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| Antonio López. Lavabo y espejo. 1963 |
Espejos:
jamás se ha dicho todavía con certeza
lo que sois
en vuestra esencia.
Vosotros,
colmados de intervalos de tiempo
como los
intersticios de un cedazo.
Vosotros,
pródigos de la sala vacía...
Rainer Maria Rilke
Sonetos a Orfeo
¿Es de
extrañar que a veces nos miremos desde el espejo con algo parecido al miedo,
siendo tan cierto que no podemos estar seguros de quiénes acompañan a nuestros
reflejos cuando no los vemos, cuando no estamos ahí para hacerles aparecer,
cuando los dejamos solos?
Veamos:
Jurgis Baltrušaitis (1903-1988), en su excelente libro El espejo (“Ensayo sobre
una leyenda científica”), nos dice que el griego Pausanías atribuyó a los
cuerpos reflectantes la capacidad de hacer aparecer fantasmas, y también que
Lucrecio afirmó: “El mundo entero está lleno de simulacros invisibles que se
desprenden de la superficie del objeto, girando al azar en la atmósfera, y
adquieren apariencia cuando golpean en una pantalla reflectante”. Podemos
decir, pues, que sumados los vivos y los muertos se deduce que la población de
los espejos es mucho mayor que la de este otro lado, pero también que nuestra
imagen en los espejos conoce el secreto de los fantasmas.
¿Y aquella
antigua asociación del espejo con las prácticas de brujería? En efecto, en una
bula de Juan XXII aparece la siguiente afirmación referida a los participantes
de un aquelarre: “A veces encierran a los demonios en un espejo para
interrogarlos”. Pareciera como si los acólitos del demonio utilizaran el espejo
de la misma manera que utilizaban en sus sacrificios pequeños corderos blancos,
niñas impúberes y todo cuanto hiciera referencia a la pureza. Para ilustrar una
vieja sentencia medieval según la cual “el espejo es el verdadero culo del
diablo”, Baltrušaitis nos recuerda un detalle de El jardín de las delicias, de
El Bosco, en el cual aparece un espejo de acero recubriendo las nalgas de un
personaje monstruoso que se arrastra bajo el trono de Satán.
El Bosco. El jardín de las delicias. El infierno.
Por su
parte, en el libro Los abusos de los espejos, Bernardo Cesi establece una
cronología mítica de la la progresiva corrupción del espejo. Nos dice cómo en
el comienzo de los tiempos el mundo era tal y como uno se lo imagina: limpio y
claro. Los espejos naturales existían para que los hombres pudieran conocerse,
y sus primeras revelaciones habrían tenido lugar en la edad pastoril, cuando el
hombre vivía en un ambiente que ignoraba los artificios. Cesi menciona un
pasaje de Virgilio en el que da cuenta de las distintas etapas en que fue
“degradándose” el uso del espejo: los hombres de aquel tiempo, dice, no
empleaban aún como instrumento de vicio lo que había sido creado para su propio
bien, y no utilizaban para el libertinaje y el lujo los inventos de la
Naturaleza. El azar enseñó a cada uno su rostro. Luego, como el amor que los
hombres sentían naturalmente por sí mismos les hacía encontrar placer al mirar
sus propios rasgos, bajaban a menudo la vista hacia objetos en los que habían
visto su imagen…
Todos los
espejos el espejo: El espejo de Venus, del que procede el símbolo femenino, una
circunferencia en cuya parte inferior va unida una pequeña cruz, y la
catoptromancia, o el arte de la adivinación por medio del espejo, y los espejos
rotos, desazón de supersticiosos, y el espejo mágico de la perversamente
vanidosa reina de Blancanieves, y el espejo franqueable de Alicia, y la misma
cara, sin ir más lejos, que es el espejo del alma y por tanto muchas veces un
espejo frente a un espejo, y también el espejo como arma, ese espejo ustorio
que Arquímedes usó para quemar y destruir la flota romana que asediaba
Siracusa, y el espejo de tinta, que según refirió Borges fue aquél que un
hechicero vertió en la mano ahuecada de un tirano del Sudán y en cuya superficie
podían verse todas las apariencias del mundo, y el espejo acuático de Narciso,
que es, al fin y al cabo, semilla de todos los espejos, la superficie
reflectante que devuelve un rostro ignorado, el de un extraño que mira
fijamente a los ojos y tiende la mano hacia la mano tendida de quien lo ha
descubierto, “Mas su mirar no entiende que es mirarse, / ni este su querer era
quererse, / ni que su desear es desearse, / ni su no conocer desconocerse”,
como escribió Hernando de Acuña: o en palabras de Federico García Lorca:
“Narciso. / Mi dolor. / Y mi dolor mismo”.
En los
espejos se dan cita el misterio de nuestra identidad y el misterio propio de
sus superficies y de sus profundidades. Y están aquí, encerrados con nosotros,
casi desde siempre. Multiplicándonos.
Paul Delvaux. Le miroir. 1936