domingo, 9 de octubre de 2011

Tom Doniphon


Si el Loser dispusiera de una puerta batiente, a buen seguro que el barman atornillaría en una de sus esquinas una chapita dorada con el nombre de Tom Doniphon. Habría de ser una de esas puertas dobles con sabor añejo, de madera, naturalmente, con espacio libre por arriba y por abajo y listones oblicuos dándole cuerpo, aunque este punto no es necesario: bastaría con que dejase a nuestra espalda un vaivén desacompasado que al poco se equilibrara en la quietud. Y es que hay quien acaba dándole nombre a una calle o a una plaza o a un edificio en una  exclusiva universidad de Massachusetts y quien merece que se le reconozca el haber transferido a un objeto cotidiano parte de su vigorosa personalidad: nadie ha abierto y cerrado una puerta batiente como aquel Tom Doniphon tan feo, fuerte y formal como el mismísimo John Wayne que lo encarnó en El hombre que mató a Liberty Valance (John Ford, 1962), un tipo realmente duro al que no más de tres o cuatro personajes de ficción le disputan el triste privilegio de ser el mayor perdedor de la historia del cine. Nadie tan indómito y corpulento como él ha sabido ceder el paso a su chica con parecida galantería, ni se ha abierto paso a través de sus dos hojas con tan natural firmeza, ni ha vuelto a lograr encender una cerilla en la aspereza de una de ellas, y de costado, al tiempo que se le venía de atrás hacia delante, ni ha impulsado el cierre de ambas a su espalda de manera tan categórica. 

Del pasado de Doniphon sabemos aún menos que del de Ethan Edwards, aquel vengativo e infatigable buscador de sobrinas raptadas con el que Wayne perfeccionó de manera definitiva el mito del héroe del western. De alguna manera intuimos que debió de ser durante años uno de esos tipos sin arraigo que iban y venían de un lugar a otro haciendo valer su destreza con el revólver y su valor tranquilo, sin aspavientos. Si es tan rápido como todos parecen saber que es, no resulta creíble que lo lograra ejercitándose en la parte de atrás de su rancho, y la soltura con que se impone siempre a un tipo tan turbulento y peligroso como Liberty Valance (un brutal Lee Marvin) se debe a algo más que al triunfo del carácter: es sin duda su reputación lo que frena al pistolero cuando Doniphon le desafía o cuando simplemente le mira a los ojos sin dejar de sonreír. ¿Dónde y cómo se ganó esa reputación? ¿Se conocían de antes Liberty Valance y él? Nada sabemos, todo es pura conjetura. En algún momento debió de llegar casualmente a Shinbone acompañado del fiel Pompey (algo así como un escudero de color, muy disuasorio con el rifle), conoció a la señorita Hallie y decidió fijar cerca de allí su residencia. Se tiene noticia de que se ausentaba de vez en cuando para traficar con caballos al norte del Picketwire, y a su regreso continuaba con la ampliación de su casa, para cuando Hallie y él se casaran. Todos lo daban por hecho, y esos eran sus planes. Planes personales.

Sin embargo, todo empezó a cambiar tras la accidentada aparición en la ciudad de Ransom Stoddard, un James Stewart algo maduro para tratarse de un recién licenciado en derecho. Con él llegó la ley y el orden al violento oeste, y aunque Tom Doniphon no le auguraba porvenir alguno a menos que aceptase la autoridad de las armas, lo cierto es que su inquebrantable fe en el progreso favoreció el comienzo de una nueva etapa en la historia de aquel territorio y, por extensión, y de manera simbólica, de todo el país.

Realizada cuando el wetern clásico había entrado ya en una fase de decadencia, El hombre que mató a Liberty Valance retrata de forma melancólica la inevitable desaparición de todo aquello que el género había elevado a categoría de moderno cantar de gesta: el aluvión de gentes de toda procedencia derramándose por un vasto país que no hacía mucho se había ganado por la fuerza su independencia, el arrojo de los primeros colonos que se aventuraban con sus escasas pertenencias en territorios desconocidos, la hostilidad de los indios o de los terratenientes que les habían precedido a ellos en la aventura y ya les habían arrancado a los nativos aquellas tierras, la impunidad de los forajidos y la prevalencia del más fuerte, pero también la aparición de héroes que venían a deshacer entuertos con la elocuencia de la pólvora y el plomo, poseían cierta clase de ruda integridad y sabían cómo conquistar el corazón de mujeres impetuosas.


