viernes, 23 de diciembre de 2016

El Mesías de Händel, la Palabra se hizo música


La Orquesta Ciudad de Almería, dirigida por el gran Michael Thomas, había interpretado ya en otras ocasiones El Mesías de Händel como concierto de Navidad, acompañado siempre no solo por el Coro de la OCAL sino por una pluralidad de coros de la provincia, pero hasta este año la suerte me había sido esquiva y no había podido asistir. Mi primer Mesías ha llegado, en cualquier caso, en el momento más oportuno, bajo circunstancias personales que cargaban la ocasión de una emotividad irrepetible, pues este 22 de diciembre de 2016 alguien muy próximo a mí, a quien quiero mucho, ha visto cumplido un sueño largamente acariciado: participar en la inmortal obra de Händel, ser una más de las voces que desde un coro, y junto con los instrumentistas de una orquesta, obran el prodigio de armonizarse para convertir en música sublime las palabras que para ella tanto significan; ser una voz más en esa voz de “una gran multitud” que el autor del Libro de las Revelaciones, o El Apocalipsis, dijo haber oído “como estruendo de muchas aguas, y como la voz de grandes truenos, que decía: ¡Aleluya, porque el Señor nuestro Dios Todopoderoso reina!” (Ap. 19:6). Enhorabuena, Eva.

Desde luego, no hace falta ser creyente ni saber inglés para emocionarse con este oratorio, pero a través de ella, de Eva, sé que si al amor por la música clásica se le suman esas otras dos condiciones el resultado es una experiencia que trasciende lo corpóreo, que le añade nuevos sentidos a los sentidos conocidos y permite el acceso a dimensiones de espiritualidad que los demás, al menos por ahora, únicamente podemos tratar de imaginar y a veces, en breves destellos de intuición, rozar con la consciencia. Escribe el musicólogo Martín LLade que en la introducción a la primera edición de Messiah, posterior a la muerte de Georg Friedrich Händel, “se señala lo que puede ser el propósito del oratorio, recrear que «En Dios está todo el tesoro del conocimiento y la sabiduría». De modo que la fe en Cristo concede a quien escucha El Mesías la facultad de fundirse con la voluntad del compositor, quien en tan solo tres semanas de arrebatado, extenuante e inspiradísimo trabajo convirtió en música el libreto de Charles Jennens, una selección de textos del Antiguo y del Nuevo Testamento con un hilo argumental: el anuncio profético de la venida del Mesías, la Pasión, Muerte y Resurrección de Cristo, el Juicio Final y la victoria sobre la Muerte y el Pecado.

Stefan Zweig incluyó la composición de El Mesías entre los Momentos estelares de la humanidad, esas pocas ocasiones, dice el escritor vienés en el prólogo de su libro, en que la Historia ve alterado el curso de trivialidades con que se desarrolla y concentra en un instante el equivalente a muchos acontecimientos, de la misma forma que la naturaleza concentra en la punta del pararrayos “la electricidad de toda la atmósfera”. Como una nación necesita engendrar millones de hombres y de mujeres para que nazca un genio, así “han de transcurrir millones de horas inútiles antes de que se produzca un momento estelar de la humanidad”; pero cuando aparecen -el genio y el momento estelar-, perduran en el tiempo y marcan un rumbo durante siglos.

