a time. Ahora es Robert Mitchum el que llega a Manhattan, con música
de André Previn, y nosotros con él: ¿no es maravillosa esta/aquella ciudad que
me espera desde hace tanto, y en la que cualquier cosa puede pasar, en
cualquier esquina?
El pasado 15 de mayo, más o menos a las once y
diez de una luminosa mañana de domingo, la vida me regaló uno de esos instantes
mágicos en los que parecen confluir inesperadamente circunstancias que por
separado ya vienen seduciéndote desde hace tiempo, pero que juntas abren en la
realidad como un hueco en el que solamente tú tienes cabida, tú con tu deleite,
con tus sentidos cautivos de un placer que no es físico, tú gozosamente
atrapado en un embelesamiento de cuento infantil. Que en ocasión tan
privilegiada yo dispusiera además de cámara de fotos convirtió en materialmente
imperecedero lo que sin duda lo hubiera sido ya en un plano mental. Si yo
dijera sin más que oí cantar un pájaro, que lo identifiqué de inmediato y lo busqué
en las alturas de los árboles del parque por el que transitaba hasta
encontrarlo en una rama, le parecerá a quien lea estas líneas muy poca cosa.
Las personas que me conocen bien adivinarán de inmediato, al menos, que el
pájaro en cuestión era un mirlo.
Llevo algo más de un año hermanado con los
mirlos; los observo, trato de fotografiarlos, sigo su vuelo, los busco con la
mirada apenas oigo cualquiera de los dos tipos de sonido que emiten: el de prevención
y ese bellísimo canto en el que se combinan, con una interpretación
ensimismada, variaciones melódicas, silbos, trinos y chisporroteos sonoros; en
su canto, el mirlo marca los compases con una modulada candencia, como si le
empujara la irresistible voluntad de improvisar una canción o de recitarla en
un idioma extraño donde vagamente se aprecia la existencia de un verdadero significado;
es un canto que quizá mezcle distintos cantos emitidos por otros pájaros: dicen
que el mirlo puede llegar a imitar la voz humana y a repetir ciertas palabras
si se le adiestra desde polluelo, de ahí que en libertad su música parezca una
creación propia llevada a cabo a partir de otros gorjeos que el mirlo armoniza
con afinación única y como para sí mismo. (El otro sonido, el de peligro, que
el mirlo acompaña con un alzamiento tenso de la cola, recuerda un poco al que
hacen esos martillos de juguete cuando se golpea algo con su fuelle de plástico).
Ocurre que un día de hace más o menos catorce
meses pregunté a quien me acompañaba por el nombre del pájaro negro que vimos
corretear por el borde de un vallado: hasta ese momento yo era incapaz de
identificarlo, una semana después ya me sentía tan unido a los mirlos que en
ocasiones he llegado a extender hacia uno de ellos el brazo convencido de que
el vínculo también era percibido por él y volaría hasta mi mano. No lo han
hecho nunca, claro. El mirlo es un ave recelosa, que apenas se sabe observado
cambia de lugar. Como los cuervos, el mirlo común es intensamente negro (en
inglés se les llama ‘blackbird’, y con ese nombre le cantó a uno Paul McCartney en el White Album de los Beatles);
pero en el color y en la capacidad para imitar sonidos acaban todas las
similitudes con el desagradable pajarraco del nevermore de Poe. Ni siquiera pertenecen
a la misma familia de aves. El mirlo es más pequeño, liviano y alegre, y el
perfecto naranja de su pico y del círculo que rodea sus ojos le confiere un
aspecto infinitamente más atractivo; su color, además, posee la cualidad azabache
del terciopelo negro y no los brillos carboníferos del cuervo.
