sábado, 27 de abril de 2013

Resérvame el vals, Zelda (1)



Que la única novela escrita por Zelda Fitzgerald, Resérvame el vals (Save Me the Waltz, 1932), siguiera aún inédita en España, constituía una anomalía editorial tan asombrosa que su publicación hace unos meses en Román y Bueno editores, con traducción de Carlos García Aranda, es una noticia literaria de primer orden. Para quien esto escribe, resulta particularmente emocionante tenerla ya junto con las obras de Scott, su marido; siento que con este libro se completa, de alguna manera, mi propio recorrido a través de una de esas historias más grandes que la vida, que emprendí a los diecinueve años con el deslumbramiento que me produjo la lectura de Hermosos y malditos (The Beautiful and the Damned, 1922).

He vuelto a sus biografías; he intentado, de nuevo, conocerlos, entender sus actos y sus razones, inmiscuirme en su lejano presente, tan fugitivo como lo es el mío ahora y como antes lo fue el de las generaciones que les precedieron, ser con ellos, en distintos instantes, estar en los mismos lugares y observarlos desde una esquina imaginaria, ver sin ser visto y sentir que el tiempo, el suyo y el mío, se nos escapa a la vez, o que el mío será alguna vez tan remoto como en realidad es el de ellos dos. No soy el primero que ha caído bajo el hechizo de su leyenda, y estoy seguro de que muchos más han tenido esa escurridiza sensación de que es realmente posible comprender qué les pasó, y por qué: leyendo sus conmovedoras cartas, escuchando la música que oían –el jazz de los años veinte, sobre todo, velado aún por el humo de los garitos clandestinos donde se burlaba tumultuosamente la Prohibición-, mirando sus fotografías, sus ojos en las fotografías, los ojos con que un día miraron a la cámara (quietos un momento…) sin imaginar que me miraban también a mí desde tan lejos (ya está, podéis moveros).



Se ha escrito mucho sobre los Fitzgerald, y casi todos los que lo han hecho extensamente han cedido a la tentación de inclinarse a favor de uno o del otro; así, Zelda fue una mujer frívola y caprichosa que con sus extravagancias apartaba a Scott de su trabajo de escritor, Scott fue un hombre que ahogó la creatividad de Zelda impidiéndola tener una carrera propia como escritora... Ninguna de estas interpretaciones es justa ni es tampoco cierta. En su apasionada y conflictiva relación hubo mucha más complicidad que competencia. Yo también lamento que no existan esas otras novelas que Scott pudo haber escrito en mejores circunstancias, pero las que sí escribió y han intervenido gozosamente en mi vida existen sólo gracias a que un día conquistó el corazón de aquella descarada belleza sureña a la que su madre le había puesto el nombre de la reina gitana de una novela. 

«Nunca hubo una buena biografía de un buen novelista», escribió Scott, «no podía haber: es demasiadas personas a la vez, si es algo bueno». Y sin embargo, algo sí sabemos con toda seguridad de Francis Scott Fitgerald, el mejor escritor de su generación: la historia de su relación con Zelda Sayre fue extremada en todo, extremadamente romántica al comienzo, y extremadamente desdichada al final. Hay una noche de julio de 1918, y un Country Club, el de Montgomery, Alabama, que desde el año anterior se había convertido en una especie de prolongación del club de oficiales de Fort Sheridan, el cercano campamento militar donde jóvenes soldados aguardaban la orden de partir en dirección a las embarradas trincheras europeas. El teniente Fitzgerald tenía 21 años, había abandonado Princeton para alistarse y la idea de morir en Francia no le desagradaba, una muerte heroica y romántica, como correspondía al escritor que soñaba con llegar a ser. Conocía ya el sabor del fracaso: había sido desdeñado por una joven rica de artúrico nombre, había tenido que renunciar a ser una figura deportiva en la universidad y aunque había estado realmente cerca de convertirse en alguien importante en Princeton gracias a sus méritos literarios, unas bajas calificaciones habían dado al traste con sus ilusiones. Durante el siguiente año –pero él no podía saberlo todavía- sufriría otros tres desengaños: la editorial a la que había enviado su primera novela iba a rehusar su publicación, la guerra en la que deseaba participar iba a terminarse antes de que le enviaran a luchar y la chica a la que conocería esa misma noche iba a romper su compromiso con él, convirtiéndose durante unos meses, tal y como escribió más tarde, «en uno de esos amores trágicos condenados por la falta de dinero». Aún así, estaba en la plenitud de su capacidad intelectual, y eso le permitía «retener dos ideas opuestas al mismo tiempo», por ejemplo «la convicción de la inevitabilidad del fracaso y la decisión de triunfar». 


