Según Miguel Sáenz,
traductor al español de la novela El
malogrado, del austriaco Thomas Bernhard, el título original Der Untergeher resulta difícil de
traducir con un adjetivo sustantivado que venga a expresar lo que significa
literalmente, ‘el que se hunde’, y afirma que «El perdedor» hubiera sido una buena opción, pero que sonaba «demasiado
yanqui». Después de leer la novela, el lector español concluye que
la elección del término malogrado fue un acierto, pues abarca
muchos más matices en relación con el personaje al que se refiere. En cualquier
caso, hay un ejemplar de este libro en el Loser, en un estante junto al viejo
piano de pared.
Una buena
lectura de El malogrado es
indisociable de la audición, previa o simultánea, de las Variaciones Goldberg, de Bach, interpretadas, claro está, por Glenn
Gould, de la misma manera que para acometer dicha lectura en condiciones
idóneas haríamos bien en regalarnos un día de ociosidad y tumbarnos en la cama durante
horas y horas con el libro en las manos, y esto debido a su ininterrumpido
desarrollo narrativo, esa pura hemorragia musical y repetitiva de palabras imposible
de contener.
Glenn Gould es
uno de los tres protagonistas de la novela, pero no el protagonista, a pesar de ser el personaje real, el genio indiscutible
del piano. El narrador, conocido como El
filósofo, elige una curiosa manera de hablar de él y de Wertheimer, el malogrado: al igual que algunos pasajes
de las Variaciones exigen cruzar las
manos sobre el teclado, así Bernhard decide que el narrador defina a veces el carácter
de Gould a través del de Wertheimer y, sobre todo, el débil y complejo carácter
de Wetheimer por oposición a la genialidad de Gould. De sí mismo, el narrador
apenas nos deja saber que ha sobrevivido a los otros dos, y que, como el malogrado, decidió ahogar en la cuna
una prometedora carrera de pianista. La amargura de su fracaso no es
exactamente como la de Wertheimer, pero es amargura también.
La historia, de
algún modo, sería la siguiente: Johann Sebastian Bach, aquel hombre dotado de
un talento musical tan abrumador que trascendió lo estrictamente humano («No
soy ateo porque existe Bach», ha dicho recientemente Salvador Pániker), compuso
en 1741, por encargo, las llamadas Variaciones
Goldberg, y doscientos doce años más tarde dos jóvenes y aventajados alumnos
del Mozarteum, prestigiosa escuela superior de música de Salzburgo, escuchan a
un condiscípulo tocarlas tan prodigiosamente que resuelven, cada uno a su modo,
abandonar el piano para siempre; veintiocho años después, uno de ellos, el malogrado, incapaz de aceptar
sobrevivir a Glenn Gould, muerto de muerte natural, se ahorca en las
proximidades de la casa de su hermana, a la que acusa de haberle abandonado
para casarse con un hombre «helvéticamente rico».
Glenn Gould no
aspiraba, según el narrador, sino a ser ese pianista ideal que quiere ser piano,
convertirse en su Steinway, ser uno con él, ser Glenn Steinway, no el hombre que toca el Steinway, que está entre
Bach y el piano como mero mediador. Y el lector no puede evitar pensar en la
extraña imagen de un Glenn Gould encogido sobre el teclado desde su asiento en
una silla ridículamente bajita, metabolizado con el sonido y convertido todo él
en la pasmosa agilidad de sus dedos, a veces lentos y tecla a tecla, a veces
tan veloces que le arrancan al piano la sugestión de una interpretación a
cuatro manos, cada una de las cuales parece estar tocando de manera
completamente independiente de las otras.
En algún lugar
oí que el segundo es el primero de los perdedores: ésa parece la conclusión a
la que llega Wertheimer, cuyo virtuosismo no soporta la comparación con la excelsitud
pianística de Glenn Gould y es aniquilado por ella. Wertheimer, incapaz de
asombrarse sin sentir envidia, está, dice el narrador, fascinado por la
infelicidad, y ahí radica todo: para él nacer es una infelicidad y vivir
prolongar la infelicidad, y en esa infelicidad, no obstante, encuentra la
felicidad; hombre “de callejón sin salida”, se mató por miedo a que le arrebataran
un día su infelicidad.
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Thomas Bernhard, 1931-1989 |
Thomas Bernhard
elige en El malogrado el camino de la
música para llegar al centro de un retrato psicológico, y al mismo tiempo,
cruzando las manos sobre el texto, alcanzar el corazón de la música a través de
un penetrante retrato psicológico, de una, digamos, disección del fracaso.