Estás tonto con los mirlos, papá, me dice
continuamente mi hija, que hoy cumple trece años (de ahí estas líneas). Y es
cierto. No puedo dejar de mirarlos. Los mirlos picotean el césped en busca de
comida, y unas veces dan carreritas muy rápidas, agachando la cabeza, y otras avanzan
a saltitos tan ágiles como los que ejecutan los gorriones. Las hembras son algo más pequeñas, su plumaje es más pardo y su pico de un naranja algo más
desvaído. Mientras crían, las hembras del mirlo son realmente corajudas: yo fui
testigo de cómo una de ellas le armó una escandalera a un gato que rondaba
taimado el árbol en una de cuyas ramas sin duda ella tendría su nido. En otra
ocasión encontré un mirlo joven e inexperto en el suelo, a los pies del mismo
árbol, incapaz de elevarse en el aire. Tal vez había fracasado en su primer
intento de volar. Mi relación con los mirlos no ha mitigado la insuperable
fobia que le tengo al tacto de los pájaros, esa turbadora suavidad palpitante
de sus cuerpos emplumados, de manera que tuve que buscar con cierta impaciencia
a alguien que quisiera tomarle en sus manos y lanzarlo de nuevo hacia las
ramas: lo encontré, y siempre he confiado en que su segundo intento de
vuelo no acabara en las fauces de un gato.
Pero mi actual embobamiento con la naturaleza
–en su manifestación urbana- no acaba en los mirlos, sino que se extiende al
reino fabuloso de los árboles. Algún día contaré cómo me convertí en el hombre
que recogía y guardaba las semillas de los tipuana tipu, llamadas sámaras, ese
prodigio de tecnología natural que gracias a su diseño en hélice se desplaza en
el aire girando sobre sí misma con un elegante y silencioso movimiento
auto-rotatorio. Pero lo que importa ahora al caso es mi fascinación por los
jacarandás.
En la ciudad en la que vivo, los jacarandás
llevan la mayor parte del año una discreta existencia de árboles desnudos, detenidos
en un otoño casi interminable del que apenas se salvan unas pocas hojillas
compuestas, como de helecho, nada que les permita una copa arbórea y un verdor
dignos de tales nombres. De sus de ramas así expuestas a la intemperie cuelgan,
a la manera de adornos navideños, unos frutos no comestibles definidos como
cápsulas leñosas: estuches planos, redondos y duros donde se guardan sus
semillas. Permanecen de este modo, desabrigados, esquemáticos, hasta bien
entrada la primavera, cuando ya otras plantas han empezado a hacer gala de una esplendorosa
exuberancia. Pero un buen día, entre finales de abril y principios de mayo, los
jacarandás aparecen de golpe convertidos en una hermosísima nube floral de
color azul-violeta, contrastando con los densos verdores de otros árboles y
únicos en su delicadeza sin espesuras: tan solo los racimos de sus flores
pequeñas y, como ocultos, como disimulados entre tanta belleza, los pendientes
leñosos de sus frutos. A los ojos de quien lo observa, un jacarandá pudiera
parecer un árbol de jardín japonés, por ejemplo de ese delicado poema botánico
minuciosamente proyectado para el palacio imperial de Katsura, en Kioto: como
una celosía de espiritualidad sintoísta de la que caen cada tanto, muy lentamente,
los violáceos copos tubulares de sus flores; o pudiera parecer, también, el
árbol oculto en lo más frondoso de un bosque druídico cuyo hallazgo quizá revelaría
el secreto del sentido de la vida. Pero no, se trata en realidad de un árbol
tropical: Brasil, Argentina y Paraguay figuran como territorios de origen; algo
hay en ellos, desde luego, de realismo mágico.
Al igual que me sucede con los mirlos, una y
otra vez trato de atrapar en una fotografía este sorprendente milagro de la
naturaleza, y como en el caso de los mirlos me es esquiva una reproducción a la
altura de mis emociones. El pasado día 15 de mayo, como dije al principio, a
eso de las once y diez de la mañana, me sentí aludido en el canto de un mirlo,
lo busqué y acabé por encontrarlo en los delicados interiores color lila de un
jacarandá: el canto del mirlo entre las flores, el propio ave tan ensimismado
en su melodía, tan alegre para sí, tan único entre todos y a la vez tan unido a
todo: al árbol, al aire, a mí... Qué más podía pedir…
El Alfanhuí
de Rafael Sánchez Ferlosio es, en más de un sentido, un libro maravilloso, a mi
juicio el libro por el que más merecidamente su autor debiera ocupar el lugar
de honor que en efecto ocupa en la literatura española gracias a su siguiente
novela, El Jarama. Pero eso va en los
gustos, claro. Como a tantos otros libros esenciales, he llegado a éste
tardíamente, que no tarde: esos matices. Lo recuerdo rondándome con su extraño
nombre durante mi infancia y juventud, porque formaba parte de aquella
memorable colección de RTV Biblioteca
Básica Salvat que no faltaba en ninguna casa, generalmente incompleta. Esta
novela en concreto no estaba entre las que tenían mis padres; yo veía el libro
en otras casas, entre los de color naranja, reservado para la narrativa y la
poesía (el teatro en azul, el ensayo en verde), y me llamaba mucho la atención
ese título tan raro en la portada, que por cierto era sólo una parte del
título: el cabal venía dentro: Industrias
y andanzas de Alfanhuí. Antes del verano lo busqué en esa colección,
precisamente, atraído por una hermosísima cita que José Ángel Valente incluyó
en su Diario Anónimo, y pude
comprarlo al fin en una librería de lance.
