lunes, 16 de septiembre de 2013

La vida es eterna en cinco minutos...

Hoy sonará Te recuerdo Amanda en muchas bitácoras y periódicos digitales y páginas web de toda condición; ojalá fueran millones los espacios que trasmitieran la voz lenta, evocativa del cantautor chileno Víctor Jara, que la hicieran correr como un reguero de versos y no de pólvora el día en que se cumplen cuarenta años de su asesinato, un reguero de notas de guitarra y no, nunca de pólvora; ojalá se multiplicasen por millones sus pasos en la calle mojada y viésemos la sonrisa ancha e imagináramos la lluvia en el pelo; ojalá fuera tan desmesurado el alcance de su canción, hoy, que llegara a estallar en los oídos de los militares golpistas que lo torturaron durante cuatro días y le mataron y arrojaron a la calle su cuerpo entre otros cuerpos. 
Amanda y Manuel disponían de cinco minutos para estar juntos durante un breve descanso en la fábrica donde él trabajaba, sólo cinco minutos, y la vida era eterna en esos cinco minutos, y entonces sonaba la sirena y ella regresaba, ya no corriendo, sino caminando, iluminándolo todo, florecida. Pero Manuel partió a la sierra y en cinco minutos quedó destrozado, muchos no volvieron, tampoco Manuel, tampoco Víctor Jara de aquel Estadio Chile, en realidad un pabellón deportivo cubierto, detenido el 12 de septiembre, un día después del golpe de Pinochet, llevado allí con tantos otros, y a él le reconocieron, ¡A ese  hijo de puta me lo traen para acá! … que nunca hizo daño… Vos sos el Víctor Jara huevón, el cantor marxista, ¡cantor de pura mierda!, dicen que le escupió a bocajarro el militarote aquél, el sietemachos, el salvapatrias, y allí nomás empezó a patearle, a morderle los costados con las botas de pisar libertades, a machacarle en el suelo, el valiente, sí, a golpear al trovador con el cañón de la pistola, cada vez más furioso porque aquel huevón no pedía clemencia ni nada, a darle con la culata, a tratar de someterlo al miedo, una larga noche de cuatro días, los focos encendidos todo el tiempo, los prisioneros en las gradas y muriendo a tiros en los pasillos, en los vestuarios, en aquellas improvisadas mazmorras del santo oficio pinochetista, muriendo a golpes, qué eterna debió hacérsele la hora de la muerte sabida, le pisaron las manos para matarle también las notas y los versos, le apalearon con brutalidad, una brutalidad irracional, sí, pero no inhumana, pues nada hay más humano que la crueldad, el fanatismo, el odio, y en algún momento entre el 15 y el 16 de septiembre le apoyaron el cañón de una pistola en la cabeza y demoraron el tiro a la ruleta rusa, qué eterna la seguridad de que le mataban, el recuerdo de su mujer, Joan, y de su hija, Amanda, la vida es eterna en cinco minutos, hasta matarle al fin y ordenar a la soldadesca abrir fuego, cuarenta y cuatro disparos en un cuerpo que ya estaba muerto, la calle mojada, corriendo a la fábrica, donde trabajaba Manuel.

miércoles, 11 de septiembre de 2013

Cuando la Historia parece ficción en directo

Todos sabemos dónde estábamos aquel día. Nosotros habíamos terminado de comer hacía un rato. Tomábamos un café y veíamos en la tele una entrevista a no sé quién. En un intermedio, cambiamos de canal y allí apareció un plano sostenido de la ciudad de Nueva York, con una de las Torres Gemelas humeando aparatosamente. Debían de ser poco más de las tres, el informativo había empezado hacía pocos minutos. Al parecer, una avioneta había chocado contra los últimos pisos. No estaba claro. De pronto, ante nuestros ojos, y para estupefacción del locutor, una gran bola de fuego surgió de la otra Torre. Ahora eran las dos Torres las que desprendían un negro, negrísimo humo. Unos minutos después, desde otro plano, pudimos ver al avión comercial llegando por la derecha, penetrando en el segundo edificio, explotando. El mundo se paralizó. La Historia se paralizó. Durante los minutos que siguieron, se nos informó de que Estados Unidos había cerrado todo su espacio aéreo, de que otro avión de pasajeros se había estrellado contra el Pentágono, de que otro se dirigía a la Casa Blanca, de que un quinto se había precipitado sobre algún lugar de Pensilvania… Estaba sucediendo. El choque entre la incredulidad y la evidencia nos tenía a todos sobrecogidos. Era el comienzo de la Tercera Guerra Mundial. Así de sencillo. La mayor potencia del planeta estaba sufriendo varios ataques simultáneos, en su corazón financiero, en el núcleo de su poder militar y en la cúspide de su organización política. No hablo de lo que se fue sabiendo en los días siguientes, sino de las sensaciones de aquellos momentos, de aquella tarde (mañana en Nueva York) en que miles de vidas se perdieron de golpe como anticipo de los millones de vidas que quizá iban a perderse.

Aquel día empezó realmente el tercer milenio, no nueve meses antes, no el 1 de enero de ese 2001, y de la misma manera el segundo milenio no había llegado a su fin el 31 de diciembre de 2000 (ni tampoco de 1999, según el cálculo erróneo de algún espabilado). No, estas cosas no son así. Lo que yo he pensado siempre es que el segundo milenio acabó el 11 de agosto de 1999, el día en que un eclipse total de sol favoreció la venta de objetos conmemorativos, las agencias organizaron viajes a lugares desde donde contemplar mejor el acontecimiento -Normandía, Hungría, Rumanía, Turquía-, las televisiones lo retransmitieron en directo, Internet lo descompuso segundo a segundo, las editoriales reeditaron las profecías de Nostradamus y la noche llegó en pleno día sin más misterio aparente que el que hace prosperar algunos negocios y no otros... Y el tercer milenio comenzó aquel 11 de septiembre de 2001, cuando por televisión, en directo, el mundo entero asistió a un acontecimiento simplemente inconcebible. Como si se hubiera retransmitido, también en directo, el incendio de la Roma de Nerón o la toma de la Bastilla. Primero un impacto para que el gran telón del mundo globalizado se abra a una pantalla que es millones de pantallas a la vez. Una Torre humeando durante el tiempo suficiente como para que se vayan incorporando a la retransmisión de las imágenes diez, cien, miles de millones de personas. Y entonces ahí está el otro avión. A partir de ese día, cualquier cosa es posible, repentinamente.

