jueves, 17 de noviembre de 2016

Un comité de la noche y un balcón en invierno

Leer de forma sucesiva la última novela de Belén Gopegui y la última de Luis Landero, ambas publicadas en el otoño de 2014, produjo en mí esa sensación de ser atraído a tesis enfrentadas que uno experimenta en las mejores películas de juicios, cuando primero te convence el fiscal con su alegato y después, no menos categóricamente, el abogado de la defensa. No se trata aquí de que haya acusados, sino de describir el efecto persuasivo de las dos propuestas literarias, que son, en cierto modo, opuestas entre sí. 

En El comité de la noche, Gopegui captura el instante social y político en el que estamos ahora mismo para plantear la necesidad de llevar a cabo una resistencia contra el abuso de los poderosos, de participar en grupos de activismo político, incluso en células clandestinas, y en cualquier caso de acudir a asambleas, a encierros, a manifestaciones, de trabajar en equipo, de definir estrategias, de aspirar a levantar la presión sobre nuestras vidas, de prepararse para que si un día los explotados llegaran a arrebatarle el poder a los explotadores (que son menos) no repitan el modelo de explotación contra el que luchan; construir otra civilización, dice la autora madrileña, cambiar las relaciones de propiedad y las relaciones con la naturaleza, no decaer ni aun ante el riesgo personal, pues “cuando el riesgo personal está excluido a lo mejor ya estamos muertos”.

Podría parecer que el carácter político de la novela –Gopegui considera, en cualquier caso, que todas las novelas tienen un componente político, indetectable en la mayoría de la narrativa dominante- lo convierte poco menos que en un manifiesto. No lo es. Para empezar, la prosa de Belén Gopegui conserva esa personal inspiración poética, atenta a la lírica de los pequeños detalles cotidianos, que despertó la admiración de tantos, mi admiración más encendida, desde su primer libro, La escala de los mapas. Cuando retrata aquí a unos seres afectados por la crisis económica, lo hace, además, con una cercanía que es a la vez narrativa y vital, la pura experiencia de no tener trabajo, de tener que regresar a casa de tus padres con treinta y tres años y una hija de ocho, compartir con ellos el desempleo que también sufren y los cuidados de la niña y la atención de la casa, volver a ser tribu pero con el duro añadido de la derrota, detenerse a pensar en el dinero que te ahorrarías no tomándote ese café en un bar, pensar que encender “la televisión por la mañana tiene algo de beber solo”…

Así se siente –así siente- Alex, el primer personaje protagonista de El comité de la noche, un documento narrativo durmiente que la autora activa para los lectores, porque puede que el poder de una historia tal vez sea “ínfimo”, dice, pero es también “incontrolable”. Y un día el grupo debate sobre una información aparecida en prensa bajo el titular “La sangre de los parados”: una multinacional productora de hemoderivados propone al Gobierno la posibilidad de pagar a los parados, por la donación de su sangre, 60 o 70 euros semanales con los que completar su prestación por desempleo. Inmediatamente, el grupo se plantea hacer algo al respecto, no en defensa del altruismo, ni por razones éticas o legales, sino para combatir el hecho de que se considerase el paro “una fuente de extracción” y la sangre un recurso que pudiera ser explotado, “como una mina”. Y a partir de este hilo, Gopegui tejerá en la segunda y más extensa parte de la novela una trama donde late el pulso de una intriga muy Graham Green, muy John Le Carre, trasladando la acción a Bratislava, ampliando las voces narrativas y conservando su radical compromiso moral.

Belén Gopegui. Foto: JFH
 
De modo que al llegar al final de El comité de la noche me he convencido de que la literatura ha de ser útil hasta este extremo (además de bella, claro, de otro modo no me sirve). Y afronto, pues, la novela de Luis Landero, El balcón en invierno, con recelo, pues se trata de una especie de memorias de infancia y adolescencia donde el autor se propone repasar el cúmulo de circunstancias que tuvieron que darse para que, teniéndolo todo en contra, llegara a ser escritor. Desde luego, Landero es un autor que siempre ha logrado cautivarme con su estilo poderoso, heredero de la mejor literatura en español, y con las vicisitudes de sus peculiares protagonistas, a medio camino entre la comedia y el patetismo, entre lo ridículo y lo sublime, entrañables en cualquier caso, como lo son todos los soñadores sin fortuna; personajes atrapados en laberintos de imaginación y afanes y rutina laboral, solitarios que se encuentran con otros solitarios, perdedores tocados tal vez por la melancolía pero jamás por la amargura, a quienes la vida les conduce, contra todo pronóstico, hacia posibilidades de aventura que acabarán por elevarles, aunque solo sea en la república de su fantasía, por encima de la extendida mediocridad que amansa los días y los años.

