miércoles, 11 de septiembre de 2013

Cuando la Historia parece ficción en directo

Todos sabemos dónde estábamos aquel día. Nosotros habíamos terminado de comer hacía un rato. Tomábamos un café y veíamos en la tele una entrevista a no sé quién. En un intermedio, cambiamos de canal y allí apareció un plano sostenido de la ciudad de Nueva York, con una de las Torres Gemelas humeando aparatosamente. Debían de ser poco más de las tres, el informativo había empezado hacía pocos minutos. Al parecer, una avioneta había chocado contra los últimos pisos. No estaba claro. De pronto, ante nuestros ojos, y para estupefacción del locutor, una gran bola de fuego surgió de la otra Torre. Ahora eran las dos Torres las que desprendían un negro, negrísimo humo. Unos minutos después, desde otro plano, pudimos ver al avión comercial llegando por la derecha, penetrando en el segundo edificio, explotando. El mundo se paralizó. La Historia se paralizó. Durante los minutos que siguieron, se nos informó de que Estados Unidos había cerrado todo su espacio aéreo, de que otro avión de pasajeros se había estrellado contra el Pentágono, de que otro se dirigía a la Casa Blanca, de que un quinto se había precipitado sobre algún lugar de Pensilvania… Estaba sucediendo. El choque entre la incredulidad y la evidencia nos tenía a todos sobrecogidos. Era el comienzo de la Tercera Guerra Mundial. Así de sencillo. La mayor potencia del planeta estaba sufriendo varios ataques simultáneos, en su corazón financiero, en el núcleo de su poder militar y en la cúspide de su organización política. No hablo de lo que se fue sabiendo en los días siguientes, sino de las sensaciones de aquellos momentos, de aquella tarde (mañana en Nueva York) en que miles de vidas se perdieron de golpe como anticipo de los millones de vidas que quizá iban a perderse.

Aquel día empezó realmente el tercer milenio, no nueve meses antes, no el 1 de enero de ese 2001, y de la misma manera el segundo milenio no había llegado a su fin el 31 de diciembre de 2000 (ni tampoco de 1999, según el cálculo erróneo de algún espabilado). No, estas cosas no son así. Lo que yo he pensado siempre es que el segundo milenio acabó el 11 de agosto de 1999, el día en que un eclipse total de sol favoreció la venta de objetos conmemorativos, las agencias organizaron viajes a lugares desde donde contemplar mejor el acontecimiento -Normandía, Hungría, Rumanía, Turquía-, las televisiones lo retransmitieron en directo, Internet lo descompuso segundo a segundo, las editoriales reeditaron las profecías de Nostradamus y la noche llegó en pleno día sin más misterio aparente que el que hace prosperar algunos negocios y no otros... Y el tercer milenio comenzó aquel 11 de septiembre de 2001, cuando por televisión, en directo, el mundo entero asistió a un acontecimiento simplemente inconcebible. Como si se hubiera retransmitido, también en directo, el incendio de la Roma de Nerón o la toma de la Bastilla. Primero un impacto para que el gran telón del mundo globalizado se abra a una pantalla que es millones de pantallas a la vez. Una Torre humeando durante el tiempo suficiente como para que se vayan incorporando a la retransmisión de las imágenes diez, cien, miles de millones de personas. Y entonces ahí está el otro avión. A partir de ese día, cualquier cosa es posible, repentinamente.

¿Estábamos, o estamos ahora, capacitados para diferenciar claramente entre realidad y ficción? No lo creo. No a estas alturas «de la película». La realidad ya no supera a la ficción, sino que es indistinguible de ella. Aquel martes 11 de septiembre asistimos a la destrucción parcial del corazón de Occidente; la impresión colectiva, al menos durante las primeras horas, es que comenzaba la tan temida última guerra; las imágenes servidas por todas las cadenas de televisión provocaban menos terror que incredulidad y asombro: cualquier cosa era posible en cuestión de minutos y nosotros íbamos  a ser testigos. Aquel «horror» que el general Kurtz murmuraba entre sombras en Apocalipse Now se cernía al fin sobre todos. Miles de vidas humanas habían sido borradas de la faz de la tierra de un solo golpe. Sin embargo, el programa de mayor audiencia en España ese mismo día fue la retransmisión de un partido de la Champions que debió ser suspendido. Lo he contado muchas veces: en circunstancias históricas tan inciertas y terribles, el miércoles 12 bajé a la calle a las ocho y media de la mañana en busca de periódicos: de los dos kioscos próximos a mi casa uno estaba cerrado y en el otro aún se colocaban los fascículos en sus lugares: la prensa diaria no había llegado; volví a bajar a las nueve, ansioso; todo seguía en absoluta calma: no había corros alrededor de los puestos de venta de periódicos; mientras pagaba los míos se acercó un joven para comprar el Marca. Ese tipo sí que sabía de qué va la vida.