¿Estábamos, o estamos ahora, capacitados para diferenciar claramente entre realidad y ficción? No lo creo. No a estas alturas «de la película». La realidad ya no supera a la ficción, sino que es indistinguible de ella. Aquel martes 11 de septiembre asistimos a la destrucción parcial del corazón de Occidente; la impresión colectiva, al menos durante las primeras horas, es que comenzaba la tan temida última guerra; las imágenes servidas por todas las cadenas de televisión provocaban menos terror que incredulidad y asombro: cualquier cosa era posible en cuestión de minutos y nosotros íbamos  a ser testigos. Aquel «horror» que el general Kurtz murmuraba entre sombras en Apocalipse Now se cernía al fin sobre todos. Miles de vidas humanas habían sido borradas de la faz de la tierra de un solo golpe. Sin embargo, el programa de mayor audiencia en España ese mismo día fue la retransmisión de un partido de la Champions que debió ser suspendido. Lo he contado muchas veces: en circunstancias históricas tan inciertas y terribles, el miércoles 12 bajé a la calle a las ocho y media de la mañana en busca de periódicos: de los dos kioscos próximos a mi casa uno estaba cerrado y en el otro aún se colocaban los fascículos en sus lugares: la prensa diaria no había llegado; volví a bajar a las nueve, ansioso; todo seguía en absoluta calma: no había corros alrededor de los puestos de venta de periódicos; mientras pagaba los míos se acercó un joven para comprar el Marca. Ese tipo sí que sabía de qué va la vida.


lunes, 2 de septiembre de 2013

Agustín Arenas, desde El Sur

Omero Antonutti en El Sur, de Víctor Erice


En esa galería de perdedores cinematográficos que va creciendo en las paredes del Loser, hay un lugar algo retirado en donde rumia su angustiosa soledad interior Agustín Arenas, aquel médico y zahorí que hubo de abandonar el Sur al acabar la guerra y se instaló en una ciudad amurallada del Norte, próxima a un río y envuelta perpetuamente en una melancolía de otoños amarillentos y blancos inviernos. Agustín vivió sus últimos años en una casa apartada de esta ciudad, con su mujer y su hija Estrella, a quienes en los periodos más sombríos y callados de su tristeza apenas prestaba atención. Este inexplicable desapego fue particularmente amargo para la niña, que estuvo fascinada por los poderes mágicos de los que su padre hacía uso a través de su péndulo de zahorí («mi padre era capaz de hacer cosas que a los demás les parecía un milagro»), y luego intrigada por el misterio de su pasado, en donde sin duda estaban las razones de aquel hermetismo suyo. Que Agustín le demostrara un día que ella poseía ese mismo poder, enseñándole a usar el péndulo, hizo de este objeto un lazo de unión entre ambos que se prolongó más allá del suicidio del padre.

Ladran los perros a la muerte en el inicio de esta obra maestra del cine, El Sur, de Víctor Erice, y una tenue luz va iluminando el dormitorio lentamente al tiempo que amanece tras la ventana. Digámoslo ya: memorable el trabajo de José Luis Alcaine en la fotografía. La luz es débil porque es de este lado por donde empieza la historia, del lado Norte, envuelto en sombras y silencio, como un cuadro de Caravaggio o de Vermeer. El padre está y no está, porque una parte de su vida sigue atrapada en el pasado, que geográficamente se sitúa al otro lado, en el Sur. Estrella, que tan vinculada a él se sentía a los ocho años, que rondaba la puerta cerrada de su estudio, que aguardaba expectante su llegada cada día y salía a buscarle a la carretera por la que se acercaba en su moto, quisiera saber más de él y de los suyos, de esa soledad y ese silencio y esa otra mujer cuyo nombre escribe una y otra vez en los papeles que guarda en el cajón: Irene Ríos. Pero él es un enigma indescifrable para ella.


La película continuaba en el Sur, que no era tan solo un lugar más allá de la imaginación o el deseo, sino real, un espacio en el que parecía desarrollarse otra historia simétrica, donde las sombras del Norte eran sustituidas por la intensa luz de Andalucía, donde un niño crecía creyendo que su padre murió al poco de su nacimiento y desconociéndolo todo de su hermana, de la misma forma que su hermana, en el Norte, ignoraba su existencia. Pero esa otra parte, esa continuidad natural de la película de Erice, nunca existió: queda tan solo apuntada en el relato de Adelaida García Morales en que se basa la película, y en el guión del propio Víctor Erice, para quien esta sublime obra del arte cinematográfico, tal y como los espectadores la sentimos, está y estará para siempre incompleta: primero una decisión del productor, Elías Querejeta, que apeló a problemas financieros, y después la gran acogida entre la crítica y el público, impidieron que la película se terminara: nunca vimos a Estrella en el Sur, nunca la vimos descubriendo que su padre tuvo un hijo con otra mujer, nunca vimos cómo este joven se enamora de ella sin saber quién es, nunca la vimos a ella entregándole el péndulo de su padre justo antes de separarse, ni enseñándole a usarlo como su padre le había enseñado a ella: Víctor Erice, al igual que Agustín (un extraordinario Omero Antonutti), hubiera podido también suscribir aquella frase de Salvatore Quasimodo con que se abre la novela Los mares del Sur, de Manuel Vázquez Montalbán«più nessuno mi porterà nel sud»: ya nadie me llevará al sur. Aun cercenada de una parte sustancial, la película es asombrosamente bella y conmovedora; pero muchas escenas que tenían su lógica correspondencia en otras escenas no rodadas han de ser interpretadas por separado e incrementan la sensación de misterio que envuelve a la película. 


