lunes, 11 de noviembre de 2013

Los inadaptados Gay, Roslyn y Perce


Una gran fotografía de los tres protagonistas de The Misfits ocupa un lugar privilegiado en las paredes del Loser, pues no en vano el aire de derrota y melancolía que transpira cada plano de la película de Huston va más allá de los personajes y alcanza a los propios actores. De un lado tenemos al viejo Gay Langland y a Perce Howland, vaqueros fuera de su época, y al piloto Guido, que los acompaña en su despreocupada deriva vital. Misfits significa, literalmente, ‘inadaptados’, y eso es lo que son estos tres tipos; lo de vidas rebeldes parece quedarles tan ancho como el ala de sus viejos sombreros, a menos que se trate de una rebeldía limitada al hecho de que se han negado a adaptarse a los tiempos, con lo que volvemos al principio. En este punto cualquiera de ellos podría escupir de lado contra la tierra o encender una cerilla en el relieve de la gran hebilla del cinturón y acercar la llama al cigarrillo haciendo hueco con la otra mano. Cualquier cosa antes que vivir de un jornal, ¿verdad Perce?

Ninguno de los tres ha podido acomodarse tampoco a una vida familiar más o menos corriente. Qué diablos. Gay hace años que no ve a sus hijos, Perce se ha distanciado de su madre después de que ésta se casara por segunda vez, Guido perdió a su mujer. Ahora están organizándose para ir de nuevo a coger unos cuantos caballos salvajes. Las extensas praderas americanas en que se desarrollaba la vida de los cowboys han sido sustituidas por el desierto de Nevada; las grandes y mugidoras manadas de cornilargos son ahora un puñado de mustangs que solo sirven para convertirse en comida para perros. Pero antes de partir hacia el desierto conocen a una antigua bailarina que ha venido a Reno a divorciarse, Roslyn, una mujer difícil de entender, aparentemente ingenua, desconcertante, a ratos triste y a ratos llena de vida, y en todo momento de una contoneante y perturbadora desnudez bajo cualquier cosa que se ponga encima.

                                                                                          Foto: Eve Arnold

En el fondo, Roslyn es otra inadaptada: demasiado sensible. Todo dolor a su alrededor es un dolor que siente en sí misma: el del caballo que corcovea en el rodeo y el del tipo que lo trata de montar y es arrojado al suelo, y por supuesto el de los caballos cimarrones que los otros pretenden capturar y entregar al tratante de ganado. En la ardiente llanura del desierto, Gay y Perce esperan que la avioneta de Guido aparezca de vuelta por entre las montañas del horizonte, y que por abajo vengan espantados al galope unos cuantos caballos, al final muy pocos, comprueban con los prismáticos, pero en fin, mejor esto que trabajar a sueldo, ¿no Perce? Sí, mejor esto que trabajar con un puñetero equipo de vaqueros para que otro pueda ponerle gasolina a su Cadillac, dice Perce en el relato escrito por Arthur Miller. Enlazan a los caballos desde la caja del camión que conduce ahora Guido, les atan las patas para dejarlos allí tendidos toda la noche. Y es en ese momento cuando la carnal y compasiva Roslyn rompe en una histeria desgarrada y desgarradora en medio de las ondas de calor que reverberan en el aire. De nada ha servido que el viejo Gay le explicara que es eso o aceptar una paga; que él caza caballos para conservar su libertad, para ser un hombre libre.

En el magnífico relato de Arthur Miller, fechado en 1957 y titulado así, «Los inadaptados» (Ya no te necesito, Tusquets 2003), Roslyn no está allí para salvar a los caballos salvajes: no es más que un nombre pronunciado de vez en cuando. Convertido este texto en un guión de cine, Roslyn adquiere forma y carácter, y desde luego también la pálida piel y la voz susurrante de Marilyn Monroe. Dicen que Miller tardó tres años en escribir y reescribir aquel guión; cuando al fin comenzó a rodarse, en julio de 1960, su matrimonio con Marilyn ya estaba roto: lo que iba a ser el regalo de un gran dramaturgo a la rutilante estrella cinematográfica con la que estaba casado, acabó por convertirse en una de las muchas razones por las cuales el rodaje The Misfits fue tan turbulento.


                                                                                                  Foto: Eve Arnold

Es estupendo que esta película exista, pero tal vez hubiera sido mejor que no llegara a rodarse nunca, sobre todo si tenemos en cuenta el desgaste físico y mental que supuso para quienes participaron en ella. Desde luego, aceptar aquel papel fue el mayor error que cometió Clark Gable en toda su vida, pues es muy probable que todo aquel esfuerzo fuera el causante de que un infarto acabara con él doce días después de rodar la última escena. Este desenlace resulta casi inexplicable viendo la película: de los tres protagonistas, es sin duda el que tiene mejor aspecto; a sus 59 años, encaja perfectamente en la piel tostada del rudo y vigoroso vaquero Gay Langland.