Zweig lo explica así: en agosto de 1741, con 56 años, Georg Friedrich Händel se siente derrotado. Para asombro de los médicos, ha logrado recuperarse milagrosamente de una apoplejía que cuatro años antes le había dejado paralizada la mitad de su enorme cuerpo. Ha sido el anhelo de volver a componer lo que le ha dado energía a su voluntad de curarse. Una vez restablecido, había escrito tres óperas y dos oratorios, pero una serie de circunstancias ajenas a las obras mantuvieron los teatros vacíos. Es, pues, un hombre vencido y endeudado, y cae en un profundo desánimo creativo. El día 21 de ese mes de agosto recibe el libreto para otra obra, firmado por el autor de sus dos últimos oratorios. Händel lo toma como una afrenta, y ni siquiera lo abre. Se acuesta, pero no puede dormir. Al fin sale de la cama y acerca el candelabro a las hojas que ha recibido. El Mesías. Otro oratorio. Y lee las primeras palabras: Comfort ye my people, Consolad a mi pueblo. Y algo despierta en él, como en respuesta a una llamada; y en seguida va surgiendo la música en su mente, acompañando a las palabras que sigue leyendo conmovido y que anuncian al que ha de venir, según proclamaron los profetas: un fuego purificador, la luz que llega para iluminar a quienes habitaban en las sombras de la muerte. Y en el desprecio que sufre el Cordero de Dios por parte de los hombres está también el desprecio del que él mismo es objeto; y la Resurrección, ¿no es, de algún modo, su propia resurrección? “The Lord gave the Word”: el Señor le había concedido la palabra a Jennens, y a él le instaba a elevarla con su música, a extenderla por toda la Tierra, a eternizarla a través de la belleza…

Aquella misma noche empieza a trascribir la música en los pentagramas, y sigue haciéndolo a la mañana siguiente, y por la tarde, y en la mañana y la tarde de los días sucesivos, sin interrupción, ajeno a los acreedores que llaman a su puerta, a las solicitudes de cantantes, a las reales invitaciones, hasta que el 14 de septiembre da la obra por terminada. Acaba de ganar la inmortalidad. Un momento estelar ha brillado “sobre la noche de lo efímero”. El Mesías se estrena el 13 de abril del año siguiente, en Dublín, y el éxito es absoluto. Otro 13 de abril, el de 1737, Händel había sufrido el ataque de apoplejía, y el maestro querrá también morir un 13 de abril, en 1759, cuando, enfermo y ciego, después de dirigir por última vez su Messiah en Londres, como había hecho cada año por Pascua, y cada año destinando los ingresos a fines benéficos –no quiso ganar dinero con aquella obra-, se siente indispuesto y es conducido a su casa. Vivirá, sin embargo, hasta las primeras horas del día 14.

El eco de aquel lejano momento estelar en que nació una de las obras cumbres de la música volvió a resplandecer, solemne, excelso, enaltecedor, la noche del pasado día 22, en el Auditorio Maestro Padilla de Almería, bajo la dirección de Michael Thomas.

Y Eva cumplió su sueño de cantar El Mesías de Georg Friedrich Händel.


Más allá del Hallelujah”: "For unto us a Child is born" (Parte I). King's College, Cambridge Choir. Porque un niño nos ha nacido, un hijo se nos ha dado. Lleva sobre Él el poder de gobernar, y su nombre es: Maravilloso, Consejero, Dios Todopoderoso, Padre Eterno, Príncipe de la Paz (Isaías, 9:6)


FELIZ NAVIDAD

viernes, 16 de diciembre de 2016

Rayuela, primera edición


Hace un par de años, mi gran amigo Miguel me dejó sin palabras al regalarme de pronto, al finalizar un acto celebrado con motivo del Día de las Librerías, su primera edición de Rayuela (Editorial Sudamericana, Buenos Aires, 28 de junio de 1963). Gratitud, esa palabra tan grande, se quedó en esta ocasión muy pequeña para expresar mis sentimientos ante un gesto como aquél. Miguel compró el libro en la capital de Argentina tiempo atrás, en una librería de lance. Le falta la portada, y Miguel imaginó una posible razón para ello: su primer propietario la habría arrancado cuando la dictadura argentina puso en su lista negra a Julio Cortázar y prohibió que se leyera su obra: incapaz de desprenderse de un libro que amaba, aquel desconocido tal vez creyó que hacer desaparecer su famosa portada en negro bastaba para disimular su identidad.

