miércoles, 27 de noviembre de 2013

En recuerdo de Enriqueta Antolín

A Enriqueta Antolín le pareció extraño que en el restaurante del Club de Mar de Almería yo me pidiera, para cenar, unas chuletillas de cordero. Ella tomó un plato de pescado, como corresponde a una palentina que vive en Madrid desde hace años y está pasando un par de días en una ciudad andaluza bañada por el Mediterráneo. Mi caso era otro: yo era entonces, y sigo siendo hoy, un palentino que vive en una ciudad andaluza bañada por el Mediterráneo y que en cuestiones gastronómicas se confiesa incurablemente castellano. Aquella misma tarde nos había presentado la escritora y buena amiga Ana María Romero Yebra, el tercer comensal. Era el final de un día de marzo del año 1997. De aquella Enriqueta Antolín que había venido a dar una conferencia recuerdo su voz cálida, la sonrisa como estado natural de los labios y los ojos, la mirada sosegada, hospitalaria, elegante, igual que su voz y sus maneras; y recuerdo una gran mata de pelo: si alguna vez fue realmente una gata con alas, como tituló su primera novela, debió de tratarse de una gata de angora de edad indefinible, una gata sonriente y perpetuamente joven, pues en modo alguno pude imaginar que tuviera veinticinco años más que yo. Curiosamente yo leía esos días, embelesado, La gaznápira, de Andrés Berlanga, y en el curso de aquella cena me referí, vaya a saber por qué, a la disputa judicial que a cuenta de los derechos de tan extraordinaria novela habían mantenido su autor y José Luis Garci: fue una de esas casualidades que le ponen a uno al borde de meter la pata, porque yo ignoraba que Andrés Berlanga y Enriqueta Antolín estaban casados. Me lo dijo ella, sin perder la sonrisa, pero como extrañada de que yo no lo supiera: era la segunda vez que la sorprendía. Supongo que le dije también que había enviado mi primera novela a la editorial Alfaguara, porque al dedicarme Regiones devastadas quiso mostrar su confianza en que, además de paisanos, pudiéramos llegar a ser algún día «caballos de la misma cuadra». Me gustó aquella manera de expresarlo, me hizo pensar que tal vez sí, por qué no. Ya Regiones devastadas me había gustado mucho: aquella voz narrativa en segunda persona que se dirige a la adolescente que fue durante la posguerra y la conduce de recuerdo en recuerdo me había parecido de una ternura y una belleza admirables; eran los tiempos en que de la guerra civil se hablaba en voz baja y aún podía suceder que de tanto en tanto apareciesen huesos en los descampados y terraplenes cercanos a los nuevos barrios, donde antes hubo paredones, huesos mondos que pagaban a buen precio en la refinería de azúcar; y era, la de aquella jovencita, una de esas «edades en que bastan unos meses arriba o abajo para pasar de la oscuridad a la luz, de las tinieblas más absolutas a los débiles rayos que iluminan los primeros recuerdos».

Esta mañana vi su fotografía en El País, y antes de saber a qué sección me había llevado el pasar las páginas he sentido un escalofrío. Dice Juan Cruz en su hermoso obituario que ayer mismo cumplió Enriqueta 72 años. Cuando somos niños no podemos concebir que podamos morirnos el día de nuestro cumpleaños. Incluso a los adultos nos parece un giro del destino demasiado cerrado, un desenlace con una irritante vocación de final perfecto. Pero no hay nada perfecto en un definitivo adiós, ni siquiera la melancolía que nos queda.

Sirvan estas líneas apresuradas de emocionado recuerdo.

Foto: Ricardo Gutiérrez. El País

4 comentarios:

V dijo...

Que curioso. Asistí hace unos años...seis o siete serían, no recuerdo bien, a una mesa redonda sobre la obra de Francisco Ayala en la que se hacían contínuas referencias y alusiones a su libro de conversaciones con Ayala. Tanto es así que terminó por interesarme esa obra en concreto tanto como lo que había ido a escuchar, que versaba sobre Ayala.
Aunque recuerdo que anote su nombre y el libro no lo conseguí encontrar. Aunque sí una novela suya titulada "mujer de aire".
La novela me gustó. Y sin embargo,me pregunto ahora, por qué no fuí más allá, por qué no busqué otras obras suyas que sin duda también merecerán la pena...No tengo la respuesta, pero todo ello junto a tu extraordinario recuerdo compartiendo mesa, mantel y seguro que deleitandote de su compañía me da mucho que pensar.
No sabía de su fallecimiento. Y la verdad, si no es por este texto tuyo hubiera pasado completamente inadvertido para mi. Hubiera ido directamente a un limbo en el que están tantos y tantos...Por eso te doy las gracias a ti y me doy una reprimenda a mi, que me considero curioso y sin embargo no indagué más. Nunca es tarde. Un abrazo.

Laura Uve dijo...

Que bonito recuerdo de esa cena. No he leído nada de ella y parece que debería haberlo hecho por tu texto. Intentaré poner remedio a ese vacío.

Un abrazo!!

Francisco Ortiz dijo...

Tus recuerdos nos la traen presente de nuevo, y esa es una de las mejores utilidades que se le pueden dar a la literatura.
Muere joven, pues esa edad ya no es la de caída y pérdida habitual, y aún seguro que le habría gustado seguir escribiendo y dando libros con su delicadeza y su buen hacer. En paz descanse.

Elvira dijo...

Tuve ocasión de conocerla al final de los locos 60 y entonces ya brillaba con luz propia. Después la vida siguió y esa misma vida me dio a conocer cada uno de sus libros. Es un privilegio que nos ha dejado.