sábado, 13 de abril de 2013

Todo lo que era sólido, de Antonio Muñoz Molina



En su libro Ventanas de Manhattan, publicado en 2004, confesaba Antonio Muñoz Molina que «el gusto de estar en Nueva York es inseparable del alivio de no estar en España». Me sorprendió y me divirtió leer aquella frase así, de golpe, tan rotunda, tan condenadamente sincera. Desde luego no se corresponde con la nostalgia que los españoles dicen padecer en el extranjero, esa añoranza incurable, ay, de olores, de sabores, de luces, de temperamentos. Yo me identifiqué con esa frase de inmediato: la he repetido decenas de veces, aunque con otra forma verbal, claro, la que le corresponde a este George Bailey en que he acabado convertido a mi pesar: el gusto de estar en Nueva York debe de ser inseparable etcétera... En aquellas páginas, Muñoz Molina razonaba su alivio de expatriado periódico aludiendo al agobio de las noticias diarias y al placer del anonimato, pero quienes solemos leerle y escucharle sabíamos que de alguna manera se refería también a esa trifulca política permanente en que está atrapado nuestro país, avivada por los medios de comunicación afines a los unos y a los otros; que se refería a la glorificación del ruido, a la invasión de los espacios públicos para la celebración de despiporres etílicos multitudinarios amparados por las autoridades municipales, al ostensible desprecio por lo educado y lo culto, ese jactarse de no  leer nunca (o de leer exactamente lo que está leyendo en ese momento todo el mundo, que en mi opinión es casi peor).

En Todo lo que era sólido, su último y demoledor libro, recupera aquella confesión y amplía sus razones: «Con frecuencia me ha entristecido volver, y me he marchado con alivio: de mi ciudad natal, de mi país». Sabe que es un «sacrilegio decirlo», pero es que le agobia y le indigna y le asusta, como nos ocurre a tantos (y de forma más atroz a quienes no podemos poner «tierra de por medio»), muchas de las cosas que se han convertido ya en rasgos de estilo nacional, en nuestra manera de estar en el mundo: «la degradación de los debates públicos», por ejemplo, el hecho de que hayamos asumido como inevitable que nuestra clase política prefiera subrayar las diferencias antes que las similitudes, alimentar la discordia en lugar del apaciguamiento; por ejemplo la susceptible agresividad de muchos conductores, la detestable costumbre de algunos de ellos de imponer impunemente el volumen ensordecedor y sísmico de sus equipos de música, la desafiante manera con que los más incívicos se encaran con quienes les reprochan educadamente su mal comportamiento; por ejemplo la fiesta como modo de vida, la fiesta siempre, la fiesta por encima de todo, «la fiesta como identidad», «como obligación unánime», «como prolongada interrupción de la normalidad», «como dádiva populista»; el alargamiento de las festividades, la juerga sin tregua, «la imposición tiránica del derecho a la juerga y al ruido por encima del derecho al descanso»; una multiplicación descomedida de celebraciones, de «simulacros», de festejos, y la reprobación desdeñosa del «aguafiestas», que es la condición a la que se ve reducido en España todo aquel que pretende disentir del jolgorio y antes, en los años de la hinchada prosperidad especulativa, también quienes criticaban la destrucción de un valioso espacio natural para construir una urbanización o el despilfarro de dinero público en infraestructuras inútiles y desmesuradas… 

Ahora «el pasado es un lujo que no podemos permitirnos» y «no hay frontera más hermética que el día de mañana». Todo cuanto nos parecía sólido puede desvanecerse, y en cierto modo está desvaneciéndose. Lo que tanto esfuerzo costó alcanzar, y que ya considerábamos tan consolidado que incluso nos permitíamos desdeñarlo, puede estar a punto de perderse, nos dice Muñoz Molina. De los polvos de aquel arrogante y populista despilfarro a este lodo de la ruina, no la ruina de los poderosos, claro, sino la del ciudadano común, que sin haber tenido la más mínima responsabilidad en la crisis económica descubre con asombro y rabia que quienes la provocaron asisten hoy al desmantelamiento del modelo de bienestar confiando en hacerse con el fabuloso negocio que se esconde en la sanidad, en la educación, en los servicios públicos fundamentales.

Pero la crítica demoledora que hay en el libro a una manera particular de entender la vida, la que parece tan nuestra, y sobre todo a los políticos que con su incompetencia, su parasitismo social, su codicia, su venalidad nos arrastraron a esta situación para la que no parece haber salida, no queda prendida en el aire del desaliento, sino que contiene también la invitación a «una serena rebelión cívica que a la manera del movimiento americano por los derechos civiles utilice con inteligencia y astucia todos los recursos de las leyes y toda la fuerza de la movilización para rescatar los territorios de soberanía usurpados por la clase política». No en vano las páginas del libro surgieron, incontenibles, a partir de las movilizaciones ciudadanas de mayo del 2011, cuyo clamor oía Muñoz Molina, probablemente emocionado, al fondo de las conversaciones que mantenía por teléfono con alguno de sus hijos, ellos en plazas de Granada y Madrid, rodeados de una muchedumbre pacífica que reclamaba al fin cambios radicales; él en su apartamento de Nueva York, deseando, esta vez sí, regresar, ver con sus propios ojos lo que sucedía, participar en la medida de lo posible. Empezó a escribir lo que luego fue este libro, a rachas, dice, a borbotones, levantándose ansioso de la cama en mitad de la noche y tomando papel y lápiz y escribiendo velozmente para evitar que le diera alcance el olvido de lo que quería expresar, hasta que en la ventana se insinuaba el amanecer.