Ahora estaba en el borde de la pista de baile, con su impecable uniforme hecho a medida, mirando. Sonaba La danza de las horas, y su atención quedó atrapada en la más hermosa de todas las jóvenes que bailaban. Y no sólo era hermosa: era la chica más popular de la ciudad. Ese mismo mes cumpliría 18 años, y a todos los efectos podía haber sido la nieta más revoltosa de Scarlett O’Hara o de aquella otra antojadiza sureña, Julie Marsden, a la que un día compararon con la bíblica Jezabel: Zelda Sayre, la menor de los cuatro hijos de un juez de la Corte Suprema de Alabama, un torbellino de ojos azules y cabello rubio, obstinada, consentida, coqueta, alegre, independiente, soñadora, osada, una «hacedora de reyes», como alguien dijo de ella, y, como de sí misma dijo Zelda tiempo después, «sin un solo sentimiento de inferioridad, timidez o duda, y carente de principios morales». Scott preguntó a alguien quién era aquella joven, y dicen que se abrió a codazos hasta el centro de la pista, y que bailaron.

Se sabe que se prometieron, y que tras licenciarse del ejecito él viajo a Nueva York para conseguir un empleo, y que ella provocaba sus celos por carta, y que rompieron, y que él se entregó a una juerga de tres semanas, y que luego reescribió su novela, a la que había titulado significativamente El ególatra romántico, y que una editorial aceptó al fin publicársela, pero ya con el título de A este lado del paraíso, y que volvieron a comprometerse, y que vendió un cuento por treinta dólares, con los que le compró a Zelda un abanico de plumas púrpuras, y que un estudio de cine le compró los derechos de otro por dos mil quinientos dólares, con seiscientos de los cuales le compró a ella un reloj de platino y diamantes, y que le envió por correo las dos cosas, y que decidieron que se casarían en Nueva York. Lo hicieron el 3 de abril de 1920, en la catedral de San Patricio, a la semana siguiente de la publicación de la novela. Unos meses antes de la boda, Zelda no podía ni siquiera imaginarse cómo sería Nueva York, unos meses después era la chica más popular de la ciudad gracias a que el libro de su marido había alcanzado un rápido y apabullante éxito; se sabe que se convirtieron en la pareja de moda, y ella en la quintaesencia de la flapper, la chica desinhibida de los locos veinte, los roaring twenties, la heroína de los cuentos de Scott, esa chica de pelo corto que se besuquea en el asiento de atrás de los coches y fuma y bebe de una petaca de plata y es irresponsable y divertida. Sí, tal vez no era tan buena chica como debía ser, pero Scott le escribió a un amigo: «Tú todavía eres católico, pero Zelda es el único Dios me queda ahora». Melibeo soy y en Melibea creo.

La misma Luna que yo vi anoche vieron Scott y Zelda cada una de las noches de su vida. Trato de imaginarlos subidos a la capota de un taxi de Nueva York, o dando vueltas durante media hora en la puerta giratoria de un hotel, o arrojándose, vestidos, a una fuente frente al Plaza.  Los veo acurrucándose el uno en el otro, borrachos, en una fiesta, pero también veo a Scott escribiendo mucho: en 1922, Hermosos y malditos anticipaba en varios años la disolución física y mental en que acabarían hundiéndose. Los veo paseando por los Jardines de Luxemburgo, en París, elegantemente vestidos y en compañía de la pequeña Scottie, y en una terraza de Antibes, en la Riviera francesa, y veo a Scott en un calabozo de Roma, y le veo también tendiéndole la mano a un desconocido Ernest Hemingway, cuyos primeros relatos, sin embargo, ha ensalzado ya a su propio editor; siento que el tiempo se acelera en cada una de las mudanzas que hicieron, de una casa a otra, de un hotel a otro, de Estados Unidos a Europa y de Europa a Estados Unidos, veo baúles y maletas y la cubierta de un barco, y siento el olor del alcohol en sus alientos: a pesar de todo lo que le obsesionaba el dinero, no se tiene noticia de que Scott realizara inversiones con las cantidades fabulosas que le pagaban por sus relatos, ni que llegara a tener una sola propiedad a su nombre: el dinero se gastaba en vivir bien, eso es todo. 