Rayuela es el libro que yo más amo, de modo que tener una primera edición está más allá de lo que me es posible explicar con palabras. Esta novela/contranovela de Cortázar es para mí, desde hace treinta años, una especie de «biblia», no un libro sagrado, entiéndase, no un libro en mayúscula que contenga la palabra de una divinidad o que pretenda imprimir en mi carácter unas creencias o unas normas de conducta. Es mi biblia por la forma en que he seguido leyéndola estos años, ya no pasando de un capítulo al siguiente o de acuerdo con el tablero de dirección situado al comienzo (eso ya lo hice tres veces), sino abriendo por cualquier sitio, al rayuelesco azar, o buscando un pasaje determinado como quien busca (sí, supongo que es así) un versículo, porque me ronda la cabeza y quiero comprobar su literalidad, o simplemente como quien quiere escuchar de nuevo una pieza musical: Rayuela es música tanto como literatura.

Llegué a ella muy joven, después de una apasionada iniciación en la lectura que comenzó más o menos a los diez años y me llevó a devorar en los siete u ocho siguientes libros de aventuras primero y de detectives después. En ese proceso evolutivo de mi vida como empedernido lector, a Raymond Chandler le sucede Vázquez Montalbán y a éste, en algún momento, Cien años de soledad: la novela de García Márquez me fascinó completamente, y al abandonar Macondo quise saber más sobre literatura hispanoamericana. En algún sitio leí que el otro libro más significativo de aquello que se llamó el boom era Rayuela, de Julio Cortázar. Acudí a sus páginas esperando la misma exuberancia expresiva del colombiano, los asombrosos prodigios del realismo mágico, pero me encontré con un libro muy diferente y bastante más complejo. En la biblioteca pública de mi ciudad (seguramente en depósito ya, tampoco la edad de los libros perdona) ha de estar el ejemplar en el que fracasó aquel primer intento de leerla. Pero persistí en Cortázar: adquirí una recopilación de cuentos suyos y ahí sí, ahí ocurrió el deslumbramiento, la revelación, la caída del caballo, si se quiere: a los muy cortazarianos se nos ha tildado alguna vez de adeptos, creyentes, devotos o feligreses de su obra; bueno, será así.

La portada perdida
Fue entonces cuando apareció en los kioscos una colección de grandes obras literarias contemporáneas con el sello de Seix Barral, o para ser más exactos, dos colecciones casi simultáneas: ambas en el momento justo, al menos para mí. Rayuela fue el número 4 de la colección encuadernada en rústica y de color digamos crema pálido, con la firma de cada autor reproducida con letras doradas en la portada. Fue mi primer ejemplar de Rayuela, y con el tiempo me vi obligado a protegerlo con un forro trasparente y adhesivo sólo perceptible en el lomo, donde la curvatura cóncava del uso ha dejado el plástico un poco ahuecado. Al deslumbramiento de los relatos le siguió el de la novela, más acentuado aún porque venía acompañado del desconcierto, porque aquel libro me invitaba a formar parte del proceso de su composición, porque no parecía haber una historia que fuera intrigando al lector con su desarrollo, sino la negación de todas las demás maneras conocidas de contar quién sabe si una historia o varias embarulladas, donde estaban reunidos el juego y la filosofía, el humanismo y el humorismo, donde cada capítulo tenía mucho de fragmento autónomo dentro de una estructura narrativa libérrima, y a uno en tercera persona le sucedía otro en primera, o una carta, o lo que parecía una escena erótica en un idioma inventado, o un bellísimo poema en prosa que leí una y otra vez hasta aprender de memoria, toco tu boca toco el borde de tu boca, o un texto que alternaba una línea de Pérez Galdós con otra en la que el protagonista de Rayuela iba censurando para sí el tipo de novelas decimonónicas españolas que leía su amante; capítulos donde se hablaba tanto de jazz y de buhardillas parisinas, donde moría un bebé, bebé bebé Rocamadour, donde se reflexionaba sobre el propio acto de escribir y de cómo “escribir contra el capitalismo con el bagaje mental y el vocabulario que se derivan del capitalismo es perder el tiempo”, y se hablaba de “incendiar el lenguaje” y de ruptura con los elementos expresivos conocidos, y también de ritmo, de un balanceo rítmico al escribir: se hablaba del swing.