Sí, pero, ¿y la utilidad de la novela? ¿No es escapista toda obra de ficción que no se sume hoy a la lucha contra los poderosos? Y he aquí que Landero vuelve a conquistar de nuevo mi corazón de lector apasionado, mediante un relato que no es solo el del escritor que recuerda las raíces de su vocación, sino que constituye sobre todo un homenaje a una generación que, juntamente con la cultura milenaria que aprendieron por transmisión oral, está a punto de desaparecer no solo físicamente sino también en el olvido.

No se trata de que nos cuente que proviene de una humilde familia de campesinos del sur, que no había libros en casa, que emigraron al Madrid de los años cincuenta por el empeño de su padre en que los suyos se abrieran paso en la vida o que solo con la muerte de éste pudo empezar él, único hijo varón, depositario de todas sus elevados anhelos, a ser quien ni siquiera podía imaginar aún que deseaba ser. Esta novela –novela de no ficción, pero novela al fin- se sostiene en el deseo por conocer todo eso que desconocemos de quienes tenemos más cerca, de quienes amamos, de quienes habían ya recorrido una parte sustancial de sus vidas cuando nosotros llegamos al mundo. Todo un universo emocional perfectamente reconocible cabe en esa última mirada que se dirigen el narrador y su temible padre en la habitación de hospital donde éste va a morir en apenas unas horas, a sus cincuenta años, y es un universo que se ensancha en la prometedora incertidumbre que esta muerte le deparó al narrador, y sobre todo en la pena, la culpa, la compasión, la gratitud tardía, la admiración, incluso, que solo muchos años después despertará en él el recuerdo del padre.

Son muchos los personajes memorables que pueblan El balcón en invierno, todos ellos dotados de vida, como hechos del barro de la memoria y alentados con el talento literario y la sensibilidad de Landero; gentes “que civilizaron tierras bravías”, que construyeron sus propias casas con los materiales que le arrancaron a la tierra, que sabían cómo encauzar el agua hasta el sembrado y cómo esparcir la semilla, que alrededor de la lumbre contaban historias y transmitían saberes no escritos. Y cuando el narrador necesita saber, en el presente, acerca de la infancia y juventud de su madre nonagenaria, y le pregunta una y otra vez, ella, que tanto gusta de hablar con su hijo escritor de otras muchas cosas, de sí misma nada cuenta, “no porque no se acuerde o no quiera contarlo, sino porque su vida no le parece interesante”.

Yo no sé de dónde ha sacado esta gente, esta generación infortunada, su temple y entereza”, dice Landero, y también que “Fueron vidas oscuras, anónimas, de las que ya nadie quiere acordarse, aunque fuese al menos para agradecerles los servicios prestados”.

Convencido ahora, rotundamente, por el planteamiento literario de Luis Landero, trato de conciliarlo con el de Belén Gopegui; y llego a la conclusión de que tan necesario como el compromiso con nuestro presente y nuestro futuro, debiera serlo el compromiso con nuestro pasado, o con el pasado de los nuestros, un compromiso de evocación y reconocimiento, porque romper el hilo que nos une a la memoria de quienes nos precedieron –y estamos muy cerca de hacerlo- podría soltarnos de nuestras propias manos y quién sabe si ser fatal.

miércoles, 9 de noviembre de 2016

C. C. Baxter


 

La víspera de Año Nuevo, Calvin Clifford Baxter, en un sublime y contenido gesto de dignidad,  le devolvió al presidente de la compañía de seguros en la que trabajaba, Jeff D. Sheldrake, la llave del lavabo de los ejecutivos. Para celebrar aquella escena, en el Loser le hicimos una copia en oro –la única que existe- de la llave de la puerta imaginaria de este blog&bar, que fijamos en la parte inferior del marco de su fotografía. Quienes se acercan a curiosear en la galería de perdedores que cuelga de las paredes del Loser creen que esta llave dorada que acompaña al rostro de Jack Lemmon es un homenaje a aquella otra de ida y vuelta que abría el solicitado apartamento neoyorkino de Baxter; nosotros, en cambio, preferimos recordar al joven que por respeto a la mujer que amaba renunció al ascenso que tan arduamente se había trabajado en las cloacas morales de Consolidated Life antes que al pobre diablo que casi cada noche, después de regresar a casa más tarde que ningún otro empleado de la compañía, se agachaba a recoger de debajo del felpudo su propia llave. Y es que C. C. Baxter, Buddy Boy para sus jefes, un tipo corriente, solitario, propenso a los refriados, tenía por entonces un pequeño problema con su apartamento.