Alfanhuí
puede ser lectura de unos días o de varios meses, según el grado de disfrute
que uno quiera permitirse. En el mes de julio yo había superado ya un tercio de
sus páginas cuando lo cogió mi padre y burla burlando, a pesar de su actual
mala vista para las letras de imprenta, se lo fue bebiendo en el sopor del
estío. Qué cosas más absurdas cuenta,
me decía, riendo, pero qué bien las
cuenta. Seguramente le enganchó el que retratase el mundo rural mesetario
de los años cincuenta, que él tan bien conoció, y puedo imaginar su gratísima
sorpresa -que fue también la mía más tarde- al comprobar que en los últimos
capítulos llega Alfanhuí a nuestra amada Palencia, ciudad que por
"cualquier parte tenía franca y alegre la entrada y se partía como una
hogaza de pan", y se pone a trabajar en una herboristería de la Calle
Mayor, y sale a menudo a los campos de alrededor a buscar hierbas curativas.
'Realismo absurdo' podría ser una buena corriente
literaria en la que incluir esta atípica, maravillosamente atípica novela
española de 1951, pero no existe tal corriente -creo-; existe la de realismo
mágico, del que bien podría ser avanzadilla en nuestro país, en espera de que
empezaran a desembarcar los escritores latinoamericanos una década más tarde, y
existe el surrealismo, y también lo real maravilloso: a medio camino entre
estos territorios y el juguetón vanguardismo ramoniano se alza el Alfanhuí de Sánchez Ferlosio, con el eco
entreverado de aquella picaresca estirpe de lázaros y buscones y guzmanes.
Escrita con una bellísima prosa poética, precisa y
minuciosa en la descripción, Alfanhuí
está construida con muy breves capítulos repartidos en tres partes. Admirado,
ya desde el principio me dio por pensar en esos textos breves que hoy en día
tratan de pasar por microrrelatos con el aplauso de algunos astutos promotores,
y que no son sino, en la mayoría de los casos, fragmentos sueltos, ocurrencias,
frases ingeniosas, pinceladas narrativas a la sombra -escueta- de un duradero
dinosaurio. (Hay cierto libro reciente dedicado a este género en el que los
microrrelatos están ordenados por su extensión, de los más largos a los más
breves, y juro que el último, como por otra parte era previsible, es una página
en blanco, salvo por el título y el nombre del autor, que es la versión
narrativa de aquel lienzo en blanco que dio lugar a Arte, la magnífica obra de Yasmina Reza que Flotats, Pou e Hipólito
elevaron a la cumbre de la escena teatral). Por el contrario, cada uno de los
41 capítulos de Alfanhuí, que forman
parte de una única historia, podrían al mismo tiempo ser una historia
independiente; más aún: con frecuencia encuentra el lector párrafos con una
notable autonomía argumental, auténticos microrrelatos, lo que le confiere a la
novela de Ferlosio la virtud de ser una miríada de historias dentro de una
historia mayor. Valga este ejemplo con el que acabo ya, y con el que pretendo
lograr interesar a otros en este libro imprescindible:
"El
maestro contaba historias por la noche. Cuando empezaba a contar, la criada
encendía la chimenea. La criada sabía todas las historias y avivaba el fuego
cuando la historia crecía. Cuando se hacía monótona, lo dejaba languidecer; en
los momentos de emoción, volvía a echar leña en el fuego, hasta que la historia
terminaba y lo dejaba apagarse. Una noche se
acabó la leña antes que la historia, y el maestro no pudo continuar"
El mecanismo
de la memoria tiene su propios resortes, y por lo que a mí respecta no hay un
solo 30 de septiembre, desde hace ya muchos años, que de manera automática no
recuerde que en tal día de un cada vez más lejano 1955 James Dean se mató en
una carretera de California a bordo de su flamante Porsche 550 Spyder. Uno de
los recortes de prensa más antiguos que conservo es un reportaje publicado en
el semanal de El País cuando se cumplían treinta años justos de aquel
accidente, con el título “El mito de una muerte”. Este año serán otros treinta
años más los que hayan pasado, y van sesenta: aquella rutilante promesa del
cine hubiera cumplido los cincuenta y cuatro en el 85, que no estaba mal, y
sería todo un anciano de ochenta y cuatro este 2015. Claro que ambas edades son
absolutamente inverosímiles en su caso, pues el destino le tenía reservada una
eterna parada en sus veinticuatro años.