En ese ritmo narrativo-poético netamente musical, en esa libertad jazzística con que Cortázar deja sonar su prosa, en la complicidad que busca lograr por parte de quien abra el libro, en el encuentro con un lector que penetre la obra y no se deje dócilmente penetrar por ella…, en todo eso y en mucho más radica mi especial relación con Rayuela. Con los años compré otra edición, la de Cátedra, con introducción y notas del Andrés Amorós, y en mi vigésimo sexto cumpleaños, tal y como figura en la dedicatoria, otro buen amigo me hizo el regalo de la edición definitiva, la Rayuela total: de la Colección Archivos, bajo los auspicios de la Unesco, editada a partir de un acuerdo multicultural de investigaciones y co-edición adoptado por varios países europeos y latinoamericanos, en edición crítica coordinada por Julio Ortega y Saúl Yurkievich: un libro que contiene no sólo la novela tal y como Cortázar la dio a la imprenta, sino aquellos otros tanteos que dejó reflejados en el manuscrito que se conserva en la Universidad de Austin, Texas, y el famoso Cuaderno de bitácora, o diario de trabajo, que Cortázar regaló a Ana María Barrenechea y ésta editó en copia fotostática, y cinco capítulos descartados en la versión final de Rayuela (incluido el revelador de “La araña”, que estaba destinado a jugar un papel importante en el libro) y casi una treintena de estudios  sobre la obra. Curiosamente, leída hace tiempo la novela en los tres ejemplares, el que sigo manejando para las lecturas y relecturas constantes que llevo a cabo es el primero, con mis anotaciones y mi propia guía de lectura y alguna que otra foto metida entre las páginas y un billete de autobús de Santander que no recuerdo cómo llegó allí pero que en su interior sigue acogido.

Eso sí, aún no lo he leído en su primera edición.

 Julio Cortázar fotografiado por Sara Facio

miércoles, 14 de diciembre de 2016

2016, entre la astronomía y la ciencia ficción (II)

Sin que se haya resuelto aún el misterio de la estrella KIC 8462852 –conocida ahora como Tabby, la estrella más extraña de la galaxia, la que podría estar envuelta por una “megaestructura extraterrestre”-, las noticias sobre posibles señales emitidas por civilizaciones alienígenas son cada vez más frecuentes en la prensa digamos “seria”, para estupor de muchos, y siempre con la subsiguiente multiplicación en los canales alternativos: una potente señal de radio procedente de la estrella HD164595, a 95 años luz de la Tierra, captada por un radiotelescopio ruso, fue tildada de “hallazgo inquietante”. De esto se habló en agosto; en octubre fueron noticia las 234 señales de “inteligencias extraterrestres” detectadas por dos astrónomos canadienses que defienden la posibilidad de que otras civilizaciones estén enviando hacia la Tierra pulsos de láser.

The ExoMars 2016 Mission Imagen ESA


Nunca ha parecido tan alcance del hombre el descubrimiento de vida extraterrestre, o tan obcecado el empeño en encontrarla: la misión ExoMars, un proyecto interplanetario de astrobiología impulsado conjuntamente por la Agencia Espacial Europea y la Rusa, destinado a buscar vida en Marte, entró en una fase de incertidumbre cuando el módulo de descenso se estrelló contra la superficie marciana el pasado 19 de octubre a causa de un error informático. Un mes antes, China puso en funcionamiento el mayor radiotelescopio del mundo, cuyo cometido será buscar “radioemisiones procedentes de estrellas en rincones hasta ahora inalcanzables del Universo y detectar posibles señales de vida extraterrestre”. 

Por otro lado, Stephen Hawking, Mark Zukerberg y un multimillonario ruso, físico teórico, apoyan una aventura de la NASA sumamente excitante que tiene como objetivo un exoplaneta llamado Próxima b, sin duda el primer mundo perteneciente a otro sistema solar al que llegará el ser humano. Próxima b, un planeta rocoso y probablemente cubierto de océanos, orbita la estrella más cercana a nuestro Sol, Próxima Centauri, y a pesar de su vecindad es inobservable a simple vista en el cielo nocturno al tratarse de una enana roja. Los 4,5 años luz que nos separan de él son un ahí mismo si se compara con los 1.400 que dista el que hasta ahora era el mundo más parecido al nuestro. Con la tecnología actual se tardaría entre 30.000 y 75.000 años en llegar a él, pero el proyecto que se desarrolla permitiría, al menos en teoría, cubrir la distancia en tan solo 20 años mediante nanonaves impulsadas por luz láser.