La cosa había empezado unos años atrás de la manera más tonta. Un amigo le pidió el favor de utilizar su apartamento para cambiarse de ropa antes de ir a la ópera, y en poco tiempo a todo el mundo le dio por necesitar cambiarse de ropa allí. Naturalmente, se trataba de echar una cana al aire, y de aquellas canas, estos lodos, como se dice: antes de que se diera cuenta eran cuatro de sus jefes los que tenían asignado un día de la semana para llevar a su apartamento a una chica, casi siempre una empleada de la empresa. A cambio, le habían prometido a Buddy resaltar sus méritos laborales para promocionarle en la compañía. De manera que mientras el jefe de turno y su ligue se comían sus galletitas de queso, se bebían su alcohol, escuchaban música en su tocadiscos y retozaban entre las sábanas de su cama, él hacía horas extras en la oficina o esperaba, amodorrado y aterido, en un banco de Central Park.


Vivía como Robison Crusoe, confesó en cierta ocasión; era un náufrago en una ciudad de ocho millones de personas, hasta que un día vio pisadas en la arena y descubrió a la señorita Kubelik, Fran Kubelik, la ascensorista más bonita del edificio, y al parecer también la más inaccesible a las pretensiones sexuales de quienes se valían de su rango para engatusar a sus subordinadas. En el edificio de Consolidated Life trabajaban más de treinta y un mil empleados, con horarios de entrada y salida diferentes, según cada sección y planta, para no provocar atascos en los dieciséis ascensores. C. C. Baxter era el único que se quitaba el sombrero cuando entraba en el que manejaba la señorita Kubelik, y ella, en agradecimiento, le puso una flor en la solapa de su americana el día en que el mismísimo señor Sheldrake le convocó en su despacho de las alturas para comunicarle, él estaba seguro de ello, su ascenso.

La realidad era otra. El gran jefe había tenido conocimiento del ir venir de aquella llave: no era la primera vez que un empleado se comportaba de manera deshonesta, y la compañía sabía cómo actuar, le dijo. Es decir, el juego había terminado, para zozobra de aquel joven alcahuete de oficina. En un intento angustiado de conservar su empleo, Baxter aseguró que las citas en su apartamento habían acabado para siempre, y Sheldrake, con un gesto a medias entre la severidad y el cinismo, revisando los informes de eficiencia, aceptó su palabra, pero sólo en lo que afectaba al resto de ejecutivos. Lenta reacción de Baxter, hasta que al fin la llave acabó pasando de su bolsillo atestado de clínex usados a la mesa del presidente, junto con la dirección del apartamento, que C. C. le escribió, aliviado, sumiso, en un papelito.


Esta es una historia de llaves que cambian de manos y manzanas podridas, cuatro manzanas, cinco manzanas, eso no importa mucho, y de ascensos y ascensores; de sábanas entibiadas por el roce de otros cuerpos, de espejitos espejitos rotos donde las buenas chicas que aman a hombres casados se ven como se sienten; una historia de rímel mezclado con lágrimas y de bombines modelo ejecutivo y aceitunas de martini ordenadas en círculo sobre el mostrador de un bar la noche antes de Navidad; de comida precocinada calentada al horno en su propio envase y mordisqueada frente a la única compañía de una televisión con exceso de comerciales; de lavados de estómago a media noche y espaguetis escurridos en una raqueta de tenis, de gestos de buena vecindad incluso en quienes le tienen  a uno por un libertino, de multitudinarias y desenfrenadas fiestas navideñas de empresa donde toda promiscuidad tiene su asiento; de restaurantes con reservado en los que el pianista interpreta la canción de los amantes apenas ella aparece por la puerta.