He leído que la película de Erice y el relato de García Morales fueron creciendo casi al mismo tiempo, como si uno y otra, que entonces eran pareja, se hubieran planteado desarrollar una determinada historia cada cual a su modo. Hay diferencias entre el texto y la película, como no podía ser de otro modo, diferencias que enriquecen mutuamente las dos obras, la literaria y la cinematográfica («Te recuerdo en aquel tiempo más solo que nunca, abandonado, como si sobraras en la casa. Tu ropa envejecía contigo, os arrugabais juntos», escribe Adelaida García Morales). En la película, esa nostalgia del Sur no es sólo lamento por la pérdida de un antiguo amor, sino fundamentalmente por la pérdida del paraíso remoto de la infancia y la juventud, que es espacio y tiempo inaccesible ya para Agustín Arenas. En este sentido, en el fracaso que se deriva de la imposibilidad de aceptar el presente y de ser el padre que su hija desearía y merece, es en el que El Sur resulta tan especial para quien esto escribe.

En el texto de García Morales, publicado por la editorial Anagrama en 1985, Adriana (Estrella) sí viaja al Sur y descubre el secreto de su padre y conoce a su hermano, a quien no desvela su identidad ni la de Rafael (Agustín). En la película, estrenada en 1983 (cumple este 2013, pues, treinta años), esta parte sólo existe en el guión y en el emocionado relato que Víctor Erice ha hecho alguna vez del que hubiera debido ser el final de su obra: en la estación de Carmona, el hermano, que acaba de recibir el péndulo de zahorí que su padre le dejó a Estrella bajo la almohada la noche en que se pegó un tiro, le hace entrega a ella de un libro escrito por Robert Louis Stevenson, Islas del Sur (In the South Seas, en el original), el primer libro de viajes que leyó Erice, y en el tren que la lleva de regreso al Norte Estrella comienza a leerlo: los espectadores hubiéramos escuchado, en la voz de Fernando Fernán Gómez, un fragmento de ese libro, del que aquí selecciono un fragmento menor: 

«… la mayoría dejan que sus cabellos se vuelvan blancos en los mismos lugares donde desembarcaron; hasta el día de su muerte, a la sombra de las palmeras, bajo los vientos alisios, algunos acarician el sueño de un regreso al país natal que jamás cumplirán…»


Lo dejé allí, sentado junto a la ventana, escuchando aquel viejo pasodoble,
solo, abandonado a su suerte...


lunes, 26 de agosto de 2013

Hermosos y malditos (Lecturas de verano II)


                                                                                                                                            (Foto: JFH)

Durante muchos años, Hermosos y malditos fue mi novela favorita, aun cuando su lectura iba quedando cada vez más lejos en el tiempo y el recuerdo era cada vez más impreciso. Hoy ni siquiera es ya la novela que prefiero de Francis Scott Fitzgerald, aunque mi admiración por ella, despojada del aura mítica en que la envolví a mis diecinueve años, permanece intacta. Puedo decirlo porque he regresado a sus páginas este verano, y para mi sorpresa he descubierto lo intensamente grabadas que quedaron en mí muchas de sus escenas; más aún: lo intensamente que ese nocivo aire de fracaso que se respira dentro pudo haber afectado a mi actitud ante la vida.

Sin duda, The Beautiful and Damned, publicada por entregas en 1921 y en forma de libro en marzo de 1922, es una novela imperfecta, pero como tal es la mejor que conozco. Sufrió la «maldición de la segunda novela», que a lo largo de la historia de la literatura ha atacado a muchos autores que experimentaron un gran éxito con la primera: Fitzgerald, con tan solo 25 años, quiso escribirla demasiado deprisa y meter demasiadas cosas dentro, a pesar de que en una carta a su editor se limitara a resumirla diciendo que «trata de la vida de Anthony Patch entre sus 25 y sus 33 años (…) La forma en que él y su esposa, joven y hermosa, encallan en los bancos de arena de la disipación es el tema de la historia» (era agosto de 1920 y la novela se titulaba en ese momento The Flight of the Rocket, -El vuelo del cohete-). En realidad, contiene muchos más planteamientos, aunque la ruina moral y física de sus protagonistas domina el libro y le proporciona cierta sordidez desmesurada que incomodó a parte de la crítica que había recibido alborozada A este lado del paraíso (1920); es, también, un ácido retrato de la sociedad estadounidense durante esa era del jazz de la que él fue máximo exponente literario, y una reflexión sobre la inutilidad de la vida y la fugacidad de aquello que se desea.

Ya en mi primera lectura me intrigó sobremanera que este autor escribiera sobre su propio y abrumador fracaso cuando estaba en la cima de su éxito. Creo que fue Juan Carlos Onetti quien advirtió acerca de la posibilidad de que una obra de ficción pudiera vengarse de quien la escribe. En cualquier caso, no habría sido el único que hiciera esta advertencia: Antonio Muñoz Molina, en un ensayo titulado “Memoria y ficción”, recuerda que también Graham Green le pedía a todo novelista que tuviera «cuidado con las cosas que inventa, porque las novelas se hacen con recuerdos no sólo del pasado, sino también del futuro, y es posible que al narrar la desgracia de un personaje esté vaticinando las que le aguardan a él». Cuando yo leí por primera vez Hermosos y malditos (título que pasó a ser con el tiempo una manera harto frecuente de referirse a Scott y Zelda), no sabía mucho de los Fitzgerald, apenas unas líneas biográficas, desoladoras y, por qué no decirlo, fascinantes; esos breves apuntes, sin embargo, contenían datos que obviamente Scott Fitzgerald desconocía cuando escribió la novela, pues se referían a su vida futura, y eso me concedía, me sigue concediendo hoy, una ventaja que no deja de perturbarme. 