A mis dieciocho
y diecinueve yo era, o pretendía ser, un poquito James Dean, y una parte de la
culpa la tienen aquel largo artículo y las muchas fotografías y semblanzas que
se publicaron por entonces en otros medios. Entre otras cosas, gracias a él aprendí
a aceptar mi miopía; tuve, incluso, una montura de gafas muy parecida a la de
Dean. También hizo que me reafirmara en el hábito de fumar tabaco negro,
Ducados, porque sus cigarrillos tenían el filtro de color blanco, como el de
los que se le veía fumar en las fotos, y que adquiera ciertos gestos desmañados
al andar y al apoyarme en las cosas. Su influencia, en cualquier caso, fue
infinitamente más extensa que la que pudo calar en aquel chaval alto y tímido
que vivía en Almería a mediados de los ochenta, y el James Dean style, estético e interpretativo, se ha
prolongado hasta el presente, cuando lo siguen imitando hasta los más recientes
ídolos juveniles, aunque bien es cierto que ya como una mera pose con fines
publicitarios.
Curiosamente,
el vigente atractivo del modelo de actitud que encarnó James Dean se debe a que
todo en él era rabiosamente auténtico, a la par que moderno, moderno no sólo
para su tiempo, sino incluso para el nuestro. Por regla general, resultan
ridículas las biografías de estrellas del deporte, la música o el cine que no
han cumplido aún los veinticinco. No es el caso de las innumerables que se han escrito
sobre James Byron –por Lord Byron- Dean, y todas ellas se justifican, precisamente,
a causa de su legendaria muerte. Tengo una de las primeras que se escribieron,
encontrada al azar en un mercadillo callejero, James Dean. El inadaptado,
de Yves Salgues, editorial Albor, Barcelona, 1957, significativamente traducida
al español tan solo unos meses después de su aparición en Francia (su título
original era James Dean, ou le mal de vivre). Es oportuno recordar que
los franceses de la Nouvelle vague, con Truffaut a la cabeza, fueron de los
primeros en sentirse fascinados por aquella nueva estrella de Hollywood desde
su aparición en Al Este del Edén, la única de sus tres películas, por
cierto, que se estrenó en vida del actor (rodó tres películas en apenas año y
medio; Rebelde sin causa se estrenó un
mes después de su muerte y Gigante un
año más tarde).