La de El hombre que mató a Liberty Valance es ya una épica de interiores, como la de Centauros del desierto (Ford, 1956) lo era de exteriores. Las extensas praderas y los monumentales y rojizos valles darán paso a  redacciones e imprentas de periódicos, a aulas, a futuros despachos. Con Ransom Stoddard avanza no sólo la ley, sino también la educación y la política. El desierto donde no brotaba más flor que la del cactus se convertirá en un jardín, y todo ello, ley, instrucción y futuro bienestar inclinaron los sentimientos de la señorita Hallie hacia quien lo traía consigo. Ahora bien: ¿fue la ley y el orden la que sentó las bases de una nueva realidad más justa y civilizada?

La cosa fue así: una noche, Liberty Valance arrasó la redacción del Shinbone Star, el periódico local, dejando malherido a su fundador y redactor jefe, Dutton Peabody (quien, por cierto, ese mismo día había sido elegido delegado territorial gracias a una cualidad que no ha dejado de ser útil en política: con su ebria palabrería era capaz de ablandarle el oído a una india de ma-ma-madera). Contra toda razón, el inexperto tirador Ransom Stoddard decidió desafiar a Valance a un duelo desigual del que era muy improbable que saliera con vida. Hubo un confuso intercambio de disparos y el pistolero, sorprendentemente, cayó abatido.

Ahora bien, sólo más tarde supimos que en realidad había sido Tom Doniphon quien, respondiendo a una petición de ayuda por parte de Hallie, disparó sobre Liberty Valance desde un callejón próximo. Al menos así se lo aseguró a Stoddard para convencerle de que aceptase la designación que le abriría las puertas de una larga y exitosa carrera política, pero esto jamás se hizo público. “Recuerda”, le dijo envuelto en una nube de humo, “Valance salió del saloon, tú caminabas hacia él cuando él disparó el primer tiro, ¿recuerdas?”. Y en uno de los más conmovedores actos de sacrificio personal que se recuerda en el cine, Tom, que ya había prendido fuego a su casa, concluyó: “Desearía no haberte salvado la vida. Ahora Hallie es tu chica. Tú la enseñaste a leer y escribir, ve y dale algo sobre lo que leer y escribir”. Después se fue, se alejó entre las sombras. Y nada volvimos a saber de él.


La película comienza muchos años después de todo aquello. El veterano senador Stoddard y su esposa, Hallie, vuelven a una Shinbone muy cambiada para asistir al funeral de Tom Doniphon. Ante el austero ataúd de madera sin pintar que contiene su cuerpo, casi un largo cajón de fruta con bisagras, ambos se emocionan. Ella más. Ella ha dejado sobre la tapa un cactus en flor.

Y es que nadie estuvo nunca tan ajeno al hecho de que el mundo tal y como uno lo conoce no se cierra de un portazo seco, sino con ese sutil abaniqueo con que la historia va sustituyendo una realidad por la siguiente casi sin que nos demos cuenta.

Por cierto: algunos habituales del Loser suelen discutir sobre si Doniphon le contó o no la verdad a Stoddard acerca de lo que ocurrió realmente aquella noche del tiroteo, la noche en que mataron a Liberty Valance.    


34 comentarios:

Myra dijo...

Qué maravilla de película y qué bonito nos la has contado.
Nunca un cactus tuvo tanta ternura, tanto amor, entre sus espinas.

Yo creo que nunca se lo contó.

Un beso

ethan dijo...

Muy buen post, me gustan las referencias y comparaciones con Centauros... Dos tipos duros, Tom y Ethan, dos películas crepusculares que pueden complementarse (bien visto lo de interiores-exteriores).
Saludos!

Emilio Calvo de Mora dijo...