Anthony Patch y F. Scott Fitzgerald beben demasiado, pero es de suponer que el escritor, a diferencia de lo que acaba ocurriéndole al personaje, no es aún, a tan temprana edad, un alcohólico. Anthony y su joven y bellísima esposa Gloria (ella es la Belleza) se entregan a juergas tan descomedidas y perniciosas como Scott y Zelda, y unos y otros son advertidos por sus amistades del riesgo que corren. Es la parte más notoriamente biográfica, junto con determinados escenarios, calamitosos accidentes automovilísticos, grandes peleas, reconciliaciones, interminables conversaciones nocturnas…  En una carta fechada en el verano de 1930, que tal vez nunca llegó a enviar a Zelda (se conserva el borrador), Scott afirma: «Desearía que Hermosos y malditos fuera un libro más maduro de estilo, porque todo lo que decía era cierto. Nos destrozamos a nosotros mismos; francamente, nunca he pensado que nos destrozáramos el uno al otro». En 1940, sin embargo, le escribió a su hija Scottie que «me serví de muchos episodios circunstanciales de nuestros primeros años de casados», y que «Gloria era una persona mucho más banal y vulgar que tu madre (…) Nosotros nos lo pasamos mucho mejor que Anthony y Gloria».

Y hay, en definitiva, una diferencia fundamental entre Anthony y Scott: el dinero que el personaje despilfarra no ha sido ganado por él, sino que le viene de familia. Además, espera recibir una cuantiosa herencia cuando su abuelo, un estricto reformador social, muera. De ahí su perezosa elegancia, su dejadez, el triunfo de la apatía, su holgazanería, su despreocupación, su ociosidad, y la forma en que todo ello acaba volviéndose contra él y su esposa. El dinero que Scott despilfarró con Zelda provenía, sin embargo, del desarrollo de su talento y de su trabajo literario. Anthony y Gloria acaban resultando muy antipáticos: él no sólo es «brillante y lleno de magnetismo», sino también pedante, misógino, racista, cínico, vanidoso, clasista y cobarde: en realidad, «le preocupaba la idea de ser nada más que una mediocridad con facilidad de palabra». Como prototipo de la flapper, Gloria es tan irritantemente frívola como bella. Su filosofía de la vida es clara: «usar cada minuto de estos años, mientras soy joven, para pasarlo lo mejor posible (…) Después todo me dará lo mismo». ¿Es la derrota de estos dos personajes, pues, una anticipada fábula con moraleja, o es una manera de marcar la diferencia entre la disipación practicada por herederos sin talento y aquella otra a la que se entrega un artista?

Escribe Vicente Campos en el prólogo a uno de los muchos libros que se han publicado recientemente firmados por Francis Scott Fitzgerald que a este autor «se deben algunas de las mejores páginas jamás escritas sobre la nostalgia de lo que todavía se tiene, pero está a punto de perderse» (Los mejores cuentos. Navona Editorial 2012). Es esta una gran verdad que, trascendiendo lo literario, forjó también parte de mi carácter a una edad, esos 19 años, me temo que demasiado influenciable. Ahora he vuelto a leer Hermosos y malditos en la traducción de José Luis López Muñoz, aunque no ya en mi viejo ejemplar de Bruguera, sino en reciente edición de Alianza. He acompañado la relectura con las cartas que Scott le escribió a su hija, recogidas en el hermosísimo y revelador libro Cartas a mi hija, publicado por Alpha Decay. Nunca volver a un libro se pareció tanto a regresar a una casa en la que se vivió la infancia: es el mismo espacio, detenido en el tiempo y como aguadando nuestro regreso. 

También en lo literario ha sido un verano especial.



lunes, 19 de agosto de 2013

El centro del laberinto

Los años 2001 y 2002 escribí para el diario La Voz de Almería una serie de artículos en los que fui contando a mi manera cada una de las corridas de toros de la Feria. La crítica del festejo la hacía, magistralmente, Jacinto Castillo (por cierto, antiguo miembro de la Tertulia dela Calle Suipacha reencontrado pasados los años), y yo ponía, con un día entremedias, el punto de vista literario. Estos artículos llevaron por nombre genérico EL CENTRO DEL LABERINTO, aunque sólo el primer año tal denominación estaba explicada. He rescatado los artículos de aquel 2001 y los he despojado de las referencias a cada una de las corridas que les servían de escusa, de tal manera que los fragmentos tengan un sentido propio ahora que un nuevo ciclo taurino se inicia en la ciudad a la que he regresado hace tan poco.

 Joselito. Almería, 1998 (Foto JFH)