Todo elogio de El apartamento, de Billy Wilder, siempre se quedará corto, como si fuera imposible alcanzar hasta el último rincón de la película con la admiración que despierta. Hasta hace no demasiado, cada vez que programaban en alguna cadena de televisión un gran clásico del cine como éste, siempre había alguien que apelaba con algo de envidia a esos espectadores que iban a ver la película por primera vez. Sin embargo, El apartamento va gustando más cada una de las veces que vuelve a verse. Y ni siquiera es fácil encajarla en un género determinado. El filólogo y académico Gregorio Salvador dijo en cierta ocasión que esperaba morir antes que el dibujante Mingote para que éste le dedicara una necrológica gráfica de las que le hacían «sonllorar». Es una buena palabra para referirse también a esta película de 1960, que pasa por comedia -por una de las mejores jamás rodadas- y sin embargo contiene alguna de las escenas más tristes de toda la historia del cine. Yo al menos no recuerdo ninguna tan desoladoramente triste que aquella en la que C. C. Baxter, un espléndido Jack Lemmon, ha de salir a altas horas de la noche de su cama, en la que se había metido no mucho antes -quizá tratando de no reparar en el olor de los cuerpos que la habían usado aquella tarde-, y ceder el apartamento a otro de sus jefes, que acaba de ligarse en un bar a una rubia idéntica a Marilyn Monroe. Comedia, melodrama romántico, cine social, cuento de hadas pornográfico, tal y como dijo en su momento algún crítico… 


Que si la primera idea surgió de Breve encuentro, que si la historia que cuenta nunca hubiera podido transcurrir en el Moscú soviético, que si a Wilder le faltaban brazos para sujetar los tres premios de la Academia que ganó con la película... El apartamento es una obra maestra no ya del cine, sino del arte del siglo XX, porque todo en ella está tocado por la inspiración: el guión más perfecto jamás escrito (Wilder y Diamond); una actuación soberbia de la pareja protagonista, con una Shirley MacLaine que alcanza el cielo de la interpretación y del encanto metida en la piel de la señorita Kubelik, más un Fred MacMurray que completa el triángulo por el lado más canalla vistiendo el traje de Sheldrake; una bellísima banda sonora (con una pieza principal firmada por Adolph Deutsch); una maravillosa fotografía en blanco y negro (Joseph LaShelle); un montaje premiado con otro Óscar (Daniel Mandell); y finalmente, una dirección artística a cargo de Alexandre Trauner sencillamente prodigiosa, no ya solo por el ingenioso ardid con el que consiguió que la oficina de Baxter pareciera inmensa y con miles de mesas hacia el fondo, sino sobre todo por el decorado del apartamento, que el espectador llega a conocer desde todos los ángulos posibles.

Qué habrá sido de C. C. Baxter. Y de Fran Kubelik. Qué habrá sido de ellos dos. ¿Hubo un ellos dos? ¿Llegaron a barajar sus vidas? ¿Qué naipes les repartió el destino? Ah, Buddy Baxter, ese tipo capaz de comerse los aperitivos sobrantes de la fiesta que otros han dado en su casa, y de beber con cierta elegancia los restos de martini que quedan en el fondo de la jarra, y que es tan pero tan humilde que, según él, si donara su cuerpo a la ciencia, como le pide el médico que vive en el apartamento de al lado, decepcionaría a todo el mundo. 


miércoles, 26 de octubre de 2016

Cisne Negro



Cuando ya sea imposible seguir manteniendo oculto lo que realmente está sucediendo lo llamarán el impacto de lo altamente improbable, ese Cisne Negro de Nassim Nicholas Taleb

Recordad a Mark Twain: "es más fácil engañar a la gente que convencerlos de que han sido engañados". 

Y tengamos siempre presente que en un mundo globalizado lo que pasa en un país -pongamos el nuestro- es una parte de lo que pasa en todos los países. Una pieza. Una jugada.

Al final, además, descubriremos que no hay un Cisne Negro, que solo "hay un lago inmenso lleno de fango, lleno de fango", como decía la canción.

Wake up Neo...



(Foto: Palencia 2008. JFH)

sábado, 22 de octubre de 2016

Todo es uno

Ariel Bension (1880-1932), doctor en filosofía e historiador de ascendencia sefardita, considerado el último de los grandes sufíes judíos, escribió en El Zohar en la España musulmana y cristiana (1931), explicando cierto pasaje de este libro esencial de la corriente cabalística, que: 

"La vida humana –dice el Zohar en alguna parte- se amplía por medio de la vida universal. El objeto del Universo se teje a través de la vida del ser humano. Por consiguiente, el hombre es prevenido de vivir de tal manera que a la puesta de sol sienta en sí que su día no ha sido malgastado sin acción. Pues el hombre, malgastando su propio día, ha malgastado también el día del Universo entero”. 