Siento cómo en sus vidas el tiempo parece pasar cada vez más rápido, aquellos seres tan bellos están cada vez más estragados por la disipación y el resentimiento, los veo ahora descender de taxis que los llevan a fiestas que no acaban nunca, que cambian de invitados y de emplazamiento y son la misma fiesta, Zelda cada vez más enjuta y hosca a causa del frenético esfuerzo que invierte en el ballet -ha empezado a practicarlo dos años antes, en el 27-, Scott cada vez más pálido; veo un derrumbe, una pérdida absoluta del dominio sobre sus vidas, veo a Zelda girando infatigablemente sobre la punta de sus pies, girando, girando doblemente en su gran espejo de danza, batiendo en su interior los ingredientes de la locura; veo a Scott volcando una y otra vez un vaso en la boca, bebiendo, bebiendo doblemente en el espejo inclinado de los bares franceses, hasta que la ginebra le llega a los párpados, como le escribió a Hemingway, y se mezcla con las lágrimas.

El 23 de abril de 1930, pasados veinte días del décimo aniversario de su boda, Zelda ingresó por primera vez en una clínica mental, a las afueras de París. Lo que en principio parecía una depresión nerviosa acabó diagnosticándose como esquizofrenia. Nunca volvería a estar en condiciones de valerse por sí misma. En octubre de 1931 regresaron a Estados Unidos. La vida de ella sería ya un entrar y salir de distintos hospitales; la de él, un constante endeudarse para costear sus tratamientos y los colegios de Scottie, su hija, un enfangarse en la sensación de fracaso, un permanente estar aferrado «al cuenco de hojalata de la autocompasión»: le veo viajando a Hollywood en el 37, por tercera vez, y trabajando en guiones que luego no se rodaban, y bailando con Sheilah Graham, la mujer con la compartió físicamente los últimos años de su vida, mientras seguía emocional y económicamente comprometido con Zelda. Y le veo bebiendo hasta el límite mismo de la resistencia de su cuerpo.

Zelda y él se vieron por última vez un día de abril –otra vez abril- de 1939, posiblemente en la Estación Gran Central de Nueva York; como ocurre siempre, ellos no podían saber que era su última despedida. Habían estado en Cuba, un viaje desastroso. El hospital había organizado una visita a La Habana para los pacientes, pero el dinero de Scott no llegó a tiempo y Zelda no pudo acompañar a los demás. Para compensarla, Scott decidió que irían juntos. Salió borracho de Hollywood, llegó borracho a Carolina del Norte, donde tenía que recogerla, y no dejó de beber ni un solo momento. En Cuba le golpearon por tratar de impedir una pelea de gallos. En Nueva York estaba tan bebido y agotado que necesitó atención médica. Zelda buscó a alguien que pudiera cuidar de él y decidió regresar al hospital, sola y angustiada por la salud de Scott.


Siguieron escribiéndose hasta casi la víspera de la muerte de él, ocurrida el 21 de diciembre de 1940, víctima de un infarto que venía anunciándose desde días antes y que finamente se manifestó de manera fulminante en la casa de Sheilah Graham. Durante los años que le quedaban de vida, Zelda alternó periodos de internamiento con otros que pasaba en compañía de su madre, en el viejo Sur, en su Montgomery natal. El 9 de marzo de 1948 estaba en el hospital, el Highland, en Ashville, Carolina del Norte. Se declaró un incendio y murieron nueve pacientes. Zelda, que con 47 años era ya abuela de dos nietos, fue una de ellas.

John Cheever escribió en 1971: «He sabido de hombres duros que rompen en llanto durante el capítulo final de cualquier biografía de Fitzgerald». Alcohólico también, Cheever se olvidó de mencionar que, aun siendo Scott el gran, el inmenso escritor, esa biografía es también la de Zelda, y que las lágrimas nos las arranca la certeza de que ambas tragedias son una sola, así como la agitada felicidad de la que un día disfrutaron fue también la suma de sus felicidades.



imagen tomada de scottandzeldafitzgerald

28 comentarios:

José Luis Piquero dijo...