(20 de agosto de 2001)
Rito ibérico en lo histórico, suma de mitos en lo literario: ambas raíces del toreo son milenarias y poco importa si se confunden en lo profundo de la imaginación, en el subsueño colectivo. En cualquier caso, los pormenores del espectáculo al que asistimos en el presente son fundamentalmente fruto de tres cambios que en la forma de correr los toros se operaron durante el siglo XVIII: el plebeyo peonaje le gana el protagonismo al caballero de quien hasta entonces era mero asistente; un Francisco Romero muy anterior al Faraón de Camas usa por primera vez una muleta, de lienzo y blanca, para que poco después Costillares supiera sacarle partido en la tesitura de matar al toro al volapié; y, finalmente, otro Romero, Juan, reestructura las cuadrillas y establece así la manera en que irán definiéndose las futuras estrategias de la lidia. Sea ese siglo, pues, la frontera que divide las tauromaquias remotas y las modernas: al otro lado la evolución de la cultura táurica es lenta, desde la civilización caldea a la ibérica, del culto a Cibeles o Mithras a los solemnes rituales en honor a Apis, del rapto de Europa a Maratón, de la Edad Media al Renacimiento; de este otro lado, esa evolución se produce a lo largo de casi tres centurias y a partir de cambios no tan sustanciales como cabría pensar. Pero hay un misterio común: sobre el antes y el después se yerguen las figuras de Teseo y del Minotauro, y sobre ellas dos el símbolo del laberinto.
Se cuenta que la Criatura encerrada en su centro recibía cada nueve años el sacrificio de 14 jóvenes, y Borges cifra en 14 el número de entradas a la casa dedálica de Asterión-Minotauro, una menos de las que tuvo en su origen la plaza de Almería. Para que Teseo pudiera regresar sobre sus pasos una vez se hubiera enfrentado a aquel ser con cuerpo de hombre y cabeza de toro, Ariadna le dio el extremo de un hilo que él iría desovillando a lo largo de las múltiples callejas y encrucijadas que constituían físicamente el laberinto. Con  el hilo en una mano y la espada en la otra, el héroe griego se adentró en busca del centro y del Solitario que lo habitaba, y allí, lejos de las miradas de todos, le dio muerte. Si nos atenemos al sentido clásico del mito, su victoria representa el triunfo de la razón helénica sobre la superstición, de las dimensiones diurnas sobre las nocturnas, del intelecto sobre la vida instintiva; de acuerdo con la interpretación que del mismo hizo Julio Cortázar, sin embargo, la muerte del Minotauro se debe al «horror a lo distinto, a lo que no es inmediato y posible y sancionado»: Minotauro, señor del juego, dice Cortázar, amo del rito. Valga la combinación de ambos significados contrapuestos para entender que, en cualquier caso, es el toro el protagonista de la corrida; valga también como invitación a observarlo desde que aparece en el ruedo, a él sobre todo, a estudiarle, a admirarle, a ser también los ojos con que lo mira el hombre que habrá de hacer arte fugaz mediante el enfrentamiento con él. 
Pero, ¿y el laberinto hoy? Como curiosidad diré que en la plaza de Almería quedaba hasta el año pasado un fragmento diríase que arqueológico que recordaba la antigua existencia del ingenio diseñado por Dédalo: al cambiar la puerta a través de la cual los toreros entran desde la calle al patio de cuadrillas no se accedía a éste de manera directa, sino recorriendo, casi agachados, una suerte de pasajes estrechos, doblando recodos, subiendo y bajando algún que otro escalón de piedra. En cualquier caso, el verdadero laberinto hoy es otro, y es simbólico: la realidad, y cada uno de nosotros, espectadores, como representación de ella. Una realidad que parece negar la pervivencia del mito y a la vez la asume como interna a través de la emoción. Una realidad que cerca el círculo donde la irrealidad se desarrolla: solos toro y torero en el centro. (“Querencia literaria”)

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(21 de agosto)
Laberinto, sí, y en el centro el ruedo: moneda de arena que acuñaron los dioses, casilla zodiacal, encrucijada de lo sagrado y lo pagano, mandala, casa de Asterión, primero o último de una serie de círculos concéntricos que acaban o empiezan en el perímetro del Mundo. Y alrededor una base de cemento sobre la que se asienta, ya dije, el laberinto de la realidad. (“Una voz a mi lado”)

Finito de Córdoba. Almería, 2000. (Foto JFH)

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(23 de agosto)
El tiempo en el laberinto no se corresponde con el que los espectadores llevamos atado a la muñeca. Para el imaginario colectivo siempre serán las cinco de la tarde en el laberinto, pero enredado en sus recodos el tiempo posee su propia naturaleza: a veces es tiempo detenido, a veces premioso, a veces, las más, inexistente, a veces incluso inverso; es único, en cualquier caso, y los adjetivos que se le añadan siempre serán meros intentos de codificación. No hay forma de medirlo, y sin embargo juega con elementos de todos los relojes: reloj de sol sobre una esfera de arena, media luna creciente de sombra, clepsidra si el temple del muletazo es líquido, si la lucha es lenta y como entre cuerpos sumergidos, reloj de péndulo oscilando constantemente del triunfo al fracaso, del fracaso al triunfo, reloj de música en los pasodobles, de cuco en el chillido de una golondrina. Nuestro reloj de pulsera no lo miramos en la plaza para saber qué hora es sino qué hora sería si no hubiéramos venido, para tensar ese particular hilo de Ariadna que el matador sostiene, que nos atraviesa y que acabará sacándonos del ámbito mágico de la corrida. (“Pliegues del tiempo”).

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(27 de agosto)
La muerte de Agostero [el último toro de la última tarde] nos fue devolviendo a todos la medida de la realidad que el laberinto había dejado en suspenso durante siete días. No existe el tiempo allí dentro tal y como lo conocemos, ya lo dije. Habíamos entrado en pleno verano y ya el sábado las puertas exteriores nos arrojaron a un atardecer como de septiembre, como de principios de curso, como de antesala de otoño. En nuestra memoria conservábamos la elegancia centáurica de Hermoso de Mendoza, la pierna adelantada de El Califa, la finura de Finito, la maestría incontestable de Enrique Ponce, la transfiguración de Jesulín, el jubiloso quehacer de Puerto, la abrumadora torería de Ruiz Manuel, la ausencia de El Juli y de José Tomás (ese samurai del toreo, como le definió Joaquín Sabina), el pellizco de Morante, el glorioso capote de Curro Vázquez, el heroísmo de coliseo romano con que Pepín Liria respondió a su ausencia inicial en los carteles. Hay otros laberintos, pero hasta el próximo agosto no estarán en éste: la base de su representación almeriense se fue quedando desierta el último día, y los espectadores desandábamos con nostalgia anticipada las galerías que habíamos abierto en nuestra propia cotidianeidad para asistir al rito totémico celebrado en su centro. Vacía y sola, la plaza iba convirtiéndose poco a poco en lo que será durante los próximos meses: un mero edificio. Únicamente los ecos lo habitarán; las lluvias del invierno extraerán de entre sus junturas hierbas y musgo, la cal irá cuarteándose y desprendiéndose, todo en él parecerá arquitectura milenaria en no demasiadas semanas. Lo es ya, en alguna medida. La renovada lucha entre Teseo y el Minotauro le dio cuerpo y vida a sus tendidos, pero de este lado de la realidad se nos antoja que quizá todo fue producto de nuestra imaginación. (“Se desvanece el laberinto”)