El hecho que se esconde tras esta afirmación -a saber: que todo cuanto existe, en el mundo físico y en cualquiera de los otros mundos que escapan a nuestros sentidos, está unido; que Todo es Uno- arroja sobre nuestros pobres hombros la responsabilidad de tener que ser permanentemente acción, entendiendo por tal aquélla que es útil, que es provechosa, y no ya cada día, como señala Bension, sino en la suma completa de nuestros días, pues si malgastando uno solo de ellos malgastamos el día del Universo, malgastando nuestra vida entera estaremos, de algún modo que escapa a nuestra conciencia, malgastando también la vida de todo el Universo. 

Según relata Plinio el Viejo, los tracios echaban en una urna una piedra blanca o una negra al finalizar el día, según si éste había sido favorable o infausto, y bastaba con que al morir se contaran unas y otras para saber si habían sido felices o no durante sus vidas. Cuánto bien nos haríamos a nosotros mismos –y al Universo, incluso al Multiverso que propone la teoría de cuerdas- si actuáramos como si realmente pudiéramos intervenir de forma positiva en cada una de nuestras acciones, sin permitir que las cosas ocurran sin más, fatídicamente, como dejándose arrastrar hacia la piedrita blanca o la negra por sí solas.

 NASA; ESA; G. Illingworth, D. Magee, and P. Oesch, University of California,
Santa Cruz; R. Bouwens, Leiden University; and the HUDF09 Team

jueves, 23 de junio de 2016

Manhattan


                                                                                                JFH

El tipo que regenta la barra de este blog&bar conserva, incluso en su actual naturaleza espectral, la suficiente presencia de ánimo como para elaborar el tradicional cóctel de San Juan mientras al otro lado de las ventanas cerradas arden las pérdidas, como tituló Antonio Gamoneda, y estallan los artificios fogosos, y el futuro político de este país se desbarata entre llamas como el maldito mapa del rancho La Ponderosa... Ah, pero, no, dejemos eso: para olvidarse de cosas así, precisamente, se inventó la refinada liturgia de la coctelería.

Uno diría que en este local todo debiera estar cubierto de polvo y contaminado de silencio, y sin embargo he aquí un vaso mezclador cristalino y una copa de Martini tan pero tan limpia que casi pone la piel de gallina, y allá al fondo, al final de lo que aún no ha sido escrito, se insinúa una música que se elige neoyorkina, como el sabor del bebedizo alcohólico con el que este año agasajamos a nuestros estimados clientes y amigos: el Manhattan, una mezcla del rudo sabor del agua de fuego destilada en los alambiques de Kentucky, el dulzor puramente italiano del vermú rojo y esa ligera huella de amargor que le pone la intriga al ceño fruncido con que se paladea.

¿Es así como sabe Manhattan, el distrito metropolitano por el que todo cinéfilo identifica a la ciudad de Nueva York? Quiero creer que sí, aunque a partir del segundo cóctel, ¿de acuerdo? El primero simplemente te retuerce el brazo detrás de la espalda. Pero el segundo… Ah, el segundo empieza a elevarte ya en el primer sorbo hasta ese plano aéreo con que comienza aquella historia de amor en el West Side, con música de Leonard Berstein y letra de un William Shakespeare metido a redentor de bandas callejeras (“Hay barrios de Nueva York donde no les aconsejaría que se metieran”, le dijo Rick Blain a un comandante nazi en Casablanca); con el segundo sorbito, dado así, con los labios besando el filo de la copa, uno empieza a sentirse un puro cowboy de medianoche, con el tercero llegamos en taxi, al amanecer, hasta el mismísimo escaparate de Tiffany’s, en una Quinta Avenida desierta…

Si tuviéramos que decidir, mediante un meticuloso procedimiento de decantación sentimental, qué ciudad es la más cinematográfica de todas las del mundo, es posible que fueran París y Nueva York las que llegaran a la final, pero no empatadas. Al fin y al cabo, New York-New York es una ciudad cojonuda, ¿no?, it’s a helluva town, lo cantaban Sinatra, Kelly y aquel otro tipo cuyo nombre nunca logré aprenderme. Nueva York es un desayuno con diamantes, es caminar descalzos por el parque después de haber llegado en coche de caballos al Hotel Plaza para pasar la luna de miel, son los astilleros donde a Brando le sacuden a base de bien por no respetar la ley del silencio, es el lugar donde dos agentes de publicidad, hombre y mujer, uno a cada lado de la avenida Madison, comparten pijama después de que él se inventara una estrategia publicitaria nueva: vender un producto que ni siquiera existe; es la ciudad de los marineros de permiso, de los periodistas en blanco y negro que viven mientras duerme la ciudad que nunca duerme; es sobre todo el gran Jack Lemmon metiendo en un sobre la llave de su apartamento para que algún ejecutivo de la empresa en la que trabaja pueda practicar el adulterio entre sus sábanas, o formando una extraña pareja de divorciados con Walter Matthau, o perdido toda una noche en Central Park, o desempleado y prisionero en la Segunda Avenida…