La lectura
hoy de esta temprana biografía novelada a cargo de Yves Salgues resulta muy
reveladora, pues evidencia que los detalles de su corta vida y los rasgos de
carácter que conocemos estaban ya perfectamente registrados antes de que se
cumpliera el segundo aniversario de su muerte: la pérdida prematura de su
madre, con esa escena macabra en que el niño le corta un mechón de cabellos a
su cadáver, su llegada con ocho años a la granja de sus tíos, que habrían de
cuidar de él, lo meteórico de su ascenso, desde un pueblecito de Indiana al
Nueva York del Actor’s Studio, con su bohemia y su periodo de privaciones, de
Broadway a Hollywood, de Gide a Steinbeck, y de una película de Elia Kazan a
una de Nicholas Ray; su matrimonio imposible con Pier Angeli, malogrado por una
mamma demasiado italiana; el Jimmy
Dean solitario, huraño, rudo, con pésimos modales y cambiantes estados de
ánimo, desaliñado siempre, impredecible, salvaje, vulnerable, irritante para
unos, magnético para otros; su afición a la música afrocubana, a la escultura,
a la fotografía, a las corridas de toros, su pasión por el bramido de los
motores y la velocidad, sobre dos ruedas o sobre cuatro, el “Litlle bastard” que
pintó sobre el aluminio de su nuevo Porsche y el Vive deprisa, muere joven y harás un bonito cadáver que se le quedó
grabado de Llamad a cualquier puerta,
dirigida por su amigo Nick Ray, el único de sus tres directores con el tuvo una
buena relación, y con quien planeó una futura alianza artística; los pormenores
del accidente, el nombre de su mecánico, que lo acompañaba, y el del tipo que
conducía el otro coche, el lugar del choque, la despiadada explotación de un
muerto llevada a cabo a partir de aquel 30 septiembre, el nombre del que compró
los restos del Porsche para tratar de aprovechar el motor y que no encontró
decente sacar beneficio a pesar de la multitud de admiradores que desfilaba
ante el jardín de su casa, donde lo había depositado; la historia de los agentes
de publicidad que se lo recompraron y no tuvieron tantos escrúpulos y lo
expusieron cobrando la entrada: por 35 centavos uno no solo podía ver el coche
destrozado, sino incluso sentarse al volante durante treinta segundos; los
rumores que decían que había sobrevivido al accidente y estaba escondido, la
mascarilla que colocaron en la Universidad de Princeton, los espiritistas que
aseguraban que oían su voz, el robo de la ropa que había vestido en el rodaje
de Gigante, las actividades de sus
clubs de fans, que en 1957 sumaban ya 84 en todo el país y reunían nada menos
que a 3.800.000 afiliados… Todo eso, y más, hasta enero de 1957, que es cuando
Salgues pone punto final a su libro.
No es mi
actor favorito, pero me reconozco rendido a sus tres interpretaciones y soy de
los que juegan (uno de tantos) a imaginar cómo habría sido su carrera, qué
películas habría interpretado y cuáles habría dirigido (era su aspiración),
cómo habría sido la competencia con los consagrados Brando o Monty Clift, a
quienes inicialmente había tomado de modelo, o la que se habría podido
establecer con Paul Newman, seis años mayor que él y que también trataba de
abrirse un camino en el cine, a quien le ganó el papel de Cal Trask en Al Este del Edén y que, a su vez, se
quedó con los protagonistas de Marcado
por el odio y El zurzo, que James
Dean no pudo ya rodar, o con Steve McQueen, otro rebelde cool, herederos ambos de la pasión por las carreras de coches que
le llevó a James Byron Dean hasta aquel cruce de la 466 (hoy 46) con la 41, en
Cholame, California, a 128 millas de Salinas, hacia donde se dirigía, y a unos
cientos de metros de donde hoy está ubicado un modesto monumento que le
recuerda y un restaurante de carretera llamado Jack Ranch Café. Podemos
imaginar que estamos allí, que hemos llegado en nuestro propio coche, que
paramos en el arcén y bajamos y estiramos los músculos y sentimos el aire en la
cara y miramos a nuestro alrededor…
Acaso todas las guerras sean la misma guerra, como todos los
fuegos el fuego, una guerra inacabable, estallando aquí o allá y dejando
periodos transitorios de paz en lugares de la Tierra donde ya cargaron los
ejércitos y donde antes o después volverán a arder las calles, fragmentos de
una misma contienda sucediéndose en el tiempo, afectando a distintos
territorios y distintos dioses y distintas lenguas pero amasando un mismo
terror, empujando a hombres y mujeres en una huida que acaso sea también la
misma huida, padres con sus hijos en brazos, madres implorando con las manos
tendidas, una única e incesante diáspora en la que un día se vieron envueltos
nuestros abuelos y que quizá nos arrastre mañana a nosotros mismos.