Lo de Marilyn y Monty Clift es otra cosa. El productor del film diría más tarde que ambos eran gemelos psíquicos, que reconocían el desastre en el rostro del otro y se reían de ello. Son, realmente, dos almas atormentadas, cada uno a su modo; dos seres inadaptados de verdad, dos insomnes encadenados a sus adicciones y a sus inseguridades. La interpretación de Marilyn se queda a medio camino entre ese arquetipo de sí misma del que deseaba escapar y la actriz que hubiera podido llegar a ser, y en ese terreno de nadie se la ve tan abrumadoramente frágil y perdida como seguramente lo estaba en su propia vida. Monty apenas recuerda a aquel hipnótico actor que había sido tan solo siete años antes: el accidente de tráfico que sufrió en el 56 modificó su rostro lo justo para que su belleza desapareciera; a veces, es cierto, un gesto, un movimiento de la cabeza, algo nos devuelve fugazmente al Clift de Un lugar en el sol o de De aquí a la eternidad o de Yo confieso, pero ni los rasgos faciales ni la desconcertada mirada ni las manos ni lo quebradizo de su cuerpo entero tienen nada que ver con aquel joven; las drogas y el alcohol han hecho el resto del trabajo. Cuál no sería su extremada vulnerabilidad para que una mujer tan absolutamente desvalida como Marilyn Monroe, que no volvería a completar ninguna otra película después de aquella, y que moriría dos años después, a los treinta y seis, se sintiera inclinada a protegerlo a él. Tampoco hizo gran cosa Monty en el cine tras The Misfits, y murió envejecido prematuramente a los cuarenta y cinco años, en el verano del 66. Por el contrario, Eli Wallach (Guido) sigue vivo y en activo; cumplirá cien años en 2015.


Gay ha dejado escapar al último caballo justo después de haberlo atrapado de nuevo, y exhausto, sentado en el estribo del camión, maldice a los que «han cambiado esto: lo han envenenado todo y lo han manchado todo con sangre». «Para mí ha terminado», añade. «Es tanto como estrangular un sueño. Hay otra manera de seguir viviendo, si es que queda alguna todavía». Podrían ser mis propias palabras.

12 comentarios:

Francisco Machuca dijo...

Un gran post para una película grande, amigo Juan. El viejo John fue un todoterreno. Aquí tuvo que enfrentarse a tres ruinas de actores. Entiéndeme, ruinas por la devastación de las drogas. Marilyn ya era una muñeca derruida. Venía de los brazos cada vez más cansados de Arthur Miller (la peli está basada en uno de sus relatos). Llegaba al rodaje atiborrada de pastillas, sin ducharse, con el pelo grasiento y todo daba a entender que estaba en el tramo final con vistas ya al abismo. Clift con el rostro partido por la cicatriz de un accidente de automóvil, neurótico, alcoholizado, a punto de reventar como los caballos salvajes que llenaban la pantalla. Pero el primero en morir, apenas terminado el rodaje, fue Gable, al que se le reventó el corazón. Poco después el nembutal terminó con Marilyn mientras balanceaba hasta el pie de la cama el cordón del teléfono de la última llamada sin respuesta, que dio origen a la leyenda del asesinato. Clift no tardó en acompañarle. Para mí Vidas rebeldes son estas dos historias indisociables que es lo que la hace una obra maestra del celuloide y trágica en lo que respecta a la historia del cine.

Es tanto lo que se puede decir sobre este filme,sus actores y su director que no acabaríamos nunca y eso es lo bueno.¿No crees?

Un fuerte abrazo.

V dijo...

Me agarro ala última frase de Machuca. Yo que suelo pensar que sobre films como este está ya todo dicho, descubro, amigo Juan, que no.
El otro día sostenía una conversación sobre el tema y este texto espléndido es la respuesta.
Lo que de verdad me gustaría tras leerte es ser un primerizo que no sabe quien son esos tres y verlo por primera vez.
Como no es el caso, terminaré diciendo que muchos coinciden en que este film se rodaba 24 horas al día, ya que lo que sucedía delante y detrás de la camara en ocasiones no variaba mucho. Ese es el drama de este film, que por mucho que Huston dijera "corten" la tragedia a flor de piel continuaba. Enhorabuena y un abrazo

Juan Herrezuelo dijo...