Suma y sigue: Nueva York, lo que nosotros llamamos Nueva York pero no es el Bronx, ni Brooklyn, ni Queens, ni Staten Island, sino estrictamente Manhattan -esa gran manzana depositada en una isla entre dos ríos-, es un rodríguez a la americana contemplando cómo a su tentadora vecina del piso de arriba el aire del metro le levanta las faldas a través de unas rejillas de la acera, es Cary Grant y Deborah Kerr, tú y yo, citándonos en lo alto del Empire State para dentro de seis meses, es esa adorada ciudad que vibra al son de las grandes melodías de Gershwin, mujeres guapas y tipos listos que se las saben todas y Woody Allen dictándole a un magnetófono las razones por las cuales vale la pena vivir (mm, Groucho Marx, por decir una, el segundo movimiento de la Sinfonía de Júpiter, y, mm, Louis Armstrong, las películas suecas, naturalmente, eh, Frank Sinatra, mm, las increíbles manzanas y peras de Cézanne, la cara de Tracy…); es un atado de periódicos cayendo rotundo en la acera desde el camión de reparto y la avidez con que unos jóvenes actores que anoche estrenaron una obra en el off Broadway se lanzan sobre ellos después de pasar toda la noche en vela, celebrando lo que aún no saben si será un éxito o un fracaso de crítica.

Nueva York –Manhattan- es cada uno de los múltiples matices cromáticos del otoño en Central Park, y el colchón que en lo más caluroso del verano resulta casi obligado sacar al balcón, junto a las escaleras de incendio, para poder dormir, y la campanita que un tipo disfrazado de Santa Claus hace sonar en Navidad a la puerta de Bloomingdale's o Macy’s; es la ciudad de los grandes desfiles civiles, San Patricio, Acción de Gracias, el Columbus Day, con todo ese confeti revoloteando en el aire, como cuando regresaron los astronautas del Apollo XI, los que pisaron por primera la luna, esa luna que le dio nombre a un río de más de una milla de ancho al que Audrey Hepburn cantaba susurrante acompañándose con una guitarra, Old dream maker, You heartbreaker 

Empiezo el tercer Manhattan y ni siquiera he dicho todavía cómo diablos se prepara ni quién lo inventó. Ahora sí que el Loser se ha trasmutado en un club de Nueva York, digamos el Blue Bar del Hotel Algonquin. Apoyado en la barra y con la copa ante mí, acaricio distraídamente la pelota de béisbol que esta misma tarde he cazado en las gradas del Yankee Stadium. Y me da por pensar en Julio Camba, ya ven, para quien Nueva York, en los años veinte y treinta, era la ciudad romántica por excelencia, “no a pesar de su brutalidad y de su codicia, sino por ellas precisamente (…), por su culto de las catástrofes (…), por la organización comercial de sus crímenes y la organización criminal de sus negocios (…) por su ilimitación”. “¿Conciben ustedes nada más romántico –escribió- que esto de prohibir las bebidas alcohólicas a fin de elevar a categoría de delito el acto de tomarse un aperitivo’”.

The Algonquin Hotel's Blue Bar
Digamos ya que el cóctel Manhattan se prepara vertiendo en un vaso mezclador repleto de cubitos de hielo dos partes de bourbon, una de vermú rojo y tres golpes de amargo de Angostura (pudiera parecer que unas gotas de este ingrediente aromático no aportan gran cosa, y que podríamos prescindir de él al preparar un Manhattan, pero no es cierto, créanme); conviene tener preparada una copa de Martini llena de hielo –que luego tiraremos-, mientras en el vaso mezclador removemos no más de un par de minutos, lo justo para que el bebedizo se enfríe sin que los cubitos lleguen a aguarlo en lo más mínimo. Se vuelca el líquido en la copa helada y ya sin hielo, y se adorna, dicen casi todas las recetas, con una guinda al marrasquino. En el Loser le ponemos una cereza natural: es una licencia legítima, tampoco conviene ser tan puristas; al fin y al cabo, los Manhattan más célebres de la historia los preparó Marilyn Monroe de la manera más heterodoxa que quepa imaginarse: en una bolsa de agua caliente e improvisando una fiesta en el reducido espacio de la litera de un tren con destino a Florida, ah, maravillosa Sugar Kane… 

Acerca de su invención, corren, cómo no, varias historias: me quedo con la más repetida, la que dice que Jenny Jerome, hija del millonario Leonard Jerome y futura lady Randolph Churchill, le pidió un buen día de 1874 al barman de un club neoyorkino llamado Manhattan que creara un cóctel especial para celebrar que un amigo de papá, Samuel Tilden, había sido elegido gobernador del Estado. Eso sí, puesto que ése es justo el año del nacimiento de su hijo Winston –sí, el Winston Churchill ganador del Premio Nobel de Literatura-, hay quien atribuye el invento a un barman llamado Black, en un local de Broadway, en 1860. 