14 comentarios:

José Luis Martínez Clares dijo...

Lo del joven comprando el Marca debía ser ficción, o al menos parece menos probable que el atentado de las Torres Gemelas. En fin, ya decía el Gallo que "hay gente pa tó". Respecto a tus vivencias de aquel día, me resultan muy familiares. A mí y, seguramente, a muchos otros. A veces, nuestras rutinas saltan por los aires, hechas añicos y, el 11 de septiembre, saltaron por los aires las rutinas de millones de personas en todo el mundo, al unísono, para marcar, como bien dices, el comienzo de un milenio. No obstante, me tranquiliza saber que alguien, un hombre joven todavía, aún pudiese mantener intactas sus emociones, su vida, su intrascendente y rutinario quehacer de comprador de periódicos deportivos. Abrazos

Marisa dijo...

La ficción solo puede tener existencia porque se nutre de la realidad, por tanto, esta, siempre superará a la ficción porque no la necesita para existir.

Tremenda fecha la de aquel 11 de septiembre, cuyos acontecimientos coincidieron casi con la hora de la retransmisión de las noticias en TV. Recuerdo perfectamente mis pasos diarios de aquel fatal día ¿Quién no los recuerda?
Fecha imborrable que has recordado con la elegancia y estilo que siempre te caracteriza, Juan.

Un beso.

abril en paris dijo...

Aquello nos mantuvo a todos pegados al televisor casi 24 horas seguidas y en dias sucesivos.
Ahora todos nosotros nos preguntamos ¿dónde estabas, qué hacias el 11 de Septiembre de 2001? como en su dia, y aún hoy, aquellos adultos se preguntaban dónde estabas cuando el hombre llegó a la luna o cuando mataron a JFK.
Ésto superó todo lo imaginable.
Ese miedo a iniciar otro milenio, que los ordenadores se volviesen locos..¡el mundo se volvió loco! pero finalmente la gente corriente sigue con su vida.
Algunos vivimos aquello con menos intensidad que otras tragedias personales.. nada será ya lo mismo.

Un beso.. a dia de hoy, estamos vivos para contarlo.

Jon. C Alonso dijo...

Extraordinaria crónica, Juan. Del corazón de las entrañas del fanatismo a nuestros miedos cotidianos y como lo ficticio se apoderó vía TV del plato de macarrones, en pura realidad. Aquel día yo perdí a una gran persona, no me lo podía creer. Ya han pasado 12 años del año cero del tercer milenio. Abrazos
JCA

Marcos Callau dijo...

Fue y es, hoy todavía, increíble. Una imagern para la que no estábamos preparados. Nueva York, hasta ese momento, era para mí la ciudad de ensueño que me hubiera gustado visitar. Hoy en día sigue siéndolo pero aún me resulta difícil pensar que aquellas torres no estarán en su skyline. Yo me enteré por las noticias, no recuerdo de qué cadena... La primera torre estaba ardiendo y yo debía salir de casa para ir a la Universidad. No sé cómo lo conseguí, porque la imagen me dejó paralizado, pero salí de casa rumbo a la Universidad. Antes de llegar entré a un Café que hay justo al lado y vi cómo chocaba el segundo avión. Me quedé sentado en la mesa de aquel café y no me levanté en toda la tarde...ya no fui a clase. Estuve pensando muchas cosas e hice lo que hicieron muchas personas...llamar por teléfono a mi familia. Triste aniversario hoy. Un abrazo, Juan.

Myra dijo...

Mi malísima memoria tiene fama entre mis familiares y amigos pero recuerdo perfectamente dónde estaba, con quién estaba, y qué hacía ese 11 de septiembre. La voz de Matías Prat todavía la tengo grabada en mi memoria, su voz y su gesto. Parece mentira que todos hayamos podido seguir con nuestra vida después de aquello.

Buenísimo tu recordatorio, Juan.

Y la vida sigue...

Un beso.

Horacio Beascochea dijo...

Muy buena crónica. En lo personal, el 2001, fue un año áspero en Argentina, con todo a punto de saltar por los aires, cosa que ocurrió en diciembre de ese año. Como tantos, miraba incrédulo lo que ocurría a través de la TV.