El resultado es un libro imprescindible, de lectura casi obligada; un libro que, creo, habría gustado mucho -y quién sabe si llegó a leer- a José Luis Sampedro, que desembocó ya en ese mar cuya sal notaba desde hacía años, según dijo, y por el que sentí siempre la mayor admiración: hay pérdidas que son como dentelladas en nuestra conciencia colectiva, desgarrones que hemos de recomponer de inmediato tomando el testigo que tendieron hacia nosotros con su ejemplo. 


 Foto: Jesús de Miguel (en antoniomuñozmolina.es)

16 comentarios:

José Luis Martínez Clares dijo...

Una sociedad con pies de barro. Un lodazal del alivia escapar de vez en cuando. Lo leeré. Llevo postergándolo un tiempo. Como quien posterga lo inevitable. Abrazos

Anna Genovés dijo...


Estoy contigo. Sampedro: irremplazable.


El libro del amigo AMM, será cuestión de leerlo. Gracias por la recomendación.

Saludos, Ann@

Miguel Cobo dijo...

Decir, ante todo, que tu artículo no desmerece, ni en el fondo ni en la forma, la calidad de las mejores páginas de mi paisano Muñoz Molina (me eduqué en las mismas aulas que él del Instituto San Juan de la Cruz de Úbeda,pero una década antes. Sólo por eso me habría gustado ser más joven: por haber coincidido con el maestro)y añadir, una vez más, mi admiración por la lucidez con que expresas las ideas y las sensaciones que tus lectores compartimos. No hace mucho leí también una reseña magnífica del mismo libro de mi amigo Alberto Granados, que también te recomiendo:
http://albertogranados.wordpress.com/2013/04/10/todo-lo-que-era-solido/

abril en paris dijo...

Verdades como puños, Juan. Vivimos inmersos en éste "charco de barro" con asombro y deseperación sin saber dónde irá a parar todo ésto.
Menos mal que nos quedan luces en la oscuridad, gente que como Muños Molina, Sampedro (en el recuerdo y en sus libros imprescindibles) como tú mismo, a las que aferrarnos.. al menos para sentirnos menos solos.

Un abrazo

Francisco Machuca dijo...

Sé el aprecio que le tienes a este gran escritor,amigo Juan.Aquí,otra vez,volvemos a coincidir.Cuando descubría Muñoz Molina hace ya unos lustros,no quise quedarme en la novela,quise buscar al hombre que estaba detrás de todo eso y descubrí Días de diario,El Robinson urbano,Ventanas de Manhattan,Pura alegría,ese maravilloso libro de ensayos literarios y cinematográfico que me asombró por la coincidencias de gustos.Diario del Nautilus,y,sobre todo Unas gafas de Pla,porque Josep Pla es mi escritor favorito de toda la vida.No hace mucho que acabé de leer Todo lo que era sólido y nada más abrir la primera página me encuentro con una cita demoledora de mi admirado Joseph Conrad: "Es extraordinario cómo pasamos por la vida con los ojos entrecerrados, los oidos entorpecidos,los pensamientos aletargados."

Me ha encantado tu post por tantas y tantas cosas.

Un fuerte abrazo.

Juan Herrezuelo dijo...

J. L. MARTINEZ CLARES y ANNA GENOVÉS: Yo desde luego aconsejo que no se postergue su lectura (que escuece mucho, por cierto), y también, aunque no es necesario decíroslo, naturalmente, que sea una lectura crítica, porque son verdades como puños, como muy bien dice mi querida amiga ABRIL, pero son “sus” verdades, claro, y es su manera de decirlas. Por cierto, que no lo he subrayado por obvio, pero el libro está muy bien escrito, aunque no fuera, desde luego, la mayor preocupación del autor al sacarse sus páginas de las tripas.
Gracias, ABRIL por tus palabras, tan generosas siempre (y hoy algo más que generosas, me parece)
Abrazos

Juan Herrezuelo dijo...

MIGUEL COBO: He visitado la –en efecto- estupenda reseña de A. Granados que me propones. El libro es tan rico que permite analizarlo desde muchas perspectivas, como se ve. Como le pasa a Granados, tampoco yo estoy de acuerdo con todo lo que dice Muñoz Molina: nada más alejado del espíritu del libro que una adhesión inquebrantable a la totalidad de sus páginas. Curiosamente mis desacuerdos con lo expuesto por Muñoz Molina son diferentes a los que señala Granados. Pero eso ya es otra historia. Un abrazo

Juan Herrezuelo dijo...

