-¿Sabes?, eres un poco complicada, después de todo.
-¡Oh, no! –se apresuró a asegurarle-. Realmente no lo soy. Sólo soy… Sólo soy una suma de muchas personas diferentes, muy sencillas todas ellas.
SUAVE ES LA NOCHE
F. Scott Fitzgerald (1896-1940)
Hace unos meses releí, más de
veinte años después de mi primera lectura, la novela Suave es la noche,
de Francis Scott Fitzgerald. Fue una experiencia totalmente
distinta, para empezar porque tuve la osadía de leerla en inglés (ayudado, eso
sí, por dos traducciones diferentes y un diccionario): quería oír la voz
de Fitzgerald, la música de su prosa. Además, sabía mucho más de su
autor y mucho más acerca de cómo se fue escribiendo esa novela, y, en
definitiva, yo no era la misma persona de aquella primera vez.
Suave es la noche es un ejemplo perfecto de esa
segunda novela que hay en muchas novelas: la de las vicisitudes por las que fue
atravesando para llegar a existir. Scott Fitzgerald había
publicado tres novelas de éxito entre 1920 y 1925; tenía veintinueve años y se
había convertido, junto con su mujer, Zelda, en un icono de su
generación y de su tiempo, la llamada Era del Jazz, una era, como él mismo
escribió, de milagros, de arte, de excesos y de sátira. Proyectó la que sería
su cuarta novela tras acabar El gran Gatsby, publicada en 1925:
sería algo “verdaderamente nuevo en forma, idea y estructura”. Pero Suave
es la noche no vio la luz hasta 1934, nueve años después. Para
entonces era una obra muy diferente a la imaginada en un principio, y muchas
cosas habían cambiado también en su vida y en su país: la desenfrenada
década de los veinte, que había comenzado al tiempo que Zelda y Scott se
casaban y asumían como propio ese feliz desenfreno, se vino abajo abruptamente
muy poco antes de que ella ingresara por primera vez en una clínica mental: la
fiesta había terminado.
Se ha escrito que ese retraso de nueve largos
años fue motivado por la ambiciosa búsqueda de la perfección, por el éxito
de Hemingway durante ese mismo período, por el exceso de
alcohol y por la necesidad de costear los tratamientos psiquiátricos de Zelda con
el dinero que obtenía de la venta de sus relatos. Tuvo varios títulos iniciales
(Our Type en 1925, The World`s Fair al año
siguiente) y una idea generadora: el matricidio. El protagonista, Francis
Melarky, un técnico de Hollywood que parece inspirado en la figura de Edgar
Allan Poe, mata a su dominante madre enfurecido por sus ofensas. No
obstante, cuando a finales de 1925 se publica con enorme éxito Una
tragedia americana, de Theodor Dreiser, cuyo argumento descansa
también sobre un crimen, Scott detecta ciertas similitudes con
su historia y se desanima. En una carta le había indicado a su editor que la
novela trataba, por un lado, de “un asesinato intelectual a la manera de Leopold y Loeb”,
pero también “sobre Zelda y yo y la histeria en París en mayo
y junio pasado”. Durante esos meses a los que se refiere, los Fitzgerald frecuentaron
en el sur de Francia la casa de los adinerados y elegantes Gerald y Sarah Murphy,
quienes sirvieron de modelo para un primer bosquejo de los personajes Seth y
Dinah Piper. A Melarky le fascina la personalidad de Seth, hasta el punto de
que poco a poco le cede todo el protagonismo y él pasa a ser en los siguientes
borradores un mero observador. Baraja otros títulos (The Drunkard´s Holiday y Doctor
Diver´s Holiday: A Romance) e introduce el tema de la locura aprovechando
los conocimientos que adquiere en su trato con los médicos de Zelda.
Cuántas veces he tratado de
imaginar la tortura de Fitzgerald ante su incapacidad para
acabar esta novela: esta dilación, la bebida y la enfermedad de Zelda estaban
fraguando su ruina y él no podía saberlo. En 1932 se decide por el titulo final, Tender is the
Nigth; Seth y Dinah Piper son ya protagonistas absolutos con los nombres de
Richard y Nicole Diver, y el tema del matricidio es abandonado definitivamente:
en su lugar, la novela pasa a ser una exploración del “problema insoluble del
encanto personal”, es decir, de la capacidad de seducción, y de cómo la
necesidad obsesiva de complacer a los demás conduce a la perdición: Dick Diver,
un psiquiatra idealista y de brillante porvenir, se casa con una joven y rica
paciente suya, y en el curso de la nueva vida que inician juntos va
transfiriendo su energía y su integridad no sólo a Nicole sino a todos cuantos
se acercan a él fascinados por sus cualidades, de tal modo que pierde
progresivamente su magia y acaba convertido en un hombre vacío: esto es, en
esencia, Suave
es la noche.
Cuando por fin se publicó,
fueron pocos los lectores norteamericanos que, en plena depresión económica, se
sintieron interesados por los problemas que pudieran tener unos compatriotas
suyos en la Riviera francesa. Este relativo fracaso es la causa de que tan
extraordinaria obra literaria siguiera experimentado cambios incluso más allá
de la muerte de su autor, ocurrida prematuramente en 1940, pues a comienzos de
los cincuenta apareció una versión que respetaba, según dijo el editor, los
cambios de estructura que se habría planteado el propio Fitzgerald tras
la primera y decepcionante edición. En España existen las dos versiones,
yo las tengo: una en la editorial Argos Vergara y otra en Alfaguara. Su autor
me acompaña desde hace años como un camarada muy próximo, la luz verde al otro
lado de la bahía.
El 27 de septiembre de 1996, con motivo del centenario de su nacimiento, el Servicio Postal de los Estados Unidos emitió un sello conmemorativo. Mi hermana, que vive en Jacksonville, Florida, (apenas a cinco horas por carretera de Montgomery, Alabama, ciudad donde nació Zelda y donde existe un museo dedicado a la memoria de ambos), me consiguió este juego de cuatro sellos, una de mis más preciadas posesiones.
El retrato de F. Scott Fitzgerald que encabeza este texto es obra de Escolástico Fernández, mi padre.