Abrazo

Laura Uve dijo...

La historia tiene su limitado espacio reservado a muy pocos acontecimientos que en el momento parecen importantes y luego no lo son (no digo que el ataque a las Torres Gemelas no lo sea).

Lo que cada uno considera importante en su vida no tiene nada que ver muchas veces con lo que opina el vecino.

Yo estaba en la autopista camino de mi casa y en la parada habitual lo vimos y pensamos que no era real, que era una película. Compré y leí muchos periódicos. Los guardé durante mucho tiempo hasta que un día los tiré.

La historia... y nuestra percepción, interesante tema.

Un abrazo!!

Anna Genovés dijo...

Juan, estoy contigo. Creo que ese día comenzó el final de Occidente.

Me pilló comiendo con mi madre. Angels, no tenía muy claro el suceso, cuando los que mirábamos la TV, acabábamos de ver que un avión se empotraba contra la segunda torre...

Una tragedia que nunca olvidaremos. Abrazos, anna

V dijo...

Realidad o ficción, preguntas... No se si sabes que unos acuatro o cinco años despùés pusieron las imásgenes de la tragedia a un grupo de escolares a los que se advirtió que iban a ver una catastrofe tremenda. Dio igual. Hubo cierta resignación y cierta decepción.
Los niños y adolescentes de hoy terminaron por arrojar un resultado inquietante "¿Ya terminó? ¿Eso es todo? y expresiones similares"
Supongo que la retina está tan saturada de imágenes de destrucción (este fin de semana se estrena la enesima película en la que vuelan por los aires el capitolio y la casa blanca) que luego lo real no sorprende debido a que los jóvenes lo han visto mucho más espectacular y en dolby.
Personalmente, lo que más me aterrorizó fue la escalada de lo que podía ser una bola de nieve de raiz conspiranoica cuyo final no se conocía. El no comprender ni entender nada. Y pensar que atrocidad seria la siguiente... Un abrazo

Juan Herrezuelo dijo...

Amigos JOSÉ LUIS MARTINEZ CLARES, MARISA, ABRIL, JON C ALONSO, MARCOS, MYRA, HORACIO, LAURA UVE, ANNA, V, de nuevo enriquecéis lo publicado por mí. Os agradezco que suméis vuestros recuerdos a los míos. Si todos sabemos qué hacíamos ese día es porque íntimamente estábamos convencidos de que era el inicio de algo terrible e incierto. Tal vez pueda parecer que al final lo que vino después no fue tanto como parecía, pero lo cierto es que muchas cosas sí cambiaron, entre ellas la percepción de que todo es posible y de que nada acaba de parecer completamente verdad. No distinguir entre realidad y ficción equivale a no distinguir entre verdad y mentira, o a que te de exactamente igual, y eso simboliza en este caso el tipo del Marca (ocurrió así). Para nuestros mayores fue la llegada a la Luna, como dice ABRIL, y este es un hecho que Muñoz Molina recoge magistralmente en su novela “El viento de la Luna”. Cuando hace poco más de mes y medio pudimos “ver” el descarrilamiento del tren de A Coruña, era muy difícil creer que realmente hubiera imágenes: verlo lo hacía menos creíble.
Y paro aquí. Os agradezco infinito vuestra participación.
Un fuerte abrazo a todos.

Rossina dijo...

yo ocupaba mi oficina dentro de la embajada italiana, y a pesar de estar todos en reunión rodeados de extranjeros, osé meterme en el salón para avisarles, y nadie pestañeó.
Recuerdo que también hubo un pánico muy generalizado para el 8 de octubre de ese mismo 2001, con la guerra contra Afganistán. Ahí yo estaba en Punta del Este (Uruguay) y me has hecho recordar ambos eventos...

Miguel Sanfeliu dijo...

Minuciosa y exacta crónica de un día imposible de olvidar. Yo comía delante de las noticias. Tenía que volver al trabajo por la tarde. La comida quedó sin terminar. Pasé la tarde pegado a la pantalla. Recuerdo que puse una cinta de vídeo y puse a grabar ese noticiario que no tuvo más noticias y que se alargó durante toda la tarde. Sí, convencido de que era el inicio de la Tercera Guerra Mundial.
Un abrazo.

Raúl dijo...

No me apetece hoy jugar al recuerdo -en este caso inmediato- de decirte dónde estaba, porque me obligaría al mismo tiempo a revivir el miedo -irreal, holliwoodiense, si quieres- que aquel día sentí.
Fue un martes. Sí.