FRANCISCO MACHUCA: Son dos historias en una película, y siendo tan crepuscular la ficticia, la verdaderamente triste fue la real. El relato de Arthur Miller es magnífico: transcurre durante un día, desde el final de la noche en que los tres vaqueros van despertando en el campamento hasta la caída de la noche siguiente, en que los hombres se han ido y el relato se centra en los caballos, atados en el desierto, inmovilizados en medio de la oscuridad. Eso no puede filmarse, y resulta realmente bello y estremecedor.

Juan Herrezuelo dijo...

V: Nadie debió de sufrir tanto como Marilyn, pues había soñado con un papel escrito para ella por un hombre que la amaba, ese papel que le diera sentido a su carrera de actriz después de haber deseado tanto un papel como el de la Grúshenka de "Los hermanos Karamazov", por ejemplo. Pero Miller acabó llenando el personaje de detalles íntimos, que a ella le hería leer, aprender y repetir ante la cámara: Miller no creó un personaje para ella, desnudó el carácter de Norma Jeane, y además, como un puro torturador, reescribía los diálogos cada día: nada podía confundir más a Marilyn, tan insegura, tan frágil.

Belkys Pulido dijo...

No he visto esta película, sin embargo, es encantador leerte. Veo pocas de estas películas, algo en mí se resiste a ese blanco y negro. alguna vez hice terapias inducidas por dos filmes especiales Bella de noche con C. Deneuve y La gata sobre el tejado de zinc, desde entonces algo en mí rechaza esas existencias abatidas. La catarsis ya pasó. Ese abatimiento que sobrecoge a todos los que escriben y sufren por sí y por los otros, quizás es eso lo que intento disipar. Pero leo con gusto tu propuesta.

Juan Herrezuelo dijo...

BELKYS: Escrita por Arthur Miller no podía ser sino una historia pesimista, una historia de derrota, de desengaño. Las obras de Tennessee Williams también lo son, aunque no es extraño que se permita un final esperanzador: esta película tiene algo que me recuerda a otra también de John Houston, “La noche de la iguana” Yo reconozco que encuentro acomodo muy fácilmente en este tipo de películas del desencanto, aunque no en las del abatimiento, como dices. En esta no hay abatimiento: el viejo vaquero reconoce finalmente aquello que decía Steve Mcqueen en Los siete magníficos: Hay veces que o te doblegas con el viento o te quiebras.

José Luis Martínez Clares dijo...

Una entrada maravillosa, amigo Juan. Hace poco decía que me gusta leer de cine y sobre cine... me refería a esto exactemente. Un título para la historia. Un canto de cisne colectivo. Un ocaso que nos alcanza todavía.
Abrazos

Juan Herrezuelo dijo...

JOSÉ LUIS MARTÍNEZ CLARÉS: Me parece muy bella y acertada esa definición de "canto de cisne colectivo". Desde luego lo fue para los tres actores protagonistas y para la relación entre Monroe y Miller. Estos días he escuchado mucho la banda sonora de Alex North, que junto con ese predominio de los grises en la fotografía de blanco y negro ayudan a crear la sensación de algo que se acaba: una vieja manera de hacer cine, por ejemplo. Un abrazo.

abril en paris dijo...

Me resito a volver a esa historia y me lo he propuesto muchas veces pero algo parecido a la angustia me detiene. Mejor sería no conocer el destino de esos tres..verlo como de nuevas, sin mezclar realidad y ficción.
Aguardo el momento y el estado de ánimo propicio. Mientras tanto he disfrutado muchisimo con tu texto, Juan.

Besos

Juan Herrezuelo dijo...

ABRIL: A mi me pasa con todas las películas de Montgomery Clift, que es mi actor favorito pero solo por la primera mitad de su carrera; después me resulta muy inquietante, muy alejado de todo. Qué perdido está en "De repente el último verano", qué fuera de lugar en "Río salvaje"...

Isidre Monés dijo...

Grande y revelador tu análisis de la película y los actores.
Poco sabía de sus peripecias en en el rodaje, aunque sobre la pelicula sobrevolaba el drama.
Recuerdo que cuando la vi, me sorprendió la actuación del Gable
El Monty era un producto del "Actors Studio" un poco cargante,(como lo eran el Brando y el Dean,insufrible de viejo rico en Gigante, alguien tenía que decirlo)
La Monroe, tambien había pasado por el Actors, pero se le notaba menos, y el Gable era un viejo actor, más a la antigua usanza, poco teatrero pero al tiempo poco expresivo, aqui no parecía el mismo, para bien, quien sabe que hubiera podido hacer de vivir unos años más?
GRacias de nuevo Juan

Anna Genovés dijo...

Un film delicioso. Quizás me tocó la fibra sensible porque soy un inadaptada. Pero, sobre todo, me llamó la atención que, en poco tiempo, los tres se despidieron de este mundo.

Saludos, Anna