José Ignacio Uceda Leal. Almería. 2000 (Foto JFH)


martes, 13 de agosto de 2013

Todo pasa y todo queda


Qué pronto se vuelve pasado aquello que estuvimos meses planeando, lo que sentíamos que se acercaba ya, lo que fue excitado reencuentro después de tantos años, y primeros abrazos, y callada estimación de los cambios, y poco a poco convivencia que muy pronto nos empezó a parecer más habitual que la larga separación. Primero es un inapreciable deslizarse hacia el ayer mientras aún hay días por delante, cuando quedan unas brazadas en la piscina y otros paseos por la orilla del mar y un acomodarse alrededor de la mesa de un restaurante o de una heladería y queda una nueva compra en el supermercado. De pronto esos días que aún hemos de pasar juntos son ya muy pocos, llega la primera despedida, parece mentira, y el viaje al norte, una etapa distinta del reencuentro, más breve y ya no al completo, más arraigada en el origen, y entonces hay un último día y una última noche en la que cuesta dormir y un cargar las maletas en el coche y un adiós al alba y todo acaba ahí, en esas lágrimas que tragas, en esas silueteas que permanecen en el portal, y el pasado está próximo todavía pero va ensanchándose como se ensanchan las distancias, porque para estar de nuevo juntos ha sido necesaria una compleja maraña de combinaciones de avión y largos trayectos por carretera y ahora todo ha terminado, sí, y se aleja en el tiempo. No somos muchos, apenas ocho, y sin embargo sumamos ya cuatro generaciones. En el ahogado estupor de la despedida sentimos el miedo de que sea para siempre o en todo el tiempo que en cualquier caso habrá de pasar hasta la próxima vez, porque no para todos pasará de la misma forma, el bebé será un niño que hablará y correrá, la niña será una adolescente, los ancianos más ancianos, el resto trataremos de evitar que los años nos castiguen demasiado. El más pequeño no recordará aquel verano en España en que cumplió un año y dio sus primeros pasos y flotó en el Mediterráneo y pasó bajo la sombra de catedrales y de cigüeñas y señaló con el brazo extendido a los majestuosos cisnes que se deslizaban lentos en las aguas del Carrión y probó sabores nuevos y fue reconociendo cada día nuestros rostros hasta que nos hicimos familiares para sus inmensos ojos azules. Quedan los regalos y las fotos y, en los mayores, al menos estos primeros días, el lamento por las cosas que se hubieran querido hacer y no se hicieron y ya no serán posibles, pero sobre todo queda el recuerdo de tantas cosas, la evolución de la luna cada noche desde la terraza del sur, las estrellas, el rumor del mar rompiendo contra la orilla, la humedad en el aire nocturno, el gintónic en vasos pequeños, la telenovela de las seis que los abuelos llevan siguiendo desde hace años, los guantes de baseball y el peloteo en el césped, los largos toboganes del parque acuático, un guateque al atardecer con cena mexicana, la fiesta sorpresa de cumpleaños, los exámenes en inglés y por Internet superados con la nota más alta, el coñac en el café, la paella un domingo, el repelente de mosquitos, el calor sofocante en los dormitorios, esa inolvidable conversación hasta las tantas de la madrugada en que un hermano comprendió al fin a su hermana, sí, y volvimos a ser los que fuimos, y lloramos, y reímos, y unos días después vino ese primer adiós, torpe y emocionado. 

Quedaba despedirse de otras tres generaciones de una misma familia, la mía.

Y es tan duro.

Ahora toca volver, no con la frente marchita sino reverdecida de recuerdos. Y el calendario dice que el verano continúa, pero yo creo que se equivoca. El verano ha pasado ya, aunque queda en la memoria.


Fotografía: Palencia, 8 de agosto de 2013. JFH

viernes, 5 de julio de 2013

Antonio Gamoneda, sombra y luz

                                                     Foto: Xavier Cervera (La Vanguardia)

Tengo tan solo dos libros del poeta astur-leonés Antonio Gamoneda, pero en ellos se reúne buena parte de su obra literaria. Uno contiene en su título la palabra sombra, el otro la palabra luz. Un armario lleno de sombra son unas memorias de infancia publicadas en 2009; Esta luz, editado también por Galaxia Gutenberg, recoge y ordena la poesía por él escrita –y con frecuencia corregida- entre 1947 y 2004, es decir, con anterioridad a la concesión del Premio Cervantes. «Hay luz dentro de la sombra», dice uno de sus versos, y otro «La luz es médula de sombra», y también: « (…) No / hay sombras ni agonía. Bien: / no haya más que luz. Así es / la última ebriedad: partes iguales / de vértigo y olvido». En el primer párrafo de sus memorias de infancia lo explica más claramente: «En el olvido están los recuerdos»; del mismo modo, las páginas de Un armario lleno de sombra descubren –o confirman-, con conmovedora sencillez, el origen biográfico de muchas de sus imágenes poéticas, de esos símbolos cerrados en sí mismos. Estamos en ese territorio que la vejez y el olvido van conquistándole a la memoria; estamos entre el vértigo y la lentitud, entre la evocación y la pérdida.