Visto desde Nueva York, dice Camba, el resto del mundo es un espectáculo extemporáneo, porque al llegar aquí –a este imaginario aquí que es ahora el Nueva York de este blog&bar-, la sensación no es la de haber dejado atrás otros países, sino otras épocas. Nuestra época, añade, sólo Nueva York ha acertado a encarnarla. Y lo curioso es que lo que era cierto en 1934, sigue siéndolo hoy.  

Mi copa está vacía, just a time. Ahora es Robert Mitchum el que llega a Manhattan, con música de André Previn, y nosotros con él: ¿no es maravillosa esta/aquella ciudad que me espera desde hace tanto, y en la que cualquier cosa puede pasar, en cualquier esquina?

viernes, 3 de junio de 2016

Estás tonto con los mirlos, papá

 

El pasado 15 de mayo, más o menos a las once y diez de una luminosa mañana de domingo, la vida me regaló uno de esos instantes mágicos en los que parecen confluir inesperadamente circunstancias que por separado ya vienen seduciéndote desde hace tiempo, pero que juntas abren en la realidad como un hueco en el que solamente tú tienes cabida, tú con tu deleite, con tus sentidos cautivos de un placer que no es físico, tú gozosamente atrapado en un embelesamiento de cuento infantil. Que en ocasión tan privilegiada yo dispusiera además de cámara de fotos convirtió en materialmente imperecedero lo que sin duda lo hubiera sido ya en un plano mental. Si yo dijera sin más que oí cantar un pájaro, que lo identifiqué de inmediato y lo busqué en las alturas de los árboles del parque por el que transitaba hasta encontrarlo en una rama, le parecerá a quien lea estas líneas muy poca cosa. Las personas que me conocen bien adivinarán de inmediato, al menos, que el pájaro en cuestión era un mirlo.

Llevo algo más de un año hermanado con los mirlos; los observo, trato de fotografiarlos, sigo su vuelo, los busco con la mirada apenas oigo cualquiera de los dos tipos de sonido que emiten: el de prevención y ese bellísimo canto en el que se combinan, con una interpretación ensimismada, variaciones melódicas, silbos, trinos y chisporroteos sonoros; en su canto, el mirlo marca los compases con una modulada candencia, como si le empujara la irresistible voluntad de improvisar una canción o de recitarla en un idioma extraño donde vagamente se aprecia la existencia de un verdadero significado; es un canto que quizá mezcle distintos cantos emitidos por otros pájaros: dicen que el mirlo puede llegar a imitar la voz humana y a repetir ciertas palabras si se le adiestra desde polluelo, de ahí que en libertad su música parezca una creación propia llevada a cabo a partir de otros gorjeos que el mirlo armoniza con afinación única y como para sí mismo. (El otro sonido, el de peligro, que el mirlo acompaña con un alzamiento tenso de la cola, recuerda un poco al que hacen esos martillos de juguete cuando se golpea algo con su fuelle de plástico).

Ocurre que un día de hace más o menos catorce meses pregunté a quien me acompañaba por el nombre del pájaro negro que vimos corretear por el borde de un vallado: hasta ese momento yo era incapaz de identificarlo, una semana después ya me sentía tan unido a los mirlos que en ocasiones he llegado a extender hacia uno de ellos el brazo convencido de que el vínculo también era percibido por él y volaría hasta mi mano. No lo han hecho nunca, claro. El mirlo es un ave recelosa, que apenas se sabe observado cambia de lugar. Como los cuervos, el mirlo común es intensamente negro (en inglés se les llama ‘blackbird’, y con ese nombre le cantó a uno Paul McCartney en el White Album de los Beatles); pero en el color y en la capacidad para imitar sonidos acaban todas las similitudes con el desagradable pajarraco del nevermore de Poe. Ni siquiera pertenecen a la misma familia de aves. El mirlo es más pequeño, liviano y alegre, y el perfecto naranja de su pico y del círculo que rodea sus ojos le confiere un aspecto infinitamente más atractivo; su color, además, posee la cualidad azabache del terciopelo negro y no los brillos carboníferos del cuervo.