El cine leído, qué difícil es hacer cine leìdo, decía un amigo mío que no entendía las razones que me llevaban a escribir sobre las pelis que iba viendo. He dejado ese oficio privado un poco, y ya se nota en mi página (He venido a hablar de mi libro, jeje), que nació para eso, para escribir reseñas cinematográficas y ha terminado en un caos doméstico sin propósito ni beneficio reglado. Tu historia de Doniphon es para enmarcar. Preciosa. Ganas me dan de volver a verla. Caerá esta noche probablemente. Un abrazo, amigo Juan.

José Luis Martínez Clares dijo...

Juan: un clásico al que hay que regresar recurrentemente.
Por cierto, cuando leo entradas como ésta descubro lo vacíos de contenido que están los artículos de cine en las revistas especializadas. ¿Es que nadie sabe ya escribir sobre cine entre todos aquellos que creen, o dicen, que se decican a escribir sobre cine? Juan... que no decaiga porque me has llevado hasta esa épica crepuscular del western en los sesenta. Abrazos

José Luis Martínez Clares dijo...

Juan: me olvidaba. En tu perfil no figura una dirección de correo electrónico y yo necesitaría ponerme en contacto contigo sottovoce porque hace tiempo que quiero enviarte un ejemplar de "Visperas de casi nada". Abrazos

Miguel Cobo dijo...

He viajado y regresado a Doniphon, he entrado y salido veinte veces en el salón esquivando otras tantas los vaivenes de la puerta batiente, mientras me recreaba en esta joya de la narrativa cinematográfica -yo diría "cinética"-, porque era consciente de estar asistiendo a al celebración de la escritura que fluye de la pluma-cámara de un maestro: El hombre que resucitó a Liberty Valance. Y si estas palabras hubieren sido escritas con la más mínima intención adulatoria, que venga el mismísimo Tom Doniphon y me ajuste las cuentas. ¡Qué buen rato, Juan!
Voy a imprimir el post y se lo voy a remitir a mi octogenario padre para que lo disfrute.

Enhorabuena y gracias , Juan. Un abrazo.

Juan Herrezuelo dijo...

MYRA: Cuánto simbolismo en ese cactus, cuánta nostalgia por lo sencillo y lo natural.

Digamosló ya: Soy también de los que piensan que Wayne no le dijo la verdad a Stewart. Ni Doniphon ni John Wayne se hubieran amparado en las sombras para disparar contra nadie, no eran así. Además, era imposible que los disparos sonaran tan al unísono. No. Tom quiso quitarle a Ransom ese peso sobre su conciencia y que no pensara que su carrera o su relación con Hallie estaban asentadas sobre un crimen.
Un beso

Juan Herrezuelo dijo...

ETHAN: De alguna forma, siempre he visto Centauros y Liberty como dos caras de una misma moneda, en efecto. La mujer que Ethan amaba se quedó con su hermano (¿qué pasó ahí, por cierto?), la que amaba Tom se fue con aquel “pilgrim”. Ambos se apartan una vez cumplida su misión… En fin: sería largo de contar, Joey, como decía Shane (otro estilo de pistolero y una película que adoro) Un saludo.

Juan Herrezuelo dijo...

EMILIO CALVO: A contar con pasión una peli Garci le llamaba El cine de las sábanas blancas. Soy de los que se las creían de todas todas, de ahí que mi cinefilia esté vinculada a la infancia y por tanto más al cine de ayer que al de hoy. Puedes ver El hombre que mató… una y otra vez con el mismo asombro. Si la ves esta noche, amigo, ten por seguro que te irás a la cama andando un poco así, con las maneras de Wayne. Un abrazo. (Por cierto, voy a recorrer más minuciosamente las habitaciones de tu "espejo" en busca por favor de más cine cine cine cine)

Juan Herrezuelo dijo...

JOSÉ LUIS M. C.: El problema de las reseñas cinematográficas de hoy es que han de hacerse de películas que en el fondo no le gustan al que las escribe. Acerca del western, estoy con un amigo en que la época dorada son los cuarenta y cincuenta. A partir de ahí, como dices, el crepúsculo, hasta llegar a esa oscuridad –y con frecuencia esa mediocridad- en que transcurren las películas del oeste que de tarde en tarde se siguen haciendo. Un abrazo.

Juan Herrezuelo dijo...