Todo lo que cuentas me suena extrañamente (o no extrañamente) familiar: lo he ido leyendo en "A este lado del paraíso", en "Suave es la noche"... Dos libros absolutamente autobiográficos. Por no hablar de los cuentos. Pero no había tenido ocasión de leer "Resérvame el vals". Me tiro a por el libro, aunque los relatos que he leído de Zelda no me han gustado.
Efectivamente, no creo que pueda haber una única versión de la relación de estos dos monstruos. La vida es más complicada, la verdad es ardua y lo demás no importa. Queda por lo menos la literatura. Y nuestro fetichismo no tendrá fin.
Un abrazo.

Horacio Beascochea dijo...

Bella reflexión, disfruté mucho de la lectura. De Scott, es una de mis tantas deudas literarias, supongo que saldaré en breve.

Abrazo grande desde la Patagonia

Fer G.M. dijo...

Desde que leí El Gran Gatsby y sobre los Fitzgerald, me quedó un poso de aprecio y curiosidad que todavía guardo en un rincón de mi mente que de vez en cuando dice "eh, recuerda que debes indagar, escudriñar, y averiguar más sobre esta época, esta gente, este símbolo".

¡Trágicos y, parece que también irónicos finales! Sus vidas son en sí mismas una única novela, es curioso.

Por cierto, me quedé con ganas de leer algo de Zelda, es buena noticia que se haya editado por fin en España, detalle que no esperaba tan "pronto".

¡Un saludo!

Francisco Machuca dijo...

Maravilloso,maravilloso.Ya sabes,amigo Juan,que me gusta mucho este texto.Mira,suelo coleccionar (cuando se traducen,claro)esos libros escritos por las mujeres de los grandes artistas y todos,sí,todos son demoledores.Pongo por ejemplo La mujer sin piano,escrito por la mujer de Luis Buñuel.Pongo otro ejemplo,la mujer de Georges Simenon.No fueron mujeres a la sombra,sino mujeres que se casaron con artistas de gran inmensidad que vivieron exclusivamente para su arte y su mundo particular.Puedo entenderlas,no faltaría más,pero los genios nunca fueron aptos para la vida familiar un tanto convencional.Ellos se casaron y tuvieron hijos,pero no fueron capaces de ser del todo lo que ellas quisieron que fueran.El debate eterno de la cotidianidad doméstica.Ay,el tema da para mucho.

Un fuerte abrazo

Juan Herrezuelo dijo...

JOSÉ LUIS PIQUERO: Más adelante escribiré sobre el libro. Zelda debió de ser una mujer sumamente brillante, por lo que se ha escrito, capaz de encadenar una metáfora muy sensitiva con otra. Si has leído sus cartas sabrás de qué hablo. Sin duda esto fascinó a Scott. Apenas he empezado a degustar su novela, y está claro que es así como hay que enjuiciarla, como una suma de imágenes bellísimas o ingeniosas, una sucesión inacabable de metáforas, metonimias y comparaciones, acompañadas de buenos diálogos (muy fitzgeraldianos). Naturalmente, una novela es algo más complejo: es estructura y profundidad de personajes. Aún así, su lectura es muy emocionante.
Este verano voy a releer “Hermosos y malditos”. Ojalá hubieras llegado a hacer esa traducción, porque si lo he retrasado tanto ha sido esperando una traducción nueva. La de López Muñoz es absolutamente magnífica, pero me hubiera gustado recorrer sus páginas con otra voz al oído. Cuando relea “This side…” buscaré la tuya de Paréntesis.
Abrazos

abril en paris dijo...

Una vida apasionante y apasionada, trágica también..es cierto que Zelda se encuentra en casi todos los libros de Fitzgerald..será bonito buscarla en el suyo propio.
Me ha encantado tu texto.

Un beso de Abrilenparis

Juan Herrezuelo dijo...

HORACIO: Ah, las deudas literarias. Yo estoy lleno de ellas, y eso que me he pasado la vida (más o menos) leyendo. Scott te gustará. Por cierto, que yo sólo he leído el apellido de Gregoróvius en dos libros, en “Rayuela” y en Suave es la noche”, de Fitzgerald, y ambos viajaron a Europa en el barco Conte Biancamano, Scott en el 29 y Cortázar en el 50. En fin. Un abrazo.