Hasta el 21 de octubre de 2010 yo no había leído ni una sola línea escrita por Antonio Gamoneda. Ese día fui invitado a recibirle en la estación de Almería, ciudad a la que él acudía para participar al día siguiente en el ciclo de conferencias “Desde la ciudad celeste”, dedicado a José Ángel Valente, y me pareció lo más indicado indagar previamente en su biografía y conocer alguno de sus poemas. Busqué en Internet y encontré unos versos que se han convertido para mí en una especie de abracadabra sentimental: sentir la vida de los camaradas / es ser camarada de uno mismo. Horas después tuve ocasión de decirle lo mucho que me gustaba aquel poema. La tarde del día 22 yo estaba sentado entre el público que había acudido a la conferencia; mientras Gamoneda se acomodaba tras la mesa de oradores, la persona que estaba a mi lado me tendió un ejemplar de Un armario lleno de sombra, que traía para que el autor se lo dedicara. El poeta –la persona, más bien- me había ganado por completo la noche anterior, durante la cena, gracias a su sencillez y a la amenidad de su conversación, pero apenas leí allí mismo las dos primeras páginas de sus memorias de infancia quedé absolutamente conmovido por la belleza de su voz literaria. Tres meses después tenía esos dos libros suyos a los que me he referido, y se había convertido ya en uno de mis escritores imprescindibles.

He vuelto a leer estos días Un armario lleno de sombra, temiendo que acaso hubiera desaparecido ya de mi memoria esa otra voz conversacional con la que lentamente nos desgranó durante aquellos días muchos de los recuerdos que contiene el libro. No ha sido así: he seguido oyéndole mientras avanzaba en la lectura. En estos casi tres años no ha habido otro libro que yo haya recomendado con tanto ardor, y siempre es una invitación a dejarse emocionar por ese reencuentro entre un anciano y el niño que fue, entre el hoy llevadero y las duras condiciones de su infancia.






    “Las manos de mi madre eran grandes. Las ponía en mi frente queriendo medir una fiebre que quizá no existía y yo me acostumbré a sentir reunidos el olor a lejía y la ternura”.       

Antonio Gamoneda







Cuando Antonio Gamoneda habló de la cultura de la pobreza en su discurso de recepción del premio Cervantes, vino a condensar en un solo párrafo el contenido de estas memorias de infancia: afirmó que en 1936, cuando él tenía cinco años, había en su casa un único libro, en el que aprendió a leer, un libro que a un tiempo le atraía y le recordaba su condición de huérfano, pues era un libro de poesía escrito por su padre; que su «primera información de la vida civil consistió en advertir la horrible represión en el barrio más tristemente obrero de León»; y que empezó a trabajar al día siguiente de cumplir catorce años: a las cinco de la mañana, estando su madre desde hacía horas con la cabeza inclinada sobre una máquina de coser, él cargaba carbón en la caldera del Banco Mercantil.

Ese reencuentro entre el poeta y el niño que fue sesenta años atrás ocurre en un espejo, el del armario de su madre ya muerta. La visión sucede casi al mismo tiempo en que el chasquido de la llave al girar en la cerradura interviene en la percepción del tiempo y le trae vagas sensaciones de pasado. El armario sólo lo abría su madre, y en el interior están sus objetos más personales, aquellos en los que perdura, aun cuando se trate de una perduración en ausencia: sus olores, sus ropas de abrigo, sus bolsos, todo aquello que habla de una callada abnegación maternal, de humildad, de tristeza también, de las circunstancias en que se produjo su temprana viudez, del final de una vida, de la decrepitud y la extenuación inmóvil y el cese del pensamiento. Y en esa gran luna del espejo el poeta busca una menuda excoriación del azogue descubierta de niño, durante una de sus muchas convalecencias. Recuerda la escena, se recuerda niño, bajando de la cama, acercándose al armario, mirándose en el espejo. No es un mero recurso literario, un ardid narrativo: el niño en el espejo se convierte en un «viejo irreal», y el poeta advierte que el viejo es él mismo. «Después, la profundidad visual se hizo alucinatoria: busqué insensatamente la mirada del niño que hacía teatro con su propia belleza»… Repito: es ésta una lectura que supone inevitablemente un viaje al centro de una emoción cada vez más intensa.

Al internarse en el armario –al sacar las cosas que hay en él y revisarlas- se interna en esa sombra, pero también en la luz («Hay luz dentro de la sombra», hay recuerdos en el corazón del olvido). El niño al que vuelve, y que nos acerca para que lo conozcamos, perdió a su padre antes de cumplir un año, se trasladó con su madre a León, desde su Oviedo natal, a los tres, vivió un tiempo en una casa de vecinos de un barrio proletario, niño único entre adultos cuyo extraño mundo no podía sino confundirlo: un mundo de privaciones y frío y extrañas actitudes que no comprende, de trabajo, de guerra, de rostros de hambre y cadáveres entre cañaverales y cuerdas de presos, del sonido de la carcoma en las maderas del inmueble, y el de las palomas en el desván, y el de las voces de los pregoneros, los vendedores ambulantes, los afiladores, los charlatanes; un mundo de peligros y niños ahogados y el grito amarillo de las mujeres que en mitad de la noche tratan inútilmente de impedir que se lleven a sus maridos, sabedoras de que no habrán de volver a verlos con vida, y también el sonido acogedor de las canciones de las mujeres en sus labores y de las niñas en sus juegos: el Gamoneda maduro lamenta que esas canciones se hayan perdido, como tantas otras cosas hermosas y útiles devoradas para siempre por la televisión. Era aquel mundo de entonces un mundo de nieve, y de las interminables choperas que bordean el río Bernesga, y del helor de los barrotes del balcón grabándose en el rostro mientras ve pasar, en largas filas, a los presos republicanos que son conducidos al penal de San Marcos, «hombres cenceños», dirá en Lápidas, «hombres lentos, exasperados por la prohibición y el olor de la muerte», y es entonces, instante del pasado hecho interminable presente, cuando la mano de la madre, sigilosa pero firmemente, le retrae hacia el interior de la habitación, hacia la oscuridad, la protección, el silencio... Su poesía está atravesada por todo eso. 