MIGUEL COBO: Gracias, amigo Miguel. Qué alegría que ta haya gustado. Cuando uno vive las películas intensamente y desde dentro las cuenta con la excitación de un niño que las hubiera visto la tarde antes, en el cine. Es que yo era y soy muy peliculero, que se dice. Por cierto, cómo les gustaron siempre a nuestros padres las películas del oeste o de vaqueros. Que desenfunde el primer revólver el que no tomó de su padre el gusto por lo que ellos nunca llamaron “western”. Un abrazo muy fuerte.

Francisco Ortiz dijo...

Bueno, ya sabes que considero esta película más bien una comedia y que desde la perspectiva de ligereza y cordialidad con el espectador puedo compartir algunos de sus postulados e ideas. Aplaudo casi todo lo que dices de Doniphon y alabo tu perfecta comprensión -a tu manera- del personaje, del condimento social de la película y de la imagen de perdedor de alguien que sabe marcharse por la puerta de atrás -ay, cuántos más deberían aprender en esta monolítica sociedad chabacana nuestra-, pero me encuentro acaso algo alejado de los mitos últimamente y no me deslumbra el personaje de John Wayne como en cambio sí me deslumbra tu talento narrativo, expositivo. No importa: mientras te leía he visto de nuevo el filme con tus ojos y, sin duda, me ha enriquecido mucho con la mejor riqueza: la que enciende una llamita en el fondo de la mente despierta.

Miguel Sanfeliu dijo...

Me encanta esta película y he disfrutado enormemente con tu modo de contarlo. También yo sopeso esa posibilidad que mencionas sobre el tiroteo final. El principio me parece genial: el hombre importante asistiendo al funeral de un don nadie, el cactus, las medias frases que tanto intrigan...
Un abrazo.

Emilio Calvo de Mora dijo...

http://archivopeliculas.blogspot.com/

Las pelis del Espejo de los sueños. Al fin y al cabo, el blog nació para escribir sobre cine, aunque luego virara, víricamente, me entiendes. Un abrazo, amigo.

abril en paris dijo...

Veo a mi padre en ese hombre que sujeta la puerta y tambien quisiera que hubiera leido ésta cronica tuya .. una historia que es mi pelicula del 'Oeste' favorita como era la de mi padre..

Siempre utilizo la palabra emoción y en éste caso es más que un sentimiento, es parte de mis recuerdos.. de las lecciones de cine que nos impartieron en aquellas de sesión doble o de "las sabanas blancas" que decia Garci.

Ese Tom Doniphon sincero y directo que advierte a Valance que el filete era el de él.
El que amaba a la chica antes que nadie y que la perdia por el hombre de leyes ilustrado...sin embargo besaba como nadie y si no ¡ que se lo pregunten a Mauren O'Hara-Mary Kate Danaher en El hombre Tranquilo !
No sé quien me gusta más si éste Doniphon, Ethan Edwards o Sean Thorton.
Los dos primeros son el prototipo del perdedor romántico y el tercero del hombre fuerte que 'pierde'solo para ganar el amor de su chica.
Los tres son héroes o antihéroes pero representan lo mejor del cine y nos devuelven esa fascinación de la que tu nos hablas y que leo entre lineas en tu maravilloso relato.
Solo quiero un cáctus en mi próximo cumpleaños ..y mi puerta de par en par con la silueta de Wayne junto a mi padre.

Un beso desde mi ventana

p.D. Es lo mejor que leido sobre cine en mucho tiempo.
¡Gracias!

José Luis Martínez Clares dijo...

Cierto, Juan. Antes tenía un desplegable con el contacto al inicio de página, pero lo quité por motivos estéticos. Mi correo es:
ccbaxter02@hotmail.com
Como verás, "El apartamento" de Wilder es mi película de cabecera.
Déjame en el correo tus señas y te hago llegar un ejemplar, porque no se encuentra en librerías. Abrazos.

Raúl dijo...

El jardín de cactus.