Impresión artística de Próxima b junto con el sistema Alfa Centauri. EL PAÍS


KIC 8462852, o Tabby, volvió a ser noticia en octubre: no solo experimenta eventos muy breves, intensos y aleatorios de pérdida de brillo, sino que además ha ido oscureciéndose poco a poco en estos cuatro años en que se le ha ido observando a través del telescopio espacial Kepler. El Departamento de Astronomía de Berkley va a proceder a un escaneo masivo de la estrella con el mayor radiotelescopio dirigible de la Tierra y a través de cientos de millones de canales de radio individuales. Respecto al aún invisible Planeta 9, que no orbitaría en el mismo plano que el resto de sus compañeros del Sistema Solar, sino con una inclinación de 30 grados, se ha planteado hace poco que sería el causante de una rara inclinación del sol, cuyo eje presenta un ángulo de 6 grados en relación con la perpendicular al plano orbital de todos los demás planetas, y por tanto de un tambaleo del sistema solar, fenómeno que se conocía pero para el que hasta ahora no había ninguna explicación.

Hasta aquí solo una parte de las noticias de astronomía más sorprendentes que se han divulgado en lo que llevamos de año. Salvo excepciones, he omitido nombres de observatorios, de astrónomos, de institutos de astrofísica. También me he ceñido a lo que cualquiera ha podido leer en medios como ABC, El País, Europa Press, La Vanguardia, Público o sus equivalentes internacionales, dejando de lado las fértiles, excitantes y a menudo aterradoras interpretaciones que se hacen en canales más osados –las llamadas teorías de la conspiración-, y que dan unas explicaciones muy distintas de todas estas informaciones que parecen tener un pie en la ciencia ficción pero que se mezclan con la información política, la deportiva, la cultural, la de sucesos, la crónica social… 

En un mundo tan manifiestamente tramposo, quién sabe si en el fondo no estaremos en los preparativos del mayor engaño de toda la historia, hipótesis que incluye también la muy comentada noticia de la famosa orden ejecutiva del presidente estadounidense Barak Obama, de 13 de octubre, publicada en la web de la Casa Blanca, en la que se disponía una serie de medidas encaminadas a preparar al país para eventos de clima espacial de carácter inminente (“impending space weather event”), tales como llamaradas o erupciones solares y perturbaciones geomagnéticas, con el fin de reducir al mínimo sus efectos. Tal orden ejecutiva, que incluye plazos concretos para cada una de las acciones a llevar a cabo, implica a departamentos gubernamentales, instituciones científicas, NASA,  y agencias federales.

Llamarada solar

Para terminar, el 20 de noviembre la prensa se hacía eco de una teoría asombrosa: según el astrofísico estadounidense Caleb Scharf, si no encontramos vida extraterrestre es tal vez porque el Universo entero no es otra cosa que "el cerebro de una raza alienígena hiperavanzada".

Ahora, cuando falta tan poco para que finalice este año, lo que cabe preguntarse es qué nos deparará el que está próximo a empezar en relación con nuevos descubrimientos astronómicos. Nada más excitante que tratar de imaginarlo…

domingo, 11 de diciembre de 2016

2016, entre la astronomía y la ciencia ficción (I)

Tras las puertas cerradas, el Loser ha sido durante buena parte de este año no el blog&bar donde tan gustosamente se habla de literatura, de cine, de música o de fotografía, sino casi un club de ciencia, un pequeño club de un solo socio y algún amigo con el que desahogarse, porque las noticias que iban apareciendo en los periódicos desde enero dando cuenta de asombrosos descubrimientos astronómicos despertaban en quien esto escribe una fascinación muy superior a la de cualquier novela o película.