Estás tonto con los mirlos, papá, me dice continuamente mi hija, que hoy cumple trece años (de ahí estas líneas). Y es cierto. No puedo dejar de mirarlos. Los mirlos picotean el césped en busca de comida, y unas veces dan carreritas muy rápidas, agachando la cabeza, y otras avanzan a saltitos tan ágiles como los que ejecutan los gorriones. Las hembras son algo más pequeñas, su plumaje es más pardo y su pico de un naranja algo más desvaído. Mientras crían, las hembras del mirlo son realmente corajudas: yo fui testigo de cómo una de ellas le armó una escandalera a un gato que rondaba taimado el árbol en una de cuyas ramas sin duda ella tendría su nido. En otra ocasión encontré un mirlo joven e inexperto en el suelo, a los pies del mismo árbol, incapaz de elevarse en el aire. Tal vez había fracasado en su primer intento de volar. Mi relación con los mirlos no ha mitigado la insuperable fobia que le tengo al tacto de los pájaros, esa turbadora suavidad palpitante de sus cuerpos emplumados, de manera que tuve que buscar con cierta impaciencia a alguien que quisiera tomarle en sus manos y lanzarlo de nuevo hacia las ramas: lo encontré, y siempre he confiado en que su segundo intento de vuelo no acabara en las fauces de un gato.

Pero mi actual embobamiento con la naturaleza –en su manifestación urbana- no acaba en los mirlos, sino que se extiende al reino fabuloso de los árboles. Algún día contaré cómo me convertí en el hombre que recogía y guardaba las semillas de los tipuana tipu, llamadas sámaras, ese prodigio de tecnología natural que gracias a su diseño en hélice se desplaza en el aire girando sobre sí misma con un elegante y silencioso movimiento auto-rotatorio. Pero lo que importa ahora al caso es mi fascinación por los jacarandás.


En la ciudad en la que vivo, los jacarandás llevan la mayor parte del año una discreta existencia de árboles desnudos, detenidos en un otoño casi interminable del que apenas se salvan unas pocas hojillas compuestas, como de helecho, nada que les permita una copa arbórea y un verdor dignos de tales nombres. De sus de ramas así expuestas a la intemperie cuelgan, a la manera de adornos navideños, unos frutos no comestibles definidos como cápsulas leñosas: estuches planos, redondos y duros donde se guardan sus semillas. Permanecen de este modo, desabrigados, esquemáticos, hasta bien entrada la primavera, cuando ya otras plantas han empezado a hacer gala de una esplendorosa exuberancia. Pero un buen día, entre finales de abril y principios de mayo, los jacarandás aparecen de golpe convertidos en una hermosísima nube floral de color azul-violeta, contrastando con los densos verdores de otros árboles y únicos en su delicadeza sin espesuras: tan solo los racimos de sus flores pequeñas y, como ocultos, como disimulados entre tanta belleza, los pendientes leñosos de sus frutos. A los ojos de quien lo observa, un jacarandá pudiera parecer un árbol de jardín japonés, por ejemplo de ese delicado poema botánico minuciosamente proyectado para el palacio imperial de Katsura, en Kioto: como una celosía de espiritualidad sintoísta de la que caen cada tanto, muy lentamente, los violáceos copos tubulares de sus flores; o pudiera parecer, también, el árbol oculto en lo más frondoso de un bosque druídico cuyo hallazgo quizá revelaría el secreto del sentido de la vida. Pero no, se trata en realidad de un árbol tropical: Brasil, Argentina y Paraguay figuran como territorios de origen; algo hay en ellos, desde luego, de realismo mágico.

Al igual que me sucede con los mirlos, una y otra vez trato de atrapar en una fotografía este sorprendente milagro de la naturaleza, y como en el caso de los mirlos me es esquiva una reproducción a la altura de mis emociones. El pasado día 15 de mayo, como dije al principio, a eso de las once y diez de la mañana, me sentí aludido en el canto de un mirlo, lo busqué y acabé por encontrarlo en los delicados interiores color lila de un jacarandá: el canto del mirlo entre las flores, el propio ave tan ensimismado en su melodía, tan alegre para sí, tan único entre todos y a la vez tan unido a todo: al árbol, al aire, a mí... Qué más podía pedir…

Entonces hice la foto:


  Fotos: JFH

Para ella, en sus trece años