Juan Herrezuelo dijo...

FER G M: Es que es una época apasionante, incluso estéticamente, si me apuras. París, por ejemplo, era un hervidero de cultura vanguardista. En cualquier caso, no ha podido haber dos décadas más diferentes que la de los veinte y los treinta. Que “Resérvame el vals” no hubiera aparecido en España hasta ahora es asombroso. Yo le deseo a la editorial mucho éxito, porque ha tenido todo un acierto. Saludos.

Juan Herrezuelo dijo...

FRANCISCO MACHUCA: Tú y yo somos muy del Crack-Up. Por lo demás, no conozco otro escritor cuya obra se enriquezca tanto a la luz de su biografía, ni una biografía que alcance tan pleno sentido apoyada en la lectura de sus obras. Tampoco recuerdo ahora ninguna otra mujer de escritor que haya llegado a ocupar una posición en la historia de la literatura como la que tiene Zelda, no por su propia obra, sino por el hecho de estar tan inextricablemente unida a la obra y la vida de su marido. No conocía ese libro de la mujer de Buñuel, y me dejas muy muy interesado en él. Un abrazo fuerte.

Juan Herrezuelo dijo...

ABRIL: La suya parece, realmente, una historia inventada. Zelda siempre se reconoció, de una manera o de otra, en los protagonistas femeninos de Scott, salvo en uno, el de la novela póstuma “El último magnate”. No se sabe con seguridad si Zelda conocía la existencia de Sheilah Graham, pero cuando, tras la muerte de Scott, Zelda leyó aquel libro inacabado se dio cuenta de que allí había otro modelo de mujer que no era ella. Un beso.

Myra dijo...

Vidas vividas al límite, envueltas en mucho humo de tabaco y en mucho alcohol pero también en mucho glamour. Vidas autodestructivas. Me ha gustado mucho tu texto, Juan y mientras lo iba leyendo venían a mi mente escenas de "Suave es la noche". Volví a verla hace poco y me encantó. Qué bien has descrito ese ambiente y esas vidas.

Un beso

José Luis Martínez Clares dijo...

Es una lástima que ellos no puedan leerte, porque se habrían emocionado, cada uno a su manera. Tal vez las lágrimas de Francis estarían ya mezcladas con ginebra. Un abrazo

V dijo...

Excelente el trayecto literario y vital. Y te lo dice quien en principio no es muy amigo de conocer los detalles de la vida íntima de seres a los que admiro, por si acaso...
Pero esta pareja, que efectivamente es absolutamente genuina y singular,invita a querer saber y a comprender como en ocasiones la ficción y la realidad están separadas por un fino hilo. Me encantó tu seductor texto, a la altura de ellos. Un abrazo

Juan Herrezuelo dijo...

MYRA: Recuerdo con mucho agrado esa versión de “Suave es la noche”. Henry King, el director, rodó también una película sobre los últimos años de Scott Fitzgerald en Hollywood, con Gregory Peck: “Días sin vida” (Beloved Infidel), donde Scott dice esta frase: los jóvenes bellos son un accidente de la naturaleza; los ancianos bellos se han hecho a sí mismos. Te gustaría. Un beso.

Juan Herrezuelo dijo...

JOSÉ LUIS MARTINEZ CLARÉS: De tener oportunidad, sólo aspiraría a explicarle a Scott –sobre todo a él- cuánto, pero cuánto he llegado a comprenderlo. Un abrazo.

Juan Herrezuelo dijo...

V: Tampoco yo soy muy partidario de las biografías de escritores. Recuerdo una apasionante de Chandler, a cargo de Frank MsShane, y otra de Edgar Poe, y poco más. Las “Vidas escritas”, de Marías, es un libro que está muy bien, porque no desmenuza la vida de los autores, sino que hace una semblanza de ellos. Pero el caso de Fitzgerald, para mí, siempre fue distinto.
Un abrazo.

Raúl dijo...

¡Bravo, bravo, Juan! Un texto genial. Soy sin duda un mal lector, el peor de entre los tuyos, pues me sucede con frecuencia que me deleito tanto en las formas, en este quehacer tuyo tan hermoso e hilvanado, que pierdo el norte -sino incluso el interés- de lo que pretendes contarme... ¡con todo el esfuerzo que habrás invertido en documentarte!.., No tengo corrección, querido amigo. Perdóname.