A pesar del dolor que comenzó a revivir en el mismo instante en que conoció la noticia, la mujer, de un luto imposible de disimular, reprime sus lágrimas sentada en la calurosa penumbra de este velatorio improvisado. En este silencio tan insano para no perderse en el recuerdo, le acompañan su esposo, que ha venido a despedir a aquél que fue más que un amigo, y el basto féretro de madera de pino en donde descansa el hombre que nunca llegó a ser su hombre.
Antes, por la mañana, al poco de bajarse del tren que la devolvió a su pasado, ha estado visitando las ruinas de aquella casa que el difunto no llegó a terminar. Allí todo es desolación. Junto al jardín de cactus que él plantó para ella, ahora descuidado por el dolor y la desidia, no sólo ha vuelto a respirar el halo florido que entonces lo impregnaba todo, aquel aroma salvaje que lograba convertir un entorno tan hostil en algo en cualquier caso bello sino que, por un momento, ha creído ver reflejada entre los escombros del ayer la sombra de su ruda prestancia sonriéndole con descaro. Si él me lo hubiese pedido, ha murmurado entre sollozos.
El tren de regreso ha partido a eso de las siete, cuando el sol todavía no había descendido ni el calor había menguado. De nuevo sentada junto a su marido, algo desmadejada y ajena a su presente, pierde la mirada en un punto equidistante entre la pradera y la nostalgia.
Has sido tú quien ha dejado esas flores sobre el ataúd. Verdad. Le pregunta su esposo con esa voz quebrada de quien se teme la respuesta. Y ella, ahora sí, arrecia en su llanto.

Perdona la irrupción, querido Juan. No es vanidad, sino oportunidad pintiparada.
Porque el caso es que en su día escribí el relatito que te transcribo en homenaje a la que sin duda considero una de las mejores películas de la historia. Así que permítemelo a modo de comentario, o no voy a poder acercarme de ninguna de las maneras a la calidad de tu entrada.
Abrazos.

Raúl
El alma difusa.

Marcos Callau dijo...

Tengo que refrescar esta película y por tanto, este personaje, Juan. Me pondré a ello. Saludos!

Juan Herrezuelo dijo...

FRANCISCO ORTIZ: Bueno, Wayne se pasa buena parte de la película con la sonrisa recostada en la cara, divertido por lo que pasa a su alrededor (los afanes en la cocina del restaurante de Hallie, la reunión política en el bar). A mí, ya lo sabes, me deslumbra (casi) siempre John Wayne. Tenemos que ver juntos esta gran obra.

Juan Herrezuelo dijo...

MIGUEL SANFELIU: Ya en el comienzo de la película se establecen las bases sobre las que girará luego: la llegada del tren –modernidad- y el descubrimiento de una diligencia arrumbada y cubierta de polvo. Ahí Stewart pasa de la vacía pomposidad del político que habla con la prensa a la tristeza y al reconocimiento del héroe clásico que ha de ser enterrado, exige, con sus botas y su revólver. Y luego, como señalas, esas cosas que se dicen a medias o no se dicen... Un abrazo.

Juan Herrezuelo dijo...

ABRIL: Me emociona mucho tu comentario. Qué tendrán aquellas películas para provocar estas cosas. No hace mucho era yo el que leía en tu querido Apartamento parisino una referencia a Wayne, y ya allí mencionabas con ternura a tu padre. El cine es depositario de muchos de nuestros mejores recuerdos, y las películas que más amamos serán siempre ese momento en que las vimos por primera vez y la impresión que también causaban en quienes teníamos al lado y quizá ya no están. Gracias, amiga. Un beso.

Juan Herrezuelo dijo...

RAUL: Bellísima manera de contar uno de los momento más sublimes de la historia del cine. Leyendo tu relato, uno se sitúa frente a esa proliferación de cactus en flor que Tom no pudo seguir regalándole a Hallie y en el traqueteo final de ese tren que acaso sea de ida y vuelta. ¡Qué diablos tendrá esta película que nos ha despertado tantas cosas! Gracias por el regalo, Raúl. Un abrazo.

Juan Herrezuelo dijo...

MARCOS: Amigo, tienes que cruzar una de estas noches el Picketwire y visitar Shinbone en tu DVD. Cada vez que uno ve la película, Tom Doniphon vuelve a cobrar vida. Un abrazo.

Marisa dijo...

Escribas sobre lo que escribas, siempre es un lujazo leerte, Juan.
Tengo que rescatar la película.

Un beso, genio.

Francisco Machuca dijo...