FRANCISCO MACHUCA: Admiro a Muñoz Molina y, más allá de su obra, le aprecio, en efecto, como tú bien dices. Que nuestras vidas se cruzaran un día de marzo de 1988 ejerció una enorme y extraña influencia en la mía, y es posible –pero sólo posible- que cierta dificultad que he tenido siempre para estrechar lazos con la gente imposibilitara un trato de mayor confianza entre los dos, quién sabe si incluso una verdadera amistad. En cualquier caso, un gran escritor y una persona muy sensible.
Un fuerte abrazo (en el que caben muchas coincidencias, también).

Horacio Beascochea dijo...

Anoto el título, mientras pienso en regresos y partidas, en ese "ser nacional", que cada país tiene y en lo miserable de cierta clase política, aunque, quizás, con un ingenuo optimismo, me resista a pensar que son todos iguales.

No he leído las últimas obras de Antonio Muñoz Molina, pero no puedo olvidarme de "Beatus ille" o "El jinete polaco", por nombrar algunas, que me acompañaron desde hace mucho tiempo.

Abrazo

Myra dijo...

Cuántas verdades hay escritas en esta entrada, Juan y qué tristeza me produce saber que en este país cada vez está más demodé las buenas maneras, la educación, la moderación en todo. Con lo que a mí me gusta la moderación creo que es un término en peligro de extinción. Los "abusos" en todos los ámbitos es lo que prolifera y al que le moleste..pues que se joda.

Un beso, Juan.

Miguel Sanfeliu dijo...

Hace falta gente que se atreva a decir las cosas por su nombre, que no se deje llevar por las corrientes de moda. Ya he oído hablar bien de este libro en varios sitios y sin duda merece que se hable de él.
Un abrazo.

Juan Herrezuelo dijo...

HORACIO: Hay algo que resulta inquietante en el sistema político que hasta ahora ha resultado ser “el menos malo”, tal como tantas veces se dice: elegimos a quienes nos gobiernan pero no a los que mandan, y los que gobiernan velan por los intereses de los que mandan y no por los intereses de los que les eligen. ¿Qué hacer?

MYRA: Estoy contigo. Muñoz Molina apunta una causa de todo eso, en la que es la reflexión más importante del libro: en España ha faltado “pedagogía democrática”; la democracia, dice, ha de ser enseñada, “porque va en contra de inclinaciones muy arraigadas en los seres humanos”, y añade que lo natural es el dominio de los fuertes, las satisfacción inmediata de las apetencias, el prejuicio, la barbarie, la desigualdad, la ignorancia… Y yo añado, al hilo de tus acertadas palabras, que lo natural también es la inmoderación. La democracia bien enseñada lo corrige. Si no…

MIGUEL SANFELIU: Admiro la radical independencia de Muñoz Molina, su compromiso sin filiaciones: con una diferencia de pocas semanas, ha publicado un bello libro sobre arte, “El atrevimiento de mirar”, y también se ha atrevido en este “Todo lo que era sólido” a mirar de frente la realidad presente de nuestro país, levantando ampollas en algunos, seguro.

Abrazos.

J.C. Alonso dijo...

Por lógica y cuestión de gusto. Viendo el panorama literario, la coyuntura, el escenario y la cronología. AMM le quedan tres telediarios para que le concedan el Cervantes y con razón. Si pudiera votar, le votaría dos veces. Eso espero. No obstante, igual la quiniela se va a Batavia y la ganadora es Almudena Grandes. No lo digo yo, son las quinielas intelectuales…

V dijo...

Me acabas de solucionar un problema. Qué libro de rabiosa actualidad regalar a alguien. Desde luego la mirada, ya de por si aguda y sin aditivos de Muñoz Molina, por lo que veo en este caso, apela al diagnóstico de nuestro pálpito más urgente. Y seguro que su prosa me va a encantar. Pero tanto o más el contenido, siempre producto de una reflexión meditada. Un placer como lo desgranas, abres el apetito literario...

Juan Herrezuelo dijo...

J. C. ALONSO: En efecto, es seguro que si la década que viene existe aún el Premio Cervantes, Muñoz Molina será uno de los que lo obtengan; no me cabe ninguna duda, como sé también que no es un pensamiento que le ocupe un solo instante cuando escribe. Por otro lado, quién soy yo, precisamente yo, tan fracasadito y tan poco miliciano joven, armado y -¡mmm!- sudoroso, para criticar a una escritora de tantísimo éxito como Almudena Grandes.

V: Como bien dices, el mérito de este libro es que reúne una insobornable y aguda conciencia cívica y una prosa marca de la casa: hipnóticamente certera en la adjetivación y de ritmo fluido.

ethan dijo...

Un autor desencantado es normal en estos tiempos que corren; pero me atrae que escriba a borbotones, es decir que sea sincero; y que exprese (sus) verdades desde la objetividad del que está fuera. Creo que por eso tiene ya muchos enteros ganados. Gracias por la recomendación.
Un abrazo.