Antes de que se cumpliera el primer mes de este extraño –en tantos sentidos- 2016,  les mencioné a un par de amigos tres de esas noticias: a mediados de enero supimos que seguía abierto el caso de la estrella KIC 8462852, a cuyo alrededor podría haber, según publicaron sin rubor, en octubre de 2015, los medios de comunicación más ortodoxos, una 'megaestructura extraterrestre'. El Telescopio Espacial Kepler había observado que esta estrella, a casi 1.500 años luz de distancia, experimentaba atenuaciones de su brillo a intervalos no regulares -es decir, no provocadas por la órbita de un planeta-, sino con parpadeaos impredecibles. Se barajaron algunas hipótesis, pero ninguna encajaba; en enero, como digo, los astrónomos concluyeron que tampoco era verosímil la explicación dada el mes anterior de que se trataba de una densa nube de cometas. La otra interpretación es desatinada, pero no totalmente descartable: ¿es posible que se trate de una civilización tan por delante de la nuestra que encajase dentro del Tipo II en la escala Kardashov, es decir, una civilización capaz de aprovechar toda la energía de su estrella? ¿Estaría ese oscurecimiento irregular provocado por una formidable matriz de colectores solares que envolvería a KIC 8462852?

 Planeta 9 Ilustración. Image Credit: Caltech/R. Hurt (IPAC-NASA)

También en enero se detectó un noveno planeta en el sistema solar, el legendario Planeta X, un mundo gigante y helado mucho más allá de la órbita de Plutón que giraría alrededor del Sol una vez cada 15.000 años, y cuya existencia se ha “deducido” a partir del comportamiento orbital de los planetas enanos descubiertos recientemente en los confines del Sistema Solar: es decir, no se ha observado directamente, se ha llegado a la conclusión de que existe estudiando las perturbaciones orbitales que provoca. Aquí cabe tener en cuenta que en los últimos años se han descubierto más de 2.000 planetas extrasolares, la mayoría gigantes gaseosos: ¿cómo es posible que se hayan descubierto esta cantidad de planetas remotos, girando alrededor de otras estrellas, antes que un planeta descomunal dentro de nuestro mismo sistema?

El tercer caso que les expuse a mis amigos fue el de la supernova más brillante de la Historia, la ASASSN-15h, doscientas veces más brillante que una supernova normal, una explosión estelar ocurrida hace 3.800 millones de años, 570.000 millones de veces más brillante que nuestro Sol y veinte veces más brillante que todas las estrellas juntas de la Vía Láctea, ¡100.00 millones de estrellas!

A mí todo esto ya me parecía alucinante, y se lo escribí así a mis amigos, añadiendo esta pregunta: ¿Qué nos deparará este 2016, si vamos por este camino?

Pues bien, apenas diez días después, el mundo supo que habían sido detectadas por primera vez  las ondas gravitacionales cuya existencia predijo Einstein hace 100 años, un acontecimiento histórico con el que una nueva era de la astronomía comenzaba: una nueva ventana para mirar –para escuchar, más bien- el Universo, ondulaciones del espacio-tiempo producidas por acontecimientos muy violentos ocurridos en algún lugar del Cosmos, vibraciones miles de veces inferiores al diámetro de un cabello humano que permitirán estudiar objetos hasta ahora invisibles, pues dotan a la humanidad de un nuevo sentido para explorar ese Universo del que solo conocemos un 5%.

Recreación de dos agujeros negros a punto de fusionarse,
origen de las ondas gravitacionales detectadas

Esa nueva astronomía gravitacional aún tardará en desarrollarse. Mientras, la astronomía moderna, la que inauguró hace 400 años Galileo al apuntar hacia el cielo con un primitivo telescopio y hoy dispone de telescopios espaciales y de sofisticados radiotelescopios, nos ha permitido descubrir este año un pequeño asteroide, una “segunda luna”, le han llamado, que lleva casi un siglo girando alrededor de la Tierra, de entre 40 y 100 metros de diámetro, que seguirá  siendo compañero de la Tierra muchos siglos más pero “nunca se alejará más de cien veces la distancia de nuestra Luna y nunca se acercará a menos de 38 veces esa distancia”, han dicho. Otro asteroide, de 25 a 55 metros de diámetro, pasó rozando la Tierra –a menos de la cuarta parte de la distancia a la Luna- el 28 de agosto, tan sólo un día después de ser detectado...