Cuenta Jeffrey Eugenides en su magnífica novela Middlesex
que a comienzos de los años veinte del pasado siglo miles de ciudadanos griegos
enraizados en aldeas próximas a la ciudad de Esmirna decidieron expatriarse a
América como consecuencia de la guerra greco-turca: en una de las escenas más
conmovedoras que he leído nunca, nos dice Eugenides que quienes embarcaban para
Estados Unidos sostenían en sus manos un carrete de hilo, en tanto que los
parientes que se quedaban en el puerto sujetaban el otro extremo; cuando el
buque comenzaba a separarse del muelle, cientos de hilos de colores se tensaban
sobre el agua, había gestos de despedida entre quienes probablemente no
volverían a verse nunca, se agitaban pañuelos, los carretes comenzaban a girar
en cubierta, al principio despacio, luego más rápidamente, hilos azules, rojos,
amarillos, verdes con los que unos y otros mantenían un último y finísimo
contacto, hasta que la última vuelta de hilo dejaba los colores abatiéndose con
levedad en el aire, y la separación se consumaba definitivamente.
Me vino a la cabeza esta escena al acabar el libro de
relatos La derrota de nunca acabar, de Miguel Naveros, y me figuré una España
deshilachada en su contorno por el desgarrón del exilio, porque también este
país sucumbió en su momento al vendaval de esa guerra interminable, tan
interminable como la memoria de los vencidos, de la cual se alimentan estos
once cuentos. Once historias, en parte reales y en parte trabajadas por la
imaginación del escritor, que son once maneras de experimentar cómo la guerra
modifica para siempre el curso de unas vidas, a las que bien podría añadirse
una duodécima no escrita y por tanto no incluida en el libro, aunque esté
presente entre cada una de las líneas: la de un niño llamado también Miguel,
como los protagonistas de todos los relatos, que escucha con fascinación a los
amigos de su padre, derrotados como él, contar una y otra vez las mismas
historias sobre la guerra perdida, fecundando así, en la infancia, lo que el
autor llama en sus reconocimientos finales “mi pulsión literaria”.
Con este libro, pues, Miguel Naveros salda una deuda con
aquellos hombres a quienes, por la vía de la rememoración oral, les debe buena
parte de sus razones para escribir. Y lo hace a través de diferentes enfoques
narrativos, porque distintos son los hombres y mujeres que sufrieron una
derrota que les persigue allá donde vayan, pues, como dice uno de los
personajes, “las derrotas tienden a no acabar”, afirmación que corrobora más
adelante el cuento que da título al libro; en efecto, las derrotas se prolongan
en los desarraigos de toda emigración forzada, en la invalidez de un futbolista
represaliado, en el origen secreto de una fortuna, en el expolio llevado a cabo
al amparo del desorden bélico que una generación más tarde pretende presentarse
–y venderse- como lícito patrimonio bibliográfico, en el rabioso desencanto de
quien pagó con veinte años de cárcel su fidelidad a la República y acogido al
fin por la Unión Soviética descubre que es espiado por su camaradas, en los
poetas, los ingenieros, los fotógrafos exiliados y en profesores italianos que
participaron en nuestra guerra incivil y llegados a octogenarios regresan a sus
escenarios más dramáticos, en las revanchas demoradas, en la nostalgia
inacabable de todos los sabores y todos los sonidos de la tierra lejana…
Eso sí, en cada uno de los relatos, de una forma u otra,
late la dignidad de la derrota, la dignidad e incluso el triunfo, como dice
desde su título otro de los relatos, donde el autor de unas memorias de la
guerra les da término agradeciendo “a los dioses del Olimpo la derrota, porque
nos ha permitido caminar con la cabeza alta”, lo que remite a aquella frase de
Fernando Pessoa citada por Juan Goytisolo en su discurso de recepción del
Premio Cervantes: “Llevo en mí la conciencia de la derrota como un pendón de
victoria”. Porque, en opinión de Miguel Naveros, que yo comparto, lo que separa
al vencedor del vencido es que el maleficio del triunfo conduce al exceso.
Sé que la imagen del libro que al autor le resulta más
reveladora es la de un campesino y su burro arando la tierra bajo el fuego
cruzado de ambos bandos, impasibles los dos y como ajenos en apariencia a la
guerra, sabedor el hombre que puede o no matarlo cualquiera de las bombas, pero
que es seguro que lo mataría el hambre si abandonara las labores del campo.
Junto a esta imagen, otras muchas igual de descriptivas, algunas emocionantes
hasta las lágrimas, literalmente: la actriz María Botto, argentina de
nacimiento, hija del exilio inverso, no fue capaz de evitar un breve acceso de
llanto mientras leía en voz alta el primer relato del libro, durante su presentación en Madrid.