Myra dijo...

Hace algún tiempo ya me recomendaste la película "Días sin vida" y la vi, me encantó. Creo que fue en otra entrada en que también hablabas de Fitzgerard.

Más besos.

Marisa dijo...

Emociona el recorrido tan sensiblemente perfecto que haces de dos vidas que eran una. Una vida vivida al límite por dos protagonistas que supieron rentabilizarla a pesar de su triste final, y una simbiosis vida-literatura que estaré esperando leer si te decides a escribir sobre su obra.
Contagias esa admiración por los Fitzgerard y, también esa complicidad de atento lector.

Un texto lleno de vida, Juan, esto es, de literatura.
Un placer leerte.

Un abrazo.

Belkys Pulido dijo...

Seductora la agonía cuando despierta la creación. Me encanta haber visto a través de tus ojos, mirar directo hacia ellos como si fuera uno el fotógrafo. En definitiva, así va el lector mirando tras la ventana entornada, buscando qué esconde aquella puerta o aquella muerta mirada de la foto y así van los escritores, un poco en agonía cómplice.
Juan quiero consultarle algo, ojalá pueda compartirme su email. Siempre veo con recelo las invitaciones a leer, pero cuando entro a estos caminos que usted comparte, siento motivación para buscar algunas oraciones o venas creativas.

Juan Herrezuelo dijo...

RAÚL: En realidad apenas he tenido que consultar algunas fechas, pues me conozco sus vidas como si hubiera sido testigo de ellas. Gracias por tus palabras, amigo.

Juan Herrezuelo dijo...

MYRA: Es que es una película muy conmovedora, con una bellísima música de mi admirado Franz Waxman. Y puestos a sugerir películas, qué tal "La última vez que vi París", basada en su relato "Babilonia revisitada".

Juan Herrezuelo dijo...

MARISA: Me alegra que utilices el verbo emocionar, que te agradezco mucho, porque eso es lo que pretendo transmitir: mi propia emoción al pensar en sus vidas y en sus obras.

Juan Herrezuelo dijo...

BELKYS: Creo que es lo que más he sido toda la vida: apasionado recomendador de libros. Nada me complace tanto como compartir la excitación que ha despertado en mí una historia de ficción.

Myra dijo...

Juan, no sabes cuánto me gusta "La última vez que vi París", una peli que he visto muchas veces. Van Johnson, un actor que no me entusiasma, aquí está maravilloso. Yo creo que es el mejor papel de su carrera. Elizabeth Taylor...guapísima y demostrando lo buena actriz que era y Dona Reed borda su interpretación. Ah! y Walter Pidgeon..pero este hombre estaba bien en cualquier papel, un actorazo.
Ya lo dejo que me entusiasmo y no pararía hablado de esta peli...

Pero tú me has descubierto algo que desconocía, que estuviera basada en un relato de Fitzgerard.

Un beso agradecido.

Juan Herrezuelo dijo...

MYRA: "Babilonia revisitada" es uno de sus cuentos más célebres. Como todo o casi todo lo que escribió, está lleno de referencias a su vida. La hija del protagonista es su hija, y durante los últimos meses de la vida de Scott estuvo a punto de llevarse al cine con Shirley Temple, lo que le hubiera venido muy bien económicamente. Al final, el estudio decidió que la Temple ya era mayor para el papel, y sin ella en el reparto no se hizo.
Bueno, también yo hablaría horas sobre esta película.

Marcos Callau dijo...

La publicación de esta novela en Castellano es una noticia para celebrar, sin duda. Cómo no, estoy seguro de que completa muchas bibliotecas. La historia de los Fitzgerald la convierte en un libro imprescindible para entender completamente la maravillosa e intrépida vida que compartieron como se comparten las aventuras. Un abrazo, Juan.

J.C. Alonso dijo...

Juan, extraordinaria entrada de un libro interesantísimo. Le eché el ojo por la feria del libro y me apetece, aún más, tras la lectura de tu texto. Me han venido un montón de mujeres célebres escritoras—esposas o compañeras—conviviendo al lado de los intocables. Últimamente, estoy metido de lleno en la obra de Barón Biza, increíble personaje. Me encantan las fotos de Zelda (un Vals, dos y tres…), Scott y Scottie. Un abrazo