John Ford se acerca a las dos caras de la gran leyenda norteamericana con El hombre que mató a Liberty Valance. En el anverso, primer plano del filme, la aparición de un tren que anuncia la llegada del eminente senador Stoddard (James Stewart), portavoz del mundo civilizado. En el reverso, la salida del tren se lleva consigo un amargo secreto: los mitos del progreso se hallan escrito sobre las heridas del pasado, no siempre cicatrizadas.

Un texto bellísimo,amigo.

Mario dijo...

Es uno de los mejores western que he visto y un clásico perfecto, y a quienes no les gusta Wayne - como a los que les agrada, me cuento entre ellos- solo tienen que verlo aquí, su presencia es natural siendo bravo entre los mejores y siempre transportando esa esencia salvaje pero contenida bajo la ruta de lo correcto, y creo que por eso es un "perdedor" admirable. Al final Steward se lleva todo pero queda en su consciencia que la leyenda le pertenece a otro. Saludos.

Mario.

Juan Herrezuelo dijo...

FRANCISCO MACHUCA: Es la misma perfección cerrada que en Centauros... Aquélla comienza con una puerta que se abre hacia la llegada de Ethan y otra que se cierra sobre el primer paso de su marcha.

Juan Herrezuelo dijo...

MARIO: Wayne, Marilyn, Bogart... Sus perfiles ya son la pura iconografía del cine que amamos.

Beatriz dijo...

Es el tercer intento en dejarte un comentario. Había escrito un texto más amplio respecto a tu post pero se me borraban al picar en "publicar comentario"
Que sepas que te leo, y que al hacerlo consigues que disfrute hasta con el Western y que esta película la vi en mi tierra y allí se titulaba "Un tiro en la noche·(espero no equivocarme de peli).

Un abrazo y por si figuro como Anónima voy a dejarte mi identidad

BEATRIZ

V dijo...

Voy a comenzar por el final. En mi opinión si que le contó la verdad, ya que en este monumento también se trata nada menos que del nacimiento del estado de derecho, y como la mítica del outlaw contribuyó de forma decisiva, igual que la prensa, a su nacimiento. Eso es algo que me apasiona. Yo creo que Hattie tiene sus razones sentimentales para acudir al funeral de este monstruo, y Ramsom las suyas, que a parte de por camaraderia y deuda personal, también hay una razón política de fondo. El ferrocarril en el que parten al final, tal vez no hubiese llegado sin la contribución de hombres como Tom, y eso lo sabe Ramsom muy bien.
Maravilloso texto. Es curioso comprobar como todos estos personajes permanecen vivos, y hablamos de ellos en esos términos, tal y como tu haces de forma espléndida. Un afectuoso saludo.

Luzdeana (Diana H.) dijo...

Tu entrada de pistoleros me ha llevado a mi infancia y algunas tardes en blanco y negro frente al televisor, la incertidumbre de los caminos polvorientos y esos tipos duros cuyo sombrero enmarcaba una mirada que aparentaba controlarlo todo. Mientras yo degustaba mi chocolatada.
Impecables esas tres líneas del penúltimo párrafo.
Un abrazo.

Juan Herrezuelo dijo...

BEATRIZ: Nada de anónima, amiga. Siempre es un placer contar contigo. "Un tiro en la noche", es como si fuera una película completamente distinta. Es extraño cómo a veces, allá y acá, nos ha gustado retorcer los títulos.Un saludo.

V: Verdad o mentira, así son las discusiones en el Loser. En algunos lugares lo llevan más allá, incluso; hace poco me contaron que en una tertulia de cine alguien dijo que siempre había pensado que fue Pompey... Por lo demás, el progreso no se asentó sobre un libro de leyes sino un arma humeante, la portase quien la portase.

LUZDEANA: Si es que nuestros recuerdos son en blanco y negro, traquilas tardes de sábado, viendo aquel cine irrepetible. Un beso.

mi nombre es alma dijo...

Una puerta batiente podría ser una buena metáfora de la vida en las inhóspitas tierras del oeste. Una puerta siempre abierta a todos pero que oculta lo peor del hombre, o su caida, o su redención.

He disfrutado mucho leyéndote.

Ricardo Miñana dijo...

Una película inolvidable de un
gran actor.
gracias por compartir.
saludos.