Por cierto que ese relato con el que se abre el libro, “Los
dos exilios”, está entre los que a mí más me gustan, y sin duda es uno de los
mejores textos literarios que jamás se hayan escrito sobre el exilio español,
un relato para leer una y otra vez, recorriendo de nuevo, en cada lectura, ese
pasillo de una casa en Ciudad de México empapelado a uno y otro lado con
fotografías ampliadas de la calle Embajadores, la calle madrileña donde vivía
el fotógrafo español que la habita en un doble exilio y que renuncia a volver a
su país tras la muerte de su compañera, como poco a poco va renunciado a los
sabores que le recuerdan a ella, a las lecturas de los clásicos que sólo
concibe en su voz, a la música de un violín que la emocionaba tanto…
Este es el arranque de un libro cuyas historias también yo
tuve el privilegio de escuchar antes de ser escritas, en mi caso en boca del
propio autor, que es también un apasionado contador de historias (historias
que, por asombroso que pueda parecer a veces, son siempre ciertas); un libro
espléndido, sentido, necesario aún.
Entre amigos en la presentación en Almería de La derrota de nunca acabar, el pasado abril
“Como mancha
negra” es el último relato que escribí antes de que ese personaje llamado Juan
Herrezuelo hiciera una garbosa reverencia con su empenachado sombrero de ala
ancha y se retirara por el foro de los Bartleby y compañía. No quise dejar sin
desarrollar una vieja idea cuyo borrador fue separado en su momento de un
manuscrito mayor al resultar incompatible con otra escena en la que también se
jugaba con las figuras retóricas. Como ya me ha pasado otras veces, la posibilidad
de convertir aquella idea en una historia que pudiera ser contada no me abandonó
nunca, y en octubre del año pasado me puse a la tarea. Fue un trabajo rápido y
gratificante, como si el cuento hubiera querido salir fuera de mí desde hacía
años tal y como iba creciendo en la pantalla, y ni siquiera me extrañó que al
llegar al final, de manera casi inevitable, esta historia más bien
desasosegante desembocara en un homenaje al libro que hizo de mí, en mi
infancia, este eterno rehén de la lectura que aún sigo siendo. El cuento aparece ahora publicado en
el número 12 de la revista El Toro Celeste, un magnífico espacio digital de
arte y literatura, y me complace proponer de nuevo un pasadizo hasta sus
páginas, como ya hiciera con el número inicial.
Para abrir
boca, dejo aquí el primer párrafo de “Como mancha negra”:
«En cuántas manos habrá temblado el papel en el que
está escrito el poema antes de llegar a las mías, en cuántas habrá temblado
desde que me deshice de él, cuántos hombres y mujeres llevarán ahora esta misma
vida de fugitivo que me empuja de un lugar a otro, quiénes son y a qué ciudades
han huido ellos, sobresaltándose cada vez que oyen una voz a la espalda,
temiendo siempre que alguien vuelva a tenderles una hoja doblada, que todos los
versos estén hechizados, que toda lectura, aún la más distraída, la del peatón
que cruza ante un puesto de periódicos, desemboque en el horror, otra vez. Me
pregunto si, como yo, pasan la mayor parte del tiempo encerrados en
habitaciones de hotel y si en ellas también penetra a intervalos regulares la
luz de un rótulo de neón para iluminar la soledad absoluta de las noches sin
sueño. He jugado a imaginar sus caras, pero todos ellos acaban teniendo los
rasgos de los únicos dos que he conocido, el viejo que me precedió y la mujer
en quien yo prolongué el encantamiento del poema. Alguna vez, en el vestíbulo
de un hotel, en cualquier calle, en uno de tantos trenes y autocares, un rostro
torturado por el miedo me ha hecho reconocer la naturaleza de mi propio miedo,
y en cada una de esas ocasiones, a pesar de todo, he sentido la tentación de
acercarme a él, o a ella, y preguntarles; una tentación muy fugaz, claro está,
porque más que de ningún otro ser humano huimos de todos nosotros, y quién nos
asegura que ese hombre o esa mujer que parecen sufrir nuestro mismo desasosiego
no acaben por poner de nuevo en nuestra mano ese papel.» SEGUIR LEYENDO...