viernes, 9 de diciembre de 2016

La sombra centenaria de un gigante

Mi padre tuvo en su juventud un amigo que era el vivo retrato de Kirk Douglas. Recuerdo haber visto una fotografía, en tonos sepia y con un marcado doblez en una esquina, donde el parecido quedaba patente: el mismo rostro, el mismo pelo, la misma intensa mirada; todo, menos el hoyuelo en la barbilla. En aquella Castilla rural de los años cincuenta, una semejanza tan notable con una estrella del cine americano debió de significarle de algún modo entre todos los muchachos de su quinta, y él, que por sí mismo podía constatar el parecido mirándose al espejo, lamentaba la ausencia del hoyuelo. Con 17 ó 18 años creyó que sería posible hacérselo con un alfiler, removiendo en la zona durante días, y al final, como era previsible, no logró otra cosa que provocarse una herida que tardó en curar. Aquel amigo de mi padre murió hace varios años, y la vieja foto se perdió. Sé que cosas así actúan en nuestro inconsciente a la hora de determinar preferencias, por eso apostaría a que la historia influyó para que Kirk Douglas haya sido desde siempre el actor favorito de mi padre. Eso y su inmensa estatura como actor, naturalmente, aquel magnetismo incontestable, su vigorosa presencia, su fuerza interpretativa, la intensidad con que ha dado vida a personajes de toda condición.

Sobre estrellas cinematográficas de su magnitud solo se escriben, desde hace muchos años, elogiosas necrológicas cargadas de nostalgia; sin embargo, todo lo que hubiera servido para recordarle en su fallecimiento se escribe estos días para conmemorar su centésimo cumpleaños. Alguno de aquellos titanes del cine americano clásico tenía que ser el último, y la naturaleza ha seleccionado a Douglas para preservarlo algo más de tiempo como testigo de un arte ya desaparecido. Por jugar con el título de una de sus películas, la sombra centenaria de un gigante se posa hoy sobre una industria más volcada que nunca en una consideración que el cine siempre tuvo presente, pero que hoy es prácticamente lo único que persigue: el entretenimiento.

Si se cierran los ojos y se piensa en Kirk Douglas, la memoria proyecta una casi ilimitada cantidad de imágenes, en blanco y negro y en color, de entre las que yo tomo dos, las dos que me pasan en este preciso instante por la cabeza: el rostro requemado por el sol de Espartaco mirando alternativamente a la esclava Varinia, con ternura, e inmediatamente, ahora con infinita rabia y dureza, al entrenador de gladiadores: los labios apretados, la mirada incendiaria, el mentón pétreo. Otra imagen, completamente distinta: Douglas conduce un coche por la autopista, entra en un túnel, dos grandes camiones circulan a un lado y a otro de su pequeño auto y él aparta poco a poco las manos del volante: es El compromiso, de Elia Kazan, y su interpretación está forjada en un registro completamente distinto.

Cuenta la historia –lo cuenta él en su autobiografía- que mientras se discutía qué nombre iba a figurar en los créditos de Espartaco como responsable del guión, en lugar del de Dalton Trumbo, castigado a pena de clandestinidad por el macartismo, Stanley Kubrick, el director, propuso sin rubor el suyo. Fue tal la indignación de Kirk Douglas, productor de la película, que aquella noche decidió que ya era hora de terminar con la lista negra, y que sería el propio Trumbo quien firmase por fin públicamente su propio trabajo. En una de las escenas más emocionantes de toda la historia del cine, los supervivientes del poderoso ejército de esclavos y gladiadores que puso en jaque al Imperio Romano durante meses quieren proteger a su líder de la ira de Marco Licinio Craso, arrogándose uno a uno la identidad de Espartaco –I am Spartacus!-. Pero solo uno lo era, y solo una estrella del firmamento del viejo Hollywood -con permiso de Olivia de Havilland- brilla aún con vida en sus asombrosos cien años.

Inmenso Kirk Douglas; inmenso Issur Danielovitch Demsky, el hijo del trapero.