22/10/2010. Gamoneda en Almería. Foto de grupo: 
el poeta es el primero; quien esto escribe, el último

Cuando unos meses después empecé la lectura de sus poemas (libro a libro dentro de uno solo, Esta luz), me di cuenta de que estaban muchos de ellos arrancados de sus propios y más antiguos recuerdos, que eran memoria fermentada en la interiorización: hay conexiones entre todos –o casi todos- sus poemarios, de tal manera que unos y otros completan significados que parecían herméticos, y en Un armario lleno de sombra asistimos a una confesión vital y poética de muchos conceptos recurrentes en los versos y versículos de Gamoneda. Que aprendiera a leer en un libro de poesía, el único que había en casa, Otra más alta vida, escrito por su padre doce años antes de que él naciera, es asunto fundamental en su vida: preguntando constantemente a los adultos por cada una de las letras acabó por identificar fonemas, palabras, líneas enteras; y siendo un libro de poesía, asimiló las palabras leídas -de significado desconocido muchas de ellas- a su valor musical: los signos de la escritura remitían al misterio y al ritmo. Así es la poesía de Antonio Gamoneda: ante una primera lectura, el lector siente el asombro de una belleza ininteligible, pero el conocimiento de otros poemas van arrojando luz sobre los ya leídos en una suerte de remisiones constantes y luminosas que obligan a una relectura y que perfilan el sentido real de una determinada metonimia, y éste el sentido de otra. Eso sí, como muy acertadamente dice Miguel Casado en su epílogo a Esta luz, «un resto último, perteneciente a lo privado, queda inalcanzable en el fondo del poema, garantizándose su ser de poema vivo». El misterio nunca desaparece del todo.



Así he cruzado en estas líneas de la sombra a la luz, de la prosa a la poesía, de los recuerdos a ese cuerpo poético único en nuestras letras, construido verso a verso por Gamoneda desde el aislamiento, desde la condición de poeta ajeno a todos los grupos y generaciones, prácticamente desconocido durante décadas. Al llegar a Esta luz me detengo: merece más espacio y sin duda una capacidad mayor que la mía, aunque acaso bastaran dos palabras: lean sus poemas. Leedlos. Me limitaré a constatar la conmoción que para mí supuso la lectura de Descripción de la mentira, el poemario con el que en 1977 rompió un largo silencio de doce años, durante los cuales estuvo dedicado actividades antifranquistas en la clandestinidad: se trató para mí de un terremoto interior que sólo puedo compararlo al que experimenté con la lectura de la Rayuela, de Cortázar, a mis veintipocos años. Uno fue un terremoto en prosa, el otro en largos versos.


Son estos versos de Antonio Gamoneda -parte de ellos- los que deseo dejar sonando en el Loser este verano…




lunes, 1 de julio de 2013

El Loser, sus habituales (7): la aceleración de la Historia



El cliente es un hombre mayor, con el pelo blanco, abundante y revuelto, lo que le confiere cierto aire de científico que hubiera pasado cuarenta y ocho horas seguidas en un laboratorio. Como sucede con tantos otros habituales, si no hay mucho jaleo en el Loser y desde su rincón en el barra le hace una señal al barman, éste ya sabe que no es sólo para que le ponga otra cerveza (no toma nada más fuerte, ésa es la verdad).

-El tiempo vuela, ¿no es cierto? -le dice al barman cuando le tiene justo a otro lado-. Cada vez va todo más deprisa, y no es sólo una sensación, muchacho. Es lo que es. Sí señor. Piénsalo bien: hace cuatro millones de años un primate se pone en pie por primera vez, se endereza, otea los pastos que se extienden más allá, se da cuenta de que puede utilizar libremente sus extremidades superiores, y entre dos y tres millones de años más tarde crea herramientas de piedra, una punta de flecha, un hacha de silex, y un millón de años después enciende y apaga el fuego a su voluntad, es señor del fuego, lo domina, y medio millón de años más tarde, el homo sapiens, nosotros, que habíamos estado a punto de seguir el camino de la extinción, como el Neanthertal, el homo sapiens, digo, aprovecha unas condiciones climáticas insólitamente benéficas para establecerse y originar nada menos que la agricultura, surgen las canalizaciones de agua y una forma racional de sedentarismo, surgen civilizaciones sólidas, complejas, y un nuevo orden social, el comercio, la moneda, la escritura alfabética, surgen imperios, se sofistican las guerras, se amplían y ordenan y conceptúan las creencias, los mitos; se van sucediendo las épocas históricas a través de grandes transformaciones sociales, los períodos artísticos y literarios van superponiéndose, de lo rupestre a lo jeroglífico, a lo monumental, a lo astronómico; de lo robusto a lo suntuoso, a lo delicado, a lo espiritual, a lo épico, a lo picaresco, a lo barroco, a lo filosófico, a lo arrebatado, y 9.700 años después de que surja la agricultura estalla la revolución industrial y todo se acelera aún más, mucho más. Ahora sí que la historia aumenta su velocidad, cada vez es menor el tiempo que transcurre entre un descubrimiento tecnológico y su aplicación práctica. Se tardaron casi tres millones de años en utilizar la primera herramienta, ya ves, pero se tardó tan solo ciento doce años en aplicar los principios fundamentales de la fotografía, ochenta y cinco los de la máquina de vapor, cincuenta y seis los del teléfono, quince los del radar, cinco los del transistor, y los plazos que se refieren a las llamadas tecnologías de la información y la comunicación ni te cuento, amigo. Ya lo creo que va todo más rápido. Y más que va ir, muchacho. Acuérdate de lo que te digo. Porque, ¿sabes?, dicen que hacia 2050 o 2060 tendrá lugar un, en fin, un super-evento tecnológico: el invento y su aplicación serán simultáneos, y un instante después la aplicación empezará ya a anteceder al invento, o dicho de otro modo: el proceso se invertirá y el ser humano empezará a jugar un papel secundario en él. Es a eso a lo que han llamado la revolución de las máquinas. Sí señor.

Bebe un sorbo de cerveza y se limpia gustosamente la espuma de los labios con el dorso de la mano, como si el gesto formara parte inseparable del placer de beber.


Imagen: McSorley's with Kate & BartenderHarry McCormick.